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Té Literario ~ Anna Karenina

ANNA KARENINA – TERCERA PARTE – CAPÍTULOS 3 Y 4

lunes, mayo 27th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
TERCERA PARTE – Capítulo 3

–He estado pensando en ti –dijo Sergio Ivanovich–. ¡Hay que ver lo que sucede en tu provincia! Por lo que me contó el médico veo que… Por cierto que ese muchacho no parece nada tonto… Ya te he dicho, y te lo repito, que no está bien que no asistas a las juntas rurales de la provincia y que te hayas alejado de las actividades del zemstvo. Si la gente de nuestra clase se aparta, claro es que las cosas habrán de ir de cualquier modo… Nosotros pagamos el dinero que ha de destinarse a sueldos, pero no hay escuelas, ni médicos auxiliares, ni comadronas, ni farmacias, ni nada…

–Ya he probado –repuso Levin en voz baja y desganada– y no puedo. ¿Qué quieres que haga?

–¿Por qué no puedes? Confieso que no lo comprendo. No admito que sea por indiferencia o ineptitud. ¿Será por pereza?

–Ninguna de las tres cosas. Es que he probado y visto que no puedo hacer nada –replicó Levin.

Apenas pensaba en lo que le decía su hermano. Tenía la mirada fija en la tierra labrada de la otra orilla, donde distinguía un bulto negro que no podía precisar si era un caballo solo o el caballo de su encargado montado por aquél.

–¿Por qué no puedes? Probaste y no resultó como querías. ¡Y por eso te consideraste vencido! ¿Es que no tienes amor propio?

–No comprendo a qué amor propio te refieres. ––contestó Levin, picado por las palabras de su hermano– Si en la Universidad me hubieran dicho que los demás comprendían el cálculo integral y yo no, eso sí que habría sido un caso de amor propio. Pero en este caso tienes que empezar por convencerte de que no careces de facultades para esos asuntos y además, y eso es lo principal, tienes la convicción de que son importantes.

–¿Acaso no lo son? –preguntó Sergio Ivanovich, ofendido de que su hermano no diera importancia a lo que tanto le preocupaba a él y ofendido, también, de que Levin casi no le escuchara.

–No me parecen importantes y no me interesan. ¿Qué quieres? –repuso Levin, advirtiendo ya que la figura que se acercaba era el encargado y que, seguramente, éste habría hecho retirar a los obreros del campo labrado, ya que éstos regresaban con sus instrumentos de trabajo. «Es posible que hayan terminado ya de arar», pensó.

–Escúchame. ––dijo su hermano mayor, arrugando las cejas de su rostro hermoso e inteligente– Todo tiene sus límites. Está muy bien ser un hombre excepcional, un hombre sincero, no soportar falsedades… Ya sé que todo eso está muy bien. Pero lo que tú dices, o no tiene sentido, o lo tiene muy profundo. ¿Cómo puedes no dar importancia a que el pueblo, al que tú amas, según aseguras…

«Jamás lo he asegurado», pensó Levin.

–… muera abandonado? Las comadronas ineptas ahogan a los niños y el pueblo en general se ahoga en la ignorancia y está a merced del primer funcionario que encuentra. Entre tanto, tú tienes a tu alcance el medio de ayudarles y no lo haces por encontrarlo innecesario.

Sergio Ivanovich le ponía en un dilema: o Levin era tan poco inteligente que no comprendía cuanto le era dable hacer o no quería sacrificar su tranquilidad, vanidad o lo que fuera para hacerlo.

Levin reconocía que no le quedaba más remedio que someterse o reconocer su falta de interés por el bien común. Aquello le disgustó y lo ofendió.

–Ni una cosa ni otra –contestó rotundamente Levin–. No veo la posibilidad de…

–¿Cómo? ¿No es posible, empleando bien el dinero, organizar la asistencia médica al pueblo?

–No me parece posible. En las cuatro mil verstas cuadradas de nuestra circunscripción, con los muchos lugares del río que no se hielan en invierno, con las tempestades, con las épocas de trabajo en el campo, no veo modo de llevar a todas partes la asistencia médica. Además, por principio, no creo en la medicina.

–Permíteme que te diga que eso no es razonable. Te pondría miles de ejemplos. Y luego, las escuelas…

–¿Para qué sirven?

–¿Qué dices? ¿Qué duda puede caber sobre la utilidad de la instrucción? Si es conveniente para ti, es conveniente para todos.

Constantino Levin se sentía moralmente acorralado. Se irritó, pues, más aún e involuntariamente explicó el motivo esencial de su indiferencia por el interés común.

–Bien: todo eso podrá ser muy acertado pero no sé por qué voy a preocuparme de la instalación de centros sanitarios, cuyos servicios no necesito nunca y de procurar la instalación de escuelas a las que no voy a mandar a mis hijos jamás. Aparte de que no estoy muy seguro de que convenga enviar a los niños a la escuela –dijo.

Por un momento, Sergio Ivanovich quedó sorprendido ante aquella inesperada objeción, pero en seguida formó un nuevo plan de ataque. Calló unos instantes, sacó la caña del agua, la cambió de posición y se dirigió, sonriendo, a su hermano.

–Dispensa que te diga: primero, que el auxilio médico lo has necesitado ya. Acabas de enviar a buscar al médico rural para Agafia Mijailovna.

–Pues creo que ésta se quedará con la mano torcida.

–Eso no se sabe aún. Por otra parte, supongo que un campesino no analfabeto, un operario que sepa leer y escribir, te es más útil que los que no saben.

–No. Pregúntaselo a quien quieras. –respondió Constantino Levin– El campesino culto es mucho peor como operario. No saben ni arreglar los caminos… y en cuanto arreglan los puentes los roban…

–De todos modos… –insistió Sergio Ivanovich. Y frunció las cejas. No le gustaban las contradicciones, y menos las que saltaban de un tema a otro, presentando nuevas demostraciones inconexas, no sabiendo nunca a cual contestar– De todos modos, no se trata de eso. Permíteme… ¿Reconoces que la instrucción es beneficiosa para el pueblo?

–Lo reconozco –dijo Levin impremeditadamente. Y en seguida comprendió que había dicho una cosa que no pensaba. Reconoció que, admitido aquel postulado, podía replicársele que entonces decía necedades, cosas sin sentido. Cómo se le pudiera demostrar no lo sabía, pero estaba seguro de que iba a demostrársele lógicamente y se dispuso a esperar tal demostración.

Ésta fue mucho más sencilla de lo que aguardaba.

–Si reconoces que es un bien –dijo Sergio Ivanovich–, entonces, como hombre honrado, no puedes dejar de simpatizar con esa obra y no puedes negarte a trabajar para ella.

–No reconozco esa obra como buena –repuso Constantino Levin sonrojándose.

–¿Cómo? ¡Si has dicho que sí ahora mismo!

–Quiero decir que no me parece que sea conveniente ni posible.

–No puedes saberlo, puesto que no has aplicado tus esfuerzos a ello.

–Supongamos, –repuso Levin– aunque yo no lo supongo, supongamos que todo sea como tú dices. Ni aún así veo por qué habría de ocuparme yo de tal cosa.

–¿Cómo que no?

–Acuérdate de que ya una vez hablamos de esto y ya entonces te dije mi opinión. Pero ya que hemos llegado otra vez a esto, explícamelo desde el punto de vista filosófico –dijo Levin.

–No veo qué tiene que ver con esto la filosofía –repuso Sergio Ivanovich. Y su tono irritó a Levin, porque parecía dar a comprender que él no tenía autoridad para ocuparse de filosofía.

–Ahora te lo diré yo –repuso ya acalorado–. Supongo que el móvil de todos nuestros actos es, en resumen, nuestra felicidad personal. Y en la institución del zemstvo, yo, como noble, no veo nada que pueda favorecer mi bienestar. Por ello los caminos no son mejores ni pueden mejorarse. Además, mis caballos me llevan muy bien por los caminos mal arreglados. No necesito al médico ni al puesto sanitario. Tampoco necesito al juez del distrito, a quien nunca me he dirigido ni dirigiré. No sólo no necesito escuelas, sino que me perjudican, según lo he demostrado. Para mí, el zemstvo se reduce a tener que pagar dieciocho copecks por deciatina de tierra, a la obligación de ir a la ciudad a pasar una noche en cuartos con insectos y luego a tener que oír necedades y disparates. Mi interés personal no me aconseja soportar eso.

–Permíteme. –interrumpió Sergio Ivanovich, sonriendo– El interés personal no nos aconsejaba procurar la liberación de los siervos y, sin embargo, lo hemos procurado.

–¡No! –interrumpió Constantino Levin, animándose– La liberación de los siervos era otra cosa. Allí había un interés personal. Queríamos quitar un yugo que nos oprimía a toda la gente buena. Pero ser vocal de un consejo para deliberar sobre cuántos deshollinadores son necesarios y sobre la necesidad de instalar tuberías en la ciudad en la que no vivo; tener, como vocal, que juzgar a un aldeano que robó un jamón, escuchando durante seis horas las tonterías que sueltan defensores y fiscales, mientras el presidente pregunta, por ejemplo, a mi viejo Alecha el tonto: «¿Reconoce usted, señor acusado, el hecho de haber robado el jamón?», y Alecha el tonto contesta: «¿Qué…?».

Constantino Levin, ya lanzado por este camino, comenzó a imitar al presidente y a Alecha el tonto, como si todo ello tuviera alguna relación con lo que decían.

Sergio Ivanovich se encogió de hombros.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que los derechos que mi… que son… que tratan de mis intereses, los defenderé con todas mis fuerzas. Cuando los gendarmes registraban nuestras habitaciones de estudiantes y leían nuestros periódicos, estaba, como estoy ahora, dispuesto a defender mis derechos a la libertad y la cultura. Me intereso por el servicio militar obligatorio, que afecta a mis hijos, a mis hermanos, a mí mismo y estoy dispuesto a discutir sobre él cuanto haga falta, pero no puedo juzgar sobre cómo han de distribuirse los fondos del zemstvo ni sentenciar a Alecha el tonto. No comprendo todo eso y no puedo hacerlo.

Parecía haberse roto el dique de la elocuencia de Levin. Sergio Ivanovich sonrió.

–Entonces, si mañana tienes un proceso, preferirás que lo juzguen por la antigua audiencia de lo criminal.

–No tendré proceso alguno. No cortaré el cuello a nadie y no necesito juzgados. El zemstvo –continuaba Levin, saltando a un asunto que no tenía relación alguna con el tema– se parece a esas ramitas de abedul que poníamos en casa por todas partes el día de la Santísima Trinidad para que imitasen la primitiva selva virgen de Europa. Me es imposible creer que, si riego esas ramas de abedul, van a crecer.

Sergio Ivanovich se encogió de hombros, expresando en este gesto su sorpresa porque salieran a relucir en su discusión aquellas ramas de abedul, aunque comprendió en seguida lo que su hermano quería dar a entender.

–Perdóname, pero de este modo no se puede hablar ––observó.

Pero Constantino Levin quería disculparse de aquel defecto de su indiferencia hacia el bien común y continuó:

–Creo que ninguna actividad puede ser práctica si no tiene por base el interés personal. Esta verdad es filosófica ––dijo con energía, repitiendo la palabra «filosófica» como subrayando que también él, como todos, tenía derecho a hablar de filosofía.

Sergio Ivanovich sonrió otra vez. «También él tiene una filosofía propia: la de servir sus inclinaciones», pensó.

–Deja la filosofía. ––dijo en voz alta– El fin principal de la filosofía de todas las épocas consiste precisamente en encontrar la relación necesaria que debe existir entre el interés personal y el común. Pero no se trata de eso; debo corregir tu comparación. Los abedules que decías no estaban plantados en tierra y éstos sí, aunque, como no están crecidos aún, hay que cuidarlos. Sólo tienen porvenir, sólo pueden figurar en la historia, los pueblos que tienen consciencia de lo que hay de necesario e importante en sus instituciones, y las aprecian.

Sergio Ivanovich llevó así el tema a un terreno histórico–filosófico inaccesible para su hermano, demostrándole todo lo injusto de su punto de vista.

–Se trata de que a ti esto no te gusta y ello es, y perdóname, característico de nuestra pereza rusa, de nuestra clase. Mas estoy seguro de que es un error pasajero que no durará.

Levin callaba. Se reconocía batido en toda la línea pero a la vez comprendía que su hermano no había sabido interpretar su pensamiento. No veía si no había sido comprendido por no saber explicarse mejor y con más claridad o porque el otro no quería comprenderlo. Mas no profundizó en aquellos pensamientos y, sin replicar a su hermano, permaneció pensativo, ensimismado en el asunto personal que entonces le preocupaba.

Sergio Ivanovich volteó una vez más el sedal en torno a la caña. Luego desataron el caballo y regresaron a casa.

TERCERA PARTE – Capítulo 4

El asunto personal que preocupaba a Levin durante su conversación con su hermano era el siguiente: cuando el año pasado, habiendo ido Levin a la siega, se enfadó con su encargado, empleó su medio habitual de calmarse: coger una guadaña de manos de un campesino y ponerse a segar.

El trabajo le gustó tanto que algunas veces se puso, espontáneamente, a guadañar; segó todo el prado de frente de casa y, este año, ya desde la primavera, se había formado el plan de pasar días enteros guadañando con los campesinos.

Desde que había llegado su hermano, Constantino Levin no hacía más que pensar si debía hacer lo proyectado o no. No le parecía bien dejar solo a su hermano durante días enteros y además temía que Sergio Ivanovich se burlara de él.

Pero mientras pasaba por el prado, al recordar el placer que le producía manejar la guadaña, resolvió hacerlo. Y tras la disputa con su hermano volvió a recordar su decisión.

«Necesito ejercicio físico», pensó. «De lo contrario, se me agria el carácter.»

Resolvió, pues, tomar parte en la siega, aunque pareciera incorrecto con respecto a su hermano y miráralo la gente como lo mirara.

Por la tarde se fue al despacho, dio órdenes para el trabajo y envió a buscar segadores en los pueblos cercanos, a fin de segar al día siguiente el prado de Vibumo, que era el mayor y el mejor de todos.

–Hagan también el favor de enviar mi guadaña a Tit, para que la afile y me la tenga lista para mañana. Quizá trabaje yo también –dijo, tratando de disimular su turbación.

El encargado, sonriendo, repuso:

–Bien, señor.

Por la noche, durante el té, Levin dijo a su hermano:

–Como el tiempo parece bueno, mañana empiezo a segar.

–Es muy interesante ese trabajo –dijo Sergio Ivanovich.

–A mí me encanta. A veces he segado yo con los aldeanos. Mañana me propongo hacerlo todo el día.

Sergio Ivanovich, levantando la cabeza, miró a su hermano con atención.

–¿Cómo? ¿Con los campesinos? ¿Igual que ellos? ¿Todo el día?

–Sí; es muy agradable –contestó Levin.

–Como ejercicio físico es excelente, pero no sé si podrás resistirlo –dijo Sergio Ivanovich sin ironía alguna.

–Lo he probado. Al principio parece difícil, pero luego se acostumbra uno. Espero no quedarme rezagado.

–¡Vaya, vaya! Pero dime: ¿qué opinan de eso los aldeanos? Seguramente se burlarán de las manías de su señor.

–No lo creo. Ese trabajo es tan atrayente y, a la vez, tan difícil que no queda tiempo para pensar.

–¿Y cómo vas a comer con ellos? Porque seguramente no irán a llevarte allí el vino Laffite y el pavo asado.

–No. Vendré a casa mientras ellos descansan.

A la mañana siguiente, Levin se levantó más temprano que nunca, pero las órdenes que tuvo que dar le entretuvieron y, cuando llegó al prado, los segadores empezaban ya la segunda hilera.

Desde lo alto de la colina se descubría la parte segada del prado, con los bultos negros de los caftanes que se habían quitado los segadores cerca del lugar adonde llegaran en la siega de la primera hilera.

A medida que Levin se acercaba al prado, aparecían a sus ojos los campesinos, unos con sus caftanes, otros en mangas de camisa, que, formando una larga hilera escalonada, avanzaban moviendo las guadañas cada uno a su manera. Levin los contó y halló que había cuarenta y tres hombres.

Los segadores avanzaban lentamente sobre el terreno desigual del prado, hacia la parte donde estaba la antigua esclusa.

Levin reconoció a algunos de ellos. Allí se veía al viejo Ermil, con una camisa blanca larguísima, manejando la guadaña muy encorvado; luego, el joven Vaska, que servía de cochero a Levin y que guadañaba con amplios movimientos. Allí estaba también Tit, un campesino bajo y delgado que había instruido a Levin en el arte de segar; iba delante y manejaba la guadaña sin inclinarse, sin esfuerzo alguno y como si jugara.

Levin se apeó, ató al caballo junto al camino y se unió a Tit. Éste sacó de entre los matorrales una segunda guadaña y la ofreció a su dueño.

–Ya está preparada, señor. Corta que da gusto –dijo Tit sonriendo y quitándose la gorra mientras entregaba la guadaña a Levin.

Éste la tomó y empezó a guadañar para probarla. Los segadores que ya habían terminado su hilera salían uno tras otro al camino, sudorosos y alegres y saludaban, riendo, al señor.

Todos lo contemplaban pero nadie osaba hablar, hasta que un viejo alto, con el rostro arrugado y sin barba, que llevaba una chaqueta de piel de cordero, salió al camino y, dirigiéndose a Levin, le dijo:

–Bueno, señor; ya que ha comenzado, no debe quedarse atrás.

Levin oyó una risa ahogada entre los segadores.

–Procuraré no quedarme –repuso Levin, situándose tras Tit y esperando el momento de empezar.

–Muy bien; veremos cómo cumple –repitió el viejo.

Tit dejó sitio y Levin le siguió. La hierba era baja, como sucede siempre con la hierba que crece junto al camino y Levin, que hacía tiempo no manejaba la guadaña y se sentía turbado bajo las miradas de los segadores fijas en él, guadañaba al principio con alguna torpeza, a pesar de hacerlo con vigor.

Se oyeron exclamaciones a sus espaldas.

–Tiene mal cogida la guadaña, con el mango demasiado arriba… Mire cómo tiene que inclinarse –dijo uno.

–Apriete más con el talón –indicó otro.

–Nada, nada, ya se acostumbrará –repuso el viejo–. ¡Vaya, vaya, cómo se aplica! Hace el corte demasiado ancho y se cansará. Guadaña demasiado aprisa. ¡Se ve bien que trabaja para usted! Pero, ay, ay, ¡qué bordes va dejando! Antes, por cosas así, nos daban de palos a nosotros.

La hierba ahora era más blanda y mejor y Levin, escuchando sin contestar, seguía a Tit, procurando guadañar lo mejor que podía. Adelantaron un centenar de pasos. Tit avanzaba siempre sin pararse, sin mostrar el menor cansancio. Levin, en cambio, se sentía tan fatigado que temía no poder resistirlo.

Movía la guadaña sacando fuerzas de flaqueza e iba ya a pedir a Tit que se parase, cuando el otro lo hizo espontáneamente, se inclinó, cogió un puñado de hierba y después de haber secado con ella la guadaña, comenzó a afilarla.

Levin se irguió, respiró fuerte y miró a su alrededor.

Tras él iba otro aldeano, también cansado al parecer, puesto que, sin llegar hasta donde estaba Levin, empezó a su vez a afilar la guadaña.

Tit afiló la suya y la de Levin, y luego continuaron la labor.

A la segunda vuelta pasó lo mismo. Tit caminaba sin detenerse, sin cansarse, moviendo sin cesar su guadaña. Levin le seguía procurando no retrasarse y sintiéndose más cansado cada vez. Pero cuando llegaba el momento en que le faltaban las fuerzas, Tit se detenía y se ponía a afilar el instrumento.

Así concluyeron la primera hilera. A Levin esta hilera tan larga le pareció muy dura y difícil, pero cuando hubieron llegado al final y Tit, poniéndose la guadaña al hombro, comenzó a caminar sobre las huellas que dejaran en la tierra sus propios talones y Levin hubo hecho lo propio, siguiendo también sus propias huellas, se sintió muy a gusto, a pesar del sudor que le caía en gruesas gotas del rostro y de la nariz y de tener la espalda completamente empapada. Le alegraba, sobre todo, la seguridad que tenía ahora de que podría resistir el trabajo.

Lo único que empañaba su satisfacción era el ver que su hilera no estaba bien segada.

«Moveré menos el brazo y más el conjunto del cuerpo», pensaba Levin, comparando la hilera de Tit, segada como a cordel, con la suya, donde la hierba había quedado desigual.

Según Levin observó, Tit había recorrido muy de prisa la primera hilera, sin duda para probar al dueño. Además, era una hilera más larga que las otras. Las siguientes eran más fáciles, pero, con todo, Levin tenía que poner en juego todas sus fuerzas para no rezagarse.

No pensaba ni deseaba nada, salvo que los campesinos no le dejasen atrás y trabajar lo mejor posible. No oía más que el rumor de las guadañas; y veía ante sí la figura erguida de Tit que se iba alejando; el semicírculo de hierba segada; la hierba que caía lentamente, como en oleadas; las flores que se ofrecían ante el filo de su guadaña y, al fondo y frente a sí, el término de la hilera, donde podría descansar al llegar.

En medio del trabajo, y sin comprender la causa de ello, experimentó de repente una agradable sensación de frescura en sus hombros ardientes y cubiertos de sudor y luego, mientras afilaban las guadañas, miró al cielo.

Había llegado una nube baja y pesada y caían gruesas gotas de lluvia.

Algunos segadores corrieron hacia sus caftanes. Otros, como Levin, se encogieron de hombros, satisfechos de sentir la agradable frescura del agua.

Hicieron una hilera más y otra. Unas hileras eran largas, otras cortas, la hierba ora mala, ora buena.

Levin perdió la noción del tiempo y no sabía qué hora era. Su trabajo experimentaba ahora un cambio que le colmaba de placer. En medio de la tarea había momentos en que olvidaba lo que hacía y trabajaba sin esfuerzo; y entonces su hilera resultaba casi tan igual como la de Tit. Pero en cuanto recordaba lo que estaba haciendo y procuraba trabajar con más cuidado, sentía el peso del esfuerzo y todo resultaba peor.

Terminada una hilera más, iba a empezar de nuevo cuando notó que Tit se detenía y, acercándose al viejo, le hablaba en voz baja. Ambos miraron al sol.

«¿De qué hablarán y por qué no siguen trabajando?», pensó Levin, sin darse cuenta de que los campesinos llevaban segando sin cesar lo menos cuatro horas y era ya tiempo de descansar.

–Es hora de almorzar, señor –dijo el viejo.

–¿Ya es hora? Bueno, almorcemos.

Levin entregó la guadaña a Tit y, en grupo con los aldeanos que se acercaban a sus caftanes para coger el pan, se dirigió al lugar donde estaba su caballo, pisando la hierba segada, ligeramente húmeda por la lluvia. Sólo entonces se dio cuenta de que no había previsto bien el tiempo y de que la lluvia estaba mojando el heno.

