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Historia

EL TÉ DE LAS SEIS II

lunes, septiembre 17th, 2012

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Resulta que el otro día, en que publiqué, de manera indiscreta y salvaje, la carta de amor infinito de Bioy a su amante, me quedé tan angustiada por Silvina Ocampo, su esposa, que sentí que para estar en paz conmigo tenía que darle, al menos, el mismo espacio de admiración en esta página. Silvina también tuvo una amante en Alejandra Pizarnik pero esa es otra foto. Es por eso que comparto con ustedes, como desde hace un año, una historia más. Y me guardo el sekret de Alejandra, para la próxima.

CARTA PERDIDA EN UN CAJÓN (Silvina Ocampo)

¿Cuánto tiempo hace que no pienso en otra cosa que en ti, imbécil, que te intercalas entre las líneas del libro que leo, dentro de la música que oigo, en el interior de los objetos que miro? No me parece posible que el revestimiento de mi esqueleto sea igual al tuyo. Sospecho que perteneces a otro planeta, que tu Dios es diferente del mío, que el ángel guardián de tu infancia no se parecía al mío. Como si se tratara de alguien que hubiera entrevisto en la calle, me parece que no nos hemos conocido en la infancia y que aquella época hubiera sido mero sueño. Pensar de la mañana a la noche y de la noche a la mañana en tus ojos, en tu pelo, en tu boca, en tu voz, en esa manera de caminar que tienes, me incapacita para cualquier trabajo. A veces, al oír pronunciar tu nombre mi corazón deja de latir. Imagino las frases que dices, los lugares que frecuentas, los libros que te gustan. En medio de la noche, me despierto con sobresaltos preguntándome: «¿dónde estará esa bestia?» o «¿con quién estará?». A veces, con mis amigos, llevo el diálogo a temas que fatalmente atraen comentarios sobre tu modo de vivir, sobre las particularidades de tu carácter, o bien paso por la puerta de tu casa, perdiendo un tiempo infinito en esperarte para ver a qué horas sales o cómo te has vestido. Ningún amante habrá pensado tanto en su amada como yo en ti. Recuerdo siempre tus manos levemente rojas, y la piel de tus brazos oscura en los pliegues del codo o en el cuello como arena húmeda. «¿Será suciedad?», pienso, esperando con un defecto nuevo lograr la destrucción de tu ser tan despreciable. Podría dibujar tu cara con los ojos cerrados, sin equivocarme en ninguna de sus líneas: me guardaré de hacerlo, pues temo mejorar tus facciones o divinizar la expresión un poco bestial de tus mejillas prominentes. Será una mezquindad de mi parte pero todas mis mezquindades te las debo a ti. Después de nuestra infancia, que transcurrió en un colegio que fue nuestra prisión donde nos veíamos diariamente y dormíamos en el mismo dormitorio, podría enumerar algunos furtivos encuentros: un día en el andén de una estación, otro día en una playa, otro día en un teatro, otro día en la casa de unos amigos. No olvidaré aquel último encuentro, tampoco olvido los otros, pero el último me parece más significativo. Cuando advertí tu presencia en aquella casa perdí por la fracción de un segundo el conocimiento. Tus pies lascivos estaban desnudos. Pretender describir la impresión que me causaron las uñas de tus pies sería como pretender reconstruir el Partenón. Creo, sin embargo, que en la infancia tuve el presentimiento de todo lo que iba a sufrir por ti. Oí a mi madre pronunciar tu nombre cuando entramos a visitar por primera vez aquel colegio donde había en el jardín tantos jacarandás en flor y aquellas dos estatuas sosteniendo globos de luz en cada lado del portón.

—Alba Cristián es hija de una amiga mía. La internarán también aquí. Es de tu edad —dijo mi madre cruelmente.

Sentí un extraño malestar: pensé que era por culpa del colegio donde me iban a internar. Sin embargo, inconscientemente, como esos antiguos anillos que contenían veneno debajo de un camafeo o de una piedra, tu nombre semejante también a un círculo me pareció venenoso. Otro presentimiento me avasalló aquel día del paseo a los lagos de Palermo, cuando nos bajamos a comer la merienda sobre el césped y que Máxima Parisi te enseñó unas tarjetas postales que no quiso enseñarme a mí y que al final de la tarde, comiendo un helado de frambuesa, se recostó sobre tu hombro en el ómnibus que nos llevó de vuelta al colegio. En aquella intimidad que me excluía, sentí la amenaza de otras desventuras. No creas que olvidé la llave misteriosa de tu mesa de luz que hacía sonreír a Máxima Parisi ni aquel atado de cigarrillos americanos que fumaron sin convidarme en la glorieta de los arbustos «cuerpo a tierra», decían ustedes, «como los soldados», en aquel escondite que aborrecí hasta el día de hoy. No creas que olvidé aquel libro pornográfico, ni al gato que bautizaban con un nuevo nombre estrafalario cada día, ¡pobre diablo! Ni aquella suerte de supositorios para perfumar el baño con olor a rosa que disolvían en un vaso de agua y que se pasaban por el pelo y por los brazos. No creas que olvidé la enfermedad de Máxima cuando te colgaste de mi brazo todo el día diciéndome que yo era tu amiga predilecta y que me invitarías a tu casa de campo durante el verano. No me hice ilusiones, además no me inspirabas ninguna simpatía. No aspiré a tu amistad sino para alejarte de otras. En el fondo de mi corazón se retorcía una serpiente semejante a la que hizo que Adán y Eva fueran expulsados del Paraíso.

