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PASCUA EN LA DACHA

domingo, abril 20th, 2014

Андрей Саратов Пасхальный натюрморт.

Llegamos a los días de Pascua. Como es nuestra costumbre, en la DaCha, compartimos té, arte, lectura, reflexión. Gracias a una cita David Mitchell, de la película Cloud Atlas, me acordé de este cuento corto, esta historia chiquita, de Chéjov, que el escritor confesó su preferida. La cita de David Mitchell es ésta: «Nuestras vidas no son nuestras. Estamos unidos a otros, pasado y presente. Y en cada crimen y cada gentileza, parimos nuestro futuro.» El cuento de Chéjov es éste:

EL ESTUDIANTE

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.
Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.
La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río
-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!
Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.
-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.
Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.
-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!
Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:
-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?
-Sí, fui.
-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió… Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban…
Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena… Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo…
El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.
Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella…

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.
Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. «El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros». Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.
Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.

Fin

FELICES PASCUAS, AMIGOS QUERIDOS. COMPARTAN SUS MEJORES SENTIMIENTOS, SU MEJOR MESA Y SU MEJOR TÉ.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 35

martes, noviembre 5th, 2013

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Buenas noches! Qué maravilla de narrador, este Turguéniev! Vamos con un té con crema, nosotros también, y el Capítulo 35 de las Aguas de primavera? Davai! Con un Invierno en Kiev y un samovar de Tula!
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 35

La desenvoltura de modales de la señora Pólozov hubiera trastornado probablemente a Sanin desde el primer momento (aun cuando no era enteramente un novicio y había corrido ya un poco de mundo), si no hubiese creído ver en ese desenfado y en esa familiaridad un feliz augurio para el buen éxito de sus proyectos.

«Halaguemos los caprichos de esta millonaria», dijo para sí resueltamente; y con el mismo desenfado con que ella había hecho la pregunta, respondió él:

—Sí, me caso.

—¿Con quién? ¿Con una extranjera?

—Sí, señora.

—¿Hace poco que la conoce usted? ¿Vive en Francfort?

—Exacto.

—¿Y quién es ella? ¿Puede saberse?

—Sin duda. Es la hija de un confitero.

La señora Pólozov enarcó las cejas, abriendo tamaños ojos, y pronunció con lentitud:

—¡Eso es encantador! ¡Es admirable! ¡Yo creía que no se encontraban en la tierra jóvenes como usted! ¡La hija de un confitero!

—Veo que eso la asombra a usted —dijo Sanin con aire digno —Pero, en primer lugar, yo no tengo esos prejuicios…

—Ante todo, —interrumpió la señora Pólozov —eso no me asombra de ninguna manera, y yo no tengo tampoco esos prejuicios… Yo soy hija de un campesino. ¡Ah! ¿Qué dice usted a esto? Lo que me pasma y me fascina es ver a un hombre que no teme amar. Porque usted la ama, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Es muy bonita, sin duda?

Esta última pregunta apuró un poco a Sanin, pero ya no era tiempo de retroceder.

—Señora, ya sabe usted que cada cual prefiere el rostro de la mujer amada a todos los demás; pero mi prometida es verdaderamente muy bella.

—¿De veras? ¿Qué tipo tiene? ¿Italiano? ¿Clásico?

—Sí, sus facciones son de una perfecta regularidad.

—¿No tiene usted su retrato?

—No. (Por aquella época aún no existía la fotografía; apenas comenzaba a difundirse el daguerrotipo.)

—¿Cuál es su nombre de pila?

—Gemma.

—¿Y el de usted?

—Dmitri.

—¿Patronímico?

—Pávlovich.

—¿Sabe usted una cosa? —dijo la señora Pólozov, siempre con la misma lentitud —Me gusta usted mucho, Dmitri Pávlovich. Debe ser usted un hombre galante. Deme la mano. Seamos amigos.