–La lluvia va a echar a perder el heno –dijo.

–Eso no es nada, señor. Ya dice el refrán que hay que guadañar con lluvia y rastrillar con sol –respondió el viejo.

Levin desató el caballo y se dirigió a su casa para tomar el café.

Sergio Ivanovich se había levantado unos momentos antes.

Después de tomar su café, Levin se fue otra vez a segar antes de que Sergio Ivanovich tuviera tiempo de vestirse y salir al comedor.

ANNA KARENINA – TERCERA PARTE – CAPÍTULOS 1 Y 2

domingo, mayo 26th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
TERCERA PARTE – Capítulo 1

Sergio Ivanovich Kosnichev quiso descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostumbraba, se fue, a finales de mayo, al campo, para disfrutar de una temporada al lado de su hermano.

Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba con que llegase su hermano Nicolás.

A pesar del respeto y cariño que sentía hacia Sergio Ivanovich, Constantino Levin experimentaba al lado de su hermano un cierto malestar. La manera que tenía éste de considerar al pueblo le molestaba y le hacía desagradables la mayoría de las horas pasadas allí en su compañía.

Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja. En cambio, para su hermano, era, por una parte, el lugar de descanso de su labor intelectual, y por otra, como un antídoto contra la corrupción de la ciudad, antídoto que él tomaba con placer, comprendiendo su utilidad.

Para Constantino Levin el pueblo era bueno porque constituía un campo de nobles actividades: algo indiscutiblemente útil. Para Sergio Ivanovich era bueno porque allí era posible y hasta recomendable no hacer nada.

Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por el modo que tenía éste de considerar a la gente humilde. Sergio Ivanovich decía que él la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que después se complacía él en generalizar. Este modo de opinar sobre la gente humilde no placía a Levin, para el cual el pueblo no era más que el principal colaborador en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y el entrañable amor que por ellos sentía –amor que sin duda mamó con la leche de su nodriza aldeana, como solía decir él– y considerábase él mismo como un copartícipe del trabajo común; y a veces se entusiasmaba con la energía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente pero en otras ocasiones, cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra el pueblo, considerándolo sucio, ebrio y embustero.

Si hubieran preguntado a Constantino Levin si quería al pueblo, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particular, como a la gente en general, la amaba y no la amaba a la vez. Cierto que, por su bondad natural, más tendía a querer que a no querer a los hombres, incluyendo a los de clase humilde. Pero amar o no a éstos como a algo particular no le era posible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo sus intereses le eran comunes, sino que se consideraba a sí mismo como una parte del pueblo y ni en sí mismo ni en ellos veía defectos o cualidades particulares y no podía oponerse al pueblo. Además, vivía con gran frecuencia en íntima relación con el campesino, como señor y como intermediario y principalmente como consejero, ya que los aldeanos confiaban en él y a veces recorrían cuarenta verstas para pedirle consejos. Pero no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si le hubiesen preguntado si conocía al pueblo o no, habríase visto en la misma perplejidad que al contestar si le amaba o no le amaba. Decir si conocía al pueblo era para él como decir si conocía o no a los hombres en general. En principio estudiaba y sabía conocer a los hombres de todas clases y entre ellos a los campesinos, a los que consideraba buenos e interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a modificar su opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones.

Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida del pueblo por contraste con la otra que no amaba, así amaba también a la gente humilde por contraste con otra clase de gente y, de una manera absolutamente idéntica, conocía a esta gente como algo distinto y opuesto a los hombres en general. En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida, pero deducidas también, y en mayor parte, por oposición a la contraria. Jamás, pues, variaba su opinión sobre el pueblo ni la compasión que le inspiraba. En las discusiones que los hermanos mantenían sobre aquel tema siempre vencía Sergio Ivanovich, por poseer una opinión definida sobre los aldeanos, sobre sus caracteres, cualidades e inclinaciones, mientras que Constantino Levin no tenía ideas fijas y firmes sobre la gente del pueblo, por lo que siempre se le cogía en contradicción.

Para Sergio Ivanovich, su hermano menor era un buen muchacho, con «el corazón en su sitio» (lo que solía expresar en francés), de cerebro bastante ágil, pero esclavo de las impresiones del momento y lleno, por ello, de contradicciones. Con la condescendencia de un hermano mayor, Sergio Ivanovich le explicaba a veces la significación de las cosas pero no experimentaba interés en discutir con él porque le vencía demasiado fácilmente.

Constantino Levin tenía a su hermano por un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que aumentaba en años y conocía mejor a su hermano, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servir a la sociedad, de la cual Constantino Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No un defecto de algo, no una falta de buenos, nobles y honrados deseos e inclinaciones, sino una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él. Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que Sergio Ivanovich, como muchos otros hombres que servían al bien común, no se sentían inclinados a ello de corazón, sino porque habían reflexionado y llegado a la conclusión de que aquello estaba bien y sólo por tal razón se ocupaban de ello.

La suposición de Constantino Levin se confirmaba por la observación de que su hermano no tomaba más a pecho las cuestiones del bien colectivo y de la inmortalidad del alma que las de las combinaciones de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna nueva máquina.

Además, Constantino Levin se sentía a disgusto en el pueblo cuando estaba su hermano allí, sobre todo durante el verano, pues en esta época estaba siempre ocupado en los trabajos de su propiedad y aún en todo el largo día estival le faltaba tiempo para sí mismo, para poder atender a todo, mientras Sergio Ivanovich descansaba. Sin embargo, aunque descansase ahora, es decir, aunque no escribiera obra alguna, estaba tan hecho a la actividad cerebral que le gustaba explicar en forma breve y elegante los pensamientos que acudían a su mente y le gustaba tener a alguien que le escuchase. El oyente más continuo era, naturalmente, su hermano. Por este motivo, a pesar de la sencillez amistosa de sus relaciones, Constantino Levin no sabía cómo arreglárselas cuando tenía que dejar solo a Sergio Ivanovich. A éste le gustaba tenderse en la hierba bajo el sol y permanecer así, charlando perezosamente.

–No sabes qué placer experimento sumergiéndome en esta pereza ucraniana. Tengo la cabeza completamente vacía de pensamientos. Podría hacerse rodar por ella una pelota.

Pero Constantino Levin se aburría de estar sentado escuchando a su hermano, sobre todo porque sabía que, mientras ellos hablaban, los campesinos debían de estar lavando el estercolero o trabajando en el campo no preparado aún y que si él no estaba allí iban a hacerlo de cualquier manera. Pensaba también que, seguramente, no atornillarían suficientemente las rejas de los arados ingleses y luego las apartarían afirmando que aquellos arados eran invenciones de tontos y que sólo el arado corriente, etcétera.

–¿No has andado ya bastante con este calor? –le decía Sergio Ivanovich.

–No… Tengo que pasar un momento por el despacho… –contestaba Levin. Y se iba al campo corriendo.

TERCERA PARTE – Capítulo 2

A primeros de junio, el aya y ama de llaves Agafia Mijailovna, un día que bajaba al sótano con un tarro de setas recién saladas en las manos, resbaló, cayó y se lastimó la muñeca.

Llegó el joven médico rural, recién salido de la Facultad y muy hablador. Miró la mano, dijo que no estaba dislocada y se apresuró a entablar conversación con el célebre Sergio Ivanovich. Para mostrarle sus ideas avanzadas, le contó todas las comadrerías de la provincia, quejándose de la mala organización del zemstvo.

Sergio Ivanovich le escuchaba con atención, le preguntaba… Animado por el nuevo auditor, habló y expuso algunas observaciones justas y concretas, –que fueron respetuosamente apreciadas por el joven médico– animándose mucho, como siempre le ocurría después de una conversación agradable y brillante.

Cuando el médico se hubo ido, Sergio Ivanovich quiso ir a pescar con caña; le gustaba la pesca y se mostraba casi orgulloso de que una ocupación tan estúpida pudiera gustarle.

Constantino Levin, que tenía que echar un vistazo a los hombres que estaban arando y también a los prados, ofreció a su hermano llevarle hasta el río en su carretela.

Era la época del año en que el grano llega ya a su madurez, cuando hay que prepararse ya para la siembra de la próxima cosecha, se acerca la siega y el centeno, crecido ya, con su ligero tallo verdegrís y su espiga no acabada aún de llenar, ondea bajo el viento; la época en que las verdes avenas, con las matas de hierba amarillentas que brotan, aisladas entre ellas, se extienden irregularmente en los sembrados tardíos; cuando se abre el alforfón y sus granos cubren la tierra; cuando la barbechera, pisoteada por los animales y endurecida como la piedra, con la que no puede la raspa, se ve ya con sus surcos trazados hasta la mitad; cuando los secos montones de estiércol llevados a los campos al nacer y al ponerse el sol mezclan su olor al perfume de las hierbas, y cuando en las tierras bajas, esperando la guadaña, se extienden como un mar inmenso los prados ribereños con los negreantes montones de tallos de acederas arrancados.

Era, pues, la época en que se produce un corto descanso en los trabajos del campo antes de la recolección anual que reúne todos los esfuerzos del pueblo. La cosecha era espléndida; los días, claros y calurosos; las noches, cortas y húmedas de rocío.

Los hermanos tenían que pasar por el bosque para llegar a los prados, Sergio Ivanovich iba admirando la belleza del bosque, magnífico de hojas y verdor. Llamaba la atención de su hermano, ora sobre un viejo tilo, oscuro en su parte de sombra pero rico de colorido con sus amarillos brotes prontos a florecer, ora sobre los tallos nuevos de otros árboles que brillaban como esmeraldas.

A Constantino Levin no le agradaba hablar ni que le hablasen de las bellezas de la naturaleza. Las palabras despojaban de belleza al paisaje. Respondía, pues, a su hermano con distraídos monosílabos, mientras, contra su voluntad, iba pensando en otras cosas.
Al salir del bosque atrajo su atención el campo en barbecho de una colina: aquí ya cubierto de amarilla hierba, allí labrado en cuadros, más allá salpicado de montones de estiércol y en otros puntos arado.

Pasaba por el campo una fila de carros. Levin los contó y se alegró al ver que llevaban todo lo necesario.
Contemplando los prados sus pensamientos pasaron a la siega. Este momento le producía siempre una intensa emoción.
Al llegar al prado, Levin detuvo el caballo.

El rocío matinal humedecía aún la parte inferior de las hierbas, por lo cual, para no mojarse los pies, Sergio Ivanovich pidió a su hermano que le llevase con la carretela hasta el sauce que se alzaba en el lugar señalado para pescar. Constantino Levin, a pesar del disgusto que le producía aplastar la hierba de su prado, dirigió el coche a través de él.
Las altas hierbas se abatían suavemente bajo las ruedas y las patas del caballo y en los cubos y radios de las ruedas se desgranaban las semillas.

Sergio Ivanovich se sentó bajo el sauce, arreglando sus útiles de pesca. Levin ató el caballo no lejos de allí y se internó en el enorme mar verde oscuro del prado, inmóvil, no agitado por el menor soplo de viento. La hierba, suave como seda, en el lugar adonde alcanzaba, en primavera, el agua del río al salirse de madre, le llegaba hasta la cintura.
A través del prado, Constantino Levin saltó al camino y encontró a un viejo, con un ojo muy hinchado, que llevaba una colmena con abejas.

–¿Las has cogido, Tomich? –preguntó Levin.

–¡Quia, Constantino Dmitrievich! ¡Gracias si consigo guardar las mías! Ya se me han marchado por segunda vez. Menos mal que sus muchachos las alcanzaron. Los que están trabajando el campo… Desengancharon un caballo y las cogieron.

–Y qué, Tomich: ¿qué te parece? ¿Conviene segar ya o esperar más?

–A mi parecer, habrá que esperar hasta el día de San Pedro. Ésta es la costumbre. Claro que usted siega siempre antes. Si Dios quiere, todo irá bien. La hierba está muy crecida. Los animales quedarán contentos.

–¿Y qué te parece el tiempo?

–Eso ya depende de Dios. Quizá haga buen tiempo.

Levin se acercó otra vez a su hermano, que, con aire distraído, estaba con la caña en las manos. La pesca era mala, pero Sergio Ivanovich no se aburría y parecía hallarse de excelente buen humor.
Levin notaba que, animado por la charla con el médico, su hermano tenía deseos de hablar más. Pero él quería volver a casa lo antes posible para dar órdenes de que los segadores fueran al campo al día siguiente y resolver las dudas relativas a la siega, que constituían en aquel momento su mayor preocupación.

–Vámonos ––dijo.

–¿Para qué apresurarnos? Estemos aquí un rato más. Oye: estás muy mojado. En este sitio no se pesca nada, pero se encuentra uno muy bien. El encanto de estas ocupaciones consiste en que ponen a uno en contacto con la naturaleza. ¡Qué bella es esta agua! ¡Parece de acero! ––continuó–. Estas orillas de los ríos cubiertas de hierba me recuerdan siempre aquella adivinanza… ¿Recuerdas?, que dice: «la hierba dice al agua: vamos a forcejear, a forcejear»…

–No conozco esa adivinanza–respondió Constantino Levin con voz opaca.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – RESUMEN Y ANÁLISIS

sábado, mayo 25th, 2013

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Buenas noches, las dachas y Feliz día de la Patria. Hoy nos toca RESUMEN y ANÁLISIS de la SEGUNDA PARTE de ANNA KARENINA, para ayudar a los rezagados y para adelantarles un poco, a todos, de qué va la cosa. Están invitados a verter sus opiniones aquí, así que anímense a hacerlo. Mañana comenzaremos con la Tercera Parte. Cuando estén listos, preparen sus teteras y a compartir.

SEGUNDA PARTE
RESUMEN:
Kitty Shcherbatskaya queda destrozada al principio de esta sección; su desengaño se manifiesta en una serie de síntomas físicos. Toda su familia, especialmente su madre, se siente angustiada y culpable por su papel en forzar las propuestas de matrimonio de los dos hombres en cuestión. Kitty está especialmente emotiva en las primeras páginas de la segunda parte; irritable, angustiada y libre de decir lo que quiera bajo el manto de la enfermedad, ventila sus sentimientos a Dolly. Le dice que se siente grosera y vulgar y también afirma que ella nunca hará lo que ha hecho Dolly: seguir viviendo en la misma casa que un hombre que ha sido deshonesto. Kitty lamenta casi inmediatamente la crueldad de esta última afirmación, viniendo como viene en un momento en que Dolly ya se siente insegura acerca de las infidelidades pasadas y futuras de Oblonsky. Las dos hermanas tienen una reconciliación emotiva y Kitty vuelve a casa con su hermana para cuidar a los niños Oblonsky que atraviesan por un brote de escarlatina. Pero la propia salud de Kitty no mejora y su familia decide llevarla a un balneario en Alemania.

El Capítulo 4 se abre con una descripción detallada de los tres diferentes círculos sociales que Anna tiene a su disposición. El primero es el círculo de negocios de los socios de su marido, el segundo es un pequeño grupo de hombres y mujeres educados y piadosos, apodado «la conciencia de la sociedad de San Petersburgo» y el tercero es el mayor círculo de la alta sociedad: bailes, cenas, juegos de cartas, etc. Antes de su viaje a Moscú, Anna había convivido habitualmente con el segundo círculo pero a su regreso, comienza a circular con mayor frecuencia en el tercer círculo , donde está segura de encontrar a Vronsky. Comparten un amigo en común, la princesa Betsy Tverskoy, que es también prima de Vronsky y se deleita en ver el progreso de su pasión. Anna en un principio cree que ella sólo deja que Vronsky la persiga pero pronto se admite a sí misma que sus sentimientos constituyen toda la pasión de su existencia actual.
Su comportamiento escala, rápidamente, en el ámbito de lo Socialmente Inaceptable. Esto se hace evidente una noche, en la casa de la princesa Betsy. Mientras que los demás invitados se divierten en la conversación y la princesa Myagkaya cautiva a la corte con su ingenio y su sentido del humor contundente, Anna y Vronsky se retiran a su propia mesa y se internan en una larga conversación privada. Esto no sería grave si no lo hicieran en presencia de Karenin, el marido de Anna, y los demás se dan cuenta. Las cejas se empiezan a levantar en todo San Petersburgo.

Con su desinterés e ingenuidad típicas, Karenin no cree que haya nada malo en el comportamiento de Anna pero se da cuenta de los efectos de esa conversación en los demás. Karenin es un hombre que se preocupa mucho por las apariencias externas y es por esta razón que confronta con Anna acerca del incidente. Ella llega a casa muy tarde, muy a su disgusto y luego procede a ignorar alegremente su preocupación. Frustrado por su incapacidad de comunicarse con su esposa, Karenin se aparta de Anna y ella de él. A partir de ahora, el apego principal de Anna es Vronsky.

Vronsky y Ana consuman su amor en un lenguaje altamente codificado (que fue impactante para el tiempo y los censores) y Anna, con más claridad de la que nunca haya tenido sobre el asunto antes, dice: «Todo ha terminado para mí. Nada me queda sino tú. Recuérdalo.». Ella se va de inmediato y, cuando se va a la cama esa noche, sueña que está casada con Vronsky y Karenin y que es exitada por ellos al mismo tiempo. Se horroriza por este sueño.

Mientras tanto, Levin prepara su finca para la llegada de la primavera. A diferencia de muchos hacendados, Levin se deleita en hacer trabajos pesados en su finca; Tolstoy da muchas descripciones de la fisicalidad de Levin y sus acciones durante esta sección. Levin hace el trabajo, no sólo porque le da placer, sino también porque lo distrae de sus pensamientos acerca de Kitty. Un visitante llega a su finca: temiendo que se trate de su hermano Nicolás, Levin se alegra cuando resulta ser Oblonsky el visitante. Con su aplomo característico, Oblonsky anuncia sus tres intenciones: visitar, cazar y vender uno de sus bosques a un comerciante local llamado Ryabinin. A pesar de que Levin piensa que no debe venderle a este hombre, el acuerdo sigue adelante y Ryabinin se aprovecha de Oblonsky pagando mucho menos de lo que el bosque vale. Levin está furioso con Oblonsky y aprovecha la oportunidad para dar un espiche a Oblonsky sobre sus asuntos financieros. Oblonsky se le ríe a carcajadas. Antes de irse, Oblonsky dice a Levin que Kitty está enferma y que Vronsky se ha marchado de Moscú en búsqueda de Anna.

En San Petersburgo, el affair entre Vronsky y Anna se está volviendo, rápidamente, de dominio público. Aunque el asunto es tolerado porque siguen siendo discretos, las mujeres de la Sociedad Petersburguesa están esperando ansiosamente que Anna a cometa un error; a su vez, la familia de Vronsky se está empezando a preocupar por que este asunto lo está distrayendo de progresar en su carrera. En medio de toda esta preocupación, Vronsky se prepara para correr la carrera anual de caballos para oficiales de su regimiento. Justo antes de la carrera, Vronsky visita Anna en el jardín de su casa. Hace una pausa para admirarla, ya que luce hermosa y trágica en la terraza, pero ella le da una noticia sorprendente: que está embarazada. Él no percibe la importancia de este anuncio pero, temerariamente, le propone fugarse. Anna se niega, alegando que ella no puede soportar la idea de desatar la ira de la sociedad civil, política y religiosa sobre ella y su hijo. Hacen planes para reunirse más tarde y Vronsky se apresura para llegar a la carrera. Se encuentra con su hermano, que hace varios comentarios insinuantes acerca de su relación con Anna. Anna y su marido, ambos, asisten a la carrera, pero se sientan separados en las gradas. Vronsky comienza la carrera a la cabeza, pero falla con su nerviosa yegua Frou-Frou, en un obstáculo. La yegua se cae y se rompe la espalda; Vronsky, con ira, patea a la yegua deshauciada, a pesar de que él está ileso.

Karenin, que sostiene las relaciones con su esposa tanto como antes, ve a un médico antes de la carrera, por su salud. Para su disgusto, el médico le prescribe remedios imposibles: poca actividad intelectual y gran actividad física y luego se va, inquietando a Karenin. En la carrera, observa las reacciones de Anna desde el otro lado de las gradas. Está furioso al verla adular, abiertamente, a Vronsky mientras está en carrera y, más tarde, reaccionar físicamente cuando éste se cae. Con gran dificultad, porque Anna no sabe si Vronsky está herido o no, Karenin se las arregla para obligarla a volver a casa con él. En el carruaje, la increpa acerca de su relación, esta vez con más fuerza. Anna no sólo confiesa sus sentimientos hacia Vronsky, sino que arremete contra Karenin, diciendole que lo odia. Karenin le exige que guarde «las apariencias» hasta que él pueda poner a salvo su honor, presumiblemente a través de un divorcio.

En el balneario alemán, Kitty conoce a Vareñka, una joven que cuida de Madame Stahl, su madre adoptiva. Stahl es una figura misteriosa, un miembro de la alta sociedad que está muy enferma, y la princesa Shcherbatsky le exige a Kitty, orgullosa, confraternizar con otros rusos. Vareñka es piadosa, con un profundo sentido de la moralidad, y dedica gran parte de su tiempo al cuidado de los menos afortunados. Kitty se deslumbra con Vareñka y trata de imitar a su sentido de profunda espiritualidad. Nicolás Levin y su compañera, Masha, también están en el mismo complejo. Él está mal vestido y no tiene modales. Kitty lo rechaza, no sólo porque es desagradable sino porque le recuerda a Levin.

Vareñka asegura Kitty que hay cosas mucho más importantes en el mundo que el matrimonio. Kitty, avergonzada, aspira a ser caritativa y comienza a cuidar a Petrov, un pintor enfermizo. Esto resulta contraproducente cuando Petrov se enamora de Kitty y su esposa se enoja por las atenciones de la niña. Al principio Kitty está triste de no poder ser como Vareñka, pero luego conoce a la misterioso Madame Stahl y descubre que Stahl, quien dice ser piadosa, es realmente hipócrita y bastante cruel hacia Vareñka. Su padre se burla de Stahl y hace un gran esfuerzo por restaurar el espíritu de Kitty. Mejorada, Kitty se prepara para regresar a Moscú con una mayor comprensión de sí misma. Conserva intacto su amor por Vareñka y le ruega que vaya a visitarlos. Vareñka promete que lo hará tan sólo si Kitty contrae matrimonio.