Sospechaba que mi vida sería una sucesión de fracasos y de abominaciones. No hay niño desdichado que después sea feliz: adulto podrá ilusionarse en algún momento, pero es un error creer que el destino pueda cambiarlo. Podrá tener vocación por la dicha o por la desdicha, por la virtud o por la infamia, por el amor o por el odio. El hombre lleva su cruz desde el principio; hay cruces de madera tosca, de aluminio, de cobre, de plata o de oro, pero todas son cruces. Bien sabes cuál es la mía, pero tal vez no sepas cuál es la tuya, pues no todos los seres son lúcidos, ni capaces de leer el destino en los signos que diariamente ven a su alrededor. ¿Será cruel advertírtelo? Me tiene sin cuidado. No siento por ti la menor lástima. Me molesta que alguien aún crea que somos amigas de infancia. No falta quien me pregunte con tono almibarado y escandalizado a la vez:

—¿No tenés amigos de infancia?

Yo les respondo:

—No me casé con los amigos de infancia. Si ahora tengo poco discernimiento para elegirlos, ¿cómo habrán sido las equivocaciones de mis primeros años? Las amistades de infancia son erróneas, y no se puede ser fiel al error indefinidamente.

Aquel día, en casa de nuestros amigos, al verte, una trémula nube envolvió mi nuca, mi cuerpo se cubrió de escalofríos. Tomé un libro que estaba sobre la mesa y comencé a hojearlo ávidamente: sólo después advertí que el libro se titulaba «Balance de las ventas de animales bovinos». La dueña de casa me ofreció una naranjada horrible «de alfileres» como denominábamos toda bebida que llevaba soda. Bebí de un trago para ocultar el temblor de mi mano; felizmente hacía calor y salí al balcón con el pretexto de tomar fresco y de mirar la vista que abarcaba el Río de la Plata a lo lejos y en primer plano el Monumento de los Españoles que divisado de ese ángulo parecía, más que nunca, un gigantesco postre de bodas o de primera comunión. Sonreí a tu cara de bestia, sonreíste. Vivir así no era vivir. Sentí vértigos, náuseas. Desde aquel séptimo piso contemplé la calle pensando cómo sería mi caída, si me tiraba de esa altura. Un puesto de fruta, cajones de basura al pie de la casa (estarían en huelga los basureros) y una baranda alta me molestaban para imaginar la escena. Traté de concentrarme en esa idea llena de dificultades para serenarme. Tenía el poder, que ahora no tengo, para desdoblarme: conversé con la gente que me rodeó, reí, miré a todos lados con los ojos clavados en el fondo de aquel precipicio con cajones de basura, con frutas y con hombres que pasaban. Todo era menos inmundo que tu cara. «De cuántas músicas, de cuántas personas, de cuántos libros tengo que renegar para no compartir mis gustos contigo», pensé al mirar hacia el interior del departamento a través del vidrio de la ventana. «Quiero mi soledad, la quiero con mil caras impersonales.» Te miré y a través del vidrio que reverberaba tembló tu cara de piraña como en el fondo del agua. Pensé en quien no puedo pensar por causa tuya y en el sortilegio que me envolvía. Estás en mí como esas figuras que ocultan otras más importantes en los cuadros. Un experto puede borrar la figura superpuesta pero ¿dónde está el experto? Necesito dar una explicación a mis actos. Después de haberte saludado con una inusitada amabilidad te invité a tomar té. Aceptaste. Te dije que en mi casa había pintores. Sugeriste felizmente que sería mejor ir a tu casa. En el momento en que prepares el té y lo dejes sobre la mesa fingiré un desmayo. Irás a buscar un vaso de agua que yo te pediré, entonces echaré en la tetera el veneno que traigo en mi cartera. Servirás el té después de un rato. Yo no tomaré el mío, pensé como delirando mientras me hablabas.

No cumplí mi proyecto. Era infantil. Me pareció más atinado usar ese procedimiento para matar a L. Deseché la idea porque la muerte no me pareció un castigo.

—¿Qué te pasa? —me decía L.

