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Categoria: Uncategorized | Fecha: mayo 7th, 2016 | Publicado por Gabriela Carina Chromoy

ECUANIMIDAD. Y PUNTO.

Equanimitea
Hay días en los que uno necesita de las alas de aquellos que lo quieren -o lo han querido- para levantar el propio peso y no morir en el intento. Hay quienes acudirán a tirar de nuestro lado de la cuerda, sin dudarlo. Para ellos, la brillante obra del pintor vietnamita Duy Huynh, que juega con las palabras y los símbolos para brindarnos un nombre perfecto: Equanimitea.
El complejo poema de Barbara Hamby, que traduzco abajo, es mi regalo para los que no.

CARTA A UN AMIGO PERDIDO

Tiene que haber una palabra rusa para describir
lo que ha sucedido entre nosotros,
como ostyt,
que puede utilizarse para una taza de té demasiado caliente,
que después de ir a la habitación de al lado, y volver, ya está muy fría;
o perekhotet,
que es querer tanto algo, durante meses e incluso años,
que cuando lo conseguís, ya perdiste el deseo.
Pushkin dijo, al ver el retrato que le hizo Kiprensky,
“Es como mirarse en un espejo, pero en uno que me adula.”

¿Cuál es la palabra para

una mujer que mira la cara de su amigo
y ve que la suave piel de antes se fue,
como un tren que ha dejado la estación de San Petersburgo,
con sus amplias avenidas y sus noches en el Café del Perro Vagabundo;

el sexo con los hombres equivocados,
que parecía tan bueno a la luz de las velas
cuando todos eran jóvenes y
fumaban cigarrillos armados a mano,
pintaban o escribían nada bueno la noche entera,
bebían demasiado vodka,
y despertaban a la dolorosa luz del día con la piel como la crema fresca;

los libros por todas partes,
Lorca sobre Gogol, Tolstoi bajo Madame de Sévigné,
ahora que, en un tren en la taiga de Siberia,
veo lo que ella ve

-todos mis libros por orden alfabético en los estantes,
pies deformes, manos cruzadas por venas levantadas,
el cuello arrugado como el diario de la semana pasada-

cuando sus amigos jóvenes
tienen acné y ojos de cachorro?

Y quién puede culparla por sentir que tenemos suerte
de ser amados, al menos un momento,
aunque yo no pueda evitar sentir como Pushkin,
-bala de plomo alojada en las tripas-,
mirar a sus libros y decir “Adiós, mis queridos amigos”,
mientras esos tomos se cierran en bloque
y el polvo nubla la hoja de oro que una vez brillara en sus lomos.

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