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OO LONG (WU LONG). EL TÉ AZUL. (parte 3)

viernes, mayo 24th, 2013

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Torta de té Dragón-Phoenix

Más allá de la leyenda de Wu-Liang que vimos ayer, hay tres explicaciones ampliamente aceptadas sobre el origen del nombre del té azul Oolong.

1) La Teoría del Té de Tributo
El té chino era un artículo de lujo y los mejores tés se convertían, a menudo, en Té de tributo (un té que se cultivaba y procesaba para el consumo de los emperadores).
Según esta teoría, el té Oolong es un descendiente directo del té que se inventó en el siglo X, en torno a la dinastía Song del Norte.
Los emperadores Song fueron conocidos por sus diversos intereses artísticos, incluyendo el consumo de té, frecuentemente a expensas del gobierno. Ellos crearon el Jardín de té Imperial de Beiyuan, en la provincia de Fujian, que tiene un lugar muy importante en la historia del té de China y existió durante 458 años.
El Té de tributo de Beiyuan consistía en dos familias de té: el dragón y el fénix. El jardín de té se hizo famoso en la producción de la Torta de té Dragón-Fénix (Dragon-Phoenix Tea Cake/Longfong Tuancha)-.
Durante la dinastía Ming, los emperadores se volvieron hacia el té en hebras y la torta de té pasó de moda. Así, Beiyuan cambió la forma de producción y empezó a procesar las hebras sueltas, en lugar de comprimirlas en ladrillos o tortas. Como sus hebras eran brillantes, curvas y oscuras, el té fue llamado Dragón Negro (Oolong).

Continuará.

TÉ Y CULTURAS

viernes, mayo 24th, 2013

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Креативные фотографии: Манипуляции с молоком от Egor N

Y al que le guste con leche o crema, ¡pues con leche o crema! Que el té nos sirva para integrar, no para excluir.
And for the one who likes it with milk or cream, milk or cream it! Let tea help us to integrate, not to exclude.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 32 Y 33

jueves, mayo 23rd, 2013

anna tapa libro
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 32

Los detalles de los que se enteró la Princesa, relativos al pasado de Vareñka y de sus relaciones con madame Stal y que supo por ésta, eran los siguientes:

Madame Stal, de quien unos decían que había amargado la vida de su marido, mientras otros afirmaban que era él quien la atormentaba con su conducta crapulosa, era una mujer que estaba siempre enferma y excitada.

Después de divorciarse de su marido dio a luz a un niño, que murió a poco de nacer. Los parientes de madame Stal, conociendo su sensibilidad y temiendo que la noticia la matase, suplantaron el niño muerto por una niña que había nacido la misma noche en San Petersburgo y que era hija del cocinero de la Corte.

La niña era Vareñka. Más adelante, madame Stal averiguó que ésta no era hija suya pero continuó criándola. Vareñka quedó muy pronto sola en el mundo, por muerte de sus padres.

Madame Stal vivía hacía más de dos años en el extranjero, en el sur, sin moverse de la cama. Unos afirmaban que madame Stal fingía y se hacia un pedestal de su fama de mujer virtuosa y piadosa, mientras otros sostenían que en realidad, en el fondo de su alma, era un ser virtuoso y de moral acendrada, que vivía sólo para el bien del prójimo como aparentaba. Nadie sabía si su religión era católica, protestante u ortodoxa pero una cosa era cierta: que mantenía una estrecha amistad con los altos dignatarios de todas las iglesias y confesiones. Vareñka vivía siempre con ella en el extranjero y cuantos trataban a la Stal estimaban y querían a mademoiselle Vareñka como la llamaban.

Enterada de tales detalles, la Princesa no vio inconveniente en el trato de su hija con aquella joven, tanto más cuanto que los modales y la educación de la muchacha eran excelentes y hablaba el francés y el inglés a la perfección. En fin, lo principal era que madame Stal había asegurado que sentía mucho que su enfermedad la privase de tratar íntimamente a la Princesa como era su deseo.

Kitty, después de conocer a Vareñka, se sentía cada vez más cautivada por su amiga y cada día descubría en ella nuevas cualidades. Sabiendo que Vareñka cantaba bien, la Princesa le pidió que fuera a su casa una tarde para cantar.

–Tenemos piano, Kitty lo toca. Cierto que no es muy bueno pero nos complacerá mucho oírla a usted – dijo la Princesa con una sonrisa forzada, tanto más desagradable a Kitty que advirtió que Vareñka no tenía ganas de cantar.

No obstante, la joven acudió por la tarde llevando algunas piezas de música. La Princesa invitó también a María Evgenievna y su hija y al coronel.

Vareñka, indiferente por completo a que hubiese gente que no conocía, se acercó al piano. No sabía acompañarse, pero leía las notas muy bien. Kitty, que tocaba el piano a la perfección, la acompañaba.

–Tiene usted un talento extraordinario de cantante –afirmó la Princesa, después que la muchacha hubo cantado de un modo admirable la primera pieza.

María Evgenievna y su hija alabaron a la muchacha y le dieron las gracias por su amabilidad.

–Miren –dijo el coronel, asomándose a la ventana– cuánta gente ha venido a escucharla.

Salieron y vieron que, en efecto, al pie de la ventana se había reunido mucha gente.

–Celebro infinitamente que les haya gustado –dijo simplemente Vareñka.

Kitty miraba a su amiga con orgullo. Le entusiasmaban el arte, la voz, el rostro y, más que nada, el carácter de Vareñka, que no daba importancia alguna a lo que había hecho y recibía las alabanzas con indiferencia, con el aspecto de limitarse a preguntar: «¿Canto más o no?».

«Si yo estuviese en su lugar, ¡qué orgullosa me habría sentido!», pensaba Kitty. «¡Cuánto me hubiese satisfecho saber que había gente escuchándome bajo la ventana! Y a ella todo eso la deja fría. Sólo la mueve el deseo de no negarse y de complacer a mamá. ¿Qué hay en esta mujer? ¿Qué es lo que le da fuerza para prescindir de todos y permanecer independiente y serena? ¡Cuánto daría por saberlo y poder imitarla!», se decía Kitty, examinando el rostro tranquilo de su amiga.

La Princesa pidió a la joven que cantase más y ella cantó con la misma perfección y serenidad, de pie junto al piano, llevando el compás sobre el instrumento, con su mano fina y morena.

La segunda pieza del papel era una canción italiana. Kitty tocó la introducción y miró a Vareñka.

–Pasemos esto de largo –dijo ruborizándose.

Kitty detuvo la mirada, interrogativa y temerosa, en el rostro de su amiga.

–Bueno, bueno, pasemos a otra cosa… ––dijo precipitadamente Kitty, volviendo las hojas y adivinando que Vareñka tenía algún recuerdo relacionado con aquella canción.

–No –dijo la muchacha, poniendo la mano sobre la partitura y sonriendo–. Cantemos esto.