Sus lindos dedos, blancos y robustos, apretaron con vigor los dedos de Sanin. Su mano no era mucho más pequeña que la del joven, pero era más tibia, más suave, y por decirlo así, más viva.

—¿Sabe usted —preguntó ella— qué idea se me ocurre?

—¿Qué?

—¿No se enfadará usted? ¿No? Dice usted que es su futura esposa… Pero…, pero… ¿le es a usted eso absolutamente necesario?

Sanin frunció las cejas.

—Señora, no la comprendo a usted.

María Nikoláevna se puso a reír bajito, y con un movimiento de cabeza echó atrás los cabellos que le caían sobre las mejillas.

—Sin duda es usted un hombre encantador. —dijo con aire meditabundo y distraído a la vez —¡Un verdadero caballero! ¡Después de esto, vaya usted a creer a la gente que sostiene que ya no hay idealistas!

La señora Pólozov hablaba en ruso con una pureza perfecta, el verdadero ruso de Moscú, la lengua del pueblo y no la de los salones.

—Estoy segura de que se ha educado usted en casita, en el seno de una familia piadosa y patriarcal. ¿De qué provincia es usted?

—De Tula.

—¡Ah! En ese caso, somos paisanos. Mi padre… ¿Sabe usted, no es cierto, lo que era mi padre?

—Sí, lo sé.

—Era natural de Tula… Era tuliak. Bueno… —pronunció enteramente al estilo del pueblo, y con intención manifiesta, la palabra rusa que significa «bueno» —¡Y ahora pongamos manos a la obra!

—¡A la obra…! ¿Qué debo entender por esa frase?

La señora Pólozov medio cerró los ojos, exclamando:

—Pero ¿qué ha venido a hacer usted aquí?

Cuando entornaba así los ojos se hacía muy zalamera su expresión, con un si es no es de burlona; al abrirlos, ¡cuán grandes eran!, su brillo luminoso, casi frío, dejaba traslucir un no sé qué perverso y amenazador. Lo que daba a sus ojos particular hermosura eran las cejas, espesas, un poco prominentes y suaves como piel de marta cebellina.

—¿Quiere usted que le compre su hacienda? —prosiguió —Necesita usted dinero para casarse, ¿no es verdad?

—En efecto.

—¿Necesita usted mucho?

—Unos cuantos miles de francos para los gastos primeros. Su marido conoce mi hacienda. Podría usted consultarle… Pediré un precio muy módico.

La señora Pólozov hizo con la cabeza un movimiento negativo.

—En primer lugar, —comenzó a decir, tras una pequeña pausa, dando golpecitos con las yemas de los dedos en la manga de Sanin —no tengo costumbre de consultar a mi marido, como no sea para asuntos de tocador, en lo cual es maestro consumado; en segundo lugar, ¿por qué me dice que me pedirá un precio muy módico? No quiero aprovecharme de que esté usted ahora enamorado y dispuesto a todos los sacrificios… Y yo no quiero aceptar nada de eso. ¡Qué! ¿En vez de alentarlo en… (¿cómo diría yo bien eso?) en sus nobles sentimientos, iba yo a despojarlo como se le quita la corteza a un tilo para hacer lapti(1)? No tengo costumbre de eso. En ocasiones puedo ser cruel con la gente, pero nunca hasta ese extremo.

Sanin no podía adivinar si se burlaba o hablaba en serio, pero decía para sí: “¡Oh, contigo hay que tener cuidado!” Entró un criado, trayendo en una gran bandeja un samovar ruso, un servicio de té, crema, bizcochos, etc.; puso todo aquello encima de la mesa, entre Sanin y la señora Pólozov, y se retiró.

La señora Pólozov sirvió a su huésped una taza de té.

—¿No le importa? —dijo poniéndole el azúcar con los dedos… Y, sin embargo, las tenacitas de la azucarera estaban encima de la mesa.

—¡Cómo! De una mano tan hermosa…

No pudo acabar la frase, y por poco se ahoga con un sorbo de té. Ella lo tenía subyugado con su claro y fijo mirar.

