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ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 3, 4 Y 5

viernes, mayo 10th, 2013

anna tapa libro
SEGUNDA PARTE – Capítulo 3

Al entrar en el saloncito de Kitty, una habitación reducida, exquisita, con muñecas vieux saxe, tan juvenil, rosada y alegre como la propia Kitty sólo dos meses antes, Dolly recordó con cuánto cariño y alegría habían arreglado las dos el año anterior aquel saloncito.

Vio a Kitty sentada en la silla baja más próxima a la puerta, con la mirada inmóvil, fija en un punto del tapiz y el corazón se le oprimió. Kitty miró a su hermana sin que se alterase la fría y casi severa expresión de su rostro.

–Ahora me voy a casa y no saldré de ella en muchos días; tampoco tú podrás venir a verme –dijo Daria Alexandrovna, sentándose a su lado–. Así que quisiera hablarte.

–¿De qué? –preguntó Kitty inmediatamente, algo alarmada y levantando la cabeza.

–¿De qué quieres que sea, sino del disgusto que pasas?

–No paso ningún disgusto.

–Basta Kitty. ¿Crees acaso que no lo sé? Lo sé todo. Y créeme que es poca cosa. Todas hemos pasado por eso.

Kitty callaba, conservando la severa expresión de su rostro.

–¡No se merece lo que sufres por él! –continuó Daria Alexandrovna, yendo derecho al asunto.

–¡Me ha despreciado! –dijo Kitty con voz apagada–. No me hables de eso, te ruego que no me hables…

–¿Quién te lo ha dicho? No habrá nadie que lo diga. Estoy segura de que te quería y hasta de que te quiere ahora, pero…

–¡Lo que más me fastidia son estas compasiones! –exclamó Kitty de repente. Se agitó en la silla, se ruborizó y movió irritada los dedos, oprimiendo la hebilla del cinturón que tenía entre las manos.

Dolly conocía aquella costumbre de su hermana de coger la hebilla, ora con una, ora con otra mano, cuando estaba irritada. Sabía que en aquellos momentos Kitty era muy capaz de perder la cabeza y decir cosas superfluas y hasta desagradables y habría querido calmarla, pero ya era tarde.

–¿Qué es, dime, qué es, lo que quieres hacerme comprender? –dijo Kitty rápidamente– ¿Que estuve enamorada de un hombre a quien yo le tenía sin cuidado y que ahora me muero de amor por él? ¡Y eso me lo dice mi hermana pensando probarme de este modo su simpatía y su piedad! ¡Para nada necesito esa piedad ni esa simpatía!

–No eres justa, Kitty.

–¿Por qué me atormentas?

–Al contrario: veo que estás afligida y…

Pero Kitty, en su irritación, ya no la escuchaba.

–No tengo por qué afligirme ni consolarme. Soy lo bastante orgullosa para no permitirme jamás amar a un hombre que no me quiere.

–Pero si no te digo nada de eso. –repuso Dolly con suavidad- Dime sólo una cosa: –añadió tomándole la mano– ¿te habló Levin?

El nombre de Levin pareció hacer perder a Kitty la poca serenidad que le quedaba. Saltó de la silla y, arrojando al suelo el cinturón que tenía en las manos, habló, haciendo rápidos gestos:

–¿Qué tiene que ver Levin con todo esto? No comprendo qué necesidad tienes de martirizarme. He dicho, y lo repito, que soy demasiado orgullosa y que nunca, nunca haré lo que tú haces de volver con el hombre que te ha traicionado, que ama a otra mujer. ¡Eso yo no lo comprendo! ¡Tú puedes hacerlo, pero yo no!

Y, al decir estas palabras, Kitty miró a su hermana y, viendo que bajaba la cabeza tristemente, en vez de salir de la habitación, como se proponía, se sentó junto a la puerta y, tapándose el rostro con el pañuelo, inclinó la cabeza.

El silencio se prolongó algunos instantes. Dolly pensaba en sí misma. Su humillación constante se reflejó en su corazón con más fuerza ante las palabras de su hermana. No esperaba de Kitty tanta crueldad y ahora se sentía ofendida.

Pero, de pronto, percibió el roce de un vestido, el rumor de un sollozo reprimido… Unos brazos enlazaron su cuello.

–¡Soy tan desventurada, Dolliñka! –exclamó Kitty, como confesando su culpa.

Y aquel querido rostro, cubierto de lágrimas, se ocultó entre los pliegues del vestido de Daria Alexandrovna.

Como si aquellas lágrimas hubiesen sido el aceite sin el cual no pudiese marchar la máquina de la recíproca comprensión entre las dos hermanas, éstas, después de haber llorado, hablaron no sólo de lo que las preocupaba, sino también de otras cosas y se comprendieron. Kitty veía que las palabras dichas a su hermana en aquel momento de acaloramiento, sobre las infidelidades de su marido y la humillación que implicaban, la habían herido en lo más profundo, no obstante lo cual la perdonaba.

Y, a su vez, Dolly comprendió cuanto quería saber: comprendió que sus presunciones estaban justificadas, que la amargura, la incurable amargura de Kitty, consistía en que había rehusado la proposición de Levin para luego ser engañada por Vronsky; y comprendió también que Kitty ahora estaba a punto de odiar a Vronsky y amar a Levin.

Sin embargo, Kitty no había dicho nada de todo ello, sino que se había limitado a referirse a su estado de ánimo.

–No tengo pena alguna ––dijo la joven cuando se calmó–. Pero ¿comprendes que todo se ha vuelto monótono y desagradable para mí, que siento repugnancia de todo y que la siento hasta de mí misma? No puedes figurarte las ideas tan horribles que me inspira todo.

–¿Qué ideas horribles pueden ser esas? –preguntó Dolly con una sonrisa.

–Las peores y más repugnantes. No sé cómo explicártelo. Ya no es aburrimiento ni nostalgia, sino algo peor. Parece que cuanto había en mí de bueno se ha eclipsado y que sólo queda lo malo. ¿Cómo hacértelo comprender? –continuó, al ver dibujarse la perplejidad en los ojos de su hermana– Si papá habla, me parece que quiere darme a entender que lo que debo hacer es casarme. Si mamá me lleva a un baile, se me figura que lo hace pensando en casarme cuanto antes para deshacerse de mí. Y aunque sé que no es así, no puedo apartar de mi mente tales pensamientos… No puedo ni ver a eso que se llama «un pretendiente». Me parece que me examinan para medirme. Antes me era agradable ir a cualquier sitio en traje de noche, me admiraba a mí misma… Pero ahora me siento cohibida y avergonzada. ¿Qué quieres? Con todo me sucede igual… El médico, ¿sabes…?

Y Kitty calló, turbada. Quería seguir hablando y decir que desde que había empezado a experimentar aquel cambio, Esteban Arkadievich le era particularmente desagradable y no podía verle sin que le asaltasen los más bajos pensamientos.

–Todo se me presenta bajo su aspecto más vil y más grosero –continuó– y ésa es mi enfermedad. Quizá se me pase luego…

–¡No pienses esas cosas!

–No puedo evitarlo. Sólo me siento a gusto entre los niños. Por eso sólo me encuentro bien en tu casa.

–Lamento que no puedas ir a ella por ahora.

–Sí iré. Ya he padecido la escarlatina. Pediré permiso a mamá.

Kitty insistió hasta que logró que su madre la dejara ir a vivir a casa de su hermana. Mientras duró la escarlatina, que efectivamente padecieron los niños, estuvo cuidándoles. Las dos hermanas lograron salvar a los seis niños, pero la salud de Kitty no mejoraba y, por la Cuaresma, los Scherbazky marcharon al extranjero.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 2

La gran sociedad de San Petersburgo es, en rigor, un círculo en el que todos se conocen y se visitan mutuamente. Mas ese amplio círculo posee sus subdivisiones.

Así, Anna Arkadievna tenía relaciones en tres diferentes sectores: uno en el ambiente oficial de su marido, con sus colaboradores y subordinados, unidos y separados de la manera más extraña en el marco de las circunstancias sociales. En la actualidad, Anna difícilmente recordaba aquella especie de religioso respeto que sintiera al principio hacia aquellas personas. Conocía ya a todos como se conoce a la gente en una pequeña ciudad provinciana. Sabía las costumbres y debilidades de cada uno, dónde les apretaba el zapato, cuáles eran sus relaciones mutuas y con respecto al centro principal; no ignoraba dónde encontraban apoyo, ni cómo ni por qué lo encontraban, ni en qué puntos coincidían o divergían entre ellos.

Pero aquel círculo de intereses políticos y varoniles no la había interesado nunca y, a pesar de los consejos de la condesa Lidia Ivanovna, procuraba frecuentarlo lo menos posible.

Otro círculo vecino a Anna era aquel a través del cual hiciera su carrera Alexis Alexandrovich. La condesa Lidia Ivanovna era el centro de aquel círculo. Se trataba de una sociedad de mujeres feas, viejas y muy religiosas y de hombres inteligentes, sabios y ambiciosos.

Cierto hombre de talento que pertenecía a aquel círculo lo denominaba «la conciencia de la sociedad de San Petersburgo». Alexis Alexandrovich estimaba mucho aquel ambiente y Anna, que sabía granjearse las simpatías de todos, encontró en tal medio muchos amigos en los primeros tiempos de su vida en la capital.

Pero, a su regreso de Moscú, aquella sociedad se le hizo insoportable. Le parecía que allí todos fingían, como ella, y se sentía tan aburrida y a disgusto en aquel mundillo que procuró visitar lo menos posible a la condesa Lidia Ivanovna.

El tercer círculo en que Anna tenía relaciones era el gran mundo propiamente dicho, el de los bailes, el de los vestidos elegantes, el de los banquetes, mundo que se apoyaba con una mano en la Corte para no rebajarse hasta ese semimundo que los miembros de aquél pensaban despreciar, pero con el que tenían no ya semejanza, sino identidad de gustos.

Anna mantenía relaciones con este círculo mediante la princesa Betsy Tverskaya, esposa de su primo hermano, mujer con ciento veinte mil rublos de renta y que, desde la primera aparición de Anna en su ambiente, la quiso, la halagó y la arrastró con ella, burlándose del círculo de la condesa Lidia Ivanovna.

–Cuando sea vieja, yo seré como ellas –decia Betsy–, pero usted, que es joven y bonita, no debe ingresar en ese asilo de ancianos.

Al principio, Anna había evitado el ambiente de la Tverskaya, por exigir más gastos de los que podía permitirse y también porque en el fondo daba preferencia al primero de aquellos círculos. Pero desde su viaje a Moscú ocurría lo contrario: huía de sus amigos intelectuales y frecuentaba el gran mundo.

Solía hallar en él a Vronsky y tales encuentros le producían una emocionada alegría. Con frecuencia le veía en casa de Betsy, Vronskaya de nacimiento y prima de Vronsky.

El joven acudía a todos los sitios donde podía encontrar a Anna y le hablaba de su amor siempre que se presentaba ocasión para ello.

Anna no le daba esperanzas, pero en cuanto le veía se encendía en su alma aquel sentimiento vivificador que experimentara en el vagón el día en que le viera por primera vez. Tenía la sensación precisa de que, al verle, la alegría iluminaba su rostro y le dilataba los labios en una sonrisa y que le era imposible dominar la expresión de aquella alegría.

Al principio, Anna se creía, de buena fe, molesta por la obstinación de Vronsky en perseguirla. Mas, a poco de volver de Moscú y después de haber asistido a una velada en la que, contando encontrarle, no lo encontró, hubo de reconocer, por la tristeza que experimentaba, que se engañaba a sí misma y que las asiduidades de Vronsky no sólo no le desagradaban sino que constituían todo el interés de su vida.

Una célebre artista cantaba por segunda vez y toda la alta sociedad se hallaba reunida en el teatro. Vronsky, viendo a su prima desde su butaca de primera fila, pasó a su palco sin esperar el entreacto.

–¿Cómo no vino usted a comer? –preguntó Betsy. Y añadió con una sonrisa, de modo que sólo él la pudiera entender: –Me admira la clarividencia de los enamorados. Ella no estaba. Pero venga cuando acabe la ópera.

Vronsky la miró, inquisitivo. Ella bajó la cabeza. Agradeciendo su sonrisa, él se sentó junto a Betsy.

–¡Cómo me acuerdo de sus burlas! –continuó la Princesa, que encontraba particular placer en seguir el desarrollo de aquella pasión–––. ¿Qué queda de lo que usted decía antes? ¡Le han atrapado, querido!

–No deseo otra cosa que eso –repuso Vronsky, con su sonrisa tranquila y benévola–. Sólo me quejo, a decir verdad, de no estar más atrapado… Empiezo a perder la esperanza.

–¿Qué esperanza puede usted tener? –dijo Betsy, como enojada de aquella ofensa a la virtud de su amiga–. Entendons–nous…

Pero en sus ojos brillaba una luz indicadora de que sabía tan bien como Vronsky la esperanza a que éste se refería.

–Ninguna –repuso él, mostrando, al sonreír, sus magníficos dientes–. Perdón –añadió, tomando los gemelos de su prima y contemplando por encima de sus hombros desnudos la hilera de los palcos de enfrente–.Temo parecer un poco ridículo…

Sabía bien que a los ojos de Betsy y las demás personas del gran mundo no corría el riesgo de parecer ridículo. Le constaba que ante ellos puede ser ridículo el papel de enamorado sin esperanzas de una joven o de una mujer libre. Pero el papel de cortejar a una mujer casada, persiguiendo como fin llevarla al adulterio, aparecía ante todos, y Vronsky no lo ignoraba, como algo magnífico, grandioso, nunca ridículo.

Así, dibujando bajo su bigote una sonrisa orgullosa y alegre, bajó los gemelos y miró a su prima:

–¿Por qué no vino a comer? –preguntó Betsy, mirándole a su vez.

–Me explicaré… Estuve ocupado… ¿Sabe en qué? Le doy cien o mil oportunidades de adivinarlo y estoy seguro de que no acierta. Estaba poniendo paz entre un esposo y su ofensor. Sí, en serio…

–¿Y lo ha conseguido?

–Casi.

–Tiene que contármelo –dijo ella, levantándose–. Venga al otro entreacto.

–Imposible. Me marcho al teatro Francés.

–¿No se queda a oír a la Nilson? ––exclamó Betsy, horrorizada, al considerarle incapaz de distinguir a la Nilson de una corista cualquiera.

–¿Y qué voy a hacer, pobre de mí? Tengo una cita allí relacionada con esa pacificación.

–Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán salvados ––dijo Betsy, recordando algo parecido dicho por alguien–. Entonces, siéntese y cuénteme ahora. ¿De qué se trata?

Y Betsy, a su vez, se sentó de nuevo.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 5

–Aunque es un poco indiscreto, tiene tanta gracia que ardo en deseos de relatarlo –dijo Vronsky, mirándola con ojos sonrientes–. Pero no daré nombres.

–Yo los adivinaré y será aún mejor.

–Escuche, pues: en un coche iban dos jóvenes caballeros muy alegres.

–Naturalmente, oficiales de su regimiento.

–No hablo de dos oficiales, sino de dos jóvenes que han comido bien.

–Traduzcamos que han bebido bien.

–Quizá. Van a casa de un amigo con el ánimo más optimista. Y ven que una mujer muy bonita les adelanta en un coche de alquiler, vuelve la cabeza y –o así parece, al menos– les sonríe y saluda. Como es de suponer, la siguen. Los caballos van a todo correr. Con gran sorpresa suya la joven se apea ante la misma puerta de la casa adonde ellos van. La bella sube corriendo al piso alto. Sólo han visto de ella sus rojos labios bajo el velillo y los piececitos admirables.

–Me lo cuenta usted con tanto entusiasmo que no parece sino que era usted uno de los dos jóvenes.

–¿Olvida usted lo que me ha prometido? Los jóvenes entran en casa de su amigo y asisten a una comida de despedida de soltero. Entonces es seguro que beben y, probablemente, demasiado, como siempre sucede en comidas semejantes. En la mesa preguntan por las personas que viven en la misma casa. Pero nadie lo sabe y únicamente el criado del anfitrión, interrogado sobre si habitan arriba mademoiselles, contesta que en la casa hay muchas. Después de comer, los dos jóvenes se dirigen al despacho del anfitrión y escriben allí una carta a la desconocida. Es una carta pasional, una declaración amorosa. Una vez escrita, ellos mismos la llevan arriba a fin de explicar en persona lo que pudiera quedar confuso en el escrito.

–¿Cómo se atreve usted a contarme tales horrores? ¿Y qué pasó?

–Llaman. Sale una muchacha, le entregan la carta y le afirman que están tan enamorados que van a morir allí mismo, ante la puerta. Mientras la chica, que no comprende nada, parlamenta con ellos, sale un señor con patillas en forma de salchichones y rojo como un cangrejo, quien les declara que en la casa no vive nadie más que su mujer y les echa de allí.

–¿Cómo sabe usted que tiene las patillas en forma de salchichones?

–Escúcheme y lo sabrá. Hoy he ido para reconciliarles.

–¿Y qué ha pasado?

–Aquí viene lo más interesante. Resulta que se trata de dos excelentes esposos: un consejero titular y la señora consejera titular. El consejero presenta una denuncia y yo me convierto en conciliador. ¡Y qué conciliador! Le aseguro que el propio Talleyrand quedaba pequeñito a mi lado.

