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ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULO 18

lunes, abril 29th, 2013

anna tapa libro
PRIMERA PARTE – Capítulo 18

Vronsky siguió al conductor, subió a un vagón y se paró a la entrada del departamento para dejar salir a una señora.

Una sola mirada bastó a Vronsky para comprender, con su experiencia de hombre de mundo, que aquella señora pertenecía a la alta sociedad.

Pidiéndole permiso, fue a entrar en el departamento pero sintió la necesidad de volverse a mirarla, no sólo porque era muy bella, no sólo por la elegancia y la gracia sencillas que emanaban de su figura, sino por la expresión infinitamente suave y acariciadora que apreció en su rostro al pasar ante él.

Cuando Vronsky se volvió, ella volvió también la cabeza. Sus brillantes ojos pardos, sombreados por espesas pestañas, se detuvieron en él con amistosa atención, como si le reconocieran y luego se desviaron, mirando a la multitud, como buscando a alguien. En aquella breve mirada, Vronsky tuvo tiempo de observar la reprimida vivacidad que iluminaba el rostro y los ojos de aquella mujer y la casi imperceptible sonrisa que se dibujaba en sus labios de carmín. Se diría que toda ella rebosaba de algo contenido, que se traslucía, a su pesar, ora en el brillo de su mirada, ora en su sonrisa.

Vronsky entró al fin en el departamento. Su madre, una anciana muy enjuta, de negros ojos, peinada con rizos menudos, frunció levemente las cejas al ver a su hijo y sonrió con sus delgados labios. Se levantó del asiento, entregó a la doncella su saquito de viaje, apretó la mano de su hijo y, cogiéndole el rostro entre las suyas, le besó en la frente.

–¿Has recibido mi telegrama? ¿Cómo estás? ¿Bien? Me alegro mucho…

–¿Ha tenido buen viaje? –preguntó él, sentándose a su lado y aplicando involuntariamente el oído a la voz femenina que sonaba tras la puerta. Adivinaba que era la de la mujer que había visto entrar.

–No puedo estar de acuerdo… –decía la voz de la dama.

–Es un punto de vista muy petersburgués, señora…

–Nada de petersburgués; simplemente femenino.

–Bien: permítame besarle la mano.

–Adiós, Ivan Petrovich. Mire a ver si anda por ahí mi hermano y hágale venir.

Y la señora volvió al departamento.

–¿Ha hallado usted a su hermano? –preguntó la Vronskaya.

En aquel momento, Vronsky recordó que aquella señora era la Karenina.

–Su hermano está ahí fuera –dijo, levantándose–. Perdone, pero no la había reconocido. Además, nuestro encuentro fue tan breve que, seguramente, no me recuerda –añadió, saludando.

–Sí le recuerdo –dijo ella–. Durante el camino hemos hablado mucho de usted su madre y yo. ¡Y mi hermano sin venir! –exclamó, dejando al fin manifestarse en una sonrisa la animación que la colmaba.

–Llámale, Alecha –dijo la anciana condesa.

Vronsky, saltando a la plataforma, gritó:

–¡Oblonsky: ven!

La Karenina no esperó a su hermano y, apenas le vio, salió del coche con paso decidido y ligero. Al acercársele, con un ademán que sorprendió a Vronsky por su gracia y firmeza, le enlazó con el brazo izquierdo y, atrayéndole hacia sí, le besó. Vronsky la miraba sin quitarle ojo y sin saber él mismo por qué sonreía. Luego, recordando que su madre le esperaba, volvió al departamento.

–¿Verdad que es muy agradable? –dijo la Condesa refiriéndose a la Karenina–. Su marido la instaló conmigo y me alegré, porque hemos venido hablando todo el viaje. Me ha dicho que tú… vous filez le parfait amour. Tant mieux, mon cher, tant mieux… (1)

–No comprendo a qué se refiere, mamá… ¿Vamos?

La Karenina entró de nuevo para despedirse de la Condesa.

–Vaya ––dijo alegremente–: ya ha encontrado usted a su hijo y yo a mi hermano. Me alegro, porque yo había agotado todo mi repertorio de historias y no tenía ya nada que contar…

–Habría hecho un viaje alrededor del mundo con usted sin aburrirme ––dijo la Condesa, tomándole la mano–. Es usted una mujer tan simpática que resulta igualmente agradable hablarle que oírla. Y no piense usted tanto en su hijo. No es posible vivir sin separarse alguna vez.

La Karenina estaba en pie, muy erguida, y sus ojos sonreían.

–Anna Arkadievna –explicó la Vronskaya– tiene un hijo de ocho años, del que no se separa nunca y ahora…

–Sí: la Condesa y yo hemos hablado mucho, cada una de nuestro hijo –repuso la Karenina.

Y otra vez la sonrisa, esta vez dirigida a Vronsky, iluminó su semblante.

–Seguramente la habré aburrido mucho –dijo él, cogiendo al vuelo la pelota de coquetería que ella le lanzara.

Pero la Karenina no quiso continuar la conversación en aquel tono y, dirigiéndose a la anciana Condesa, le dijo:

–Gracias por todo. El día de ayer se me pasó sin darme cuenta. Hasta la vista, Condesa.

–Adiós, querida amiga –respondió la Vronskaya–. Permítame besar su lindo rostro. Le digo, con toda la franqueza de una vieja, que en este corto tiempo le he tomado afecto.

La Karenina pareció creer y apreciar aquella frase, sin duda por su naturalidad. Se ruborizó e, inclinándose ligeramente, presentó el rostro a los labios de la Condesa. En seguida se irguió y, siempre con aquella sonrisa juguetona en ojos y labios, dio la mano a Vronsky.

Él oprimió aquella manecita y se alegró como de algo muy importante del enérgico apretón con que ella le correspondió.

La Karenina salió con paso ligero, lo que no dejaba de sorprender por ser algo metida en carnes.

–Es muy simpática –dijo la anciana.

Su hijo pensaba lo mismo. La siguió con los ojos hasta que su figura graciosa se perdió de vista y, sólo entonces, la sonrisa desapareció de sus labios. Por la ventanilla vio cómo Anna se acercaba a su hermano, ponía su brazo bajo el de él y comenzaba a hablarle animadamente, sin duda de algo que no tenía relación alguna con Vronsky. Y el joven se sintió disgustado.

–¿Sigue usted bien de salud, mamá? –dijo dirigiéndose a su madre.

–Muy bien, muy bien. Alejandro ha estado muy amable. María se ha puesto muy guapa otra vez. Es muy interesante.- Y comenzó a hablarle del bautizo de su nieto, para asistir al cual había ido expresamente a San Petersburgo, refiriéndose a la especial bondad que el Emperador manifestara hacia su hijo mayor.

–Ahí viene Lavrenty ––dijo Vronsky, mirando por la ventanilla–. Vamos, ¿quiere?

El viejo mayordomo que viajaba con la Condesa entró anunciando que todo estaba listo. La anciana se levantó.

–Aprovechemos que hay poca gente para salir –dijo Vronsky.

La doncella cogió el saquito de mano y la perrita. El mayordomo y un mozo llevaban el resto del equipaje. Vronsky dio el brazo a su madre. Pero al salir vieron que la gente corría asustada de un lado a otro. Cruzó también el jefe de estación con su brillante gorra galoneada. Debía de haber sucedido algo. Los viajeros corrían en dirección contraria al convoy.

–¿Cómo? –¿Qué? –¿Por dónde se tiró? –se oía exclamar.

Esteban Arkadievich y su hermana volvieron también hacia atrás, con rostros asustados, y se detuvieron junto a ellos.

Las dos señoras subieron al vagón y Vronsky y Esteban Arkadievich siguieron a la multitud para enterarse de lo sucedido.

El guardagujas, ya por estar ebrio, ya por ir demasiado arropado a causa del frío, no había oído retroceder unos vagones y estos le habían cogido debajo.

Antes de que Oblonsky y su amigo volvieran, las señoras conocían ya todos los detalles por el mayordomo.

Los dos amigos habían visto el cuerpo destrozado del infeliz. Oblonsky hacía gestos y parecía a punto de llorar.

–¡Qué cosa más horrible, Anna! ¡Si lo hubieras visto! –decía.

Vronsky callaba. Su hermoso rostro, aunque grave, permanecía impasible.

–¡Si usted lo hubiera visto, Condesa! –insistía Esteban Arkadievich–. ¡Y su mujer estaba allí! ¡Era terrible! Se precipitó sobre el cadáver. Al parecer, era él quien sustentaba a toda la familia. ¡Horrible, horrible!

–¿No se puede hacer algo por ella? –preguntó la Karenina en voz baja y emocionada.

Vronsky la miró y salió del carruaje.

–Ahora vuelvo, mamá –dijo desde la portezuela.

Al volver al cabo de algunos minutos, Esteban Arkadievich hablaba sosegadamente con la Condesa de la cantante de moda, mientras la anciana miraba preocupada hacia la puerta, esperando a su hijo.

–Vamos ya–dijo Vronsky.

Salieron juntos. El joven iba delante, con su madre. Anna Karenina y su hermano les seguían.

A la salida, el jefe de la estación alcanzó a Vronsky.

–Usted ha dado a mi ayudante doscientos rublos –dijo–. ¿Quiere hacer el favor de indicarme para quién son?

–Para la viuda –respondió Vronsky, encogiéndose de hombros–. No veo qué necesidad hay de preguntar nada.

–¿Conque has dado dinero? –gritó Oblonsky. Y añadió, apretando la mano de su hermana–: Es un buen muchacho, muy bueno. ¿Verdad que sí? Condesa, tengo el honor de saludarla.

Y Oblonsky se paró con su hermana, esperando que llegase la doncella de ésta.

Cuando salieron de la estación, el coche de los Vronsky había partido ya. La gente seguía hablando aún del accidente.

–Ha sido una muerte horrible –decía un señor–. Parece que el tren le partió en dos.

–Yo creo, por el contrario, que ha sido la mejor, puesto que ha sido instantánea –opinó otro.

Anna Karenina se sentó en el coche y su hermano notó con asombro que le temblaban los labios y apenas conseguía dominar las lágrimas.

–¿Qué te pasa, Anna? –preguntó, cuando hubieron recorrido un corto trecho.

–Es un mal presagio –repuso ella.

–¡Qué tonterías! –dijo Esteban Arkadievich–. Lo importante es que hayas llegado ya. ¡No sabes las esperanzas que he puesto en tu venida!

–¿Conoces a Vronsky desde hace mucho? –preguntó Anna.

–Sí… ¿Ya sabes que esperamos casarle con Kitty?

–¿Sí? –murmuró Anna en voz baja. Y añadió, moviendo la cabeza, como si quisiese alejar algo que la molestara físicamente–: Ahora hablemos de ti. Ocupémonos de tus asuntos. He recibido tu carta y, ya ves, me he apresurado a venir.

–Sí. Sólo en ti confío –contestó Esteban Arkadievich.

–Bien: cuéntamelo todo.

Esteban Arkadievich se lo relató. Al llegar a su casa ayudó a bajar del coche a su hermana, suspiró, le estrechó la mano y se fue a la Audiencia.

(1) vous filez le parfait amour. Tant mieux, mon cher, tant mieux…: tú guías el amor perfecto. Tanto mejor, mi querido, tanto mejor…

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 16 Y 17

domingo, abril 28th, 2013

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PRIMERA PARTE – Capítulo 16

Vronsky no había conocido nunca la vida familiar. Su madre, de joven, había sido una dama del gran mundo que, durante su matrimonio y después de quedar viuda, sobre todo, había tenido muchas aventuras que nadie ignoraba. Vronsky apenas había conocido a su padre y había recibido su educación en el Cuerpo de Pajes.

Al salir de la escuela, convertido en un joven y brillante oficial, había empezado a frecuentar el círculo de los militares ricos de San Petersburgo. Mas, aunque vivía en la alta sociedad, sus intereses amorosos estaban fuera de ella.

En Moscú experimentó, por primera vez, en contraste con la vida esplendorosa y agitada de San Petersburgo, el encanto de relacionarse con una joven de su esfera, agradable y pura, que lo amaba. No se le ocurrió ni pensar que habría nada de malo en sus relaciones con Kitty.

En los bailes danzaba con ella, la visitaba en su casa, le hablaba de lo que se habla habitualmente en el gran mundo: de tonterías, a las que él daba, sin embargo y para ella, un sentido particular. Aunque cuanto le decía podía muy bien haber sido oído por todos, comprendía que ella se sentía cada vez más unida a él. Y cuanto más experimentaba tal sensación, más agradable le era sentirla y más dulce sentimiento le inclinaba, a su vez, hacia la joven.

Ignoraba que aquel modo de tratar a Kitty tiene un nombre específico: la “seducción de muchachas con las que uno no piensa casarse”, acción censurable muy corriente entre los jóvenes como él. Creía haber sido el primero en descubrir aquel placer y gozaba con su descubrimiento.

Si hubiese podido oír la conversación de los padres de Kitty, si se hubiera situado en su punto de vista y pensado que no casándose con ella, Kitty iba a ser desgraciada, se habría quedado asombrado, casi sin llegarlo a creer. Le era imposible imaginar que lo que tanto le agradaba –y a ella más aún– pudiera entrañar mal alguno. Y le era más imposible todavía imaginar que debía casarse.

Nunca pensaba en la posibilidad del matrimonio. No sólo no le interesaba la vida del hogar, sino que en la familia y, sobre todo, en el papel de marido, de acuerdo con la opinión del círculo de solterones en que se movía, veía algo ajeno, hostil y, más que nada, un tanto ridículo.

No obstante ignorar la conversación de los padres de Kitty, aquella noche, de regreso de casa de los Scherbazky, sentía la impresión de que el lazo espiritual que le unía con Kitty se había estrechado más aún y que había que buscar algo más profundo, aunque no sabía, a punto fijo, qué.

Mientras se dirigía a su casa, experimentando una sensación de pureza y suavidad debida en parte a no haber fumado en toda la noche y en parte a la dulce impresión que el amor de Kitty le producía, iba diciéndose:

«Lo más agradable es que sin habernos dicho nada, sin que haya nada entre los dos, nos hayamos comprendido tan bien con esa muda conversación de las miradas y las insinuaciones. Hoy, Kitty me ha dicho más elocuentemente que nunca que me quiere. ¡Y lo ha hecho con tanta sencillez y sobre todo con tanta confianza! Me siento mejor, más puro, siento que tengo corazón y que en mí hay mucho de bueno. ¡Oh, sus hermosos ojos enamorados! Cuando ella ha dicho: ‘Y además…’ ¿A qué se refería? En realidad, a nada… ¡Qué agradable me resulta todo esto! Y a ella también…».