Y lo cantó tan serena y fría y con tanta perfección como había cantado antes.

Cuando Vareñka acabó, todos le dieron las gracias y se aprestaron a tomar el té. Las dos jóvenes salieron a un jardincillo que había junto a la casa.

–¿No es cierto que tiene usted algún recuerdo relacionado con esa canción? –preguntó Kitty–. No me explique nada –se apresuró a añadir–: dígame sólo si es verdad.

–¿Por qué no? Se lo contaré todo. –repuso Vareñka con sencillez –Tengo, sí, un recuerdo que en tiempos me fue muy penoso. He amado a un hombre y solía cantarle esa romanza.

Kitty, en silencio, con los ojos muy dilatados, miraba conmovida a su amiga.

–Yo lo quería a él y él a mí, pero su madre se oponía a nuestra boda y se casó con otra. Ahora vive cerca de nosotros y a veces lo veo. ¿No había imaginado usted que yo pudiera también tener mi novelita de amor? ––dijo Vareñka.

Y su rostro se iluminó con un débil resplandor que, según presumió Kitty, en otro tiempo debía de iluminarlo por completo.

–¿Que no lo he pensado? Si yo fuera hombre, después de conocerla a usted no podría amar a otra. No comprendo cómo pudo olvidarla y hacerla desgraciada por complacer a su madre. ¡Ese hombre no tiene corazón!

–¡Oh, sí! Es un hombre muy bueno y yo no soy desgraciada; al contrario: soy muy feliz. ¿No cantamos más por hoy? –agregó, aproximándose a la casa.

–¡Qué buena es usted, qué buena! –exclamó Kitty. Y, deteniendo a Vareñka, la besó–. ¡Si yo pudiese parecerme a usted un poco!

–¿Para qué necesita parecerse a nadie? Es usted muy buena tal como es –replicó Vareñka con su sonrisa suave y fatigada.

–No, no soy buena… Pero dígame… Sentémonos aquí, se lo ruego –dijo Kitty, haciéndola sentarse otra vez en el banco, a su lado–. Dígame: ¿acaso no es una ofensa que un hombre desprecie el amor de una, que no la quiera?

–¡Si no me ha despreciado! Estoy segura de que me amaba, pero era un hijo obediente…

–¿Y si no lo hubiese hecho por voluntad de su madre, sino por la suya propia? –repuso Kitty, comprendiendo que descubría su secreto y notando que su rostro, encendido con el rubor de la vergüenza, la traicionaba.

–Entonces se habría comportado mal y yo no sufriría al perderle –repuso Vareñka con firmeza, adivinando que ya no se trataba de ella, sino de Kitty.

–¿Y la ofensa? –preguntó Kitty–. La ofensa es imposible de olvidar…

Hablaba recordando cómo había mirado a Vronsky en el intervalo de la mazurca.

–¿Dónde está la ofensa? Usted no ha hecho nada malo.

–Peor que malo. Estoy avergonzada.

Vareñka movió la cabeza y puso su mano sobre la de Kitty.

–¿Avergonzada de qué? –dijo– Supongo que no diría usted al hombre que le mostró indiferencia que le quería…

–¡Claro que no! Nunca le dije una palabra. Pero él lo sabía. Hay miradas que… Hay modos de obrar… ¡Aunque viva cien años no olvidaré esto nunca!

–Pues no lo comprendo. Lo importante es saber si usted lo ama ahora o no ––concretó Vareñka.

–¡Lo odio! No puedo perdonarme…

–¿Por qué?

–Porque la vergüenza, la ofensa…

–¡Si todas fueran tan sensibles como usted! –repuso Vareñka–. No hay joven que no pase por eso. ¡Y tiene tan poca importancia!

–Entonces, ¿cuáles son las cosas importantes? –preguntó Kitty escrutándole con mirada sorprendida.

–Hay muchas cosas importantes.

–¿Cuáles son?

–¡Oh, muchas! –dijo Vareñka, como no sabiendo qué contestar.

En aquel momento se oyó la voz de la Princesa que llamaba desde la ventana:

–¡Kitty, hace fresco! Toma el chal o entra en casa.

–Cierto; ya es hora de entrar. ––dijo Vareñka, levantándose– Tengo que visitar aún a madame Berta que me lo suplicó…

Kitty la retenía por la mano y la miraba apasionadamente, como si le preguntase: «¿Cuáles son esas cosas importantes? ¿Qué es lo que le infunde tanta serenidad? Usted lo sabe: ¡dígamelo!». Pero Vareñka no comprendía la pregunta de Kitty, ni en qué consistía. Sólo recordaba que tenía que ver a madame Berta y volver a casa de madame Stal a la hora del té, que allí se tomaba a las doce de la noche.

Entró, pues, en la casa, recogió sus papeles de música, se despidió de todos y se dispuso a marchar.

–Permítame que la acompañe –dijo el coronel.

–Claro. ¿Cómo va ir sola por la noche? –apoyó la Princesa–. Por lo menos enviaré a Paracha con usted.

Kitty observaba la sonrisa que Vareñka reprimía con dificultad al oír considerar necesario que la acompañaran.

–No; siempre voy sola y nunca me pasa nada –dijo, tomando el sombrero. Y, besando una vez más a Kitty y omitiendo decirle lo que eran aquellas cosas importantes, desapareció con su paso rápido y sus papeles de música bajo el brazo en la oscuridad de la noche de verano, llevándose consigo el secreto de aquellas cosas importantes y de lo que le proporcionaba aquella dignidad y aquella calma tan envidiables.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 33

Kitty conoció también a madame Stal y esta amistad, unida a la de Vareñka, influyó mucho en ella, consolándola en su aflicción.

El consuelo consistía en que, merced a aquella amistad, se abrió un nuevo mundo para ella, un mundo sin nada de común con el suyo anterior, un mundo elevado desde cuya altura se podía mirar el pasado con tranquilidad. Había descubierto que, además de la vida instintiva a que hasta entonces se entregara, existía una vida espiritual.

Esa vida se descubría gracias a la religión, pero una religión que no tenía nada de común con la que profesaba Kitty desde su infancia y que consistía en asistir a oficios y vísperas en el «Asilo de Viudas Nobles», donde se encontraba gente conocida y en aprender de memoria con los «padrecitos» ortodoxos los textos religiosos eslavos.

La nueva idea que ahora recibía de la religión era elevada, mística, unida a sentimientos y pensamientos hermosos. Así cabía creer en la religión no porque estuviera ordenado, sino porque la creencia resultaba digna de ser amada.

Kitty no llegó a tal conclusión porque se lo dijeran. Madame Stal hablaba con Kitty como con una niña simpática, admirándola, hallando en ella los recuerdos de su propia juventud. Sólo una vez le dijo que en todas las penas humanas no hay consuelo sino en el amor de Dios y la fe y que Cristo, en su infinita compasión por nosotros, no encuentra penas tan pequeñas que no merezcan su consuelo. Y poco después, madame Stal cambió de conversación.