–¿Surgieron dificultades?

–Escuche, escuche… Se pide perdón en toda regla: «Estamos desesperados; le rogamos que perdone la enojosa equivocación…». El consejero titular empieza a ablandarse, trata de expresar sus sentimientos y, apenas comienza a hacerlo, se irrita y empieza a decir groserías. Tengo, pues, que volver a poner en juego mi talento diplomático. «Reconozco que la conducta de esos dos señores no fue correcta, pero le ruego que tenga en cuenta su error, su juventud. No olvide, además, que ambos salían de una opípara comida y… Ya me comprende usted. Ellos se arrepienten con toda su alma y yo le ruego que les perdone.» El consejero vuelve a ablandarse: «Conforme; estoy dispuesto a perdonarles, pero comprenda que mi mujer, una mujer honrada, ha soportado las persecuciones, groserías y audacias de dos estúpidos mozalbetes… ¿Comprende usted? Aquellos mozalbetes estaban allí mismo y yo tenía que reconciliarles. Otra vez empleo mi diplomacia y otra vez, al ir a terminar el asunto, mi consejero titular se irrita, se pone rojo, se le erizan las patillas… y una vez más me veo obligado a recurrir a las sutilezas diplomáticas…» .

–¡Tengo que contarle esto! –dice Betsy a una señora que entró en aquel instante en su palco–. Me ha hecho reír mucho. Bonne chance! –le dijo a Vronsky, tendiéndole el único dedo que le dejaba libre el abanico y bajándose el corsé, que se le había subido al sentarse, con un movimiento de hombros, a fin de que éstos quedasen completamente desnudos al acercarse a la barandilla del palco, bajo la luz del gas, a la vista de todos.

Vronsky se fue al teatro Francés, donde estaba citado, en efecto, con el coronel de su regimiento, que jamás dejaba de asistir a las funciones de aquel teatro y al que debía informar del estado de la reconciliación, que le ocupaba y divertía desde hacía tres días.

En aquel asunto andaban mezclados Petrizky, por quien sentía gran afecto y otro, un nuevo oficial, buen mozo y buen camarada, el joven príncipe Kedrov; pero, sobre todo, andaba con él comprometido el buen nombre del regimiento. Los dos muchachos pertenecían al escuadrón de Vronsky. Un funcionario llamado Venden, consejero titular, acudió al comandante quejándose de dos oficiales que ofendieron a su mujer.

Venden contó que llevaba medio año casado. Su joven esposa se hallaba en la iglesia con su madre y, sintiéndose mal a causa de su estado, no pudo permanecer en pie por más tiempo y se fue a casa en el primer coche de alquiler de lujo que encontró.

Al verla en el coche, dos oficiales jóvenes comenzaron a seguirla. Ella se asustó y, sintiéndose peor aún, subió corriendo la escalera. El mismo Venden, que volvía de su oficina, sintió el timbre y voces; salió y halló a los dos oficiales con una carta en la mano.

Él los echó de su casa y ahora pedía al coronel que les impusiera un castigo ejemplar.

–Diga usted lo que quiera, este Petrizky se está poniendo imposible –había manifestado el coronel a Vronsky–. No pasa una semana sin armarla. Y este empleado no va a dejar las cosas así. Quiere llevar el asunto hasta el fin.

Vronsky comprendía la gravedad del asunto, reconocía que en aquel caso no había lugar a duelo y se daba cuenta de que era preciso poner todo lo posible de su parte para calmar al consejero y liquidar el asunto.

El coronel había llamado a Vronsky, precisamente por considerarle hombre inteligente y caballeroso y constarle que estimaba en mucho el honor del regimiento. Después de haber discutido sobre lo que se podía hacer, ambos habían resuelto que Petrizky y Kedrov, acompañados por Vronsky, fueran a presentar sus excusas al consejero titular.

Tanto Vronsky como el coronel habían pensado en que el nombre de Vronsky y su categoría de edecán, habían de influir mucho en apaciguar al funcionario ofendido. Y, en efecto, aquellos títulos tuvieron su eficacia, pero el resultado de la conciliación había quedado dudoso.

Ya en el teatro Francés, Vronsky salió con el coronel al fumadero y le dio cuenta del resultado de su gestión.

El coronel, después de haber reflexionado, resolvió dejar el asunto sin consecuencias. Luego, para divertirse, comenzó a interrogar a Vronsky sobre los detalles de su entrevista.

Durante largo rato, el coronel no pudo contener la risa; pero lo que le hizo reír más fue oír cómo el consejero titular, tras parecer calmado, volvía a irritarse de nuevo al recordar los detalles del incidente y cómo Vronsky, aprovechando la última palabra de semirreconciliación, emprendió la retirada empujando a Petrizky delante de él.

–Es una historia muy desagradable, pero muy divertida. Kedrov no puede batirse con ese señor. ¿De modo que se enfurecía mucho? –preguntó una vez más.

Y agregó, refiriéndose a la nueva bailarina francesa:

–¿Qué me dice usted de Claire? ¡Es una maravilla! Cada vez que se la ve parece distinta. Sólo los franceses son capaces de eso.

ANNA KARENINA – SEGUNDA PARTE – CAPÍTULOS 1 Y 2

jueves, mayo 9th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEGUNDA PARTE – Capítulo 1

A finales del invierno, los Scherbazky tuvieron en su casa consulta de médicos, ya que la salud de Kitty inspiraba temores. Se sentía débil y, con la proximidad de la primavera, su salud no hizo más que empeorar.

El médico de la familia le recetó aceite de hígado de bacalao, más adelante hierro y, al fin, nitrato de plata. Pero como ninguno de aquellos remedios dio buen resultado, el médico terminó aconsejando un viaje al extranjero.

En vista de ello, la familia resolvió llamar a un médico muy reputado. Éste, hombre joven aún y de buena presencia, exigió el examen detallado de la enferma. Insistió con una complacencia especial en que el pudor de las doncellas era una reminiscencia bárbara y que no había nada más natural que el que un hombre, aunque fuera joven, auscultara a una muchacha a medio vestir. Él estaba acostumbrado a hacerlo cada día y como no experimentaba, por tanto, emoción alguna, consideraba el pudor femenino no sólo como un resto de barbarie, sino también como una ofensa personal.

Fue preciso someterse, porque, aunque todos los médicos hubiesen seguido igual número de cursos, estudiado los mismos libros y hubiesen, por consiguiente, practicado la misma ciencia, no se sabe por qué razones y, a pesar de que algunos calificaron a aquel doctor de persona no muy recomendable, se resolvió que sólo él podía salvar a Kitty.

Después de un atento examen de la enferma, confusa y aturdida, el célebre médico se lavó escrupulosamente las manos y salió al salón, donde le esperaba el Príncipe, quien le escuchó tosiendo y con aire grave. El Príncipe, como hombre ya de edad, que no era necio y no había estado nunca enfermo, no creía en la medicina y se sentía irritado ante aquella comedia, ya que era quizá el único que adivinaba la causa de la enfermedad de Kitty.

«Este admirable charlatán sería capaz hasta de espantar la caza», pensaba expresando, con aquellos términos de viejo cazador, su opinión sobre el diagnóstico del médico.

Por su parte, el doctor disimulaba con dificultad su desdén hacia el viejo aristócrata. Siendo la Princesa la verdadera dueña de la casa, apenas se dignaba dirigirle a él la palabra y sólo ante ella se proponía derramar las perlas de sus conocimientos.

La Princesa compareció en breve, seguida por el médico de la familia y el Príncipe se alejó para no exteriorizar lo que pensaba de toda aquella farsa. La Princesa, desconcertada, sintiéndose ahora culpable con respecto a Kitty, no sabía qué hacer.

–Bueno, doctor, decida nuestra suerte: díganoslo todo.

Iba a añadir «¿Hay esperanzas?», pero sus labios temblaron y no llegó a formular la pregunta. Limitóse a decir:

–¿Así, doctor, que…?

–Primero, Princesa, voy a hablar con mi colega y luego tendré el honor de manifestarle mi opinión.

–¿Debo entonces dejarles solos?

–Como usted guste…

La Princesa salió, exhalando un suspiro.

Al quedar solos los dos profesionales, el médico de familia comenzó tímidamente a exponer su criterio de que se trataba de un proceso de tuberculosis incipiente, pero que…

El médico célebre le escuchaba y en medio de su peroración consultó su voluminoso reloj de oro.

–Bien –dijo–. Pero…

El médico de familia calló respetuosamente en la mitad de su discurso.

–Como usted sabe –dijo la eminencia–, no podemos precisar cuándo comienza un proceso tuberculoso. Hasta que no existen cavernas no sabemos nada en concreto. Sólo caben suposiciones. Aquí existen síntomas: mala nutrición, nerviosismo, etc. La cuestión es ésta: admitido el proceso tuberculoso, ¿qué hacer para ayudar a la nutrición?

–Pero usted no ignora que en esto se suelen mezclar siempre causas de orden moral –se permitió observar el otro médico, con una sutil sonrisa.

–Ya, ya –contestó la celebridad médica, mirando otra vez su reloj–. Perdone: ¿sabe usted si el puente de Yausa está ya terminado o si hay que dar la vuelta todavía? ¿Está concluido ya? Entonces podré llegar en veinte minutos… Pues, como hemos dicho, se trata de mejorar la alimentación y calmar los nervios… Una cosa va ligada con la otra y es preciso obrar en las dos direcciones de este círculo.

–¿Y un viaje al extranjero? –preguntó el médico de la casa.

–Soy enemigo de los viajes al extranjero. Si el proceso tuberculoso existe, lo que no podemos saber, el viaje nada remediaría. Hemos de emplear un remedio que aumente la nutrición sin perjudicar al organismo.

Y el médico afamado expuso un plan curativo a base de las aguas de Soden, plan cuyo mérito principal, a sus ojos, era evidentemente que las tales aguas no podían en modo alguno hacer ningún daño a la enferma.

–Yo alegaría en pro del viaje al extranjero el cambio de ambiente, el alejamiento de las condiciones que despiertan recuerdos… Además, su madre lo desea…

–En ese caso pueden ir. Esos charlatanes alemanes no le harán más que daño. Sería mejor que no les escuchara. Pero ya que lo quieren así, que vayan.

Volvió a mirar el reloj.

–Tengo que irme ya –dijo, dirigiéndose a la puerta.

El médico famoso, en atención a las conveniencias profesionales, dijo a la Princesa que había de examinar a Kitty una vez más.

–¡Examinarla otra vez! –exclamó la madre, consternada.

–Sólo unos detalles, Princesa.

–Bien; haga el favor de pasar…

Y la madre, acompañada por el médico, entró en el saloncito de Kitty.

Kitty, muy delgada, con las mejillas encendidas y un brillo peculiar en los ojos a causa de la vergüenza que había pasado momentos antes, estaba de pie en medio de la habitación.

Al entrar el médico se ruborizó todavía más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su enfermedad y la curación se le figuraban una cosa estúpida y hasta ridícula. La cura le parecía tan absurda como querer reconstruir un jarro roto reuniendo los trozos quebrados. Su corazón estaba desgarrado. ¿Cómo componerlo con píldoras y drogas?

Pero no se atrevía a contrariar a su madre, que se sentía, por otra parte, culpable con respecto a ella.

–Haga el favor de sentarse, Princesa –dijo el médico famoso.

Se sentó ante Kitty, sonriendo y, de nuevo, mientras le tomaba el pulso, comenzó a preguntarle las cosas más enojosas.

Kitty, al principio, le contestaba, pero, impaciente al fin, se levantó y le contestó irritada:

–Perdone, doctor, mas todo esto no conduce a nada. Ésta es la tercera vez que me pregunta usted la misma cosa.

El médico célebre no se ofendió.

–Excitación nerviosa ––dijo a la madre de Kitty cuando ésta hubo salido–. De todos modos, ya había terminado.

Y el médico comenzó a explicar a la Princesa, como si se tratase de una mujer de inteligencia excepcional, el estado de su hija desde el punto de vista científico y terminó insistiendo en que hiciese aquella cura de aguas, que, a su juicio, de nada había de servir.

Al preguntarle la Princesa si procedía ir al extranjero, el médico se sumió en profundas reflexiones, como meditando sobre un problema muy difícil y después de pensarlo mucho, terminó aconsejando que se hiciera el viaje. Puso, no obstante, por condición que no se hiciese caso de los charlatanes de allí y que se le consultara a él para todo.

Cuando el médico se hubo ido se sintieron todos aliviados, como si hubiese sucedido allí algún feliz acontecimiento. La madre volvió a la habitación de Kitty radiante de alegría y Kitty fingió estar contenta también. Ahora se veía con frecuencia obligada a disimular sus verdaderos sentimientos.

–Es verdad, mamá, estoy muy bien. Pero si usted cree conveniente que vayamos al extranjero, podemos ir –le dijo y, para demostrar el interés que despertaba en ella aquel viaje, comenzó a hablar de los preparativos.

SEGUNDA PARTE – Capítulo 2

Después de marcharse el médico, llegó Dolly. Sabía que se celebraba aquel día consulta de médicos y, a pesar de que hacía poco que se había levantado de la cama, después de su último parto (a finales de invierno había dado a luz a una niña), dejando a la recién nacida y a otra de sus hijas que se hallaba enferma, acudió a interesarse por la salud de Kitty.

–Os veo muy alegres a todos ––dijo al entrar en el salón, sin quitarse el sombrero–. ¿Es que está mejor?

Trataron de referirle lo que dijera el médico pero resultó que, aunque éste había hablado muy bien durante largo rato, eran incapaces de explicar con claridad lo que había dicho. Lo único interesante era que se había resuelto ir al extranjero.

Dolly no pudo reprimir un suspiro. Su mejor amiga, su hermana, se marchaba. Y su propia vida no era nada alegre. Después de la reconciliación, sus relaciones con su marido se habían convertido en humillantes para ella. La soldadura hecha por Anna resultó de escasa consistencia y la felicidad conyugal volvió a romperse por el mismo sitio.

No había nada en concreto pero Esteban Arkadievich no estaba casi nunca en casa, faltaba siempre el dinero para las atenciones del hogar y las sospechas de las infidelidades de su marido atormentaban a Dolly continuamente, aunque procuraba eludirlas para no caer otra vez en el sufrimiento de los celos. La primera explosión de celos no podía volverse a producir y ni siquiera el descubrimiento de la infidelidad de su marido habría ya de despertar en ella el dolor de la primera vez.

Semejante descubrimiento sólo le habría impedido atender sus obligaciones familiares; pero prefería dejarse engañar, despreciándole y despreciándose a sí misma por su debilidad. Además, las preocupaciones propias de una casa habitada por una numerosa familia ocupaban todo su tiempo: ya se trataba de que la pequeña no podía lactar bien, ya que de que la niñera se iba, ya, como en la presente ocasión, de que caía enfermo uno de los niños.

–¿Cómo estáis en tu casa? –preguntó la Princesa a Dolly.

–También nosotros tenemos muchas penas, mamá… Ahora está enferma Lilí y temo que sea la escarlatina. Sólo he salido para preguntar por Kitty. Por eso he venido en seguida, porque si es escarlatina – ¡Dios nos libre!–, quién sabe cuándo podré venir.

Después de marcharse el médico, el Príncipe había salido de su despacho y, tras ofrecer la mejilla a Dolly para que se la besase, se dirigió a su mujer:

–¿Qué habéis decidido? ¿Ir al extranjero? ¿Y qué pensáis hacer conmigo?

–Creo que debes quedarte, Alejandro –respondió su esposa.

–Como queráis.

–Mamá, ¿y por qué no ha de venir papá con nosotras? –preguntó Kitty–. Estaríamos todos mejor.

El Príncipe se levantó y acarició los cabellos de Kitty. Ella alzó el rostro y le miró esforzándose en aparecer sonriente.

Le parecía a Kitty que nadie de la familia la comprendía tan bien como su padre, a pesar de lo poco que hablaba con ella. Por ser la menor de sus hijas, era ella la predilecta del Príncipe y Kitty pensaba que su mismo amor le hacía penetrar más en sus sentimientos.

Cuando su mirada encontró los ojos azules y bondadosos del Príncipe, que la consideraba atentamente, le pareció que aquella mirada la penetraba, descubriendo toda la tristeza que había en su interior.

Kitty se irguió, ruborizándose y se adelantó hacia su padre esperando que la besara. Pero él se limitó a acariciar sus cabellos diciendo:

–¡Esos estúpidos postizos! Uno no puede ni acariciar a su propia hija. Hay que contentarse con pasar la mano por los cabellos de alguna señora difunta… ¿Qué hace tu «triunfador», Dolliñka? –preguntó a su hija mayor.

–Nada, papa –contestó ella, comprendiendo que se refería a su marido. Y agregó, con sonrisa irónica–: Está siempre fuera de casa. Apenas lo veo.

–¿Todavía no ha ido a la finca a vender la madera?

–No… Siempre está preparándose para ir…

–Ya. ¡Preparándose para ir! ¡Habré yo también de hacer lo mismo! ¡Muy bien! –dijo dirigiéndose a su mujer, mientras se sentaba–. ¿Sabes lo que tienes que hacer, Kitty? –agregó, hablando a su hija menor– Pues cualquier día en que luzca un buen sol te levantas diciendo: «Me siento completamente sana y alegre y voy a salir de paseo con papá, tempranito de mañana y a respirar el aire fresco». ¿Qué te parece?