La conversación recaía sobre ti. Le decía de ti las peores cosas que pueden decirse de un ser humano. Hablé de suciedad, de mentiras, de deslealtad, de vulgaridad, de pornografía. Inventé cosas atroces que resultaron maravillosas. No sospeché que por primera vez L. se interesaba en tu personalidad, en tu vida, en tu manera de sentir y que todo había nacido de mi imaginación.

Durante el tiempo que dediqué a pensar sólo en ti, a hablar de tus horribles vestimentas, de tu malignidad, de tu falta de asco para meterte en la boca dinero sucio y cosas que encontrabas en el suelo, con mi complicidad, con mis sospechas, con mi odio construí para ustedes ese edificio de amor tan complicado donde viven alejados de mí por mi culpa. Quiero que sepas que debes tu felicidad al ser que más te desdeña y aborrece en el mundo. Una vez que ese ser que te adorna con su envidia y te embellece con su odio desaparezca, tu dicha concluirá con mi vida y la terminación de esta carta. Entonces te internarás en un jardín semejante al del colegio que era nuestra prisión, un jardín engañoso, cuidado por dos estatuas, que tienen dos globos de luz en las manos, para alumbrar tu soledad inextinguible.

Imagen: Старый сад – Natalia Syuzev

EL TÉ DE LAS SEIS

sábado, septiembre 15th, 2012
1- Bioy Casares

Adolfo Bioy Casares (15/9/1914-8/3/1999)

Elena Garro

Elena Garro (11/12/1920-22/8/1998)

No sé si está bien que, para recordar a Bioy, quien hoy cumpliría 98 años, adjunte una de las cartas de amor, de la abundante correspondencia amorosa que mantuvo con Elena Garro a lo largo de dos décadas (1949-1969). No lo hago por morbo, ni por chismosa -debo admitir que leer correspondencia ajena es algo que siento vuelve a la gente indigna, aunque esa correspondencia haya pasado a ser de dominio público-, sino porque la carta en cuestión, además de conmoverme hasta las lágrimas, me abrió la puerta a una nueva comprensión de Bioy (que ya estaba casado con Silvina Ocampo) y a la esencia femenina de Elena. Mucho sabemos de él.
De ella sólo diré que fue una escritora mexicana, que se casó con Octavio Paz, que sufrió la sombra de su genialidad -aunque no se privó de decirle sin cuidar las palabras todo lo que pensaba de él y de su obra-, tuvo una hija con él y se divorció de él en 1959; en 1968, un año antes de terminar su relación con Bioy y a raíz de la masacre de Tlatelolco, la prensa manipuló sus declaraciones en las que ella supuestamente declaraba contra varios intelectuales mexicanos a los que responsabilizó de instigar a los estudiantes, para luego abandonarlos a su suerte; dichas acusaciones le ocasionaron el rechazo de la comunidad intelectual mexicana, lo que la llevó al exilio durante veinte años; su obra toca temas como la marginación de la mujer, la libertad femenina y la libertad política y su figura literaria ha llegado a ser un símbolo libertario.

No los distraigo más en esto y vamos con la carta:

carta de amor y té
«Mi querida, aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo[1]. Sin embargo, te quiero más que a nadie… Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte[2]. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena[3]. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo.
Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia… Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos… recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado…
Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades».

[1]Victor Hugo 199, domicilio en París de la familia Paz-Garro.
[2]Bioy llevaba en su equipaje dos recuerdos: un zapato y el pasaporte de Elena. (Después, Garro le pediría que le devolviera el pasaporte).
[3]Helena Paz, hija de la escritora con Octavio.

Espero que esto los anime a ahondar en las vidas de los cuatro escritores en cuestión, releerlos o leerlos por primera vez teniendo en cuenta las fechas de sus obras y vinculándolas con sus estados de ánimo y sus contingencias. Después de todo, la obra de un artista y el modo en que cambia en algo al mundo, es la expresión de lo que pasa en su alma.

Tomemos el té de las seis con ellos. Salud!

Una sola muerte numerosa: páginas sueltas y memorias arraigadas (Nora Strejilevich)

sábado, marzo 24th, 2012

Pensé mucho antes de compartir con ustedes estos textos de Nora Strejilevich. Pensé si sería justo mezclar el arte ruso del té, la labor que hago en DaCha, mi pasión por las artes y el recuerdo del horror. Concluyo en que sí, es justo. ¿Por qué el té, que es parte de la tierra y de la cultura de los hombres, no habría de acompañarnos en todos los momentos, en todos los recuerdos? Cuando haya alegrías, tomemos té y compartamos las alegrías. Cuando haya tristezas y té (porque no siempre hay té), compartamos las tristezas y el té. Que este sábado 24, de otoño y marzo, nos ayude a no olvidar.
Gabriela.