Vronsky comenzó a pensar dónde concluiría la noche. Meditó en los sitios a los que podía ir.

«¿El círculo? ¿Una partida de besik (1) y beber champaña con Ignatiev…? No, no. ¿El Château des fleurs? Allí encontraré a Oblonsky, habrá canciones, cancán… No; estoy harto de eso. Precisamente si aprecio a los Scherbazky es porque en su casa me parece que me vuelvo mejor de lo que soy… Más vale irse a dormir.»

Entró en su habitación del hotel Diseau, mandó que le sirviesen la cena, se desnudó y apenas puso la cabeza en la almohada se durmió con un profundo sueño.

(1) Besik: no encontré nada. Pido ayuda a la gente de la comunidad rusa para describir este juego.

PRIMERA PARTE – Capítulo 17

A las once de la mañana siguiente, Vronsky fue a la estación del ferrocarril de San Petersburgo para esperar a su madre y a la primera persona que halló en la escalinata del edificio fue a Oblonsky, el cual iba a recibir a su hermana, que llegaba en el mismo tren.

–¡Hola, excelentísimo señor! –gritó Oblonsky –. ¿A quién esperas?

–A mi madre –repuso Vronsky, sonriendo, como todos cuando encontraban a Oblonsky. Y, tras estrecharle la mano, agregó–: Llega hoy de San Petersburgo.

–Te esperé anoche hasta las dos. ¿Adónde fuiste al dejar a los Scherbazky?

–A casa –contestó Vronsky–. Pasé tan agradablemente el tiempo con ellos, que no me quedaban ganas de ir a sitio alguno.

–Conozco a los caballos por el pelo y a los jóvenes enamorados por los ojos –declamó Esteban Arkadievich con idéntico tono al empleado con Levin.

Vronsky sonrió como no negando el hecho, pero cambió en seguida de conversación.

–Y tú, ¿a quién esperas?

–¿Yo? a una mujer muy bonita–dijo Oblonsky.

–¡Hola!

–Honni soit qui mal y pensé (1)! Espero a mi hermana Anna.

–¡Ah, la Karenina! –observó Vronsky.

–¿La conoces?

–Creo que sí. Es decir, no… Verdaderamente, no recuerdo… –contestó Vronsky distraídamente, relacionando vagamente aquel apellido, Karenina, con algo aburrido y afectado.

–Pero seguramente conoces a mi célebre cuñado Alexei Alexandrovich. ¡Le conoce todo el mundo!

–Le conozco de nombre y de vista… Sé que es muy sabio, muy inteligente, ¡casi un santo! Pero ya comprenderás que él y yo no frecuentamos los mismos sitios. Él no mi tipo –dijo Vronsky.

–Es un hombre notable. Demasiado conservador, pero es una excelente persona –comentó Esteban Arkadievich–. ¡Una excelente persona!

–Mejor para él –repuso Vronsky, sonriendo–. ¡Ah, estás ahí! –dijo, dirigiéndose al alto y anciano criado de su madre–. Entra, entra…

Desde hacía algún tiempo, aparte de la simpatía natural que experimentaba por Oblonsky, venía sintiendo una atracción especial hacia él: le parecía que su parentesco con Kitty les ligaba más.

–¿Qué? ¿Se celebra por fin el domingo la cena en honor de esa «diva»? –preguntó, cogiéndole del brazo.

–Sin falta. Voy a hacer la lista de los asistentes. ¿Conociste ayer a mi amigo Levin? –interrogó Esteban Arkadievich.

–Desde luego. Pero se fue muy pronto, no sé por qué…

–Es un muchacho muy simpático –continuó Oblonsky–. ¿Qué te parece?

–No sé –repuso Vronsky–. En todos los de Moscú, excepto en ti –bromeó–, hallo cierta brusquedad… Siempre están enojados, sublevados contra no sé qué. Parece como si quisieran expresar algún resentimiento…

–¡Toma, pues es verdad! –exclamó Oblonsky, riendo alegremente.

–¿Llegará pronto el tren? –preguntó Vronsky a un empleado.

–Ya ha salido de la última estación –contestó el hombre.

Se notaba la aproximación del convoy por el ir y venir de los mozos, la aparición de gendarmes y empleados, el movimiento de los que esperaban a los viajeros. Entre nubes de helado vapor se distinguían las figuras de los ferroviarios, con sus toscos abrigos de piel y sus botas de fieltro, discurriendo entre las vías. A lo lejos, se oía el silbido de una locomotora y se percibía una pesada trepidación.

–No has apreciado bien a mi amigo –dijo Esteban Arkadievich, que deseaba informar a Vronsky de las intenciones de Levin respecto a Kitty–. Reconozco que es un hombre muy impulsivo y que se hace desagradable a veces. Pero con frecuencia resulta muy simpático. Es de una naturaleza recta y honrada y tiene un corazón de oro. Mas ayer tenía motivos particulares –continuó con significativa sonrisa, olvidando por completo la compasión que Levin le inspirara el día antes y experimentando, ahora, el mismo sentimiento afectuoso hacia Vronsky–. Sí: tenía motivos para sentirse muy feliz o muy desdichado.

Vronsky se detuvo y preguntó sin ambages:

–¿Quieres decir que se declaró ayer a tu belle soeur?

–Quizás –concedió su amigo–. Se me figura que hizo algo así. Pero si se fue pronto y estaba de mal humor, es que… Hace tiempo que se había enamorado. ¡Le compadezco!

–De todos modos, creo que ella puede aspirar a algo mejor–dijo Vronsky.

Y empezó a pasear ensanchando el pecho. Añadió:

–No le conozco bien. Cierto que su situación es difícil en este caso… Por eso casi todos prefieren dirigirse a las… Allí, si fracasas, sólo significa que no tienes dinero. ¡En cambio, en estos otros casos, se pone en juego la propia dignidad! Mira: ya viene el tren.

En efecto, el convoy llegaba silbando. El andén retembló; pasó la locomotora soltando nubes de humo que quedaban muy bajas por efecto del frío y moviendo lentamente el émbolo de la rueda central. El maquinista, cubierto de escarcha, arropadísimo, saludaba a un lado y a otro. Pasó el ténder, más despacio aún; pasó el furgón, en el cual iba un perro ladrando y, al fin, llegaron los coches de viajeros.

El conductor se puso un silbato en los labios y saltó del tren. Luego comenzaron a apearse los pasajeros: un oficial de la guardia, muy estirado, que miraba con altanería en torno suyo; un joven comerciante, muy ágil, que llevaba un saco de viaje y sonreía alegremente; un aldeano con un fardo al hombro…

Vronsky, al lado de su amigo, contemplando a los viajeros que salían, se olvidó de su madre por completo. Lo que acaba de saber de Kitty le emocionó y alegró. Se irguió sin darse cuenta; sus ojos brillaban. Se sentía victorioso.

–La princesa Vronskaya va en aquel departamento ––dijo el conductor, acercándose a él.

Aquellas palabras le despertaron de sus pensamientos, haciéndole recordar a su madre y su próxima entrevista.

En realidad, en el fondo no respetaba a su madre; ni siquiera la quería, aunque de acuerdo con las ideas del ambiente en que se movía, no podía tratarla sino de un modo en sumo grado respetuoso y obediente, tanto más respetuoso y obediente cuanto menos la respetaba y la quería.

(1) «Honni soit qui mal y pense»: es el lema de la Orden de la Jarretera, inglesa. Su traducción literal del francés antiguo es «Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal de ello». Según la tradición esta frase fue pronunciada por el rey Eduardo III de Inglaterra cuando estaba bailando con la Condesa de Salisbury. La liga de la condesa se deslizó hasta su tobillo, humillación ante la cual aquellos que la rodeaban se sonrieron. En un acto de caballerosidad, Eduardo se colocó la liga alrededor de la pierna, diciendo «Honi soit qui mal y pense» y, posteriormente, la frase se convirtió en el lema de la Orden.

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 14 Y 15

sábado, abril 27th, 2013

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PRIMERA PARTE – Capítulo 14

Pero en aquel instante entró la Princesa. El horror se pintó en sus facciones al ver que los dos jóvenes estaban solos y que en sus semblantes se retrataba una profunda turbación. Levin saludó en silencio a la Princesa. Kitty callaba y mantenía bajos los ojos.

«Gracias a Dios, le ha dicho que no», pensó su madre.

Y en su rostro se pintó la habitual sonrisa con que recibía a sus invitados cada jueves.

Se sentó y empezó a hacer a Levin preguntas sobre su vida en el pueblo. El se sentó también, esperando que llegasen otros invitados para poder irse sin llamar la atención.

Cinco minutos después entró una amiga de Kitty, casada el invierno pasado: la condesa Nordston.

Era una mujer seca, amarillenta, de brillantes ojos negros, nerviosa y enfermiza. Quería a Kitty y, como siempre sucede cuando una casada siente cariño por una soltera, su afecto se manifestaba en su deseo de casar a la joven con un hombre que respondía a su ideal de felicidad y este hombre era Vronsky.

La Condesa había solido hallar a Levin en casa de los Scherbazky a principios del invierno. No simpatizaba con él. Su mayor placer cuando le encontraba consistía en divertirse a su costa.

–Me agrada mucho –decía– observar cómo me mira desde la altura de su superioridad, bien cuando interrumpe su culta conversación conmigo considerándome una necia o bien cuando condesciende en soportar mi inferioridad. Esa condescendencia me encanta. Me satisface mucho saber que no puede tolerarme.

Tenía razón: Levin la despreciaba y la encontraba inaguantable en virtud de lo que ella tenía por sus mejores cualidades: el nerviosismo y el refinado desprecio e indiferencia hacia todo lo sencillo y corriente.

Entre ambos se habían establecido, pues, aquellas relaciones tan frecuentes en sociedad, caracterizadas por el hecho de que dos personas mantengan en apariencia relaciones de amistad sin que por eso dejen de experimentar tanto desprecio el uno por el otro que no puedan ni siquiera ofenderse.

La condesa Nordston atacó inmediatamente a Levin.

–¡Caramba, Constantino Dmitrievich! ¡Ya le tenemos otra vez en nuestra corrompida Babilonia! –dijo, tendiéndole su manecita amarillenta y recordando que Levin meses antes había llamado Babilonia a Moscú–. ¿Qué? ¿Se ha regenerado Babilonia o se ha encenagado usted? –preguntó, mirando a Kitty con cierta ironía.

–Me honra mucho, Condesa, que recuerde usted mis palabras –dijo Levin, quien, repuesto ya, se amoldaba maquinalmente al tono habitual, entre burlesco y hostil, con que trataba a la Condesa–. ¡Debieron de impresionarla mucho!

–¡Figúrese! ¡Hasta me las apunté! ¿Has patinado hoy, Kitty?

Y comenzó a hablar con la joven. Aunque marcharse entonces era una inconveniencia, Levin prefirió cometerla a permanecer toda la noche viendo a Kitty mirarle de vez en cuando y rehuir su mirada en otras ocasiones.

Ya iba a levantarse cuando la Princesa, reparando en su silencio, le preguntó:

–¿Estará mucho tiempo aquí? Seguramente no podrá ser mucho, pues, según tengo entendido, pertenece usted al zemstvo.

–Ya no me ocupo del zemstvo, Princesa –repuso él–. He venido por unos días.

«Algo le pasa» , pensó la condesa Nordston, notando su rostro serio y concentrado. «Es extraño que no empiece a desarrollar sus tesis… Pero yo le llevaré al terreno que me interesa. ¡Me gusta tanto ponerle en ridículo ante Kitty!»

–Explíqueme esto, por favor –le dijo en voz alta–, usted, que elogia tanto a los campesinos. En nuestra aldea de la provincia de Kaluga los aldeanos y las aldeanas se han bebido cuanto tenían y ahora no nos pagan. ¿Qué me dice usted de esto, que elogia siempre a los campesinos?

Una señora entraba en aquel momento. Levin se levantó.

–Perdone, Condesa; pero le aseguro que no entiendo nada ni nada puedo decirle –repuso él, dirigiendo su mirada a la puerta, por donde, detrás de la dama, acababa de entrar un militar.

«Debe de ser Vronsky», pensó Levin.

Y, para asegurarse de ello, miró a Kitty, que, habiendo tenido tiempo ya de contemplar a Vronsky, fijaba ahora su mirada en Levin. Y Levin comprendió en aquella mirada que ella amaba a aquel hombre y lo comprendió tan claramente como si ella misma le hubiese hecho la confesión. Pero, ¿qué clase de persona era?

Ahora ya no se podía ir. Debía quedarse para saber a qué género de hombre amaba Kitty.

Hay personas que cuando encuentran a un rival afortunado sólo ven sus defectos, negándose a reconocer sus cualidades. Otras, en cambio, sólo ven, aunque con el dolor en el corazón, las cualidades de su rival, los méritos con los cuales les ha vencido. Levin pertenecía a esta clase de personas.

Y en Vronsky no era difícil encontrar atractivos. Era un hombre moreno, no muy alto, de recia complexión, de rostro hermoso y simpático. Todo en su semblante y figura era sencillo y distinguido, desde sus negros cabellos, muy cortos y sus mejillas bien afeitadas, hasta su uniforme flamante, que no entorpecía en nada la soltura de sus ademanes.

Vronsky, dejando pasar a la señora, se acercó a la Princesa y luego a Kitty.

Al aproximarse a la joven, sus bellos ojos brillaron de un modo peculiar, con una casi imperceptible sonrisa de triunfador que no abusa de su victoria (así le pareció a Levin). La saludó con respetuosa amabilidad, tendiéndole su mano, no muy grande, pero vigorosa.

Tras saludar a todas y murmurar algunas palabras, se sentó sin mirar a Levin, que no apartaba la vista de él.

–Permítanme presentarles –dijo la Princesa–. Constantino Dmitrievich Levin; el conde Alexis Constantinovich Vronsky.

Vronsky se levantó y estrechó la mano de Levin, mirándole amistosamente.

–Creo que este invierno teníamos que haber coincidido en una comida –dijo con su risa franca y espontánea–, pero usted se fue inesperadamente a sus propiedades.

–Constantino Dmitrievich desprecia y odia la ciudad y a los ciudadanos –dijo la condesa Nordston.