Lo que había dicho su padre parecía muy sencillo, pero Kitty, al oírle, se turbó como un criminal cogido in fraganti.

«Sí: él lo sabe todo, lo comprende todo, y con esas palabras quiere decirme que, aunque lo pasado sea vergonzoso, hay que sobrevivir a la vergüenza.»

Pero no tuvo fuerzas para contestar. Iba a decir algo y, de pronto, estalló en sollozos y salió corriendo de la habitación.

–¿Ves el resultado de tus bromas? –dijo la Princesa, enfadada–. Siempre serás el mismo… –añadió, y le espetó un discurso lleno de reproches.

El Príncipe escuchó durante largo rato las acusaciones de su esposa y calló, pero su rostro adquirió una expresión cada vez más sombría.

–¡Se siente tan desgraciada la pobre, tan desgraciada! Y tú no comprendes que cualquier alusión a la causa de su sufrimiento la hace padecer. Parece imposible que pueda una equivocarse tanto con los hombres.

Por el cambio de tono de la Princesa, Dolly y el Príncipe adivinaron que se refería a Vronsky.

–No comprendo que no haya leyes que castiguen a las personas que obran de una manera tan innoble, tan bajamente.

–No quisiera ni oírte –dijo el Príncipe con seriedad, levantándose y como si fuera a marcharse, pero deteniéndose en el umbral–. Hay leyes, sí; las hay, mujer. Y si quieres saber quién es el culpable, te lo diré: tú y nadie más que tú. Siempre ha habido leyes contra tales personajes y las hay aún. ¡Sí, señora! Si no hubieran ido las cosas como no debían, si no hubieseis sido vosotras las primeras en introducirle en nuestra casa, yo, un viejo, habría sabido llevar a donde hiciera falta a ese lechuguino. Pero como las cosas fueron como fueron, ahora hay que pensar en curar a Kitty y en enseñarla a todos esos charlatanes.

El Príncipe parecía tener aún muchas cosas más por decir, pero apenas la Princesa lo oyó hablar en aquel tono, ella, como hacía siempre tratándose de asuntos serios, se arrepintió y se humilló.

–Alejandro, Alejandro… –murmuró, acercándose a él, sollozante.

En cuanto ella comenzó a llorar, el Príncipe se calmó a su vez. Se aproximó también a su esposa.

–Basta, basta… Ya sé que sufres como yo. Pero ¿qué podemos hacer? No se trata en resumidas cuentas de un grave mal. Dios es misericordioso… démosle gracias… –continuó sin saber ya lo que decía y contestando al húmedo beso de la Princesa que acababa de sentir en su mano. Luego salió de la habitación.

Cuando Kitty se fue llorando, Dolly comprendió que arreglar aquel asunto era propio de una mujer y se dispuso a entrar en funciones. Se quitó el sombrero y, arremangándose moralmente, si vale la frase, se aprestó a obrar. Mientras su madre había estado increpando a su padre, Dolly trató de contenerla tanto como el respeto se lo permitía. Durante el arrebato del Príncipe, se conmovió después, con su padre, viendo la bondad demostrada por él, en seguida, al ver llorar a la Princesa.

Cuando su padre hubo salido, resolvió hacer lo que más urgía: ver a Kitty y tratar de calmarla.

–Mamá: hace tiempo que quería decirle que Levin, cuando estuvo aquí la última vez, se proponía declararse a Kitty. Se lo dijo a Stiva.

–¿Y qué? No comprendo…

–Puede ser que Kitty lo rechazara. ¿No te dijo nada ella?

–No, no me dijo nada de uno ni de otro. Es demasiado orgullosa, aunque me consta que todo es por culpa de aquél.

–Pero imagina que haya rechazado a Levin… Yo creo que no lo habría hecho de no haber pasado lo que yo sé. ¡Y luego el otro la engañó tan terriblemente!

La Princesa, asustada al recordar cuán culpable era ella con respecto a Kitty, se irritó.

–No comprendo nada. Hoy día todas quieren vivir según sus propias ideas. No dicen nada a sus madres, y luego…

–Voy a verla, mamá.

–Ve. ¿Acaso te lo prohíbo? –repuso su madre.

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – RESUMEN Y ANÁLISIS

jueves, mayo 9th, 2013

anna tapa libro
Buenas noches, las dachas. Hoy nos toca RESUMEN y ANÁLISIS de la PRIMERA PARTE de ANNA KARENINA, para ayudar a los rezagados que leyeron sólo los primeros capítulos y para adelantarles un poco, a todos, de qué va la cosa. Están invitados a verter sus opiniones aquí, así que anímense a hacerlo. Mañana comenzaremos con la Segunda Parte. Cuando estén listos, preparen sus teteras y a compartir.

PRIMERA PARTE

RESUMEN:
El príncipe Esteban Oblonsky, conocido como Stiva, pasa de un sueño agradable a un recuerdo lamentable: ha dormido en el sofá de su estudio, ya que él y su esposa Dolly tuvieron una seria pelea. Tres días atrás, Dolly descubrió que él tenía un romance con la institutriz francesa de sus hijos. Desde su descubrimiento, se ha negado a verlo o dejar sus aposentos y, en consecuencia, la casa se ha vuelto un caos. Aunque él sólo lamenta haber sido descubierto, detesta la conmoción que ha causado en su casa y, siguiendo el consejo de la niñera, suplica perdón. Dolly, que percibe su falta de sinceridad, reafirma su amenaza de irse a casa de su madre con los niños. A pesar de estar molesto porque sus intentos de suavizar las cosas con Dolly han fracasado, Oblonsky se va a cumplir con sus deberes como jefe de una Junta de Gobierno en Moscú. Él es optimista, porque su hermana, Anna Karenina, vendrá de visita al día siguiente e intuye que su presencia tendrá un efecto calmante sobre Dolly. El marido de Anna es un distinguido ministro del gobierno en San Petersburgo y la propia Anna es conocida como una mujer hermosa y encantadora; ellos se mueven en los círculos más altos de la sociedad.

Durante el almuerzo, Oblonsky se encuentra con su amigo Constantino Levin, quien acaba de llegar de su casa de campo y aparece directamente a su oficina. Levin tiene un asunto urgente para contarle pero como es un hombre tímido, no quiere hablar delante de los amigos de negocios de Oblonsky. Oblonsky, cuyo tacto y camaradería con los hombres es bien conocido, se da cuenta, rápidamente, de que Levin se encuentra en la ciudad para ver a su cuñada, Kitty Shcherbatskaya, una jovencita de dieciocho años de quien está enamorado. Oblonsky sugiere una reunión con Levin más tarde esa misma tarde, en la pista de hielo donde Kitty patina. Levin ha sido un pretendiente particularmente reticente, a pesar de que ha estado enamorado de toda la familia Shcherbatskaya durante muchos años, en los que fue considerando casarse con las tres hermanas. Después de su encuentro con Oblonsky, Levin va a casa de su medio hermano, Sergio Ivanovich Koznishev, un conocido escritor e intelectual, con quien Levin tiene problemas para llevarse bien. Koznishev tiene de visita a un profesor y los tres –Levin, su hermano y el profesor- tienen una discusión filosófica. Cuando el profesor se retira, Levin y Sergei Ivanovich hablan de su otro hermano, Nicolás, el paria arruinado y empobrecido de la familia.

Levin va al parque. Patina con Kitty y coquetea con ella valientemente, pero ella le manda señales contradictorias. Su madre también parece más bien tibia sobre las intenciones evidentes de Levin. Llega Oblonsky a la pista e invita a Levin a cenar. Comen en un restaurante llamado el Angleterre -Tolstoy describe el ritual de la comida con gran detalle-. Durante la cena, Oblonsky hace chistes acerca de Levin y Kitty y discuten el asunto de su proposición de matrimonio. Aunque le da ánimo a Levin, Oblonsky también le cuenta sobre su rival: el Conde Alexis Kirilovich Vronsky, un joven, rico y apuesto oficial, edecán Imperial. Oblonsky admite que siente poco dolor ante la idea del adulterio.

Mientras tanto, en casa de los Shcherbatsky, la vieja Princesa Shcherbatskaya piensa acerca de las oportunidades de matrimonio de Kitty. Aunque ella prefiere a Vronsky, por considerar a Levin raro y torpe en público, ella teme que Vronsky no esté interesado en casarse con Kitty. Llega Levin e inmediatamente le propone matrimonio a Kitty; ella lo rechaza con la esperanza de que Vronsky haga su propuesta pronto. Luego llegan otros invitados y uno de ellos, la condesa Nordston, se burla de Levin por sus modales campesinos. Levin le devuelve las burlas, hasta que llega Vronsky y él se queda, con la intención de aprender más sobre su rival. Vronsky es encantador; Levin se retira desanimado. Después de que todos los invitados se marchan, los padres de Kitty discuten sobre su futuro. Su madre todavía prefiere a Vronsky, mientras que su padre prefiere a Levin.

A la mañana siguiente, cuando Oblonsky va a la estación del ferrocarril para recibir a Anna, se encuentra con Vronsky, que está esperando que su madre baje del mismo tren. Resulta que Anna y la madre de Vronsky compartieron asiento en el mismo camarote y la señora quedó encantada con Anna. Lo mismo le pasa a Vronsky, inmediatamente, encantado por el espíritu y la vitalidad de Anna. Mientras los cuatro charlan superficialmente, un guardia de ferrocarril es atropellado y muerto por un tren que retrocede. Al ver que Anna se desespera por tal desgracia, Vronsky deja 200 rublos para la viuda del guardia.

El optimismo de Oblonsky es acertado: Anna convence hábilmente a Dolly de no abandonarlo. Kitty también queda encantada con su presencia. Sin embargo, en un baile de la noche siguiente, Kitty se da cuenta de que Vronsky no le presta atención. La fuente de su falta de atención se hace evidente cuando ve a Vronsky bailar con Anna. Los dos están completamente encendidos y el corazón de Kitty se hace añicos al darse cuenta de que sus esperanzas son vanas y de que Vronsky nunca quiso casarse con ella.

Levin va a ver a su hermano mayor, Nicolás, que está enfermo y vive en condiciones paupérrimas y se da cuenta de cuánto lo quiere y de cuánto necesita su hermano de él. Disgustado con todo el viaje, Levin deja Moscú por su finca. En su hogar se siente reconfortado por sus siervos, su casa y sus tierras y se jura que va a ser feliz sin matrimonio y que ayudará a su hermano. Anna sale el mismo día que Levin, en el tren de San Petersburgo. Está estresada por su nueva amistad. Durante una breve parada en el medio de una tormenta de nieve, Vronsky aparece en la plataforma y le dice que está enamorado de ella y que la seguirá. La sigue a San Petersburgo y se presenta inmediatamente a Karenin, el marido de Anna, al llegar a la estación, invocando el privilegio de visitarlos. A Karenin no le gusta nada. Anna, ansiosa por reanudar su vida, se lanza en la rutina, pero descubre que está permanentemente molesta con Karenin, su círculo social y su amado hijo Serezha por razones que no puede comprender.

Vronsky tiene un gran apartamento en San Petersburgo, que le ha prestado a un apuesto amigo de muy mala reputación, el teniente Petrizky. Él va a recuperar este apartamento y cena con Petrizky y su amante, la baronesa Shilton. Mientras tanto, planea su entrada en los círculos donde encontrará a Anna.

ANÁLISIS:
Anna Karenina es una novela acerca de muchas cosas: el amor, la idea del romance, el matrimonio, la nación, el estado cambiante de Rusia, la Sociedad, la moral y la justicia. Todas estas cosas se presentan en la primera parte de la novela, que también nos presenta a todos los personajes principales y los elementos más importantes de su personalidad.

Antes de que comience la novela, sin embargo, es importante tener en cuenta el epígrafe, tomado del libro de Romanos: «Mía es la venganza; yo daré el pago merecido -dice el Señor». Este es uno de los epígrafes más famosos de la literatura occidental, ya que el objeto de la ira del Señor en este libro podría ser muchas cosas diferentes y muchas personas diferentes. El blanco más obvio es Anna, pero también es Vronsky, porque es su actitud egoísta la causante de la decadencia de ella. Otro tema potencial es la Sociedad Rusa en sí misma, por su hipocresía y sus reglas inflexibles y cerradas. En sus diarios, Tolstoy decía que la intención del epígrafe fue la de encapsular uno de sus grandes temas: LA IMPORTANCIA DE DEJARLE EL JUICIO DE OTRAS PERSONAS A DIOS.

Dicho esto, la novela se abre con una escena de caos causada por una infidelidad. Los problemas de los Oblonsky y el dolor de Dolly son una manera conveniente para comenzar Anna Karenina; estas escenas iniciales harán eco a un nivel mucho más alto en el propio matrimonio de Anna. Sin embargo, existen diferencias importantes entre la situación de los Oblonsky y la de Anna. En primer lugar, la infidelidad es cometida por un hombre y, por lo tanto, Oblonsky es tratado con indulgencia por la sociedad. Dolly, agobiada con muchos niños (y otro por venir; está embarazada en este momento del libro), está dispuesta a vivir con contradicciones en su vida para salvar a la familia. A lo largo del libro, su matrimonio intacto aunque infeliz, formará un deliberado contraste con la actitud de “todo o nada” de Anna. Tolstoy pinta esta comparación con una ironía deliberada: la razón de la llegada de Anna en el libro es la de salvar el matrimonio de su hermano, lo cual hace a costa de su propio matrimonio.

Antes de que nos encontremos con Anna, nos encontramos con Levin, cuya historia se desarrollará en paralelo a la de Anna a lo largo del libro. Él es el doble de Anna y, de hecho, comparten muchos rasgos de personalidad: la generosidad y la compasión, la irracionalidad ocasional y una actitud de todo o nada cuando se trata de «vivir la vida». Al igual que Anna, Levin no puede soportar la idea de vivir con contradicciones entre sus acciones y sus creencias. Las diferencias son que Levin es capaz de encontrar salidas socialmente aceptables para sus necesidades y deseos y que no está restringido por el mismo mundo que restringe a Anna. Levin vive en el campo, donde no se aplican las reglas estrechas del orden social. El contraste entre la ciudad y el campo también formará un tema importante en este libro.

Tal como el matrimonio de Stiva y Dolly se muestra en contraste con el caos romántico de Anna, el noviazgo y matrimonio de Levin y Kitty son otro modelo de amor y de relaciones maritales. El hecho de que Vronsky estuviera asociado originalmente a Kitty, hace girar sobre el libro un tentador “Qué pasaría si…” que se repite a medida que el romance de Anna se sumerge más y más en el caos.

La escena en la que se nos presenta a Anna (Capítulo 18) es una de las más importantes de la novela. Crea un “composite”, un patrón de diseño de toda la novela, un esbozo, si se quiere; toda la acción es presagiada desde este lugar. Anna se nos presenta por primera vez, cuando baja de un tren. El tren es un símbolo importante para Anna y también para la sociedad rusa en general: al igual que los trenes que, en la década de 1870, representaban algo nuevo, terrible y perturbador, también la sociedad rusa burguesa está en medio de grandes cambios, aunque no lo reconozca. Se nos muestra la esencia de la vitalidad de Anna, que tanto la sostiene como la destruye: “Se diría que toda ella rebosaba de algo contenido, que se traslucía, a su pesar, ora en el brillo de su mirada, ora en su sonrisa.”. También llegamos a reconocer las limitaciones de Vronsky, limitaciones que condenarán su relación amorosa con Anna. Carece de la profundidad emocional y la riqueza de Anna y, por lo tanto, no puede sostenerla a ella o a sí mismo cuando es separado del mundo social que ama. Esto se muestra de formas sutiles. Por ejemplo, cuando el guardia de ferrocarril muere, Anna demuestra, inmediatamente, compasión y preocupación por su viuda, pero «Vronsky callaba. Su hermoso rostro, aunque grave, permanecía impasible.» La muerte del guardia, por supuesto, prefigura la propia muerte de Anna, al final del libro.

Como en “La guerra y la paz”, Anna Karenina se trata tanto de un mundo particular como de una época histórica determinada y de las muchas personas que se desplazan a través de sus páginas. Tolstoy da cuerpo a la novela con un extraordinariamente rico retrato de la Rusia burguesa: cenas, bailes, adecuación social, costumbres, la importancia de un comportamiento esperado y el papel de la economía. Algunos críticos sostienen que la trama de Anna Karenina es melodramática, incluso ridícula y que es el retrato de Rusia lo que hace de este libro un clásico. Esto no es cierto: Tolstoy también crea una increíble representación del amor en todas sus diferentes apariencias. Lo cierto es que una de las razones por las que Anna Karenina vive hoy día, se debe a que Tolstoy pintó la historia de una sociedad que se desmorona tanto como la de un matrimonio que se desmorona.

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 33 Y 34

martes, mayo 7th, 2013

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PRIMERA PARTE – Capítulo 33

Alexis Alexandrovich llegó a su casa a las cuatro pero, como le ocurría a menudo, no tuvo tiempo de ver a su esposa y hubo de pasar al despacho para recibir las visitas y firmar los documentos que le llevó su secretario.