Presento en estas páginas una selección de fragmentos de mi libro Una sola muerte numerosa, galardonado con el premio Letras de Oro en1996 (Miami: Norte-Sur, 1977) y cuya traducción al inglés se publicará también en los Estados Unidos (A Single, Numberless Death, Uva Press, 2002). Estas escenas son recortes de un texto proclive a las superposiciones entre lo vivido, el discurso oficial, las voces de otros afectados por el mismo horror, y la genealogía de un «proceso» que ni empieza ni termina con el comienzo y el fin de la última dictadura militar argentina (1977-1983). Entre lo dicho y lo no dicho por el relato se filtra un eco de ESO que nos marcó para siempre y que nos constituye. Las formas de lo siniestro, que asumieron sus perfiles más radicales en esa época, siguen marcándole el paso a nuestro presente.

No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina. (Emilio Massera 1976)

Una magia perversa hace girar la llave de casa. Entran las pisadas. Tres pares de pies practican su dislocado zapateo sobre el suelo la ropa los libros un brazo una cadera un tobillo una mano. Mi cuerpo. Soy el trofeo de hoy. Cabeza vacía, ojos de vidrio. Los cazadores de juguete me pisan pisa pisuela color de ciruela. El rito exor-ciza mis pecados en el templo del Ford Falcon sin chapas: templo verde con antena que acelera por Corrientes, a contramano, pasando semáforos en rojo sin que nadie parpadee. Lo de siempre. Pero no todos los días ¿o todos los días? se rompen las le-yes de gravedad. No todos los días una abre la puerta para que un ciclón desmantele cuatro habitaciones y destroce el pasado y arranque las manecillas del reloj. No to-dos los días se quiebran los espejos y se deshilachan los disfraces. No todos los días una trata de escapar cuando el reloj se movió la puerta torció la ventana trabó y una gime acorralada por minutos que no corren. No todos los días una tropieza y cae manos atrás atrapada por una noche que remata su vida cotidiana. Una se marea por la vorágine de retazos, de ayeres y ahoras aplastados por órdenes y decretos. Una se pierde entre sillas dadas vuelta cajones vacíos valijas abiertas colores cancelados mapas destrozados carreteras inacabadas. Una apenas siente que los ecos modulan -¡te querías escapar!, ¡puta!- y que una boca inmensa la devora. Quizás murmuren voces conocidas: -ni ella ni él están en nada. Pero una está aquí, del otro lado, en es-te cuerpo precario: suelas tatuadas en la piel bota en la espalda arma en la nuca.
-¡De pie! – y una se para sumisa confundida atontada vencida y grita -¡me llevan, me llevan!- mientras dedos metálicos se clavan en la carne. Dos de la tarde impune la tiran a una al ascensor la arrastran. En la vereda una patalea contra un destino sin nombre en cualquier fosa colectiva. El espacio se deshace entre los pies.
Lanzo mi nombre con pulmones con estómago con el último nervio con pier-nas con brazos con furia. Mi nombre se agita salvaje a punto de ser vencido. Los domadores me ordenan saltar del trampolín al vacío. Me empujan. Aterrizo en el pi-so de un auto. Lluvia de golpes: este por gritar en judío este por patearnos. Y otro más. – Judía de mierda, vamos a hacer jabón con vos. Soy un juguete para romper. Pisa pisuela, color de ciruela.

Hacemos nuestros operativos entre la una y las cuatro de la mañana, hora en que el subversivo duerme
(General Vilas)

Gerardo compite en la carrera de postas de primer grado. El público aplaude. Preparados, listos ¡Yaaa!
Gerardito corre entre los más rápidos. De golpe se para y gira la cabeza cien-to ochenta grados. Sonríe y saluda con la mano: está mamá. Sigue a toda velocidad y llega último. Se larga a llorar.
Gerardo va a primer año de la secundaria y todavía no usa pantalón largo. El nene está adelantado un año.
Gerardito quiere ser director de orquesta y sus padres lo convencen de todo lo contrario.
Gerardito hace travesuras y siempre lo pescan.
Gerardo es inteligente pero no estudia.
Gerardo cambia de colegio porque lo echan. Tiene más amonestaciones que pelos en la cabeza.
Gerardo se opera una rodilla para salvarse de la colimba. Gerardo estudia pe-ro no trabaja.
Gerardo saca la cara en las asambleas, maldita universidad.
Gerardito tiene novia y la trae a dormir a casa.
Gerardo redacta volantes en la máquina de escribir de papá.
Gerardito es divertido, ingenioso, amistoso y audaz.
Gerardo escribe demasiado:
Tenemos en el país una orquesta compuesta por:
Gran Orquestador: el Señor Burgués.
Director: Juan Carlos Represor.
Intérpretes: obreros y campesinos, con la actuación especial de algunos pe-queño-burgueses. Esta música, compuesta en Buenos Aires City, se divide en tres tiempos:
económico (imperialismo vivace),
social (andante en cana o estado de sitio con molto) y
político (fuga en futuro fraude mayor).
Gerardo está fichado. No viene a dormir a casa.
Gerardo apoya la violencia de abajo y desafía la violencia de arriba.
Gerardo teme porque lo siguen.
Gerardo insiste:
Es como tomar conciencia, como verse repentinamente no perenne, como si te afanaran un cacho de vos mismo así, socarrona, sobradamente y te dijeran: Qué-date musa, bepi, insinuándote que al fin y al cabo, quieras o no, te seguirán afanando poco a poco, es cierto hasta que no queden más que tus cenizas.
Gerardo casi seguro no mató y seguro que no secuestró a nadie.
A Gerardo seguro lo secuestran y casi seguro que lo matan.