—Si le hablé a usted de baratura, —continuó —es porque como en estos momentos se encuentra usted en el extranjero, no debo suponer que tenga mucho dinero disponible; y además, comprendo que la venta… o la compra de una finca en tales condiciones tiene algo de anormal, y debo tener esto en cuenta.

Se embarullaba Sanin y se atascaba en sus frases, mientras que la señora Pólozov, que se había reclinado cómodamente en el respaldo de la butaca, lo miraba, cruzada de brazos, con el mismo claro y atento mirar. Concluyó él por detenerse.

—Siga, siga usted; —dijo la joven, como acudiendo en su auxilio —lo escucho, tengo sumo placer en oírlo; continúe usted.

Sanin se puso a describir su hacienda, indicó la superficie, la situación topográfica, sus características; calculó qué renta podía sacarse de ella… Hasta habló de la pintoresca posición de la finca, y la señora Pólozov continuaba fijando en él su mirada cada vez más clara y penetrante; sus labios tenían ligeros temblores, en vez de sonrisas, y se los mordía. Sanin terminó por sentirse turbado, y se interrumpió por segunda vez.

—Dmitri Pávlovich —dijo la señora Pólozov; reflexionó un instante, y repitió: —Dmitri Pávlovich, ¿sabe usted una cosa? Estoy convencida de que la compra de sus tierras será para mí un negocio ventajosísimo y de que nos entenderemos. Pero necesito que me otorgue usted… un par de días para pensarlo. Vamos, ¿es capaz de estar dos días separado de su novia? No lo detendré más tiempo si no quiere quedarse; le doy mi palabra. Pero si usted necesita dinero hoy mismo, le prestaría con mucho gusto cinco mil o seis mil francos, y más tarde ajustaríamos las cuentas.

Sanin se levantó, exclamando:

—No sé cómo agradecer, María Nikoláevna, la cordial benevolencia de que me da usted pruebas, a mí que le soy casi desconocido… Sin embargo, si usted se empeña en ello, prefiero aguardar su resolución acerca de mi finca, y me quedaré aquí dos días.

—Sí, lo deseo, Dmitri Pávlovich. ¿Y le costará a usted mucho eso? ¿Mucho? Diga usted.

—Amo a mi prometida, y confieso a usted que la separación será un poco dura para mí.

—¡Ah! Es usted un hombre como no los hay. —suspiró la señora Pólozov —Le prometo no dejarlo languidecer demasiado. ¿Se va usted?

—Ya es tarde —hizo observar Sanin.

—Y le hace falta descansar después del viaje, después de esa partida de naipes con mi marido. Diga usted, ¿tenía usted mucha amistad con Hipólito Sídorovich, mi marido?

—Nos hemos educado en el mismo colegio.

—¿Y era ya “tan así” en el colegio?

—¿Cómo “tan así”?

La señora Pólozov soltó una carcajada tan ruidosa, que todo el rostro se le arreboló; se llevó el pañuelo a los labios, se levantó luego de la butaca, se acercó a Sanin contoneándose un poco con dejadez, como una persona fatigada, y le alargó la mano.

Se despidió Sanin de ella, y se dirigió a la puerta.

—Trate usted mañana de venir temprano, ¿oye? —le gritó en el momento de trasponer el umbral.

Miró él hacia atrás, y la vio medio tendida en la butaca con las manos puestas detrás de la cabeza. Las anchas mangas de la blusa se habían corrido hasta el nacimiento de los hombros; y era imposible no decirse que la postura de esos brazos y todo aquel conjunto eran de una belleza admirable.