Pero en cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus miradas celestiales, como calificaba Kitty las miradas de madame Stal, y sobre todo en la historia de su vida, que Kitty conoció por Vareñka, aprendió la joven «lo más importante», hasta entonces ignorado por ella.

Así, notó que, al preguntarle por sus padres, la Stal sonreía con desdén, lo que era contrario a la caridad cristiana. También advirtió que, una vez que Kitty halló allí a un cura católico, madame Stal procuraba mantener su rostro fuera de la luz de la lámpara mientras sonreía de un modo peculiar.

Por insignificantes que fueran estas observaciones, perturbaban a Kitty, despertando dudas en ella sobre madame Stal. Vareñka, en cambio, sola en el mundo, sin parientes ni amigos, con su triste desengaño, no esperando nada de la vida ni sufriendo ya por nada, era el tipo de la perfección con que la Princesita soñaba.

Kitty llegó a comprender que a Vareñka le bastaba olvidarse de sí misma y amar a los demás para sentirse serena, buena y feliz. Así habría deseado ser ella. Comprendiendo ya con claridad qué era «lo más importante», Kitty no se limitó a admirarlo, sino que se entregó en seguida con toda su alma a aquella vida nueva que se abría ante ella. Por las referencias de Vareñka respecto a cómo procedían madame Stal y otras personas que le nombraba, Kitty trazó el plan de su vida para el futuro. Como la sobrina de madame Stal, Alina, de la que Vareñka le hablaba mucho, Kitty se propuso, doquiera que estuviese, buscar a los desgraciados, auxiliarles en la medida de sus fuerzas, regalarles evangelios y leerlos a los enfermos, criminales y moribundos. La idea de leer el Evangelio a los criminales, como hacía Alina, era lo que más seducía a Kitty. Pero la joven guardaba en secreto estas ilusiones sin comunicarlas ni a Vareñka ni a su madre.

En espera del momento en que pudiera realizar sus planes con más amplitud, Kitty encontró en el balneario, donde había tantos enfermos y desgraciados, la posibilidad de practicar las nuevas reglas de vida que se imponía, a imitación de Vareñka.

La Princesa, al principio, no observó sino que su hija estaba muy influida por su engouement, como ella decía, hacia madame Stal y sobre todo hacia Vareñka. Notaba que no sólo Kitty imitaba a la muchacha en su actividad, sino que la imitaba, sin darse cuenta, en su modo de andar, de hablar, hasta de mover las pestañas. Pero después, la Princesa reparó en que se operaba en Kitty, aparte de su admiración por Vareñka, un importante cambio espiritual.

Veía a su hija leer por las noches el Evangelio francés que le regalara madame Stal, cosa que antes no hacía nunca; reparaba en que rehuía las amistades del gran mundo y en que trataba mucho a los enfermos protegidos de Vareñka y, en especial, a una familia pobre: la del pintor Petrov, que estaba muy enfermo. Kitty se mostraba orgullosa de desempeñar el papel de enfermera en aquella familia.

Todo ello estaba bien y la Princesa no tenía nada que objetar contra aquella actividad de su hija, tanto más cuanto que la mujer de Petrov era una persona distinguida y que la princesa alemana, al enterarse de lo que hacía Kitty, la había elogiado, llamándola un ángel consolador.

Sí, todo habría estado muy bien de no ser exagerado. Pero la Princesa advertía que su hija tendía a exagerar y hubo de advertirla.

–Il ne faut jamais rien outrer.

Kitty, no obstante, nada contestaba, sino que se limitaba a pensar que no puede haber exageración en hacer obras caritativas. ¿Acaso es exagerado seguir el precepto de presentar la mejilla izquierda al que nos abofetea la derecha o el de dar la camisa a quien le quita a uno el traje?

Pero a la Princesa le desagradaban tales extremos y, más aún, el comprender que su hija ahora no le abría completamente el corazón. En realidad, Kitty ocultaba a la Princesa sus nuevas impresiones y sentimientos no porque no quisiera o no respetara a su madre, sino precisamente por ser madre suya.

Mejor habría abierto su corazón ante cualquiera que ante ella.

–Hace mucho tiempo que Ana Pavlovna no viene a casa –dijo una vez la Princesa, refiriéndose a la Petrova–. La he invitado a venir pero me ha parecido que estaba algo disgustada conmigo…

–No lo he notado ––dijo Kitty ruborizándose.

–¿Hace mucho que no las has visto?

–Mañana tenemos que ir a dar un paseo hasta las montañas –repuso Kitty.

–Bien; id –dijo la Princesa, contemplando el rostro turbado de su hija y esforzándose en adivinar las causas de su confusión.

Aquel mismo día Vareñka comió con ellos y anunció que la Petrova desistía del paseo a la montaña. La Princesa notó que Kitty volvía a ruborizarse.

–¿Te ha sucedido algo desagradable con los Petrov, Kitty? –preguntó la Princesa cuando quedaron a solas, ¿Por qué no envía aquí a los niños ni viene nunca?

Kitty contestó que no había pasado nada y que no comprendía que Ana Pavlovna pudiera estar disgustada con ella. Y decía verdad. No conocía en concreto el motivo de que la Petrova hubiera cambiado de actitud hacia ella pero lo adivinaba. Adivinaba algo que no podía decir a su madre, una de esas cosas que uno sabe pero que no puede ni confesarse a sí mismo por lo vergonzoso y terrible que sería cometer un error.

Recordaba sus relaciones con la familia Petrov. Evocaba la ingenua alegría que se pintaba en el bondadoso rostro redondo de Ana Pavlovna cuando se encontraban, recordaba sus conversaciones secretas respecto al enfermo, sus invenciones para impedirle trabajar, lo que le habían prohibido los médicos, y para sacarle de paseo. Se acordaba del afecto que le tenía el niño pequeño, que la llamaba «Kitty mía» y no quería acostarse si ella no estaba a su lado para hacerlo dormir.

¡Qué agradables eran aquellos recuerdos! Luego evocó la figura delgada de Petrov, su cuello largo, su levita de color castaño, sus cabellos ralos y rizados, sus interrogativos ojos azules que al principio asustaban a Kitty y recordó también los esfuerzos que hacía para aparentar fuerza y animación ante ella.

Además se acordaba de la repugnancia que él le inspiraba al principio –como se la inspiraban todos los tuberculosos- y el cuidado con que escogía las palabras que le tenía que decir. Volvía a ver la mirada tímida y conmovida que le dirigía Petrov y experimentaba de nuevo el extraño sentimiento de compasión y humildad, unido a la consciencia de obrar bien, que la embargaba en aquellos instantes.

Sí: todo ello se había deslizado perfectamente en los primeros días. Ahora, desde hacía poco, todo había cambiado. Ana Pavlovna recibía a Kitty con amabilidad fingida y vigilaba sin cesar a su marido y a la joven.