–Se ve que mis palabras le producen a usted gran efecto, puesto que tan bien las recuerda –contestó Levin. Y enrojeció al darse cuenta de que había dicho lo mismo poco antes.

Vronsky miró a Levin y a la condesa Nordston y sonrió.

–¿Vive siempre en el pueblo? –preguntó–. En invierno debe usted de aburrirse mucho.

–Vivir allí no tiene nada de aburrido si se tienen ocupaciones. Y, además, uno nunca se aburre si sabe vivir consigo mismo –respondió bruscamente Levin.

–También a mí me gusta vivir en el pueblo –indicó Vronsky, fingiendo no haber reparado en el tono de su interlocutor.

–Pero supongo que usted, Conde, no habría sido capaz de vivir siempre en una aldea –comentó la condesa de Nordston.

–No sé; nunca he probado a estar en ellas mucho tiempo. Pero me pasa una cosa muy rara. Jamás he sentido tanta nostalgia por mi aldea de Rusia, con sus campesinos calzados con lapti (1), como después de pasar una temporada en Niza un invierno con mi madre. Como ustedes saben, Niza es muy aburrida.

Nápoles y Sorrento son atractivos, mas para poco tiempo. Y nunca se recuerda tanto a nuestra Rusia como allí. Parece como si…

Vronsky se dirigía a Kitty y a Levin a la vez, mirando alternativamente al uno y al otro, con mirada afectuosa y tranquila. Se notaba que estaba diciendo lo primero que se le ocurría.

Al observar que la condesa Nordston iba a hablar, dejó sin terminar la frase.

La conversación no languidecía. La Princesa no necesitó, por lo tanto, apelar a las dos piezas de artillería pesada que reservaba para tales casos: la enseñanza clásica de la juventud y el servicio militar obligatorio.

Por su parte, a la condesa Nordston no se le presentó ocasión de mortificar a Levin.

Éste quiso intervenir varias veces en la charla, pero no se le ofreció oportunidad; a cada momento se decía «ahora me puedo marchar», pero no se iba y continuaba allí como si esperase algo.

Se habló de espiritismo, de veladores que giraban, y la condesa Nordston, que creía en los espíritus, comenzó a relatar los prodigios que había presenciado.

–¡Por Dios, Condesa: lléveme a donde pueda ver algo de eso! –dijo, sonriendo, Vronsky–. Jamás he encontrado nada de extraordinario, a pesar de lo mucho que siempre lo busqué.

–El próximo sábado, pues. Y usted, Constantino Dmitrievich, ¿cree en ello?

–¿Para qué me lo pregunta? De sobra sabe lo que le he de contestar.

–Deseo conocer su opinión.

–Mi opinión es que todo eso de los veladores acredita que la sociedad culta no está a mucha más altura que los aldeanos, que creen en el mal de ojo, en brujerías y hechizos, mientras que nosotros…

–Entonces ¿usted no cree?

–No puedo creer, Condesa.

–¡Pero si yo misma lo he visto!

–También las campesinas cuentan que han visto ellas mismas fantasmas.

–¿Es decir, que lo que digo no es verdad?

Y sonrió forzadamente.

–No es eso, Macha –intervino Kitty, ruborizándose–. Lo que dice Levin es que él no puede creer.

Levin, más irritado aún, quiso replicar, pero Vronsky, con su jovial y franca sonrisa, acudió para desviar la conversación, que amenazaba con tomar un cariz desagradable.

–¿No admite la posibilidad? –dijo–. ¿Por qué no? Así como admitimos la existencia de la electricidad y no la conocemos, ¿por qué no ha de existir una fuerza nueva y desconocida, la cual…?

–Cuando se descubrió la electricidad –respondió Levin inmediatamente– se comprobó el fenómeno y no su causa y transcurrieron siglos antes de llegar a una aplicación práctica. En cambio, los espiritistas parten de la base de que los veladores les transmiten comunicaciones y los espíritus les visitan y es después cuando agregan que se trata de una fuerza desconocida.

Vronsky, como hasta entonces, escuchaba con atención a Levin, visiblemente interesado por sus palabras.

–Bien; pero los espiritistas dicen que la fuerza existe, aunque no saben cuál es y añaden que actúa en determinadas circunstancias. A los sabios corresponde descubrir el origen de esa energía. No veo por qué no ha de existir una nueva fuerza que…

–Porque –interrumpió de nuevo Levin– en la electricidad se da el fenómeno de que siempre que usted frote resina con lana se produce cierta reacción, mientras que en el espiritismo, en iguales circunstancias, no se dan los mismos efectos, lo que quiere decir que no se trata de un fenómeno natural.

La charla se hacía demasiado grave para el ambiente del salón y Vronsky, comprendiéndolo, en vez de replicar, trató de cambiar de tema. Sonrió, pues, alegremente, y se dirigió a las señoras.

–Podíamos probar ahora, Princesa –dijo.

Pero Levin no quiso dejar de completar su pensamiento.

–Opino que el intento de los espiritistas de explicar sus prodigios por la existencia de una fuerza desconocida es muy desacertado. El caso es que hablan de una fuerza espiritual y quieren someterla a ensayos materiales.

Todos esperaban que completase su pensamiento y él lo comprendió.

–Pues, a mi entender, sería usted un excelente médium –dijo la condesa Nordston–. Hay en usted algo de… extático…

Levin abrió la boca para replicar; pero se puso rojo y no dijo nada.

–Ea, probemos, probemos lo de las mesas –insistió Vronsky. Y dirigiéndose a la madre de Kitty, preguntó–: ¿Nos lo permite? –mientras miraba a su alrededor, buscando un velador.

Kitty se levantó para ir a buscarlo. Al pasar ante Levin, se cruzaron sus miradas. Ella le compadecía con toda su alma. Le compadecía por la pena que le causaba.

«Perdóneme, si puede», le dijo con los ojos. «¡Soy tan feliz!»

«Odio a todos, incluso a usted y a mí mismo», contestó la mirada de él.

Y cogió el sombrero. Pero la suerte le fue también contraria esta vez. En el instante en que todos se sentaban en torno al velador y Levin se disponía a salir, entró el anciano Príncipe y, tras saludar a las señoras, dijo alegremente a Levin:

–¡Caramba! ¿Desde cuándo está usted aquí? ¡No lo sabía! Me alegro mucho de verle.

El Príncipe le hablaba a veces de usted, a veces de tú. Le abrazó y se puso a hablar con él. No había reparado en Vronsky, que se había puesto en pie y esperaba el momento en que el Príncipe se dirigiese a él.

Kitty comprendía que, después de lo ocurrido, la amabilidad de su padre debía resultar muy dolorosa para Levin. Notó también la frialdad con que el Príncipe saludó por fin a Vronsky y cómo éste le contemplaba con amistoso asombro, sin duda preguntándose por qué se sentiría tan mal dispuesto hacia él.

Kitty se ruborizó.

–Príncipe: déjenos a Constantino Dmitrievich. Queremos hacer unos experimentos ––dijo la condesa Nordston.

–¿Qué experimentos? ¿Con los veladores? Perdóneme, pero, en mi opinión, casi es más divertido el juego de prendas –opinó el Príncipe mirando a Vronsky y adivinando que era él quien había sugerido el entretenimiento–. Por lo menos, jugar a prendas tiene algún sentido.

Vronsky, más extrañado aún, contempló al Príncipe con sus ojos tranquilos. Luego empezó a hablar con la condesa Nordston del baile que debía celebrarse la semana siguiente.

–Asistirá usted, ¿verdad? –preguntó a Kitty.

En cuanto el viejo Príncipe dejó de hablarle, Levin salió procurando no llamar la atención.
La última impresión que retuvo de aquella noche fue la expresión feliz y sonriente del rostro de Kitty al contestar a Vronsky a su pregunta sobre el baile que se había de celebrar.

(1) Lapti: (en singular lápot) una especie de zapatos o alpargatas tejidos con corteza de diferentes especies de árbol (tilo, abedul, olmo, roble o sauce) o líber, que durante muchos siglos fue el principal calzado de la población rural, es decir, del 90 % de los rusos. Son probablemente el calzado más conocido en el territorio del país y uno de los más antiguos. Las primeras alusiones a los lapti datan de los siglos XVI-XVII, aunque hallazgos en yacimientos neolíticos de agujas especiales de hierro o hueso para tejer corteza, hacen sospechar que ya entonces se utilizaban. Para su elaboración se usaba una horma de madera.

PRIMERA PARTE – Capítulo 15

Cuando todos se hubieron ido, Kitty contó a su madre la conversación sostenida con Levin. Pese a la compasión que éste le inspiraba, se sentía satisfecha de que hubiese pedido su mano.

Estaba segura de haber obrado bien. Pero, una vez acostada, tardó mucho en dormirse. La imagen de Levin, con el entrecejo arrugado y los ojos bondadosos, contemplándola triste y abatido, mientras escuchaba a su padre y miraba a Vronsky que hablaban juntos, no se apartaba de su mente; y sentía tanta compasión de él que las lágrimas acudieron a sus ojos. Pero luego pensó en el hombre a quien había preferido, evocó su rostro tranquilo y decidido, la noble serenidad y la benevolencia que emanaban de su semblante y volvió a sentirse alegre y feliz.

«Es triste, es triste, pero, ¿qué puedo hacer? Yo no tengo la culpa», se decía.

Una voz interior le aseguraba lo contrario. No sabía si se arrepentía de haber atraído a Levin o de haberle rechazado, y estas dudas acibaraban su dicha.

«¡Perdóname, Dios mío, perdóname!», repitió mentalmente sin cesar, hasta que se durmió.

Entre tanto, abajo, en el despacho del Príncipe, se desarrollaba una de las frecuentes escenas que se producían a propósito de aquella hija tan querida.

–¡Eso es! ¡Ni más ni menos! –gritaba el Príncipe, gesticulando, mientras se ajustaba su bata gris–. ¡No tienes orgullo ni dignidad! ¡Estás cubriendo de oprobio a tu hija con ese absurdo y vil proyecto de casamiento!

–Pero, ¡por Dios!, dime: ¿qué he hecho yo? –respondía la Princesa, casi llorando.

Sintiéndose feliz y contenta después de la conversación con su hija, había entrado, como siempre, en el despacho del Príncipe para darle las buenas noches. No tenía intención de hablar a su marido de la proposición de Levin y la negativa de Kitty pero aludió a que lo de Vronsky podía considerarse como firme y sólo faltaba que llegase su madre para formalizarlo.

El Príncipe, al oírla, se enfureció y comenzó a proferir palabras violentas.

–¿Qué has hecho, me preguntas? Yo te lo diré. Ante todo, tratar de pescar un novio. ¡Todo Moscú hablará de ello y con razón! Si queréis dar fiestas y veladas, invitad a todo el mundo y no a esos galancetes preferidos, haced venir a todos esos pisaverdes (así llamaba el Príncipe a los jóvenes de Moscú), contratad a un pianista y que bailen todos, pero, ¡por Dios, no invitéis a los galanes con la intención de arreglar casamientos! ¡Me da asco pensar en ello! Pero tú has conseguido tu objeto: llenar de pájaros la cabeza de la chiquilla. Personalmente, Levin vale mil veces más. El otro es un petimetre de San Petersburgo, igual a los demás. ¡Parece que los fabrican en serie! Y aunque fuera el heredero del trono, mi hija no necesita de nadie…

–Pero ¿qué he hecho yo de malo?

–Ahora te lo diré… ––empezó el Príncipe, con ira.

–Lo sé de antemano. Y si te hiciera caso, nuestra hija no se casaría nunca. Para eso más valdría irnos al pueblo.

–Mejor sería.

–No te pongas así. ¿Acaso he buscado yo algo por mí misma? Se trata de un joven que tiene las prendas, se ha enamorado de nuestra hija y ella parece que…

–¡Sí: te lo parece a ti! ¿Y si la niña se enamora de veras y él piensa tanto en casarse como yo? No quiero ni pensarlo… «¡Oh el espiritismo, oh, Niza, oh, el baile!» –y el Príncipe imitaba los gestos de su mujer y hacía una reverencia después de cada palabra–. Y si luego hacemos desgraciada a nuestra Kateñka, entonces…

–¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué te lo imaginas?

–No me lo imagino; lo veo. Para algo tenemos ojos los hombres, mientras que las mujeres no los tenéis. Yo veo quién lleva intenciones serias: Levin. Y veo al pisaverde, al lechugino, que no se propone más que divertirse.

–Cuando se te mete algo en la cabeza…

–Ya me darás la razón, pero cuando sea tarde, como en el caso de Dolly.

–Bueno, basta. No hablemos más –interrumpió la Princesa recordando el infortunio de su hija mayor.

–Está bien. Adiós.

Se besaron y se persignaron el uno al otro según la costumbre y se separaron, bien persuadidos cada uno de que la razón estaba de su parte.

Hasta entonces, la Princesa había estado segura de que aquella noche se había decidido la suerte de Kitty y que no cabía duda alguna sobre las intenciones de Vronsky; pero ahora las palabras de su marido la llenaron de turbación. Y, ya en su alcoba, temerosa, como Kitty, ante el ignorado porvenir, repitió mentalmente una vez y otra:

«Ayúdanos, Señor; ayúdanos, Señor».

LA LLUVIA Y EL TÉ

sábado, abril 27th, 2013

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«La lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma…»
El té también. Nos encontramos dentro de unos minutos para leer juntos Anna Karenina.

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer.
Y deberás crear,
si quieres ver a tu tierra en paz.
El sol empuja con su luz,
el cielo brilla renovando la vida.

Y deberás amar,
amar, amar hasta morir.
Y deberás crecer
sabiendo reír y llorar.
La lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma.

De tí saldrá la luz,
tan sólo así serás feliz.
Y deberás luchar,
si quieres descubrir la fe.
La lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma.

Este agua lleva en sí
la fuerza del fuego,
la voz que responde por tí,
y por mí…

y esto será siempre así,
quedándote o yéndote.

Luis Alberto Spinetta (Quedándote o yéndote)

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 12 Y 13

viernes, abril 26th, 2013

anna tapa libro

PRIMERA PARTE – Capítulo 12

La princesita Kitty Scherbazky tenía dieciocho años. Aquella era la primera temporada en que la habían presentado en sociedad, donde obtenía más éxitos que los que lograran sus hermanas mayores y hasta más de los que su misma madre osara esperar.

