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Categoria: Té Literario ~ Aguas de primavera | Fecha: noviembre 5th, 2013 | Publicado por Gabriela Carina Chromoy

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 35

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Buenas noches! Qué maravilla de narrador, este Turguéniev! Vamos con un té con crema, nosotros también, y el Capítulo 35 de las Aguas de primavera? Davai! Con un Invierno en Kiev y un samovar de Tula!
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 35

La desenvoltura de modales de la señora Pólozov hubiera trastornado probablemente a Sanin desde el primer momento (aun cuando no era enteramente un novicio y había corrido ya un poco de mundo), si no hubiese creído ver en ese desenfado y en esa familiaridad un feliz augurio para el buen éxito de sus proyectos.

«Halaguemos los caprichos de esta millonaria», dijo para sí resueltamente; y con el mismo desenfado con que ella había hecho la pregunta, respondió él:

—Sí, me caso.

—¿Con quién? ¿Con una extranjera?

—Sí, señora.

—¿Hace poco que la conoce usted? ¿Vive en Francfort?

—Exacto.

—¿Y quién es ella? ¿Puede saberse?

—Sin duda. Es la hija de un confitero.

La señora Pólozov enarcó las cejas, abriendo tamaños ojos, y pronunció con lentitud:

—¡Eso es encantador! ¡Es admirable! ¡Yo creía que no se encontraban en la tierra jóvenes como usted! ¡La hija de un confitero!

—Veo que eso la asombra a usted —dijo Sanin con aire digno —Pero, en primer lugar, yo no tengo esos prejuicios…

—Ante todo, —interrumpió la señora Pólozov —eso no me asombra de ninguna manera, y yo no tengo tampoco esos prejuicios… Yo soy hija de un campesino. ¡Ah! ¿Qué dice usted a esto? Lo que me pasma y me fascina es ver a un hombre que no teme amar. Porque usted la ama, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Es muy bonita, sin duda?

Esta última pregunta apuró un poco a Sanin, pero ya no era tiempo de retroceder.

—Señora, ya sabe usted que cada cual prefiere el rostro de la mujer amada a todos los demás; pero mi prometida es verdaderamente muy bella.

—¿De veras? ¿Qué tipo tiene? ¿Italiano? ¿Clásico?

—Sí, sus facciones son de una perfecta regularidad.

—¿No tiene usted su retrato?

—No. (Por aquella época aún no existía la fotografía; apenas comenzaba a difundirse el daguerrotipo.)

—¿Cuál es su nombre de pila?

—Gemma.

—¿Y el de usted?

—Dmitri.

—¿Patronímico?

—Pávlovich.

—¿Sabe usted una cosa? —dijo la señora Pólozov, siempre con la misma lentitud —Me gusta usted mucho, Dmitri Pávlovich. Debe ser usted un hombre galante. Deme la mano. Seamos amigos.

Sus lindos dedos, blancos y robustos, apretaron con vigor los dedos de Sanin. Su mano no era mucho más pequeña que la del joven, pero era más tibia, más suave, y por decirlo así, más viva.

—¿Sabe usted —preguntó ella— qué idea se me ocurre?

—¿Qué?

—¿No se enfadará usted? ¿No? Dice usted que es su futura esposa… Pero…, pero… ¿le es a usted eso absolutamente necesario?

Sanin frunció las cejas.

—Señora, no la comprendo a usted.

María Nikoláevna se puso a reír bajito, y con un movimiento de cabeza echó atrás los cabellos que le caían sobre las mejillas.

—Sin duda es usted un hombre encantador. —dijo con aire meditabundo y distraído a la vez —¡Un verdadero caballero! ¡Después de esto, vaya usted a creer a la gente que sostiene que ya no hay idealistas!

La señora Pólozov hablaba en ruso con una pureza perfecta, el verdadero ruso de Moscú, la lengua del pueblo y no la de los salones.

—Estoy segura de que se ha educado usted en casita, en el seno de una familia piadosa y patriarcal. ¿De qué provincia es usted?

—De Tula.

—¡Ah! En ese caso, somos paisanos. Mi padre… ¿Sabe usted, no es cierto, lo que era mi padre?

—Sí, lo sé.

—Era natural de Tula… Era tuliak. Bueno… —pronunció enteramente al estilo del pueblo, y con intención manifiesta, la palabra rusa que significa «bueno» —¡Y ahora pongamos manos a la obra!

—¡A la obra…! ¿Qué debo entender por esa frase?

La señora Pólozov medio cerró los ojos, exclamando:

—Pero ¿qué ha venido a hacer usted aquí?

Cuando entornaba así los ojos se hacía muy zalamera su expresión, con un si es no es de burlona; al abrirlos, ¡cuán grandes eran!, su brillo luminoso, casi frío, dejaba traslucir un no sé qué perverso y amenazador. Lo que daba a sus ojos particular hermosura eran las cejas, espesas, un poco prominentes y suaves como piel de marta cebellina.

—¿Quiere usted que le compre su hacienda? —prosiguió —Necesita usted dinero para casarse, ¿no es verdad?

—En efecto.

—¿Necesita usted mucho?

—Unos cuantos miles de francos para los gastos primeros. Su marido conoce mi hacienda. Podría usted consultarle… Pediré un precio muy módico.

La señora Pólozov hizo con la cabeza un movimiento negativo.