¿Era posible que la conmovedora alegría que experimentaba Petrov, al llegar ella, fuera la causa de la frialdad de Ana Pavlovna?

« Sí», pensaba Kitty; había algo poco natural en Ana Pavlovna, algo que no era propio de su bondad en el acento con que dos días antes le dijera enojada:

–Mi marido la esperaba; no quería tomar el café hasta que usted llegase, aunque sentía debilidad…

«Sí; quizá la Petrova se disgustó conmigo por haberle dado la manta a su marido. El hecho en sí carece de importancia… Pero él la cogió turbándose y me dio tantas veces las gracias que quedé confundida… Y luego ese retrato mío que ha pintado tan admirable… Y lo peor es su mirada, tan dulce, tan tímida… Sí, sí; eso es», se repetía Kitty, horrorizada. «Pero no debe, no puede ser. ¡El pobre me inspira tanta compasión…!»

Aquella duda envenenaba, ahora, el encanto de su nueva vida.

OO LONG (WU LONG). EL TÉ AZUL. (parte 2)

jueves, mayo 23rd, 2013

Todo el té proviene de la misma especie de la planta Camellia Sinensis. Es el proceso de oxidación el que genera la gran variedad de tés, maravillosamente diferentes en sabor y aroma.
El Oolong (té azul) es un té parcialmente oxidado que se encuentra entre las familias de té verde -no oxidado- y rojo (o negro, como le decimos en occidente) -totalmente oxidado-. Las hojas de té se marchitan a la luz del sol y allí se dejan para lograr una oxidación parcial (de entre el 15 y el 85%) hasta que los bordes de las mismas enrojecen. Es debido a los diferentes procesos de elaboración, los distintos cultivares de los cuales se obtienen las hojas y los diversos grados de oxidación, que tenemos un colorido abanico de «azules». Por otra parte, el largo proceso de marchitado hace que se liberen gran cantidad de compuestos aromáticos, que es lo que hace a estos tés super fragantes, tan buscados y preciados.

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Oolong TieGuanYin – Iron Goddesss of Mercy

El té azul se cultiva en China, concretamente, en las regiones del sur, como Guangdong, Fujian y Taiwán.
Oolong (o Wu Long) significa, literalmente,»dragón negro», pero dicen que el nombre no tiene nada que ver con dragones, sino con su descubridor Wu-Liang.

Un día, después de recoger una buena carga de hojas de té, Wu-Liang se vio sorprendido por un ciervo de río. Se detuvo para matar a la bestia y, cuando llegó a casa, se distrajo limpiándola, olvidando secar su precioso té.
Para el momento en que se acordó de las hojas, uno o dos días más tarde, el té había comenzado a cambiar de color. A Wu Liang le preocupaba que su tesoro se hubiera echado a perder pero no lo quería desperdiciar, por lo que decidió completar la elaboración, de todos modos. Al terminar de sartenearlo, se preparó una taza y se encontró con que había descubierto un nuevo sabor! Su sorprendente «nuevo té» era suave y aromático, a diferencia de todos los que había probado antes.
Cuando invitó a sus vecinos con el té, todos quisieron saber cómo hacerlo y él se puso feliz de compartir la técnica. Muy pronto, el té de Wu-Liang se hizo conocido en toda la provincia. Con el tiempo y, de boca en boca, llegó a ser conocido como Wu-Long Cha, o té del Dragón Negro.

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JinXuan Oolong de Lishan

Hay otras tres teorías, no tan pintorezcas… pero se las cuento mañana. Buenas noches, amigos de esta dacha urbana. Tómense un té calentito en la cama!

TOMÁTELO CON TÉ

jueves, mayo 23rd, 2013

Llamándome a silencio… Me acuerdo de una de las mujeres sabias de mi vida, cuando nos decía «¡tomátelo con soda!», refiriéndose al hacer más ligero el peso de la tristeza o la rabia por alguna injusticia infantil.
Yo me lo tomo con té. Que me lo hace un poco más dulce. 😉
DaCha 08

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 30 Y 31

miércoles, mayo 22nd, 2013

anna tapa libro
SEGUNDA PARTE – Capítulo 30

Como en todas partes donde se reúne gente, en la pequeña estación balnearia adonde habían ido los Scherbazky se realizó esa especie de cristalización habitual en la sociedad, que hace que cada uno de sus miembros ocupe un lugar definido.

Así como el frío da una forma invariable y fija a cada partícula de agua, convirtiéndola en un fragmento determinado de nieve, así cada nuevo cliente que llegaba al balneario ocupaba su correspondiente lugar.

El príncipe Scherbazky, junto con su esposa e hija se habían cristalizado en el puesto definido que les correspondía, teniendo en cuenta el lugar que ocuparon, su nombre y las relaciones que se habían creado.

Aquel año había llegado a las aguas una verdadera princesa alemana, gracias a la cual la cristalización se realizó más rápidamente.

La princesa Scherbazky se obstinó totalmente en presentar a Kitty a la princesa alemana y al segundo día de llegar efectuó la ceremonia.

Kitty, ataviada con un vestido muy sencillo, es decir muy lujoso, que había sido encargado expresamente a París, saludó profunda y graciosamente a la Princesa.

La princesa alemana dijo: –Espero que las rosas iluminen en breve ese hermoso rostro.

Y los caminos de la vida de los Scherbazky en el balneario quedaron tan fijamente trazados que ya no les fue posible salirse de ellos. Los Scherbazky conocieron a una lady inglesa, a una condesa alemana y a su hijo, herido en la última guerra, a un sabio sueco y al señor Canut y a una hermana suya que le acompañaba.

Pero a quien más trataban los Scherbazky era a una señora de Moscú, Marla Evgenievna Rtischeva, a su hija, antipática a Kitty por estar enferma, como ella, de un amor desgraciado y a un coronel moscovita al que Kitty veía y trataba desde niña y al que recordaba siempre de uniforme y con espuelas, aunque ahora llevaba el cuello al descubierto y usaba corbata de color. Este hombre, de pequeños ojos, era extraordinariamente ridículo y se hacía pesado porque resultaba imposible desembarazarse de él.

Una vez establecido aquel régimen de vida fijo, Kitty se sintió muy aburrida y más aún cuando su padre marchó a Carlsbad y quedó sola con su madre.

Kitty no se interesaba por los conocidos, ya que no esperaba nada nuevo de ellos. Su interés principal en el balneario consistía en observar a los que no conocía y hacer conjeturas sobre ellos. Por inclinación natural de su carácter, Kitty suponía siempre buenas cualidades en los demás y sobre todo en los desconocidos. Y ahora, al hacer suposiciones sobre quien pudiera ser aquella gente, sus relaciones mutuas y sus caracteres, imaginaba que éstos eran agradables y excepcionales y en sus observaciones creía encontrar la confirmación de su creencia.