ANÁLISIS:
La segunda parte ayuda a los lectores a comprender la gravedad del affair entre Anna y Vronsky. El tema de las relaciones familiares es fuerte en esta parte del libro. No sólo están los riesgos surgidos del embarazo de Anna, sino que la representación de las complicadas redes emocionales entre las familias que hace Tolstoy, muestra cómo el comportamiento de Anna y Vronsky le hará daño a la gente a su alrededor, además de a sí mismos.
A fin de comprender la profundidad de estas redes, es importante entender algunos aspectos legales, de Juro y de Facto, de la sociedad rusa. En ese momento, se concedía el divorcio sólo en los casos más graves de adulterio o abuso. Un divorcio sólo podía ser obtenido por la parte inocente y a la parte culpable no le era permitida ni la custodia de los hijos ni el derecho a casarse de nuevo. Para Anna, entonces, un divorcio significaba perder el acceso a su amado hijo. También significaba vivir como la amante de Vronsky. Como una amante, no sólo sería una paria social permanente, sino que carecería de poder legal en todas sus relaciones sociales. Los hijos de Vronsky no tendrían legitimidad y, por lo tanto, no podrían heredar ninguno de sus bienes o títulos.
Además de la legalidad, la sociedad rusa tenía sus propias reglas. Aunque las aventuras amorosas eran comunes y perfectamente aceptables tanto para hombres y mujeres, eran condonadas sólo mientras se guardaran lo Karenin llama «apariencias». La negligencia de la propia esposa, de prestarle atención a su amante en público, se consideraba un incumplimiento de esas condiciones, al igual que la obvia falta de respeto hacia el marido o la esposa agraviada. Si esas condiciones eran violadas, sobre todo por una mujer, la sociedad rusa le daría la espalda con toda su fuerza. Anna se arriesga no sólo a su propia humillación social y la ruina, sino a la de su hijo también.
Ante tales circunstancias extremas, es comprensible que Anna vacile frente a la sugerencia brusca de Vronsky. Vronsky, ya sea por ignorancia o ingenuidad, no entiende lo que estas dos normas de gran alcance significan para él y Anna y se va a la carrera apenas perturbado más allá de una grave sensación de «disgusto» a toda la situación.
La figura más poderosa en esta ecuación, entonces, es el esposo de Anna, Karenin. Aunque los críticos han demonizado a Karenin por su frialdad hacia Anna, su preocupación por las «apariencias» en lugar de «la realidad íntima» y su hipocresía, él es una de las figuras más complejas en el libro. Él podrá ser frío pero está dispuesto a sufrir la humillación pública si Anna, simplemente, se porta bien. Esto es verdaderamente generoso de su parte y habla bien de su abnegación. Anna siente la grandeza de su gesto y es ésta una de las razones por las que lo odia. De hecho, su sueño de tener a ambos hombres como maridos refleja su propio deseo de tener no a los dos hombres sino a ambos juegos de personalidades: la pasión de Vronsky y la generosidad de Karenin a su disposición. Por supuesto, esas cualidades no pueden fundirse en el mismo hombre y esto es parte de la tragedia de Anna.
Vronsky, por su parte, presenta algunos de sus aspectos menos favorecedores, durante la carrera. Se va apurado a la carrera tras el anuncio de Anna, sólo con una preocupación sobre de la condición nerviosa de su caballo. Y cuando, debido a su propio error, el caballo le falla, su crueldad es sorprendente. A pesar de su posterior arrepentimiento, Vronsky es mostrado como un hombre de grandes pasiones pero de profundidad emocional limitada.
Mientras Anna y Vronsky comienzan su descenso dentro del caos, Kitty crece, gradualmente, en madurez e independencia. A través de la figura de Vareñka, llega a entender otra visión de la vida que no está centrada en el matrimonio sino en las buenas obras, como propósito de vida de la mujer. A pesar de no elegir ese camino, su vivencia del mismo disminuye sus preocupaciones acerca de la humillación de Vronsky y le permite vislumbrar una nueva vida para ella. El rol de su familia, especialmente el de su padre, en apoyarla, constituye un retrato alternativo de las relaciones familiares a la debacle en San Petersburgo.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 33 Y 34

viernes, mayo 24th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 33

Poco antes de concluir el período de cura de aguas, el príncipe Scherbazky vino a reunirse con su familia, que desde Carlsbad había ido a Baden y a Kessingen para visitar a unos amigos rusos, para respirar aire ruso, como él decía.

Las opiniones del Príncipe y de su esposa con respecto a la vida en el extranjero eran diametralmente opuestas. La Princesa lo encontraba todo admirable y, pese a su buena posición en la sociedad rusa, en el extranjero procuraba parecer una dama europea, lo que conseguía con dificultad, ya que, tratándose en realidad de una dama rusa, tenía que fingir y ello la cohibía bastante. El Príncipe, por el contrario, encontraba malo todo lo extranjero, le aburría la vida europea, conservaba sus costumbres rusas y fuera de su patria procuraba mostrarse, adrede, menos europeo de lo que lo era en realidad.

El Príncipe volvió más delgado, con la piel de las mejillas colgándole, pero en excelente disposición de ánimo, que aún mejoró al ver que Kitty había curado por completo.

Las referencias de la amistad de su hija con madame Stal y Vareñka y las observaciones de la Princesa sobre el cambio operado en Kitty impresionaron al Príncipe, despertando en él su habitual sentimiento de celos hacia todo cuanto atraía a su hija fuera del círculo de sus afectos. Le asustaba que Kitty pudiera substraerse a su influencia, alejándose hasta parajes inaccesibles para él. Pero tales noticias desagradables se hundieron en el mar de alegría y bondad que le animaba siempre y que había aumentado después de tomar las aguas de Carlsbad.

Al día siguiente de su regreso, el Príncipe, vestido con un largo gabán, con sus fofas mejillas sostenidas por el cuello almidonado, se dirigió al manantial con su hija en muy buen estado de espíritu. La mañana era espléndida; brillaba un sol radiante. Las casas limpias y alegres, con sus jardincitos, el aspecto de las sirvientas alemanas, joviales en su trabajo, de manos rojas, de rostros colorados por la cerveza; todo ello llenaba de gozo el corazón. Pero, al aproximarse al manantial, encontraban enfermos de aspecto mucho más deplorable aún, por contraste con las condiciones normales de la bien organizada vida alemana. A Kitty ya no le sorprendía tal contraste. El sol brillante, el vivo verdor, el son de la música, le resultaban el marco natural de toda aquella gente tan familiar para ella, con sus alternativas de peor o mejor salud, de buen o mal humor a que estaban sujetos. Pero al Príncipe la luz y el esplendor de la mañana de junio, el sonar de la orquesta que tocaba un alegre vals de moda y, sobre todo, el aspecto de las rozagantes sirvientas le parecían ilógicos y grotescos en contraste con aquellos muertos vivientes, llegados de toda Europa, que se movían con fatiga y tristeza. No obstante el sentimiento de orgullo que le inspiraba el llevar del brazo a su hija, lo que le daba la impresión de volver a la juventud, se sentía cohibido y molesto de su andar seguro, de sus miembros sólidos, de su cuerpo de robusta complexión. Experimentaba lo que un hombre desnudo sentiría encontrándose en una reunión de personas vestidas.

–Preséntame a tus nuevas amistades. ––dijo a su hija oprimiéndole el brazo con el codo– Hoy siento simpatía hasta por la asquerosa agua bicarbonatada que te ha repuesto de ese modo. ¡Pero es tan triste ver esto! Oye, ¿quién es ése?

Kitty iba nombrándole las personas conocidas y desconocidas que encontraban en el curso de su paseo. En la misma entrada del jardín hallaron a madame Berta, la ciega, y el Príncipe se sintió contento ante la expresión que animó el rostro de la anciana francesa al oír la voz de Kitty. Madame Berta habló al Príncipe con su exagerada amabilidad francesa, alabándole aquella hija tan bondadosa, ensalzándola hasta las nubes y calificándola de tesoro, perla y ángel de consuelo.

–En ese caso es el ángel número dos, –dijo el Príncipe sonriendo– porque, según ella, el ángel número uno es la señorita Vareñka.

–¡Oh, la señorita Vareñka es también un verdadero ángel! –afirmó madame Berta.

En la galería encontraron a la propia Vareñka, que se dirigió precipitadamente a su encuentro. Llevaba un espléndido bolso de costura.

–Ha venido papá –––dijo Kitty.

Vareñka hizo un ademán entre saludo y reverencia, con la sencillez y naturalidad que usaba siempre en todas sus cosas. Luego empezó a hablar con el Príncipe como con los demás, naturalmente, sin sentirse cohibida.

–Ya la conozco y bien. –dijo el Príncipe con una sonrisa de la que Kitty dedujo, con alegría, que su padre encontraba simpática a Vareñka– ¿Adónde va usted tan de prisa?

–Es que mamá está aquí. ––dijo la muchacha dirigiéndose a Kitty– No ha dormido en toda la noche y el doctor le ha aconsejado que saliera. Le llevo su labor.

–¿Así que éste es el ángel número uno? –dijo el Príncipe después de que Vareñka se hubo marchado.

Kitty notaba que su padre habría querido burlarse de su amiga pero que no se atrevía a hacerlo porque también él la había encontrado simpática y agradable.

–Vamos a ver a todas tus amigas; –añadió él– vamos incluso a saludar a madame Stal, si es que se digna acordarse de mí…

–¿La conoces, papá? –preguntó Kitty con cierto temor, reparando en el fulgor irónico que iluminó los ojos del Príncipe al mencionar a la Stal.

–La conocí, así como a su marido, cuando ella no se había inscrito aún entre los pietistas.

–¿Qué significa pietista, papá? –preguntó la joven, desasosegada al saber que lo que ella apreciaba tanto en madame Stal tenía semejante nombre.

–No lo sé bien, francamente… Sólo sé que ella da gracias a Dios por todas las desventuras que sufre… Por eso cuando murió su marido dio también gracias a Dios… Pero la cosa resulta algo cómica, porque ambos se llevaban muy mal. ¿Quién es ése? ¡Qué cara! ¡Da pena verle! –exclamó el Príncipe reparando en un hombre bajito, sentado en un banco, que vestía un abrigo castaño y pantalones blancos, que formaban extraños pliegues sobre los descarnados huesos de sus piernas.

Aquel señor se quitó el sombrero, descubriendo sus cabellos rizados y ralos y su ancha frente, de enfermizo matiz, levemente colorada ahora por la presión del sombrero.

–Es el pintor Petrov –respondió Kitty ruborizándose–. Y ésa es su mujer –añadió indicando a Ana Pavlovna.

La Petrova, como a propósito, al aproximarse ellos, se dirigió a uno de sus niños que jugaba al borde del paseo.

–¡Qué pena inspira ese hombre y qué rostro tan simpático tiene! ¿Por qué no te has acercado a él? Parecía querer hablarte.

–Entonces, vamos –dijo Kitty, volviéndose resueltamente–. ¿Cómo se encuentra hoy? –preguntó a Petrov.

Petrov se levantó, apoyándose en su bastón, y miró con timidez al Príncipe.

–Kitty es hija mía. –dijo Scherbazky– Celebro conocerle.

El pintor saludó, mostrando al sonreír su blanca dentadura que brillaba extraordinariamente.

–Ayer la esperábamos, Princesa –dijo a Kitty. Y al hablar se tambaleó y repitió el movimiento para fingir que lo hacía voluntariamente.

–Yo iba a ir, pero Vareñka me avisó que ustedes no salían de paseo.

–¿Cómo que no? –dijo Petrov, sonrojándose. Luego tosió y buscó a su mujer con los ojos–¡Anita, Anita! –gritó.

Y en su delgado cuello se hincharon sus venas, gruesas como cuerdas.

Ana Pavlovna se acercó.

–¿Cómo mandaste dar recado a la Princesa de que no íbamos de paseo? –preguntó Petrov irritado. La emoción ahogaba su voz.

–Buenos días, Princesa. –saludó Ana Pavlovna con fingida sonrisa, en tono harto distinto al que había empleado siempre cuando hablaba con ella– Mucho gusto en conocerle. –dijo al Príncipe– Hace tiempo que lo esperaban…

–¿Por qué has mandado decir a la Princesa que no iríamos de paseo? –repitió su marido en voz baja y ronca, más irritado aún al notar que le faltaba la voz y no podía hablar en el tono que quería.

–¡Dios mío! Creí que no iríamos –repuso su mujer enojada.

–¡Cómo que no! Sí, iremos porque… –y Petrov tosió otra vez y agitó la mano.

El Príncipe se quitó el sombrero y se apartó.

–¡Desgraciados! –murmuró afligido.

–Sí, papá. –contestó Kitty– Has de saber que tienen tres niños, que carecen de criados y que apenas poseen recursos. La Academia le envía algo. –seguía diciendo, con animación, para calmar el mal efecto que le produjera la actitud de la Petrova– Allí está madame Stal –concluyó, mostrando un cochecillo en el cual, entre almohadones, envuelta en ropas grises y azul celeste, bajo una sombrilla, se veía una figura humana.

Era madame Stal. Tras ella estaba un robusto y taciturno mozo alemán que empujaba el coche. A su lado iba un conde sueco, un hombre muy rubio a quien Kitty conocía de nombre, varios enfermos rodeaban el cochecillo, contemplando a madame Stal con veneración, como a algo extraordinario.

El Príncipe se acercó y en sus ojos vio Kitty, de nuevo, el irónico fulgor que tanto la intimidaba. Al llegar junto a madame Stal, el Príncipe le habló en excelente francés, como muy pocos lo hablan hoy, manifestándose con respeto y cortesanía.

–No sé si usted me recuerda; pero en todo caso me permito hacerme recordar para agradecerle sus bondades con mi hija –dijo Scherbazky quitándose el sombrero y conservándolo en la mano.

–Encantada, príncipe Alejandro Scherbazky –dijo la Stal, alzando hacia él sus ojos celestiales en los que Kitty observó cierto disgusto–. Quiero mucho a su hija.

–¿Sigue mal su salud?

–Sí, pero ya estoy acostumbrada –contestó madame Stal. Y presentó al Príncipe el conde sueco.

–Ha cambiado usted un poco ––dijo Scherbazky– desde hace diez u once años que no he tenido el honor de verla.

–Sí. Dios, que da la cruz, da también energías para soportarla. A menudo hace que uno piense: ¿para qué durará tanto esta vida? ¡Así no; de otro modo! –ordenó con irritación a Vareñka, que le envolvía los pies en la manta de una forma diferente a como ella quería.

–Seguramente dura para permitirle hacer el bien –––dijo el Príncipe riéndose con los ojos.

–Nosotros no somos quiénes para juzgarlo –repuso madame Stal, observando la expresión del rostro del Príncipe–. ¿Me enviará usted ese libro, querido Conde? Se lo agradeceré mucho –dijo, de repente, dirigiéndose ahora al conde sueco.

–¡Ah! –exclamó el Príncipe, divisando al coronel, que no estaba lejos de allí. Y, saludando con la cabeza a la señora Stal, se alejó con su hija y con el coronel, que se reunió con ellas.

–He aquí nuestra aristocracia, ¿verdad, Príncipe? –dijo en tono irónico el coronel, que se sentía molesto con la señora Stal porque no se relacionaba con él.

–Está igual que siempre –comentó el Príncipe.

–¿La conocía usted antes de enfermar? Me refiero a antes de que tuviera que guardar cama.

–Sí; la conocí precisamente cuando enfermó y hubo de guardar cama.

–Dicen que no se levanta desde hace diez años.

–No se levanta porque tiene las piernas muy cortas. Es contrahecha.

–¡Imposible, papá! –exclamó Kitty.

–Eso dicen las malas lenguas, querida. ¡Y qué mal trata a Vareñka! ¡Oh, estas señoras enfermas! –añadió.

–No, papá –replicó Kitty con calor–. Vareñka la adora. ¡Y madame Stal hace mucho bien! Pregunta a quien quieras. A ella y a Alina Stal todos los conocen.

–Puede ser. –dijo el Príncipe, apretándole el brazo con el codo– Pero yo encuentro mejor hacer el bien sin que nadie se entere.

Kitty calló no porque no supiera qué decir, sino porque no quería confiar a su padre sus pensamientos secretos. Por extraño que fuese, aunque no quería someterse a la opinión de su padre ni abrirle el camino de su santuario íntimo, notó que aquella imagen divina de madame Stal, que durante un mes entero llevara dentro de su alma, desaparecía definitivamente, como la figura que forma un vestido colgado desaparece definitivamente cuando se repara en que no se trata sino de eso: de un vestido colgado.

Ahora en su cerebro no persistía sino la visión de una mujer corta de piernas que permanecía acostada porque era deforme y que martirizaba a la pobre Vareñka porque no le arreglaba bien la manta en torno a los pies. Y ningún esfuerzo de su imaginación pudo reconstruir la anterior imagen de madame Stal.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 34

El buen estado de ánimo del Príncipe se contagió a su familia, a sus amigos y hasta al alemán dueño de la casa en que habitaban los Scherbazky.

Al volver del manantial, habiendo invitado al coronel, a María Evgenievna y a Vareñka a tomar café, el Príncipe ordenó que sacasen la mesa al jardín, bajo un castaño y que sirviesen allí el desayuno.

Al influjo de la alegría de su amo, los criados, que conocían la munificencia del Príncipe, se animaron también. Durante media hora un médico de Hamburgo, enfermo, que vivía en el piso alto, contempló con envidia a aquel alegre grupo de rusos, todos sanos, reunidos bajo el añoso árbol.

A la sombra movediza de las ramas, ante la mesa cubierta con el blanco mantel, con cafeteras, pan, mantequilla, queso y caza fiambre, estaba sentada la Princesa, tocada con su cofia de cintas lila, llenando las tazas y distribuyendo los bocadillos.

Al otro extremo de la mesa se sentaba el Príncipe, comiendo con apetito y hablando animadamente, en voz alta. A su alrededor se veían las compras que había hecho: cajitas de madera labrada, juguetitos, plegaderas de todas clases. Había comprado un montón de aquellas cosas y las regalaba a todos, incluso a Lisgen, la criada, y al casero, con el que bromeaba en su cómico alemán chapurreado, asegurando que no eran las aguas las que habían curado a Kitty, sino la buena cocina del dueño de la casa y sobre todo su compota de ciruelas secas.

La Princesa se burlaba de su marido por sus costumbres rusas, pero se sentía más animada y alegre de lo que había estado hasta entonces durante su permanencia en las aguas.

El coronel celebraba también las bromas del Príncipe, pero cuando se trataba de Europa, que él imaginaba haber estudiado a fondo, estaba de parte de la Princesa.

La bondadosa María Evgenievna reía de todo corazón con las ocurrencias de Scherbazky y Vareñka reía de un modo suave pero comunicativo, cosa que Kitty no le había visto nunca hasta entonces, ante las alegres chanzas del Principe.

Todo ello animaba a Kitty, pero, no obstante, se sentía preocupada. No sabía cómo resolver el problema que su padre le habla planteado involuntariamente con su modo de considerar a sus amigas y aquel género de vida que ella amaba, últimamente, con toda su alma. A este problema se unía el de sus relaciones con los Petrov, hoy puestas en claro de un modo harto desagradable. Viendo la alegría de los demás, Kitty sentía crecer su agitación y experimentaba un sentimiento análogo al que sufría en su infancia cuando la castigaban encerrándola en su cuarto, desde el que oía a sus hermanos reír alegremente.

–¿Por qué has comprado tantas chucherías? –preguntó la Princesa a su marido, sirviéndole una taza de café.

–Porque, al salir de paseo y acercarme a las tiendas, me rogaban que comprase diciendo: «Erlaucht, Exzellenz, Durchlaucht». Al oír decir Durjlaucht, me sentía incapaz de resistir y se me iban diez táleros (1) como por arte de magia.

–No es verdad. Lo comprabas porque te aburrías –dijo la Princesa.

–¡Claro que porque me aburría! Aquí todo es tan aburrido que no sabe uno dónde meterse.

–¿Es posible que se aburra, Príncipe, con el número de cosas interesantes que hay ahora en Alemania? – dijo María Evgenievna.

–Conozco todo lo interesante: la compota de ciruelas, la conozco; el salchichón con guisantes, lo conozco. ¡Lo conozco todo!

–Diga usted lo que quiera, Príncipe, las instituciones alemanas son muy interesantes –observó el coronel.

–¿Qué hay de interesante? Los alemanes palmotean y gritan como niños, de contento, porque acaban de vencer a sus enemigos; pero ¿por qué he de estar contento yo? Yo no he vencido a nadie y, en cambio, tengo que quitarme yo mismo las botas y, además, dejarlas junto a la puerta. Por las mañanas he de levantarme, vestirme a ir al salón para tomar un mal té. ¡Qué distinto es en casa! Se despierta uno sin prisas y si está enfadado o irritado, tiene tiempo de calmarse, de meditar bien las cosas, sin precipitaciones…

–Olvida usted que el tiempo es oro –dijo el coronel.

–¡Según el tiempo que sea! Hay tiempo que puede venderse a razón de un copeck por mes y en otras ocasiones no se daría media hora por nada del mundo… ¿No es verdad, Kateñka? Pero ¿qué te pasa? ¿Estás triste?

–No, no estoy triste.

–¿Se va ya? Quédese un poco –dijo el Principe a Vareñka.

–Tengo que volver a casa –repuso ella, levantándose y riendo aún gozosamente.

Cuando le pasó el acceso de risa, se despidió y entró en la casa para ponerse el sombrero. Kitty la siguió. Hasta la propia Vareñka se le presentaba ahora bajo un aspecto distinto. No es que le pareciera peor, sino diferente de como ella la imaginara antes.

–¡Hace tiempo que no había reído como hoy! –dijo Vareñka, cogiendo la sombrilla y el bolso–. ¡Qué simpático es su papá!

Kitty callaba.

–¿Cuándo nos veremos? –preguntó Vareñka.

–Mamá quería visitar a los Petrov. ¿Estará usted allí? –preguntó Kitty mirando a su amiga.

–Estaré –contestó Vareñka–. Están preparándose para marchar y les prometí acudir para ayudarles a hacer el equipaje.

–Entonces iré yo también.

–No. ¿Por qué va a ir usted?

–¿Por qué? ¿Por qué? –repuso Kitty abriendo desmesuradamente los ojos y asiendo la sombrilla de Vareñka para no dejarla marchar–. ¿Por qué no?

–¡Como ha venido su papá! Y además ellos se sienten cohibidos ante usted.

–No es eso. Dígame por qué no quiere que visite a los Petrov a menudo. ¡No, no quiere usted! Dígame el motivo.

–Yo no he dicho esto –replicó Vareñka, sin alterarse.

–Le ruego que me lo diga.

–¿Quiere de verdad que se lo diga todo? –preguntó la muchacha.

–¡Todo, todo! –aseguró Kitty.

–Pues no hay nada de particular, salvo que Mijail Alexievich –aquél era el nombre del pintor– antes quería marchar sin demora y ahora no se resuelve a partir.

–¿Y qué más? –apremió Kitty mirándola gravemente–.

–Pues que Ana Pavlovna dijo que su marido no quiere irse porque está usted aquí. Ello lo dijo sin razón alguna, pero por ese motivo, por usted, hubo una disputa muy violenta entre los esposos. Ya sabe lo irritables que son los enfermos…

Kitty, más taciturna cada vez, guardaba silencio. Vareñka seguía monologando, tratando de calmarla y suavizar la explicación, porque veía que Kitty estaba a punto de romper a llorar.

–Ya ve que es mejor que no vaya. Usted se hará cargo; no se ofenda, pero…

–¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! –dijo Kitty rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de su amiga sin osar mirarla a los ojos.

Vareñka sentía impulsos de sonreír ante la infantil cólera de su amiga, pero se contuvo por no ofenderla.

