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AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 19

viernes, octubre 11th, 2013

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Viaje a Šipan de sobremesa, un Toblerone y el Capítulo 19 de Aguas de primavera. Con éste, los dejo en suspenso hasta el lunes. Les dejo una foto de la dacha de Turguéniev en Bougival, a 15 km del centro de París. Que pasen un hermoso fin de semana.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 19

Emilio salió al encuentro de Sanin —lo estaba acechando hacía más de una hora— y le dijo rápido, al oído, que su madre ignoraba todos los disgustos de la víspera y que era preciso no hablar de ellos; que a él lo mandaban de nuevo al almacén, pero que, en vez de ir allá, se escondería en cualquier parte. Después de haber dado estas noticias en pocos segundos, se arrojó bruscamente al cuello de Sanin; lo abrazó con entusiasmo y desapareció corriendo. Sanin encontró a Gemma en la tienda. Quería decirle ella alguna cosa, pero no pudo hablar. Le temblaban los labios ligeramente, y sus párpados oscilaban sobre los inciertos ojos. Para tranquilizarla, se apresuró a asegurarle que todo había terminado, que aquel asunto no era más que una chiquillada.

—¿No ha ido a verlo nadie? —preguntó ella.

—Estuvo un caballero, nos explicamos, y… hemos llegado al acuerdo más satisfactorio.

Gemma volvió detrás del mostrador.

«No me cree2, pensó Sanin. Sin embargo, pasó al aposento inmediato, donde encontró a Frau Lenore.

Ésta ya no tenía jaqueca, pero se encontraba en una melancólica disposición de ánimo. Sonriéndole con cordialidad, le previno que se aburriría aquel día, pues no se sentía capaz de ocuparse de él. Al sentarse junto a ella, notó que tenía rojos e hinchados los párpados.

—¿Qué le pasa Frau Leonore? ¿Ha llorado usted?

—¡Silencio! —dijo, indicando con la cabeza la estancia donde se encontraba su hija —¡No diga usted eso… en voz alta!

—Pero, ¿por qué ha llorado usted?

—¡Ah, señor Sanin, yo misma no lo sé!

—¿Alguien le ha dado a usted algún disgusto?

—¡Oh, no…! Me he sentido triste de repente… he pensado en Giovanni Battista…, ¡en mi juventud! ¡Qué pronto pasó todo eso! Me hago vieja, amigo mío, y no puedo acostumbrarme a esta idea. Me parece que soy siempre la misma de antes… y llega la vejez… ¡Ya la tengo encima! —brotaron las lágrimas en los ojos de Frau Lenore —Me mira usted con extrañeza, lo veo… ¡También usted se hará viejo, amigo mío, y verá cuán amargo es eso!

Sanin se esforzó por consolarla, hablándole de sus hijos, en los cuales veía revivir su juventud. Hasta trató de bromear, diciéndole que buscaba el medio de hacer que le dijesen piropos. Pero ella le impuso silencio en tono serio; y por primera vez comprendió Sanin que nada puede consolar ni distraer de la pena el ver acercarse la vejez; hay que esperar a que esa pena se calme por sí misma. Sanin propuso a Frau Lenore jugar al tressette; no hubiera podido imaginar nada mejor. Ella consintió enseguida y pareció aclararse su negro humor.

Sanin jugó con ella antes y después de la comida. También Pantaleone tomó parte en el juego. ¡Nunca le había caído tan abajo el capote sobre la frente, nunca se le había hundido tan en lo hondo de la corbata la barbilla! Todos sus movimientos denotaban una importancia tan reconcentrada, que al mirarlo, se preguntaba cualquiera:

«¿Qué secreto podrá ser el que con tanto celo guarda este hombre?»

Pero segretezza, segretezza.

Durante todo el día se esforzó por manifestar a Sanin la más extrema consideración; en la mesa le servía primero, antes que a las damas, con aire solemne y resuelto; durante la partida de naipes, le cedió su turno y no se permitió obligarlo a plantarse; por último, declaró en redondo, sin venir a cuento, que la nación rusa era la más magnánima, la más valerosa y la más audaz del mundo. “¡Anda, viejo cómico!”, se dijo Sanin para sus adentros.

Si la disposición de ánimo de la señora Roselli lo asombraba, no menos lo sorprendía el modo de conducirse Gemma con él. Y no porque lo evitase. Antes, por el contrario, nunca se sentaba muy lejos, y lo oía hablar mirándolo; ahora, decididamente, no quiso entablar conversación con él, y en cuanto Sanin le dirigía la palabra, se levantaba ella con dulzura y se alejaba unos instantes; volvía después y se sentaba en algún rincón, donde permanecía inmóvil como quien medita, o más bien, como quien duda. Por fin la misma Frau Lenore notó lo extraño de sus maneras y en dos ocasiones le preguntó qué le ocurría.

—No es nada; —contestó Gemma —ya sabes que algunas veces soy así.

—Es verdad —asintió la madre.

De ese modo transcurrió aquel largo día, ni animado, ni languideciente, ni alegre, ni triste. Si Gemma se hubiese conducido de otro modo, ¿quién puede asegurar que Sanin no hubiera cedido a la tentación de dárselas un poco de valiente? Quizás se hubiera abandonado sencillamente a la tristeza, al pensar en una separación que podía ser eterna… Pero, falto de la oportunidad de hablar con Gemma, tuvo que limitarse, antes de tomar el café por la noche, a tocar unos acordes, en tono menor, durante un cuarto de hora, en el piano.

Emilio volvió tarde, y para evitar toda pregunta relativa a Herr Klüber, se retiró enseguida. Llegó en el momento de marcharse Sanin.

Al decir adiós a Gemma, recordó la separación de Lenski y Olga, en Eugenio Oneguin. Le apretó con mucha fuerza la mano y trató de verle de frente la cara; pero ella se volvió un poco y retiró los dedos.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 18

jueves, octubre 10th, 2013

aguas de primavera dibujo
Buenas noches, dachas primaverales. Les dejo el Capítulo 18 de la novela que nos convoca… con un tilo.
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 18

Al cabo de una hora el mozo entregó a Sanin una tarjeta vieja, mugrienta, que decía:

PANTALEONE CIPPATOLA DI VARESE
Cantante di Camera di S.A.R.(1) il Duca di Modena

Y Pantaleone en persona entró en pos del camarero. Se había cambiado de ropa de pies a cabeza. Llevaba un frac negro con las costuras de color de ala de mosca y un chaleco de piqué blanco, sobre el cual zigzagueaba una cadena de cobre dorado. Un pesado sello de cornerina bajaba hasta sus negros pantalones ajustados, de antigua moda, «de puente». Tenía en la mano derecha un sombrero negro de pelo de conejo y en la mano izquierda un par de grandes guantes de gamuza. La corbata era aún más ancha y más alta que de costumbre, y en su almidonada pechera brillaba un alfiler adornado con un ojo de gato. El índice de la mano derecha ostentaba un anillo formado por dos manos enlazadas alrededor de un corazón echando llamas.
Toda la persona del viejo exhalaba olor a baúl, a alcanfor y almizcle; y la preocupación, la solemnidad de su porte, hubiera chocado hasta al espectador más indiferente. Sanin se levantó y salió a su encuentro.