Le interesaba en especial una joven rusa que acompañaba a una señora enferma, rusa también, a quien todos llamaban madame Stal. Esta dama pertenecía a la alta sociedad. Estaba tan enferma que no podía andar y sólo los días muy buenos se la veía en un cochecillo. No trataba nunca con rusos, lo que, según la princesa Scherbazky, no se debía a su enfermedad, sino al excesivo orgullo que alentaba en ella.

Como Kitty pudo observar, la joven rusa que la cuidaba trataba a todos los enfermos graves, muy abundantes allí, y les atendía con la mayor naturalidad. Siempre con arreglo a sus observaciones, la joven no debía de ser ni pariente de madame Stal ni una enfermera a sueldo. La señora Stal la llamaba Vareñka y los otros mademoiselle Vareñka.

Aparte de que a Kitty le interesaban las relaciones entre madame Stal y Vareñka, así como entre ellas y otras personas a quienes no conocía, Kitty sentía por la joven una simpatía explicable, como sucede a menudo, y, por las miradas que Vareñka le dirigía, se veía que también a ella le agradaba la Princesita.

Vareñka no era lo que puede decirse una muchacha. Parecía un ser sin juventud, a quien tanto se le podían atribuir treinta años como diecinueve. Pero, a juzgar por las líneas de su rostro y pese a su color enfermizo, Vareñka era más bien linda que fea. Habría incluso sido esbelta a no ser por la delgadez extremada de su cuerpo y el volumen de su cabeza, que no guardaba proporción con su estatura; pero no resultaba atrayente para los hombres. Dijérasela una hermosa flor que aún conservara sus pétalos, pero ya mustia y sin perfume… Finalmente, no podía cautivar a los hombres porque le faltaba lo que le sobraba a Kitty: un reprimido ardor vital y la consciencia de sus encantos. Vareñka parecía estar ocupada siempre por algún trabajo que realizaba y le impedía, al parecer, interesarse por ninguna otra cosa.

Era precisamente esta circunstancia, que las hacía distintas, lo que atraía a Kitty más vivamente. Parecía a ésta que en Vareñka, en su manera de vivir, encontraría el modelo de lo que buscaba con tanto ahínco: un interés en la vida, un sentimiento de dignidad personal que nada tuviera en común con aquellas relaciones establecidas en el gran mundo entre muchachos y muchachas y que, ahora, le repugnaban pareciéndole una exhibición humillante, como de mercadería en espera del comprador.

Cuanto más observaba Kitty a su desconocida amiga, tanto más creía que era el ser perfecto que ella imaginaba y tanto más deseaba conocerla personalmente. Cada una de las varias veces que las dos jóvenes se encontraban durante el día, los ojos de Kitty parecían decir:

«¿Quién y qué es usted? ¿Acaso un ser tan bello moralmente como imagino? ¡Pero no piense, por Dios, que deseo imponerle mi amistad! Me basta con quererla y admirarla». «Yo la quiero también, es usted muy gentil. Y la querría más si tuviese tiempo…», se diría que contestaba la joven rusa con la mirada.

Efectivamente, Kitty veía muy ocupada a Vareñka; ora acompañaba a casa a los niños de una familia rusa, ora llevaba una manta a una enferma y la envolvía en ella, ora trataba de calmar a un enfermo excitado, ora iba a comprar pastas de té (1) para alguien…

A poco de la llegada de los Scherbazky hizo su aparición en el manantial una pareja de nuevos personajes que atrajeron la atención general sin despertar ninguna simpatía. El era un hombre algo encorvado, de enormes manazas, vestido con un viejo gabán que le quedaba corto, de ojos negros a la vez ingenuos y feroces; y ella una mujer agraciada, de rostro pecoso, vestida pobremente y con escaso gusto.

Kitty, notando que aquella pareja era rusa, empezó a inventar a su propósito una novela bella y enternecedora.

Pero la Princesa, informada por la Kurlist, el diario local, de que los nuevos viajeros eran Nicolás Levin y María Nicolaevna, informó a Kitty que aquel hombre era una persona poco recomendable, de modo que todas las ilusiones de la muchacha sobre los recién llegados se desvanecieron. No tanto por los informes de su madre como por ser aquel Levin hermano de Constantino, la pareja se hizo todavía más desagradable a Kitty. Para colmo, la costumbre de Nicolás de estirar la cabeza producía en la joven una repulsión instintiva.

Le parecía, por otra parte, que en aquellos ojos grandes y feroces, que la contemplaban con insistencia, se expresaban sentimientos de odio y de burla, por lo que Kitty procuraba evitar a Nicolás Levin siempre que podía.

(1) Pastas de té (pastas de té rusas): aparecieron en Rusia en el siglo XVIII, como dulce para tomar en la ceremonia del té. Tienen una receta relativamente simple, que consiste, generalmente, en frutos secos molidos, harina y agua o, más frecuentemente, mantequilla. Tras hornearlas, se recubren con azúcar impalpable mientras aún están calientes y de nuevo cuando se han enfriado.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 31

Era un día desapacible, había llovido toda la mañana y los enfermos, provistos de paraguas, llenaban la galería.

Kitty paseaba con su madre y el coronel moscovita, que presumía mucho con su americana a la moda europea comprada en Francfort. Iban de un lado a otro de la galería, procurando evitar a Levin, que paseaba por el extremo opuesto.

Vareñka, con su vestido oscuro y su sombrero negro de alas bajas, paseaba con una francesa ciega. Cada vez que se cruzaba con Kitty, ambas cambiaban miradas amistosas.

–¿Puedo hablarle, mamá? –preguntó Kitty, siguiendo con la mirada a su desconocida amiga y observando que se dirigía al manantial donde podrían coincidir.

–Si tanto empeño tienes en conocerla, me informaré primero de quién y cómo es, hablándole yo antes – repuso su madre–. ¿Qué encuentras en ella de particular? Si quieres, te presentaré a madame Stal. He conocido a sa belle soeur –añadió la Princesa irguiendo la cabeza con orgullo.

Kitty sabía que su madre estaba ofendida de que madame Stal fingiera no reconocer a los rusos; no quiso, por lo tanto, insistir.

–¡Es verdaderamente encantadora ––dijo Kitty viendo a Vareñka ofrecer un vaso de agua a la francesa– Cuanto hace resulta en ella espontáneo, agradable…

–Me dan risa tus engouements –dijo la Princesa– Vale más que nos volvamos –agregó, viendo a Levin que avanzaba en su dirección con su compañera y con el médico alemán, a quien hablaba en alta y enojada voz.

Al volver la espalda oyeron, no ya una voz fuerte, sino gritos. Levin gritaba y el doctor alemán estaba irritado también. La gente les rodeó. La Princesa y Kitty se alejaron precipitadamente y el coronel se unió al corro para saber de qué se trataba. Instantes más tarde, el coronel alcanzó a las Scherbazky.

–¿Qué pasaba? –preguntó la Princesa.