En los centros clandestinos en los que actuó, el Turco Julián se paseaba mos-trando un llavero con la cruz svástica, tenía especial ensañamiento con los detenidos judíos, y les llevaba a los presos literatura nazi para que leyeran.
(La Nación, 2 de mayo de 1995)

Ustedes son judíos pero son buenos- le había dicho a mamá la vecina de enfrente. Ellos eran alemanes y según mis padres, SS. Refugiados en Sudamérica tras la Segunda Guerra Mundial. Mis abuelos, en cambio, son rusos y polacos que llegan a la Argentina para 1910. Año de pomposos emblemas: paz, unión, integración. Es el centenario de la Revolución de Mayo, año generoso en conmemoraciones e himnos a la patria. La confianza en nuestra predestinación a la grandeza es eufórica, el crisol de razas, un hecho.
Miles de ojos miran hacia América desde las estepas y las montañas de Europa. Miles de oídos auscultan el horizonte dorado y prometedor de la pampa. Superponen un paisaje de pogroms, migraciones y destrucción a este paisaje bucólico que sólo exi-ge trabajo. Muchos vienen. Anclan en Buenos Aires. En sus playas de barro depositan baúles y bultos. Amarran sus carros y barcos. Enarbolan sus veinte o cincuenta años de vida anudados en ropa, recuerdos y candelabros.
¿Convivieron con las olas por sesenta días y sesenta noches? ¿Fueron a parar al Hotel de Inmigrantes, con sus hermanos de barco? ¿O remontaron esa misma noche el río Uruguay hasta Entre Ríos?
Recién entonces se percatan de sus deberes: transformarse en dioses. Hacer brotar cultivos sin herramientas, vivir sin techo. Casi. Hay carpas de lona y el hori-zonte salvaje cubierto de pastizales. Quién sabe las historias que allí se tejen. Al calor del sol y del nuevo ritual construyen hornos, cavan pozos, trazan surcos, trillan, cuidan arados y ven crecer el trigo como una vasta sábana verde. No hay mucho: unos pocos rastrillos, palas y muchas manos que aprenden la tierra. La desolación se oculta con cortinas de teatro, festejos, rezos y melodías románticas de países remo-tos. No logran con eso paliar sequías, langostas, heladas e inundaciones. Al abuelo Isidoro no le atraen ni el campo, ni las bambalinas, ni las plagas naturales. Hace ran-cho aparte, se muda a la capital. Se alquilan piezas, anuncia por todas partes Buenos Aires.

Son muy parcos

Una mísera pieza para esconderse. En el Buenos Aires del 77 no se alquilan habitaciones para jóvenes militantes. Sálvese quien pueda. Y el lugar de trabajo de Gerardo, sin ir más lejos, no ofrece demasiadas seguridades: secuestraron a varios científicos sin que su director sienta necesidad de mencionarlo. El director es un contraalmirante y los contraalmirantes suelen ser muy parcos.
Entre octubre de 1976 y septiembre de 1978 catorce físicos, ingenieros y otros empleados de la Comisión de Energía Atómica, ejemplar en el continente, «desaparecieron» en manos de las fuerzas de seguridad. Dossier Secreto
Gerardo, átomo del éxodo de militantes a la clandestinidad.
Isidoro, átomo del éxodo de inmigrantes a la gran ciudad. Te instalás en Once, en el mismo edificio que ocupamos tus nietos sesenta años después. ¿Orean sus col-chones en los zaguanes? ¿Comen pan koilech, plétzalej, béigalej? ¿Hablan idish, ese idioma dulce horneado en música? ¿O una mezcla de idish con una pizca de sabor lo-cal? Quién sabe. Un día cualquiera se mueren y entierran sus haches aspiradas y sus jotas tajantes bajo lápidas en hebreo que nunca vi.
-¿Es cierto, abuelito, que vas a vender telas en carreta? ¿Que llegás al Paraguay? ¿Que te metés por los bosques salvajes del sur, en Carmen de Patagones, para hacer trueque con los indios? ¿Qué te dan por esas telas de colores vivos y ondulantes? Dicen que ganás mucho dinero y enseguida lo perdés, que armás negocios y así de rápido los deshacés. ¿Te falta paciencia, o sobran estafadores?
La familia sufre tus altibajos en carne propia. Pasa del conventillo al caserón, cambia ropa de fiesta por overol. Papá y José, el mayor, salen a vender estampitas a las ferias hasta que una racha de suerte los devuelva al colegio privado: el Cangallo Schule. ¡A un general argentino le llegó ahí mismo su vocación militar! Y a papi la de no volver a hablar alemán después de la guerra. Con lo bien que recitaba a Goethe…
-¿Colegio alemán? ¿No van a escuelas judías?
-No, nena. Los abuelos dejaron sus tradiciones en los barcos. Rescatan ape-nas la costumbre de rasgarse la ropa cuando muere un ser querido, prender las velas en shabat, ayunar en Iom Kipur y cambiar ese día toda la vajilla. Lo demás pasa al olvido, como el samovar y el terrón de azúcar en la boca al tomar el té. Aquí toman mate y hasta comen jamón. El secreto de la asimilación es no mirar hacia atrás. Dar media vuelta es condenarse, como la mujer de Lot, al castigo divino. Peregrinos del porvenir, su meta es dar a luz sangre argentina. En América no cuenta la religión. Lo que importa es darles a los jóvenes una buena educación laica, con dos pilares: justi-cia y libertad. A Dios se lo puede olvidar, pero no que fuimos esclavos en Egipto.
Con estos materiales se construye una nueva camada de profesionales. Los médicos, los arquitectos, los abogados, los intelectuales, conservan un leve recuerdo de su origen. Los nietos, un eco remoto y algunas fotos sepia de viejos barbudos, sombrero en hongo y capote negro, de viejas corpulentas con miradas perdidas, ves-tido largo y rodete.
Nosotros, los nietos, apenas entendemos qué es ser judío. ¿Una religión? ¿Una forma de vida? ¿Una raza? ¿Una identidad?
Ser judío es ante todo ser visto como tal. Pero entonces no lo sabíamos.