(1) Lapti: Durante muchos siglos los lapti (en singular lápot), una especie de zapatos o alpargatas tejidos con corteza de árbol o líber, fue el principal calzado de la población rural, es decir, del 90 % de los rusos. Son probablemente el calzado más conocido en el territorio

IVAN IVANYCH SAMOVAR

domingo, noviembre 3rd, 2013

IVAN IVANYCH VIDEO
“El samovar Ivan Ivanovich” es un poema escrito en 1928 por Daniil Kharms, escritor satírico ruso de la época soviética que se incluye dentro de la corriente del surrealismo y el absurdo. Fue publicado por la revista infantil “Yezh”(Puercoespín), en la que escribía literatura infantil, para sobrevivir, desde 1928 hasta 1932.
Kharms, nacido en Petersburgo en 1905, no fue demasiado valorado durante su vida, ya que fue declarado enemigo del Soviet (a pesar de ser de izquierda) y enviado por ello a la prisión de Kursk en 1931. En 1937, las autoridades confiscaron sus libros infantiles, privándolo de su principal fuente de subsistencia. Él continuó escribiendo historias breves muy grotescas, acerca de la pobreza y la opresión de su gente, que no pudieron ser publicadas hasta el fin del régimen socialista.
En una carta a un amigo, escribió: «Cuando escribo poesía, lo más importante para mí no es la idea, no es el contenido, no es la forma y no es la oscura noción de «calidad», sino algo aún más oscuro e ininteligible para la mente racional, pero comprensible para mí… Esto es la pureza del orden. Esta pureza es la misma en el sol, en la hierba, en el hombre y en la poesía. El verdadero arte se encuentra justo al lado de la idea primigenia, de la primera realidad. Crea el mundo y es su primer reflejo.»
En agosto de 1941, poco antes del sitio de Leningrado, Kharms fue arrestado de nuevo, acusado de distribuir propaganda contra el régimen. Fue enviado a la prisión de Leningrado Nº1, donde murió de inanición en 1942.

Para escuchar el audio del enlace que aquí abajo les pego, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla. Debajo del video, les dejo la traducción que hice del poema -si alguien la quiere mejorar, será bienvenido-. Que empiecen una semana hermosa.

El samovar Iván Ivanych
era un samovar barrigón,
un samovar de tres baldes*.

Sacudía el agua hirviendo,
arrancaba vapor de agua hirviendo,
de furiosa agua hirviendo;
vertida en la taza a través del grifo,
por un agujero justo en el grifo,
directo a la taza a través del grifo.

A la mañana temprano llegó,
hasta el samovar llegó,
el tío Petya llegó.
Tío Petya dijo:
«Dame de beber, dijo,
Beberé el té», dijo.

Al samovar llegó,
Tía Katya llegó,
con un vaso de vidrio llegó.
Tía Katya dijo:
«Yo, por supuesto, dijo,
beberé también», dijo.

El abuelo vino,
muy viejito vino,
en zapatos de abuelo vino.
Bostezó y dijo:
«Tal vez una bebida, dijo,
en realidad té», dijo.

Así que la abuela vino,
muy viejita vino,
con un bastón vino.
Y, pensando, dijo,
«Qué tal una bebida, dijo,
qué tal un té», dijo.

De pronto una nena entró corriendo,
hasta el samovar llegó corriendo-
era la nieta que entró corriendo.
«¡Sírveme!», dijo,
«Una taza de té», dijo,
«Para mí, más dulce», dijo.

Entonces Zhuchka, el perro, entró corriendo,
con Murkoy, el gato, entró corriendo,
hasta el samovar, entró corriendo,
para llenarse con leche,
agua hervida con leche,
con hirviente leche.

De pronto Seriozha llegó,
último de todos llegó,
sin lavarse llegó.
«¡Dame!- dijo,
Una taza de té, dijo,
Para mí, una grande», dijo.

Inclinaron e inclinaron
e inclinaron el samovar,
pero salió del grifo
sólo vapor, vapor, vapor.

Inclinaban el samovar
como un armario, armario, armario,
pero de él no salían
más que gotas, gotas, gotas.

¡El samovar Iván Ivanych!
¡Sobre la mesa Ivan Ivanych!
¡Dorado Ivan Ivanych!
Agua hirviendo no les da,
a los impuntuales no les da,
a los haraganes no les da.