Como de costumbre, había varios invitados a comer: una anciana prima de Karenin, uno de los los directores de su ministerio, con su mujer y un joven que le habían recomendado.

Anna bajó al salón para recibirles. Apenas el gran reloj de bronce de estilo Pedro I dio las cinco, Alexis Alexandrovich apareció vestido de etiqueta, con corbata blanca y dos condecoraciones en la solapa, pues tenía que salir después de comer. Alexis Alexandrovich tenía los momentos contados y había de observar con estricta puntualidad sus diarias obligaciones.

«Ni descansar, ni precipitarse», era su lema.

Entró en la sala, saludó a todos y dijo a su mujer, sonriendo:

–¡Al fin ha terminado mi soledad! No sabes lo «incómodo» –y subrayó la palabra– que es comer a solas.

Durante la comida, Karenin pidió a su mujer noticias de Moscú, sonriendo burlonamente al mencionar a Esteban Arkadievich, pero la conversación, en todo momento de un carácter general, versó sobre el trabajo en el ministerio y la política.

Concluida la comida, Karenin estuvo media hora con sus invitados y después, tras un nuevo apretón de manos y una sonrisa a su mujer, se fue para asistir a un consejo.

Anna no quiso ir al teatro, donde tenía palco reservado aquella noche, ni a casa de la condesa Betsy Iverskaya que, al saber su llegada, le había enviado recado de que la esperaba. Antes de ir a Moscú, Anna dio a su modista tres vestidos para que se los arreglase, porque la Karenina sabía vestir bien gastando poco.

Y, al marcharse los invitados, Anna comprobó con irritación que de los tres vestidos que le prometiera la modista tener arreglados para su regreso, dos no estaban terminados aún y el tercero no había quedado a su gusto.

La modista, llamada inmediatamente, pensaba que el vestido le estaba mejor de aquella manera. Anna se enfureció de tal modo contra ella, que en seguida se sintió avergonzada de sí misma. Para calmarse, entró en la alcoba de Sergio, le acostó, le arregló las sábanas, le persignó con una amplia señal de la cruz y dejó la habitación.

Ahora, se alegraba de no haber salido y sentía una gran calma ínfima. Evocó la escena de la estación y reconoció que aquel incidente, al que diera tanta importancia, no era sino un detalle trivial de la vida mundana del que no tenía por qué ruborizarse.

Se acercó al lado de la chimenea para esperar el regreso de su esposo leyendo su novela inglesa. A las nueve y media en punto, sonó en la puerta la autoritaria llamada de Alexis Alexandrovich y éste entró en la habitación un momento después.

–Vaya, ya has vuelto –dijo ella, tendiéndole la mano, que él besó antes de sentarse a su lado.

–¿De modo que todo ha ido bien en tu viaje? –inquirió Karenin.

–Muy bien.

Anna le contó todos los detalles: la agradable compañía de la condesa Vronsky, la llegada, el accidente en la estación, la compasión que sintiera primero hacia su hermano y luego hacia Dolly.

–Aunque Esteban sea hermano tuyo, su falta es imperdonable –dijo enfáticamente Alexis Alexandrovich.

Anna sonrió. Su esposo trataba de hacer ver que los lazos de parentesco no influían para nada en sus juicios. Anna reconocía muy bien aquel rasgo del carácter de su marido y se lo sabía apreciar.

–Me alegro –continuaba él– de que todo acabara bien y de que hayas regresado. ¿Qué se dice por allá del nuevo proyecto de ley que he hecho ratificar últimamente por el Gobierno?

Anna se sintió turbada al recordar que nadie le había dicho cosa alguna sobre una cuestión que su esposo consideraba tan importante.

–Pues aquí, al contrario, interesa mucho –dijo Karenin con sonrisa de satisfacción.

Anna adivinó que su marido deseaba extenderse en pormenores que debían de ser satisfactorios para su amor propio y, mediante algunas preguntas hábiles, hizo que él le explicara, con una sonrisa de contento, que la aceptación de aquel proyecto había sido acompañada de una verdadera ovación en su honor.

–Me alegré mucho, porque eso demuestra que empiezan a ver las cosas desde un punto de vista razonable.

Después de tomar dos tazas de té con crema, Alexis Alexandrovich se dispuso a ir a su despacho.

–¿No has ido a ningún sitio durante este tiempo? Has debido de aburrirte mucho –indicó.

–¡Oh, no! –repuso ella, levantándose–. Y, ¿qué lees ahora?

–La poésie des enfers, del duque de Lille. Es un libro muy interesante.

Anna sonrió como se sonríe ante las debilidades de los seres amados y, pasando su brazo bajo el de su esposo, le acompañó hasta el despacho. Sabía que la costumbre de leer por la noche era una verdadera necesidad para su marido. Pese a las obligaciones que monopolizaban su tiempo, le parecía un deber suyo estar al corriente de lo que aparecía en el campo intelectual y Anna lo sabía. Sabía, también, que su marido, muy competente en materia de política, filosofía y religión, no entendía nada de letras ni bellas artes, lo cual no le impedía interesarse por ellas. Y, así como en política, filosofía y religión tenía dudas que procuraba disipar tratando con otros de ellas, en literatura, poesía y, sobre todo, música, de todo lo cual no entendía nada, sustentaba opiniones sobre las que no toleraba oposición ni discusión. Le agradaba hablar de Shakespeare, de Rafael y de Beethoven y poner límites a las modernas escuelas de música y poesía, clasificándolas en un orden lógico y riguroso.

–Te dejo. Voy a escribir a Moscú –dijo Anna en la puerta del despacho, en el cual, junto a la butaca de su marido, había preparadas una botella con agua y una pantalla para la bujía.

Él, una vez más, le estrechó la mano y la besó.

«Es un hombre bueno, leal, honrado y, en su especie, un hombre excepcional», pensaba Anna, volviendo a su cuarto. Pero, mientras pensaba así, ¿no se oía en su alma una voz secreta que le decía que era imposible amar a aquel hombre? Y seguía pensando: «Pero no me explico cómo se le ven tanto las orejas. Debe de haberse cortado el cabello…».

A las doce en punto, mientras Anna, sentada ante su pupitre, escribía a Dolly, sonaron los pasos apagados de una persona andando en zapatillas y Alexis Alexandrovich, lavado y peinado y con su ropa de noche, apareció en el umbral.

–Ya es hora de dormir –le dijo, con maliciosa sonrisa, antes de desaparecer en la alcoba.

«¿Con qué derecho la había mirado «él» de aquel modo?», se preguntó Anna, recordando la mirada que Vronsky dirigiera a su marido en la estación.

Y siguió a su esposo. Pero ¿qué había sido de aquella llama que en Moscú animaba su rostro haciendo brillar sus ojos y prestando luminosidad a su sonrisa? Ahora aquella llama parecía haberse apagado o, al menos, estaba escondida.

PRIMERA PARTE – Capítulo 34

Al irse de San Petersburgo, Vronsky había dejado a su amigo Petrizky su magnífico piso de la calle Morskaya.

Petrizky, un joven de familia modesta, no poseía otra fortuna que sus deudas. Se emborrachaba todas las noches y sus aventuras, escandalosas o ridículas, le costaban frecuentes arrestos. Pese a todo ello, todos los jefes y los compañeros lo querían.

Al llegar a su casa hacia las once, Vronsky vio a la puerta un coche que no le era desconocido del todo.

Llamó a la puerta y oyó en la escalera risas masculinas, un gracioso acento de mujer y la voz de Petrizky exclamando:

–¡Si es uno de esos miserables, no le dejéis entrar!

Vronsky entró sin anunciarse, procurando no hacer ruido y se acercó al salón. La baronesa Chilton, amiga de Petrizky, una rubia de carita sonrosada y acento parisiense, vestida a la sazón con un traje de satén lila, preparaba el café sobre una mesita. Petrizky, de paisano, y el capitán Kamerovsky, de uniforme, estaban a su lado.

–¡Caramba, Vronsky, tú aquí! –exclamó Petrizky, saltando de su silla–. El señor dueño cae de improviso en su casa… Baronesa: prepárale el café en la cafetera nueva. ¡Qué agradable sorpresa! Y, ¿qué me dices de este nuevo adorno de tu salón? Confío en que te gustará ––dijo, señalando a la Baronesa–. Supongo que os conoceréis…

–¡Vaya si nos conocemos! –dijo, sonriente, Vronsky, estrechando la mano de la mujer–. Somos antiguos amigos.

–Me voy –dijo ella–. Vuelve usted de viaje y… Si le molesto, me marcho.

–Está usted en su casa, amiga mía, en su casa… Hola, Kamerovsky –añadió Vronsky, estrechando con cierta frialdad la mano del capitán.

–¿Ve usted qué amable? –dijo la Baronesa a Petrizky–. Usted no sería capaz de hablar con tanta gentileza.

–Ya lo creo. Después de comer, sí.

–Después de comer no tiene gracia. Ea, voy a preparar el café mientras usted se arregla –dijo la Baronesa, sentándose y manipulando cuidadosamente la cafetera nueva.

–Pedro: dame el café; voy a poner más –dijo a Petrizky.

Le llamaba por su nombre propio, sin preocuparse de ocultar las relaciones que le unían con él.

–Le mimas demasiado. ¡Mira que ponerle más café!

–No, no le mimo… ¿Y su mujer? –dijo de pronto la Baronesa, interrumpiendo la conversación de Vronsky con sus camaradas–. ¿No sabe que mientras estaba fuera le hemos casado? ¿No ha traído consigo a su esposa?

–No, Baronesa. He nacido y moriré siendo un bohemio.

–Hace bien. ¡Déme esa mano!

Y la Baronesa, sin dejar de mirar a Vronsky, comenzó a explicarle, bromeando, su último plan de vida y le pidió consejos.

–¿Qué haré si él no quiere consentir en el divorcio? («él» era su marido). Me propongo llevar el asunto a los Tribunales. ¿Qué opina usted? Kamerovsky, eche una mirada al café; ¿ve?, ya se ha vertido… ¿No ve que estoy hablando de cosas serias? Necesito recobrar mis bienes, porque ese señor –dijo con acento despectivo–, con el pretexto de que le soy infiel, se ha quedado con mi fortuna.

Vronsky se divertía mucho oyéndola, le daba la razón, la aconsejaba, medio en serio y medio en broma, como solía hacer con aquella clase de mujeres.

La gente del ambiente en que Vronsky se movía suele dividir a las personas en dos clases: la primera está compuesta por necios, imbéciles y ridículos, que imaginan que los esposos deben ser fieles a sus esposas, las jóvenes puras, las casadas honorables, los hombres decididos, firmes y dueños de sí. Estos estúpidos opinan que hay que educar a los hijos, ganarse la vida, pagar las deudas y cometer otras tonterías por el estilo.

La segunda clase, a la que los tipos del mundo de Vronsky se envanecen de pertenecer, sólo da valor a la elegancia, la generosidad, la audacia y el buen humor, entregándose sin recato a sus pasiones y burlándose de todo lo demás.

Sin embargo, influido ahora por el ambiente de Moscú, tan distinto, Vronsky, de momento, estaba en aquel ambiente, fuera de su centro y lo encontraba demasiado frívolo y superficialmente alegre. Pero, pronto, entró en su vida habitual, tan fácilmente como si metiese los pies en sus zapatillas usadas.

El café no llegó nunca a beberse. Se salió de la cafetera, se vertió en la alfombra, ensució el vestido de la Baronesa y salpicó a todos, pero realizó su fin: provocar el regocijo y la risa general.

–¡Bueno, bueno, adiós! Me voy, porque si no tendré sobre mi conciencia la culpa de que usted cometa el más abominable delito que puede cometer un hombre correcto: no lavarse. ¿Así que me aconseja que coja a ese hombre por el cuello y…?

–Exacto; pero procurando que sus manitas se encuentren cerca de sus labios. Así, él las besará y las cosas concluirán a gusto de todos –contestó Vronsky.

–Bien, hasta la noche. En el teatro Francés, ¿verdad?

Kamerovsky se levantó también. Y Vronsky, sin esperar a que saliese, le dio la mano y se fue al cuarto de aseo.

Mientras se arreglaba, Petrizky comenzó a explicarle su situación. No tenía dinero, su padre se negaba a darle más y no quería pagar sus deudas; el sastre se negaba a hacerle ropa y otro sastre había adoptado igual actitud. Para colmo, el Coronel estaba dispuesto a expulsarle del regimiento si continuaba dando aquellos escándalos y la Baronesa se ponía pesada como el plomo con sus ofrecimientos de dinero… Tenía en perspectiva la conquista de otra belleza, un tipo completamente oriental…

–Una especie de Rebeca, querido. Ya te la enseñaré…

Luego, había una querella con Berkchev, que se proponía mandarle los padrinos, aunque podía asegurarse que no haría nada. En resumen, todo iba muy bien y era divertidísimo.

Antes de que su amigo pudiera reflexionar en aquellas cosas, Petrizky pasó a contarle las noticias del día.

Al escucharle, al sentirse en aquel ambiente tan familiar, en su propio piso, donde residía hacía tres años, Vronsky notó que se sumergía de nuevo en la vida despreocupada y alegre de San Petersburgo y lo notó con satisfacción.

–¿Es posible? –preguntó, aflojando el grifo del lavabo, que dejó caer un chorro de agua sobre su cuello vigoroso y rojizo–. ¿Es posible –repitió con acento de incredulidad- que Laura haya dejado a Fertingov por Mileev? Y él, ¿qué hace? ¿Sigue tan idiota y tan satisfecho de sí mismo como siempre? Oye, a propósito, ¿qué hay de Buzulkov?

–¿Buzulkov? ¡Si supieras lo que le pasa! Ya conoces su afición al baile. No pierde uno de los de la Corte. ¿Sabes que ahora se llevan unos cascos más ligeros…? ¡Mucho más! Pues bien: él estaba allí con su uniforme de gala… ¿Me oyes?

–Te oigo, te oigo –afirmó Vronsky, secándose con la toalla de felpa.

–Una gran duquesa pasaba del brazo de un diplomático extranjero y la conversación recayó, por desgracia, en los cascos nuevos. La gran duquesa quiso enseñar uno al diplomático y viendo a un buen mozo con el casco en la cabeza –y Petrizky procuró remedar la actitud y los ademanes de Buzulkov– le pidió que le hiciese el favor de dejárselo. Y él, sin moverse. ¿Qué significaba aquella actitud? Empiezan a hacerle signos, indicaciones, le guiñan el ojo… ¡Y él continúa inmóvil como un muerto! ¿Comprendes la situación? Entonces uno… –no sé cómo se llama, no me acuerdo nunca– va a quitarle el casco. Buzulkov se defiende. Y, al fin, otro se lo arranca a viva fuerza y lo ofrece a la gran duquesa. «Éste es el último modelo de cascos» , dice, volviéndolo. Y de pronto ven que del casco sale… ¿Sabes qué? ¡Una pera, chico, una pera! ¡Y bombones, dos libras de bombones! ¡El grandísimo animal iba bien aprovisionado!

Vronsky reía hasta saltarle las lágrimas. Durante largo rato, cada vez que recordaba la historia del casco, rompía en francas risas juveniles, mostrando al hacerlo sus hermosos dientes.

Una vez informado de las noticias del momento, Vronsky se puso el uniforme con ayuda de su criado y fue a presentarse en la Comandancia militar. Luego se proponía ver a su hermano, pasar por casa de Betsy y hacer otra serie de visitas que le reincorporasen a la vida de sociedad y le diesen la posibilidad de encontrar a Anna Karenina. Salió, pues, pensando volver muy entrada la tarde, como es costumbre en San Petersburgo.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

KAIFENG IMPERIAL o «La tribu que adoptó el té».

lunes, mayo 6th, 2013

PeonyNovel

En una conversación acerca de DaCha, Carlos Braverman* me dijo: “- Eres patéticamente de diáspora” y tengo que reconocer que el término diáspora me encanta, así como me encanta el término secular.
Supongo que los que se acercan a esta Dacha del sur, a leer una nota mía, o son amigos o son amantes del té o son amantes de la cultura y la historia pero no me caben dudas de que todos, absolutamente todos, tienen las mentes y los corazones abiertos para abrazar la diversidad. Y es por eso que les voy a contar esta historia.

¿Ustedes saben desde cuándo hay judíos en China?

Los judíos llegaron a China procedentes del noroeste de la India (天竺, Tiānzhú, «India celestial», como se le llama en tres tallados en piedra encontrados en Kaifeng), donde vivieron durante siglos, tras el Exilio de Babilonia (s. VI a.C.)
Ya antes de 108 a.C. estos judíos habían emigrado hacia la región de Ningxia (en la actual provincia de Gansu) y fueron avistados por el general chino Li Guang, que había sido enviado a invadir la «región occidental» para ampliar las fronteras de la China de la Dinastía Han.
Desde ese momento y, hasta las postrimerías de la Dinastía Tang (900 d.C.), los judíos se dispersaron por China, se casaron con esposas chinas y engendraron hijos «medio chinos, medio bárbaros». Durante la Gran Persecución anti-budista (845-846), el budismo y otras religiones extranjeras, entre ellas, el judaísmo, fueron relegados a las regiones exteriores de China, bajo la supervisión de los kitán (mongoles) y todos los templos fueron quemados para construir, en su lugar, templos confucianos y taoístas.