– ¡Fuego!
– ¡No estoy muerto! ¡No estoy muerto!
Federico García Lorca (antes de su fusilamiento)

– ¡Me van a matar! ¡Baaastaaa! ¡Me están matando!
¿¡Gerardo!? Es él. Es la voz de Gerardo. Esa certeza me paraliza, me da vértigo, pero no tengo tiempo para no reaccionar.
– ¡No sé nada! ¡Paren!
Su gemido me parte en dos, en miles de pedazos que no puedo contar. Es él, estará en otro cuarto, o será una grabación para hacerme hablar. Siguen los pincha-zos, el voltaje parece más alto que nunca, me muerdo la lengua para no estallar.
– Mirá, che, la misma cicatriz que el otro. ¡Ni que fuera etiqueta de fábrica! La marca de una vacuna infectada en la espalda: la llevamos como un trofeo, porque nos identifica.
Este era el que nos hacía desnudar, nos revisaba, y a los que tenían cicatrices, por suponerlos subversivos, los torturaba.
Te tienen. Sí, estás acá.
– ¡Baaasstaaa! ¡Me están matando!
¡Te están matando! ¡No, no me claves ese grito! ¡Que no te maten! Mi voz se quiebra en el cruce fugaz con la tuya. Al final hay silencio. Ya no te escucho. Ya no me siento.

Durante el interrogatorio pude escuchar los gritos de mi hermano Gerardo, cuya voz pude distinguir perfectamente. Además, los torturadores se refirieron a una cicatriz que ambos -mi hermano y yo- tenemos en la espalda, lo que ratificó su presencia en ese lugar. Nunca más.
Nora Strejilevich

Asesinaron
a mi hermano a su hijo a su nieto
a su madre a su novia a su tía
a su abuelo a su amigo a su primo a su vecino
a los nuestros a los suyos a nosotros
a todos nosotros
nos inyectaron vacío
Perdimos una versión de nosotros mismos
y nos reeditamos para sobrevivir.

Palabras escritas para que las articule acá, en este lugar que no es polvo ni celda sino coro de voces que se resiste al monólogo armado, ese que transformó tanta vida en una sola muerte numerosa.
Muchas veces me preguntaban, en esas reuniones de padres que hacíamos, qué pensaba del destino de nuestros hijos. Como eran científicos, había quienes los hacían en la Patagonia, trabajando en un laboratorio, qué sé yo. Y me veía en figurillas porque no me animaba a mentir, y tampoco me animaba a decir lo que pensaba: que no había centros de investigación clandestinos.