*la capacidad de los samovares se medía en baldes de agua y no en litros.
Traducción al castellano de Gabriela Carina Chromoy

EL CORAZÓN DE LA CASA

martes, septiembre 17th, 2013

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Me gusta pensar en el samovar como el corazón de la casa. Un samovar podía proveer agua caliente durante todo el día para un té u otras bebidas. Un samovar, también, podía ser la estufa cálida hacia la que extender las manitas. FELIZ INVIERNO, TODAVÍA. Ya pensaron qué blend se van a preparar?

La obra de hoy: Samovar. Ivan Lavrentyevich Gorojov (Rusia, 1863-1934).

EL ESPÍRITU DEL TÉ Y EL SAMOVAR EXTRANJERO

miércoles, agosto 14th, 2013

Андрей Кленин Чужой самовар
La obra que elegí hoy, «Samovar extranjero», es del artista ruso Andrey Klenin .
El samovar es un artefacto que se usa para calentar agua. Su nombre proviene de sam (sí mismo – auto) y varit (hervir – cocinar). El samovar contiene en sí a la madre del té, el agua, y a la fuente de energía que la calienta, así como al surtidor que vierte el agua caliente sobre el té para que éste exprese sus mejores cualidades. El samovar es un aparato extranjero… y yo, a veces, en este mundo pequeño, también me siento un aparato extranjero.

Cuando recién empezaba a materializar mi sueño de esta dacha propia desde mi fuego interior y mi océano de ganas, un conocido empresario del mundo del té me dijo en casa, una mañana: «No sé si esto te va a dar de comer pero vas a vivir de esto». Realmente es así.

El tiempo que pasó desde que empecé es muy poco o mucho, según como se mire, y DaCha no es «un buen negocio». No sé si el verdadero espíritu del té nos permite hacer con él/de él un buen negocio. Y está bueno que así sea, porque de esa manera, los que respetamos esas plantas, esas hebras, esas manos curtidas de trabajadores que puntean las 3 o 2 hojas y 1 brote en los jardines, podemos darnos el lujo de elegir lo más sano, lo justo, lo bueno y no prostituirnos, no vendernos al mejor postor, no bastardear ni envilecer nuestro trabajo, el oficio que vamos perfeccionando a través de largas jornadas, el producto que elaboramos.

No todo se compra, no todo se vende. La vida es buena. ♥

TORRE DE TÉ PARA ELEGIR o De puros y blends

domingo, agosto 11th, 2013

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Anochece este Domingo. Regreso de ejercer mi derecho/deber ciudadano, un poco desilusionada pero feliz, de todos modos, por poder transitar mi adultez en democracia. Me hubiera gustado un poco menos de mezcla rara. Me hubiera gustado que mi elección histórica del corazón hubiera estado presente en las boletas…

¿Preparamos un samovar de tres chaĭniki (teteras)? Una con Keemun, una con Lapsang y una con Matsesta rojo, todos bien concentrados para diluirlos con el agua caliente. Si vertemos un poquito de cada en una tetera de porcelana y completamos con kipyatok (agua a punto de ebullición), tendremos un blend de tipo Russian Caravan. Quien no guste de tomar blends, puede servirse sólo la variedad deseada.

Esta forma de preparación puede requerir azúcar, miel o jaleas para endulzar. Los resultados que esperamos, también.

La imagen que elijo hoy: чаепитие в Париже Эдуард Улан/ Chaepítie en París – Eduard Ulan

CON UN TERRÓN DE AZÚCAR ENTRE LOS DIENTES.

martes, julio 23rd, 2013

Лесохина Любовь. Горячий чай. Lesohina Lyubov

¡Llegué! Hace frío, ¿no? ¿Quién se toma un té bien caliente? ¡Qué importa que no sean las faifocloc! ¡Vamos, samovares panzones, a calentar la casa se ha dicho!