–¿Por qué se lo merece? No comprendo –dijo.

–Lo merezco porque todo esto que he estado haciendo era falso, fingido y no me salía del corazón. ¿Qué tengo yo que ver con ese hombre ajeno a mí? ¡Y resulta que provoco una disputa por meterme a hacer lo que nadie me pedía! Es la consecuencia de fingir.

–¿Qué necesidad había de fingir? –preguntó, en voz baja, Vareñka.

–¡Qué estúpido y qué vil ha sido lo que he hecho! ¡No, no había necesidad de fingir nada! –insistía Kitty, abriendo y cerrando nerviosamente la sombrilla.

–Pero ¿con qué fin fingía?

–Para parecer más buena ante la gente, ante mí, ante Dios. ¡Para engañar a todos! No volveré a caer en ello. Es preferible ser mala que mentir y engañar.

–¿Por qué dice usted engañar? –dijo, con reproche, Vareñka–. Lo dice usted como si…

Pero Kitty, presa de un arrebato de excitación, no la dejó terminar.

–No lo digo por usted; no se trata de usted. ¡Usted es perfecta, lo sé! Sí, sé que todas ustedes son perfectas. Pero ¿qué puedo hacer yo si soy mala? Si yo no fuese mala, todo eso no habría sucedido. Seré la que soy, pero sin fingir. ¿Qué me importa Ana Pavlovna? Que ellos vivan como quieran y yo viviré también como me plazca. No puedo ser sino como soy. No es eso lo que quiero, no, no es eso…

–¿Qué es lo que no quiere? ¿A qué se refiere usted? –preguntó Vareñka, sorprendida.

–No, no es eso… No puedo vivir más que obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes viven según ciertas reglas… Yo las he querido a ustedes con el alma y ustedes sólo me han querido a mí para salvarme, para enseñarme…

–No es usted justa –observó Vareñka.

–No digo nada de los demás; hablo de mí.

–¡Kitty! –gritó la voz de su madre–. Ven a enseñar tu collar a papá.

Kitty, altanera, sin hacer las paces con su amiga, tomó de encima de la mesa la cajita con el collar y fue a reunirse con su madre.

–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan encarnada? –le dijeron, a la vez, su padre y su madre.

–No es nada. –contestó Kitty– En seguida vuelvo. Y se precipitó de nuevo en la habitación.

«Aún está aquí», pensó. «¡Dios mío! ¿Qué he hecho, qué he dicho? ¿Por qué la he ofendido? ¿Y qué hará ahora? ¿Qué le diré?», y se detuvo junto a la puerta.

Vareñka, ya con el sombrero puesto, examinaba, sentada a la mesa, el muelle de la sombrilla que Kitty había roto en su arrebato. Al entrar ésta, alzó la cabeza.

–¡Perdóneme, Vareñka, perdóneme! –murmuró Kitty, acercándose–. No sé ni lo que le he dicho… Yo…

–Por mi parte le aseguro que no quise disgustarla… –dijo la muchacha, sonriendo.

Hicieron las paces.

Pero con la llegada de su padre había cambiado por completo todo el ambiente en que Kitty vivía. No renegaba de lo que había aprendido, pero comprendió que se engañaba a sí misma pensando que podría ser lo que deseaba. Le parecía haber despertado de un sueño. Reconocía ahora la dificultad de poder mantenerse a la altura de los hechos sin fingir ni enorgullecerse de su actitud. Sentía, además, el dolor de aquel mundo de penas, de enfermedades, aquel mundo de moribundos en el que vivía. Los esfuerzos que hacía sobre sí misma para amar lo que la rodeaba le parecieron una tortura y deseó volver pronto al aire puro, a Rusia, a Erguchovo, donde, según la habían informado, había ido a vivir con sus hijos su hermana Dolly.

Pero su cariño a Vareñka no disminuyó. Al despedirse, Kitty le rogó que fuera a visitarla y a pasar una temporada con ella.

–Iré cuando usted se case –dijo la muchacha.

–No me casaré nunca.

–Entonces nunca iré.

–En ese caso lo haré aunque sólo sea para que venga. ¡Pero recuerde usted su promesa! –dijo Kitty.

Los augurios del doctor se realizaron: Kitty volvió curada a su casa, en Rusia.

No era tan despreocupada y alegre como antes, pero estaba tranquila. El dolor que sufriera en Moscú no era ya para ella más que un recuerdo.

(1) Tálero: antigua moneda de plata de Alemania.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 32 Y 33

jueves, mayo 23rd, 2013

anna tapa libro
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 32

Los detalles de los que se enteró la Princesa, relativos al pasado de Vareñka y de sus relaciones con madame Stal y que supo por ésta, eran los siguientes:

Madame Stal, de quien unos decían que había amargado la vida de su marido, mientras otros afirmaban que era él quien la atormentaba con su conducta crapulosa, era una mujer que estaba siempre enferma y excitada.

Después de divorciarse de su marido dio a luz a un niño, que murió a poco de nacer. Los parientes de madame Stal, conociendo su sensibilidad y temiendo que la noticia la matase, suplantaron el niño muerto por una niña que había nacido la misma noche en San Petersburgo y que era hija del cocinero de la Corte.

La niña era Vareñka. Más adelante, madame Stal averiguó que ésta no era hija suya pero continuó criándola. Vareñka quedó muy pronto sola en el mundo, por muerte de sus padres.

Madame Stal vivía hacía más de dos años en el extranjero, en el sur, sin moverse de la cama. Unos afirmaban que madame Stal fingía y se hacia un pedestal de su fama de mujer virtuosa y piadosa, mientras otros sostenían que en realidad, en el fondo de su alma, era un ser virtuoso y de moral acendrada, que vivía sólo para el bien del prójimo como aparentaba. Nadie sabía si su religión era católica, protestante u ortodoxa pero una cosa era cierta: que mantenía una estrecha amistad con los altos dignatarios de todas las iglesias y confesiones. Vareñka vivía siempre con ella en el extranjero y cuantos trataban a la Stal estimaban y querían a mademoiselle Vareñka como la llamaban.

Enterada de tales detalles, la Princesa no vio inconveniente en el trato de su hija con aquella joven, tanto más cuanto que los modales y la educación de la muchacha eran excelentes y hablaba el francés y el inglés a la perfección. En fin, lo principal era que madame Stal había asegurado que sentía mucho que su enfermedad la privase de tratar íntimamente a la Princesa como era su deseo.

Kitty, después de conocer a Vareñka, se sentía cada vez más cautivada por su amiga y cada día descubría en ella nuevas cualidades. Sabiendo que Vareñka cantaba bien, la Princesa le pidió que fuera a su casa una tarde para cantar.

–Tenemos piano, Kitty lo toca. Cierto que no es muy bueno pero nos complacerá mucho oírla a usted – dijo la Princesa con una sonrisa forzada, tanto más desagradable a Kitty que advirtió que Vareñka no tenía ganas de cantar.

No obstante, la joven acudió por la tarde llevando algunas piezas de música. La Princesa invitó también a María Evgenievna y su hija y al coronel.

Vareñka, indiferente por completo a que hubiese gente que no conocía, se acercó al piano. No sabía acompañarse, pero leía las notas muy bien. Kitty, que tocaba el piano a la perfección, la acompañaba.

–Tiene usted un talento extraordinario de cantante –afirmó la Princesa, después que la muchacha hubo cantado de un modo admirable la primera pieza.

María Evgenievna y su hija alabaron a la muchacha y le dieron las gracias por su amabilidad.

–Miren –dijo el coronel, asomándose a la ventana– cuánta gente ha venido a escucharla.

Salieron y vieron que, en efecto, al pie de la ventana se había reunido mucha gente.

–Celebro infinitamente que les haya gustado –dijo simplemente Vareñka.

Kitty miraba a su amiga con orgullo. Le entusiasmaban el arte, la voz, el rostro y, más que nada, el carácter de Vareñka, que no daba importancia alguna a lo que había hecho y recibía las alabanzas con indiferencia, con el aspecto de limitarse a preguntar: «¿Canto más o no?».

«Si yo estuviese en su lugar, ¡qué orgullosa me habría sentido!», pensaba Kitty. «¡Cuánto me hubiese satisfecho saber que había gente escuchándome bajo la ventana! Y a ella todo eso la deja fría. Sólo la mueve el deseo de no negarse y de complacer a mamá. ¿Qué hay en esta mujer? ¿Qué es lo que le da fuerza para prescindir de todos y permanecer independiente y serena? ¡Cuánto daría por saberlo y poder imitarla!», se decía Kitty, examinando el rostro tranquilo de su amiga.

La Princesa pidió a la joven que cantase más y ella cantó con la misma perfección y serenidad, de pie junto al piano, llevando el compás sobre el instrumento, con su mano fina y morena.

La segunda pieza del papel era una canción italiana. Kitty tocó la introducción y miró a Vareñka.

–Pasemos esto de largo –dijo ruborizándose.

Kitty detuvo la mirada, interrogativa y temerosa, en el rostro de su amiga.

–Bueno, bueno, pasemos a otra cosa… ––dijo precipitadamente Kitty, volviendo las hojas y adivinando que Vareñka tenía algún recuerdo relacionado con aquella canción.

–No –dijo la muchacha, poniendo la mano sobre la partitura y sonriendo–. Cantemos esto.

Y lo cantó tan serena y fría y con tanta perfección como había cantado antes.

Cuando Vareñka acabó, todos le dieron las gracias y se aprestaron a tomar el té. Las dos jóvenes salieron a un jardincillo que había junto a la casa.

–¿No es cierto que tiene usted algún recuerdo relacionado con esa canción? –preguntó Kitty–. No me explique nada –se apresuró a añadir–: dígame sólo si es verdad.

–¿Por qué no? Se lo contaré todo. –repuso Vareñka con sencillez –Tengo, sí, un recuerdo que en tiempos me fue muy penoso. He amado a un hombre y solía cantarle esa romanza.

Kitty, en silencio, con los ojos muy dilatados, miraba conmovida a su amiga.

–Yo lo quería a él y él a mí, pero su madre se oponía a nuestra boda y se casó con otra. Ahora vive cerca de nosotros y a veces lo veo. ¿No había imaginado usted que yo pudiera también tener mi novelita de amor? ––dijo Vareñka.

Y su rostro se iluminó con un débil resplandor que, según presumió Kitty, en otro tiempo debía de iluminarlo por completo.

–¿Que no lo he pensado? Si yo fuera hombre, después de conocerla a usted no podría amar a otra. No comprendo cómo pudo olvidarla y hacerla desgraciada por complacer a su madre. ¡Ese hombre no tiene corazón!

–¡Oh, sí! Es un hombre muy bueno y yo no soy desgraciada; al contrario: soy muy feliz. ¿No cantamos más por hoy? –agregó, aproximándose a la casa.

–¡Qué buena es usted, qué buena! –exclamó Kitty. Y, deteniendo a Vareñka, la besó–. ¡Si yo pudiese parecerme a usted un poco!

–¿Para qué necesita parecerse a nadie? Es usted muy buena tal como es –replicó Vareñka con su sonrisa suave y fatigada.

–No, no soy buena… Pero dígame… Sentémonos aquí, se lo ruego –dijo Kitty, haciéndola sentarse otra vez en el banco, a su lado–. Dígame: ¿acaso no es una ofensa que un hombre desprecie el amor de una, que no la quiera?

–¡Si no me ha despreciado! Estoy segura de que me amaba, pero era un hijo obediente…

–¿Y si no lo hubiese hecho por voluntad de su madre, sino por la suya propia? –repuso Kitty, comprendiendo que descubría su secreto y notando que su rostro, encendido con el rubor de la vergüenza, la traicionaba.

–Entonces se habría comportado mal y yo no sufriría al perderle –repuso Vareñka con firmeza, adivinando que ya no se trataba de ella, sino de Kitty.

–¿Y la ofensa? –preguntó Kitty–. La ofensa es imposible de olvidar…

Hablaba recordando cómo había mirado a Vronsky en el intervalo de la mazurca.

–¿Dónde está la ofensa? Usted no ha hecho nada malo.

–Peor que malo. Estoy avergonzada.

Vareñka movió la cabeza y puso su mano sobre la de Kitty.

–¿Avergonzada de qué? –dijo– Supongo que no diría usted al hombre que le mostró indiferencia que le quería…

–¡Claro que no! Nunca le dije una palabra. Pero él lo sabía. Hay miradas que… Hay modos de obrar… ¡Aunque viva cien años no olvidaré esto nunca!

–Pues no lo comprendo. Lo importante es saber si usted lo ama ahora o no ––concretó Vareñka.

–¡Lo odio! No puedo perdonarme…

–¿Por qué?

–Porque la vergüenza, la ofensa…

–¡Si todas fueran tan sensibles como usted! –repuso Vareñka–. No hay joven que no pase por eso. ¡Y tiene tan poca importancia!

–Entonces, ¿cuáles son las cosas importantes? –preguntó Kitty escrutándole con mirada sorprendida.

–Hay muchas cosas importantes.

–¿Cuáles son?

–¡Oh, muchas! –dijo Vareñka, como no sabiendo qué contestar.

En aquel momento se oyó la voz de la Princesa que llamaba desde la ventana:

–¡Kitty, hace fresco! Toma el chal o entra en casa.

–Cierto; ya es hora de entrar. ––dijo Vareñka, levantándose– Tengo que visitar aún a madame Berta que me lo suplicó…

Kitty la retenía por la mano y la miraba apasionadamente, como si le preguntase: «¿Cuáles son esas cosas importantes? ¿Qué es lo que le infunde tanta serenidad? Usted lo sabe: ¡dígamelo!». Pero Vareñka no comprendía la pregunta de Kitty, ni en qué consistía. Sólo recordaba que tenía que ver a madame Berta y volver a casa de madame Stal a la hora del té, que allí se tomaba a las doce de la noche.

Entró, pues, en la casa, recogió sus papeles de música, se despidió de todos y se dispuso a marchar.

–Permítame que la acompañe –dijo el coronel.

–Claro. ¿Cómo va ir sola por la noche? –apoyó la Princesa–. Por lo menos enviaré a Paracha con usted.

Kitty observaba la sonrisa que Vareñka reprimía con dificultad al oír considerar necesario que la acompañaran.

–No; siempre voy sola y nunca me pasa nada –dijo, tomando el sombrero. Y, besando una vez más a Kitty y omitiendo decirle lo que eran aquellas cosas importantes, desapareció con su paso rápido y sus papeles de música bajo el brazo en la oscuridad de la noche de verano, llevándose consigo el secreto de aquellas cosas importantes y de lo que le proporcionaba aquella dignidad y aquella calma tan envidiables.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 33

Kitty conoció también a madame Stal y esta amistad, unida a la de Vareñka, influyó mucho en ella, consolándola en su aflicción.

El consuelo consistía en que, merced a aquella amistad, se abrió un nuevo mundo para ella, un mundo sin nada de común con el suyo anterior, un mundo elevado desde cuya altura se podía mirar el pasado con tranquilidad. Había descubierto que, además de la vida instintiva a que hasta entonces se entregara, existía una vida espiritual.

Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su infancia y que consistía en asistir a oficios y vísperas en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocida y en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.

La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada.

Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran. Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática, admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay consuelo sino en el amor de Dios y la fe y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación.

Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante», hasta entonces ignorado por ella.

Así, notó que, al preguntarle por sus padres, la Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. También advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura católico, madame Stal procuraba mantener su rostro fuera de la luz de la lámpara mientras sonreía de un modo peculiar.

Por insignificantes que fueran estas observaciones, perturbaban a Kitty, despertando dudas en ella sobre madame Stal. Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni amigos, con su triste desengaño, no esperando nada de la vida ni sufriendo ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba.

Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo, sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante ella. Por las referencias de Vareñka respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida para el futuro. Como la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, doquiera que estuviese, buscar a los desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y leerlos a los enfermos, criminales y moribundos. La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alina, era lo que más seducía a Kitty. Pero la joven guardaba en secreto estas ilusiones sin comunicarlas ni a Vareñka ni a su madre.

En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka.

La Princesa, al principio, no observó sino que su hija estaba muy influida por su engouement, como ella decía, hacia madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su actividad, sino que la imitaba, sin darse cuenta, en su modo de andar, de hablar, hasta de mover las pestañas. Pero después, la Princesa reparó en que se operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual.

Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regalara madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo. Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia.

Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que objetar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la mujer de Petrov era una persona distinguida y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado, llamándola un ángel consolador.

Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar y hubo de advertirla.

–Il ne faut jamais rien outrer.

Kitty, no obstante, nada contestaba, sino que se limitaba a pensar que no puede haber exageración en hacer obras caritativas. ¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la mejilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a quien le quita a uno el traje?

Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos y, más aún, el comprender que su hija ahora no le abría completamente el corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a su madre, sino precisamente por ser madre suya.

Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella.

–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a la Petrova–. La he invitado a venir pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo…

–No lo he notado ––dijo Kitty ruborizándose.

–¿Hace mucho que no las has visto?

–Mañana tenemos que ir a dar un paseo hasta las montañas –repuso Kitty.

–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión.

Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que la Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princesa notó que Kitty volvía a ruborizarse.

–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía aquí a los niños ni viene nunca?

Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella. Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que la Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella pero lo adivinaba. Adivinaba algo que no podía decir a su madre, una de esas cosas que uno sabe pero que no puede ni confesarse a sí mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error.

Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de Ana Pavlovna cuando se encontraban, recordaba sus conversaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médicos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le tenía el niño pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerlo dormir.

¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la figura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus interrogativos ojos azules que al principio asustaban a Kitty y recordó también los esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella.

Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio –como se la inspiraban todos los tuberculosos- y el cuidado con que escogía las palabras que le tenía que decir. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la embargaba en aquellos instantes.

Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los primeros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven.

¿Era posible que la conmovedora alegría que experimentaba Petrov, al llegar ella, fuera la causa de la frialdad de Ana Pavlovna?

« Sí», pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pavlovna, algo que no era propio de su bondad en el acento con que dos días antes le dijera enojada:

–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad…

«Sí; quizá la Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia… Pero él la cogió turbándose y me dio tantas veces las gracias que quedé confundida… Y luego ese retrato mío que ha pintado tan admirable… Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tímida… Sí, sí; eso es», se repetía Kitty, horrorizada. «Pero no debe, no puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión…!»

Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 30 Y 31

miércoles, mayo 22nd, 2013

anna tapa libro
SEGUNDA PARTE – Capítulo 30

Como en todas partes donde se reúne gente, en la pequeña estación balnearia adonde habían ido los Scherbazky se realizó esa especie de cristalización habitual en la sociedad, que hace que cada uno de sus miembros ocupe un lugar definido.

Así como el frío da una forma invariable y fija a cada partícula de agua, convirtiéndola en un fragmento determinado de nieve, así cada nuevo cliente que llegaba al balneario ocupaba su correspondiente lugar.

El príncipe Scherbazky, junto con su esposa e hija se habían cristalizado en el puesto definido que les correspondía, teniendo en cuenta el lugar que ocuparon, su nombre y las relaciones que se habían creado.

Aquel año había llegado a las aguas una verdadera princesa alemana, gracias a la cual la cristalización se realizó más rápidamente.

La princesa Scherbazky se obstinó totalmente en presentar a Kitty a la princesa alemana y al segundo día de llegar efectuó la ceremonia.

Kitty, ataviada con un vestido muy sencillo, es decir muy lujoso, que había sido encargado expresamente a París, saludó profunda y graciosamente a la Princesa.

La princesa alemana dijo: –Espero que las rosas iluminen en breve ese hermoso rostro.

Y los caminos de la vida de los Scherbazky en el balneario quedaron tan fijamente trazados que ya no les fue posible salirse de ellos. Los Scherbazky conocieron a una lady inglesa, a una condesa alemana y a su hijo, herido en la última guerra, a un sabio sueco y al señor Canut y a una hermana suya que le acompañaba.

Pero a quien más trataban los Scherbazky era a una señora de Moscú, Marla Evgenievna Rtischeva, a su hija, antipática a Kitty por estar enferma, como ella, de un amor desgraciado y a un coronel moscovita al que Kitty veía y trataba desde niña y al que recordaba siempre de uniforme y con espuelas, aunque ahora llevaba el cuello al descubierto y usaba corbata de color. Este hombre, de pequeños ojos, era extraordinariamente ridículo y se hacía pesado porque resultaba imposible desembarazarse de él.

Una vez establecido aquel régimen de vida fijo, Kitty se sintió muy aburrida y más aún cuando su padre marchó a Carlsbad y quedó sola con su madre.

Kitty no se interesaba por los conocidos, ya que no esperaba nada nuevo de ellos. Su interés principal en el balneario consistía en observar a los que no conocía y hacer conjeturas sobre ellos. Por inclinación natural de su carácter, Kitty suponía siempre buenas cualidades en los demás y sobre todo en los desconocidos. Y ahora, al hacer suposiciones sobre quien pudiera ser aquella gente, sus relaciones mutuas y sus caracteres, imaginaba que éstos eran agradables y excepcionales y en sus observaciones creía encontrar la confirmación de su creencia.

Le interesaba en especial una joven rusa que acompañaba a una señora enferma, rusa también, a quien todos llamaban madame Stal. Esta dama pertenecía a la alta sociedad. Estaba tan enferma que no podía andar y sólo los días muy buenos se la veía en un cochecillo. No trataba nunca con rusos, lo que, según la princesa Scherbazky, no se debía a su enfermedad, sino al excesivo orgullo que alentaba en ella.

Como Kitty pudo observar, la joven rusa que la cuidaba trataba a todos los enfermos graves, muy abundantes allí, y les atendía con la mayor naturalidad. Siempre con arreglo a sus observaciones, la joven no debía de ser ni pariente de madame Stal ni una enfermera a sueldo. La señora Stal la llamaba Vareñka y los otros mademoiselle Vareñka.

Aparte de que a Kitty le interesaban las relaciones entre madame Stal y Vareñka, así como entre ellas y otras personas a quienes no conocía, Kitty sentía por la joven una simpatía explicable, como sucede a menudo, y, por las miradas que Vareñka le dirigía, se veía que también a ella le agradaba la Princesita.

Vareñka no era lo que puede decirse una muchacha. Parecía un ser sin juventud, a quien tanto se le podían atribuir treinta años como diecinueve. Pero, a juzgar por las líneas de su rostro y pese a su color enfermizo, Vareñka era más bien linda que fea. Habría incluso sido esbelta a no ser por la delgadez extremada de su cuerpo y el volumen de su cabeza, que no guardaba proporción con su estatura; pero no resultaba atrayente para los hombres. Dijérasela una hermosa flor que aún conservara sus pétalos, pero ya mustia y sin perfume… Finalmente, no podía cautivar a los hombres porque le faltaba lo que le sobraba a Kitty: un reprimido ardor vital y la consciencia de sus encantos. Vareñka parecía estar ocupada siempre por algún trabajo que realizaba y le impedía, al parecer, interesarse por ninguna otra cosa.

