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MAYAKOVSKI, EL SOL Y EL TÉ EN UNA DACHA (o de cómo dar siempre lo mejor).

viernes, julio 19th, 2013

Anatoly Belkin. Tea is good. Vladimir Mayakovsky
En el aniversario del nacimiento de Vladimir Mayakovsky, uno de los poetas rusos más relevantes de inicios de S. XX e iniciador del «futurismo ruso», comparto con ustedes esta belleza, cuya traducción, por ser mía, puede mejorarse (cualquier aporte es bienvenido).
La obra que elegí para maridar el poema es de Anatoly Belkin y se llama: El té es bueno. Vladimir Mayakovski.

UNA EXTRAORDINARIA AVENTURA ME OCURRIÓ A MÍ, VLADIMIR MAYAKOVSKI, EN UNA DACHA.
(Pushkino, monte Akul, Rumiantsi, 27 verstas por el ferrocarril Iaroslav)

Ciento cuarenta soles llameaban en un ocaso
y en julio se enrollaba el verano;
estaba tan caluroso,
que el calor nadaba en una nube;
y esto ocurrió en el campo.

En la colonia Pushkino arqueaba
el monte Akul
y al pie del monte,
había una aldea
serpenteando en la costra de los techos.
Y tras la aldea
había un hoyo.
Y en ese hoyo, probablemente,
se hundiera siempre el sol,
lenta y confiadamente.
Y al día siguiente,
para inundar de nuevo
el mundo,
el sol saldría, escarlata.

Día tras día,
este hecho
empezó a generar en mí
un gran enojo.
Y volando en tal rabia, un día
en que todas las cosas palidecieron de miedo,
a quemarropas, le grité al sol:
“¡Baja!
¡Basta de tintinear en ese hueco infernal!”
Al sol le grité:
“¡Tú, bulto perezoso!
¡Tú, acariciado por nubes
mientras aquí –invierno y verano-
debo sentarme y dibujar carteles!”
Le grité, de nuevo, al sol:
“¡Un momento!
Escucha, frente dorada,
en vez de ponerte,
¿por qué no bajas a tomar el té
conmigo?”

¡Qué he hecho!
¡Estoy perdido!
Hacia mí, de buen grado,
por sí mismo,
desparramando sus pasos de rayos,
caminó el sol cruzando el campo.
Traté de ocultar mi miedo
y retrocedí.
Ya estaban en el jardín sus ojos.
Ya cruzaba el jardín.
Su masa solar, presionando
las ventanas,
las puertas,
las rendijas,
rodó hacia adentro.

Recuperando el aliento,
habló con voz de bajo:
“Apago el fuego a la fuerza,
por la primera vez desde la creación.
¿Tú me llamaste?
¡Dame té, poeta,
trae, desparrama la mermelada!”

Las lágrimas llenaron mis ojos,
el calor me enloquecía.
Mas, señalando el samovar,
le dije:
“Bueno, ¡siéntate entonces,
luminaria!”

El Diablo impulsó mi insolencia
para gritarle,
confuso.
Me senté en la orillita de un banco,
temiendo lo peor.

Pero, del sol, una extraña luz
fluía
y, olvidando
toda formalidad,
pronto charlaba
con el sol libremente.

De esto
y de aquello, hablé,
de cómo había sido tragado por Rosta (1),
y el sol me dijo:
“Bien,
no te preocupes,
¡mira las cosas con sencillez!
¿Acaso crees tú
que me resulta fácil
brillar?
¡Inténtalo, si puedes!
¡Anda, atrévete!
¡Anda y alumbra a raudales!”

Así charlamos hasta que oscureció;
o sea, hasta lo que antes era la noche.
Pues, ¿qué oscuridad había aquí?

Nos entibiamos mutuamente
y muy pronto,
mostrando amistad, abiertamente,
le palmeé la espalda.
El sol respondió:
“Tú y yo, mi camarada,
hacemos flor de pareja.
Vamos, mi poeta,
amanezcamos
y cantemos
sobre la gris basura del mundo.
Yo verteré mi sol
y tú el tuyo,
en versos.”

Un muro de sombras,
una cárcel de noches,
cayó bajo los ambiguos soles.
Una conmoción de versos y luz:
¡Brilla todo lo que valgas!

Soñoliento y aburrido,
cansado,
quise estirarme
por esa noche.
De pronto,
brillé con todas mis fuerzas
y llegó la mañana.

Brillar siempre,
brillar por todas partes,
hasta el día del Juicio Final,
brillar
¡y al diablo con todo lo demás!
Esa es mi consigna
¡y la del sol!