Los judíos no volvieron a China hasta que el emperador Taizong, de la Dinastía Song (s. X d.C.), un hombre con grandes ansias de conocimiento, envió mensajeros a todas las partes de China para reclutar y aprender de eruditos extranjeros. Según las primeras traducciones de los tallados en piedra, la palabra china Guī (歸), en el discurso del emperador a los judíos, fue traducida como «venir», induciendo a la mayor parte de los historiadores chinos y occidentales a creer que los judíos llegaron a China durante la dinastía Song. Tiberiu Weisz, un profesor de historia hebrea y religión china, la traduce, sin embargo, como «volver», lo que significaría que el emperador era consciente de su estatus de antiguos ciudadanos chinos y que les daba la bienvenida de vuelta a China. El emperador les ofreció la ciudad de Kaifeng, por entonces la ciudad capital, como ciudadanos chinos con todos los derechos y obligaciones, bajo la protección del imperio Song y les permitió continuar con la práctica de la religión de sus ancestros, hecho que se detalla en el segundo y tercer tallados.

Kaifeng alcanzó su máximo esplendor en el siglo XI al convertirse en un importante centro comercial e industrial, localizado en la intersección de cuatro canales destacados. Tuvo un rápido desarrollo comercial, cultural y artesanal. Durante este período, la ciudad estuvo rodeada por tres murallas y su población era de unos 600.000 o 700.000 habitantes lo que, probablemente, la convertía en la ciudad más poblada del mundo.

El esplendor de Kaifeng acabó en el año 1127 cuando la ciudad fue atacada por los Jurchen, que deportaron a la familia real y a la mayoría de los nobles a Manchuria, y que terminaron estableciendo la Dinastía Jin del norte.

Al estar situada en la orilla sur del río Yangtse (Amarillo), Kaifeng sufrió inundaciones desastrosas, que provocaron grandes pérdidas y obligaron a abandonar la ciudad. Fue reconstruida en el año 1662 por el emperador Kangxi de la dinastía Qing y los “judíos de Kaifeng” reconstruyeron su sinagoga y sus casas. Sin embargo, una nueva inundación asoló la ciudad en el año 1841. En 1843 se reconstruyó de nuevo, dando origen al Kaifeng que conocemos hoy día.

Los judíos de Kaifeng se fueron asimilando cada vez más a la cultura china, hasta perder, casi por completo sus costumbres y prácticas religiosas. Peony, una novela histórica de Pearl Buck, ambientada en 1850, da testimonio de esto. La novela sigue a Peony, la sierva China de una prominente familia judía y muestra, a través de sus ojos, cómo la comunidad judía era vista en Kaifeng, en un momento en que la mayoría de los judíos había llegado a pensar en sí mismos como chinos. La novela contiene un amor interracial escondido y muestra la importancia del deber, junto con los desafíos de la vida. Una nota introductoria, antes de la primera página, le adelanta al lector: «Hoy día, incluso el recuerdo de su origen se ha ido. Ellos son chinos.»

EL TÉ EN KAIFENG
Los pueblos de las regiones al sur del Río Amarillo, convidaban a sus invitados con su mejor té y comida, para bendecirlos y como muestra de respeto, desde las dinastías Song y Yuan.

La gente de Hunan ofrecía té con porotos de soja fritos, sésamo y rodajitas de jengibre.

La gente de Hubei solía tomar sólo agua pero agasajaba a sus invitados con té con arroz inflado y malta y, durante el Festival de Primavera, les ofrecía Té Yuanbao, con el objeto de desearles suerte, salud y felicidad para el año entrante; este té se hacía de quinotos (olivas chinas), cortados a lo largo, lo cual les otorgaba la forma de “yuanbao” (lingotes de oro).

Durante la dinastía Song, el pueblo de la ciudad capital de Kaifeng era muy hospitalario y amable. Cuando un residente se mudaba a una casa nueva o llegaba a la ciudad, los vecinos le regalaban té y frutas frescas o lo invitaban a sus casas a “tomar té” en muestra de amistad. Este té se llamaba “zhicha”, que significa “comer el té” porque al finalizar se comían las hebras. El té verde de la región, el Mao Jian, es uno de los más preciados y tradicionales de China, de sabor suave, color claro y aroma ligero (en inglés se lo conoce directamente como tippy green) y sus hebras son tan tiernas y delicadas como cabellos de ángel, por lo que no es de extrañar que les gustara comérselo.

La costumbre de mostrar amistad y respeto a un invitado, ofreciéndole té, se ha preservado hasta nuestros días.

Tantas veces, mi madre me ha dicho que debemos tener algo de chinos, algo de mongoles, que nuestros rasgos no son ni completamente semitas ni completamente caucásicos, que, a veces, parecemos orientales. Tantas veces, yo le respondí: ¿Cómo puede ser que tengamos raíces en China si los bisabuelos y tu papá emigraron hacia Argentina desde Inglaterra, Ucrania, Rusia? Bueno, la parte en que los judíos cruzaron la Manchuria hacia el norte es otro russkii sekret, que será develado oportunamente. A diferencia del HISTORIAS DE HUMO, no podía llamar a este blend «Cuentos chinos», porque esta historia ocurrió de verdad, mucho tiempo atrás, en la Ciudad Imperial de Kaifeng.

Gabriela Carina Chromoy

*Carlos Braverman (Israel): Politólogo y Psicólogo, miembro de la Asociación de Derechos Civiles de Israel. Activista por una coexistencia judéo-árabe mutuamente justa y el altermundialismo. Miembro del Partido Meretz (Partido Socialista de Israel – Tel Aviv). Presidente del Instituto Campos Abiertos (Investigaciones en Ciencias Políticas).

Probá nuestro KAIFENG IMPERIAL. Blend de tés verdes Bi Lo Chung y Mao Jian, Quinotos, Lemon Zest, pétalos de azahares y daditos de jengibre confitado. Exquisito tanto caliente como helado, es la combinación perfecta del té verde suave y dulce con la energía picante del jengibre. Nuestras recomendaciones de maridaje: Carrot cake, Cheesecake, Crumble de manzanas, pastelería con crema pastelera, tarteletas de salmón o atún, sandwiches con pollo, Sushi.
03 Kaifeng Imperial C

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 31 Y 32

lunes, mayo 6th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
PRIMERA PARTE – Capítulo 31

Vronsky no trató siquiera de dormir. Permaneció sentado en su butaca con los ojos abiertos. Ora mirando fijamente ante él, ora contemplando a los que entraban y salían; y si antes impresionaba a los desconocidos con su inalterable tranquilidad, ahora parecía aún más seguro de sí mismo y más lleno de orgullo. Los seres no tenían para él, en aquel momento, mayor importancia que las cosas. Tal actitud le atrajo la enemistad de su vecino de asiento, un joven muy nervioso, empleado en el Ministerio de Justicia, que había hecho todo lo posible para que Vronsky reparara en que él pertenecía al mundo de los vivos. En vano le había pedido fuego, en vano le hablaba o le daba golpecitos en el codo. Vronsky no manifestó más interés por él que por el farolillo del vagón. Ofendido por su impasibilidad, su compañero de viaje reprimía su enojo a duras penas.

Aquella olímpica indiferencia no significaba que Vronsky se sintiera feliz creyendo haber impresionado el corazón de Anna. Aun no se atrevía ni a imaginarlo, pero el solo hecho de pensar en ello le inundaba de orgullo y de alegría. No sabía ni quería pensar en lo que podría resultar de todo aquello.

Sólo presentía que sus fuerzas, desperdiciadas hasta entonces, iban a unirse para empujarle hacia un único y espléndido destino.

Verla, oírla, estar a su lado, éste era ahora el único objeto de su vida. Estaba tan poseído por aquel pensamiento que, apenas vio a Anna en la estación de Blagoe, donde él bajara a tomarse un vaso de soda, no pudo menos de manifestárselo.

Estaba satisfecho de habérselo dicho, satisfecho porque ahora ella sabía ya que la amaba y no podría dejar de pensar en él.

Ya en el vagón, Vronsky principió a recordar los más nimios detalles de las veces que se habían encontrado: los gestos, las palabras de Anna. Y su corazón palpitó ante las visiones que su imaginación le presentaba para lo porvenir.

Se apeó en San Petersburgo, tan fresco y descansado como si saliera de un baño frío, aunque había pasado la noche sin dormir. Se paró junto a un vagón para ver pasar a Anna.

«La volveré a ver», se decía, sonriendo sin darse cuenta. «Acaso me dirija una palabra, un gesto, algo…»

Pero al primero que vio fue a Karenin, a quien el jefe de estación acompañaba con grandes muestras de respeto.

«¡Ah, el marido!», dijo para sí.

Y, al verle erguido ante él, con sus piernas rectas enfundadas en los pantalones negros, al verle tomar el brazo de Anna con la naturalidad de quien ejecuta un acto al que tiene derecho, Vronsky hubo de recordar que aquel ser, cuya existencia apenas considerara hasta entonces, existía, era de carne y hueso y estaba unido estrechamente a la mujer que él amaba.

Aquel frío rostro de petersburgués, aquel aire indiferente y seguro, aquel sombrero redondo, aquella espalda ligeramente encorvada, aquel conjunto era una realidad y Vronsky había de reconocerlo, pero lo reconocía como un hombre que, muriendo de sed, al encontrarse con una fuente de agua pura descubriera que estaba ensuciada por un perro, un cerdo o una vaca que habían bebido en ella.

Lo que sobre todo le desesperaba de Alexis Alexandrovich era su manera de andar, moviendo sus piernas de un modo rápido y balanceando algo el cuerpo. A Vronsky le parecía que sólo él tenía derecho a amar a aquella mujer.

Afortunadamente, ella seguía siendo la misma y al verla, su corazón se sintió conmovido.

El criado de Anna, un alemán que había hecho el viaje en segunda clase, fue a recibir órdenes. El marido le había entregado los equipajes antes de dirigirse resueltamente hacia Anna. Vronsky asistió al encuentro de los esposos y su sensibilidad de enamorado le permitió percibir el leve ademán de contrariedad que hiciera Anna al encontrar a Alexis Alexandrovich.

«No lo ama, no puede amarlo…», pensó Vronsky.

Se sintió feliz al notar que Anna, aunque de espaldas, adivinaba su proximidad. En efecto, ella se volvió, le miró y siguió hablando con su marido.

–¿Ha pasado usted la noche bien, señora? –preguntó Vronsky, saludando a la vez a los dos y dando, así, ocasión al esposo de que le reconociese si le placía.

–Muy bien; gracias –repuso ella.

En su fatigado rostro no se dibujaba la animación de otras veces, pero a Vronsky le bastó para sentirse feliz apreciar que los ojos de Anna, al verle, se iluminaban de alegría.

Ella alzó la vista hacia su marido, tratando de descubrir si éste recordaba al Conde. Karenin contemplaba al joven con aire de disgusto y como si apenas le reconociera.

Vronsky se sintió incomodado. Su calma y su seguridad de siempre chocaban ahora contra aquella actitud glacial.

–El conde Vronsky –dijo Anna.

–¡Ah, ya; me parece que nos conocemos! –se dignó decir Karenin, dando la mano al joven–. Por lo que veo, al ir has viajado con la madre y al volver con el hijo –añadió arrastrando lentamente las palabras, como si cada una le costara un rublo–. ¿Qué? ¿Vuelve usted de su temporada de permiso? –y, sin aguardar la respuesta de Vronsky, dijo con ironía, dirigiéndose a su mujer–: ¿Han llorado mucho los de Moscú al separarse de ti?

Creía terminar así la charla con el Conde. Y para completar su propósito, se llevó la mano al sombrero.

Pero Vronsky interrogó a Anna:

–Confío en que podré tener el honor de visitarles.

–Con mucho gusto. Recibimos los lunes –dijo Alexis Alexandrovich con frialdad.

Y, sin hacerle más caso, prosiguió hablando a su mujer con el mismo tono irónico de antes:

–¡Estoy encantado de disponer de media hora de libertad para testimoniarte mis sentimientos!

–Parece como si me hablaras de ellos para realzar más su valor –repuso Anna, escuchando, involuntariamente, los pasos de Vronsky que caminaba tras ellos.

«En realidad no me preocupan nada», pensó para sí. Y luego preguntó a su esposo cómo había pasado Sergio aquellos días.

–Muy bien. Mariette me dijo que estaba de muy buen humor. Lamento decirte que no te echó nada de menos. No le sucedía lo mismo a tu amante esposo. Te agradezco que hayas vuelto un día antes de lo que esperaba. Nuestro querido samovar se alegrará mucho también.

Karenin aplicaba el apelativo de «samovar» a la condesa Lidia Ivanovna, por su constante estado de vehemencia y agitación. Siguió diciendo:

–Me preguntaba diariamente por ti. Te aconsejo que la visites hoy mismo. Ya sabes que su corazón sufre siempre por todo y por todos y, ahora, está particularmente inquieta con el asunto de la reconciliación de los Oblonsky.

Lidia era una antigua amiga de su marido y el centro de aquel círculo social que, por las relaciones de su esposo, Anna se veía obligada a frecuentar.

–Ya le he escrito.

–Pero quiere saber todos los detalles. Ve, amiga mía, ve a verla, si no estás muy cansada. Ea, te dejo. Tengo que asistir a una sesión. Kondreti conducirá tu coche. ¡Gracias a Dios que al fin voy a comer contigo! –y añadió con seriedad–: ¡no puedes figurarte lo que me cuesta acostumbrarme a hacerlo solo!

Y estrechándole largamente la mano y sonriendo tan afectuosamente como pudo, Karenin la condujo a su coche.

PRIMERA PARTE – Capítulo 32

El primer rostro que vio Anna al entrar en su casa fue el de su hijo, quien, sin atender a su institutriz, corrió escaleras abajo, gritando con alegría:

–¡Mamá, mamá, mamá!

Y se colgó de su cuello.

–¡Ya decía yo que era mamá! ––dijo luego a la institutriz.

Pero, como el padre, el hijo causó a Anna una desilusión. En la ausencia le imaginaba más apuesto de lo que era en realidad; y sin embargo era un niño encantador: un hermoso niño de bucles rubios, ojos azules y piernas muy derechas, con los calcetines bien estirados.

Anna sintió un placer casi físico en tenerle a su lado y recibir sus caricias y experimentó un consuelo moral escuchando sus inocentes preguntas y mirando sus ojos cándidos, confiados y dulces.

Le ofreció los regalos que le enviaban los niños de Dolly y le contó que en Moscú, en casa de los tíos, había una niña llamada Tania que ya sabía escribir y enseñaba a los otros niños.

–Entonces, ¿es que valgo menos que ella? –preguntó Sergio.

–Para mí, vida mía, vales más que nadie.

–Ya lo sabía –dijo Sergio, sonriendo.

Antes de que Anna acabara de tomar el café, le anunciaron la visita de la condesa Lidia Ivanovna. Era una mujer alta y gruesa, de amarillento y enfermizo color y grandes y magníficos ojos negros, algo pensativos.

Anna la quería mucho y, sin embargo, pareció apreciar sus defectos por primera vez.

–¿Conque llevó a los Oblonsky el ramo de oliva, querida? –preguntó Lidia Ivanovna.

–Todo está arreglado –repuso Anna–. Las cosas no andaban tan mal como nos figurábamos. Ma belle soeur toma sus decisiones con demasiada precipitación y…

Pero la Condesa, que tenía la costumbre de interesarse por cuanto no le importaba y solía, en cambio, no poner atención alguna en lo que debía interesarle más, interrumpió a su amiga:

–Estoy abatida. ¡Cuánta maldad y cuánto dolor hay en el mundo!

–¿Pues qué sucede? –interrogó Anna, dejando de sonreír.

–Empiezo a cansarme de luchar en vano por la verdad, y a veces me siento completamente abatida. Ya ve usted: la obra de los hermanitos (se trataba de una institución benéfico–patriótico–religiosa) iba por buen camino. ¡Pero no se puede hacer nada con esos señores! –declaró la Condesa, en tono de sarcástica resignación– Aceptaron la idea para desvirtuarla y, ahora, la juzgan de un modo bajo a indigno. Sólo dos o tres personas, entre ellas su marido, comprendieron el verdadero alcance de esta empresa. Los demás no hacen más que desacreditarla… Ayer recibí carta de Pravdin (se refería al célebre paneslavista Pravlin, que vivía en el extranjero)- La Condesa contó lo que decía en su carta y luego habló de los obstáculos que se oponían a la unión de las iglesias cristianas.

Explicado aquello, la Condesa se fue precipitadamente, porque tenía que asistir a dos reuniones, una de ellas, la sesión de un Comité eslavista.

«Todo esto no es nuevo para mí. ¿Por qué será que lo veo ahora de otro modo?», pensó Anna. «Hoy Lidia me ha parecido más nerviosa que otras veces. En el fondo, todo eso es un absurdo: dice ser cristiana y no hace más que enfadarse y censurar; todos son enemigos suyos, aunque estos enemigos se digan también cristianos y persigan los mismos fines que ella.»

Después de la Condesa llegó la esposa de un alto funcionario, que refirió a Anna todas las novedades del momento y se fue a las tres, prometiendo volver otro día a comer con ella.