—Seré su testigo —dijo Pantaleone en francés, e inclinó todo el cuerpo hacia delante después de lo cual puso los pies en primera posición, como un maestro de baile. —Vengo a tomar sus instrucciones. ¿Desea usted batirse sin cuartel?

—¿Por qué sin cuartel, mi querido señor Pantaleone? ¡Por nada del mundo retiraría las expresiones que ayer proferí, pero no soy un bebedor de sangre! Por lo demás, aguarde usted; pronto va a venir el testigo de mi adversario, me retiraré a la habitación contigua y él se entenderá con usted. Quede usted convencido de que nunca olvidaré este servicio, por el cual le doy las gracias con todo mi corazón.

—¡El honor ante todo! —respondió Pantaleone, y se arrellanó en una butaca sin esperar a que Sanin lo invitara a sentarse —¡Si ese ferroflucto spiccebubbio, ese mercachifle de Klüber, no sabe comprender el primero de sus deberes, o si tiene miedo, tanto peor para él…! ¡Alma vil! Eso es todo. En cuanto a las condiciones del duelo, soy testigo de usted y sus intereses son sagrados para mí. Cuando vivía yo en Padua, había allí un regimiento de dragones blancos y estaba relacionado con varios oficiales… Todo su código me es familiar, y a menudo he hablado de estos asuntos con un compatriota suyo, il principe Tarbusskiy… ¿Vendrá pronto ese testigo?

—Lo espero de un momento a otro…, y aquí viene ya —añadió, mirando por la ventana.

Pantaleone se levantó, consultó la hora en su reloj, se arregló el cabello, y se apresuró a meter dentro del zapato una cinta que le salía por debajo del pantalón. Entró el alférez, siempre tan encendido y tan turbado.

Sanin presentó uno a otro los testigos.

—Von Richter, alférez… El señor Cippatola, artista…

El alférez experimentó alguna sorpresa al ver al viejo… ¡Qué hubiera dicho si alguien le hubiese cuchicheado al oído que «el artista» en cuestión practicaba también el arte culinario…! Pero Pantaleone tenía tal prosopopeya, que un duelo parecía ser para él una cosa habitual y corriente. En aquella circunstancia, los recuerdos de su carrera teatral vinieron probablemente en su auxilio, y representó el papel de testigo precisamente como un papel. El alférez y él guardaron silencio un instante.

—¡Vamos, empecemos! —dijo por fin Pantaleone, jugando, al descuido, con su sello de cornerina.

—¡Comencemos! —respondió el alférez —Pero… la presencia de uno de los adversarios…

—Señores, los dejo a ustedes —anunció Sanin, saludándolos, y entró en su dormitorio y cerró la puerta.

Se echó en la cama y se puso a pensar en Gemma. Pero la conversación de los testigos, a pesar de estar cerrada la puerta, llegaba a sus oídos. Hablaban en francés, destrozándolo ambos sin compasión, cada cual a su antojo. Pantaleone mencionaba a los dragones de Padua y de il principe Tarbusskiy; el alférez insistía en lo de las exghizes léchères (ligeras excusas) y los goups de bisdolet à l’amiaple (pistoletazos de amigo). Pero el viejo no quiso oír hablar de ningún género de exghizes. Con gran espanto de Sanin, se puso de pronto a hablar de «una joven señorita inocente, cuyo dedo meñique vale más que todos los oficiales del mundo» (oune zeune damigella innoucenta qu’a ella sola dans soun peti doa vale pinque toutt le zouffissié del mondo). Y varias veces repitió con calor: “È ouna onta, ouna onta!” (¡Es una vergüenza, una vergüenza!) Al principio, el alférez no prestó a ello ninguna atención; pero después se oyó la voz del joven, temblorosa de cólera, haciendo observar que no había venido a oír sentencias morales…

—A la edad de usted siempre es útil oír cosas justas —exclamó Pantaleone.

La discusión llegó varias veces a ser tempestuosa. Al cabo de una hora de disputas, convinieron las condiciones siguientes: «el barón von Dönhof y el señor Sanin se encontrarían al día siguiente, a las diez de la mañana, en un bosquecito cerca de Hanau; tirarían a veinte pasos, teniendo cada uno derecho a hacer dos disparos, a la señal de los testigos. Se servirían de pistolas corrientes».

Von Richter se retiró. Pantaleone abrió la puerta de la alcoba y comunicó a Sanin el resultado de la entrevista, exclamando:

—Bravo russo! Bravo giovanotto! ¡Saldrás vencedor!

Pocos instantes después se encaminaron a la confitería Roselli.

Sanin tuvo la precaución de exigir a Pantaleone el más profundo secreto acerca del duelo. Como respuesta, el viejo alzó un dedo y repitió dos veces guiñando los ojos:

—Segretezza!

Se había rejuvenecido visiblemente y andaba con paso más firme. Todos aquellos sucesos extraordinarios, aunque poco agradables, le recordaban con viveza la época en que enviaba y recibía él mismo cartas de desafío… en escena. A los barítonos, como se sabe, les gusta gallear en sus papeles.

(1)S.A.R.: Abreviatura de Su Alteza Real, igual que en español.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 17

miércoles, octubre 9th, 2013

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En medio de estas aguas de primavera, que dan de beber a la tierra para que florezca, les dejo el Capítulo 17 de nuestra novela nocturna. Últimos días de promo de Alma de noruega a $100 (no se lo pierdan).

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 17

«Aguardaré las explicaciones del caballero oficial hasta las diez», pensaba, al arreglarse por la mañana, al día siguiente, «y después, que me busque si le da la gana».

Pero los alemanes se levantan temprano; y antes de que el reloj marcase las nueve, el criado entró a anunciar a Sanin que el señor alférez (der Herr Seconde Lieutenant) von Richter(1) deseaba verlo.