Acabo de recibir un Darjeeling TGFOP1 Lingia. Primera cosecha (first flush), de carácter suave y sabor dulce, este varietal proviene de una plantación Single State, de 140 años, situada en el Valle dorado de Darjeeling, en la frontera con Nepal, a una altitud de 1848 mts y un área sembrada de 141 hectáreas. Lin-ge en el lenguaje lepcha significa «triángulo de ocho picos de montañas». La finca se encuentra orientada hacia el noroeste, con una hermosa vista a los poderosos Kanchenjunga en el Himalaya. Los arbustos de la plantación son de plantas de té chino, razón por la cual tienen un sabor único a rosas, que difícilmente se pueda encontrar en tés de otras plantaciones. Ya tengo un diseño en mente…

Imagen de hoy: Лесохина Любовь. Горячий чай

CEREMONIA DE TÉ

sábado, julio 6th, 2013

Chaĭnaya tseremoniya - Vladimir Fedotko
Dense una vuelta por la obra de Vladimir Fedotko. Vale la pena. Ésta pieza se llama «Ceremonia de té» (Chaĭnaya tseremoniya) y, personalmente, me parece maravillosa la metáfora de la mujer como samovar, fuente de agua y calor.
Nos dice el autor: cada nación tiene su propia cultura del té; Rusia decidió hervir agua en un samovar para conseguir un «hilo de plata» de 85 a 90°C; el samovar era una cosa muy valiosa en la familia y se heredaba, era tratado con mucho cuidado y respeto y hasta adornado y decorado; toda la familia se reunía alrededor de la mesa y se tomaban entre 6 y 8 rondas de té.

AL SAMOVAR (Leonid Utesov – 1920)

sábado, julio 6th, 2013

Leonid Osipovich Utyosov (o Utesov) fue un artista ucraniano, legendario en la cultura soviética. Notablemente polifacético, fue un brillante actor, cantante, conductor, organizador y narrador extraordinario.
El Jazz es un género que está abierto a todas las influencias, ya sea al impacto del folclore, la música académica o las bellas artes. Como las personas que, a menudo, se convierten en descubridores de nuevos caminos en las arte y las ciencias, Utyosov que era un dotado en muchos campos, se las arregló para no sólo crear, sino también preservar para los años por venir el precoz jazz soviético. La adorada banda «Tea-jazz» no podía aparecer sin su líder, quien ya había logrado un gran éxito como actor a la edad de 30 años. Esta banda ostentaba todas las características de una representación teatral; el teatro en sí es una profunda síntesis de literatura, plástica y pintura; la Ópera y opereta añaden música a estas artes; pero la orquesta de Utyosov, donde los músicos se convertían en actores, acrecentando la «penetración mutua» de las artes, era un nuevo tipo de expresión artística, un experimento nunca antes visto.
Durante los años de guerra Utyosov condujo numerosas actuaciones para los soldados en el frente, así como para los heridos en los hospitales. También, como muchos otros artistas, donó dinero para construir aviones para luchar contra los nazis. La mayoría de los clásicos de la época heroica, como «Noche Oscura», «Barón von der Pschick» y «Bombers» se tocaron por primera vez por la orquesta de Utyosov. El gran concierto de la banda, el 9 de mayo de 1945, marcó el final de la guerra.
A principios de los 50 muchos artistas en la Unión Soviética fueron atacados por el Partido Comunista durante la dictadura de Joseph Stalin. Utyosov fue censurado se le prohibió actuar en espectáculos públicos. Su canción «Shalandy» y otras fueron prohibidas hasta 1956, cuando Nikita Jruschov inicio el «deshielo».
Durante los años 50, 60 y 70, Utyosov dio cientos de conciertos a través de la Unión Soviética y en el extranjero. Su banda de jazz se convirtió en una escuela para muchos músicos jóvenes. En 1965, recibió el título de Artista del Pueblo de la URSS.
Murió en 1982.
Les dejo esta pieza bellísima, de 1920, que se llama Al samovar, con una traducción que puede mejorarse (quien pueda ayudar, será bienvenido, como siempre).