—En primer lugar, —comenzó a decir, tras una pequeña pausa, dando golpecitos con las yemas de los dedos en la manga de Sanin —no tengo costumbre de consultar a mi marido, como no sea para asuntos de tocador, en lo cual es maestro consumado; en segundo lugar, ¿por qué me dice que me pedirá un precio muy módico? No quiero aprovecharme de que esté usted ahora enamorado y dispuesto a todos los sacrificios… Y yo no quiero aceptar nada de eso. ¡Qué! ¿En vez de alentarlo en… (¿cómo diría yo bien eso?) en sus nobles sentimientos, iba yo a despojarlo como se le quita la corteza a un tilo para hacer lapti(1)? No tengo costumbre de eso. En ocasiones puedo ser cruel con la gente, pero nunca hasta ese extremo.

Sanin no podía adivinar si se burlaba o hablaba en serio, pero decía para sí: “¡Oh, contigo hay que tener cuidado!” Entró un criado, trayendo en una gran bandeja un samovar ruso, un servicio de té, crema, bizcochos, etc.; puso todo aquello encima de la mesa, entre Sanin y la señora Pólozov, y se retiró.

La señora Pólozov sirvió a su huésped una taza de té.

—¿No le importa? —dijo poniéndole el azúcar con los dedos… Y, sin embargo, las tenacitas de la azucarera estaban encima de la mesa.

—¡Cómo! De una mano tan hermosa…

No pudo acabar la frase, y por poco se ahoga con un sorbo de té. Ella lo tenía subyugado con su claro y fijo mirar.

—Si le hablé a usted de baratura, —continuó —es porque como en estos momentos se encuentra usted en el extranjero, no debo suponer que tenga mucho dinero disponible; y además, comprendo que la venta… o la compra de una finca en tales condiciones tiene algo de anormal, y debo tener esto en cuenta.

Se embarullaba Sanin y se atascaba en sus frases, mientras que la señora Pólozov, que se había reclinado cómodamente en el respaldo de la butaca, lo miraba, cruzada de brazos, con el mismo claro y atento mirar. Concluyó él por detenerse.

—Siga, siga usted; —dijo la joven, como acudiendo en su auxilio —lo escucho, tengo sumo placer en oírlo; continúe usted.

Sanin se puso a describir su hacienda, indicó la superficie, la situación topográfica, sus características; calculó qué renta podía sacarse de ella… Hasta habló de la pintoresca posición de la finca, y la señora Pólozov continuaba fijando en él su mirada cada vez más clara y penetrante; sus labios tenían ligeros temblores, en vez de sonrisas, y se los mordía. Sanin terminó por sentirse turbado, y se interrumpió por segunda vez.

—Dmitri Pávlovich —dijo la señora Pólozov; reflexionó un instante, y repitió: —Dmitri Pávlovich, ¿sabe usted una cosa? Estoy convencida de que la compra de sus tierras será para mí un negocio ventajosísimo y de que nos entenderemos. Pero necesito que me otorgue usted… un par de días para pensarlo. Vamos, ¿es capaz de estar dos días separado de su novia? No lo detendré más tiempo si no quiere quedarse; le doy mi palabra. Pero si usted necesita dinero hoy mismo, le prestaría con mucho gusto cinco mil o seis mil francos, y más tarde ajustaríamos las cuentas.

Sanin se levantó, exclamando:

—No sé cómo agradecer, María Nikoláevna, la cordial benevolencia de que me da usted pruebas, a mí que le soy casi desconocido… Sin embargo, si usted se empeña en ello, prefiero aguardar su resolución acerca de mi finca, y me quedaré aquí dos días.

—Sí, lo deseo, Dmitri Pávlovich. ¿Y le costará a usted mucho eso? ¿Mucho? Diga usted.

—Amo a mi prometida, y confieso a usted que la separación será un poco dura para mí.

—¡Ah! Es usted un hombre como no los hay. —suspiró la señora Pólozov —Le prometo no dejarlo languidecer demasiado. ¿Se va usted?

—Ya es tarde —hizo observar Sanin.

—Y le hace falta descansar después del viaje, después de esa partida de naipes con mi marido. Diga usted, ¿tenía usted mucha amistad con Hipólito Sídorovich, mi marido?

—Nos hemos educado en el mismo colegio.

—¿Y era ya “tan así” en el colegio?

—¿Cómo “tan así”?

La señora Pólozov soltó una carcajada tan ruidosa, que todo el rostro se le arreboló; se llevó el pañuelo a los labios, se levantó luego de la butaca, se acercó a Sanin contoneándose un poco con dejadez, como una persona fatigada, y le alargó la mano.

Se despidió Sanin de ella, y se dirigió a la puerta.

—Trate usted mañana de venir temprano, ¿oye? —le gritó en el momento de trasponer el umbral.

Miró él hacia atrás, y la vio medio tendida en la butaca con las manos puestas detrás de la cabeza. Las anchas mangas de la blusa se habían corrido hasta el nacimiento de los hombros; y era imposible no decirse que la postura de esos brazos y todo aquel conjunto eran de una belleza admirable.

(1) Lapti: Durante muchos siglos los lapti (en singular lápot), una especie de zapatos o alpargatas tejidos con corteza de árbol o líber, fue el principal calzado de la población rural, es decir, del 90 % de los rusos. Son probablemente el calzado más conocido en el territorio

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