–¡Una vergüenza! –repuso el coronel–. ¡Es terrible encontrar a un ruso en el extranjero! Ese señor ruso ha disputado con el médico, diciéndole mil barbaridades, acusándole de que no le cura como debe y hasta amenazándole con el bastón. ¡Es vergonzoso!

–¡Qué cosa tan desagradable! –comentó la Princesa–. ¿Y en qué ha terminado la cosa?

–Gracias a la intervención de aquélla… esa del sombrero que parece una seta. Creo que es una rusa –dijo el coronel.

–¿Mademoiselle Vareñka? –preguntó Kitty con admiración.

–Sí: fue más hábil que todos. Cogió al señor ruso por el brazo y se lo llevó.

–¿Ve, mamá? –dijo Kitty a su madre–. ¡Y todavía le extraña a usted que la admire!

Observando al siguiente día a aquella amiga a quien no trataba aún, Kitty comprobó que Vareñka estaba ya en tan buenas relaciones con Levin y su mujer como con sus demás protégés. La muchacha se acercaba a ellos, les hablaba y servía de intérprete a la mujer, que no sabía ningún idioma extranjero.

Kitty insistió a su madre para que le permitiese tratar a Vareñka. Y, pese a lo desagradable que le parecía a la Princesa ser ella quien iniciase el trato con la señora Stal, que adoptaba aquella actitud orgullosa no se sabía por qué, le habló y se informó de cuanto concernía a nada malo en conocerla. Acercándose, pues, ella misma a la joven, la interrogó. Escogió al efecto un momento en que Kitty había ido al manantial y Vareñka se había detenido junto a un vendedor ambulante de dulces y la abordó.

–Permítame presentarme personalmente. –dijo la Princesa, con una sonrisa llena de dignidad- Mi hija está enamorada de usted. Quizá usted no me conozca. Soy…

–Ese sentimiento es recíproco, Princesa –contestó Vareñka inmediatamente.

–Se portó usted muy bien ayer con nuestro pobre compatriota ––comentó la Princesa.

Vareñka se ruborizó.

–No recuerdo haber hecho nada –repuso.

–¿Cómo no? Evitó usted un lance desagradable a Levin.

–¡Ah, sí! Su compañera me llamó y yo procuré calmarle. El está muy enfermo y se encuentra descontento de su médico. Estoy acostumbrada a tratar enfermos así.

–Sé que vive usted en Menton con su tía. Creo que madame Stal es tía suya, ¿no? He conocido a la belle soeur de su parienta…

–No es tía mía. Aunque la llamo mamam, no soy parienta suya. –dijo Vareñka volviendo a ruborizarse- Pero he sido educada por ella.

Lo dijo con tal sencillez, con tanta suavidad y franqueza en su rostro, que la Princesa justificó al punto que Kitty estuviese enamorada de aquella muchacha.

–¿Y qué va a hacer ahora ese Levin? –preguntó la Princesa.

–Se marcha –respondió Vareñka.

Kitty, radiante de alegría al ver que su madre trataba ya a su desconocida amiga, volvía en aquel momento del manantial.

–Como ves, Kitty, tu ardiente deseo de conocer a la señorita…

–Vareñka –precisó ésta, con una sonrisa–. Así me llaman todos.

Kitty, ruborizándose de alegría, apretó durante largo rato la mano de su nueva amiga, quien no correspondió al apretón, dejando su mano inerte entre los dedos de Kitty. Pero, aunque su mano no correspondiese al apretón de la joven, su rostro se iluminó con una viva sonrisa, alegre y a la vez algo melancólica, que dejaba al descubierto unos dientes grandes pero magníficos.

–También yo deseaba conocerla –dijo Vareñka.

–¡Pero está usted siempre tan ocupada…!

–¡Quia; no tengo nada que hacer! –aseguró la muchacha.

Mas en aquel mismo instante hubo de dejar a sus recientes amigas viendo a dos niñitas rusas, hijas de un enfermo, que corrían hacia ella.

–¡La llama mamá, Vareñka! –gritaban.

Y Vareñka las siguió.

OOLONG (WU LONG). EL TÉ AZUL.

miércoles, mayo 22nd, 2013

oolongs 12
El TÉ AZUL no es azul, por supuesto, pero esa es la denominación clásica de lo que conocemos como té Oolong (Wu Long). Los Oolongs son tés artesanales; mientras que el té rojo es, esencialmente, té verde sobreoxidado, los productores de Oolong toman el té verde y alteran su proceso de «acabado» mediante algún proceso artístico, de una manera única, para crear un té más oscuro y más rico, que no es té rojo. Estos procesos pueden ser muy simples o minuciosamente complejos y en la mayoría de los casos no se dan a conocer (los métodos de producción son, a menudo, secretos de la familia fuertemente custodiados durante muchas generaciones). Los Oolongs puede variar, de acuerdo al grado de oxidación de las hebras, entre el verde oscuro y el rojo oscuro y parece que, para los chinos, el color azul estaba entre el rojo y el verde y se convirtió, por lo tanto, en una etiqueta para la familia Oolong. Existe una amplia variedad de Oolongs que, en general, son tés excepcionales, de características únicas y una profundidad delicada y sutil de sabor y aroma. En los próximos días iremos hablando de los más ricos y conocidos.

Probá una exquisita versión de este tipo de té en el blend BAJO UN SERENO DAMASCO de DaCha ~Russkiĭ Sekret~ (Blends).

XINGLIN o BAJO UN SERENO DAMASCO

miércoles, mayo 22nd, 2013

Bajo un sereno damasco
Este bello poema de Wang Wei, ha sido fuente de inspiración para la creación de un querido hijo de esta DaCha. La traducción es personal, por lo que si alguien puede mejorarla, bienvenido será.

El damasco tiene su origen en el Turquestán, que es una zona del Asia central, comprendida entre el Desierto de Gobi, en Mongolia, y los límites orientales del Mar Caspio. Sin embargo, las primeras referencias acerca del cultivo de esta fruta se recogieron en el noroeste de China, en la Manchuria, cerca del límite con Rusia, concretamente en el año 3000 a.C.
La ruta de la seda y la de las especias, que comunicaban Asia y Europa, lo llevaron hasta Armenia, de donde deriva su nombre: Prunus armeniaca y desde allí fue llevado, por los romanos, hacia el sur de Europa.
Es una de las frutas más ricas en vitamina A, por lo que es muy adecuado en caso de deficiencias de dicha vitamina, sobre todo en alteraciones de la piel y mucosas, infecciones cutáneas, ceguera nocturna, convalecencias, especialmente de enfermedades de carácter infeccioso, debilidad y astenia.
Dentro de China, era considerado amuleto y símbolo de éxito: en el ancestral Sistema de Exámenes Imperiales, tener éxito se traducía en ser nombrado para una posición oficial del gobierno, que garantizaba una vida holgada de bienestar e influencia; la primera celebración en honor a los candidatos exitosos, habría tenido lugar en un campo de damascos.

Dicho todo esto, les voy a contar el próximo “sekret”, que tiene que ver con el arte de curar, al cual pertenezco.