(1) Ventanas Rosta o Ventanas satíricas Rosta (en ruso: Окна сатиры Роста, Okna satiry Rosta) eran posters de propaganda en stencils, creados por artistas y poetas con el sistema Rosta, bajo la supervisión del Comité Director de Educación Política en 1919-1921. Habiendo heredado las tradiciones de diseño ruso de lubok y rayok, los temas principales eran los acontecimientos políticos de ese momento. Se pegaban en las ventanas, de ahí el nombre.

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – RESUMEN Y ANÁLISIS

jueves, julio 18th, 2013

anna borrador
SEXTA PARTE
RESUMEN:
Por diversas razones, Levin y Kitty tienen que hacer espacio en su dacha para mucha gente. Dolly y sus hijos están de visita, en gran parte debido a que su propia dacha se encuentra en ruinas. Vareñka, la piadosa amiga de Kitty de la Segunda Parte, cumple su promesa de venir a visitarla cuando esté casada. La (anciana) Princesa Shcherbatskaya está decidida a quedarse con Kitty a lo largo de su primer embarazo. Y Sergei Ivanovich, como siempre, busca alivio anual del estrés de la ciudad. Sergei Ivanovich se siente atraído por Vareñka y esto emociona a toda la casa. Kitty y Dolly elucubran, ansiosamente, sobre la posibilidad de que Sergei Ivanovich le proponga matrimonio, mientras que la princesa se preocupa por Kitty, diciéndole que la excitación es mala para su salud e insiste en todo tipo de precauciones excesivas para el bien del niño por nacer.

Cuando Vareñka y Sergei Ivanovich salen a recoger setas, él decide que ésta es su oportunidad de proponerse. Pero cuando se acerca a Vareñka, su timidez le gana y terminan teniendo una conversación banal sobre las setas. El momento pasa y los dos saben que nunca va a volver a darse una oportunidad como esa.

Oblonsky llega con Vasenka Veselovsky, un apuesto joven playboy. Levin se irrita porque él esperaba al viejo príncipe Shcherbatsky y porque observa, de inmediato, la atracción de Veselovsky por Kitty. Se pone muy celoso de Veselovsky y se siente inseguro sobre su relación con Kitty. Como Tolstoy nos muestra, Levin es propenso a la exageración: «Ya se veía convertido en un marido engañado, al que la mujer y el amante sólo necesitan para que les procure placeres y vida cómoda.” Está de acuerdo en ir en un viaje de caza con Oblonsky y Veselovsky y la ineptitud de Veselovsky lo consuela. Pero cuando regresan a la casa, Veselovsky sigue a coqueteando descaradamente con Kitty. Dolly trata de decirle a Levin que no tiene nada de qué preocuparse pero Levin se pone furioso y echa a Veselovsky. A pesar de que todos están sorprendidos, Levin se siente mejor y, finalmente, todo el mundo, excepto la vieja Princesa Shcherbatskaya, se toma la situación con humor y es capaz de reírse.

Dolly va a visitar a Anna a la finca de Vronsky en el campo, que queda a un día de viaje en carro desde la casa de Levin. A lo largo del camino, piensa en la salud y el comportamiento de sus hijos y en cómo va a ayudarles a comenzar la vida. No le gusta dejarlos pero está decidida a cumplir su promesa de visitar a Anna. Cuando Dolly llega, Anna galopa hasta el carro en un caballo y se lanza hacia Dolly con mucha alegría. Dolly al principio se encandila por el lujoso entorno de la finca de Vronsky y la vitalidad de Anna pero, poco a poco, se va alterando a medida que pasa el tiempo. A pesar de que están rodeados de gente, la princesa Bárbara, Veselovsky y un viejo amigo, Sviyazski -sus visitantes- se aprovechan de ellos y son de una clase más baja de la que normalmente ellos suelen frecuentar. Vronsky parece estar feliz y ocupado con múltiples actividades, se regocija en el papel del gran terrateniente, empieza a involucrarse en la política local y gusta de hacer grandes gestos como la construcción de un hospital para los campesinos. Pero pronto Dolly se da cuenta de que hay una gran turbulencia bajo la superficie de sus vidas.

Anna todavía se niega a aceptar la oferta de divorcio de Karenin a pesar de que para Vronsky es importante. Él quiere que sus hijos sean legítimos, para que puedan heredar sus tierras. Dolly intenta convencer a Anna pero Anna se niega a considerarlo. Dolly también toma nota, con preocupación, de que Anna no parece interesada en su hija en absoluto. Anna y Dolly tienen un largo tete-a-tete en el que Anna revela que ella practica el control de la natalidad. Ella no quiere quedar embarazada otra vez, dice, porque Vronsky no la encontraría atractiva si lo hace. Dolly, ingenua acerca de tales asuntos, se horroriza y fascina al mismo tiempo. También nos enteramos de que Anna toma morfina a la noche para poder dormir. Dolly decide irse al día siguiente porque se siente claramente incómoda, y siente alivio de volver a lo de los Levin. Pero sigue defendiendo a Anna frente a todos los demás.