Alexis Alexandrovich estaba en el Ministerio. Anna asistió a la comida de su hijo (que siempre comía solo) y luego arregló sus cosas y despachó su correspondencia atrasada.

Nada quedaba en ella de la vergüenza e inquietud que sintiera durante el viaje. Ya en su ambiente acostumbrado, se sintió ajena a todo temor y por encima de todo reproche, sin comprender su estado de ánimo del día anterior.

«¿Qué sucedió, a fin de cuentas?», pensaba. «Vronsky me dijo una tontería y yo le contesté como debía. Es inútil hablar de ello a Alexis. Parecería que diera demasiada importancia al asunto.»

Recordó una vez que un subordinado de su marido le hiciera una declaración amorosa. Creyó oportuno contárselo a Karenin y éste le dijo que toda mujer de mundo debía estar preparada a tales eventualidades y que él confiaba en su tacto, sin dejarse arrastrar por celos que habrían sido humillantes para los dos.

«De modo que vale más callar», decidió ahora Anna como remate de sus reflexiones. «Además, gracias a Dios, nada tengo que decirle.»

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 28, 29 Y 30

domingo, mayo 5th, 2013

anna tapa libro
PRIMERA PARTE – Capítulo 28

El día siguiente del baile, por la mañana, Anna Karenina envió un telegrama a su marido anunciándole su salida de Moscú para aquel mismo día.

He de irme, he de irme ––decía explicando su repentina decisión a su cuñada en un tono en el cual parecía dar a entender que tenía tantos asuntos que le esperaban que no podía enumerarlos–. Sí, es preciso que me vaya hoy mismo.

Esteban Arkadievich no comió en casa, pero prometió ir a las siete para acompañar a su hermana a la estación.

Kitty no fue; envió una nota excusándose con el pretexto de una fuerte jaqueca. Dolly y Anna comieron solas con la inglesa y los niños.

Éstos, fuese que no tuvieran el carácter constante, fuese que apreciaran en su tía Anna un cambio con respecto a ellos, dejaron de repente de jugar con ella y se desinteresaron absolutamente de su partida.

Anna pasó la mañana ocupada en los preparativos del viaje. Escribía notas a sus amigos de Moscú, anotaba sus gastos y arreglaba su equipaje. A Dolly le pareció que no estaba tranquila, sino en aquel estado de preocupación, que tan bien conocía por propia experiencia, que rara vez se produce sin motivo y que en la mayoría de los casos indica sólo un profundo disgusto de sí mismo.

Después de comer, Anna subió a su cuarto a vestirse y Dolly la siguió.

–Te encuentro extraña hoy.

–¿Tú crees? No, no estoy extraña. Lo que pasa es que me siento triste. Esto me sucede de vez en cuando… Tengo como ganas de llorar. Es una tontería; ya pasará –dijo Anna rápidamente, y ocultó su rostro enrojecido de repente, inclinándose hacia el otro lado para rebuscar en un saquito donde guardaba sus pañuelos y su gorro de dormir. Sus ojos brillaban de lágrimas, que apenas conseguía retener–. Salí de San Petersburgo de mala gana y ahora, en cambio, me cuesta irme de aquí.

–Hiciste bien en venir, porque has realizado una buena obra –repuso Dolly, mirándola con atención.

Anna volvió hacia ella sus ojos llenos de lágrimas.

–No digas eso, Dolly. Ni hice ni podía hacer nada. Hay veces en que me pregunto el porqué de que todos se empeñen en mimarme tanto. ¿Qué he hecho y qué podía hacer? Has tenido bastante amor en tu corazón para perdonar y eso fue todo.

–¡Dios sabe lo que habría pasado de no venir tú! ¡Y es que eres tan feliz, Anna…! ¡Hay en tu alma tanta claridad y tanta pureza!

–Todos tenemos skeletons en el alma, como dicen los ingleses.

–¿Qué skeletons puedes tener tú? ¡Todo es tan claro en tu alma! ––exclamó Dolly.

–No obstante, los tengo –dijo Anna. Y una inesperada sonrisa maliciosa torció sus labios a través de sus lágrimas.

–Tus skeletons se me figuran más divertidos que lúgubres ––opinó Dolly, sonriendo también.

–Te equivocas. ¿Sabes por qué me voy hoy en vez de mañana? Es una confesión que me pesa pero te la quiero hacer ––dijo Anna, sentándose en la butaca y mirando a Dolly a los ojos.

Y, con gran sorpresa de Dolly, su cuñada palideció hasta la raíz de sus cabellos rizados.

–¿Sabes por qué no ha venido Kitty a comer? –preguntó Anna–. Tiene celos de mí; he destruido su felicidad. Yo he tenido la culpa de que el baile de anoche, del que esperaba tanto, se convirtiese para ella en un tormento. Pero la verdad es que no soy culpable o si lo soy, lo soy muy poco… ––dijo recalcando las últimas palabras.

–Hablas lo mismo que Stiva –dijo Dolly, sonriendo.

–¡Oh, no, no soy como él! Si te cuento esto, es porque no quiero dudar ni un minuto de mí misma.

Mas al decirlo, Anna tuvo conciencia de su debilidad: no sólo no tenía confianza en sí misma, sino que el recuerdo de Vronsky le causaba tal emoción que decidía huir para no verle más.

–Oui, Stiva, m’a raconté que has bailado toda la noche con Vronsky y que…

–Es cosa que haría reír el extraño giro que tomaron las cosas. Me proponía favorecer el matrimonio de Kitty y en lugar de ello… Acaso yo contra mi voluntad…

Anna se ruborizó y calló.

–Los hombres notan esas cosas en seguida ––dijo Dolly.

Y yo siento que él lo tomara en serio. Pero estoy segura de que todo se olvidará en seguida y que Kitty me perdonará –añadió Anna.

–Si he de hablarte sinceramente, esa boda no me gusta demasiado para mi hermana. Ya ves que Vronsky es un hombre capaz de enamorarse de una mujer en un día. Siendo así, vale más que haya ocurrido lo que ocurrió.

–¡Oh, Dios mío! ¡Sería tan absurdo eso! –exclamó Anna. Pero un rubor que delataba su satisfacción encendió sus mejillas al oír expresado en voz alta su propio pensamiento–Ahora me voy convertida en enemiga de Kitty, por la que sentía tanta simpatía. ¡Es tan gentil! Pero tú lo arreglarás, ¿verdad, Dolly?

Dolly apenas pudo contener una sonrisa. Estimaba a Anna, pero le complacía descubrir que también ella tenía debilidades.

–¿Kitty enemiga tuya? ¡Es imposible!

–Me gustaría irme sabiendo que me queréis todos tanto como yo os quiero a vosotros. Ahora os quiero más que antes. ¡Ay, estoy hecha una tonta! –dijo Anna, con los ojos inundados de lágrimas.

Luego se secó los ojos con el pañuelo y comenzó a arreglarse. Cuando se disponía ya a salir, se presentó Esteban Arkadievich, muy acalorado, oliendo a vino y a tabaco.

Dolly, conmovida por el afecto que Anna le testimoniaba, murmuró a su oído, al abrazarla por última vez:

–Nunca olvidaré lo que has hecho por mí. Te quiero y te querré siempre como a mi mejor amiga. Acuérdate de ello.

–¿Por qué? –repuso Anna, conteniendo las lágrimas.

–Me has comprendido y me comprendes. ¡Adiós, querida Anna!

PRIMERA PARTE – Capítulo 29

«¡Gracias a Dios que ha terminado todo esto!», pensó Anna al separarse de su hermano, quien, hasta que resonó la campana, permaneció obstruyendo con su figura la portezuela del vagón.

Anna se acomodó en el asiento junto a Anuchka, su camarera.

«¡Gracias a Dios que voy a ver mañana a mi pequeño Sergio y a Alexis Alexandrovich! Al fin mi vida recobrará su ritmo habitual», pensó de nuevo.

Presa aún de la agitación que la dominaba desde la mañana, empezó a ocuparse de ponerse cómoda. Sus manos, pequeñas y hábiles, extrajeron del saco rojo de viaje un almohadón que puso sobre sus rodillas; se envolvió bien los pies y se instaló con comodidad.

Una viajera enferma se había tendido ya en el asiento para dormir. Otras dos dirigieron vanas preguntas a Anna, mientras una, más vieja y gruesa, se envolvía las piernas con una manta, mientras emitía algunas opiniones sobre la pésima calefacción.

Anna contestó a las señoras, pero no hallando interés en su conversación, pidió a su doncella que le diese su farolillo de viaje, lo sujetó al respaldo de su asiento y sacó una plegadera y una novela inglesa.

Era difícil abismarse en la lectura. El movimiento en torno suyo, el ruido del tren, la nieve que golpeaba la ventanilla a su izquierda y se pegaba a los vidrios, el revisor que pasaba de vez en cuando muy arropado y cubierto de copos de nieve, las observaciones de sus compañeras de viaje a propósito de la tempestad, todo la distraía.

Pero, por otra parte, todo era monótono: el mismo traqueteo del vagón, la misma nieve en la ventana, los mismos cambios bruscos de temperatura, del calor al frío y otra vez al calor; los mismos rostros entrevistos en la penumbra, las mismas voces y Anna acabó logrando concentrarse en la lectura y enterándose de lo que leía.

Anuchka dormitaba ya, sosteniendo sobre sus rodillas el saco rojo de viaje entre sus gruesas manos enguantadas, uno de cuyos guantes estaba roto.

Anna Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma.

Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Anna habría deseado entrar ella misma con pasos suaves en la alcoba del paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Anna habría deseado pronunciarlo ella; si lady Mary galopaba tras su traílla, desesperando a su nuera y sorprendiendo a las gentes con su audacia, Anna habría deseado hallarse en su lugar.

Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera entre sus menudas manos.

El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas propiedades y Anna sentía deseo de irse con él a aquellas tierras. De pronto la Karenina experimentó la impresión de que su héroe debía de sentirse avergonzado y que ella participaba de su vergüenza. Pero ¿por qué?

«¿De qué tengo que avergonzarme?», se preguntó con indignación y sorpresa. Y, dejando la lectura, se reclinó en su butaca, oprimiendo la plegadera entre sus manos nerviosas.

¿Qué había hecho? Recordó lo sucedido en Moscú, donde todo había sido magnífico. Se acordó del baile, de Vronsky y de su rostro de enamorado enloquecido, de su conducta con respecto a él… Nada había que la pudiese avergonzar. Y, no obstante, al llegar a este punto de sus recuerdos, volvía a renacer en ella el sentimiento de vergüenza. Parecía como si en el hecho de recordarle, una voz interior le murmurase, a propósito de él: «Tú ardes, tú ardes. Esto es un fuego, es un fuego». Bueno, ¿y qué?

«¿Qué significa todo eso?», se preguntó, moviéndose con inquietud en su butaca. «¿Temo mirar ese recuerdo cara a cara? ¿Por ventura, entre ese joven oficial y yo existen otras relaciones que las que puede haber entre dos personas cualesquiera?»

Sonrió con desdén y volvió a tomar el libro; pero ya no le fue posible comprender nada de su lectura.

Pasó la plegadera por el cristal cubierto de escarcha, luego aplicó a su mejilla la superficie lisa y fría de la hoja y poco faltó para que estallara a reír de la alegría que súbitamente se había apoderado de ella.

Notaba sus nervios cada vez más tensos, sus ojos cada vez más abiertos, sus manos y pies cada vez más crispados. Padecía una especie de sofocación y le parecía que, en aquella penumbra, las imágenes y los sonidos la impresionaban con un extraordinario vigor. Se preguntaba sin cesar si el tren avanzaba, retrocedía o permanecía inmóvil. ¿Era Anuchka, su doncella, la que estaba a su lado o una extraña?

«¿Qué es lo que cuelga del asiento: una piel o un animal? ¿Soy yo u otra mujer la que va sentada aquí?»

Abandonarse a aquel estado de inconsciencia le causaba terror. Sentía, sin embargo, que aún podía oponer resistencia con la fuerza de su voluntad. Haciendo, pues, un esfuerzo para recobrarse se incorporó, dejó su manta de viaje y su capa y se sintió mejor durante un instante.

Entró un hombre delgado, con un largo abrigo al que le faltaba un botón. Anna comprendió que era el encargado de la calefacción. Le vio consultar el termómetro y observó que el viento y la nieve entraban en el vagón tras él. Luego, todo se volvía confuso de nuevo. El hombre alto garabateaba algo apoyándose en el tabique, la señora anciana estiró las piernas y el camarote pareció envuelto en una nube negra. Anna escuchó un terrible ruido, como si algo se rasgase en la oscuridad. Se diría que estaban torturando a alguien. Un rojo resplandor la hizo cerrar los ojos; luego todo quedó envuelto en tinieblas y Anna sintió la impresión de que se hundía en un precipicio. Aquellas sensaciones eran, no obstante, más divertidas que desagradables.

Un hombre enfundado en un abrigo cubierto de nieve le gritó algunas palabras al oído.

Anna se recobró. Comprendió que llegaban a una estación y que aquel hombre era el revisor.

Pidió a su doncella que le diese el chal y la pelerina y, poniéndoselos, se acercó a la portezuela.

–¿Desea salir, señora? –preguntó Anuchka.

–Sí: necesito moverme un poco. Aquí dentro me ahogo.

Quiso abrir la portezuela, pero el viento y la lluvia se lanzaron contra ella, como si quisieran impedirle abrir, y también esto le pareció divertido. Consiguió al fin abrir la puerta. Parecía como si el viento la hubiese estado esperando afuera para llevársela entre alaridos de alegría. Se asió con fuerza, con una mano, en la barandilla del estribo y, sosteniéndose el vestido con la otra, Anna descendió al andén. El viento soplaba con fuerza pero en el andén, al abrigo de los vagones, había más calma. Anna respiró profundamente y con agrado el aire frío de aquella noche tempestuosa y contempló el andén y la estación iluminada por las luces.

PRIMERA PARTE – Capítulo 30

Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente entre las ruedas del tren y lo anegó todo, personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se abría y cerraba de vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo pavimento de madera crujía bajo sus pies.

La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sierra a los pies de Anna. Se oyó el golpe de un martillo contra el hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas.

–Envíen un telegrama –decía la voz.

Otras voces replicaron, como un eco:

–Haga el favor, por aquí. En el número veintiocho –y los empleados pasaron corriendo como llevados por la nieve. Dos señores, con sus cigarrillos encendidos, pasaron ante Anna fumando tranquilamente.

Respiró otra vez a pleno pulmón el aire frío de la noche, puso la mano en la barandilla del estribo para subir al vagón, cuando en aquel momento, la figura de un hombre vestido con capote militar, que estaba muy cerca de ella, le ocultó la vacilante luz del farol. Anna se volvió para mirarle y le reconoció. Era Vronsky. Él se llevó la mano a la visera de la gorra y le preguntó respetuosamente si podía servirla en algo.

Anna le contempló en silencio durante unos instantes. Aunque Vronsky estaba de espaldas a la luz, la Karenina creyó apreciar en su rostro y en sus ojos la misma expresión de entusiasmo respetuoso que tanto la conmoviera en el baile. Hasta entonces, Anna se había repetido que Vronsky era uno de los muchos jóvenes, eternamente iguales, que se encuentran en todas partes, y se había prometido no pensar en él. Y he aquí que ahora se sentía poseída por un alegre sentimiento de orgullo. No hacía falta preguntar por qué Vronsky estaba allí. Era para hallarse más cerca de ella. Lo sabía con tanta certeza como si el propio Vronsky se lo hubiera dicho.

–Ignoraba que usted pensase ir a San Petersburgo. ¿Tiene algún asunto en la capital? –preguntó Anna, separando la mano de la barandilla. Y su semblante resplandecía.

–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los ojos de Anna Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para estar a su lado. No puedo hacer otra cosa.

En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del techo y agitó triunfalmente una plancha que había logrado arrancar.

Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido.

La trágica belleza de la tempestad ahora le parecía a Anna más llena de magnificencia. Acababa de oír las palabras que temía su razón pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenía en su interior.

–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humildemente. Hablaba con respeto pero en un tono tan resuelto y decidido que Anna, en el primer momento, no supo qué contestar –Lo que usted dice no está bien –murmuró Anna, al fin– y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.

–No lo olvidaré ni podré olvidar nunca ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras.

–¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútilmente de dar a su rostro una expresión severa.

Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche.

Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba y la hacía feliz a la vez.

Tras breves instantes, Anna entró en el camarote y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban a estallar.

No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exaltación, en los sueños que llenaban su mente, no había nada doloroso; al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente.

Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo.

Pensó en su hijo, en su marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pensamientos la dominaron por completo.

La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido.

«¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días, Dios mío?», pensó al ver aquella figura arrogante pero fría, con su sombrero redondo que parecía sostenerse en los salientes cartílagos de sus orejas.

Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los labios y, esta vez, la mirada inquisitiva de Alexis Alexandrovich la hizo estremecer.

¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la hipocresía, toda la falta de naturalidad que había en sus relaciones conyugales? Aquella impresión dormía hacía largo tiempo en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecía en toda su dolorosa claridad.

–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer día, anhelaba verte de nuevo –dijo Karenin con su voz lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridiculizar aquel modo de expresarse.