Sanin se puso raudamente un redingote(2) y le dijo que lo hiciese pasar. En contra de lo que Sanin esperaba, von Richter era un jovenzuelo, casi un niño; se esforzaba en vano por dar un aire de importancia a su rostro imberbe; ni siquiera lograba ocultar su emoción, y habiéndosele enredado los pies en el sable, por poco se cae al sentarse. Después de muchas vacilaciones, y con notable tartamudeo, comunicó a Sanin, en muy mal francés, que era portador de un mensaje de su amigo, el barón von Dönhof; que su misión consistía en exigir excusas al caballero von Sanin por las expresiones ofensivas empleadas por él la víspera, y que en el caso de que el caballero von Sanin se negase a ello, el barón von Dönhof exigía satisfacción.

Sanin respondió que no tenía el propósito de presentar excusas, y que sostenía lo dicho.

Entonces, el caballero von Richter, siempre tartamudeando, le preguntó con quién, dónde y a qué hora podrían celebrarse las conferencias indispensables.

Sanin le respondió que podía volver dentro de un par de horas, y que de allí a entonces trataría de hallar un testigo.

«¿A quién diablos tomaré de testigo?», pensaba mientras tanto.

El caballero von Richter se levantó y saludó para despedirse. Pero al llegar al umbral, se detuvo como presa de un remordimiento de conciencia, y dirigiéndose a Sanin, le dijo que su amigo el barón von Dönhof no dejaba de comprender que hasta cierto punto habían sido culpa suya los sucesos de la víspera, y que, por consiguiente, se contentaría con «ligeras excusas» (des exghizes léchères[3]).

Sanin contestó a eso que no considerándose culpable de nada, no estaba dispuesto a presentar ninguna clase de excusas, ni ligeras ni pesadas.

—En ese caso, —replicó el caballero von Richter, poniéndose aún más encarnado —habrá que cruzar unos pistoletazos amistosos (des goups de bisdolet à l’amiâple[4]).

—No comprendo ni pizca lo que usted quiere decir. —observó Sanin —Supongo que no se trata de tirar al aire.

—¡Oh, no, no! —tartamudeó el alférez, desorientado por completo —Pero suponía que ventilándose el asunto entre hombres distinguidos… —se interrumpió —Hablaré con el testigo de usted —dijo, y se retiró.

En cuanto el alférez hubo salido, Sanin se dejó caer en una silla, con los ojos fijos en el suelo, diciéndose:

«¡Vaya una broma la de esta vida, con sus bruscos virajes! Pasado y futuro, todo desaparece como por arte de magia; ¡y lo único que saco en limpio es que me voy a batir en Francfort con un desconocido y no se sabe por qué!»

Se acordó de una anciana tía loca que bailaba sin cesar, cantando estas palabras extravagantes:

¡Alférez rebonito!
¡Mi pepinito!
¡Mi cupidito!
¡Báilame, mi pichoncito!

Se echó a reír y se puso a cantar como ella: «¡Alférez rebonito; báilame, mi pichoncito!»

—Pero no hay tiempo que perder; hay que moverse —exclamó en voz alta, levantándose. Y vio delante de él a Pantaleone con una esquela en la mano.

—He llamado varias veces, pero no ha oído usted. Yo creía que había salido — dijo el viejo, dándole la carta —De parte de la señorita Gemma.

Sanin tomó maquinalmente la carta, la abrió y leyó. Gemma le escribía que estaba intranquila con el asunto consabido, y que deseaba verlo de inmediato.

—La signorina está inquieta. —dijo Pantaleone, que por lo visto estaba enterado del contenido de la esquela —Me ha dicho que me informe de lo que hace usted, y que lo lleve conmigo junto a ella.

Sanin miró al viejo italiano y se quedó pensativo: una idea repentina cruzaba por su mente. En el primer instante le pareció extraña, imposible… «Sin embargo, ¿por qué no?», se dijo a sí mismo.

—Señor Pantaleone —casi gritó.

Se estremeció el viejo, sepultó el mentón en la corbata y fijó los ojos en Sanin.

—¿Sabe usted lo que pasó ayer? —prosiguió este.

Pantaleone sacudió su enorme pelambre, mordiéndose los labios, y respondió:

—Lo sé.

Apenas de regreso, Emilio se lo había contado todo.

—¡Ah, lo sabe usted! Pues bien, he aquí de qué se trata. Ahora mismo acaba de salir de aquí un oficial. Ese insolente de ayer me desafía a duelo. He aceptado, pero no tengo testigo. ¿Quiere usted ser mi testigo?

Pantaleone tembló y levantó tanto las cejas, que desaparecieron bajo sus mechones colgantes.

—¿Pero no tiene usted más remedio que batirse? —dijo en italiano; hasta entonces había hablado en francés.

—Es preciso. Negarme a ello sería cubrirme de oprobio para siempre.

—¡Hum! Si me niego a servirle a usted de testigo, ¿buscará usted otro?

—Seguramente.

Pantaleone bajó la cabeza.

—Pero permítame usted que le pregunte, signor de Zanini, si ese duelo no echará una mancha sobre la reputación de cierta persona.

—Supongo que no; pero, aunque así fuese, no hay más remedio que resignarse.

—¡Hum…! —Pantaleone había desaparecido por completo dentro de su corbata —Pero ese ferroflucto Kluberio, ¿no interviene en eso? —exclamó de pronto, levantando la nariz como si otease el aire.

—¿Él? Nada.

—¡Che! —Pantaleone se encogió de hombros con aire despectivo, y dijo con voz insegura: —En todo caso, debo dar a usted las gracias, porque en medio de mi actual rebajamiento ha sabido usted reconocer en mí un hombre decente, un galant’uomo. Con eso demuestra usted mismo ser un galant’uomo. Pero necesito pensar su proposición.

—No hay tiempo que perder, querido señor Ci… Cippa…

—…tola. —concluyó el viejo —No le pido a usted más que una hora para reflexionar. Este asunto atañe a los intereses de la hija de mis bienhechores… ¡y por eso es un deber, una obligación para mí el reflexionar…! Dentro de una hora, de tres cuartos de hora, conocerá usted mi resolución.

—Bueno, esperaré.

—Y ahora, ¿qué respuesta llevo a la signorina Gemma?

Sanin tomó un pliego de papel y escribió:

«No tenga usted miedo, mi querida amiga. Dentro de tres horas iré a verla, y todo se explicará. Le doy a usted las gracias con toda mi alma por el interés que me manifiesta.»

Y entregó la esquela a Pantaleone.