Vronsky se va a Moscú para las elecciones de la nobleza provincial, dejando a Anna en casa. Él se espera un escándalo pero ella no discute en absoluto. Este hecho pone a Vronsky aún más nervioso pero decide negar sus sentimientos y valorar la paz. Los Levin también se mudan a Moscú para el último mes del embarazo de Kitty. Algunos otros nobles de la provincia, Sviazsky, Oblonsky y Koznychev también convergen en Moscú para las elecciones. Levin, de quien se espera que participe en la energía y la emoción que rodea a la elección, se aburre e impacienta con todo el asunto. El debate es interminable y el proceso, muy burocrático, no contiene un ápice de interés por el mérito de los candidatos. Levin, que adolece de temperamento para las elecciones, comete varios errores sociales. Se encuentra con Vronsky, tan encantador como de costumbre, a pesar de lo cual, Levin se comporta con él de manera grosera. Vronsky se queda un día más de lo que había planeado y brinda una cena para los ganadores. Disfrutando de la compañía masculina y la discusión, está muy satisfecho con todo, hasta que recibe una nota más bien hostil de Anna, ordenando que regrese inmediatamente. En la nota afirma que la pequeña Anny está muy enferma.

Ya en casa, Vronsky se entera de que la nota era una artimaña de Anna. La princesa Bárbara se queja de que Anna toma morfina cuando él no está. Anna quería que volviera a casa porque estaba celosa y se sentía sola. A pesar de un reencuentro casi apasionado, Vronsky se siente cada vez más irritado y cercado por sus constantes demandas. Anna se da cuenta de que él ansía la libertad, lo que él llama «independencia masculina» y que el futuro de su relación depende de eso, pero ella no es capaz de concebir darle más espacio. Su propia soledad y el alto grado de inseguridad en su situación hacen imposible que actúe de otra forma que aferrarse a él. Frente a la posibilidad de perder a Vronsky, le impone a éste mudarse con él a Moscú y decide escribirle a Karenin para pedirle el divorcio.

ANÁLISIS:
El contraste entre las dos parejas continúa en esta sección. Ambas parejas, como vemos, se aferran a una tranquilidad superficial que amenaza con estallar. En el caso de los Levin la explosión es una farsa y en el caso de los Vronsky veremos que es trágica.

La bella y delicada historia de Sergei Ivanovich y Vareñka muestra, con observación chejoviana, que el poder de la mente puede convertirse en plastilina cuando se enfrenta con el poder del corazón. Sergei Ivanovich, que tiene una respuesta para todo, no puede hacerle una simple pregunta a una niña inocente, de buen corazón. Esta historia muestra el fracaso de un matrimonio antes de que pueda comenzar siquiera y representa, de alguna manera, los propios anhelos de Levin de una novia intocable.

Ambas familias pasan por ataques de celos durante la Sexta Parte. Levin, todavía negándose a ceder en nada, monta en cólera al ver a un joven insensato coqueteando con su esposa. Veselovsky es ridículo y la fidelidad de Kitty no está en juego, al menos de parte de ella pero la respuesta de Levin es a sus propios miedos, más que a la realidad. En respuesta a sus propias dudas acerca de su capacidad para hacer feliz a Kitty y a sus propios temores acerca de los problemas con el matrimonio, él pone a la casa en jaque. Pero el resultado es pura comedia: Veslovsky huyendo mientras inteneta atar una de sus grandes cintas afeminadas, Levin revoleando su equipaje y el resto de la casa reaccionando en consecuencia, convirtiendo todo el asunto en la gran historia de la noche.

En cambio, el resultado de los celos de Anna no es divertido en absoluto y podemos reconocer la diferencia entre las dos situaciones, inmediatamente. A diferencia de Levin, Anna no tiene un objetivo específico en el que enfocar sus celos y arremete contra el mismísimo Vronsky. Mientras que tal vez tiene derecho a estar resentida con la «independencia masculina» de Vronsky, su rabia sólo lo aleja cada vez más. Ella se da cuenta y esto la lleva a crear escenas de ira aún mayores para cerciorarse del amor de él.
Las críticas feministas han escrito que Anna puede tener tendencias masoquistas. Su comportamiento en la ópera es uno de los ejemplos favoritos, pero también utilizan las peleas con Vronsky, en esta parte, para ilustrar este punto. Es una lectura interesante, porque Anna, ciertamente, tiene una tendencia a la autodestrucción y muchas de sus decisiones le generan dolor, deliberadamente. También tiene una ligera obsesión con la muerte y sus sueños sobre el campesino (quien simboliza el exceso carnal y la muerte) subrayan este punto.