No sólo todos los jóvenes que frecuentaban los bailes aristocráticos de Moscú estaban enamorados de Kitty, sino que en aquel invierno surgieron dos proposiciones serias: la de Levin y, en seguida después de su partida, la del conde Vronsky.

La aparición de Levin a principios de la temporada, sus frecuentes visitas y sus evidentes muestras de amor hacia Kitty motivaron las primeras conversaciones formales entre sus padres, a propósito del porvenir de la joven, y hasta dieron lugar a discusiones.

El Príncipe era partidario de Levin y decía que no deseaba nada mejor para Kitty. Pero, con la característica costumbre de las mujeres de desviar las cuestiones, la Princesa respondía que Kitty era demasiado joven, que nada probaba que Levin llevara intenciones serias, que Kitty no sentía inclinación hacia Levin y otros argumentos análogos. Se callaba lo principal: que esperaba un partido mejor para su hija, que Levin no le era simpático y que no comprendía su modo de ser.

Así, cuando Levin se marchó inesperadamente, la Princesa se alegró y dijo, con aire de triunfo, a su marido:
–¿Ves como yo tenía razón?

Cuando Vronsky hizo su aparición, se alegró más aún, y se afirmo en su opinión de que Kitty debía hacer, no ya un matrimonio bueno, sino brillante.

Para la madre, no existía punto de comparación entre Levin y Vronsky. No le agradaba Levin por sus opiniones violentas y raras, por su torpeza para desenvolverse en sociedad, motivada, a juicio de ella, por el orgullo. Le disgustaba la vida salvaje, según ella, que el joven llevaba en el pueblo, donde no trataba más que con animales y campesinos.

La contrariaba, sobre todo, que, enamorado de su hija, hubiese estado un mes y medio frecuentando la casa, con el aspecto de un hombre que vacilara, observara y se preguntara si, declarándose, el honor que les haría no sería demasiado grande. ¿No comprendía, acaso, que, puesto que visitaba a una familia donde había una joven casadera, era preciso aclarar las cosas? Y, luego, aquella marcha repentina, sin explicaciones…

«Menos mal ––comentaba la madre– que es muy poco atractivo y Kitty –¡claro!– no se enamoró de él.»

Vronsky, en cambio, poseía cuanto pudiera desear la Princesa: era muy rico, inteligente, noble, con la posibilidad de hacer una brillante carrera militar y cortesana. Y además era un hombre delicioso. No, no podía desear nada mejor.

Vronsky, en los bailes, hacía la corte francamente a Kitty, danzaba con ella, visitaba la casa… No era posible, pues, dudar de la formalidad de sus intenciones. No obstante, la Princesa pasó todo el invierno llena de anhelo y zozobra.

Ella misma se había casado, treinta años atrás, gracias a una boda arreglada por una tía suya. El novio, de quien todo se sabía de antemano, llegó, conoció a la novia y le conocieron a él; la tía casamentera informó a ambas partes del efecto que se habían producido mutuamente y, como era favorable, a pocos días y en una fecha señalada, se formuló y aceptó la petición de mano.
Todo fue muy sencillo y sin complicaciones o así al menos le pareció a la Princesa.

Pero, al casar a sus hijas, vio por experiencia que la cosa no era tan sencilla ni fácil. Fueron muchas las caras que se vieron, los pensamientos que se tuvieron, los dineros que se gastaron y las discusiones que mantuvo con su marido antes de casar a Daria y a Natalia.

Al presentarse en sociedad su hija menor, se reproducían las mismas dudas, los mismos temores y, además, más frecuentes discusiones con su marido. Como todos los padres, el viejo Príncipe era muy celoso del honor y pureza de sus hijas y sobre todo de Kitty, su predilecta, y a cada momento armaba escándalos a la Princesa, acusándola de comprometer a la joven.

La Princesa estaba acostumbrada ya a aquello con las otras hijas, pero ahora comprendía que la sensibilidad del padre se excitaba con más fundamento. Reconocía que en los últimos tiempos las costumbres de la alta sociedad habían cambiado y sus deberes de madre se habían hecho más complejos.

Veía a las amigas de Kitty formar sociedades, asistir a no se sabía qué cursos, tratar a los hombres con libertad, ir en coche solas, prescindir muchas de ellas, en sus saludos, de hacer reverencias y, lo que era peor, estar todas persuadidas de que la elección de marido era cosa suya y no de sus madres.

«Hoy día las jóvenes no se casan ya como antes», decían y pensaban todas aquellas muchachas; y lo malo era que lo pensaban también muchas personas de edad. Sin embargo, cómo se casaban «hoy día» las jóvenes nadie se lo había dicho a la Princesa. La costumbre francesa de que los padres de las muchachas decidieran su porvenir era rechazada y criticada. La costumbre inglesa de dejar en plena libertad a las chicas tampoco estaba aceptada ni se consideraba posible en la sociedad rusa. La costumbre rusa de organizar las bodas a través de casamenteras era considerada como grotesca y todos se reían de ella, incluso la propia Princesa.

Pero cómo habían de casarse sus hijas, eso no lo sabía nadie. Aquellos con quienes la Princesa tenía ocasión de hablar no salían de lo mismo:
–En nuestro tiempo no se pueden seguir esos métodos anticuados. Quienes se casan son las jóvenes, no los padres. Hay que dejarlas, pues, en libertad de que se arreglen; ellas saben mejor que nadie lo que han de hacer.

Para los que no tenían hijas era muy fácil hablar así, pero la Princesa comprendía que si su hija trataba a los hombres con libertad, podía muy bien enamorarse de alguno que no la amara o que no le conviniera como marido. Tampoco podía aceptar que las jóvenes arreglasen su destino por sí mismas. No podía admitirlo, como no podía admitir que se dejase jugar a niños de cinco años con pistolas cargadas. Por todo ello, la Princesa estaba más inquieta por Kitty que lo estuviera en otro tiempo por sus hijas mayores.

Al presente, temía que Vronsky no quisiera ir más allá, limitándose a hacer la corte a su hija. Notaba que Kitty estaba ya enamorada de él, pero se consolaba con la idea de que Vronsky era un hombre honorable.

Reconocía, no obstante, cuán fácil era trastornar la cabeza a una joven cuando existen relaciones tan libres como las de hoy día, teniendo en cuenta la poca importancia que los hombres conceden a faltas de este género.

La semana anterior, Kitty había contado a su madre una conversación que tuviera con Vronsky mientras bailaban una mazurca y aunque tal conversación calmó a la Princesa, no se sentía tranquila del todo.

Vronsky había dicho a Kitty que su hermano y él estaban tan acostumbrados a obedecer a su madre que jamás hacían nada sin pedir su consejo.
–Y ahora espero que mi madre llegue de San Petersburgo como una gran felicidad –añadió.

Kitty lo relató sin dar importancia a tales palabras. Pero su madre las veía de diferente manera. Sabía que él esperaba a la anciana de un momento a otro, suponiendo que ella estaría contenta de la elección de su hijo y comprendía que el hijo no pedía la mano de Kitty por temor a ofender a su madre, si no la consultaba previamente. La Princesa deseaba vivamente aquel matrimonio, pero deseaba más aún recobrar la tranquilidad que le robaban aquellas preocupaciones.

Mucho era el dolor que le producía la desdicha de Dolly, que quería separarse de su esposo pero, de todos modos, la inquietud que le causaba la suerte de su hija menor la absorbía completamente.

La llegada de Levin añadió una preocupación más a las que ya sentía. Temía que su hija, en quien apreciara tiempo atrás cierta simpatía hacia Levin, rechazara a Vronsky en virtud de escrúpulos exagerados.

En resumen: consideraba posible que, de un modo a otro, la presencia de Levin pudiese estropear un asunto a punto de resolverse.

–¿Hace mucho que ha llegado? –preguntó la Princesa a su hija, refiriéndose a Levin, cuando volvieron a casa.

–Hoy, mamá.

–Quisiera decirte una cosa… ––empezó la Princesa.

Por el rostro grave de su madre, Kitty adivinó de lo que se trataba.

–Mamá ––dijo, volviéndose rápidamente hacia ella–. Le pido, por favor, que no me hable nada de eso. Lo sé; lo sé todo…

Anhelaba lo mismo que su madre, pero los motivos que inspiraban los deseos de ésta le disgustaban.

–Sólo quería decirte que si das esperanzas al uno…

–Querida mamá, no me diga nada, por Dios. Me asusta hablar de eso…

–Me callaré –dijo la Princesa, viendo asomar las lágrimas a los ojos de su hija–. Sólo quiero que me prometas una cosa, vidita mía: que nunca tendrás secretos para mí. ¿Me lo prometes?

–Nunca, mamá –repuso Kitty, ruborizándose y mirando a su madre a la cara–. Pero hoy por hoy no tengo nada que decirte… Yo… Yo… Aunque quisiera decirte algo, no sé qué… No, no sé qué, ni cómo…

«No, con esos ojos no puede mentir», pensó su madre, sonriendo de emoción y de contento. La Princesa sonreía, además, ante aquello que a la pobre muchacha le parecía tan inmenso y trascendental: las emociones que agitaban ahora su alma.

PRIMERA PARTE – Capítulo 13

Después de comer y hasta que empezó la noche, Kitty experimentó un sentimiento parecido al que puede sentir un joven soldado antes de la batalla. Su corazón palpitaba con fuerza y le era imposible concentrar sus pensamientos en nada. Sabía que esta noche, en que iban a encontrarse los dos, se decidiría su suerte y los imaginaba ya a cada uno por separado, ya a los dos a la vez.

Al evocar el pasado, se detenía en los recuerdos de sus relaciones con Levin, que le producían un dulce placer. Aquellos recuerdos de la infancia, la memoria de Levin unida a la del hermano difunto, nimbaba de poéticos colores sus relaciones con él. El amor que experimentaba por ella y del cual estaba segura, la halagaba y la llenaba de contento. Conservaba, pues, un recuerdo bastante grato de Levin.

En cambio, el recuerdo de Vronsky le producía siempre un cierto malestar y le parecía que en sus relaciones con él había algo de falso, de lo que no podía culpar a Vronsky, que se mostraba siempre sencillo y agradable, sino a sí misma, mientras que con Levin se sentía serena y confiada. Mas, cuando imaginaba el porvenir con Vronsky a su lado, se le antojaba brillante y feliz, en tanto que el porvenir con Levin se le aparecía nebuloso.

Al subir a su cuarto para vestirse, Kitty, contemplándose al espejo, comprobó con alegría que estaba en uno de sus mejores días. Se sentía tranquila, con pleno dominio de sí misma y sus movimientos eran desenvueltos y graciosos.

A las siete y media, apenas había bajado al salón, el lacayo anunció:
–Constantino Dmitrievich Levin.

La Princesa se hallaba aún en su cuarto y el Príncipe no había bajado tampoco. «Ahora…», pensó Kitty, sintiendo que la sangre le afluía al corazón. Se miró al espejo y se asustó de su propia palidez.

Ahora comprendía claramente que si él había llegado tan pronto era para encontrarla sola y pedir su mano. Y el asunto se le presentó de repente bajo un nuevo aspecto. No se trataba ya de ella sola, ni de saber con quién podría ser feliz y a quién daría su preferencia; comprendía ahora que era forzoso herir cruelmente a un hombre a quien amaba. Y ¿por qué? ¡Porque él, tan agradable, estaba enamorado de ella! Pero ella nada podía hacer: las cosas tenían que ser así.

«¡Dios mío! ¡Que yo misma tenga que decírselo! –pensó–. ¿Tendré que decirle que no le quiero? ¡Pero esto no sería verdad! ¿Que amo a otro? ¡Eso es imposible! Me voy, me voy…»

Ya iba a salir cuando sintió los pasos de él.

«No, no es correcto que me vaya. ¿Y por qué temer? ¿Qué he hecho de malo? Le diré la verdad y no me sentiré cohibida ante él. Sí, es mejor que pase… Ya está aquí», se dijo al distinguir la pesada y tímida figura que la contemplaba con ojos ardientes.
Kitty le miró a la cara como si implorase su clemencia y le dio la mano.

–Veo que he llegado demasiado pronto ––dijo Levin, examinando el salón vacío. Y cuando comprobó que, como esperara, nada dificultaría sus explicaciones, su rostro se ensombreció.

–¡Oh, no! –contestó Kitty, sentándose junto a una mesa.

–En realidad, deseaba encontrarla sola –explicó él, sin sentarse y sin mirarla, para no perder el valor.

–Mamá vendrá en seguida. Ayer se cansó mucho… Ayer…

Hablaba sin saber lo que decía y sin separar de Levin su mirada suplicante y acariciadora. Él volvió a contemplarla. Kitty se ruborizó y guardó silencio.

–Le dije ya que no sé cuánto tiempo permaneceré en Moscú, que la cosa dependía de usted.

Ella inclinó más aún la cabeza no sabiendo cómo habría de contestar a la pregunta que presentía.

–Depende de usted porque quería… quería decirle que… desearía que fuese usted mi esposa.

Había hablado casi inconscientemente. Al darse cuenta de que lo más grave había sido dicho, calló y miró a la joven.

Ella respiraba con dificultad, apartando la vista. En el fondo se sentía alegre y su alma rebosaba felicidad. Nunca había creído que tal declaración pudiera producirle una impresión tan profunda. Pero aquello duró un solo instante. Recordó a Vronsky y, dirigiendo a Levin la mirada de sus ojos límpidos y francos y viendo la expresión desesperada de su rostro, dijo precipitadamente.

–Dispénseme… No es posible…

¡Qué próxima estaba ella a él un momento antes y cuán necesaria era para su vida! Y ahora, ¡qué lejana, qué distante de él!

–No podía ser de otro modo –dijo Levin, sin mirarla. Saludó y se dispuso a marchar.

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 10 Y 11

jueves, abril 25th, 2013

anna tapa libro
PRIMERA PARTE – Capítulo 10

Levin, al entrar en el restaurante con su amigo, no dejó de observar en él una expresión particular, una especie de alegría radiante y contenida que se manifestaba en el rostro y en toda la figura de Esteban Arkadievich.

Oblonsky se quitó el abrigo y, con el sombrero ladeado, pasó al comedor, dando órdenes a los camareros tártaros que, vestidos de frac y con las servilletas bajo el brazo, le rodearon, pegándose materialmente a sus faldones.