Éste la puso con cuidado en el bolsillo interior de su paletot, y después de repetir otra vez: «¡Dentro de una hora!», se dirigió a la puerta; pero bruscamente se volvió, corrió hacia Sanin, le tomó la mano, y estrechándosela contra el pecho, con los ojos levantados al cielo, exclamó:

—Nobile giovanotto! Gran cuore!(5) ¡Permita usted a un débil viejo (a un vecchiotto), estrecharle su valerosa mano! (la vostra valorosa destra).

Y dando algunos pasos de espalda, agitó ambos brazos y salió.

Sanin lo siguió con la vista…; después tomó un periódico y se creyó en el caso de leer. Pero por más que sus ojos se empeñaban en recorrer las líneas, no comprendió nada de lo que leía.

(1) Palabra alemana que significa “de”. Antepuesta a un apellido suele ser indicación de nobleza o ascendencia ilustre.
(2) Redingote: Capote de poco vuelo y con mangas ajustadas.
(3) Mala pronunciación de las palabras francesas excuses légères.
(4) Deformación de la frase en francés des coups de pistolet à l’amiable.
(5) En italiano: ¡Noble mancebo! ¡Gran corazón!

Créditos de la imagen: Aisha Yusaf

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 16

martes, octubre 8th, 2013

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AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 16

Sabido es de lo que suele componerse una comida alemana: una sopa de aguachirle con canela y unas bolitas de pasta erizadas de gibosidades; carne cocida, seca como corcho, con una grasa blanca, rodeada de remolachas fofas, de rábano picado y papas viscosas; una anguila azulenca con salsa de alcaparras en vinagre; un asado con conservas en vinagre y el imprescindible mehlspeise, especie de pudding rociado con una salsa roja agria; en cambio, vino y cerveza excelentes. Tal era el menú que el fondista de Soden presentó a sus huéspedes.

Por lo demás, el almuerzo transcurrió muy bien. En verdad, no se distinguió por una animación particular, ni siquiera cuando Herr Klüber brindó «¡Por lo que nos es querido!» (Was wir lieben!). Todo se realizó con la mayor dignidad y decoro. Después de la comida se sirvió un café claro y rojizo, un verdadero café alemán. Herr Klüber, como galante caballero, pedía permiso a Gemma para fumar un tabaco, cuando, de pronto, ocurrió una cosa imprevista, una cosa verdaderamente desagradable y hasta indigna…

Algunos oficiales de la guarnición de Maguncia se habían instalado en una de las mesas próximas. Por sus miradas y cuchicheos podía adivinarse, sin esfuerzo, que la belleza de Gemma no les había pasado inadvertida. Uno de ellos, que probablemente había estado alguna vez en Francfort, miraba a la joven como se mira a una persona conocida; estaba claro que sabía quién era. De repente se levantó, vaso en mano —los señores oficiales habían hecho ya numerosas libaciones, y el mantel aparecía cubierto de botellas delante de ellos—, y se acercó a la mesa donde estaba sentada Gemma. Era un jovenzuelo con cejas y pestañas de un rubio desvaído, aunque con una fisonomía agradable y hasta simpática, pero sensiblemente alterado por el vino que había bebido. Tenía las mejillas tirantes e inflamados los ojos, que vagaban de acá para allá, con expresión insolente. Sus camaradas quisieron contenerlo en un principio, pero lo dejaron ir. Empezado el asunto, era preciso ver en qué terminaba.

El oficial, tambaleándose un poco, se detuvo frente a Gemma, y con voz que quería hacer segura, pero en la cual, a pesar suyo, se revelaba una lucha interior, exclamó:

—¡Brindo por la más hermosa botillería que hay en todo Francfort y en el mundo entero! —de un trago apuró el vaso—¡Y en recompensa, tomo esta flor arrancada por sus divinos dedos! —y cogió una rosa que yacía junto al plato de Gemma.

Sorprendida y asustada de pronto, la muchacha se puso pálida; después, trocándose en ira su espanto, se ruborizó hasta la raíz de los cabellos. Sus ojos, fijos en el insolente, se oscurecieron y centellearon a la vez con las tinieblas y los relámpagos de una indignación desbordada.

El oficial, turbado al parecer por esa mirada, murmuró algunas palabras incoherentes, saludó y se fue a donde estaban sus amigos, quienes lo acogieron con risas y ligeros aplausos.

Herr Klüber se levantó bruscamente, se irguió en toda su estatura, y, calándose el sombrero, dijo con dignidad, pero no muy alto:

—¡Esto es inaudito! ¡Es una insolencia inaudita! (Unerhört! Unerhörte Frechheit!)

Enseguida llamó al mozo con voz severa, pidió que le trajesen la cuenta, y no contento con eso, ordenó que enganchasen el coche, añadiendo que era inconcebible que personas distinguidas viniesen a este establecimiento, donde se podía ser insultado. Al oír Gemma estas palabras, inmóvil en su sitio —una respiración jadeante sacudía su pecho—, dirigió los ojos a Herr Klüber y le lanzó la misma mirada que había lanzado al oficial. Emilio temblaba de rabia.

—Levántese usted, meine Fräulein; —profirió Herr Klüber, siempre con idéntica severidad —no conviene que permanezca usted aquí. Vamos dentro del restaurante.

Gemma se levantó sin decir nada, le presentó él su torneado brazo, puso la mano encima, y Herr Klüber se dirigió entonces al restaurante con un andar majestuoso, más solemne y arrogante, conforme se alejaba del teatro de los sucesos. El pobre Emilio los siguió todo trémulo.

Pero mientras Herr Klüber ajustaba la cuenta con el mozo, a quien no dio ni un kreuzer de propina, para castigarlo por lo sucedido, Sanin se había acercado rápidamente a la mesa de los oficiales y, dirigiéndose al que había insultado a Gemma, y que en aquel momento daba a oler su rosa a los demás, uno tras otro, con voz clara pronunció en francés estas palabras:

—¡Caballero, lo que acaba usted de hacer es indigno de un hombre de honor, indigno del uniforme que viste; y vengo a decirle a usted que es un fatuo mal educado!

El joven dio un salto, pero otro oficial de más edad lo detuvo con un ademán, lo hizo sentarse, y encarándose con Sanin le preguntó, en francés también, si era hermano, pariente o novio de aquella joven.

—Nada tengo que ver con ella. —exclamó Sanin —Soy un viajero ruso, pero no puedo permanecer impasible ante tamaña insolencia. Por lo demás, aquí está mi nombre y mi dirección; el señor oficial sabrá dónde encontrarme.

