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Categoria: Té Literario ~ Aguas de primavera | Fecha: septiembre 16th, 2013 | Publicado por Gabriela Carina Chromoy

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN S. TURGUÉNIEV – INTRODUCCIÓN

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Buenas noches, amigos dacheros y lectores! Vaso de té en mano, vamos cerrando el día con la lectura de AGUAS DE PRIMAVERA de IVÁN S. TURGUÉNIEV, que comienza así:

«Días que fueron felices,
pasados años amables,
¡qué deprisa habéis corrido,
cual aguas primaverales!»
(de una vieja romanza)

…Sería poco más de la una de la madrugada cuando volvió a su despacho. Despidió al criado que había encendido las velas y, dejándose caer en una butaca junto al fuego, se cubrió el rostro con ambas manos.

Nunca había sentido tal cansancio físico y moral. Había pasado la velada con amables damas e inteligentes caballeros. Algunas de las damas eran bonitas; la mayor parte de los caballeros se distinguían por el talento y el ingenio; él mismo se había mostrado interlocutor ameno y hasta brillante… Y, a pesar de todo eso, nunca le había acometido, nunca le había asfixiado de manera tan irresistible aquel taedium vitae, aquel “tedio de la vida” de que hablaban ya los antiguos romanos.

De haber sido más joven, hubiera llorado de fastidio, de angustia y de depresión nerviosa. Una amargura ocre y corrosiva como la del ajenjo llenaba su alma entera; cierto «no sé qué» pertinaz y execrable, repugnantemente doloroso, lo envolvía por todas partes como una oscura noche otoñal, y no sabía cómo desprenderse de aquella oscuridad, de aquella amargura. Inútil pensar en el sueño, presentía que no iba a venir en su auxilio.

Insensiblemente, se sumió en lentas reflexiones, inconexas y tristes.

Meditó acerca de lo vano, de lo inútil, de la trivial falsedad de todo lo humano. Todas las épocas de su vida —acababa de cumplir cincuenta y dos años— desfilaron poco a poco ante los ojos de su pensamiento, y en ninguna de ellas encontró compasión.
¡Agitarse siempre en el vacío y la nada, andar siempre dando tajos y mandobles al aire, siempre embelesarse medio cándida, medio conscientemente con el señuelo de vanas quimeras! “Poco importa lo que contenta a un niño. Hay que dárselo con tal de que no llore”, como dice un proverbio ruso, unas veces inconscientemente y otras de manera deliberada, para que luego, de pronto, cuando menos se esperaba, surgiera la vejez y, con ella, ese temor a la muerte que crece constantemente, que todo lo corroe y lo mina… Luego, ¡de pronto, al abismo!

¡Y menos mal si se desenvolvía así la vida! Porque también podía ocurrir que, antes del fin, lo atacaran, como la herrumbre ataca al hierro, los achaques y los dolores…

El mar de la vida no se le ofrecía cubierto de olas tumultuosas como lo describen los poetas; no, él se imaginaba ese mar imperturbablemente liso, como un espejo quieto y transparente hasta lo más oscuro del fondo; él iba en una frágil barquichuela y allá abajo, en aquel oscuro fondo cenagoso, apenas vislumbraba unos monstruos informes: todas las miserias de la vida, las dolencias, los pesares, la locura, la pobreza, la ceguera… Pero se fijaba y, de pronto, uno de los monstruos se desprendía de las tinieblas, subía y subía, haciéndose sus contornos más precisos, más repulsivamente precisos… Otro minuto y se volcará la barca impelida por él. Pero ya parece desvanecerse de nuevo, se aleja, desciende al fondo y allí se queda tendido, agitando apenas la cola… Sin embargo, ha de llegar el día fatal y, ese día, el monstruo hará zozobrar la barca.

Sacudió la cabeza, se levantó de un salto de la butaca, dio un par de vueltas por la habitación y se sentó ante el escritorio; después, abriendo una tras otra todas las gavetas, se puso a revolver papeles, cartas antiguas, la mayor parte de mujeres. Él mismo ignoraba por qué hacía eso, pues no buscaba nada. Lo único que quería era distraerse con cualquier cosa para ahuyentar los pensamientos, que lo perseguían como una pesadilla.

Desdobló al azar algunas cartas. De una de ellas se desprendió una flor seca, atada con una cinta marchita. Se encogió de hombros, miró a la chimenea y puso a un lado las cartas, como si hubiese decidido arrojar al fuego aquellos recuerdos inútiles.

Siguieron sus manos explorando febrilmente las gavetas; de pronto, un brillo intenso le encendió los ojos, abiertos de par en par, y atrajo con suavidad hacia sí una cajita octogonal, de forma anticuada, y levantó despacio la tapa. Dentro de la caja, envuelta en algodón amarillento, había una crucecita de granates.

Tratando de recordar, estuvo unos instantes contemplándola; de repente, dio un débil grito… Lo que se retrató en su rostro no fue pesar ni júbilo, era como si hubiese encontrado de improviso a alguien tiernamente amado en otra época, al que no veía hacía largo tiempo, pero reconocible aún, y, sin embargo, muy cambiado por los años.

Se levantó, volvió a sentarse junto a la chimenea, y de nuevo ocultó la cara entre las manos… “¿Por qué hoy, por qué hoy precisamente?”, pensó. Y le acudieron a la memoria muchas cosas lejanas del pasado.

Recordaba…

Pero primero debo decir su apellido y sus nombres de pila y patronímico. Nuestro protagonista se llama Dmitri Pávlovich Sanin.

Y he aquí lo que recordaba:

(Continuará)

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