Saludando alegremente, a derecha a izquierda, a los conocidos, que aquí como en todas partes le acogían alegremente, Esteban Arkadievich se dirigió al mostrador y tomó un vasito de vodka acompañándolo con un pescado en conserva y dijo a la cajera francesa, toda cintas y puntillas, algunas frases que la hicieron reír a carcajadas. En cuanto a Levin, la vista de aquella francesa, que parecía hecha toda ella de cabellos postizos y de poudre de riz y vinaigres de toilette, le producía náuseas. Se alejó de allí como pudiera hacerlo de un estercolero. Su alma estaba llena del recuerdo de Kitty y en sus ojos brillaba una sonrisa de triunfo y de felicidad.

–Por aquí, Excelencia, tenga la bondad. Aquí no importunará nadie a Su Excelencia –decía el camarero tártaro que con más ahínco seguía a Oblonsky y que era un hombre grueso, viejo ya, con los faldones del frac flotantes bajo la ancha cintura–. Haga el favor, Excelencia –decía asimismo a Levin, honrándolo también como invitado de Esteban Arkadievich.

Colocó rápidamente un mantel limpio sobre la mesa redonda, ya cubierta con otro y colocada bajo una lámpara de bronce. Luego acercó dos sillas tapizadas y se paró ante Oblonsky, con la servilleta y la carta en la mano, aguardando órdenes.

–Si Su Excelencia desea el reservado, podrá disponer de él dentro de poco. Ahora lo ocupa el príncipe Galitzin con una dama… Hemos recibido ostras francesas.

–¡Caramba, ostras!

Esteban Arkadievich reflexionó.
–¿Cambiamos el plan, Levin? –preguntó, poniendo el dedo sobre la carta.
Y su rostro expresaba verdadera perplejidad.
–¿Sabes si son buenas las ostras? –interrogó.

–De Flensburg, Excelencia. De Ostende no tenemos hoy.

–Pasemos porque sean de Flensburg, pero ¿son frescas?

–Las hemos recibido ayer.

–¿Entonces empezamos por las ostras y cambiamos el plan?

–Me es indiferente. A mí lo que más me gustaría sería el schi (1) y la kacha (2), pero aquí no deben de tener de eso.

–¿El señor desea kacha à la russe? –preguntó el tártaro, inclinándose hacia Levin como un aya hacia un niño.

–Bromas aparte, estoy conforme con lo que escojas –dijo Levin a Oblonsky–. He patinado mucho y tengo apetito. –Y añadió, observando una expresión de descontento en el rostro de Esteban Arkadievich–: No creas que no sepa apreciar tu elección. Estoy seguro de que comeré muy a gusto.

–¡No faltaba más! Digas lo que quieras, el comer bien es uno de los placeres de la vida –repuso Esteban Arkadievich–. Ea, amigo: tráenos primero las ostras. Dos –no, eso sería poco–, tres docenas… Luego, sopa juliana…

–Printanière, ¿no? –corrigió el tártaro.

Pero Oblonsky no quería darle la satisfacción de mencionar los platos en francés.
–Sopa juliana, juliana, ¿entiendes? Luego rodaballo, con la salsa muy espesa; luego… rosbif, pero que sea bueno, ¿eh? Después, pollo y algo de conservas.

El tártaro, recordando la costumbre de Oblonsky de no nombrar los manjares con los nombres de la cocina francesa, no quiso insistir, pero se tomó el desquite, repitiendo todo lo encargado tal como estaba escrito en la carta.

–Soupe printanière, turbot à la Beaumarchais, poularde à l’estragon, macedoine de fruits…

Y en seguida después, como movido por un resorte, cambió la carta que tenía en las manos por la de los vinos y la presentó a Oblonsky.

–¿Qué bebemos?

–Lo que quieras; acaso un poco de… champaña –indicó Levin.

–¿Champaña para empezar? Pero bueno, como tú quieras. ¿Cómo te gusta? ¿Carta blanca?

–Cachet blanc –dijo el tártaro.

–Sí: esto con las ostras. Luego, ya veremos.

–Bien, Excelencia. ¿De vinos de mesa?

–Tal vez Nuit… Pero no: vale más el clásico Chablis.

–Bien. ¿Tomará Su Excelencia su queso?

–Sí: de Parma. ¿O prefieres otro?

–A mí me da lo mismo –dijo Levin, sin poder reprimir una sonrisa.
El tártaro se alejó corriendo, con los faldones de su frac flotándole hacia atrás y cinco minutos más tarde volvió con una bandeja llena de ostras, ya abiertas, en sus conchas de nácar y con una botella entre los dedos.

Esteban Arkadievich arrugó la servilleta almidonada, colocó la punta en la abertura del chaleco y, apoyando los brazos sobre la mesa, comenzó a comer las ostras.
–No están mal –dijo, mientras separaba las ostras de las conchas con un tenedorcito de plata y las engullía una tras otra–. No están mal –repitió, mirando con sus brillantes ojos, ora a Levin, ora al tártaro.

Levin comió ostras también, aunque habría preferido queso y pan blanco, pero no podía menos de admirar a Oblonsky.
Hasta el mismo tártaro, después de haber descorchado la botella y escanciado el vino espumoso en las finas copas de cristal, contempló con visible placer a Esteban Arkadievich, mientras se arreglaba su corbata blanca.

–¿No te gustan las ostras? –preguntó éste a Levin–. ¿O es que estás preocupado por algo?

Deseaba que Levin se sintiese alegre. Levin no estaba triste, se sentía sólo a disgusto en el ambiente del restaurante, que contrastaba tanto con su estado de ánimo de aquel momento. No, no se encontraba bien en aquel establecimiento con sus reservados, donde se llevaba a comer a las damas; con sus bronces, sus espejos y sus tártaros. Sentía la impresión de que aquello había de mancillar los delicados sentimientos que albergaba su corazón.

–¿Yo?–. Sí, estoy preocupado… Además, a un pueblerino como yo, no puedes figurarte la impresión que le causan estas cosas. Es, por ejemplo, como las uñas de aquel señor que me presentaste en tu oficina.

–Ya vi que las uñas del pobre Grinevich te impresionaron mucho –dijo Oblonsky, riendo.

–¡Son cosas insoportables para mí! –repuso Levin–. Ponte en mi lugar, en el de un hombre que vive en el campo. Allí procuramos tener las manos de modo que nos permitan trabajar más cómodamente; por eso nos cortamos las uñas y a veces nos remangamos el brazo… En cambio, aquí la gente se deja crecer las uñas todo lo que pueden dar de sí y se pone unos gemelos como platos para acabar de dejar las manos en estado de no poder servir para nada.

Esteban Arkadievich sonrió jovialmente.
–Señal de que no es preciso un trabajo rudo, que se labora con el cerebro… –alegó.

–Quizá. Pero de todos modos a mí eso me causa una extraña impresión; como me la causa el que nosotros, los del pueblo, procuremos comer deprisa para ponernos en seguida a trabajar otra vez, mientras que aquí procuráis no saciaros demasiado aprisa y por eso empezáis por comer ostras.

–Naturalmente –repuso su amigo–. El fin de la civilización consiste en convertir todas las cosas en un placer.

–Pues si ese es el fin de la civilización, prefiero ser un salvaje.

–Eres un salvaje sin necesidad de eso. Todos los Levin lo sois.

Levin suspiró. Recordó a su hermano Nicolás y se sintió avergonzado y dolorido. Arrugó el entrecejo.
Pero ya Oblonsky le hablaba de otra cosa que distrajo su atención.

–¿Visitarás esta noche a los Scherbazky? ¿Quiero decir a…? –agregó, separando las conchas vacías y acercando el queso, mientras sus ojos brillaban de manera significativa.

–No dejaré de ir –repuso Levin–, aunque creo que la Princesa me invitó de mala gana.

–¡No digas tonterías! Es su modo de ser. Sírvanos la sopa, amigo –dijo Oblonsky al camarero–. Es su manera de grande dame. Yo también pasaré por allí pero antes he de estar en casa de la condesa Bonina. Hay allí un coro que… Como te decía, eres un salvaje… ¿Cómo se explica tu desaparición repentina de Moscú? Los Scherbazky no hacían más que preguntarme por ti, como si yo pudiera saber… Y sólo sé una cosa: que haces siempre lo contrario que los demás.

–Tienes razón: soy un salvaje –concedió Levin, hablando lentamente, pero con agitación–, pero si lo soy, no es por haberme ido entonces, sino por haber vuelto ahora.

–¡Qué feliz eres! –interrumpió su amigo, mirándole a los ojos.

–¿Por qué?

–Conozco a los buenos caballos por el pelo y a los jóvenes enamorados por los ojos –declaró Esteban Arkadievich–. El mundo es tuyo… El porvenir se abre ante ti…

–¿Acaso tú no tienes ya nada ante ti?

–Sí, pero el porvenir es tuyo. Yo tengo sólo el presente, y este presente no es precisamente de color de rosa.

–¿Y eso?

–No marchan bien las cosas… Pero no quiero hablar de mí y además no todo se puede explicar –dijo Esteban Arkadievich–. Cambia los platos –dijo al camarero. Y prosiguió–: Ea, ¿a qué has venido a Moscú?

–¿No lo adivinas? –contestó Levin, mirando fijamente a su amigo, sin apartar de él un instante sus ojos profundos.

–Lo adivino, pero no soy el llamado a iniciar la conversación sobre ello… Juzga por mis palabras si lo adivino o no –dijo Esteban Arkadievich con leve sonrisa.

–Y entonces, ¿qué me dices? –preguntó Levin con voz trémula, sintiendo que todos los músculos de su rostro se estremecían–. ¿Qué te parece el asunto?

Oblonsky vació lentamente su copa de Chablis, sin quitar los ojos de Levin.

–Por mi parte –dijo– no desearía otra cosa. Creo que es lo mejor que podría suceder.

–¿No te equivocas? ¿Sabes a lo que te refieres? –repuso su amigo, clavando los ojos en él–¿Lo crees posible?

–Lo creo. ¿Por qué no?

–¿Supones sinceramente que es posible? Dime todo lo que piensas. ¿No me espera una negativa? Casi estoy seguro…

–¿Por qué piensas así? –dijo Esteban Arkadievich, observando la emoción de Levin.

–A veces lo creo y esto sería terrible para mí y para ella.

–No creo que para ella haya nada terrible en esto. Toda muchacha se enorgullece cuando piden su mano.

–Todas sí; pero ella no es como todas.

Esteban Arkadievich sonrió. Conocía los sentimientos de su amigo y sabía que para él todas las jóvenes del mundo estaban divididas en dos clases: una compuesta por la generalidad de las mujeres, sujetas a todas las flaquezas y otra, compuesta sólo por «ella», que no tenía defecto alguno y estaba muy por encima del género humano.

–¿Qué haces? ¡Toma un poco de salsa! –dijo, deteniendo la mano de Levin, que separaba la fuente.

Levin, obediente, se sirvió salsa; pero impedía, con sus preguntas, que Esteban Arkadievich comiera tranquilo.

–Espera, espera –dijo–. Comprende que esto para mí es cuestión de vida o muerte. A nadie he hablado de ello. Con nadie puedo hablar, excepto contigo. Aunque seamos diferentes en todo, sé que me aprecias y yo te aprecio mucho también. Pero, ¡por Dios!, sé sincero conmigo.

–Yo te digo lo que pienso –respondió Oblonsky con una sonrisa–. Te diré más aún: mi esposa, que es una mujer extraordinaria…
Suspiró, recordando el estado de sus relaciones con ella y, tras un breve silencio, continuó:
–Tiene el don de prever los sucesos. Adivina el carácter de la gente y profetiza los acontecimientos… sobre todo si se trata de matrimonios… Por ejemplo: predijo que la Schajovskaya se casaría con Brenteln. Nadie quería creerlo. Pero resultó. Pues bien: está de tu parte.

–¿Es decir, que…?

–Que no sólo simpatiza contigo, sino que asegura que Kitty será indudablemente tu esposa.

Al oír aquellas palabras, el rostro de Levin se iluminó con una de esas sonrisas tras de las que parecen próximas a brotar lágrimas de ternura.

–¡Conque dice eso! –exclamó–. Siempre he opinado que tu esposa era una mujer admirable. Bien; basta. No hablemos más de eso –añadió, levantándose.

–Bueno, pero siéntate.

Levin no podía sentarse. Dio un par de vueltas con sus firmes pasos por la pequeña habitación, pestañeando con fuerza para dominar sus lágrimas y sólo entonces volvió a instalarse en su silla.

–Comprende –dijo– que esto no es un amor vulgar. Yo he estado enamorado, pero no como ahora. No es ya un sentimiento, sino una fuerza superior a mí que me lleva a Kitty. Me fui de Moscú porque pensé que eso no podría ser, como no puede ser que exista felicidad en la tierra. Luego he luchado conmigo mismo y he comprendido que sin ella la vida me será imposible. Es preciso que tome una decisión.

–¿Por qué te fuiste?

–¡Ah, espera, espera! ¡Se me ocurren tantas cosas para preguntarte! No sabes el efecto que me han causado tus palabras. La felicidad me ha convertido casi en un ser indigno. Hoy me he enterado de que mi hermano Nicolás está aquí, ¡y hasta de él me había olvidado, como si creyera que también él era feliz! ¡Es una especie de locura! Pero hay una cosa terrible. A ti puedo decírtela, eres casado y conoces estos sentimientos… Lo terrible es que nosotros, hombres ya viejos y con un pasado… y no un pasado de amor, sino de pecado… nos acercamos a un ser puro, a un ser inocente. ¡No me digas que no es repugnante! Por eso uno no puede dejar de sentirse indigno.

–Y, no obstante, a ti de pocos pecados puede culpársete.

–Y sin embargo, cuando considero mi vida, siento asco, me estremezco y me maldigo y me quejo amargamente… Sí.

–Pero ¡qué quieres! El mundo es así –dijo Esteban Arkadievich.

–Sólo un consuelo nos queda, y es el de aquella oración tan bella de la que siempre me acuerdo: «Perdónanos, Señor, no según nuestros merecimientos, sino según tu misericordia». Sólo así me puedo perdonar.

(1) Schi (femenino y plural): una de las más famosas sopas rusas desde el S. IX, preferida de todo el mundo ruso, tanto de los zares como de los pobres. Los pobres se contentaban con la así llamada “sopa vacía” preparada de repollo y cebolla. En cambio, la gente acomodada disfrutaba de una versión más “rica”, preparada a base de caldo y trozos de carne. A pesar de la gran variedad de schi, el método de preparación y el aroma característicos siempre son los mismos, siendo los ingredientes más importantes, el repollo y el condimento ácido. Las más ricas son las que se estofan durante, al menos, dos horas.
(2) Kacha: (o kashe ruso, en ucraniano каша) es un tipo de porridge hecho de trigo sarraceno, arroz o trigo, hervido en agua, leche o grasa.