Era precisamente esta circunstancia, que las hacía distintas, lo que atraía a Kitty más vivamente. Parecía a ésta que en Vareñka, en su manera de vivir, encontraría el modelo de lo que buscaba con tanto ahínco: un interés en la vida, un sentimiento de dignidad personal que nada tuviera en común con aquellas relaciones establecidas en el gran mundo entre muchachos y muchachas y que, ahora, le repugnaban pareciéndole una exhibición humillante, como de mercadería en espera del comprador.

Cuanto más observaba Kitty a su desconocida amiga, tanto más creía que era el ser perfecto que ella imaginaba y tanto más deseaba conocerla personalmente. Cada una de las varias veces que las dos jóvenes se encontraban durante el día, los ojos de Kitty parecían decir:

«¿Quién y qué es usted? ¿Acaso un ser tan bello moralmente como imagino? ¡Pero no piense, por Dios, que deseo imponerle mi amistad! Me basta con quererla y admirarla». «Yo la quiero también, es usted muy gentil. Y la querría más si tuviese tiempo…», se diría que contestaba la joven rusa con la mirada.

Efectivamente, Kitty veía muy ocupada a Vareñka; ora acompañaba a casa a los niños de una familia rusa, ora llevaba una manta a una enferma y la envolvía en ella, ora trataba de calmar a un enfermo excitado, ora iba a comprar pastas de té (1) para alguien…

A poco de la llegada de los Scherbazky hizo su aparición en el manantial una pareja de nuevos personajes que atrajeron la atención general sin despertar ninguna simpatía. El era un hombre algo encorvado, de enormes manazas, vestido con un viejo gabán que le quedaba corto, de ojos negros a la vez ingenuos y feroces; y ella una mujer agraciada, de rostro pecoso, vestida pobremente y con escaso gusto.

Kitty, notando que aquella pareja era rusa, empezó a inventar a su propósito una novela bella y enternecedora.

Pero la Princesa, informada por la Kurlist, el diario local, de que los nuevos viajeros eran Nicolás Levin y María Nicolaevna, informó a Kitty que aquel hombre era una persona poco recomendable, de modo que todas las ilusiones de la muchacha sobre los recién llegados se desvanecieron. No tanto por los informes de su madre como por ser aquel Levin hermano de Constantino, la pareja se hizo todavía más desagradable a Kitty. Para colmo, la costumbre de Nicolás de estirar la cabeza producía en la joven una repulsión instintiva.

Le parecía, por otra parte, que en aquellos ojos grandes y feroces, que la contemplaban con insistencia, se expresaban sentimientos de odio y de burla, por lo que Kitty procuraba evitar a Nicolás Levin siempre que podía.

(1) Pastas de té (pastas de té rusas): aparecieron en Rusia en el siglo XVIII, como dulce para tomar en la ceremonia del té. Tienen una receta relativamente simple, que consiste, generalmente, en frutos secos molidos, harina y agua o, más frecuentemente, mantequilla. Tras hornearlas, se recubren con azúcar impalpable mientras aún están calientes y de nuevo cuando se han enfriado.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 31

Era un día desapacible, había llovido toda la mañana y los enfermos, provistos de paraguas, llenaban la galería.

Kitty paseaba con su madre y el coronel moscovita, que presumía mucho con su americana a la moda europea comprada en Francfort. Iban de un lado a otro de la galería, procurando evitar a Levin, que paseaba por el extremo opuesto.

Vareñka, con su vestido oscuro y su sombrero negro de alas bajas, paseaba con una francesa ciega. Cada vez que se cruzaba con Kitty, ambas cambiaban miradas amistosas.

–¿Puedo hablarle, mamá? –preguntó Kitty, siguiendo con la mirada a su desconocida amiga y observando que se dirigía al manantial donde podrían coincidir.

–Si tanto empeño tienes en conocerla, me informaré primero de quién y cómo es, hablándole yo antes – repuso su madre–. ¿Qué encuentras en ella de particular? Si quieres, te presentaré a madame Stal. He conocido a sa belle soeur –añadió la Princesa irguiendo la cabeza con orgullo.

Kitty sabía que su madre estaba ofendida de que madame Stal fingiera no reconocer a los rusos; no quiso, por lo tanto, insistir.

–¡Es verdaderamente encantadora ––dijo Kitty viendo a Vareñka ofrecer un vaso de agua a la francesa– Cuanto hace resulta en ella espontáneo, agradable…

–Me dan risa tus engouements –dijo la Princesa– Vale más que nos volvamos –agregó, viendo a Levin que avanzaba en su dirección con su compañera y con el médico alemán, a quien hablaba en alta y enojada voz.

Al volver la espalda oyeron, no ya una voz fuerte, sino gritos. Levin gritaba y el doctor alemán estaba irritado también. La gente les rodeó. La Princesa y Kitty se alejaron precipitadamente y el coronel se unió al corro para saber de qué se trataba. Instantes más tarde, el coronel alcanzó a las Scherbazky.

–¿Qué pasaba? –preguntó la Princesa.

–¡Una vergüenza! –repuso el coronel–. ¡Es terrible encontrar a un ruso en el extranjero! Ese señor ruso ha disputado con el médico, diciéndole mil barbaridades, acusándole de que no le cura como debe y hasta amenazándole con el bastón. ¡Es vergonzoso!

–¡Qué cosa tan desagradable! –comentó la Princesa–. ¿Y en qué ha terminado la cosa?

–Gracias a la intervención de aquélla… esa del sombrero que parece una seta. Creo que es una rusa –dijo el coronel.

–¿Mademoiselle Vareñka? –preguntó Kitty con admiración.

–Sí: fue más hábil que todos. Cogió al señor ruso por el brazo y se lo llevó.

–¿Ve, mamá? –dijo Kitty a su madre–. ¡Y todavía le extraña a usted que la admire!

Observando al siguiente día a aquella amiga a quien no trataba aún, Kitty comprobó que Vareñka estaba ya en tan buenas relaciones con Levin y su mujer como con sus demás protégés. La muchacha se acercaba a ellos, les hablaba y servía de intérprete a la mujer, que no sabía ningún idioma extranjero.

Kitty insistió a su madre para que le permitiese tratar a Vareñka. Y, pese a lo desagradable que le parecía a la Princesa ser ella quien iniciase el trato con la señora Stal, que adoptaba aquella actitud orgullosa no se sabía por qué, le habló y se informó de cuanto concernía a nada malo en conocerla. Acercándose, pues, ella misma a la joven, la interrogó. Escogió al efecto un momento en que Kitty había ido al manantial y Vareñka se había detenido junto a un vendedor ambulante de dulces y la abordó.

–Permítame presentarme personalmente. –dijo la Princesa, con una sonrisa llena de dignidad- Mi hija está enamorada de usted. Quizá usted no me conozca. Soy…

–Ese sentimiento es recíproco, Princesa –contestó Vareñka inmediatamente.

–Se portó usted muy bien ayer con nuestro pobre compatriota ––comentó la Princesa.

Vareñka se ruborizó.

–No recuerdo haber hecho nada –repuso.

–¿Cómo no? Evitó usted un lance desagradable a Levin.

–¡Ah, sí! Su compañera me llamó y yo procuré calmarle. El está muy enfermo y se encuentra descontento de su médico. Estoy acostumbrada a tratar enfermos así.

–Sé que vive usted en Menton con su tía. Creo que madame Stal es tía suya, ¿no? He conocido a la belle soeur de su parienta…

–No es tía mía. Aunque la llamo mamam, no soy parienta suya. –dijo Vareñka volviendo a ruborizarse- Pero he sido educada por ella.

Lo dijo con tal sencillez, con tanta suavidad y franqueza en su rostro, que la Princesa justificó al punto que Kitty estuviese enamorada de aquella muchacha.

–¿Y qué va a hacer ahora ese Levin? –preguntó la Princesa.

–Se marcha –respondió Vareñka.

Kitty, radiante de alegría al ver que su madre trataba ya a su desconocida amiga, volvía en aquel momento del manantial.

–Como ves, Kitty, tu ardiente deseo de conocer a la señorita…

–Vareñka –precisó ésta, con una sonrisa–. Así me llaman todos.

Kitty, ruborizándose de alegría, apretó durante largo rato la mano de su nueva amiga, quien no correspondió al apretón, dejando su mano inerte entre los dedos de Kitty. Pero, aunque su mano no correspondiese al apretón de la joven, su rostro se iluminó con una viva sonrisa, alegre y a la vez algo melancólica, que dejaba al descubierto unos dientes grandes pero magníficos.

–También yo deseaba conocerla –dijo Vareñka.

–¡Pero está usted siempre tan ocupada…!

–¡Quia; no tengo nada que hacer! –aseguró la muchacha.

Mas en aquel mismo instante hubo de dejar a sus recientes amigas viendo a dos niñitas rusas, hijas de un enfermo, que corrían hacia ella.

–¡La llama mamá, Vareñka! –gritaban.

Y Vareñka las siguió.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULO 29

martes, mayo 21st, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 29

Todos expresaban su desaprobación en voz alta, repitiendo la frase lanzada por alguien.

–Después de eso, no falta ya más que el circo romano…

El horror se había apoderado de todos, por lo cual el grito de espanto que brotó de los labios de Anna en el momento de la caída de Vronsky a nadie llamó la atención: no había en ello nada extraordinario. Pero poco después, el rostro de Anna expresó un sentimiento más vivo de lo que permitía el decoro, Perdido por completo el dominio de sí misma, comenzó a agitarse como un ave en la trampa, ya queriendo levantarse para ir no se sabía adónde, ya dirigiéndose a Betsy y diciéndole:

–Vámonos, vámonos.

Pero Betsy, inclinada hacia abajo, hablaba con un general y no la oía.

Alexis Alexandrovich se acercó a Anna y le ofreció el brazo galantemente.

–Vayámonos, si quiere –dijo en francés.

Anna escuchaba al general y no reparó en su marido.

–Dicen que se ha roto la pierna. ¡Eso es una barbaridad! ––comentaba el general.

Anna, sin contestar a su marido, tomó los prismáticos y miró hacia el lugar donde Vronsky había caído. Pero estaba bastante lejos y se había precipitado allí tanta gente que era imposible distinguir nada. Anna, bajando los gemelos, se dispuso a marchar. Pero en aquel momento llegó un oficial a caballo a informó al Emperador. Anna se inclinó hacia adelante para escuchar lo que decía.

–¡Stiva, Stiva! –gritó, llamando a su hermano. Mas él, aunque no estaba lejos, no la oyó y ella se dispuso de nuevo a marchar.

–Insisto en ofrecerle mi brazo si quiere irse –dijo su marido, tocando el brazo de Anna.

Ésta se separó de él con repulsión y contestó, sin mirarle a la cara:

–No, no, déjame; me quedo.

Veía ahora que, desde donde cayera Vronsky, un oficial corría a través del campo hacia la tribuna. Betsy le hizo una señal con el pañuelo. El oficial anunció que el jinete estaba ileso, pero que el caballo se había roto la columna vertebral.

Al oírle, Anna se sentó y ocultó el rostro tras el abanico. Karenin veía que su mujer no sólo no podía reprimir las lágrimas, sino que ni siquiera los sollozos que henchían su pecho. Entonces se puso ante ella, para darle tiempo a reponerse sin que los demás notaran su llanto.

–Le ofrezco mi brazo por tercera vez ––dijo a Anna al cabo de un instante.

Ella le miraba, sin saber qué decir. La princesa Betsy corrió en su ayuda.

–No, Alexis Alexandrovich. Anna y yo hemos venido juntas y le he prometido acompañarla a casa– intervino Betsy.

–Perdón, Princesa –dijo Karenin, sonriendo con respeto, pero mirándola fijamente a los ojos– Observo que Anna no se encuentra bien y quiero que regrese a casa conmigo.

Anna se volvió asustada, se puso en pie sumisa y pasó el brazo bajo el de su marido.

–Enviaré a preguntar cómo está Vronsky y se lo avisaré –le dijo Betsy en voz baja.

Al salir de la tribuna, Karenin hablaba, como de costumbre, con los conocidos que iba encontrando. Anna tenía también que hablar y proceder como siempre, pero se sentía muy agitada y avanzaba del brazo de su marido como en una pesadilla.

«¿Se habría matado o no? ¿Sería cierto lo que decían?» Se sentó en silencio en el coche de Karenin, que destacó en breve de entre los demás coches.

A despecho de lo que había visto, Alexis Alexandrovich se negaba a pensar en la verdadera situación de su mujer. No apreciaba más que los signos externos. Ella se había comportado de una manera inconveniente y ahora él consideraba un deber suyo el decírselo. Pero era muy difícil hacerlo sin ir más lejos. Abrió la boca para decir a Anna que su conducta era digna de censura, mas sin querer él dijo una cosa totalmente distinta.

–¡Parece imposible cómo, en el fondo, nos gustan a todos esos espectáculos tan bárbaros! ––comentó– Observo…

–¿Qué? No le comprendo –repuso Anna.

Karenin se sintió ofendido, e inmediatamente comenzó a hablarle de lo que quería.

–He de decirle… –comenzó.

«Ahora viene la explicación», pensó Anna asustada.

–He de decirle que su conducta de hoy no ha sido nada correcta –le dijo su marido en francés.

–¿Por qué no ha sido correcta? –preguntó Anna en voz alta, volviendo rápidamente la cabeza y mirándole a los ojos pero no con la fingida alegría de otras veces, sino con una resolución bajo la cual difícilmente ocultaba sus temores.

–Cuidado –dijo Alexis Alexandrovich señalando la abierta ventanilla delantera por la que podía oírles el cochero. Y, levantándose, subió el cristal.

–¿Qué halla usted de incorrecto en mi conducta? –repitió Anna.

–La desesperación que no supo usted ocultar cuando cayó uno de los jinetes.

Karenin esperaba una réplica, pero Anna callaba, mirando fijamente ante sí.

–Ya le he rogado antes que se comporte correctamente en sociedad, para que las malas lenguas no tengan que murmurar de usted. Hace tiempo le hablé del aspecto espiritual de estas cosas. Ahora ya no me refiero a tal aspecto. Hablo de las conveniencias exteriores. Usted se ha comportado incorrectamente y espero que esto no se repita.

Anna apenas oía la mitad de aquellas palabras. Temía a su marido y a la vez se preguntaba si Vronsky se habría matado o no y si se habrían referido a él al decir que el jinete estaba ileso y el caballo se había roto la columna vertebral. Sólo acertó a sonreír con fingida ironía cuando su marido acabó de hablar. Pero no pudo contestarle nada, porque apenas había entendido nada de lo que él le dijera.

Karenin había comenzado a hablar con mucha energía, mas cuando se dio cuenta de lo que estaba diciendo a su mujer, el temor que ésta experimentaba se le contagió. Vio la sonrisa irónica de Anna y una extraña confusión se apoderó de su mente.

«Sonríe de mis dudas. Ahora va a decirme lo mismo que me dijo entonces: que mis sospechas son infundadas y ridículas…»

Sintiéndose amenazado de oír la verdad, Karenin deseaba vivamente que su mujer le contestase como lo había hecho entonces, que le dijese que sus sospechas eran estúpidas y sin fundamento. Era tan terrible lo que sabía y sufría tanto por ello, que en aquel instante estaba pronto a creerlo todo. Pero la expresión temerosa y sombría del rostro de Anna ahora ni siquiera le prometía el engaño.

–Puede que me equivoque –siguió él– y en ese caso, le ruego que me perdone.

–No se equivoca usted. –dijo lentamente Anna, mirando con desesperación el semblante impasible de su marido– No se equivoca… Estaba y estoy desesperada. Mientras lo escucho a usted estoy pensando en él. Lo amo; soy su amante. No puedo soportarlo a usted; lo aborrezco. Haga conmigo lo que quiera.

E, inclinándose en un ángulo del coche, Anna rompió en sollozos, ocultando la cara entre las manos.

Karenin no se movió ni cambió la dirección de su mirada. Su rostro adquirió de pronto la solemne inmovilidad del de un muerto y aquella expresión no se modificó durante todo el trayecto hasta la dacha. Una vez ante ella, Karenin volvió el rostro hacia su mujer, siempre con la misma expresión.

–Bien. Exijo que guarde usted las apariencias hasta que… –y la voz de Karenin tembló– hasta que tome las medidas apropiadas para dejar a salvo mi honor. Ya se las comunicaré.

Salió del coche y ayudó a Anna a apearse. Le apretó la mano, de modo que los criados lo vieran, se sentó en el coche y volvió a San Petersburgo.

Poco después, llegaba el criado de la Princesa con una nota para Anna. «He mandado una carta a Alexis preguntándole cómo se encuentra. Me contesta que está ileso, pero desesperado.»

«Entonces vendrá», pensó Anna. «¡Cuánto celebro habérselo dicho todo a mi marido!»

Miró el reloj. Faltaban tres horas aún para la cita. Los recuerdos de la última entrevista la llenaban de emoción.

«¡Dios mío, cuánta claridad aún! Es terrible, pero, ¡me gusta ver su rostro y me gusta esta luz fantástica! ¿Y mi marido? ¡Ah, sí! Gracias a Dios todo ha terminado entre nosotros…»

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 26, 27 Y 28

lunes, mayo 20th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 26

Las relaciones de Alexis Alexandrovich con su mujer eran, en apariencia, las mismas de antes. La única diferencia consistía en que él estaba, ahora, más ocupado que nunca.

Como en años anteriores, al llegar la primavera, Karenin fue al extranjero para una cura de aguas, a fin de fortalecer su salud, agotada por el exceso de trabajo del invierno.

Volvió en julio, según acostumbraba y se entregó, con redobladas energías, a su labor habitual. Y también, como siempre, su esposa fue a la casa de veraneo, mientras él quedaba en San Petersburgo.

Después de la conversación sostenida al regreso de la velada en casa de la princesa Tverskaya, Karenin no habló de sus sospechas y celos; pero el tono ligeramente burlón habitual en él y con el cual parecía remedar a alguien, le resultaba ahora muy cómodo para sus relaciones con su mujer. Se mostraba más frío y parecía que estuviera algo descontento a causa de aquella primera conversación nocturna que ella no quiso continuar. En su trato con ella apenas exteriorizaba un leve signo de descontento.

«No quisiste explicarte conmigo… Bien: peor para ti… Ahora serás tú quien pida la explicación y yo me negaré a ella… Sí: peor para ti.»

Así parecía hablar consigo mismo, al modo de un hombre que, esforzándose en vano en apagar un incendio, se irritara contra su propia impotencia y dijese: «¡Ahora vas a quemarte, en justo castigo!».

Karenin, hombre inteligente y experto en los asuntos oficiales, no comprendía, sin embargo, el error de tratar así a su mujer. Y no lo comprendía porque era demasiado terrible, porque para él era insoportable intuir la realidad de su presente situación. Había, pues, cerrado aquel secreto cajón de su alma en el que guardaba sus sentimientos hacia su familia, es decir, hacia su mujer y su hijo. Aunque padre cariñoso, desde fines de aquel invierno estaba muy frío con su hijo y le trataba del mismo modo irónico que a su mujer.

–¡Eh, muchacho! –solía decir para dirigirse al pequeño.

Alexis Alexandrovich, al reflexionar, se decía que ningún año había tenido tanto trabajo como aquél en su oficina, sin reparar en que él mismo inventaba el trabajo para no abrir el cajón en que guardaba los sentimientos hacia su mujer y su hijo, tanto menos naturales cuanto más tiempo los guardaba encerrados en él.

Si alguien se hubiera atrevido a preguntarle lo que pensaba por entonces sobre la conducta de su esposa, el sereno y reposado Alexis Alexandrovich no habría contestado nada, pero se habría incomodado con el que le hubiese dirigido semejante pregunta. De aquí la altiva y seca expresión de su rostro cuando le interrogaban sobre la salud de su mujer, Alexis Alexandrovich deseaba no pensar en los sentimientos y la conducta de Anna; y lo lograba, en efecto.

La dacha de los Karenin estaba en Peterhof. Generalmente, la condesa Lidia Ivanovna pasaba también el verano allí, vecina a Anna y en continuo trato con ella. Pero aquel año, la Condesa no quiso vivir en Peterhof, no visitó a Anna ni una vez e hizo entender a Alexis Alexandrovich que consideraba inconveniente la amistad de Anna con Betsy y Vronsky. Alexis Alexandrovich la interrumpió severamente, diciéndole que Anna estaba por encima de todas las sospechas y, desde entonces, evitó todo trato con Lidia Ivanovna.

Se empeñaba en no ver y por tanto no lo veía, que muchas personas de la alta sociedad miraban con cierta prevención a su mujer. Tampoco quería comprender ni comprendía por qué Anna se obstinaba en ir a vivir a Tsarskoie Selo, donde residía Betsy, cerca del campamento de la unidad de Vronsky. Se prohibía pensarlo y no lo pensaba; pero en el fondo de su alma, aunque no se lo confesase ni lo demostrara, no dejando traslucir ni siquiera la más leve sospecha, sabía con certeza que era un marido burlado y ello le colmaba de desventura.

Antes, muchas veces, durante los ocho años de su vida de casado, tan dichosa, Alexis Alexandrovich, observando a las esposas infieles y a los maridos engañados, se había dicho: «¿Cómo es posible llegar a esto? ¿Cómo pueden vivir sin aclarar tan horrorosa situación?». Mas, ahora que la desgracia se abatía sobre él, no sólo no pensaba en aclarar situación alguna, sino que no quería darse por enterado de ella. Y no quería precisamente porque la situación era horrorosa en exceso, en exceso ilógica.

Desde su regreso del extranjero había estado dos veces en la dacha. Una vez comió allí y otra pasó la tarde con los invitados, pero en ninguna ocasión se quedó por la noche, como hacía en años anteriores.

El día de las carreras, Karenin estuvo muy ocupado. Por la mañana, se trazó el plan de la jornada, resolviendo ir a ver a su mujer, a la dacha, inmediatamente después de comer. De allí se dirigió a las carreras, a las que, por asistir toda la Corte, Karenin no podía faltar. El ir a ver a su esposa se debía a que había resuelto visitarla una vez por semana para guardar las apariencias. Además, aquel día necesitaba entregar a su mujer el dinero preciso para los gastos de la quincena, como acostumbraba hacer. Con su habitual dominio de sus pensamientos, una vez que hubo pensado en todo lo que se refería a Anna, prohibió a su imaginación ir más adelante en lo que a ella se refería.

Karenin pasó la mañana muy ocupado. El día anterior Lidia Ivanovna le había mandado un folleto de un viajero célebre por sus viajes en China que estaba, a la sazón, en San Petersburgo. Lidia Ivanovna acompañaba el envío de una carta, pidiéndole que recibiese al viajero, hombre interesante y útil en muchos sentidos. Alexis Alexandrovich no tuvo tiempo de leer el folleto la tarde antes y hubo de terminarlo por la mañana.

Después empezaron a acudir solicitantes, le presentaron informes, hubo visitas, destinos, despidos, asignación de pensiones, de sueldos, correspondencia… En fin, el trabajo, aquel «trabajo de los días laborables», como decía Alexis Alexandrovich, que le ocupaba tanto tiempo.