Al decir estas palabras, Sanin arrojó sobre la mesa su tarjeta, y con rápido ademán, tomó la rosa de Gemma, que uno de los oficiales había dejado caer en un plato. El joven oficial hizo un nuevo esfuerzo para levantarse de la silla, pero su compañero lo detuvo por segunda vez, diciéndole:

—¡Quieto, Dönhof! (Still, Dönhof!)

Luego se levantó él mismo, y llevándose la mano a la visera de la gorra, no sin un matiz de cortesía en la voz y en la actitud, dijo a Sanin que a la mañana siguiente uno de los oficiales de su regimiento tendría el honor de visitarlo. Sanin respondió con un breve saludo y se apresuró a reunirse con sus amigos.

Herr Klüber fingió no haber notado la ausencia de Sanin ni sus explicaciones con los oficiales; apresuraba al cochero para que enganchase los caballos, y se irritaba en extremo ante su lentitud. Gemma tampoco dijo nada a Sanin; no lo miró siquiera. Por sus cejas fruncidas, sus labios pálidos y apretados, su misma inmovilidad, se adivinaba lo que sucedía en su alma. Sólo Emilio tenía visibles deseos de hablar con Sanin y de interrogarlo; lo había visto acercarse a los oficiales, darles una cosa blanca, un pedazo de papel, carta o tarjeta. Le palpitaba el corazón al pobre muchacho, le abrasaban las mejillas; estaba pronto a echarse al cuello de Sanin, a punto de llorar, o de lanzarse con él para pulverizar a todos aquellos odiosos oficiales. Sin embargo, se contuvo y se limitó a seguir con atención cada uno de los movimientos de su noble amigo ruso.

Por fin, el cochero acabó de enganchar; subieron los cinco al coche. Emilio, precedido por Tartaglia, trepó al pescante; allí estaba más libre y no le quitaba el ojo a Klüber, a quien no podía ver tranquilamente.

Durante todo el camino discurseó Herr Klüber… y habló él solo; nadie lo interrumpió ni le hizo ninguna señal de aprobación. Insistió especialmente en lo mal que hicieron en no escucharlo cuando propuso comer en un gabinete reservado. De ese modo no hubieran tenido ningún disgusto. Enseguida enunció juicios severos y hasta con ribetes de liberalismo acerca de la imperdonable indulgencia del gobierno con los oficiales; lo acusó de descuidar la observancia de la disciplina y de no respetar bastante al elemento civil en la sociedad (das bürgerliche Element in der Societät). Después, predijo que con el tiempo esto produciría descontento general; que de eso a la revolución no había más que un paso, como lo atestiguaba (aquí exhaló un suspiro compasivo pero grave) el triste, el tristísimo ejemplo de Francia. Sin embargo, al punto añadió que personalmente se inclinaba ante el poder, y que él no sería revolucionario nunca jamás, pero que no podía dejar de manifestar su desaprobación a tanta licencia. Luego entró en consideraciones generales sobre la moralidad y la inmoralidad, las conveniencias y el sentimiento de la dignidad.

Durante el paseo que precedió a la comida, Gemma no había parecido enteramente satisfecha de Herr Klüber, y por eso mismo se había mantenido un poco apartada de Sanin, como si la presencia de este la turbase; pero a la vuelta, mientras escuchaba perorar a su prometido, era evidente que se avergonzaba de él. Al final del viaje experimentaba un verdadero sufrimiento, y, de pronto, dirigió una mirada suplicante a Sanin, con quien no había reanudado la conversación. Por su parte, Sanin sentía más compasión hacia ella que descontento contra Klüber, y hasta, sin confesárselo del todo, se regocijaba en secreto por lo acontecido aquel día, aun cuando esperaba las condiciones de un duelo para la mañana siguiente.

La penosa partie de plaisir(1) concluyó. Al ayudar a Gemma a apearse del coche ante la puerta de la confitería, sin decir una palabra, Sanin le puso en la mano la rosa que había rescatado. Se ruborizó ella, le apretó la mano e inmediatamente ocultó la flor. Aunque apenas era de noche, ni él tuvo ganas de entrar en la casa, ni tampoco ella lo invitó a que lo hiciese. Además, apareció en el quicio de la puerta Pantaleone y anunció que Frau Lenore estaba durmiendo. Emilio murmuró un tímido adiós a Sanin: casi le tenía miedo; ¡tanta era la admiración que le produjo! Klüber acompañó a Sanin en coche hasta la fonda y lo dejó allí, haciéndole un saludo afectado. A pesar de toda su suficiencia, este alemán, ordenado al extremo, se sentía un poco molesto. En fin, todos ellos, quién más, quién menos, se encontraban a disgusto.

Preciso es decir que ese sentimiento de malestar se disipó enseguida en Sanin y se trocó en un estado de ánimo bastante vago, pero alegre y hasta triunfal. Se puso a silbar paseándose por su cuarto. Estaba contentísimo de sí mismo y no quería pensar en nada.

(1)En francés: Salida de placer.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 15

lunes, octubre 7th, 2013

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Perdón por la demora, dachas lectoras y compañeras. Día arduo de trabajo pero con la satisfacción del deber cumplido. Con mi taza de Alma de noruega y el Capítulo 15 de Aguas de primavera, me despido hasta mañana. Que lo disfruten.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 15

Soden es un pueblecito situado a media hora de Francfort, en un paraje delicioso, en las faldas del Taunus. Entre nosotros, los rusos, es un lugar famoso por sus aguas minerales, eficaces en las enfermedades del pecho, según se asegura. Los francfortenses nunca van allí sino de excursión, porque Soden posee un magnífico parque y Wirtschaft(1), donde puede tomarse café y cerveza a la sombra de los tilos y de los arces.

El camino de Francfort a Soden, bordeado de árboles frutales, costea la margen derecha del Main. Mientras el coche rodaba tranquilamente por aquel espléndido camino, Sanin observaba a hurtadillas cómo se comportaba Gemma con su prometido. Era la primera vez que los veía juntos. La actitud de la joven era serena y sencilla, pero un poco más reservada y seria que de costumbre; Klüber tenía el porte de un superior indulgente que se permite a sí mismo, y permite a su subordinado, un placer discreto y de buen tono. Sanin no observó en él ninguna particular atención para con Gemma, nada de lo que los franceses llaman empressement (obsequiosidad). Evidentemente, Herr Klüber consideraba el asunto cosa hecha, y no veía ningún motivo para molestarse y hacerse el galán; en cambio, su condescendencia no lo abandonaba un minuto, y hasta en el largo paseo que dieron antes de comer, más allá de Soden, por montañas y valles frondosos, mientras saboreaba las bellezas de la naturaleza, el alemán miraba el paisaje con aquel invariable aire de indulgencia a través del cual se traslucía, de vez en cuando, la severidad natural de un superior. Así, hizo notar que cierto riachuelo corría demasiado en línea recta, en vez de dar pintorescos rodeos; hasta desaprobó la conducta de un pinzón que variaba muy poco su canto. Gemma no se aburría, y, al parecer, hasta experimentaba satisfacción. Sin embargo, Sanin no encontraba ya en ella la Gemma del día anterior, y no porque la más leve sombra oscureciese su hermosura —nunca había estado más resplandeciente—, sino porque su alma parecía haberse escondido en lo más recóndito de su ser. Elegantemente enguantada y con la sombrilla abierta en la mano, andaba con aplomo, sin apresurarse, como hacen las señoritas bien educadas, y hablaba poco. Emilio tampoco se encontraba a sus anchas, y Sanin aún menos. Una de las cosas que contribuían a molestarla era que la conversación se sostuvo todo el tiempo en alemán.