PRIMERA PARTE – Capítulo 11

Levin bebió el vino de su copa. Ambos callaron.

–Tengo algo más que decirte. –indicó, al fin, Esteban Arkadievich– ¿Conoces a Vronsky?

–No. ¿Por qué?

–Trae otra botella ––dijo Oblonsky al tártaro, que acudía siempre para llenar las copas en el momento en que más podía estorbar. Y añadió:
–Porque es uno de tus rivales.

–¿Quien es ese Vronsky? –preguntó Levin. Y el entusiasmo infantil que inundaba su rostro cedió el lugar a una expresión aviesa y desagradable.

–Es hijo del conde Cirilo Ivanovich Vronsky y uno de los más bellos representantes de la juventud dorada de San Petersburgo. Le conocí en Tver cuando serví allí. Él iba a la oficina para asuntos de reclutamiento. Es apuesto, inmensamente rico, tiene muy buenas relaciones y es edecán de Estado Mayor y, además, se trata de un muchacho muy bueno y muy simpático. Luego le he tratado aquí y resulta que es hasta inteligente e instruido. ¡Un joven que promete mucho!

Levin, frunciendo las cejas, guardó silencio.

–Llegó poco después de irte tú y se ve que está enamorado de Kitty hasta la locura. Y, ¿comprendes?, la madre…

–Perdona, pero no comprendo nada ––dijo Levin, malhumorado. Y, acordándose de su hermano, pensó en lo mal que estaba portándose con él.

–Calma, hombre, calma ––dijo Esteban Arkadievich, sonriendo y dándole un golpecito en la mano–. Te he dicho lo que sé. Pero creo que en un caso tan delicado como éste, la ventaja está a tu favor.

Levin, muy pálido, se recostó en la silla.

–Yo te aconsejaría terminar el asunto lo antes posible –dijo Oblonsky, llenando la copa de Levin.

––Gracias; no puedo beber más –repuso Levin, separando su copa–. Me emborracharía. Bueno, ¿y cómo van tus cosas?–– continuó, tratando de cambiar de conversación.

–Espera; otra palabra. –insistió Esteban Arkadievich– Arregla el asunto lo antes posible; pero no hoy. Vete mañana por la mañana, haz una petición de mano en toda regla y que Dios te ayude.

–Recuerdo que querías siempre cazar en mis tierras –––dijo Levin–. ¿Por qué no vienes esta primavera?

Ahora lamentaba profundamente haber iniciado aquella conversación con Oblonsky, pues se sentía igualmente herido en sus más íntimos sentimientos por lo que acababa de saber sobre las pretensiones rivales de un oficial de San Petersburgo, como por los consejos y suposiciones de Esteban Arkadievich.
Oblonsky, comprendiendo lo que pasaba en el alma de Levin, sonrió.

–Iré, iré… –dijo–. Pues sí, hombre: las mujeres son el eje alrededor del cual gira todo. Mis cosas van mal, muy mal. Y también por culpa de ellas. Vamos: dame un consejo de amigo –añadió, sacando un cigarro y sosteniendo la copa con una mano.

–¿De qué se trata?

–De lo siguiente: supongamos que estás casado, que amas a tu mujer y que te seduce otra…

–Dispensa, pero me es imposible comprender eso. Sería como si, después de comer aquí a gusto, pasáramos ante una panadería y robásemos un pan.

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaban más que nunca.
–¿Por qué no? Hay veces en que el pan huele tan bien que no puede uno contenerse: Himmlisch ist’s, wenn itch bezwungen Meine irdische Begier; Aber doch wenn’s nicht gelungen Hatt’ ich auch recht hübsch Plaisir! (1).

Y, después de recitar estos versos, Esteban Arkadievich sonrió maliciosamente. Levin no pudo reprimir a su vez una sonrisa.

–Hablo en serio –siguió diciendo Oblonsky–. Comprende: se trata de una mujer, de un ser débil enamorado, de una pobre mujer sola en el mundo y sin medios de vida que me lo ha sacrificado todo. ¿Cómo voy a dejarla? Suponiendo que nos separemos por consideración a mi familia, ¿cómo no voy a tener compasión de ella, cómo no ayudarla, cómo no suavizar el mal que le he causado?

–Dispensa. Ya sabes que para mí las mujeres se dividen en dos clases… Es decir… no… Bueno, hay mujeres y hay… En fin: nunca he visto esos hermosos y débiles seres caídos, ni los veré nunca; pero de los que son como esa francesa pintada de ahí fuera, con sus postizos, huyo como de la peste. ¡Y todas las mujeres caídas, para mí, son como ésa!

–¿Y qué me dices de la del Evangelio?

–¡Calla, calla! Nunca habría Cristo pronunciado aquellas palabras si llega a saber el mal uso que había de hacerse de ellas. De todo el Evangelio, nadie recuerda más que esas palabras. De todos modos, no digo lo que pienso, sino lo que siento. Aborrezco a las mujeres perdidas. A ti te repugnan las arañas; a mí, esta especie de mujeres. Seguramente no has estudiado la vida de las arañas, ¿verdad? Pues yo tampoco la de…

–Hablar así es muy fácil. Eres como aquel personaje de Dickens, que con la mano izquierda tira detrás del hombro derecho los asuntos difíciles de resolver. Pero negar un hecho no es contestar una pregunta. Dime, ¿qué debo hacer en este caso? Tu mujer ha envejecido y tú te sientes pletórico de vida. Casi sin darte cuenta, te encuentras con que no puedes amar a tu esposa con verdadero amor, por más respeto que te inspire. ¡Si entonces aparece el amor ante ti, estás perdido! ¡Estás perdido! –repitió Esteban Arkadievich con desesperación y tristeza.

Levin sonrió.

–¡Sí, estás perdido! –repitió Oblonsky–. Y entonces, ¿qué hacer?

–No robar el pan tierno.

Esteban Arkadievich se puso a reír.
–¡Oh, moralista! Pero el caso es éste: hay dos mujeres. Una de ellas no se apoya más que en sus derechos, en nombre de los cuales te exige un amor que no le puedes conceder. La otra te lo sacrifica todo y no te pide nada a cambio. ¿Qué hacer, cómo proceder? ¡Es un drama terrible!

–Mi opinión sincera es que no hay tal drama. Porque, a lo que se me alcanza, ese amor… esos dos amores… que, como recordarás, Platón define en su Simposion, constituyen la piedra de toque de los hombres. Unos comprenden el uno, otros el otro. Y los que profesan el amor no platónico no tienen por qué hablar de dramas. Es un amor que no deja lugar a lo dramático. Todo el drama consiste en unas palabras: «Gracias por las satisfacciones que me has proporcionado, y adiós». En el amor platónico no puede haber tampoco drama, porque en él todo es puro y claro, y porque…

Levin recordó en aquel momento sus propios pecados y las luchas internas que soportara, y añadió inesperadamente:
–Al fin y al cabo, tal vez tengas razón… Bien puede ser. Pero no sé, decididamente no sé…

–Mira –dijo Esteban Arkadievich–: tu gran defecto y tu gran cualidad es que eres un hombre entero. Como es éste tu carácter, quisieras que el mundo estuviera compuesto de fenómenos enteros y en realidad no es así. Tú, por ejemplo, desprecias la actividad social y el trabajo oficial porque quisieras que todo esfuerzo estuviera en relación con su fin y eso no sucede en la vida. Desearías que la tarea de un hombre tuviera una finalidad, que el amor y la vida matrimonial fueran una misma cosa y tampoco ocurre así. Toda la diversidad, la hermosura, el encanto de la vida, se componen de luces y sombras.

Levin suspiró, pero nada dijo. Pensaba en sus asuntos y no escuchaba a Oblonsky.

Y de pronto los dos comprendieron que, aunque eran amigos, aunque habían comido y bebido juntos –lo que debía haberlos aproximado más–, cada uno pensaba en sus cosas exclusivamente y no se preocupaba para nada del otro. Oblonsky había experimentado más de una vez esa impresión de alejamiento después de una comida destinada a aumentar la cordialidad y sabía lo que hay que hacer en tales ocasiones.

–¡La cuenta! –gritó, saliendo a la sala inmediata.

Encontró allí a un edecán de regimiento y entabló con él una charla sobre cierta artista y su protector. Halló así alivio y descanso de su conversación con Levin, el cual le arrastraba siempre a una tensión espiritual y cerebral excesivas.

Cuando el tártaro apareció con la cuenta de veintiséis rublos y algunos copecks, más un suplemento por vodkas, Levin –que en otro momento, como hombre del campo, se habría horrorizado de aquella enormidad, de la que le correspondía pagar catorce rublos–, no prestó al hecho atención alguna. Pagó, pues, aquella cantidad y se dirigió a su casa para cambiar de traje e ir a la de los Scherbazky, donde había de decidirse su destino.

(1) Es celestial, cuando supero mis deseos terrenales. Mas, sin embargo, cuando no lo consigo, puede también ser muy agradable.

XIN YANG MAO JIAN

jueves, abril 25th, 2013

Yin Yang Mao Jian

Xin Yang Mao Jian es uno de los 10 tés chinos más famosos. Es un maravilloso té verde que tiene una historia de más de 2.000 años y fue mencionado en el famoso «Cha Ching», la primera enciclopedia del té en el mundo, traducida como «Clásico del té», escrito por Lu Yu durante la dinastía Tang (618-907).

El nombre del té puede dividirse en dos partes: Xin Yang, que es el lugar de donde proviene, la montaña Dabie en el condado de XinYang, provincia de Henan, China y MaoJian que significa Puntas vellosas.

Aunque XinYang está en el límite de la árida llanura del norte de China, el sur y el oeste montañosos, atravesados por ríos y arroyos, tienen las suficientes nubes y niebla que se necesitan para un obtener buen té.
La mejor calidad proviene de las cosechas de primavera. Los productores de té buscan un brote con una sola hoja recién formada que son procesados, a mano, en finas y tensas tiras. Se necesitan aproximadamente 50 mil brotes para obtener 500 gramos de té procesado.

Mao Jian, de atractivas hebras y abundantes puntas de plata, da un licor de color amarillo claro en taza, tiene una ligera fragancia a hierba, aroma dulce, sabor pleno y nítido a delicados espárragos y castañas y deja un prolongado y maravilloso retrogusto en la boca. Su aspecto ‘nuboso’ es el resultado de los millones de pelos superfinos que tienen los pequeños brotes de primavera.

Para prepararlo, recomendamos usar agua a 70°C y un tiempo de infusión de 1 a 3 minutos. Mao Jiang puede infusionarse varias veces, aumentando gradualmente el tiempo de infusión y la temperatura del agua y es una opción refrescante para beber todos los días o como acompañamiento de alimentos suaves.

En DaCha, encontralo en nuestros blends KAIFENG IMPERIAL (para disfrutar de un maridaje con Carrot cake, Cheesecake, Crumble de manzanas, pastelería con crema pastelera, tarteletas de salmón o atún, sandwiches con pollo y Sushi).

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 8 Y 9

miércoles, abril 24th, 2013

anna tapa libro
PRIMERA PARTE – Capítulo 8

Cuando el profesor se hubo ido, Sergio dijo a su hermano: –Celebro que hayas venido. ¿Por mucho tiempo? ¿Y cómo van las tierras?

Levin sabía que a su hermano le interesaban poco las tierras y si le preguntaba por ellas lo hacía por condescendencia. Le contestó, pues, limitándose a hablarle de la venta del trigo y del dinero cobrado.

Habría querido hablar a su hermano de sus proyectos de matrimonio, pedirle consejo. Pero, escuchando su conversación con el profesor y oyendo luego el tono de protección con que le preguntaba por las tierras (las propiedades de su madre las poseían los dos hermanos en común, aunque era Levin quien las administraba), tuvo la sensación de que no habría ya de explicarse bien, de que no podía empezar a hablar a su hermano de su decisión y de que éste no habría de ver, seguramente, las cosas como él deseaba que las viera.

–Bueno, ¿y qué dices del zemstvo? –preguntó Sergio, que daba mucha importancia a aquella institución.

–A decir verdad, no lo sé.

–¿Cómo? ¿No perteneces a él?

–No. He presentado la dimisión –contestó Levin– y no asisto a las reuniones.

–¡Es una lástima! ––dijo Sergio Ivanovich arrugando el entrecejo.

Levin, para disculparse, comenzó a relatarle lo que sucedía en las reuniones.

–Ya se sabe que siempre pasa así –le interrumpió su hermano–. Los rusos somos de ese modo. Tal vez la facultad de ver los defectos propios sea un hermoso rasgo de nuestro carácter. Pero los exageramos y nos consolamos de ellos con la ironía que tenemos siempre en los labios. Una cosa te diré: si otro pueblo cualquiera de Europa hubiese tenido una institución análoga a la de los zemstvos –por ejemplo, los alemanes o los ingleses–, la habrían aprovechado para conseguir su libertad política. En cambio nosotros sólo sabemos reírnos de ella.

–¿Qué querías que hiciera? –replicó Levin, excusándose–. Era mi última prueba, puse en ella toda mi alma… Pero no puedo, no tengo aptitudes.

–No es que no tengas: es que no enfocas bien el asunto –dijo Sergio Ivanovich.

–Tal vez tengas razón ––concedió Levin abatido.

–¿Sabes que nuestro hermano Nicolás está otra vez en Moscú?

Nicolás, hermano de Constantino y de Sergio, por parte de madre – y mayor que los dos-, era un calavera. Había disipado su fortuna, andaba siempre con gente de dudosa reputación y estaba reñido con ambos hermanos.

–¿Es posible? –preguntó Levin con inquietud–. ¿Cómo lo sabes?

–Prokofy le ha visto en la calle.

–¿En Moscú? ¿Sabes dónde vive?

Levin se levantó, como disponiéndose a marchar en seguida.

–Siento habértelo dicho –dijo Sergio Ivanovich, meneando la cabeza al ver la emoción de su hermano–. Envié a informarme de su domicilio; le remití la letra que aceptó a Trubin y que pagué yo. Y mira lo que me contesta…

Y Sergio Ivanovich alargó a su hermano una nota que tenía bajo el pisapapeles.