Después siguieron dos asuntos personales: recibir al médico y al administrador. Éste no le robó mucho tiempo; no hizo más que entregarle el dinero necesario y un informe sobre el estado de sus asuntos, los cuales no marchaban demasiado bien. Este año habían salido mucho y gastado, en consecuencia, mucho más, de modo que existía déficit. El doctor, célebre médico de la capital, amigo de Karenin, le ocupó, en cambio, bastante tiempo.

Alexis Alexandrovich, que no le esperaba, quedó extrañado de su visita y, sobre todo, de la manera minuciosa con que le preguntó por su salud. Luego le auscultó, le dio algunos golpecitos en el pecho y le palpó finalmente el hígado. Alexis Alexandrovich ignoraba que Lidia Ivanovna, observando que la salud de su amigo no marchaba bien aquel año, había pedido al médico que le examinase cuidadosamente.

–Hágalo por mí –había dicho Lidia Ivanovna.

–Lo haré por Rusia, Condesa –repuso el médico.

–¡Es un hombre inapreciable! –concluyó Lidia Ivanovna.

El médico quedó preocupado por Karenin. El hígado estaba muy dilatado, la nutrición era insuficiente y la cura de aguas no había hecho efecto alguno. Le prescribió el mayor ejercicio físico posible y el mínimo de esfuerzo cerebral. En especial, le dijo que evitara todo disgusto, lo que era tan imposible para Alexis Alexandrovich como prescindir de la respiración. Finalmente, el médico se fue, dejando a Karenin la desagradable impresión de que en su organismo había algo que no marchaba bien y que era imposible remediarlo. El médico, al salir, encontró al administrador de Karenin, Sludin, hombre a quien conocía mucho. Habían sido compañeros de universidad y, aunque se veían raras veces, se estimaban recíprocamente y eran buenos amigos. A nadie, pues, mejor que a Sludin podía exponer el doctor su opinión sobre el enfermo.

–Me alegro de que le haya visitado –dijo Sludin–. Creo que no está bien. ¿Qué le parece?

–Opino –repuso el médico haciendo, por encima de la cabeza de Sludin, señal a su cochero de que acercase el coche– lo siguiente…

Cogió con sus manos blancas uno de los dedos de su guante de piel y lo estiró.

–Es como este guante. Si usted, sin estirarlo, trata de romperlo, le parecerá difícil. Pero tire cuanto pueda, oprima con el dedo y se romperá. Karenin, con su amor al trabajo, su honradez y su tarea, está estirando hasta el máximo… ¡Y hay una presión ajena y bastante fuerte! –concluyo el doctor, arqueando las cejas, significativo.

–¿Estará usted en las carreras? –añadió, mientras bajaba la escalera dirigiéndose a su coche–. ¡Sí, sí, ya comprendo que eso ocupa mucho tiempo! –exclamó en respuesta a algo que le dijera Sludin y no había entendido bien.

Tras el doctor, que estuvo largo rato, como dijimos, llegó el viajero célebre y Alexis Alexandrovich, gracias al folleto que acaba de leer y a su erudición en la materia, sorprendió al visitante con la profundidad de sus conocimientos y la amplitud de su visión en aquel asunto. A la vez que al viajero, le anunciaron la visita del mariscal de la nobleza de una provincia, llegado a San Petersburgo para hablar con Karenin. Cuando éste se hubo marchado, Karenin despachó los asuntos del día con su secretario. Debía, además, hacer una visita a una relevante personalidad para un asunto de importancia.

A duras penas llegó a casa a las cinco, hora justa de comer. Comió con su administrador y le invitó a que le acompañase a su casa veraniega, para ir después a las carreras de caballos.

Alexis Alexandrovich, sin darse cuenta, procuraba ahora que las visitas a su mujer fuesen ante terceros.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 27

Anna estaba en el piso alto, ante el espejo, prendiendo con alfileres un último lazo a su vestido, con ayuda de Anuchka, cuando sintió crujir la grava a la entrada bajo las ruedas de un carruaje.

«Para ser Betsy, es demasiado temprano», pensó.

Asomándose a la ventana, vio el coche, el sombrero negro que se destacaba en él y las orejas tan conocidas de Alexis Alexandrovich.

«¡Qué inoportuno! ¿Será posible que venga a pasar la noche aquí?», pensó Anna.

Y le parecieron tan horribles los resultados que podían derivarse de ello que, para no reflexionar, se apresuró a salir al encuentro de los recién llegados con el rostro radiante y alegre, sintiéndose llena de aquel espíritu de engaño y fingimiento que se apoderaba de ella con frecuencia y bajo cuya influencia comenzó a hablar, sin saber ella misma lo que diría.

–Te agradezco la atención de haber venido –dijo Anna, dando la mano a su esposo y saludando a su acompañante, Sludin, el amigo de confianza, con una sonrisa–. Espero que te quedarás a dormir, ¿no?

Decía lo primero que le inspiraba su espíritu de falsedad.

–Iremos juntos a las carreras… Siento haber quedado con Betsy en que… Vendrá ahora a buscarme.

Alexis Alexandrovich hizo una mueca al oír el nombre de Betsy.

–No separaré a las inseparables –dijo con su habitual acento burlón–. Yo iré con Mijail Vasilievich. Los médicos me recomiendan que pasee. Daré un paseo, pues, y me imaginaré que estoy en el balneario…

–No hay por qué apresurarse; tenemos tiempo –repuso Anna–. ¿Quieres tomar el té?

Y tocó el timbre.

–Sirvan el té y digan a Sergio que ha llegado su papá. ¿Cómo estás de salud? No había usted estado aquí nunca, Mijail Vasilievich… ¡Mire, qué terraza más espléndida tenemos! ¡Vaya usted a verla! –decia Anna, dirigiéndose, ya a uno, ya a otro.

Hablaba con sencillez y naturalidad, pero demasiado y muy deprisa. Ella misma lo notaba, tanto más cuanto que en la mirada de curiosidad de Mijail Vasilievich le pareció leer que trataba de escudriñarla.

Mijail Vasilievich salió a la terraza. Anna se sentó junto a su marido.

–No tienes buena cara –le dijo.

–Hoy me ha visitado el doctor durante una hora –dijo Karenin–. Supongo que le envió alguno de mis amigos. ¡Les preocupa tanto mi salud!

–¿Qué te ha dicho el médico?

Le preguntaba por su salud, por su trabajo; le aconsejaba que fuese a vivir con ella para descansar. Lo decía alegre y rápidamente, con un brillo peculiar en los ojos. Pero Alexis Alexandrovich no daba importancia alguna a su acento. Escuchaba las palabras de Anna, dándoles la significación literal que tenían, contestándole con sencillez, medio en broma. Y aunque en aquella conversación no había nada de particular, jamás en lo sucesivo pudo Anna recordar aquella escena sin experimentar un doloroso sentimiento de vergüenza.

Entró Sergio, precedido de su institutriz. Si Alexis Alexandrovich se hubiera permitido a sí mismo observarle, habría reparado en la mirada temerosa y confusa con que el niño contemplaba primero a su padre y a su madre después. Pero Karenin no quería ver nada y no lo veía.

–¡Hola, muchacho! Has crecido. Te estás haciendo un hombre. ¿Cómo estás, muchacho?…

Y tendió la mano al asustado Sergio.

Éste era antes ya tímido en sus relaciones con su padre, pero ahora, desde que Karenin le llamaba muchacho y desde que el niño empezó a meditar en si Vronsky era amigo o enemigo, tendía a apartarse de su padre. Miró a su madre como buscando protección, ya que sólo a su lado se sentía a gusto. Entre tanto, Alexis Alexandrovich ponía una mano sobre el hombro de su hijo y hablaba con la institutriz. El pequeño se sentía penosamente cohibido y Anna temía que rompiese a llorar.

Al entrar el niño y verle tan inquieto y temeroso, Anna se había sonrojado. Ahora se levantó con premura, quitó la mano de su esposo del hombro del pequeño, besó a éste, le llevó a la terraza y volvió en seguida.

–Ya es hora –dijo, mirando su reloj–. ¿Cómo tardará tanto Betsy?

–Sí, sí –dijo Alexis Alexandrovich.

Se levantó y cruzándose unos con otros los dedos de las manos hizo crujir las articulaciones.

–He venido a traerte dinero, –dijo– porque el pájaro no se mantiene sólo de cantos… Supongo que tendrás ya necesidad de él.

–No, no lo necesito… Digo, sí… –replicó Anna, sin mirarle, ruborizándose hasta la raíz del cabello– ¿Volverás después de las carreras?

–¡Oh, sí! –contestó Alexis Alexandrovich–. ¡Ahí está la beldad de Peterhof, la princesa Tverskaya! – añadió, mirando por la ventana y viendo el coche inglés, con llantas de goma, de caja muy alta y pequeña– ¡Qué elegancia! ¡Qué riqueza! ¡Es admirable! Entonces también nosotros nos vamos.

La Princesa no salió del coche. Su lacayo, calzado con botines, vistiendo esclavina y tocado con un sombrero negro, se apeó al llegar a la puerta.

–Me voy. –dijo Anna– Adiós.

Y después de besar a su hijo, se acercó a su marido y le dio la mano.

–Has sido muy amable visitándome ––dijo.

Alexis Alexandrovich le besó la mano.

–Bien; hasta luego. ¡No dejes de venir a tomar el té! –concluyó su esposa. Y salió, radiante y alegre.

Pero apenas perdió de vista a su marido, recordó la impresión de sus labios en el lugar de su mano que la habían tocado y se estremeció de repugnancia.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 28

Cuando Alexis Alexandrovich llegó a las carreras, Anna estaba sentada, ya al lado de Betsy, en la tribuna donde se congregaba la alta sociedad.

Anna vio a su marido desde muy lejos.

Dos hombres –su marido y su amante– formaban como dos centros de su vida. Sentía su proximidad aun sin ayuda de sus sentidos corporales.

Desde lejos presintió la llegada de su esposo e, involuntariamente, le siguió con los ojos entre las olas de muchedumbre en medio de las cuales se movía.

Le veía acercarse a la tribuna, ora correspondiendo, condescendiente, a los saludos humildes; ora contestando, amistosamente, pero con cierta distracción, a sus iguales; ora espiando con atención la mirada de los poderosos y quitándose su amplio sombrero hongo, calado hasta las puntas de las orejas.

Anna conocía muy bien todas aquellas maneras de saludar a la gente y todas despertaban en ella el mismo sentimiento de antipatía.

«En su alma no hay más que amor a los honores, ambición de triunfar», pensaba. «Las ideas elevadas, el amor a la cultura, a la religión y todo lo demás no son sino medios de llegar a la cumbre.»

Por las miradas que su esposo dirigía a la tribuna, Anna comprendió que la buscaba. Pero Alexis Alexandrovich no lograba descubrir a su mujer entre el mar de muselina, cintas, plumas, sombrillas y colores. Anna, aún sabiendo que la buscaba, fingió deliberadamente no verle.

–¡Alexis Alexandrovich! –gritó la condesa Betsy–. Observo que no encuentra usted a su mujer. Está aquí.

Karenin sonrió con su sonrisa fría.

–Deslumbran ustedes tanto que no sabe uno adónde mirar –repuso. Y se dirigió a la tribuna.

Sonrió a su mujer como debe hacerlo un marido a la esposa que ha visto minutos antes y saludó a la Princesa y a otros conocidos, tratando a cada uno como había de tratarse: es decir, bromeando con las señoras y cambiando cumplidos con los hombres.

Abajo, junto a la tribuna, estaba un ayudante general muy apreciado de Alexis Alexandrovich y muy conocido por su talento e instrucción. Alexis Alexandrovich le habló. Estaban en un intermedio entre dos carreras y nada dificultaba su charla. El ayudante general criticaba el deporte hípico. Alexis Alexandrovich lo elogiaba. Anna escuchaba su voz fina y monótona sin perder una palabra y cada una de ellas le sonaba a falsa y le hería desagradablemente el oído.

Al empezar la carrera de cuatro verstas con obstáculos, Anna se inclinó hacia adelante sin quitar los ojos de Vronsky, que en aquel momento se acercaba a la yegua y montaba. A la vez oía la voz de su marido, aquella voz repulsiva que hablaba sin parar. El miedo de que Vronsky sufriese algún daño la atormentaba y la atormentaba más aún, sin embargo, el percibir la aguda voz incansable de Alexis Alexandrovich con sus entonaciones tan conocidas para ella.

«Soy una mala mujer, una mujer caída», pensaba Anna, «pero no me gusta mentir y no puedo con la mentira. ¡Y mi marido se alimenta de ella! Lo sabe todo, lo adivina todo… ¿Cómo puede, pues, hablar con tanta tranquilidad? Si me hubiese matado o matado a Vronsky, le apreciaría. Pero no. No le interesan más que la mentira y las apariencias».

Así reflexionaba, sin concretar cómo le habría agradado que fuera su marido y lo que habría deseado hallar en él. No comprendía tampoco que la facundia de Alexis Alexandrovich, que tanto la irritaba, era, aquel día, una expresión de su desasosiego y su inquietud interna.

Como un niño que habiéndose hecho daño ejercita sus músculos para calmar el dolor, Alexis Alexandrovich necesitaba aquella actividad cerebral para apagar los recuerdos relativos a su mujer, que en presencia de ella y de Vronsky y oyendo repetir este último nombre sin cesar, reclamaban su constante atención. Y así como para un niño es natural saltar, para él era natural hablar bien y con inteligencia.

Ahora decía:

–El peligro es la condición imprescindible de las cameras de caballos entre militares. Si Inglaterra es la nación que puede exhibir en su historia militar los más brillantes hechos de tropas de caballería, se debe a que ha procurado desarrollar desde siempre el vigor de animales y jinetes. En mi opinión, el deporte tiene mucha importancia. Pero nosotros no vemos nunca más que lo superficial…

–¿Dice usted superficial? –interrumpió la Tverskaya–. Me han dicho que un oficial se rompió una vez dos costillas.

Alexis Alexandrovich sonrió con aquella sonrisa suya que descubría los dientes pero no expresaba más.

–Admitamos, Princesa, que no es superficial, sino profundo. Pero no se trata de eso…

Y Karenin se dirigió de nuevo al ayudante general, con el que hablaba en serio.

–No olvidemos que quienes corren son militares, hombres que han elegido esa carrera. ¡Y cada vocación tiene el correspondiente reverso de la moneda! El peligro entra en las obligaciones del militar. El terrible deporte del boxeo o el riesgo que afrontan los toreros españoles podrá quizá ser signo de barbarie. Pero el deporte sistematizado es signo de civilización.

–No volveré a estas carreras; son demasiado impresionantes, ¿verdad, Anna? –dijo la princesa Betsy.

–Impresionantes, pero subyugan el ánimo –repuso otra señora–. Si yo hubiese sido romana, no habría perdido ni uno de los espectáculos del circo.

Anna, en silencio, miraba con los prismáticos hacia un solo punto.

En aquel momento pasaba por la tribuna un general muy alto. Interrumpiendo la conversación, Alexis Alexandrovich se levantó a toda prisa, aunque no sin dignidad y saludó profundamente al militar.

–¿No corre usted? –le preguntó el general en broma.

–Mi carrera es mucho más difícil –contestó respetuosamente Karenin.

Y aunque la respuesta no significaba gran cosa, el general tomó el aspecto de quien ha oído algo muy ingenioso de boca de un hombre inteligente y en cuyas palabras sabía él percibir bien la pointe de la sauce…

–En estas cosas –seguía Karenin– hay dos puntos a considerar: los actores y los espectadores. Convengo en que el amor a estos espectáculos es signo indudable del bajo nivel mental del público, pero…

–¡Una apuesta, Princesa! –gritó desde abajo la voz de Esteban Arkadievich–. ¿Por quién apuesta usted?

–Anna y yo apostamos por el príncipe Kuzovlev –contestó Betsy.

–Y yo por Vronsky. ¿Va un par de guantes?

–Va.

–¡Qué hermoso espectáculo! ¿Verdad?

Alexis Alexandrovich calló mientras hablaban junto a él y luego recomenzó:

–Conforme con que los juegos no varoniles…

Iba a continuar, pero en aquel momento dieron la salida a los jinetes y todos se levantaron y miraron hacia el riachuelo. Karenin no se interesaba por las carreras. No miró, pues, a los corredores. Sus ojos cansados se dirigieron distraídamente al público y se posaron en Anna. El rostro de su mujer estaba pálido y serio. Se notaba que Anna no veía sino a uno solo de los corredores. Contenía la respiración y su mano oprimía convulsivamente el abanico.

Karenin, después de haberla mirado, volvió precipitadamente la cabeza, dirigiendo la vista a otros semblantes. «Aquella otra señora… y esas otras también… Están muy emocionadas; es natural», se dijo Alexis Alexandrovich.

No quería mirar a Anna, pero involuntariamente sus ojos se volvieron hacia ella. Estudiaba su rostro tratando, y no queriendo a la vez, leer lo que en él estaba tan claramente escrito y, contra su deseo, leía lo que deseaba ignorar.

La primera caída –la de Kuzovlev en el riachuelo– impresionó a todos, pero Karenin leía en el pálido y radiante rostro de Anna el júbilo de que aquel a quien ella miraba no hubiera caído. Cuando Majotin y Vronsky saltaron la valla grande y el oficial que les seguía cayó de cabeza quedando muerto en el acto, Karenin observó que Anna no lo veía ni casi reparaba en el murmullo de horror que agitaba a los espectadores y que apenas sentía los comentarios que se hacían en torno a ella.

Alexis Alexandrovich la miraba cada vez con más insistencia. Anna, aunque absorta en seguir la carrera de Vronsky, sintió la fría mirada de su marido, que la contemplaba de soslayo. Se volvió un momento y le miró a su vez, interrogadora, arrugando ligeramente el entrecejo. Luego volvió a contemplar el espectáculo.

«Me da igual», parecía haber contestado a su esposo. Y no le miró ni una vez más.

Las carreras resultaron desafortunadas. De diecisiete hombres que intervinieron en la última, cayeron y se lesionaron más de la mitad. Al terminar la última carrera, todos estaban muy impresionados. Y la impresión aumentó cuando se supo que el Emperador estaba descontento del resultado de la prueba.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 23, 24 Y 25

lunes, mayo 20th, 2013

anna tapa libro
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 23

Varias veces había probado Vronsky, aunque no tan resueltamente como ahora, de hablar con Anna de su situación. Y cada vez encontraba la misma superficialidad y la misma ligereza de reflexión que ahora demostraba ella al contestar a la proposición que le hacía.

Se diría que existía algo que Anna no quería o no podía aclarar consigo misma, como si cada vez que empezaba a hablar de aquello la verdadera Anna se ensimismara y resultase otra mujer, extraña a él, una mujer a quien no amaba, a la que temía y que le rechazaba.

Pero Vronsky, hoy, estaba resuelto, pasara lo que pasara, a decirlo todo.

–Lo sepa o no su marido, –manifestó con su tono habitual, firme y sereno– a nosotros nos da igual. Pero no podemos continuar así, sobre todo ahora.

–¿Y qué quiere que hagamos? –preguntó ella, con su acostumbrada sonrisa irónica.

Había temido que Vronsky tomara a la ligera su confidencia y ahora se sentía disgustada contra sí misma, al ver que él deducía del hecho la necesidad absoluta de una resolución enérgica.

–Tiene que confesarlo todo a su marido y abandonarle.

–Bien: imagine que se lo confieso. ––dijo Anna– ¿Sabe lo qué pasaría? Se lo puedo decir desde ahora. –y una luz malévola brilló en sus ojos, tan dulces momentos antes– «¿Conque ama usted a ese hombre y mantiene con él relaciones ilícitas? – y al imitar a su esposo subrayó la palabra «ilícitas», como habría hecho Alexis Alexandrovich– Ya le advertí sus consecuencias en el sentido religioso, familiar y social… Usted no ha escuchado mis consejos. Pero yo no puedo deshonrar mi nombre…»– Anna iba a añadir: « ni el de mi hijo», pero no quiso complicar al niño en su burla, y añadió: «deshonrar mi nombre» y alguna cosa más por el estilo. Continuó aún– En resumen, con su estilo de estadista y sus palabras precisas y claras, me dirá que no puede dejarme marchar y que tomará cuantas medidas estén a su alcance para evitar el escándalo. Y hará, serena y escrupulosamente, lo que diga. No es un hombre, sino una máquina. Y una máquina perversa cuando se irrita –añadió, recordando a Alexis Alexandrovich con todos los detalles de su figura, con su modo de hablar, acusándolo de todo lo que de malo podía encontrar en él, no perdonándole nada por aquella terrible bajeza de que ella era culpable ante su marido.

–Anna, –dijo Vronsky, con voz suave y persuasiva, tratando de calmarla– de todos modos hay que decírselo y después, obrar según lo que él decida.

–¿Y tendremos que huir?

–¿Por qué no? No veo posibilidad de seguir así y no sólo por mí, sino porque veo cuánto sufre usted.

–Claro: huir… y convertirme en su amante –dijo Anna con malignidad.

–¡Anna! –exclamó él con tierno reproche.

–Sí: –continuó ella– ser su amante y perderlo todo.

Habría querido decir «perder a mi hijo», pero no le fue posible pronunciar la palabra.

Vronsky no podía comprender que Anna, de naturaleza enérgica y honrada, pudiera soportar aquella situación de falsedades y no quisiera salir de ella. No sospechaba que la causa principal la concretaba aquella palabra «hijo», que Anna no se atrevía ahora a pronunciar.

Cuando Anna pensaba en su hijo y en las futuras relaciones que habría de tener con él si se separaba de su esposo, se estremecía pensando en lo que había hecho y entonces no podía reflexionar; mujer al fin, no buscaba más que persuadirse de que todo quedaría igual que en el pasado y olvidar la terrible incógnita de lo que sería de su hijo.

–Te pido, lo imploro –dijo Anna de repente, en distinto tono de voz, sincero y dulce, y cogiéndole las manos– que no vuelvas a hablarme de eso.

–Pero Anna…

–¡Jamás! Déjame hacer. Conozco toda la bajeza y todo el horror de mi situación. ¡Pero no es tan fácil de arreglar como te figuras! Déjame y obedéceme. No me hables más de esto. ¿Me lo prometes? ¡No, no: prométemelo!

–Te prometo lo que quieras, pero no puedo quedarme tranquilo, sobre todo después de lo que me has dicho. No puedo estar tranquilo cuando tú no lo estás.

–¿Yo? –repuso ella– Es verdad que a veces padezco. Pero eso pasará si no vuelves a hablarme de… Sólo con hablar de ello me atormentas…

–No comprendo… –dijo Vronsky.

–Pues yo sí comprendo –interrumpió Anna– que te es penoso mentir, porque eres de condición honorable y te compadezco. Pienso a veces que has estropeado tu vida por mí.

–Lo mismo pensaba yo de ti en este momento –dijo Vronsky–. ¿Cómo has podido sacrificarlo todo por mí? No podré nunca perdonarme el haberte hecho desgraciada.