Sólo Tartaglia estaba eufórico. Corría dando furiosos ladridos tras de los tordos que levantaba al paso; saltaba las zanjas, los tocones y por encima de las raíces; se tiraba al agua de un brinco, bebiéndola con avidez; se sacudía, gimoteaba, luego salía disparado como una flecha, colgante su lengua roja. Por su parte, Herr Klüber hacía todo lo que estimaba necesario para divertir a la sociedad. Invitó a sus compañeros a sentarse a la sombra de un copudo roble y, sacando del bolsillo un librito titulado Knallerbsen, oder du sollst und wirst lachen! (Petardos, o ¡Debes reírte y te vas a reír!), se creyó en el caso de leer los escogidos chascarrillos de que estaba lleno ese libro. Leyó una docena sin provocar mucha alegría. Sólo Sanin, por urbanidad, enseñaba los dientes. En cuanto a Herr Klüber, después de cada anécdota, dejaba oír una risita de pedagogo, sombreada como siempre por un tinte de condescendencia. Hacia mediodía volvieron todos a Soden, al mejor restaurante de la comarca.

Se trataba de disponer la comida.

Herr Klüber propuso realizar este acto en un pabellón cerrado por todas partes, im Gartensalon; pero Gemma se sublevó de pronto, y dijo que no comería sino al aire libre, en el jardín, en una de las mesitas colocadas a la puerta del restaurante; y explicó que le aburría ver siempre las mismas caras, y que deseaba poder contemplar otras. Varios grupos de recién llegados se habían sentado ya alrededor a esas mesitas.

Mientras Klüber, sometiéndose con condescendencia «al capricho de su prometida», iba a entenderse con el maître(2), Gemma permaneció de pie, inmóvil, con los ojos bajos y los labios apretados; sentía que Sanin no apartaba de ella la mirada, casi interrogadora, y se hubiera dicho que eso le causaba enfado. Por fin regresó Klüber, anunciando que la comida estaría lista dentro de media hora, y propuso jugar una partida de bolos mientras tanto.

-Eso es muy bueno para abrir el apetito, ¡je, je, je! -añadió.

Jugaba a los bolos magistralmente; al arrojar las bolas, adoptaba posturas arrogantes, presumía de la musculatura de los brazos y piernas y se balanceaba con gracia en un pie. Era un atleta en su género; estaba sólidamente configurado. Y luego, ¡eran tan blancas, tan bellas, sus manos! ¡Y se las enjugaba con tan rico fular(3) de la India, con flores de color amarillo oro!

Llegó la hora de comer, y toda la compañía se sentó a la mesa.

(1) En alemán: Especie de cantina.
(2) En francés: Maître d’hôtel, empleado que preside el servicio al público en un restaurante.
(3) Fular: Tela de seda muy fina, por lo general con dibujos estampados.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 14

viernes, octubre 4th, 2013

GC196

Buenas noches, queridas dachas lectoras! Con el Capítulo 14 de Aguas de primavera y una tetera de Alma de noruega, me despido de ustedes hasta el lunes. Que tengan un lindísimo fin de semana, pónganse al día los rezagados y los recién llegados (vamos creciendo en número). No olviden reservarse el Sábado 30 de Noviembre para nuestro encuentro.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 14

Preciso es que digamos algunas palabras acerca del propio Sanin. En primer término, no era mal parecido: talle proporcionado, esbelto, facciones agradables aunque un poco indecisas, ojos azules, claros, de cariñosa expresión, cabellos con reflejos dorados, piel blanca y sonrosada, y, sobre todo, ese aire ingenuamente alegre, confiado, abierto, algo bobo a primera vista, en el cual antes se reconocía, sin esfuerzo, a los hijos de los nobles de la estepa, los «hijos de familia», los jóvenes de buena casta, nacidos y engordados al aire libre en las inmensas extensiones esteparias; bonito andar, un poco vacilante, leve ceceo al hablar, una sonrisa infantil en cuanto lo miraban…, en fin, todo él rebosaba lozanía, buen humor, salud, molicie y más molicie: tal era Sanin de cuerpo entero. Además, no estaba desprovisto de talento ni de instrucción. Había conservado su candor, a pesar de su viaje al extranjero; para él eran casi desconocidos los sentimientos tumultuosos que perturbaban a los mejores jóvenes de aquel tiempo.

En nuestros días, después de una minuciosa búsqueda de «hombres nuevos», nuestra literatura se ha puesto a producir tipos de jóvenes decididos a conservar su pureza, a conservarse frescos e intactos… cueste lo que cueste, frescos como las ostras que de Flensburgo llevan a San Petersburgo. Sanin no tenía nada de común con ellos: era naturalmente fresco. De compararlo con algo, hubiera sido menester hacerlo con un tierno manzano, de hojas rizadas, recién injertado, de nuestros huertos de las tierras negras, o, mejor aún, con un potro de tres años, nacido en las antiguas yeguadas «señoriales», bien cuidado y reluciente, uno de esos potros de patas mal desbastadas, que apenas empiezan a pasar la primera doma. Los que han encontrado a Sanin más tarde, baqueteado por la vida, perdida ya la flor de la juventud, esos han conocido a otro hombre.