Levin leyó la nota, escrita con la letra irregular de Nicolás, tan semejante a la suya:

Os ruego encarecidamente que me dejéis en paz. Es lo único que deseo de mis queridos hermanitos.

Nicolás Levin.

Después de leerla, Constantino permaneció de pie ante su hermano, con la cabeza baja y el papel entre las manos. En su interior luchaba con el deseo de olvidar a su desgraciado hermano y la convicción de que obrar de aquel modo sería una mala acción.

–Al parecer, se propone ofenderme; pero no lo conseguirá –seguía diciendo Sergio–. Yo estaba dispuesto a ayudarle con todo mi corazón, mas ya ves que es imposible.

–Sí, sí… –repuso Levin–. Comprendo y apruebo tu actitud… Pero yo quiero verle.

–Ve si lo deseas, mas no te lo aconsejo –dijo Sergio Ivanovich–. No es que yo le tema con respecto a las relaciones entre tú y yo: no conseguirá hacernos reñir. Pero creo que es mejor que no vayas y así te lo aconsejo. Es imposible ayudarle. Sin embargo, haz lo que te parezca mejor.

–Quizá sea imposible ayudarle, pero no quedaría tranquilo, sobre todo ahora, si…

–No te comprendo bien –repuso Sergio Ivanovich–, lo único que comprendo es la lección de humildad. Desde que Nicolás comenzó a ser como es, yo comencé a considerar eso que llaman una «bajeza», con menos severidad. ¡Ya sabes lo que hizo!

–¡Es terrible, terrible! –repetía Levin.

Después de obtener del lacayo de su hermano las señas de Nicolás, Levin decidió visitarle en seguida, pero luego, reflexionándolo mejor, aplazó la visita hasta la tarde.

Ante todo, para tranquilizar su espíritu, necesitaba resolver el asunto que le traía a Moscú. Para ello se dirigió, pues, a la oficina de Oblonsky y, después de haber conseguido las informaciones que necesitaba sobre los Scherbazky, tomó un coche y se dirigió al lugar donde le habían dicho que podía encontrar a Kitty.

PRIMERA PARTE – Capítulo 9

A las cuatro de la tarde, Levin, con el corazón palpitante, dejó el coche de alquiler cerca del Parque Zoológico y se encaminó por un sendero a la pista de patinar, seguro de encontrar a Kitty, ya que había visto a la puerta el carruaje de los Scherbazky.
El día era frío, despejado. Ante el Parque Zoológico estaban alineados trineos, carruajes particulares y coches de alquiler. Aquí y allá se veían algunos gendarmes. El público, con sus sombreros que relucían bajo el sol, se agolpaba en la entrada y en los paseos ya limpios de nieve, entre filas de casetas de madera de estilo ruso, con adornos esculpidos. Los añosos abedules, inclinados bajo el peso de la nieve que cubría sus ramas, parecían ostentar flamantes vestiduras de fiesta.

Levin, mientras seguía el sendero que conducía a la pista, se decía: «Hay que estar tranquilo; es preciso no emocionarse. ¿Qué te pasa corazón? ¿Qué quieres? ¡Calla, estúpido!». Así hablaba a su corazón, pero cuanto más se esforzaba en calmarse, más emocionado se sentía.

Se encontró con un conocido que le saludó, pero Levin no recordó siquiera quién podía ser.

Se acercó a las montañas de nieve, en las que, entre el estrépito de las cadenas que hacían subir los trineos, sonaban voces alegres. Unos pasos más allá se encontró ante la pista y, entre los que patinaban, reconoció inmediatamente a Kitty.

La alegría y el temor inundaron su corazón. Kitty se hallaba en la extremidad de la pista, hablando, en aquel momento, con una señora. Aunque nada había de extraordinario en su actitud ni en su vestido, para Levin resaltaba entre todos, como una rosa entre las ortigas. Todo en torno a ella parecía iluminado. Era como una sonrisa que hiciera resplandecer las cosas a su alrededor.

«¿Es posible que pueda acercarme adonde está?», se preguntó Levin.

Hasta el lugar donde ella se hallaba le parecía un santuario inaccesible y tal era su zozobra, que hubo un momento en que incluso decidió marcharse. Tuvo que hacer un esfuerzo sobre sí mismo para decirse que al lado de Kitty había otras muchas personas y que él podía muy bien haber ido allí para patinar.

Entró en la pista, procurando no mirar a Kitty sino a largos intervalos, como hacen los que temen mirar al sol de frente. Pero como el sol, la presencia de la joven se sentía aún sin mirarla.

Aquel día y a aquella hora, acudían a la pista personas de una misma posición, todas ellas conocidas entre sí. Allí estaban los maestros del arte de patinar, luciendo su arte; los que aprendían sujetándose a sillones que empujaban delante de ellos, deslizándose por el hielo con movimientos tímidos y torpes; había también niños y viejos que patinaban por motivos de salud. Todos le parecían a Levin seres dichosos porque podían estar cerca de «ella». Sin embargo, los patinadores cruzaban al lado de Kitty, la alcanzaban, le hablaban, se separaban otra vez y todo con indiferente naturalidad, divirtiéndose sin que ella entrase para nada en su alegría, gozando del buen tiempo y de la excelente pista.

Nicolás Scherbazky, primo de Kitty, vestido con una chaqueta corta y pantalones ceñidos, descansaba en un banco con los patines puestos. Al ver a Levin, le gritó:

–¡Hola, primer patinador de todas las Rusias! ¿Desde cuándo está usted aquí? El hielo está excelente. Ande, póngase los patines.

–No traigo patines –repuso Levin, asombrado de la libertad de maneras de Scherbazky delante de «ella» y, sin perderla de vista ni un momento, aunque tenía puesta en otro sitio la mirada, sintió que el sol se aproximaba a él.

Deslizándose sobre el hielo con sus piececitos calzados de altas botas, Kitty, algo asustada al parecer, se acercaba a Levin. Tras ella, haciendo gestos desesperados e inclinándose hacia el hielo, iba un muchacho vestido con el traje nacional ruso, que la perseguía. Kitty patinaba con poca seguridad. Sacando las manos del manguito, sujeto al cuello por un cordón, las extendía como para cogerse a algo ante el temor de una caída. Vio a Levin, a quien reconoció en seguida y sonrió tanto para él como para disimular su temor.

Al llegar a la curva, Kitty, con un impulso de sus piececitos nerviosos, se acercó a Scherbazky, se cogió a su brazo sonriendo y saludó a Levin con la cabeza.

Estaba más hermosa aún de lo que él la imaginara. Cuando pensaba en ella, la recordaba toda: su cabecita rubia, con su expresión deliciosa de bondad y candor infantiles, tan admirablemente colocada sobre sus hombros graciosos. Aquella mezcla de gracia de niña y de belleza de mujer ofrecían un conjunto encantador que impresionaba a Levin profundamente. Pero lo que más le impresionaba de ella, como una cosa siempre nueva, eran sus ojos tímidos, serenos y francos y su sonrisa, aquella sonrisa que le transportaba a un mundo encantado, donde se sentía satisfecho, contento, con una felicidad plena como sólo recordaba haberla experimentado durante los primeros días de su infancia.

–¿Cuándo ha venido? –le preguntó Kitty, dándole la mano. El pañuelo se le cayó del manguito. Levin lo recogió y ella dijo: –Muchas gracias.

–Llegué hace poco: ayer… quiero decir, hoy… –repuso Levin, a quien la emoción había impedido entender bien la pregunta–. Me proponía ir a su casa… Y recordando de pronto el motivo por que la buscaba, se turbó y se puso encarnado. –No sabía que usted patinara. Y patina muy bien –añadió.

Ella le miró atentamente, como tratando de adivinar la causa de su turbación.

–Estimo en mucho su elogio, ya que se le considera a usted como el mejor patinador –dijo al fin, sacudiendo con su manecita enfundada en guantes negros la escarcha que se formaba sobre su manguito.

–Sí; antes, cuando patinaba con pasión aspiraba a llegar a ser un perfecto patinador.

–Parece que usted se apasiona por todo –dijo la joven, sonriendo–. Me gustaría verle patinar. Ande, póngase los patines y demos una vuelta juntos.

«¿Es posible? ¡Patinar juntos!», pensaba Levin, mirándola.

–En seguida me los pongo –dijo en alta voz.

Y se alejó a buscarlos.

–Hace tiempo que no venía usted por aquí, señor–le dijo el empleado, cogiendo el pie de Levin para sujetarle los patines–. Desde entonces no viene nadie que patine como usted. ¿Queda bien así? –concluyó, ajustándole la correa.

–Bien, bien; acabe pronto, por favor –replicaba Levin, conteniendo apenas la sonrisa de dicha que pugnaba por aparecer en su rostro. «¡Eso es vida! ¡Eso es felicidad! ¡Juntos, patinaremos juntos!, me ha dicho. ¿Y si se lo dijera ahora? Pero tengo miedo, porque ahora me siento feliz, feliz aunque sea sólo por la esperanza… ¡Pero es preciso decidirse! ¡Hay que acabar con esta incertidumbre! ¡Y ahora mismo!»

Se puso en pie, se quitó el abrigo y, tras recorrer el hielo desigual inmediato a la caseta, salvó el hielo liso de la pista, deslizándose sin esfuerzo, como si le bastase la voluntad para animar su carrera. Se acercó a Kitty con timidez, sintiéndose calmado al ver la sonrisa con que le acogía. Ella le dio la mano y los dos se precipitaron juntos, aumentando cada vez más la velocidad, y cuanto más deprisa iban, tanto más fuertemente oprimía ella la mano de Levin.

–Con usted aprendería muy pronto, porque, no sé a qué se deberá, pero me siento completamente segura cuando patino con usted –le dijo.

–Y yo también me siento más seguro cuando usted se apoya en mi brazo –repuso Levin. Y en seguida enrojeció, asustado de lo que acababa de decir. Y, en efecto, apenas hubo pronunciado estas palabras cuando, del mismo modo como el sol se oculta entre las nubes, del rostro de Kitty desapareció toda la suavidad y Levin comprendió por la expresión de su semblante que la joven se concentraba para reflexionar.

Una leve arruguita se marcó en la tersa frente de la muchacha.

–¿Le sucede algo? Perdone, no tengo derecho a… –rectificó Levin.

–¿Por qué no? No me pasa nada –repuso ella fríamente. Y añadió–: ¿No ha visto aún a mademoiselle Linon?

–Todavía no.

–Vaya a saludarla. Le aprecia mucho.

«¡Oh, Dios mío, la he enojado!», pensó Levin, mientras se dirigía hacia la vieja francesa de grises cabellos rizados sentada en el banco.

Ella le acogió como a un viejo amigo, enseñando al reír su dentadura postiza.

–¡Cómo crecemos, ¿eh? –le dijo, indicándole a Kitty y ¡cómo nos hacemos viejos! ¡Tiny bear es ya mayor! –continuó, riendo y recordando los apelativos que antiguamente daba Levin a cada una de las tres hermanas, equiparándolas a los tres oseznos de un cuento popular inglés–. ¿Se acuerda de que la llamaba así?

El no lo recordaba ya, pero la francesa llevaba diez años riendo de aquello.

–Vaya, vaya a patinar. ¿Verdad que nuestra Kitty lo hace muy bien ahora?

Cuando Levin se acercó a Kitty de nuevo, la severidad había desaparecido del semblante de la joven; sus ojos le miraban como antes, francos y llenos de suavidad, pero a él le pareció que en la serenidad de su mirada había algo de fingido y se entristeció. Kitty, tras hablar de su anciana institutriz y de sus rarezas, preguntó a Levin qué era de su vida.

–¿No se aburre usted viviendo en el pueblo durante el invierno? –le preguntó.

–No, no me aburro. Como siempre estoy ocupado… –dijo él, consciente de que Kitty le arrastraba a la esfera de aquel tono tranquilo que había resuelto mantener y de la cual, como había sucedido a principios de invierno, no podía ya escapar.

–¿Viene para mucho tiempo? –preguntó Kitty.

–No sé –repuso Levin, casi sin darse cuenta.

Pensó que si se dejaba ganar por aquel tono de tranquila amistad, se marcharía otra vez sin haber resuelto nada; y decidió rebelarse.

–¿Cómo no lo sabe?

–No, no sé… Depende de usted.

Y en el acto se sintió aterrado de sus palabras.

Pero ella no las oyó o no quiso oírlas. Como si tropezara, dio dos o tres leves talonazos y se alejó de él rápidamente. Se acercó a la institutriz, le dijo algunas palabras y se dirigió a la caseta para quitarse los patines.

«¡Oh, Dios, ayúdame, ilumíname! ¿Qué he hecho?», se decía Levin, orando mentalmente. Pero, como sintiera a la vez una viva necesidad de moverse, se lanzó en una carrera veloz sobre el hielo, trazando con furor amplios círculos.

En aquel momento, uno de los mejores patinadores que había allí salió del café con un cigarrillo en los labios, descendió a saltos las escaleras con los patines puestos, creando un gran estrépito y, sin ni siquiera variar la descuidada postura de los brazos, tocó el hielo y se deslizó sobre él.

–¡Ah, un nuevo truco! –––exclamó Levin. Y corrió hacia la escalera para realizarlo.

–¡Va usted a matarse! –le gritó Nicolás Scherbazky–. ¡Hay que tener mucha práctica para hacer eso!

Levin subió hasta el último peldaño y, una vez allí, se lanzó hacia abajo con todo el impulso, procurando mantener el equilibrio con los brazos. Tropezó en el último peldaño, pero tocando ligeramente el hielo con la mano hizo un esfuerzo rápido y violento, se levantó y, riendo, continuó su carrera.

«¡Qué muchacho tan simpático!», pensaba Kitty, que salía de la caseta con mademoiselle Linon, mientras seguía a Levin con mirada dulce y acariciante, como si contemplase a un hermano querido. «¿Acaso soy culpable? ¿He hecho algo que no esté bien? A eso llaman coquetería. Ya sé que no es a él a quien quiero, pero a su lado estoy contenta. ¡Es tan simpático! Pero ¿por qué me diría lo que me dijo?»

Viendo que Kitty iba a reunirse con su madre en la escalera, Levin, con el rostro encendido por la violencia del ejercicio, se detuvo y quedó pensativo. Luego se quitó los patines y logró alcanzar a madre a hija cerca de la puerta del parque.