–¿Desgraciada yo? –dijo Anna, acercándose a él y mirándole con una sonrisa llena de amor y de felicidad– ¡Si soy como un hambriento al que han dado de comer! Podrá quizá sentir frío, tener el vestido roto y experimentar vergüenza, pero no es desgraciado. ¿Yo desgraciada? No, en esto he hallado precisamente mi felicidad.

Oyó en aquel momento la voz de su hijo que se acercaba y, lanzando una mirada que abarcó toda la terraza, se levantó con apresuramiento.

Sus ojos se iluminaron con un fulgor bien conocido por él, y, con un rápido movimiento, levantó sus manos cubiertas de sortijas, tomó la cabeza de Vronsky, le miró largamente y, acercando su rostro, con los labios abiertos y sonrientes, le besó en la boca y en ambos ojos y luego le apartó.

Quiso marcharse de la terraza, pero Vronsky la retuvo.

–¿Hasta cuándo? –murmuró contemplándola enajenado.

–Hasta esta noche a la una –contestó Anna. Y, suspirando profundamente, se dirigió, con paso rápido y ligero, al encuentro de su hijo.

La lluvia había sorprendido a Sergio en el Parque grande y tuvo que esperar, con el aya, refugiado en el pabellón principal.

–Hasta pronto –dijo Anna a Vronsky–. Dentro de poco tengo que salir para ir a las carreras. Betsy quedó en venir a buscarme.

Vronsky consultó el reloj y salió precipitadamente.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 24

Cuando Vronsky había mirado el reloj en la terraza de los Karenin estaba tan perturbado y tan absorto en sus pensamientos que había visto las manecillas, pero no reparó en la hora que era. Salió a la calle y, con cuidado para no ensuciarse con el barro que cubría el suelo, se dirigió a su coche.

El recuerdo de Anna llenaba hasta tal punto su imaginación que no se daba cuenta de la hora ni de si tenía o no tiempo de ver a Briansky. Como sucede a menudo, no le quedaba sino un sentido instintivo de lo que tenía que hacer, sin que la reflexión entrase en ello para nada.

Se acercó al cochero, que dormitaba a la sombra ya oblicua de un frondoso tilo, miró la nube de mosquitos que volaban sobre los caballos cubiertos de sudor y, después de haber despertado al cochero, saltó al carruaje y le ordenó que se dirigiese a casa de Briansky.

Sólo después de recorrer unas siete verstas se recobró, miró el reloj, vio que eran las cinco y media y se dio cuenta de que iba con retraso.

Había fijadas para aquel día varias carreras: las de los equipos de Su Majestad, las de dos verstas para oficiales, otra de cuatro verstas y al fin la carrera en que él debía tomar parte.

Aún podía llegar a tiempo para la carrera pero si iba a ver a Briansky, muy difícilmente llegaría a tiempo y, desde luego , después de que toda la Corte estuviese ya en el hipódromo, era algo improcedente. Pero había dado la palabra a Briansky y resolvió continuar, ordenando al cochero que no tuviese compasión de los caballos.

Llegó a casa de Briansky, se detuvo cinco minutos en ella y volvió atrás a todo trotar.

La rápida carrera le calmó. Cuanto había de penoso en sus relaciones con Anna, lo indeciso que quedara el asunto después de su conversación, todo se le fue de la memoria y ahora pensaba con placer en la carrera, a la que llegaría a tiempo sin ninguna duda; y, de vez en cuando, la dicha de la entrevista que había de tener con Anna aquella noche pasaba por su imaginación como una luz deslumbradora.

La emoción de la próxima carrera se apoderaba de él, cada vez más, a medida que se iba adentrando en el ambiente de ella, dejando rezagados los coches de aquellos que, desde San Petersburgo y las casas de veraneo, se dirigían al hipódromo.

En su casa no había nadie: todos estaban en las carreras. El criado le esperaba en la puerta.

Mientras se cambiaba de ropa, el criado le anunció que la segunda carrera había comenzado, que habían estado preguntando por él muchos señores y que el mozo de cuadras había ido ya dos veces a buscarle.

Una vez vestido sin apresurarse, ya que nunca se precipitaba ni perdía su serenidad, Vronsky ordenó al cochero que le condujese a las cuadras.

Se veía desde allí el mar de coches, de peones, de soldados que rodeaban el hipódromo y las tribunas llenas de gente. Debía de estar celebrándose la segunda carrera, porque en el momento que él entraba en las cuadras se oyó sonar una campana.

Acercándose al establo, vio a «Gladiador», el caballo rojo de piernas blancas de su competidor Majotin, al que llevaban al hipódromo cubierto con gualdrapa de color naranja y azul marino. Sus orejas, merced al adorno azul que llevaba encima, parecían inmensas.

–¿Y Kord? –preguntó al palafranero.

–En la cuadra, ensillando el caballo.

El establo estaba abierto y «Fru–Fru» ensillada. Iban a hacerla salir.

–¿No llego tarde?

–All right, all right! –dijo el inglés–. Todo va bien.

Vronsky miró una vez más las elegantes líneas de su querida yegua, cuyo cuerpo temblaba de pies a cabeza, y salió de la cuadra, costándole separar la vista del animal. Llegó a las tribunas en el momento oportuno para no atraer la atención sobre sí.

La carrera de dos verstas acababa de terminar y ahora los ojos de todos estaban fijos en un caballero de la Guardia, seguido de un húsar de la escolta imperial, que en aquel momento, animando a sus caballos con todas sus fuerzas, alcanzaba la meta.

Desde el centro de la pista y desde el exterior, la multitud se precipitaba hacia la meta. Un grupo de oficiales y soldados expresaba con sonoras aclamaciones su alegría por el triunfo de su oficial y camarada.

Vronsky se mezcló en el grupo, sin atraer la atención, casi a la vez que sonaba la campana anunciando el final de la carrera.

El caballero de la Guardia, alto, cubierto de barro, que había llegado en primer lugar, acomodóse con todo su peso en la silla y comenzó a aflojar el bocado de su potro gris, que respiraba ruidosamente, cubierto todo de sudor. El corcel, moviendo los pies con esfuerzo, refrenó la marcha veloz de su enorme cuerpo. El caballero de la Guardia miró en torno suyo como despertando de una pesadilla y sonrió con esfuerzo. Un grupo de amigos y desconocidos le rodeó.

Vronsky evitaba adrede los grupos de personas distinguidas que se movían pausadamente charlando ante las tribunas. Divisó a la Karenina y a Betsy, así como a la esposa de su hermano. Pero no se acercó para que no le entretuviesen. Mas a cada paso encontraba conocidos que le paraban, a fin de contarle los detalles de las carreras y de preguntarle la causa de que llegara tan tarde.

Los corredores fueron llamados a la tribuna para recibir los premios y todos se dirigieron hacia allí.

El hermano mayor de Vronsky, Alejandro, coronel del ejército, un hombre más bien bajo, pero bien formado, como el propio Alexis, y más guapo, con la nariz y las mejillas encendidas y el rostro de alcohólico, se le acercó.

–¿Recibiste mi nota? ––dijo–. No pude encontrarte.

A pesar de la vida de libertinaje y, sobre todo, de embriaguez que llevaba, y que le había hecho célebre, Alejandro Vronsky era un perfecto cortesano.

Ahora, al hablar con su hermano de aquel asunto desagradable, sabía que tenían muchos ojos fijos en ellos y, por tanto, afectaba un aspecto sonriente, como si estuviese bromeando con su hermano sobre cosas sin importancia.

–La recibí y no comprendo de qué te preocupas tú –contestó Alexis.

–Me preocupo de que ahora mismo me hayan advertido de que no estabas aquí y de que el lunes se te viera en Peterhof.

–Hay asuntos que sólo deben ser tratados por las personas interesadas en ellos y el asunto a que te refieres es de esa clase.

–Sí; pero en ese caso no se continúa en el servicio, no…

–Te ruego que no te metas en eso y nada más.

El rostro de Alexis Vronsky palideció y su saliente mandíbula comenzó a temblar, lo que le sucedía raras veces. Hombre de corazón, se enfadaba en pocas ocasiones; pero cuando se enojaba y comenzaba a temblarle la barbilla, era peligroso.

Alejandro Vronsky, que lo sabía, sonrió con jovialidad.

–Lo principal era que quería llevarte la carta de mamá. Contéstala y no te preocupes de nada antes de la carrera. Bonne chance! –añadió, sonriendo. Y se separó.

En seguida un nuevo saludo amistoso detuvo a Vronsky.

–¿Ya no conoces a los amigos? Buenos días, mon cher –dijo Esteban Arkadievich, quien entre la esplendidez petersburguesa brillaba no menos que en Moscú con su semblante encendido y sus patillas lustrosas y bien cuidadas–. He llegado ayer y me encantará asistir a tu triunfo. ¿Cuándo nos vemos?

–Podemos comer juntos mañana –repuso Vronsky y, apretándole el brazo por encima de la manga del abrigo, mientras se excusaba, se dirigió al centro del hipódromo, adonde llevaban ya los caballos para la gran carrera de obstáculos.

Los caballos, cansados y sudorosos, que habían corrido ya, regresaban a sus cuadras conducidos por los palafreneros, y uno tras otro iban apareciendo los que iban a correr ahora. Eran caballos ingleses en su mayoría, embutidos en sus gualdrapas que les asemejaban a enormes y extraños pajarracos. La esbelta y bella «Fru–Fru» estaba a la derecha y, como en el establo, golpeaba sin cesar el suelo con sus largos y elegantes remos.

No lejos de ella quitaban su gualdrapa a « Gladiador». Las recias, bellas y armoniosas formas del caballo, su magnífica grupa y sus cortos remos llamaron involuntariamente la atención de Vronsky.

Fue a acercarse a su caballo, pero una vez más le entretuvo un conocido.

–Por allí anda Karenin buscando a su mujer –dijo el conocido–. Ella está en el centro de la tribuna. ¿La ha visto?

–No, no la he visto –contestó Vronsky.

Y, sin volverse siquiera hacia la tribuna donde le decían que estaba la Karenina, se dirigió hacia su caballo.

Apenas tuvo Vronsky tiempo de mirar la silla, sobre la cual tenía que dar algunas indicaciones, cuando llamaron a los corredores a la tribuna para darles números e instrucciones sobre la carrera. Diecisiete oficiales, con los rostros serios y reconcentrados y algunos bastante pálidos, se reunieron junto a la tribuna y recibieron los números. A Vronsky le correspondió el siete.

Sonó la orden:

–¡A caballo!

Notando que, entre los demás corredores, era el centro en que convergían todas las miradas, Vronsky se acercó a su caballo, sintiéndose algo violento, a pesar de su serenidad habitual.

En honor a la solemnidad de la carrera, Kord había vestido su traje de gala: levita negra abrochada hasta arriba, cuello duro, muy almidonado, que sostenía sus mejillas en alto, sombrero negro y botas de montar. Tranquilo y con aires de importancia, como siempre, estaba ante el caballo, al que sostenía por las riendas.

«Fru–Fru» seguía temblando como si tuviera fiebre. Su ojo lleno de fuego miraba de soslayo a Vronsky, que se acercaba. Vronsky introdujo el dedo bajo la cincha y la yegua torció el ojo más aún y bajó una oreja. El inglés hizo una mueca con los labios, queriendo insinuar una sonrisa ante la idea de que pudiese dudarse de su pericia en el arte de ensillar.

–Monte; así no estará usted tan agitado.

Vronsky dirigió la vista hacia atrás, para ver por última vez a sus competidores, pues sabía que no podría ya verles durante toda la carrera. Dos de ellos estaban ya en el lugar de partida. Galzin, amigo de Vronsky y uno de los antagonistas peligrosos, giraba en torno a su potro bayo, que no se dejaba montar. Un menudo húsar de la Guardia, con estrechos calzones de montar, trotaba muy encorvado sobre la grupa del caballo queriendo imitar a los ingleses. El príncipe Kuzovlev cabalgaba, muy pálido, su yegua de pura sangre, de la yeguada de Grabovsky, que un inglés llevaba por la brida. Vronsky y todos sus amigos conocían a Kuzovlev su «debilidad nerviosa» y el terrible amor propio que le caracterizaba. Sabían que Kuzovlev tenía miedo de todo: miedo incluso de montar un caballo militar corriente. Pero ahora, precisamente porque existía peligro, porque podía uno romperse la cabeza y porque junto a cada obstáculo había médicos, enfermeras y un furgón con una cruz pintada, había resuelto correr.

Las miradas de los dos se encontraron y Vronsky le guiñó el ojo amistosamente y con aire de aprobación. Pero en realidad no veía más que a un hombre, su antagonista más terrible: Majotin sobre «Gladiador».

–No se precipite –dijo Kord a Vronsky– ni se acuerde de usted mismo. No contenga a la yegua ante los obstáculos, no la fuerce; déjela obrar como quiera.

–Bien, bien –dijo Vronsky, empuñando las riendas.

–De ser posible, póngase a la cabeza de los corredores, pero si no lo logra, no pierda la esperanza hasta el último momento, aunque quede muy rezagado.

Antes de que el caballo se moviera, Vronsky, con un movimiento ágil y vigoroso, puso el pie en el cincelado estribo de acero y asentó, con firme ligereza, su cuerpo recio en la crujiente silla de cuero. Su pie derecho buscó el estribo con un movimiento maquinal y acomodó las dobles bridas entre los dedos.

Kord apartó las manos.

Como vacilando sobre el pie con que debía pisar antes, «Fru–Fru» estiró el largo cuello, dejando tensas las riendas y se movió como sobre resortes, meciendo al jinete sobre su lomo flexible.

Kord los seguía apresurando el paso. El caballo, nervioso, como queriendo desconcertar al jinete, tiraba de las riendas, ora de un lado, ora de otro y Vronsky trataba en vano de calmarle con la mano y con las palabras. Se acercaban ya al riachuelo protegido por una barrera donde estaba el lugar de partida.

Muchos de los jinetes iban delante, otros muchos detrás. De improviso, Vronsky sintió tras de sí, en el barro del camino, el pisar de un caballo y Majotin le adelantó sobre su patiblanco «Gladiador» de grandes orejas. Majotin sonrió mostrando sus grandes dientes, pero Vronsky le miró con seriedad. En general, no sentía ningún aprecio por él. Pero ahora le irritaba, además, el considerarlo el más peligroso de los concursantes y el que le hubiese pasado delante.

Excitó a «Fru–Fru», la cual levantó la pata izquierda para trotar y dio dos corvetas. Luego, furiosa contra aquellas bridas tenazmente tensas, trotó con sacudidas que hacían tambalearse en la silla al jinete. Kord arrugó el entrecejo y echó a correr a grandes zancadas para alcanzar a Vronsky.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 25

Eran en total diecisiete los oficiales que intervenían en la carrera de obstáculos, la cual se celebraba sobre una enorme elipse de cuatro verstas de longitud.

En aquella elipse había nueve obstáculos: un arroyo, una valla de dos arquinas de alto ante la tribuna, una zanja seca, otra con agua, un montículo de elevada pendiente y un obstáculo de doble salto, consistente en una valla cubierta de ramaje seco tras la cual había una zanja, invisible para el caballo, que debía saltar, valla y zanja de una vez, so pena de matarse. Aquél era el obstáculo más peligroso.

Había dos zanjas más, una con agua y otra sin ella. La meta estaba ante la tribuna.

La carrera no comenzaba en la elipse, sino a unos cien sajens de ella, a un lado. Ya en aquel trayecto se encontraba el primer obstáculo: una valla seguida de un arroyo que los jinetes podían, según quisieran, saltar o vadear.

Por tres veces se alinearon los jinetes, pero siempre se adelantaba algún caballo y era preciso volver a empezar. El juez de partida, coronel Sestrin, empezaba ya a irritarse. Al fin, a la cuarta vez, dio la señal y los caballos salieron disparados.

Los ojos de todos, todos los prismáticos, se concentraban en el pequeño grupo de jinetes mientras se alineaban, –¡Han dado ya la salida! ¡Ya corren! –se oyó gritar por todas partes, tras el silencio que precedió a la señal de partida. Y los grupos de espectadores y los peones aislados comenzaron a correr de un sitio a otro para ver mejor la carrera.

Desde el principio, el grupo de jinetes se dispersó. De dos en dos, de tres en tres, o individualmente, se acercaban al riachuelo.

Para los simples espectadores, todos los caballos corrían a la vez, mas los expertos apreciaban diferencias de segundos que tenían gran importancia para ellos.

«Fru–Fru», nerviosa y demasiado excitada, se retrasó en el primer momento y algunos caballos partieron antes que ella. Pero cuando aún no habían llegado al arroyo, Vronsky, dominando al animal, que tiraba siempre de las bridas, adelantó fácilmente a tres de los jinetes.

«Gladiador», montado por Majotin, le llevaba ventaja. El rojo caballo galopaba, fácil y rítmicamente, ante el propio Vronsky.

Y, delante de todos, la magnífica yegua «Diana» llevaba sobre sus lomos a Kuzovlev, más muerto que vivo.

Al principio, Vronsky no era dueño del caballo ni de sí mismo; hasta llegar al primer obstáculo, el riachuelo, no pudo dirigir los movimientos del animal.

«Gladiador» y «Diana» llegaban a la vez al obstáculo. Casi en el mismo instante se levantaron, saltaron sobre el riachuelo y pasaron sin esfuerzo al otro lado.

Igualmente, «Fru–Fru» saltó tras ellos. Vronsky, apenas se sintió levantado en el aire, vio de pronto, casi bajo las patas de su cabalgadura, a Kuzovlev, que trataba de desembarazarse de «Diana», caída a la otra orilla del arroyo.

Kuzovlev había soltado las riendas después de saltar y el caballo cayó cabeza abajo con él.
Los detalles de la caída no los supo Vronsky hasta más tarde. Ahora sólo veía el peligro de que «Fru– Fru» pusiese los cascos sobre la cabeza o una pata de «Diana». Pero «Fru–Fru» , como una gata al caer, hizo, mientras saltaba, un esfuerzo de remos y grupa y, dejando a «Diana» a un lado, siguió adelante.

«¡Oh, mi cara yegua!», pensó Vronsky.

Tras el salto del riachuelo, Vronsky dominaba ya completamente al animal. Proponíase saltar el obstáculo principal detrás de Majotin y, en la distancia siguiente, libre de obstáculos, de una longitud de doscientos sajens, tratar de pasarle.

La valla más grande estaba ante la tribuna del Zar.

El Emperador, toda la Corte, grandes masas de público, los contemplaban. Él y Majotin avanzaban galopando. Majotin le llevaba un cuerpo de distancia al llegar al «diablo», como llamaban a aquella barrera.

Vronsky sentía los ojos del público puestos en él desde todas partes, pero no veía nada, excepto las orejas y el cuello de su caballo, excepto la tierra que corría a su encuentro, excepto la grupa roja y las piernas blancas de «Gladiador», siempre a la misma distancia delante de él.

«Gladiador» se irguió en el aire, agitó su breve cola y desapareció de los ojos de Vronsky sin haber rozado el obstáculo.

–¡Bravo! –se oyó gritar.

En el mismo instante, las tablas de la barrera pasaron ante los ojos de Vronsky. Sin una sola agitación, el caballo se levantó bajo el jinete, las tablas desaparecieron y sólo sintió detrás de él el ruido de un ligero golpe.

«Fru–Fru», inquieta por ver delante a «Gladiador», había saltado demasiado pronto, tropezando en la barrera con uno de los cascos traseros.

Pero su carrera no se interrumpió. Vronsky recibió en el rostro una pella de barro, comprobando casi a la vez que le separaba de «Gladiador» la misma distancia de antes. Veía otra vez sus ancas ante sí, su cola corta y sus patas blancas, que se movían rápidamente pero sin agrandar la distancia.

En el instante en que Vronsky pensaba que era preciso adelantar a Majotin, «Fru–Fru», espontáneamente, adivinando su pensamiento sin que él la excitase, aceleró su carrera acercándose a Majotin por el lado de las cuerdas, que era el más favorable. Pero Majotin corría demasiado cerca de las cuerdas impidiéndole pasar. Pensó Vronsky que el único recurso que le quedaba era pasarle por el lado de fuera y apenas lo hubo pensado, cuando ya «Fru–Fru» , cambiando de pata, comenzaba a adelantarle por allí precisamente.

Los flancos de «Fru–Fru», que empezaban a cubrirse de sudor, estaban ya a la altura de la grupa de su rival.

Corrieron, un rato, muy juntos el uno del otro, pero al llegar al obstáculo, Vronsky, para pasar más cerca de la cuerda, empleó las bridas y, en el mismo montículo, adelantó a Majotin.

Al pasarle, vio el rostro de su competidor manchado de barro y se le figuró que sonreía. Vronsky lo había adelantado, pero lo sentía a sus talones y oía incesantemente el galope sostenido y la respiración tranquila, sin muestra de fatiga alguna, de las narices de «Gladiador».

Los dos obstáculos siguientes, una zanja y una valla, se salvaron con facilidad; pero Vronsky comenzó a sentir más cercano el galope y la respiración del caballo rival. Acució a la yegua y notó con alegría que aumentaba la velocidad fácilmente. El ruido de los cascos de «Gladiador» volvió a sonar a la distancia de antes.

Vronsky estaba a la cabeza de la carrera, como se proponía y como le aconsejara Kord y ahora se sentía seguro del triunfo. Su emoción, su alegría y su afecto por «Fru–Fru» crecían en él con aquella seguridad.

Habría deseado mirar tras de sí pero no se atrevía y procuraba calmarse y no acuciar a la yegua para que corriese más, a fin de conservar sus fuerzas intactas, como adivinaba que las conservaba «Gladiador».

No quedaba ya más que un obstáculo: el más difícil. Si lo salvaba antes que los demás, llegaría el primero a la meta. Estaba ya cerca de él. Vronsky y «Fru–Fru» lo divisaban desde lejos; y a la vez, su yegua y él experimentaron un instante de vacilación. Notó la inseguridad de su cabalgadura en un movimiento de sus orejas y levantó la fusta. Pero comprendió en seguida que su temor no tenía ningún fundamento; la yegua sabía lo que tenía que hacer. «Fru–Fru» adelantó el paso y, con precisión, exactamente como él lo había deseado, se levantó en el aire con gran impulso y se entregó a la fuerza de la inercia, que la lanzó un buen espacio más allá de la zanja. Al mismo paso, sin esfuerzo, sin cambiar de pie, «Fru–Fru» continuó la carrera.

–¡Bravo, Vronsky! –oyó gritar desde un grupo.

Eran los compañeros de su regimiento que estaban próximos a aquel obstáculo y entre sus voces Vronsky reconoció la de Yachvin, pero no le vio.

«¡Qué encanto de animal», pensaba Vronsky por «Fru-Fru» , mientras aguzaba el oído para saber lo que pasaba detrás. «También ha saltado», se dijo luego, al sentir cerca de él el galope de «Gladiador».

Quedaba un obstáculo: una zanja con agua, de una anchura de dos arquinas.