Al día siguiente, aún estaba Sanin en la cama, cuando Emilio, vestido de fiesta, fragante de pomada capilar y con un junquillo en la mano, se metió de rondón en el dormitorio y anunció que Herr Klüber iba a llegar con el coche, que el día prometía ser magnífico, que todo estaba dispuesto en casa, pero que mamá no iba a ir, porque le había vuelto a dar la jaqueca de la víspera. Empezó a apurar a Sanin, asegurándole que no había un minuto que perder. En efecto, Herr Klüber encontró a Sanin arreglándose todavía. Llamó a la puerta, entró, inclinó y enderezó su noble talle, declaró hallarse dispuesto a esperar todo cuanto hiciera falta y tomó asiento, con el sombrero elegantemente apoyado en una rodilla. El guapo dependiente se había emperejilado y perfumado hasta lo imposible; cada uno de sus movimientos despedía intensa fragancia. Había venido en una hermosa carretela descubierta, un landó tirado por un tronco de mala estampa, pero de buena alzada y vigoroso. Un cuarto de hora después, Sanin, Klüber y Emilio se detenían triunfalmente ante la puerta de la confitería. La señora Roselli se negó a tomar parte en el paseo. Gemma quiso quedarse con su madre, pero esta misma la empujó al coche.

—No necesito a nadie, dormiré. —dijo —De buena gana hubiera enviado con ustedes a Pantaleone, pero se necesita alguien para atender a los clientes.

—¿Podemos llevarnos a Tartaglia?

—¿Por qué no?

Al punto Tartaglia se lanzó alegremente al pescante, y se instaló allí, relamiéndose. Se veía que estaba acostumbrado a hacerlo.

Gemma se había puesto un gran sombrero de paja con cintas pardas, cuyo borde bajaba por delante, resguardándole casi toda la cara de los rayos del sol. La línea de la sombra terminaba precisamente en la boca, brillaban sus labios con un encarnado suave y fino como los pétalos de la rosa de cien hojas, y sus dientes despedían cándidos reflejos como en los niños. Gemma tomó asiento en el fondo, junto a Sanin; Klüber y Emilio se sentaron frente a ellos. El pálido rostro de Frau Lenore apareció en una ventana; Gemma le hizo una señal de despedida con su pañuelo blanco, y el coche arrancó.

SALGAMOS A TOMAR UN TÉ AL JARDÍN

viernes, octubre 4th, 2013

24328247_434 Богданов-Бельский Николай Петрович — День рождения в саду

Debajo de los árboles, en una fiesta de destellos y sombras, como pinceladas impresionistas. ¡Salgamos a tomar un té al jardín!
Aquí vemos un típico chaepítie, en el jardín de una dacha rusa, el samovar sobre la mesa, la mamá sirviendo el té a los niños, quienes lo vuelcan desde sus vasos a sus platitos y, de allí, lo toman, a sorbos. La escena se completa con un vaso de violetas, una copa de jalea, un plato de frutas frescas y esas maravillosas rosquillas -baranki-.

Que empiecen un hermoso fin de semana.

Imagen: -Богданов-Бельский Николай Петрович — День рождения в саду-

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 13

jueves, octubre 3rd, 2013

e2 Harold Knight (English painter, 1874-1961) In the Spring
Tetera de Jazmines en el pelo para el Capítulo 13 de Aguas de primavera. Puro deleite. Hasta mañana.

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 13

Sanin permaneció en la casa aun después de comer. No habían querido dejarlo marchar so pretexto de que hacía un calor horrible; y cuando el tiempo refrescó un poco, le propusieron salir al jardín a tomar el té, a la sombra de las acacias. Sanin aceptó; se sentía completamente dichoso. Las horas apacibles y de dulce monotonía de la vida guardan exquisitos goces, y se entregaba a ellos con deleite, sin pedir más al día de hoy, sin acordarse de la víspera, sin pensar en mañana. ¡Qué encanto sólo la presencia de una joven como Gemma! Iba a separarse de ella muy pronto, y quizás para siempre; pero mientras la misma barquita, como en los romances de Uhland(1), te mece por la corriente serena de la vida, ¡sé feliz, viajero, deléitate! ¡Feliz viajero! Todo le parecía amable y encantador.

Frau Lenore le propuso medirse con ella y Pantaleone al tressette(2), le enseñó este juego italiano poco complicado; le ganó ella algunos kreutzers, y él quedó entusiasmado con el juego. A petición de Emilio, Pantaleone obligó al perro Tartaglia a lucir todas sus habilidades: Tartaglia saltó por encima de un palo, «habló» (es decir, ladró), estornudó, cerró la puerta con el hocico, trajo a su amo una zapatilla vieja, y, por último, con un chacó(3) en la cabeza, representó al mariscal Bernadotte escuchando las mortales acusaciones que Napoleón le dirige por su traición. Naturalmente, Pantaleone era quien hacía de Napoleón, ¡y con suma fidelidad, a fe mía! Con los brazos cruzados sobre el pecho y un tricornio metido hasta las cejas, hablaba en tono seco y áspero en francés, ¡y en qué francés, Dios mío! Frente a su amo, sentado sobre las patas traseras, encogido y apretando la cola entre las patas, Tartaglia hacía guiños con aire humilde y confuso bajo la visera del chacó metido de través. De rato en rato, cuando Napoleón alzaba la voz, se erguía sobre las patas de atrás. «Fuori, traditori!»(4), exclamó, por último, Napoleón, olvidando, en el exceso de su cólera, que debía sostener hasta el fin su papel en francés; y Bernadotte huyó a todo correr y se metió debajo del diván, de donde salió casi enseguida ladrando alegre, como para hacer saber a todos que la función había concluido. Los espectadores se rieron mucho, y Sanin más que ninguno.

Gemma tenía una risa deliciosa, delicada, mezclada con unos gemidos muy graciosos… Sanin estaba en la gloria con aquella risa. Sentía un loco deseo de comérsela a besos por aquellos gemiditos.

Por fin llegó la noche. ¡Era ya hora de retirarse! Después de haberse despedido de todos y repetido a cada uno «hasta mañana» (incluso besó a Emilio), Sanin regresó a la fonda, llevando en el corazón la imagen de aquella joven, ora risueña, ora pensativa, ora apacible hasta la indiferencia, pero siempre encantadora. Sus hermosos ojos, a veces muy abiertos, brillantes y alegres como el día, otras, medio velados por las pestañas, oscuros y profundos como la noche, estaban tenazmente ante su vista, mezclándose con todas las demás imágenes, con todos los otros recuerdos.

En lo que no pensó ni una sola vez fue en Herr Klüber, en las razones que lo habían retenido en Francfort, en una palabra, en nada de cuanto lo había agitado la víspera.

(1) Ludwig Uhland (1787-1862), poeta lírico alemán.
(2) En italiano: Tresillo, cierto juego de naipes.
(3) Chacó: Prenda del uniforme militar, a manera de sombrero de copa sin alas y con visera, propia de la caballería ligera y aplicado después a tropas de otras armas.
(4) En italiano: ¡Fuera, traidores!