–Me alegro mucho de verle –dijo la Princesa–. Recibimos los jueves, como siempre.

–¿Entonces, hoy?

–Nos satisfará su visita –repuso la Princesa, secamente.

Su frialdad disgustó a Kitty de tal modo que no pudo contener el deseo de suavizar la sequedad de su madre y, volviendo la cabeza, dijo sonriendo:

–Hasta luego.

En aquel momento, Esteban Arkadievich, con el sombrero ladeado, brillantes los ojos, con aire triunfador, entraba en el jardín. Al acercarse, sin embargo, a su suegra adoptó un aire contrito, contestándole con voz doliente cuando le preguntó por la salud de Dolly.

Tras hablar con ella en voz baja y humildemente, Oblonsky se enderezó, sacando el pecho y cogió el brazo de Levin.

–¿Qué? ¿Vamos? –preguntó–. Me he acordado mucho de ti y estoy satisfechísimo de que hayas venido – dijo, mirándole significativamente a los ojos.

–Vamos –contestó Levin, en cuyos oídos sonaban aún dulcemente el eco de aquellas palabras: «Hasta luego» y de cuya mente no se apartaba la sonrisa con que Kitty las quiso acompañar.

–¿Al «Inglaterra» o al «Ermitage» ?

–Me da lo mismo.

–Entonces vamos al «Inglaterra» ––dijo Esteban Arkadievich decidiéndose por este restaurante, porque debía en él más dinero que en el otro y consideraba que no estaba bien dejar de frecuentarlo.

–¿Tienes algún coche alquilado? –añadió–. ¿Sí? Magnífico… Yo había despedido el mío…

Hicieron el camino en silencio. Levin pensaba en lo que podía significar aquel cambio de expresión en el rostro de Kitty y ya se sentía animado en sus esperanzas, ya se sentía hundido en la desesperación y considerando que sus ilusiones eran insensatas. No obstante, tenía la sensación de ser otro hombre, de no parecerse en nada a aquel a quien ella había sonreído y a quien había dicho: «Hasta luego».

Esteban Arkadievich, entre tanto, iba componiendo el menú por el camino.

–¿Te gusta el rodaballo? –preguntó a Levin, cuando llegaban.

–¿Qué?

–El rodaballo.

–¡Oh! Sí, sí, me gusta con locura.

BI LO CHUN

miércoles, abril 24th, 2013

bi lo chun
Bi Luo Chun (Bi Lo Chun, Pi Lo Chun). Té verde de la montaña Dong Ting, en SuZhou, provincia de Jiangsu, China; su nombre significa, literalmente «Verde Caracol de Primavera» y se refiere a la forma en que están enrolladas las brillantes hojas verdes, que asemejan a la espiral de la concha de un caracol y también a que es recolectado al principio de la primavera.
Es uno de los tés verdes chinos raros, de una calidad excepcional conocida en todo el mundo.
En taza, sus hojas hábilmente enruladas a mano, se despliegan para darnos un licor claro y dorado, de delicado aroma floral, ataque refrescante, cuerpo ligero, dulzor sutil y redondo y un final persistente, ligeramente “mantecoso”.

Para prepararlo, recomendamos usar agua a 70°C y un tiempo de infusión de 2 minutos. Bi Lo Chung puede infusionarse varias veces, aumentando gradualmente el tiempo de infusión y la temperatura del agua.

Es un maravilloso ejemplo del más suave té verde chino, que presenta un refinado equilibrio entre el aroma relajante y purificador y el refrescante y tibio verdor. Muy agradable y recomendable para los amantes de otros tés verdes ligeramente dulces.

En DaCha, encontralo en nuestros blends KAIFENG IMPERIAL (para disfrutar de un maridaje con Carrot cake, Cheesecake, Crumble de manzanas, pastelería con crema pastelera, tarteletas de salmón o atún, sandwiches con pollo y Sushi) y JAZMINES EN EL PELO (ideal para maridar con postres con chocolate blanco -tan complejo de maridar-, Crème Brûlée, torta de miel, galletas tipo shortbread, quesos camembert y brie, curries y sandwiches de pollo o jamón).

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 6 Y 7

martes, abril 23rd, 2013

anna tapa libro

PRIMERA PARTE – Capítulo 6

Cuando Oblonsky preguntó a Levin a qué había ido a Moscú, Levin se sonrojó y se indignó consigo mismo por haberse sonrojado y por no haber sabido decirle: «He venido para pedir la mano de tu cuñada», pues sólo por este motivo se encontraba en Moscú.

Los Levin y los Scherbazky, antiguas familias nobles de Moscú, habían mantenido siempre entre sí cordiales relaciones y su amistad se había afirmado más aún durante los años en que Levin fue estudiante.

Éste se preparó e ingresó en la Universidad al igual que el joven príncipe Scherbazky, el hermano de Dolly y Kitty. Levin frecuentaba, entonces, la casa de los Scherbazky y se encariñó con la familia.

Por extraño que pueda parecer, con lo que Levin estaba encariñado era precisamente con la casa, con la familia y, sobre todo, con la parte femenina de la familia.

Levin no recordaba a su madre; tenía sólo una hermana y ésta mayor que él. Así, pues, en casa de los Scherbazky se encontró por primera vez en aquel ambiente de hogar aristocrático a intelectual del que él no había podido gozar nunca por la muerte de sus padres.

Todo, en los Scherbazky, sobre todo en las mujeres, se presentaba ante él envuelto como en un velo misterioso, poético; y no sólo no veía en ellos defecto alguno, sino que suponía que bajo aquel velo poético que envolvía sus vidas se ocultaban los sentimientos más elevados y las más altas perfecciones.

Que aquellas señoritas hubiesen de hablar un día en francés y otro en inglés; que tocasen por turno el piano, cuyas melodías se oían desde el cuarto de trabajo de su hermano, donde los estudiantes preparaban sus lecciones; que tuviesen profesores de literatura francesa, de música, de dibujo, de baile; que las tres, acompañadas de mademoiselle Linon, fuesen por las tardes a horas fijas al boulevard Tverskoy, vestidas con sus abrigos invernales de satén –Dolly de largo, Natalia de medio largo y Kitty completamente de corto, de modo que se podían distinguir bajo el abriguito sus piernas cubiertas de tersas medias encarnadas– ; que hubiesen de pasear por el boulevard Tverskoy acompañadas por un lacayo con una escarapela dorada en el sombrero; todo aquello y mucho más que se hacía en aquel mundo misterioso en el que ellos se movían, Levin no podía comprenderlo, pero estaba seguro de que todo lo que se hacía allí era hermoso y perfecto y, precisamente por el misterio en que para él se desenvolvía, se sentía enamorado de ello.

Durante su época de estudiante, casi se enamoró de la hija mayor, Dolly, pero ésta se casó poco después con Oblonsky. Entonces comenzó a enamorarse de la segunda, como si le fuera necesario estar enamorado de una u otra de las hermanas. Pero Natalia, apenas presentada en sociedad, se casó con el diplomático Lvov. Kitty era todavía una niña cuando Levin salió de la Universidad. El joven Scherbazky, que había ingresado en la Marina, pereció en el Báltico y desde entonces las relaciones de Levin con la familia, a pesar de su amistad con Oblonsky, se hicieron cada vez menos estrechas. Pero cuando aquel año, a principios de invierno, Levin volvió a Moscú después de un año de ausencia y visitó a los Scherbazky, comprendió de quién estaba destinado, en realidad, a enamorarse. Al parecer, nada más sencillo –conociendo a los Scherbazky, siendo de buena familia, más bien rico que pobre y contando treinta y dos años de edad–, que pedir la mano de la princesita Kitty. Seguramente le habrían considerado un buen partido. Pero, como Levin estaba enamorado, Kitty le parecía tan perfecta, un ser tan por encima de todo lo de la tierra, él se consideraba un hombre tan bajo y vulgar, que casi no podía imaginarse que ni Kitty ni los demás lo encontraran digno de ella.

Pasó dos meses en Moscú como en un sueño, coincidiendo casi a diario con Kitty en la alta sociedad, que comenzó a frecuentar para verla más a menudo; y, de repente, le pareció que no tenía esperanza alguna de lograr a su amada y se marchó al pueblo.

La opinión de Levin se basaba en que a los ojos de los padres de Kitty él no podía ser un buen partido y que tampoco la deliciosa muchacha podía amarle.

Ante sus padres no podía alegar una ocupación determinada, ninguna posición social, siendo así que a su misma edad, treinta y dos años, otros compañeros suyos eran: uno general ayudante, otro director de un banco y de una compañía ferroviaria, otro profesor, y el cuarto presidente de un tribunal de justicia, como Oblonsky…

Él, en cambio, sabía bien cómo debían de juzgarle los demás: un propietario rural, un ganadero, un hombre sin capacidad, que no hacía, a ojos de las gentes, sino lo que hacen los que no sirven para nada:

ocuparse del ganado, de cazar, de vigilar sus campos y sus dependencias.

La hermosa Kitty no podía, pues, amar a un ser tan feo como Levin se consideraba y, sobre todo, tan inútil y tan vulgar. Por otra parte, debido a su amistad con el hermano de ella ya difunto, sus relaciones con Kitty habían sido las de un hombre maduro con una niña, lo cual le parecía un obstáculo más. Opinaba que a un joven feo y bondadoso, cual él creía ser, se le puede amar como a un amigo, pero no con la pasión que él profesaba a Kitty. Para eso había que ser un hombre gallardo y, más que nada, un hombre destacado.

Es verdad que había oído decir que las mujeres aman a veces a hombres feos y vulgares, pero él no lo podía creer y juzgaba a los demás por sí mismo, que sólo era capaz de amar a mujeres bonitas, misteriosas y originales.

No obstante, después de haber pasado dos meses en la soledad de su pueblo, comprendió que el sentimiento que le absorbía ahora no se parecía en nada a los entusiasmos de su primera juventud, pues no le dejaba momento de reposo, y vio claro que no podría vivir sin saber si Kitty podría o no llegar a ser su mujer. Comprendió, además, que sus temores eran hijos de su imaginación y que no tenía ningún serio motivo para pensar que hubiera de ser rechazado. Y fue así como se decidió a volver a Moscú, resuelto a pedir la mano de Kitty y casarse con ella, si lo aceptaban… Y si no… Pero no quiso ni pensar en lo que sucedería si era rechazada su proposición.

PRIMERA PARTE – Capítulo 7

Llegó a Moscú en el tren de la mañana y, en seguida, se dirigió a casa de Koznichev, su hermano mayor por parte de madre. Después de mudarse de ropa, entró en el despacho de su hermano, dispuesto a exponerle los motivos de su viaje y pedirle consejo.

Pero Koznichev no se hallaba solo. Le acompañaba un profesor de filosofía muy renombrado que había venido de Jarkov con el exclusivo objeto de discutir con él un tema filosófico sobre el que ambos mantenían diferentes puntos de vista.

El profesor sostenía una ardiente polémica con los materialistas, y Koznichev, que la seguía con interés, después de leer el último artículo del profesor, le escribió una carta exponiéndole sus objeciones y censurándole las excesivas concesiones que hacía al materialismo.

El polemista se puso en seguida en camino para discutir la cuestión. El punto debatido estaba entonces muy en boga, y se reducía a aclarar si existía un límite de separación entre las facultades psíquicas y fisiológicas del hombre y dónde se hallaba tal límite, de existir.

Sergio Ivanovich acogió a su hermano con la misma sonrisa fría con que acogía a todo el mundo y, después de presentarle al profesor, reanudó la charla.

El profesor, un hombre bajito, con lentes, de frente estrecha, interrumpió un momento la conversación para saludar y luego volvió a continuarla, sin ocuparse de Levin.

Este se sentó, esperando que el filósofo se marchase, pero acabó interesándose por la discusión.

Había visto en los periódicos los artículos de que se hablaba y los había leído, tomando en ellos el interés general que un antiguo alumno de la facultad de ciencias puede tomar en el desarrollo de las ciencias; pero, por su parte, jamás asociaba estas profundas cuestiones referentes a la procedencia del hombre como animal, a la acción refleja, la biología, la sociología y a aquella que, entre todas, le preocupaba cada vez más: la significación de la vida y la muerte.

En cambio, su hermano y el profesor, en el curso de su discusión, mezclaban las cuestiones científicas con las referentes al alma , cuando parecía que iban a tocar el tema principal, se desviaban en seguida, y se hundían de nuevo en la esfera de las sutiles distinciones, las reservas, las citas, las alusiones, las referencias a opiniones autorizadas, con lo que Levin apenas podía entender de lo que trataban.

–No me es posible admitir –dijo Sergio Ivanovich, con la claridad y precisión, con la pureza de dicción que le eran connaturales– la tesis sustentada por Keiss; es a saber: que toda concepción del mundo exterior nos es transmitida mediante sensaciones. La idea de que existimos la percibimos nosotros directamente, no a través de una sensación, puesto que no se conocen órganos especiales capaces de recibirla.

–Pero Wurst, Knaust y Pripasov le contestarían que la idea de que existimos brota del conjunto de todas las sensaciones y es consecuencia de ellas. Wurst afirma incluso que sin sensaciones no se experimenta la idea de existir.

–Voy a demostrar lo contrario… –comenzó Sergio Ivanovich.

Levin, advirtiendo que los interlocutores, tras aproximarse al punto esencial del problema, iban a desviarse de nuevo de él, preguntó al profesor:

–Entonces, cuando mis sensaciones se aniquilen y mi cuerpo muera, ¿no habrá ya para mí existencia posible?

El profesor, contrariado como si aquella interrupción le produjese casi un dolor físico, miró al que le interrogaba y que más parecía un palurdo que un filósofo, y luego volvió los ojos a Sergio Ivanovich, como preguntándole: ¿Qué queréis que le diga?

Pero Sergio Ivanovich hablaba con menos afectación a intransigencia que el profesor, y comprendía tanto las objeciones de éste como el natural y simple punto de vista que acababa de ser sometido a examen, sonrió y dijo:

–Aún no estamos en condiciones de contestar adecuadamente a esa pregunta.

–Cierto; no poseemos bastantes datos –afirmó el profesor. Y continuó exponiendo sus argumentos–. No –dijo–. Yo sostengo que si, como afirma Pripasov, la sensación tiene su fundamento en la impresión, hemos de establecer entre estas dos nociones una distinción rigurosa.

Levin no quiso escuchar más y esperaba con impaciencia que el profesor se marchase.

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