Para ver el video y escuchar la música, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.

Л Утесов У самовара я и моя Маша

AL SAMOVAR (Leonid Utesov – 1920)

Al samovar, mi Masha y yo
y ya oscureció completamente.
Y como en el samovar, nuestra pasión bulle!
Ella sonríe contenta, cada mes, por la ventana.

Masha me sirve té
y sus ojos prometen tanto:
al samovar, mi Masha y yo,
como un poquito de azúcar al té, será la noche.
(mientras «tomamos té» hasta el amanecer).

INVIERNO EN KIEV o «Si quieres una dama, empieza por la abuela.»

domingo, mayo 19th, 2013

DaCha 10
¡Qué importante es, en la vida de un niño, la experiencia de los abuelos! Así como yo evoco la memoria de los míos, mi madre (que lleva el nombre de la abuela de su abuela), evoca la memoria de la única abuela que conoció y me sumerge, nuevamente, en un viaje de ensueño por la historia y la tradición:

“Mi primera infancia transcurrió en nuestra casa de Canning 84″ -cuenta Zulema, mi madre-. «Recuerdo que visitaba con mucha frecuencia a mi Bobe Brane, a quien adoraba. Me encantaba jugar a disfrazarme con las ropas y zapatos de mi tía Feliza y gozar de las dulzuras que preparaba mi Bobe, quien, por la tarde, servía su té en los vasos de vidrio y mi leche en sus tazas de loza inglesa, sobre el mantel de color rojizo que cubría la mesa del comedor, de estilo Chippendale, que había traído de Inglaterra. Yo esperaba, ansiosa, a que abriera la puerta del aparador, del que sacaba una bandejita de loza, que luego llenaba de kemish broit y schtrudel de membrillo y un botellón de cristal con vishnik, del que sólo me servía una copita, ya te contaré por qué. Calculo que mi Bobe debía tener en esa época no más de 60 años pero parecía muchos más porque peinaba su larga cabellera canosa con un rodete y jamás se maquillaba.”

Brane, mi bisabuela, nació en Kiev, Ucrania, en el año 1876. En esa época, Ucrania, que fuera dominada, ya por Lituania, ya por Polonia o bien, subyugada por cosacos y tártaros, estaba bajo el dominio ruso del Zar Alejandro II, quien ese año promulgó un edicto secreto, el Ucase de Ems, por el que se prohibía el uso del idioma ucraniano en la prensa escrita, así como también en representaciones teatrales y en la enseñanza, en un intento por eliminar cualquier vestigio de cultura o nacionalismo ucraniano. Por lo tanto, Brane se consideraba rusa y hablaba ruso e idish. Su padre era rebe (maestro) y su abuela “se vestía como una reina y usaba un tocado como una corona” (sarafan y kokoshnik). No hablaba mucho de esa primera etapa de su vida. Sus recuerdos felices del terruño natal eran esos y que en verano juntaban cerezas e iban al Mar Negro. Los otros, los tristes, los que marcaron su joven corazón de un frío invierno, fueron los que la obligaron a emigrar, a los 14 años, hacia Inglaterra, sola… pero con samovar.