La imagen de hoy: En la primavera – Harold Knight (1874-1961)

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 12

miércoles, octubre 2nd, 2013

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Capítulo cortito el 12 de Aguas de primavera. Pero lindo.
Aquí tenemos Old lavender 1932 en la tetera, para coronar la noche, después de cenar. Hasta mañana, dachas del mundo.
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 12

A Gemma no le gustaba en absoluto Hoffmann, y hasta lo encontraba… aburrido. Todo lo que de nebuloso y fantástico tienen esos relatos del Norte no era comprensible para su naturaleza meridional y enteramente impregnada de sol. «¡Esos son cuentos de chiquillos!», afirmaba, no sin desdén. Se daba cuenta, vagamente, de que Hoffmann carece de poesía.

Sin embargo, le gustaba mucho uno de aquellos cuentos, de cuyo título no podía acordarse. A decir verdad, lo que le gustaba era el principio de dicho cuento, pues se le había olvidado el final o tal vez no lo hubiese leído nunca. Era la historia de un joven que encontraba no se sabe dónde, acaso en una confitería, a una muchacha griega de asombrosa belleza, acompañada por un viejo de aire extraño, misterioso y cruel. El joven se enamora de la señorita, a primera vista; ésta lo mira con aire lastimero, como pidiéndole que la liberte. Se aleja él un momento y, al volver enseguida a la confitería, ya no encuentra a la joven ni al viejo. Se lanza en su busca, descubre a cada instante indicios de su presencia, prosigue la persecución, y por más que hace, nunca logra alcanzarlos en ninguna parte. La hermosa desconocida ha desaparecido para siempre, y él no tiene fuerzas para olvidar aquella mirada suplicante; lo atormenta la idea de que quizás se le ha escapado de las manos toda la felicidad de la vida…

No es seguro que Hoffmann termine el relato de este modo; pero Gemma, inconsciente de ello, lo arregló así y así lo retuvo en la memoria.

—Me parece —dijo— que los encuentros y separaciones de este género son más frecuentes de lo que creemos.

Sanin permaneció en silencio algunos instantes; luego habló de Herr Klüber. Era la primera vez que pronunciaba su nombre; hasta aquel momento, ni siquiera había pensado en dicho personaje.

Gemma, a su vez, calló un instante, mordiéndose con aire pensativo la uña del dedo índice y apartando la vista; luego, hizo un elogio de su prometido, habló de la excursión proyectada para el día siguiente, y, echando una rápida ojeada a Sanin, volvió a quedarse callada.

Sanin ya no encontraba sobre qué sacar conversación. Emilio entró bruscamente y despertó a Frau Lenore… Sanin se puso contento al verlo llegar.

Frau Lenore se levantó del sillón. Se presentó Pantaleone, y anunció que el almuerzo estaba servido. El amigo de la casa, ex cantante y sirviente, desempeñaba también las funciones de cocinero.

Imagen de hoy: Lavender tea – Kate Bedell

TÉ EN HEBRAS: TERMINOLOGÍA PARA ANÁLISIS SENSORIAL DE TÉS ROJOS (1ra parte)

miércoles, octubre 2nd, 2013

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La siguiente terminología fue pensada para darle adjetivación al té rojo (negro en Occidente). Para quienes recién comienzan a incursionar en el atrapante mundo del té y a realizar sus primeros análisis sensoriales (vista, olfato, gusto), no es fácil encontrar las palabras adecuadas para expresar las cualidades o estados de las hebras secas, hidratadas y del licor. Aquí va una ayudita:

Términos que describen a la hoja seca
Negra (black): apariencia negra óptima.
Negruzca (blackish): una apariencia satisfactoria.
Grande (bold): hojas demasiado grandes para el un determinado grado.
Marrón (brown): aspecto marrón, que normalmente indica un tratamiento de la hoja excesivamente duro.
Limpia(clean): la hoja que está libre de tallos, polvo y toda materia extraña.
Ensortijada (curly): apariencia de la hoja entera de grados como OP, enrollada no demasiado apretada.
Uniforme (even): fiel a la calificación, que consiste en trozos de hoja de tamaño bastante uniforme o de similar granulometría.
Escamosa (flaky): hoja plana, abierta y, con frecuencia, de textura débil.
Gris (gray): debido a la abrasión excesiva durante el proceso de selección.
Granular (grainy): describe los grados primarios de los CTC bien hechos, como el polvo (dust) de Pekoe.
Larga (leafy): un té en el que las hojas tienden a ser grandes o largas.
Liviano (light): una hoja liviana en peso o de escasa densidad. A veces, escamosa.
Elaboración (make): té bien hecho (o no), fiel a su grado.
Mohoso (musty): hoja afectada por el moho.
Alta gama (neat): excelente calidad en elaboración y tamaño.
Polvoroso (powdery): hoja cubierta de una capa delgada de polvo.
Roto (ragged): un té desigual, maltratado y mal clasificado. No confundir con «broken».
Tallo y Fibra (stalk and fibre): la cantidad debe ser mínima en los grados superiores pero, en general, es inevitable en los grados menores.
Brote (Tip): un signo de buena cosecha, evidente en los grados superiores de tés ortodoxos.
Irregular y mixta (uneven and mixed): trozos «desiguales» de hoja, indicativos de clasificaciones pobres y que no corresponden al grado indicado.
Bien enrulada (well twisted): se usa para describir los grados de hoja entera, generalmente descriptas como «bien hechas» o «enrolladas».
Apretada (wiry): apariencia de una hoja delgada y pequeña bien enrollada.

Términos que describen a la hoja hidratada
Aroma: olor o aroma que denota el «carácter inherente», por lo general, del té cultivado en zonas altas.
Brillo (bright): aspecto brillante. Por lo general, indica que los licores también son brillantes o claros.
Cobriza (coppery): hoja de color cobre brillante, que indica un té bien manufacturado.
Opaca (dull): carece de brillo y por lo general denota la mala calidad del té. Esto puede deberse a una fabricación o secado defectuosos o a un alto contenido de humedad.
Oscura (dark): un color oscuro u opaco por lo general es indicador de mala calidad.
Verde (green): cuando se está hablando de té rojo (negro en Occidente), puede deberse a una sub-fermentación o a hojas de arbustos inmaduros (licores a menudo crudos o sin fuerza). También puede deberse a una mala técnica de enrulado.
Mixta o desigual (mixed or uneven): Hoja de diferentes colores.

Fuente: «The book of tea» de Anthony Burgess

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