Vronsky no la miraba. Para llegar el primero con mucha ventaja sobre los demás, comenzó a mover las bridas de un modo oblicuo a la marcha del caballo, haciéndole levantar y bajar la cabeza. Notaba que «Fru–Fru» tenía las fuerzas agotadas: no sólo estaba cubierta de sudor por el cuello y el pecho, sino que hasta en la cabeza y en las finas orejas se le veían también algunas gotas y respiraba con dificultad, de manera entrecortada. Vronsky confiaba, sin embargo, en que para las doscientas sajens que restaban le sobrarían aún energías. Por la impresión de sentirse más cerca del suelo y por una peculiar suavidad de los movimientos de «Fru–Fru», Vronsky se dio cuenta de que su caballo había aumentado la velocidad. Voló sobre la zanja casi sin notarlo, como un pájaro. Pero, en el mismo instante, el jinete advirtió con terror que, no habiéndose apresurado a seguir el impulso del animal, él, sin saber cómo, había hecho un movimiento en falso, un movimiento imperdonable, bajándose con violencia en la silla.

Su situación cambió de repente: comprendió que sucedía algo horrible. Antes de darse cuenta de la velocidad, pasaron a su lado, como un relámpago, las patas blancas del caballo rojo y Majotin, de un salto, le adelantó. Vronsky tocaba el suelo con un pie y su corcel se inclinaba hacia aquel lado.

Apenas tuvo tiempo de libertar su pierna, cuando «Fru–Fru» cayó de costado, respirando con dificultad y haciendo inútiles esfuerzos para levantarse, irguiendo el fino cuello cubierto de sudor.

Ya en tierra, agitó las patas como un pájaro herido.

El torpe movimiento del jinete le había roto la columna vertebral.

Vronsky no lo supo hasta mucho después. Ahora sólo veía a Majotin alejándose, mientras él, chapoteando en la tierra sucia, permaneció inmóvil junto a la yegua tendida de costado, que respiraba anhelosamente, alargando la cabeza hacia él y mirándole con sus hermosos ojos.

Sin comprender aún lo sucedido, Vronsky tiraba de las bridas del animal.

«Fru–Fru» se agitó de nuevo como un pez fuera del agua, haciendo temblar la silla con la afanosa respiración que henchía sus flancos. Luego levantó las patas delanteras, pero le faltaron fuerzas para erguir las posteriores; vaciló y cayó otra vez de lado.
Con el rostro desfigurado de ira, pálido, temblándole la mandíbula, Vronsky dio un taconazo al animal en el vientre y de nuevo tiró de las riendas. Pero el caballo no se movía. Hundiendo la boca en la tierra miraba a su amo con elocuentes ojos.

–¡Oh! –gimió Vronsky, llevándose las manos a la cabeza–. ¡Oh! ¿Qué he hecho? –gritó–. ¡He perdido la carrera! ¡Y por mi culpa, por mi vergonzosa a imperdonable culpa! ¡Y he perdido mi yegua, mi pobre y querida «Fru–Fru»! ¿Qué he hecho?

La gente, el médico, su ayudante, los oficiales del regimiento de Vronsky corrieron hacia él. Para su desgracia, se sabía ileso.

El caballo tenía rota la columna vertebral y decidieron rematarlo. Vronsky no pudo contestar a las preguntas, no pudo hablar con nadie. Volvió la espalda a todos y, olvidando recoger su gorra, que había caído en tierra, se marchó del hipódromo sin saber él mismo a dónde iba. Se sentía desesperado. Por primera vez en su vida era víctima de una desgracia, una desgracia irremediable de la que sólo él tenía la culpa.

Yachvin le alcanzó, llevándole su gorra y le acompañó hasta la casa. Media hora más tarde, Vronsky había reaccionado. Pero el recuerdo de aquella carrera persistió durante mucho tiempo en su memoria como el más terrible y penoso de su vida.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 21 Y 22

sábado, mayo 18th, 2013

anna tapa libro

SEGUNDA PARTE – Capítulo 21

La cuadra provisional donde habían llevado su yegua el día anterior era una construcción de madera al lado mismo del hipódromo. Vronsky no la había visto aún. Durante los últimos días no la sacaba a pasear él mismo, sino su entrenador, así que ignoraba en qué estado podía hallarse la cabalgadura. Apenas descendió del cabriolé, el palafrenero, que había reconocido el coche desde lejos, llamó al entrenador. Éste apareció. Era un inglés seco, que calzaba botas altas y vestía chaqueta corta, con un mechón de pelo en la barbilla. Andaba con el paso algo torpe de los jockeys, muy separados los codos y le salió al encuentro balanceándose.

–¿Cómo va «Fru–Fru» ? –preguntó Vronsky en inglés.

All right, sir –contestó el inglés con voz gutural y profunda–. Será mejor que no pase a verla –añadió, quitándose el sombrero–. Le he puesto el bocado y está agitada. Es preferible no inquietarla.

–Voy, voy. Quiero verla.

–Vayamos, pues –pronunció el inglés, casi sin abrir la boca. Y, moviendo los codos, penetró en la cuadra con desgarbado andar.

Penetraron en un pequeño patio que precedía al establo. El mozo de servicio, hombre de buena estatura, vestido con un guardapolvo limpio y empujando una escoba, les siguió.

En la cuadra había cinco caballos en sus respectivos lugares. Vronsky sabía que también estaba allí su competidor más temible, «Gladiador», el caballo rojo de Majotin.

Más que su caballo, interesaba a Vronsky examinar a «Gladiador», al que nunca había visto hasta entonces. Pero la etiqueta vigente entre los aficionados a caballos prohibía no sólo ver los del antagonista, sino ni siquiera preguntar por ellos.

Mientras avanzaba por el pasillo, el mozo abrió la puerta del segundo departamento a la izquierda y Vronsky vio un enorme caballo rojo, de remos blancos. Sabía que aquél era «Gladiador», pero Vronsky volvió la cabeza con el sentimiento de un hombre educado que vuelve el rostro para no leer la carta abierta de un tercero, aunque su contenido le intrigue. Luego se acercó al departamento de «Fru–Fru».

–Ahí está el caballo de Mah… Mak… ¡No consigo pronunciar ese nombre! –dijo el inglés, indicando con su pulgar de sucia uña el departamento de «Gladiador».

–¿De Majotin? Sí; es mi competidor más temible –afirmó Vronsky.

–Si usted lo montara, yo apostaría por usted ––dijo el inglés.

–«Fru–Fru» es más nerviosa y «Gladiador» más fuerte –repuso Vronsky, correspondiendo con una sonrisa a aquel cumplido que se hacía a su pericia de jinete.

–En las cameras de obstáculos es cuestión de saber montar bien y de pluck –dijo el inglés. Y con esta palabra quería significar osadía y arrojo. Vronsky no sólo creía tener el suficiente, sino que estaba persuadido de que nadie en el mundo podía tener más pluck que él.

–¿Cree usted que es precisa mayor sudoración?

–No es necesario. Pero, no hable tan alto, por favor –contestó el inglés–. El caballo se inquieta –añadió señalando con la mano el departamento cerrado ante el cual se hallaban y del que salía un ruido de cascos golpeando la pala.

Abrió la puerta y Vronskv entró en el establo, débilmente iluminado por una ventanita. En el establo, agitando las patas sobre la paja fresca, estaba la yegua, baya oscura, con el freno puesto.

Ya acostumbrado a la media luz del establo, Vronsky pudo apreciar una vez más, de una ojeada, las características de su animal preferido. «Fru–Fru» tenía regular alzada y, al parecer, no carecía de defectos. Sus huesos eran demasiado frágiles y, aunque de tórax saliente, resultaba estrecha de pecho. Tenía la grupa algo hundida y en los remos delanteros y, más aún, en los traseros, se notaba una evidente tosquedad. Los músculos de las patas no eran fuertes y en cambio el vientre resultaba muy ancho, lo que sorprendía considerando la dieta y también las enjutas ancas del animal. Los huesos de las patas no parecían, bajo las corvas, más anchos que un dedo si se los miraba de frente, pero resultaban muy sólidos si se examinaban de lado.

La yegua, en conjunto, salvo si se la miraba de flanco, resultaba apretada de lados y prolongada hacia abajo. Pero poseía en grado sumo una cualidad que hacía olvidar sus defectos: la «sangre», como se dice con arreglo a la expresión inglesa. Entre la red de sus nervios, sus prominentes músculos, dibujándose a través de la piel fina, flexible y suave como el raso, parecían tan fuertes como los huesos. La cabeza, flaca, de ojos salientes, alegres y brillantes, se ensanchaba hacia la boca, mostrando en las fosas nasales la membrana rica de sangre. Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite. Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola.

Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y torciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de sangre, miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies.

–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés.

–¡Quieta, querida, quieta…! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole.

Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, «Fru – Fru» se calmó y sus músculos temblaron bajo la piel suave y fina. Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las narices del animal, finas y tensas como alas de murciélago. La yegua hizo una ruidosa aspiración, dejó escapar el aire por las narices trémulas, bajó una oreja y alargó hacia Vronsky el belfo negro y fuerte, como si quisiera coger la manga de su amo. Mas, recordando que llevaba el bocado, comenzó a cambiar de posición sus finos remos.

–Cálmate, querida, cálmate –dijo él, acariciándole la grupa. Y salió del establo satisfecho de hallar al animal en tan buena disposición.

La excitación de la yegua se había comunicado a Vronsky, el cual sentía que la sangre le afluía al corazón y que, igual que al animal, le agitaba un deseo de moverse, de morder. Era una sensación que infundía temor y alegría a la vez.

–Confío en usted –dijo al inglés–. A las seis y media, en el lugar señalado.

–Todo marchará bien –repuso el inglés–. ¿Adónde va usted ahora, milord? –preguntó de pronto, dando a Vronsky un tratamiento no empleado casi nunca por él hasta entonces.

Vronsky, extrañado, levantó la cabeza y miró, como solía, no a los ojos, sino a la frente del inglés, asombrado de la audacia de su pregunta. Pero, comprendiendo que al hablar así el entrenador le consideraba no como su señor, sino como un jinete, contestó:

–Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa.

«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo», pensó sonrojándose, lo que le sucedía en raras ocasiones.

El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió:

–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada.

–All right –repuso Vronsky sonriendo. Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf.

Apenas habían andado algunos pasos, el nublado, que desde la mañana amenazaba descargar, se resolvió en un aguacero. «Malo», pensó Vronsky, bajando la capota del carruaje. «Si ya sin esto había barro, ahora el campo será un verdadero cenagal.» Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó.

¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, encontraban necesario mezclarse en los asuntos de su corazón. Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces.

«¿Qué tienen que ver con esto? ¿Por qué consideran todos como un deber preocuparse por mí? Seguramente porque advierten que se trata de algo incomprensible para ellos. ¡Cuánto me abruman con sus consejos! Si se tratara de relaciones corrientes y triviales, como las habituales en sociedad, me dejarían tranquilo; pero advierten que esto es diferente, que no se trata de una broma y que quiero a esa mujer más que a mi vida. Y, como no comprenden tal sentimiento, se irritan. Pase lo que pase, nosotros nos hemos creado nuestra suerte y no nos quejamos de ella», pensaba, refiriéndose con aquel «nosotros» a Anna y a sí mismo. «Y los demás se empeñan en enseñarnos a vivir. No tienen idea de lo que es la felicidad; ignoran que fuera de este amor no existe ni ventura ni desventura, porque no existe ni siquiera vida», concluyó Vronsky.

Se enojaba tanto contra la intromisión ajena, cuanto, en el fondo, reconocía que todos tenían razón. Sentía que su amor por Anna no era una pasión momentánea, que se disiparía como se disipan las relaciones mundanas, sin dejar en la vida de ambos otras huellas que recuerdos agradables o desagradables. Reconocía lo terrible de la situación de ambos, la dificultad de ocultar su amor, de mentir y engañar al respecto, hallándose ambos tan a la vista de todos; sí, de mentir y engañar y estar alerta, pensando siempre en los demás, cuando la pasión que les unía era tan avasalladora que les hacia olvidarse de cuanto no fuera su amor. Recordaba con claridad la frecuencia con que tenían que hacerlo violentando así su naturaleza y recordó, sobre todo, con nitidez especial, la vergüenza que experimentaba Anna al verse forzada a fingir.

Desde que tenía relaciones con Anna sentía a menudo un extraño sentimiento de repulsión que llegaba a dominarle por completo. Repulsión hacia Alexis Alexandrovich, hacia sí mismo, hacia todo el mundo. Le habría costado poder precisar aquel sentimiento, pero lo rechazaba siempre lejos de él. Movió la cabeza y prosiguió pensando:

«Antes ella era desgraciada, pero se sentía orgullosa y tranquila. Ahora, en cambio, no puede tener orgullo ni tranquilidad, aunque lo aparente. Hay que terminar con esto», resolvió. Por primera vez, pues, experimentaba la necesidad de concluir con aquella farsa y cuanto antes mejor.

«Es preciso abandonarlo todo y ocultarnos los dos en algún sitio, a solas con nuestro amor», se dijo.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 22
El aguacero fue de corta duración y cuando Vronsky llegaba a su destino al trote largo del caballo de varas, que forzaba a correr los laterales sin necesidad de acicate, el sol lucía de nuevo y los tejados de las casas veraniegas y los añosos tilos de los jardines que flanqueaban la calle principal despedían una claridad húmeda y el agua goteaba de las ramas y se deslizaba por los tejados con alegre rumor.

Vronsky no pensaba ya en que el chaparrón pudiera enlodazar la pista, sino que se regocijaba pensando en que, gracias a la lluvia, encontraría en casa a Anna. Sabía que su marido, recién llegado de una cura de aguas en el extranjero, no estaba en la casa de verano. Esperando encontrarla sola, Vronsky, como hacía siempre para atraer menos la atención, dejó el carruaje antes de llegar al puentecillo, avanzó a pie y en vez de entrar por la puerta principal que daba a la calle, entró por la del patio.

–¿Ha llegado el señor? –preguntó al jardinero.

–No, señor. La señora, sí, está en casa. ¡Pero entre por la puerta principal! Allí hay criados y podrán abrirle –repuso el hombre.

–No, pasaré por el jardín.

Y, seguro ya de que Anna estaba sola y deseando sorprenderla, ya que no le había anunciado su visita para hoy y no debía esperar verle antes de las carreras, se dirigió, suspendiendo el sable y pisando con precaución la arena del sendero bordeado de flores, a la terraza que daba al jardín.

Había olvidado cuanto pensara por el camino sobre las dificultades y disgustos de su situación. Sólo sabía que iba a verla y no imaginariamente, sino viva, tal como era.

Ya subía, pisando siempre con cautela, para no hacer ruido, los lisos peldaños de la escalinata, cuando de pronto recordó lo que olvidaba siempre, lo que más penosas hacía sus relaciones con ella: el hijo de Anna, siempre con su mirada interrogativa que tan desagradable le resultaba. El niño perturbaba sus citas más que nadie. Cuando estaba con ellos, ni Anna ni Vronsky osaban decir nada que no pudiera repetirse ante terceros, ni empleaban alusiones que el niño no pudiera entender. No lo habían convenido así: la cosa surgió por sí misma. En su presencia hablaban sólo como si fuesen simples conocidos. Pero, pese a sus precauciones, Vronsky sorprendía a menudo fija en él una mirada atenta y extraña y comprobaba cierta timidez, cierta desigualdad –ya excesivo afecto, ya despego– en el trato que le dispensaba el niño. Se diría que el pequeño adivinaba que entre aquel hombre y su madre existía una relación profunda, incomprensible para él.

En realidad, el niño no comprendía aquellas relaciones y se esforzaba en concretar los sentimientos que debía inspirarle Vronsky. Su sensibilidad infantil le permitía notar claramente que su padre, su institutriz, el aya, todos en fin, no apreciaban a Vronsky, sino que le miraban con repugnancia y temor, aunque no dijeran nada de él, en tanto que su madre le trataba siempre como a su mejor amigo.

«¿Qué significa esto? ¿Quién es? ¿Debo quererle? No le comprendo y debe de ser culpa mía; debo de ser un niño malo o tonto», pensaba el pequeño. Y ésta era la causa de su expresión interrogativa y un tanto malévola y de la timidez y de la desigualdad de trato que tanto enojaban a Vronsky.

Ver a aquel niño despertaba en él aquel sentimiento de repulsión inmotivada que experimentaba en los últimos tiempos. En verdad, la presencia del niño inspiraba a Vronsky los sentimientos de un navegante que comprueba, por la brújula, que sigue una ruta equivocada, sin medios para poder rectificarla, sintiéndose cada vez más extraviado y consciente de que el cambio de dirección equivale a su pérdida. Aquel niño, con su ingenua mirada, representaba en la vida la brújula que les marcaba a Anna y a él el grado de extravío a que sabían haber llegado, aunque se negaran a reconocerlo.

Sergio no se hallaba en casa. Había salido de paseo, sorprendiéndole la lluvia en pleno campo. Anna había enviado a un criado y a una muchacha a buscarlo y ahora estaba sola, sentada en la terraza, esperándole. Vestía un traje blanco con anchos bordados y, hallándose en un ángulo de la terraza, tras las flores, no veía a Vronsky. Inclinando la cabeza de oscuros rizos, sostenía una regadera entre sus hermosas manos ensortijadas que él conocía tan bien. La hermosura de su cabeza, de su garganta, de sus manos, de toda su figura, sorprendía siempre a Vronsky como algo nuevo. Se detuvo, mirándola arrobado. Pero apenas adelantó un paso, ella presintió su proximidad, soltó la regadera y volvió a él su encendido semblante.

–¿Qué le pasa? ¿Se encuentra mal? –preguntó él en francés, acercándose. Habría querido precipitarse hacia ella, pero pensando que podía haber alguien que les observara, miró primero hacia las vidrieras del balcón y se sonrojó, como siempre que se veía obligado a mirar en torno suyo.

–No. Estoy bien –repuso ella, levantándose y estrechando la mano que le alargaba Vronsky–. Pero no lo esperaba.

–¡Dios mío, qué manos tan frías! ––exclamó él.

–Me has asustado –dijo Anna–. Estoy sola, esperando a Sergio, que salió de paseo. Vendrán por ese lado.

A pesar de sus esfuerzos para parecer tranquila, sus labios temblaban.

–Perdóneme que viniera. No me fue posible pasar un día más sin verla–dijo Vronsky, siempre en francés, para eludir el ceremonioso «usted» y el comprometedor «tú» del idioma ruso.

–¿Perdonarte el qué? Estoy muy contenta.

–O se encuentra usted mal o está triste –continuó Vronsky, sin soltar su mano e inclinándose hacia Ana– ¿En qué pensaba?

–Siempre en lo mismo –repuso ella, sonriendo.

Decía la verdad. En cualquier momento en que le preguntaran podía contestar sin faltar a la verdad: pienso en uno, en su felicidad y en su desgracia. Ahora mismo, al llegar Vronsky, Anna pensaba precisamente en cómo era posible que a Betsy, por ejemplo (pues estaba enterada de sus relaciones con Tuchskovich), le resultase todo tan fácil, mientras que a ella le era tan penoso. Y hoy tal pensamiento la atormentaba particularmente por especiales razones. Preguntó a Vronsky sobre las carreras y él, viendo nerviosa a Anna, a fin de distraerla, le contó todo lo relativo a los preparativos para el concurso hípico.

«¿Se lo digo o no?», pensaba ella, contemplando los ojos tranquilos y acariciadores de Vronsky. «Se siente tan feliz, tan ocupado con lo de las carreras, que no lo comprendería en su verdadero sentido, no comprendería la significación que encierra este hecho para nosotros…»

–Aún no me ha dicho usted en qué estaba pensando cuando entré. Dígamelo, se lo ruego –suplicó Vronsky, interrumpiendo su conversación.

Anna no contestó. Inclinando levemente la cabeza, le dirigía, con la frente baja, la mirada de sus brillantes ojos, adornados de largas pestañas. Su mano jugueteaba con una hoja y temblaba. Vronsky reparó en ello y en su rostro se expresó aquella sumisión, aquella obediencia ciega que tanto conmovían a Anna.

–Veo que le pasa algo. ¿Cómo voy a estar tranquilo sabiendo que sufre usted una pena que no comparto? Dígamela, por Dios –insistió.

«No le perdonaría si no comprendiese toda la importancia de… Vale más callar. ¿A qué probarle?», pensaba Anna, mirándole. Y su mano y la hoja temblaban cada vez más.

–Se lo ruego, por Dios –insistió él.

–¿Se lo digo?

–Sí, sí, sí.

–Estoy embarazada –murmuró Anna lentamente, en voz baja. La mano, que jugaba con la hoja, tembló más aún, pero ella no separaba la vista de él para ver cómo recibía la noticia.

Vronsky palideció; quiso decir algo, pero se interrumpió, soltó la mano de Anna y bajó la cabeza.

«Sí, ha comprendido toda la importancia de este hecho», pensó Anna con gratitud. Y le apretó la mano. Pero se engañaba creyendo que él había comprendido toda la importancia de aquella noticia tal como ella la comprendía.

En efecto, Vronsky, al oírla, experimentó diez veces más fuertemente que de costumbre la sensación de extraña repugnancia que solía poseerle con frecuencia. Por otro lado, comprendió que la crisis que él anhelaba había llegado, que era imposible ocultar más los hechos al marido y que de un modo u otro se tenía que acabar por fuerza con aquel estado de cosas. Además, la emoción de Anna se comunicó a él casi físicamente. Le dirigió una mirada acariciadora y sumisa, besó su mano, se incorporó y comenzó a pasear por la terraza en silencio.

–Sí –dijo al cabo, acercándose a ella–. Ni usted ni yo hemos considerado nuestras relaciones como una broma. Y ahora nuestra suerte está decidida. Hay que terminar –dijo, mirando en torno suyo– esta mentira en que vivimos.

–¿Terminar, Alexis? ¿Y cómo? –preguntó Anna, con voz temblorosa, iluminado el rostro por una débil sonrisa.

–Abandonando a tu marido y uniendo nuestras vidas.

–Ya lo están ahora –repuso ella, con voz casi imperceptible.

–Pero no del todo.

–¿Y qué podemos hacer, Alexis? Dímelo –repuso Anna, sonriendo con tristeza al pensar en la delicada situación en que se encontraban–. ¿Cómo salir de todo esto? ¿Acaso no soy la esposa de mi marido?

–Para todo hay salida. Es preciso decidirse –dijo Vronsky–. Cualquier cosa será mejor que vivir de este modo. Yo veo perfectamente cuánto sufres por todo: por el mundo, por tu hijo, por tu marido…

–Por mi marido, no –dijo Anna con ingenua sonrisa–. No le conozco, no pienso en él, no existe para mí.

–No dices la verdad. Te conozco. Sufres por él.

–Además, él no sabe nada –dijo Anna. Y de pronto sintió que las mejillas, la frente, el cuello, se le cubrían de rubor. Lágrimas de vergüenza acudieron a sus ojos. –No hablemos de él –concluyó.

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