–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella.

–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien…

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 26 Y 27

domingo, mayo 5th, 2013

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PRIMERA PARTE – Capítulo 26

Constantino Levin salió de Moscú por la mañana y llegó a su casa por la tarde. En el vagón, trabó conversación con sus compañeros de viaje y se habló de política, de los nuevos ferrocarriles y de cómo, en Moscú, le desanimaba la confusión de sus ideas, se sentía descontento de sí mismo y avergonzado no sabía de qué. Pero cuando se apeó en la estación y reconoció a Ignacio, su cochero tuerto, con el cuello del caftán levantado, cuando a la débil luz que salía de las ventanas de la estación vio el trineo cubierto de pieles y los caballos con las colas atadas, cuando Ignacio le contó las novedades del pueblo, la llegada de un comprador y que la vaca «Pava» tenía cría, le parecía a Levin que salía del caos de sus ideas y que poco a poco desaparecían de él su vergüenza y su descontento.

La sola vista de Ignacio y de sus caballos le había supuesto ya un alivio, y, cuando se puso el tulup (1) que le trajeron, cuando se vio acomodado en el trineo y los caballos comenzaron a trotar, pensó en las órdenes que debía dar a su llegada, examinó a uno de los corceles, muy veloz, pero que comenzaba ya a perder fuerzas y que había sido en otro tiempo caballo de carreras en el Don y las cosas comenzaron a manifestarse a sus ojos bajo una nueva luz.

Cesó entonces de desear ser otro. Y, satisfecho de sí mismo, sólo deseó ser mejor, decidió no pensar en la felicidad inasequible que le ofrecía su imposible matrimonio y contentarse con la que le deparaba la realidad presente; resistiría a las malas pasiones, como aquella que se apoderó de él el día en que se decidió a pedir la mano de Kitty.

Se acordó, después, de Nicolás, y resolvió velar por él y estar pronto a ayudarlo cuando lo necesitara, cosa que presentía para muy pronto.

La conversación sobre el comunismo, sostenida con su hermano, al que Constantino había tratado muy ligeramente, ahora lo hacía reflexionar. El cambio de las condiciones económicas presentes le parecía absurdo, pero comparando la pobreza del pueblo con su abundancia personal, resolvió trabajar más para sentirse más justo y permitirse todavía menos gustos superfluos, aunque ya antes trabajaba bastante y vivía con gran sencillez.

Y todo ello se le figuraba ahora tan fácil de hacer, que todo el camino se lo pasó sumido en las más gratas meditaciones. Eran las nueve de la noche cuando llegó a su casa y se sentía animado por un sentimiento nuevo: la esperanza de una vida mejor.

Una débil claridad salía de las ventanas de la habitación de Agafia Mijailovna -la vieja aya que desempeñaba ahora el cargo de ama de llaves- y caía sobre la nieve de la explanada que se abría frente a la casa. Agafia, que no dormía aún, despertó a Kusmá y éste, medio dormido y descalzo, corrió a la puerta. «Laska», la perra, salió también, derribando casi a Kusmá y se precipitó hacia Levin, frotándose contra sus piernas y con deseos de poner la patas sobre su pecho sin atreverse a hacerlo.

–¡Qué pronto ha vuelto, padrecito! –dijo Agafia Mijailovna.

–Me aburría, Agafia Mijailovna. Se está bien en casa ajena, pero mejor en la propia –contestó Levin, pasando a su despacho.

En el cuarto y a la débil luz de una bujía traída por la servidumbre, fueron surgiendo los detalles familiares: las astas de ciervo, las estanterías llenas de libros, el espejo, la estufa con el ventilador hacía tiempo necesitado de arreglo, el diván del padre de Levin, la inmensa mesa y sobre ella un libro abierto, el cenicero roto, un cuaderno escrito con notas de su mano.

Al ver lo que le era tan conocido, Levin dudó un momento de poder organizar su nueva vida como deseara mientras iba por el camino. Todo aquello parecía rodearle y decirle:

«No te alejarás de nosotros, seguirás siendo lo que eres, con tus dudas, con tu eterno descontento de ti mismo, con tus inútiles intentos de modificarte y tus caídas, con tu constante deseo de una imposible felicidad…».

Pero, si así le hablaban aquellos objetos, en su alma otra voz le decía que no hay por qué encadenarse al pasado y que le era imposible cambiar. Obedeciendo a esta voz Levin se acercó a un rincón donde tenía dos pesas de un pud cada una y comenzó a levantarlas, tratando de animarse con aquel ejercicio gimnástico. Tras la puerta sonaron pasos y Levin dejó las pesas en el suelo precipitadamente.

Entró el encargado y le dijo que, gracias a Dios, todo marchaba bien; pero que el trigo sarraceno se había quemado algo en la secadora nueva. La noticia le llenó de enojo. La nueva secadora había sido construida por él mismo. El encargado era enemigo de aquella innovación y ahora anunciaba con cierto aire de triunfo que el alforfón se había quemado. Mas Levin estaba seguro de que el quemarse se debía a no haber tomado las precauciones que cien veces recomendara. Molesto, pues, reprendió con severidad al encargado.

En cambio, había una buena noticia: la de la cría de la «Pava», la magnífica vaca comprada en la feria.

–Dame el tulup, Kusmá –pidió Levin y dijo al encargado–: traiga una linterna; quiero ver la cría.

El establo de las vacas de selección estaba detrás de la casa. Levin se dirigió a través del patio por delante de un montón de nieve que se levantaba junto a unas lilas. Al abrir la puerta se sintió el caliente vaho del estiércol y las vacas, sorprendidas por la luz de la linterna, se agitaron sobre la paja fresca. Destacó en seguida el lomo liso y ancho, negro con manchas blancas, de la vaca holandesa. «Berkut», el semental, con el anillo en el belfo, estaba tumbado y pareció ir a incorporarse pero cambió de opinión y se limitó a mugir profundamente dos veces cuando pasaron junto a él. La magnífica «Pava», grande como un hipopótamo, estaba vuelta de ancas, impidiendo ver la becerra, a la que olfateaba.

Levin examinó a la «Pava» y enderezó a la ternera que tenía la piel con manchas blancas, sobre sus débiles patas. La vaca, inquieta, mugió, pero, calmándose cuando Levin le acercó la cría, comenzó a lamerla con su áspera lengua. La becerra metía la cabeza bajo las ingles de la vaca, agitando la minúscula cola.

–Alumbra, Fedor, acerca la linterna –decía Levin contemplando a la ternera–. Es parecida a su madre, aunque con los colores del padre. ¡Es hermosa! Es grande y ancha de ancas. ¿Verdad que es muy hermosa, Basilio Fedorich? –dijo Levin al encargado, olvidándose, con la alegría que le causaba el buen aspecto de la ternera, del asunto del alforfón.

–¿Cómo podía ser de otro modo? –repuso el hombre–. ¡Oh!, he de decirle también que Semen, el mercader, vino al día siguiente de marchar usted. Tendré que discutir mucho con él, Constantino Dmitrievich. Le decía el otro día, a propósito de la máquina…

Aquella alusión introdujo a Levin en los pormenores de su economía, que era vasta y complicada. Pasó con el encargado al despacho y, tras discutir con él y con Semen, se fue al salón.

(1) Tulup: abrigo de piel tradicional ruso, de cintura ancha, sin cinturón que, por lo general, consiste en una piel de oveja o de astracán “invertida”, es decir, con la piel para adentro y el cuero en el exterior de la prenda. El cuello, grande, también protege la cabeza, tanto de frente como el lateral. Conveniente para los inviernos fríos de Rusia, fue utilizado en el pasado por los centinelas, que lo llevaban por encima de la capa.

PRIMERA PARTE – Capítulo 27

La casa era grande y antigua y aunque Levin vivía solo, la hacía calentar y la ocupaba toda. Era una casa absurda y errónea que estaba en pugna con sus nuevos planes de vida, bien lo veía; pero en aquella casa se encerraba para él todo un mundo: el mundo donde vivieron y murieron sus padres. Ellos habían llevado una existencia que a Levin le parecía la ideal y que él anhelaba renovar con su mujer y su familia.

Apenas recordaba a su madre. La evocaba como algo sagrado y, en sus sueños, su esposa había de ser la continuación de aquel ideal de santa mujer que fuera su madre.

No sólo le era imposible concebir el amor sin el matrimonio, sino que incluso en sus pensamientos imaginaba primero la familia y luego la mujer que le permitiera crear aquella familia. De aquí que sus opiniones sobre el matrimonio fueran tan diferentes de las de sus conocidos, para quienes el casarse no es sino uno de los asuntos corrientes de la vida. Para Levin, al contrario, era el asunto principal y del que dependía toda su dicha. ¡Y ahora debía renunciar a ello!

Se sentó en el saloncito donde tomaba el té. Cuando se acomodó en su butaca con un libro en la mano y Agafia Mijailovna le dijo, como siempre: «Voy a sentarme un rato, padrecito» y se instaló en la silla próxima a la ventana, Levin sintió que, por extraño que pareciera, no podía desprenderse de sus ilusiones ni vivir sin ellas. Ya que no con Kitty, había de casarse con otra mujer. Leía, pensaba en lo que leía, escuchaba la voz del ama de llaves charlando sin parar y en el fondo de todo esto, los cuadros de su vida familiar futura desfilaban por su pensamiento, sin conexión. Comprendía que en lo más profundo de su espíritu se condensaba, se posaba y se formaba algo.

Oía decir a Agafia Mijailovna que Prójor, con el dinero que le regalara Levin para comprar un caballo, se dedicaba a beber y que había pegado a su mujer casi hasta matarla. Levin escuchaba y leía y la lectura reavivaba todos sus pensamientos. Era una obra de Tindall sobre el calor. Se acordaba de haber censurado a Tindall por la satisfacción con que hablaba del éxito de sus experimentos y por su falta de profundidad filosófica.

Y de repente le acudió al pensamiento una idea agradable:

«Dentro de dos años tendré ya dos vacas holandesas. La misma «Pava» vivirá acaso todavía; y si a las doce crías de «Berkut» se añaden estas tres, ¡será magnífico!».

Volvió a coger el libro.

«Aceptemos que la electricidad y el calor sean lo mismo; pero ¿es posible que baste una ecuación para resolver el problema de sustituir un elemento por otro? No. ¿Entonces? La unidad de origen de todas las fuerzas de la naturaleza se siente siempre por instinto… Será muy agradable ver la cría de «Pava» convertida en una vaca pinta. Luego, cuando se les añadan esas tres, formarán una hermosa vacada. Entonces saldremos mi mujer y yo con los convidados para verlas entrar. Mi mujer dirá: «Kostia y yo hemos cuidado a esa ternera como a una niña». «¿Es posible que le interesen estos asuntos?», preguntará el visitante. «Sí; me interesa todo lo que le interesa a Constantino…» Pero, ¿quién será esa mujer?»

Y Levin recordó lo ocurrido en Moscú.

«¿Qué hacer? Yo no tengo la culpa. De aquí en adelante las cosas irán de otro modo. Es una estupidez dejarse dominar por el pasado; es preciso luchar para vivir mejor, mucho mejor…»

Levantó la cabeza, pensativo. La vieja «Laska», aún emocionada por el regreso de su dueño, tras recorrer el patio ladrando, volvió, meneando la cola, introdujo la cabeza bajo la mano de Levin y, aullando lastimeramente, insistió en que la acariciase.

–No le falta más que hablar –dijo Agafia Mijailovna–. Es sólo una perra y, sin embargo, comprende que el dueño ha vuelto y que está triste.

–¿Triste?

–¿Piensa que no lo veo, padrecito? He tenido tiempo de aprender a conocer a los señores. ¿No me he criado acaso entre ellos? Pero ya pasará, padrecito. Con tal que haya salud y la conciencia esté sin mancha, todo lo demás nada importa.

Levin la miraba con fjeza, asombrado de que pudiera adivinar de aquel modo sus pensamientos.

–¿Traigo otra taza de té? –dijo la mujer.

Cogió el cacharro vacío y salió.

Levin acarició a «Laska», que persistía en querer colocar la cabeza bajo su mano. El animal se enroscó a sus pies, con el hocico apoyado en la pata delantera. Y, como en señal de que ahora todo iba bien, abrió la boca ligeramente, movió las fauces y, poniendo sus viejos dientes y sus húmedos labios lo más cómodamente posible, se adormeció en un beatífico reposo. Levin había seguido con interés sus últimos movimientos.

–Debo imitarla –murmuró–. Haré lo mismo. Todo esto no es nada… Las cosas marchan como deben…

EN SÁBADO

sábado, mayo 4th, 2013

Yuri Kugach - On Saturday
¡¡¡Qué suerte que es sábado y salió el sol!!! ¿Nos preparamos para un día hermoso? ¡Samovares a la obra, entonces!
La imagen que hoy les muestro, «En sábado», es de Yuri Kugach, gran pintor ruso contemporáneo, y me da lugar para contarles acerca de su obra y de otra pareja hermosa del mundo de las artes.

Yuri Petrovich Kugach nació el 21 de marzo 1917, en la antigua ciudad rusa de Suzdal. En 1931 comenzó sus estudios de arte en la Escuela de Arte «1905» de Moscú, en donde estudió con el gran maestro Nikolai Petrovich Krymov. En 1936 Yuri pasó a estudiar en el Instituto de Arte de Moscú (conocido hoy como el Surikov); allí se enamoró de una de sus compañeras de clase, Olga Grigórievna Svetlichnaya. Se casaron dos artistas exquisitos.

Después de la guerra, Yuri fue honrado con un puesto de enseñanza y tutoría en la Academicheskaya Dacha (Casa de Artistas de Rusia). A partir de 1950, Yuri y Olga se trasladaron a la zona rural de la región de Tver -un paisaje maravilloso que fue elegido por muchos artistas famosos, como Repin y Levitan, para mostrar la vida campestre-. La pareja vivía en las proximidades de la academia y las escenas del pueblo y la vida familiar se convirtieron en el tema predominante tanto de la obra de Yuri como de la de Olga. Ellos se regían por el principio de que «el arte sólo es fuerte cuando es nacional» y una nación se compone de su gente. ¿Qué mejor manera de crear obras de eminencia nacional que pintar al pueblo?
Yuri amaba a su esposa y valoraba a su pintura tanto, si no más, que a la suya propia. Una de las razones por las que tomó la decisión de mudarse al campo fue que ella pudiera recrear hermosas escenas, independientemente de las restricciones del mercado. Decía que iba a ejercer su propia carrera ajustándose a los juegos políticos: él se haría famoso y ganaría los ingresos familiares para que su esposa pudiera pasar la vida pintando grandes cuadros.

El arte de Kugach está profundamente arraigado en las tradiciones de la pintura realista rusa. De temática simple, las pinturas están llenas de sentido. El pintor ha podido discernir en la vida pueblerina la fusión integral del modo de vida tradicional ruso con el de nuestro tiempo, impartiendo significado social a cada episodio de la existencia privada. Frecuentemente pintaba a los ancianos, a los que veía como portadores de la sabiduría o a mujeres, familias y niños, el origen y las raíces de la vida humana, poniendo gran énfasis en capturar la atmósfera, así como en la representación exacta del espacio.

Uno de los mensajes principales, que les dejó grabado a fuego a sus estudiantes, fue «no repetir nuestros errores».

Yuri Kugach es reconocido en Rusia como uno de los 50 más grandes artistas del siglo 20.
Fue ganador del Premio Artista del Pueblo de la URSS, el Premio Estatal y el Premio Repin y fue miembro de la Academia Rusa de las Artes.

Sus obras se pueden encontrar en la Galería Tretiakov, el Museo Estatal de Arte de Uzbekistán, los museos de arte en Gorky, Sumy, Rostov, Irkutsk, Kharkov y Lvov. También se encuentran en el Museo de Arte de Turkmenistán, el Kazakh, la Galería de la región de Tyumen y las de Astracán y Odessa, el Museo de Arte Ruso de Kiev y el Museo de Altai de tradición local.

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULOS 24 Y 25

viernes, mayo 3rd, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
PRIMERA PARTE – Capítulo 24

«Sin duda, hay en mí algo repugnante, algo que repele a la gente», pensaba Levin al salir de casa de los Scherbazky y dirigirse a la de su hermano. «No sirvo para convivir en sociedad. Dicen que esto es orgullo, pero no soy orgulloso. Si lo fuera, no me habría puesto en la situación que me he puesto.»

Imaginó a Vronsky dichoso, inteligente, benévolo y, con toda seguridad, sin haberse encontrado jamás en una situación como la suya de esta noche.

«Forzoso es que Kitty haya de preferirle. Es natural; no tengo que quejarme de nadie ni de nada. Yo solo tengo la culpa. ¿Con qué derecho imaginé que ella había de querer unir su vida a la mía? ¿Quién soy yo? Un hombre inútil para sí y para los otros.»

Recordó a su hermano Nicolás y se detuvo con satisfacción en su recuerdo. «¿No tendrá razón cuando dice que todo en el mundo es malo y repugnante? Acaso no hayamos juzgado bien a Nicolás. Desde el punto de vista del criado Prokofy, que le vio borracho y con el abrigo roto, es un hombre despreciable; pero yo lo conozco de otro modo, conozco su alma y sé que nos parecemos. Y yo, en vez de buscarlo, he ido a comer primero y después al baile en esa casa.»