Los orígenes de la Medicina China provienen de historias reales, leyendas y mitos.

Cuenta una leyenda, que el Emperador Amarillo (Huang Di) se impuso como gobernante supremo del Universo. Ocupó de éste, el centro, dejando el sur para el Emperador de Fuego (Yandi), también conocido como el Emperador Rojo, de quien se decía que tenía el cuerpo de un hombre y la cabeza de un toro.

El Emperador de Fuego enseñó a los humanos cómo cultivar los granos, lo que le valió el título de Agricultor Divino. Poseía un batidor mágico, que utilizaba para descubrir si una planta era venenosa o no y para determinar la naturaleza de cada planta; él mismo probaba cada planta para examinar sus efectos, ya que su cuerpo celestial le permitía neutralizar cualquier materia venenosa. Hasta que un día, el veneno pudo más que su habilidad.

Al rival del Emperador de Fuego, el Emperador Amarillo, también se le atribuían habilidades terapéuticas. De hecho, la mayoría de las cosas se les atribuyen al Emperador Amarillo y a sus ministros: las escalas de música, el mortero, las armas, los espejos y las matemáticas, por nombrar algunos. Uno de los ministros del Emperador Amarillo, Wu Peng, fue pionero en el arte de la medicina y otro ministro, Lei Gong, fue pionero en el arte de la cirugía. Un tercer ministro, Qi Bo, aparece en el Huang Di Nei Jing, Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo.

Independientemente de la validez histórica de las habilidades científicas de estos dos emperadores, ambos han dado sus nombres a dos obras médicas con las que todavía se estudia en las Escuelas de Medicina China y de Acupuntura: Huang Di Nei Jing (Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo) y Shen Nong Bencaojing (Clásico de Medicina Herbaria del Agricultor Divino).

“Honorarios de damascos” o “Xinglin, el huerto de los damascos”

Durante el gobierno de los Tres Reinos, vivió un famoso médico, llamado Dong Feng, considerado uno de los tres médicos más extraordinarios de la antigua China. Al final de su vida, Dong Feng, como un buen taoísta, se retiró a vivir a las montañas Lu y, dada su gran compasión y amor por sus semejantes, continuó viendo a sus pacientes cuando era necesario, pero adoptó la práctica de negarse a cualquier tipo de recompensa monetaria. Cuando sus pacientes, agradecidos, insistían en retribuirle de algún modo, él les aconsejaba plantar árboles de damasco en su jardín familiar; el número de árboles variaba de acuerdo a la gravedad de la enfermedad y, mientras los curados de una enfermedad grave plantaban cinco árboles, aquéllos con dolencias menores, plantaban sólo uno. El número de árboles de damasco del jardín de Dong Feng creció y creció hasta que tuvo un huerto y, al cabo de unos años, su casa fue rodeada por un centenar de miles de ellos, formando una importante plantación.
En épocas de cosecha, el Dr. Dong trocaba los damascos por grano; separaba la cantidad de cereal para consumo personal y entregaba el resto a los campesinos pobres.
La plantación pronto se ganó el nombre de Xinglin (Huerto de los damascos) y esta expresión fue utilizada, desde entonces, en alabanza a un buen médico, altamente calificado, de espíritu recto y noble. También es muestra del “espíritu de la tierra” que tienen los campesinos, quienes retribuyen la bondad con gran respeto, aprecio y elogio.

El Clásico de Medicina Interna del Emperador Amarillo, afirma que: «El médico debe poseer una conciencia moral, una conducta ética y una actitud compasiva hacia aquéllos que necesitan de su atención. Cuando médico y paciente se encuentran en un estado de armonía, la enfermedad no persiste ni se convierte en terminal».
sereno damasco
Probá BAJO UN SERENO DAMASCO de DaCha ~Russkiĭ Sekret~ (Blends). Té azul Oolong Tie Guan Yin jade y Tie Guan Yin de otoño, salpicado con delicadas flores de osmanthus y damascos turcos. Una explosión de orquídeas y damascos en tu boca!

RUSSKOIE POLE/CAMPO RUSO

miércoles, mayo 22nd, 2013

Para construir una dachita y sentarse, a la noche, a escuchar a los grillos cantar, con un vaso de té y un amor.


Русское поле. Yan Frenkel. Maravilloso.

Para escuchar esta canción, recuerden hacer click en AUDIO OFF (borde superior izquierdo) para desactivar la música del sitio web.

El campo. El campo ruso…
La luna brilla o cae la nieve.
La felicidad y el dolor
están ligados a ti…
No, no te olvides de tu amor para siempre!

Campo ruso, campo ruso,
¿cuántos caminos habré caminado?
Tú eres mi juventud, tú eres mi destino,
todo lo que es realidad, lo único en la vida que se ha cumplido.

No se comparan a ti
ni el bosque ni el mar.
Tú estás conmigo, mi campo,
mi monasterio, templo del viento.

Aquí está mi patria,
lo digo sin fundirme.
Hola, campo ruso,
soy tu delicado oído.

El campo. El campo ruso…
Recibe a este hombre, por tanto tiempo, urbano.
El olor a salvia, a lluvia de primavera,
de repente, me va a quemar la nostalgia!

Campo ruso, campo ruso,
yo, como tú, esperando vivir,
confío, en silencio, en la promesa
de ver el cielo azul cubierto de nubes.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULO 29

martes, mayo 21st, 2013

anna tapa libro
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 29

Todos expresaban su desaprobación en voz alta, repitiendo la frase lanzada por alguien.

–Después de eso, no falta ya más que el circo romano…

El horror se había apoderado de todos, por lo cual el grito de espanto que brotó de los labios de Anna en el momento de la caída de Vronsky a nadie llamó la atención: no había en ello nada extraordinario. Pero poco después, el rostro de Anna expresó un sentimiento más vivo de lo que permitía el decoro, Perdido por completo el dominio de sí misma, comenzó a agitarse como un ave en la trampa, ya queriendo levantarse para ir no se sabía adónde, ya dirigiéndose a Betsy y diciéndole:

–Vámonos, vámonos.

Pero Betsy, inclinada hacia abajo, hablaba con un general y no la oía.

Alexis Alexandrovich se acercó a Anna y le ofreció el brazo galantemente.

–Vayámonos, si quiere –dijo en francés.

Anna escuchaba al general y no reparó en su marido.

–Dicen que se ha roto la pierna. ¡Eso es una barbaridad! ––comentaba el general.

Anna, sin contestar a su marido, tomó los prismáticos y miró hacia el lugar donde Vronsky había caído. Pero estaba bastante lejos y se había precipitado allí tanta gente que era imposible distinguir nada. Anna, bajando los gemelos, se dispuso a marchar. Pero en aquel momento llegó un oficial a caballo a informó al Emperador. Anna se inclinó hacia adelante para escuchar lo que decía.