Le repitieron si tenía algún amigo judío, que les interesaba, que querían cualquier dato, si conocía a algún comerciante judío al que le tuviera bronca o a alguien que fuera de esa religión.
Comisión Nacional Argentina por la Desaparición de Personas
CONADEP

8 DE MARZO – DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

jueves, marzo 8th, 2012

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EVGENY BARANOV AND LYDIA VELICHKO BARANOV

A la MUJER, en todas las etapas, en todas las instancias y contingencias. A la niña, la adolescente, la adulta, la anciana. A la hija y a la madre. A la que sale a trabajar afuera y a la que trabaja en casa y a la que cuando vuelve de trabajar afuera, trabaja en casa. A la «doctora» y a la «obrera». A la amada y a la repudiada por sociedades que todavía no crecieron. A la que lucha porque éste sea un mundo mejor, más justo, más equitativo. Salud! Fuerza! y Adelante! Brindo por nosotras con mi mejor té. ♥ Gabriela

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En 1908, 40.000 costureras industriales de grandes factorías se declararon en huelga demandando el derecho de unirse a los sindicatos por mejores salarios, una jornada de trabajo menos larga, entrenamiento vocacional y el rechazo al trabajo infantil.

Durante esa huelga, 129 trabajadoras murieron quemadas en un incendio en la fábrica Cotton Textile Factory, en Washington Square, Nueva York. Los dueños de la fábrica habían encerrado a las trabajadoras para forzarlas a permanecer en el trabajo y no unirse a la huelga.

Conmemoremos.

RUSSIAN CARAVAN: ¿MITO O REALIDAD?

lunes, diciembre 12th, 2011

La historia del Té Russian Caravan se remonta a los principios del comercio de té entre China y Europa, aunque el mito de dicho blend tiene mucho más que ver con los malentendidos y tergiversaciones de esa época, que con cualquier otra cosa.

La Historia del Té, al ser una Historia del Comercio, está colmada de información errónea y es el resultado de los relatos, a veces deformados, a veces exagerados, que contaban los comerciantes a sus clientes, a lo largo de generaciones; historias todas que se magnificaban en el mundo del té, debido a que éste se basaba en la interacción de personas de culturas e idiomas muy diferentes, a través de grandes distancias.

Se sabe que Europa negociaba con China a través de uno de los puertos aprobados por el Emperador, particularmente Cantón y lo cierto es que el comercio marítimo europeo se limitó exclusivamente a estos pocos puertos y que la gran mayoría de té chino recibido en Europa provenía de Cantón.

Sin embargo, Rusia tenía una ruta comercial diferente con China, por compartir una frontera y establecerse, en 1728, el puesto comercial de Kyakhta. Esto significa dos cosas muy importantes:

– En primer lugar, el té exportado a Rusia a menudo provenía de diferentes plantaciones del que era exportado al resto de Europa; el té Ruso provenía de fincas del centro de China de fácil transporte hacia el norte, mientras que los tés europeos procedían de las plantaciones más cercanas a los puertos del sur de China para facilitar el transporte marítimo.

– En segundo lugar, el té exportado a Rusia viajaba por tierra y no por mar. Éste era un tema de gran controversia en el siglo XIX, pero la mayoría de los autores creía que la calidad del té empeoraba a causa de la absorción de los aires salobres en los viajes transoceánicos, por lo que consideraban al té ruso de una calidad notablemente superior al del resto de Europa, si bien no se ponen de acuerdo sobre la identidad de este té.

Por un lado, ningún autor llama al té “Russian Caravan”. Sigmond, en 1839, escribe: “Hay un té conocido en el norte de Europa bajo el nombre de Caravan Tea y en algunos lugares bajo el de Kaiser-tae o Té del Emperador.” Éste es el único uso de la frase que combina té y caravana que se ha encontrado hasta ahora en esta época. Robert Fortune, en 1847, lo llama simplemente “Russian Tea” y, de hecho, la mayoría de otros autores de este período no atribuyen al té ningún nombre en absoluto y sencillamente se refieren a él como el Té de Rusia, el Té ruso, etc.

Por otro lado, nos encontramos con que no hay acuerdo en cuanto a qué es realmente el Té ruso, en lo que a varietales se refiere. Fortune lo identifica con un tipo de Young Hyson (Chunmee o Precious Eyebrow) de los distritos del té verde de Zhejiang cerca de Ning-po, mientras que Walsh detalla que el té de Rusia es Padre Souchong, un primo, de sabor y aroma más refinados, del Lapsang Souchong. Junius Smith, en 1848, jura que el secreto del té de Rusia es que se seca al sol, en lugar de secarse en la sartén, lo que le otorga una delicadeza única.

Lo que sí podemos inferir es que el té de caravanas ruso, de principios de 1800, no era una mezcla de tés, sino simplemente uno de los varietales. Está escrito por varios autores que los chinos seleccionaban especialmente un determinado tipo de té para el mercado ruso y, lo que es más importante, las hojas eran secadas en menor grado que el té de los barcos europeos, porque no requerían el exceso de cocción que los tés europeos necesitaban debido su larga travesía por mar.