Brane llegó a Londres en 1890, siguiendo a un hermano que la precedió, años antes, en la partida de Kiev y se estableció en el East London, barrio que recibía a los inmigrantes pobres, fundamentalmente a irlandeses y judíos de la Europa Oriental. Su hermano trabajaba en una carpintería y suponemos que así fue como mi bisabuela conoció y se enamoró de Louis, mi bisabuelo, quien también era ebanista. De la misma manera, se enamoró de Londres, tanto, que siempre recordó esos años como los más felices de su vida. Fue testigo de la última década de la era victoriana (1837-1901), que logró el gran desarrollo económico e imperial e incluso la hegemonía mundial de Gran Bretaña, que transformaron al liberalismo en algo mucho más profundo que un sistema político: liberalismo y Parlamento vinieron a ser, al cabo del siglo XIX, debido a aquella «evolución ordenada», el fundamento de la cultura política moderna del pueblo inglés. Esa impregnación liberal de la conciencia colectiva contribuyó a que la política británica se adaptara sin violencia, casi naturalmente, a la irrupción de las masas en la vida pública, y que la transición hacia la democracia moderna fuera allí tan ordenada como había sido la evolución liberal a lo largo del siglo XIX. La muerte de la reina Victoria dio lugar a la Era eduardiana. El pueblo adoraba a Eduardo VII, quien, según Brane, “caminaba por la calle sin guardia y se sentaba en un banco de la plaza”; esta ya mujer de 25 años, respetaba el protocolo londinense, salía siempre a la calle con sombrero y amaba a una ciudad en la que “los pisos eran como espejos: uno se podía ver en el piso” y gozó de un período en el que sectores de la sociedad que habían sido siempre excluidos de la vida política, como los obreros plebeyos y las mujeres, se volvían cada vez más politizados y participativos.
Lamentablemente, Louis enfermó y, en 1908, con tres hijos vivos y otros dos en camino, ambos se embarcaron rumbo a la Argentina, en busca de los “buenos aires”, con todos sus muebles, sus cubiertos y vajilla y, por supuesto, el samovar. Pocos años más tarde, Brane enviudó y se quedó sola, con cinco chicos, en una Argentina turbulenta. Su corazón entró en el invierno para siempre, hasta la llegada de los nietos.
Brane
“Cuando mi tía Feliza se casó, yo tenía seis años” -sigue mi mamá-. “Después del casamiento, mi Bobe con mi tío Samuel, que era minervista, se mudaron a nuestra casa. Allí, en la muy amplia cocina, fui testigo de la preparación de las comidas y bebidas que preparaba mi abuela. Me encantaba verla cocinar toda clase de manjares dulces y salados, aunque yo prefería los dulces. Me asombraba la cantidad de cerezas que compraban en primavera y verano y su colocación, junto con azúcar y algo de alcohol, en unos botellones grandísimos de color verde oscuro que se llamaban damajuanas y que colocaban en el gran patio soleado de mi casa, en el que había muchas plantas y una gran pajarera con canarios, que cuidaba mi papá. Luego, cuando en las damajuanas se formaba una espuma, las guardaban en un lugar oscuro hasta el invierno. Cuando las cerezas estaban completamente maceradas, mi Bobe pasaba, con la ayuda de mi mamá, el licor color borravino a los botellones y a las cerezas, las comíamos en compota. El vishnik era mi bebida preferida, a tal punto que una vez, en una reunión de Fin de Año que festejamos en el patio de mi casa, tomé tantos vasitos que me emborraché!”
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La vida de los inmigrantes no es fácil; nunca lo ha sido. Dejar atrás la casa natal, la tierra, la familia, los amigos, es desgarrador y exige una enorme dosis de coraje. Gracias a ese coraje, parte de mi familia sobrevivió. Gracias a ese coraje es que yo existo. Hay un común denominador a todos los inmigrantes: para calmar el frío que siente el corazón en el exilio, hacen de la tradición un conjuro y cantan sus canciones, bailan sus danzas, cocinan sus delicias como lo hacían sus madres y abuelas y las madres y abuelas de sus madres y abuelas.

Kiev fue la cuna y el punto de partida hacia el destino errante en la vida de mi bisabuela. Pero también, las cerezas del verano para endulzar hasta a los más amargos inviernos.
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Probá «INVIERNO EN KIEV«, de DaCha ~Russkiĭ Sekret~ (Blends). Té rojo Assam, té rojo chino BOP, pimpollos de rosas, cacao y licor de cerezas (vishnik). Compañero perfecto para cualquier torta de chocolate, incluso de chocolate blanco. Este es EL blend para quienes gustan tomarlo con un toque de leche o crema 😉
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