–¡Stiva, Stiva! –gritó, llamando a su hermano. Mas él, aunque no estaba lejos, no la oyó y ella se dispuso de nuevo a marchar.

–Insisto en ofrecerle mi brazo si quiere irse –dijo su marido, tocando el brazo de Anna.

Ésta se separó de él con repulsión y contestó, sin mirarle a la cara:

–No, no, déjame; me quedo.

Veía ahora que, desde donde cayera Vronsky, un oficial corría a través del campo hacia la tribuna. Betsy le hizo una señal con el pañuelo. El oficial anunció que el jinete estaba ileso, pero que el caballo se había roto la columna vertebral.

Al oírle, Anna se sentó y ocultó el rostro tras el abanico. Karenin veía que su mujer no sólo no podía reprimir las lágrimas, sino que ni siquiera los sollozos que henchían su pecho. Entonces se puso ante ella, para darle tiempo a reponerse sin que los demás notaran su llanto.

–Le ofrezco mi brazo por tercera vez ––dijo a Anna al cabo de un instante.

Ella le miraba, sin saber qué decir. La princesa Betsy corrió en su ayuda.

–No, Alexis Alexandrovich. Anna y yo hemos venido juntas y le he prometido acompañarla a casa– intervino Betsy.

–Perdón, Princesa –dijo Karenin, sonriendo con respeto, pero mirándola fijamente a los ojos– Observo que Anna no se encuentra bien y quiero que regrese a casa conmigo.

Anna se volvió asustada, se puso en pie sumisa y pasó el brazo bajo el de su marido.

–Enviaré a preguntar cómo está Vronsky y se lo avisaré –le dijo Betsy en voz baja.

Al salir de la tribuna, Karenin hablaba, como de costumbre, con los conocidos que iba encontrando. Anna tenía también que hablar y proceder como siempre, pero se sentía muy agitada y avanzaba del brazo de su marido como en una pesadilla.

«¿Se habría matado o no? ¿Sería cierto lo que decían?» Se sentó en silencio en el coche de Karenin, que destacó en breve de entre los demás coches.

A despecho de lo que había visto, Alexis Alexandrovich se negaba a pensar en la verdadera situación de su mujer. No apreciaba más que los signos externos. Ella se había comportado de una manera inconveniente y ahora él consideraba un deber suyo el decírselo. Pero era muy difícil hacerlo sin ir más lejos. Abrió la boca para decir a Anna que su conducta era digna de censura, mas sin querer él dijo una cosa totalmente distinta.

–¡Parece imposible cómo, en el fondo, nos gustan a todos esos espectáculos tan bárbaros! ––comentó– Observo…

–¿Qué? No le comprendo –repuso Anna.

Karenin se sintió ofendido, e inmediatamente comenzó a hablarle de lo que quería.

–He de decirle… –comenzó.

«Ahora viene la explicación», pensó Anna asustada.

–He de decirle que su conducta de hoy no ha sido nada correcta –le dijo su marido en francés.

–¿Por qué no ha sido correcta? –preguntó Anna en voz alta, volviendo rápidamente la cabeza y mirándole a los ojos pero no con la fingida alegría de otras veces, sino con una resolución bajo la cual difícilmente ocultaba sus temores.

–Cuidado –dijo Alexis Alexandrovich señalando la abierta ventanilla delantera por la que podía oírles el cochero. Y, levantándose, subió el cristal.

–¿Qué halla usted de incorrecto en mi conducta? –repitió Anna.

–La desesperación que no supo usted ocultar cuando cayó uno de los jinetes.

Karenin esperaba una réplica, pero Anna callaba, mirando fijamente ante sí.

–Ya le he rogado antes que se comporte correctamente en sociedad, para que las malas lenguas no tengan que murmurar de usted. Hace tiempo le hablé del aspecto espiritual de estas cosas. Ahora ya no me refiero a tal aspecto. Hablo de las conveniencias exteriores. Usted se ha comportado incorrectamente y espero que esto no se repita.

Anna apenas oía la mitad de aquellas palabras. Temía a su marido y a la vez se preguntaba si Vronsky se habría matado o no y si se habrían referido a él al decir que el jinete estaba ileso y el caballo se había roto la columna vertebral. Sólo acertó a sonreír con fingida ironía cuando su marido acabó de hablar. Pero no pudo contestarle nada, porque apenas había entendido nada de lo que él le dijera.

Karenin había comenzado a hablar con mucha energía, mas cuando se dio cuenta de lo que estaba diciendo a su mujer, el temor que ésta experimentaba se le contagió. Vio la sonrisa irónica de Anna y una extraña confusión se apoderó de su mente.

«Sonríe de mis dudas. Ahora va a decirme lo mismo que me dijo entonces: que mis sospechas son infundadas y ridículas…»

Sintiéndose amenazado de oír la verdad, Karenin deseaba vivamente que su mujer le contestase como lo había hecho entonces, que le dijese que sus sospechas eran estúpidas y sin fundamento. Era tan terrible lo que sabía y sufría tanto por ello, que en aquel instante estaba pronto a creerlo todo. Pero la expresión temerosa y sombría del rostro de Anna ahora ni siquiera le prometía el engaño.

–Puede que me equivoque –siguió él– y en ese caso, le ruego que me perdone.

–No se equivoca usted. –dijo lentamente Anna, mirando con desesperación el semblante impasible de su marido– No se equivoca… Estaba y estoy desesperada. Mientras lo escucho a usted estoy pensando en él. Lo amo; soy su amante. No puedo soportarlo a usted; lo aborrezco. Haga conmigo lo que quiera.

E, inclinándose en un ángulo del coche, Anna rompió en sollozos, ocultando la cara entre las manos.

Karenin no se movió ni cambió la dirección de su mirada. Su rostro adquirió de pronto la solemne inmovilidad del de un muerto y aquella expresión no se modificó durante todo el trayecto hasta la dacha. Una vez ante ella, Karenin volvió el rostro hacia su mujer, siempre con la misma expresión.

–Bien. Exijo que guarde usted las apariencias hasta que… –y la voz de Karenin tembló– hasta que tome las medidas apropiadas para dejar a salvo mi honor. Ya se las comunicaré.

Salió del coche y ayudó a Anna a apearse. Le apretó la mano, de modo que los criados lo vieran, se sentó en el coche y volvió a San Petersburgo.

Poco después, llegaba el criado de la Princesa con una nota para Anna. «He mandado una carta a Alexis preguntándole cómo se encuentra. Me contesta que está ileso, pero desesperado.»

«Entonces vendrá», pensó Anna. «¡Cuánto celebro habérselo dicho todo a mi marido!»

Miró el reloj. Faltaban tres horas aún para la cita. Los recuerdos de la última entrevista la llenaban de emoción.

«¡Dios mío, cuánta claridad aún! Es terrible, pero, ¡me gusta ver su rostro y me gusta esta luz fantástica! ¿Y mi marido? ¡Ah, sí! Gracias a Dios todo ha terminado entre nosotros…»

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