En algún momento entre los años 1800 y 1900, el concepto del té ruso cambió drásticamente: se convirtió en un blend, cambiando la identidad de su sabor por completo. Los autores anteriores a 1860, cuando se habla de té ruso, se refieren a él como a una variedad específica -una sola hoja, cosechada y secada de una cierta manera, para la venta al mercado ruso-. Pero en 1896, Joseph M. Walsh escribe que los rusos “consumen principalmente Souchongs chinos y las mejores calidades de Congous, sus mezclas y combinaciones se componen principalmente de estas variedades”. A continuación, ofrece no menos de cinco recetas de mezclas para la fabricación de “té ruso”, incluyendo dos que llevan tés de la India y de Sri Lanka(!) Esto es absurdo si convenimos en que las características definitorias de té ruso se basan en ser secado en menor grado y viajar por tierra y no por mar. Pero esto nos demuestra que la identidad del sabor del Té de Rusia ya se ha transformado en la década de 1890.

Las primeras descripciones de té ruso indican que se trataba de una hoja grande, entera, con reflejos dorados y aroma de fragancia suave. Ninguno de los primeros autores se refiere al mismo como fuerte, oscuro o ahumado; de hecho, todo lo contrario: el té ruso es generalmente descrito como más refinado, delicado y aromático que el té extra cocido de Europa.Pero con el tiempo, una leyenda crece sobre las “caravanas de té”. Aquí está la historia que encontraremos hasta el hartazgo en los textos de marketing de hoy: la de las caravanas que recogían el té de la ciudad fronteriza de Kyakhta y comenzaban un viaje de dieciocho meses a través de las llanuras y los bosques de Rusia. En el camino, la caravana, por supuesto, paraba cada noche, y los camellos, que cargaban los sacos de té atados a sus espaldas, se apiñaban en torno al fuego, en un esfuerzo para calentarse. El té, obviamente, absorbía los aromas de las fogatas y, como los árboles más comunes en estas áreas son muy resinosos como el pino y el abedul, el té absorbía sabor a «pino» y a «humo», en el transcurso de su viaje.

No hay evidencia de esta historia en ninguno de los primeros escritos sobre el té. Pero como los europeos y los estadounidenses escuchaban que el té de Rusia era mucho mejor que el suyo, querían comprarlo. Como no había manera de que los comerciantes de mediados de 1800 pudieran darles el auténtico, porque su sabor se basaba, según la leyenda, en el método de transporte, esto puede ser lo que en verdad sucedió: el té ruso fue, al parecer, un Souchong, relacionado con el conocido (y fácilmente exportable) Lapsang Souchong, así que era lógico que un nuevo “Russian Caravan Tea” se basara en ese té. Por supuesto, el Lapsang Souchong tiene un sabor ahumado notable, a diferencia de cualquier otro té, por lo que encajaría bien en la historia para dar la explicación del sabor. Luego, podría blendearse en él cualquier cosa que se deseara.

Una búsqueda en Internet, hoy, revela que éste es, esencialmente, el Russian Caravan: hay varias “definiciones” en la actualidad dando vueltas, como Oolong + Keemun + Lapsang Souchong o Lapsang Souchong + Assam, etc. Entonces, ¿qué podemos aprender de esto? Es evidente que no hay acuerdo y hemos perdido de vista los orígenes del Russian Caravan -el original habría sido notablemente más ligero y más delicado que el “té negro” standard de que gozaban en Europa. En cierto modo, sería algo así como lo es un Darjeeling en relación a otros tés (sabores y colores más delicados y aromas más sutiles)-.

Si bien no cabe duda de que el té de Rusia adoptó algunos elementos de humo y otros sabores durante su arduo viaje a través de Siberia, no parece que ninguna de las autoridades rusas o chinas se refieran al mismo, en la literatura temprana, como “especiado e intensamente ahumado”; estas descripciones no empiezan a aparecer hasta más tarde, hacia la década de 1890, cuando el tea-blending explotó como industria y las nuevas mezclas fueron apareciendo en todo el mundo repentinamente.

Es probable que el Russian Caravan haya sido “inventado” por varios blenders casi simultáneamente; no hay una marca registrada para su nombre ni en los EE.UU. ni en el Reino Unido, lo que implica que el nombre habría sido de “uso general” por tantos, que ningún fabricante podría reclamar su exclusividad.

Ésta es una historia extraordinaria, que resume muy bien todo lo que hay de singular en los seres humanos, nuestros sistemas de comercio y nuestra capacidad para crear productos basados en mitos provenientes del secreto y la tergiversación pero también, de adoptar costumbres bellas de otras culturas y hacerlas propias, otorgándoles nuestro sello personal y convirtiéndolas en algo único. ¿O acaso no es eso lo que debe tener un buen “blend”?

-ÚLTIMO CAPÍTULO DE MI TRABAJO «TÉ EN RUSIA ~ RUSSKIĬ CHAĬ»- PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN PARCIAL O TOTAL.

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Blend de tés rojos Lapsang Souchong intenso, Jin Yun Mei (Lapsang Souchong suave), Qimen y Ceylon, semillas de cardamomo, salvia y flores de ciruelo. Ideal para cualquier tipo de salmón y también para acompañar una exquisita torta de chocolate negro.

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