Levin se acercó a un farol, leyó la dirección de su hermano, que guardaba en la cartera y llamó a un coche de punto. Durante el largo camino hacia el domicilio de su hermano, Levin iba evocando lo que conocía de su vida.

Recordaba que, durante los cursos universitarios y hasta un año después de salir de la universidad, su hermano, a pesar de las burlas de sus compañeros, había hecho vida de fraile, cumpliendo rigurosamente los preceptos religiosos, asistiendo a la iglesia, observando los ayunos y huyendo de los placeres y de la mujer sobre todo. Recordó después cómo, de pronto y sin ningún motivo aparente, empezó a tratar a las peores gentes y se lanzó a la vida más desenfrenada. Recordó también que, en cierto caso, su hermano había tomado a su servicio un mozo del pueblo y en un momento de ira le había golpeado tan brutalmente que había sido llevado a los Tribunales; se acordó aún de cuando su hermano, perdiendo dinero con un fullero, le había aceptado una letra, denunciándole después por engaño (a aquella letra se refería Sergio Ivanovich).

Otra vez, Nicolás había pasado una noche en la prevención por alboroto. Y, en fin, había llegado al extremo de pleitear contra su hermano Sergio, acusándole de no abonarle la parte que en derecho le correspondía de la herencia materna.

Su última hazaña la realizó en el oeste de Rusia, adonde había ido a trabajar y consistió en maltratar a un alcalde, por lo que fue procesado. Y si bien todo esto era desagradable, a Levin no se lo pareció tanto como a los que desconocían el corazón de Nicolás y su verdadera historia. Levin se acordaba de que en aquel período de devoción, ayunos y austeridad, cuando Nicolás buscaba en la religión un freno para sus pasiones, nadie le aprobaba y todos se burlaban de él, incluso el propio Levin. Le apodaban Noé, fraile, etcétera y, luego, cuando se entregó libremente a sus pasiones, todos le volvieron la espalda, espantados y con repugnancia.

Levin comprendía que, en rigor, Nicolás, a pesar de su vida, no debía encontrarse más culpable que aquellos que le despreciaban. Él no tenía ninguna culpa de haber nacido con su carácter indomable y con su limitada inteligencia. Por otra parte, su hermano siempre había querido ser bueno.

«Le hablaré con el corazón en la mano, le demostraré que lo quiero y lo comprendo y le obligaré a descubrirme su alma», decidió Levin cuando, ya cerca de las once, llegaba a la fonda que le indicaran.

–Arriba. Los números 12 y 13 –dijo el conserje, contestando a la pregunta de Levin.

–¿Está?

–Creo que sí.

La puerta de la habitación número 12 se hallaba entornada y por ella salía un rayo de luz y un espeso humo de tabaco malo. Sonaba una voz desconocida para Levin y, al lado de ella, reconoció la tosecilla peculiar de su hermano.

Al entrar Levin, el desconocido decía:

–Todo depende de la inteligencia y prudencia con que se lleve el asunto.

Constantino Levin, desde la puerta, divisó a un joven con el cabello espeso y enmarañado, vestido con una poddiovka (1). Una muchacha pecosa, con un vestido de lana, sin cuello ni puños, estaba sentada en el diván. No se veía a Nicolás y Levin sintió el corazón oprimido al pensar entre qué clase de gente vivía su hermano.

Mientras se quitaba los chanclos, Levin, cuya llegada no había notado nadie, oyó al individuo de la poddiovka hablando de una empresa a realizar.

–¡Que el diablo se lleve a las clases privilegiadas! –dijo la voz de Nicolás tras un carraspeo–Masha, pide algo de cenar y danos vino si queda. Si no, envía a buscarlo.

La mujer se levantó, salió del otro lado del tabique y vio a Levin.

–Nicolás Dmitrievich: aquí hay un señor –dijo.

–¿Por quién pregunta? –exclamó la voz irritada de Nicolás.

–Soy yo –repuso Constantino Levin, presentándose.

–¿Quién es «yo»? –repitió la voz de Nicolás, con más irritación aún.

Se le oyó levantarse precipitadamente y tropezar y Levin vio, ante sí, en la puerta, la figura que le era tan conocida, la figura delgada y encorvada de su hermano, pero su aspecto salvaje, sucio y enfermizo, la expresión de sus grandes ojos asustados, lo aterró.

Nicolás estaba aún más delgado que cuando Levin lo viera la última vez, tres años antes. Llevaba una levita que le quedaba corta, con lo que sus brazos y muñecas parecían más largos aún. La cabellera se le había aclarado, sus labios estaban cubiertos por el mismo bigote recto, y la misma mirada extrañada de siempre se posaba en el que había entrado.

–¡Ah, eres tú, Kostia! –dijo, al reconocer a su hermano.

Sus ojos brillaron de alegría. Pero a la vez miró al joven de la poddiovka e hizo un movimiento convulsivo con el cuello y cabeza –como si le apretase la corbata–, que Constantino conocía bien y una expresión salvaje, dolorida, feroz, se pintó de repente en su rostro.

–Ya he escrito a Sergio diciéndole que no quiero nada con ustedes. ¿Qué deseas… qué desea usted?

Se presentaba bien distinto a como Levin lo imaginara. Constantino olvidaba siempre la parte áspera y difícil de su carácter, la que hacía tan ingrato el tratarle. Sólo ahora, al ver su rostro, al distinguir el movimiento convulsivo de su cabeza, lo recordó.

–No deseaba nada concreto, sino verte –––dijo con timidez.

Nicolás, algo suavizado, al parecer, por la timidez de su hermano, movió los labios.

–¿Así que vienes por venir? Pues entra y siéntate. ¿Quieres cenar? Trae tres raciones, Masha. ¡Ah, espera! ¿Sabes quién es este señor? –dijo, indicando al joven de la poddiovka– Se trata de un hombre muy notable: el señor Krizky, amigo mío, de Kiev, a quien persigue la policía porque no es un canalla.

Y, según su costumbre, miró a todos los que estaban en la habitación. Al ver a la mujer, de pie en la puerta y disponiéndose a salir, le gritó: «¡Te he dicho que esperes!». Y con la indecisión y la falta de elocuencia que Constantino conocía de siempre, comenzó, mirando a todos, a contar la historia de Krizky, su expulsión de la universidad por formar una sociedad de ayuda a los estudiantes pobres y a las escuelas dominicales, su ingreso como maestro en un colegio popular y cómo después se le procesó sin saber por qué.

–¿,Conque ha estudiado usted en la universidad de Kiev? –dijo Constantino Levin, para romper el embarazoso silencio que siguió a las palabras de su hermano.

–Sí, en Kiev –murmuró Krizky, frunciendo el entrecejo.

–Esta mujer, María Nicolaevna, es mi compañera –interrumpió Nicolás–. La he sacado de una casa de… –movió convulsivamente el cuello y agregó, alzando la voz y arrugando el entrecejo–: Pero la quiero y la respeto y exijo que la respeten cuantos me tratan. Es como si fuera mi mujer, lo mismo. Ahora ya sabes con quiénes te encuentras. Si te sientes rebajado, «por la puerta se va uno con Dios».

Y volvió a mirar interrogativamente a todos.

–No veo por qué he de sentirme rebajado.

–En ese caso… ¡Masha: encarga tres raciones, vodka y vino! Espera… No, nada, nada, ve…

(1) Poddiovka: sobretodo entallado.

PRIMERA PARTE – Capítulo 25

–Sí, ya ves… –murmuró Nicolás con esfuerzo, arrugando la frente y con movimientos convulsivos.

Se notaba que no sabía qué hacer ni qué decir.

–¿Ves? –siguió, señalando unas vigas de hierro atadas con cordeles que había en un rincón–. Éste es el principio de una nueva empresa que vamos a realizar, una cooperativa obrera de producción…

Constantino, contemplando el rostro tuberculoso de Nicolás, no conseguía prestar atención a sus palabras. Comprendía que su hermano buscaba en aquella empresa un áncora de salvación contra el desprecio que sentía hacia sí mismo.

Nicolás Levin continuaba hablando:

–Ya sabes que el capital oprime al trabajador. Los obreros y campesinos llevan todo el peso del trabajo y no logran salir, por mucho que se esfuercen, de su situación de bestias de carga. Todas las ganancias, todo aquello con que pudieran mejorar su estado, descansar e instruirse, lo devoran los dividendos de los capitalistas. La sociedad está organizada de tal modo que, cuanto más trabaja el obrero, más ganan los comerciantes y los propietarios y el proletario sigue siendo siempre una bestia de carga. Es preciso cambiar este orden de cosas –terminó, mirando inquisitivamente a su hermano.

–Claro, claro –dijo Constantino, contemplando con atención las hundidas mejillas de Nicolás.

–Así vamos a formar una cooperativa de cerrajeros en la que la producción y las ganancias y, sobre todo, las herramientas, que es lo esencial, sean comunes.

–¿Dónde la instalaréis?

–En Vosdrema, provincia de Kazán.

–¿Por qué en un pueblo? No parece que el trabajo falte en los pueblos. No sé para qué puede necesitar un pueblo una cooperativa de cerrajeros.

–Es preciso hacerlo porque los aldeanos son ahora tan esclavos como antes y lo que os desagrada a ti y a Sergio es que quiera sacárseles de esa esclavitud –gruñó Nicolás, irritado por la réplica.

Constantino Levin suspiró mientras miraba la sucia y destartalada habitación. Aquel suspiro irritó más aún a Nicolás.

–Conozco las ideas aristocráticas de usted y de Sergio. Sé que él emplea toda la capacidad de su cerebro en justificar la organización existente.

–No es cierto… ¿Por qué me hablas de Sergio? –preguntó, sonriendo, Levin.

–¿Por qué? Ahora lo verás –exclamó Nicolás al oír el nombre de su hermano–. Pero ¿para qué perder tiempo? Dime: ¿a qué has venido? Tú desprecias todo esto. Pues bien: ¡vete con Dios! ¡Vete, vete! –gritó, levantándose de la silla.

–No lo desprecio en lo más mínimo ––dijo Constantino tímidamente–. Preferiría no tratar de esas cosas.

María Nicolaevna entró en aquel momento. Nicolás la miró con irritación. Ella se le acercó y le dijo unas palabras.

–Me encuentro mal y me he vuelto muy excitable –pronunció Nicolás, calmándose y respirando con dificultad–. ¡Y vienes hablándome de Sergio y de sus artículos! Todo en ellos son falsedades, deseos de engañarse a sí mismo. ¿Qué puede decir de la justicia un hombre que no la conoce? ¿Ha leído usted su último artículo? –preguntó a Krizky, sentándose otra vez a la mesa y separando los cigarrillos esparcidos sobre ella para dejar un espacio libre.

–No lo he leído –repuso sombríamente Krizky, que, al parecer, no deseaba intervenir en la conversación.

–¿Por qué? –preguntó Nicolás, irritado ahora contra Krizky.

–Porque me parece perder el tiempo.

–Perdón, ¿por qué cree usted que es perder el tiempo?

–Para mucha gente ese artículo está por encima de su comprensión.

–Pero yo no estoy en ese caso. Yo sé leer entre líneas y descubrir sus puntos flacos.

Todos callaron. Krizky se levantó lentamente y cogió la gorra.

–¿No quiere cenar? Bien. Venga mañana con el cerrajero.- Cuando Krizky hubo salido, Nicolás sonrió, guiñando el ojo–Tampoco él es muy fuerte; lo veo bien.

En aquel momento, Krizky le llamó desde la puerta.

–¿Qué quiere? –dijo Nicolás saliendo al corredor. Constantino, al quedarse solo con María Nicolaevna, le preguntó:

–¿Hace mucho que está con mi hermano?

–Más de un año. El señor está muy mal de salud: bebe mucho –––contestó ella.

–¿Qué bebe?

–Mucho vodka. Y le sienta muy mal.

–¿Bebe con exceso?

–Sí –repuso ella, mirando atemorizada hacia la puerta por la que ya entraba Nicolás.

–¿De qué hablabais? –preguntó éste con severidad y pasando su mirada asustada de uno a otro- Decídmelo.

–De nada –repuso turbado Constantino.

–Si no lo queréis decir, no lo digáis. Pero no tienes por qué hablar con ella de nada. Es una ramera y tú un señor. –exclamó haciendo un movimiento convulsivo con el cuello– Ya veo que te haces cargo de mi situación y comprendes mis extravíos y me los perdonas. Te lo agradezco –añadió levantando la voz.

–¡Nicolás Dmitrievich, Nicolás Dmitrievich! –murmuró María Nicolaevna, acercándose a él.

–¡Está bien, está bien!… ¿Y la cena? ¡Ah, ahí viene! –exclamó, viendo subir al camarero con la bandeja, ¡Póngala aquí! –añadió con irritación. Y llenándose un vaso de vodka, lo vació de un trago.

–¿Quieres beber? –preguntó a su hermano, animándose al punto–. Bueno, dejémosle correr a Sergio Ivanovich; sea como sea, estoy contento de verte. Quieras o no, somos de la misma sangre –prosiguió, mascando con avidez una corteza de pan y bebiendo otra copa–. ¿Qué es de tu vida? Vamos, bebe. Y dime lo que haces.

–Vivo solo en el pueblo, como antes, y me ocupo de las tierras –repuso Constantino, mirando disimuladamente, con horror, la avidez con que comía y bebía su hermano.

–¿Por qué no te casas?

–No se ha presentado aún la ocasión –respondió Constantino poniéndose rojo.

–¿Por qué no? Tú no eres como yo, que estoy acabado y con la vida perdida. He dicho y diré siempre que si se me hubiese dado mi parte de la herencia cuando la necesitaba, mi existencia habría sido diferente.

Constantino se apresuró a cambiar de tema.

–¿Sabes que a tu Vaniuchka lo tengo en Pokrovskoe, de tenedor de libros?

Nicolás movió el cuello y quedó pensativo.

–¿Sí? Y dime: ¿qué hay de nuevo en Pokrovskoe? ¿Y la casa? ¿Sigue como antes? ¿Y los abedules y el cuarto donde estudiábamos? ¿Es posible que viva aún Felipe, el jardinero? ¡Cómo me acuerdo del pabellón y el diván! Mira: no cambies nada en la casa, cásate y déjalo todo como estaba. Y si tu mujer es buena, iré a verte… Ya habría ido, pero me contuvo siempre el temor de encontrarme con Sergio.

–No le encontrarías. Vivo independiente de él.

–Bien: sea como sea has de escoger entre Sergio y yo –murmuró Nicolás, mirándole tímidamente.

Aquella timidez conmovió a Constantino.

–Si quieres que te sea franco, no deseo intervenir en vuestra querella. Tú tienes la culpa en la forma y él la tiene en el fondo.

–¡Has comprendido! –exclamó jovialmente Nicolás.

–Yo, personalmente, aprecio más tu amistad, porque…

–¿Por qué?

Constantino no osó decirle que era porque le veía desgraciado y necesitaba más su amistad que Sergio. Pero Nicolás comprendió y cogió en silencio la botella de vodka.

–Basta ya, Nicolás Dmitrievich –dijo María Nicolaevna, alargando su redondo brazo desnudo hacia la botella.

–¡Déjame o te pego! –gritó Nicolás.

María Nicolaevna sonrió bondadosamente, de un modo suave, que se contagió a Nicolás, y cogió la botella.

–¿Te figuras que Masha no es inteligente? –dijo Nicolás– Lo comprende todo mejor que nosotros. ¿Verdad que parece buena y simpática?

–¿Nunca había estado usted antes en Moscú? –le preguntó Constantino, por decir algo.

–No la trates de usted. Se asusta. Nadie le ha hablado de usted jamás, excepto el juez que la juzgó cuando la llevaron al Tribunal porque trató de huir de aquella casa… ¡Dios mío! –exclamó Nicolás–. ¡Cuánta falta de sentido hay en el mundo! ¿Para qué sirven tantas nuevas instituciones, tantos jueces de paz, tantos zemstvos! ¡Qué estupideces!

Y comenzó a relatar sus luchas con aquellas nuevas instituciones.

Constantino Levin lo escuchaba y las mismas censuras que había expresado él tantas veces, le desagradaba oírlas ahora de labios de su hermano.

–Todo eso lo veremos claro en el otro mundo –dijo bromeando.

–¿El otro mundo? Ni me interesa ni lo deseo. –dijo Nicolás, posando en el semblante de su hermano sus ojos salvajes y asustados– Parece que habría de ser motivo de alegría salir de toda la vileza y maldad que nos rodea, de la nuestra y de la de los demás; y, sin embargo, tengo miedo de la muerte, un miedo terrible. – y se estremeció– Anda, bebe algo. ¿Quieres champaña? ¿Quieres acaso que salgamos? Podríamos ir a oír a los zíngaros. ¿Sabes? Ahora me gustan mucho los zíngaros y las canciones populares rusas.

La lengua no le obedecía y su conversación saltaba de un tema a otro. Constantino, ayudado por Masha, le convenció de no ir a sitio alguno y entre los dos lo acostaron completamente bebido. Masha prometió escribir a Constantino en caso necesario e intentar convencer a Nicolás de que fuera a vivir con su hermano.

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