Pero la negativa de Anna a un divorcio no debería equipararse a sus tendencias a la auto-destrucción. Anna se niega al divorcio debido a que casarse con Vronsky y comenzar una nueva familia la pondrían meramente en la situación en que ya estaba inmersa. Aunque parezca extraño, teniendo en cuenta su pasión por Vronsky, no es casual que Tolstoy diera tanto Karenin como a Vronsky el mismo nombre. Anna insiste en mantener un romance altamente individualizado con el fin de evitar el tedio sofocante de otro matrimonio burgués, a pesar de que no está más que cambiando un tipo de tortura por otro.

Vemos la prueba de la decadencia de Anna, vívidamente, durante la visita de Dolly. Dolly, la pobre y sufrida Dolly, es dibujada en estricta comparación con Anna en esta sección. Anna es rica, hermosa y supuestamente feliz mientras que Dolly se ha vuelto poco atractiva, venida a menos y está agobiada tanto por los problemas financieros como por una familia numerosa; pero Dolly siente que está en mejores condiciones que Anna. Está particularmente preocupada por la negativa de Anna a tener más hijos para no volverse menos atractiva a los ojos de Vronsky. Como Dolly señala acertadamente: «Desde luego, si él busca, encontrará la manera y cuerpos más atractivos y alegres; y por blancos, por magníficos que sean sus brazos desnudos, por hermoso que sea su cuerpo, su rostro animado bajo la negra cabellera, él encontrará siempre algo mejor, como lo busca y encuentra mi marido, mi repugnante, miserable y querido marido”. Anna está desesperada por retener aVronsky, pero nunca lo logrará por tales medios. Dolly, a pesar de las infidelidades de su marido, reconoce la parte buena de su situación y no desearía estar en la de Anna.

La muerte de Anna también se insinúa a través de su uso de la morfina. Su creciente dependencia de la droga, con el fin de funcionar normalmente, prefigura su eventual conclusión de que es muy difícil seguir viviendo.

REMEDIO DE AMOR

jueves, julio 18th, 2013

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Noche en la dacha. Los niños y yo. Puro deleite.
Mientras duermen, abrazados, a mi lado, me tomo el último té de un día ajetreado. No hay pena que no cure una buena taza de té y unos hijos criados con amor y deseo ♥

Obra de hoy: Nikolai Ivanovich Fechin – La señora Fechin y su hija (1925)

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 31 Y 32

miércoles, julio 17th, 2013

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ANA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 31

Aquel día Vronsky ofreció una comida al Presidente provincial elegido y a muchos de los adeptos del partido nuevo.

Vronsky había ido a la ciudad por las elecciones y porque se aburría en el pueblo, por mostrar a Anna su derecho a la libertad y también porque quería pagar a Sviajsky, con su ayuda, los esfuerzos que había hecho a su favor en las elecciones del zemstvo. Pero, más que nada, había ido por cumplir con todos sus deberes de noble y agricultor, la posición que había elegido ahora como campo de su actividad. Pero Vronsky no esperaba de ningún modo que las elecciones le hubieran interesado de tal manera. Era un hombre completamente nuevo entre los nobles rurales mas, a pesar de ello, alcanzaba un éxito indudable y no se equivocaban pensando que había ya adquirido una gran influencia en aquel medio.

(más…)

QUIERO SER TU SAMOVAR, TU MELENA Y TUS PLUMAS ;-)

miércoles, julio 17th, 2013

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Vamos cerrando esta tarde de invierno, medio otoñal, medio primaveral, con un tríptico de sueños. Tetera caliente para recibir a los que van llegando. ¿Me cuentan con qué secretos agasajan a sus seres queridos a la vuelta del trabajo?

Imagen: Piotr Frolov

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miércoles, julio 17th, 2013

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En la ceremonia rusa del té, no se usan infusores dentro del chainik (tetera), sino este tipo de pequeños coladores para filtrar las hebras, que se cuelgan del pico de la tetera. Me pareció algo complicado tratar de describírselos sin imágenes, así que aquí va un pequeño album en su honor.

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La obra que da inicio a este post: Натюрморт с самоваром – A R Batarshin

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 29 Y 30

martes, julio 16th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 29

La estrecha sala en la cual se bebía y tomaban bocadillos estaba llena de nobles. La agitación iba constantemente en aumento y en todos los rostros se leía la inquietud.

Los más animados eran, sin embargo, los cabecillas, que sabían todos los detalles y el número de bolas.

Eran los dirigentes del combate en perspectiva. Los demás, como los soldados, se preparaban para la batalla pero, en tanto que comenzaba ésta, buscaban pasar el rato divirtiéndose. Unos tomaban algo de pie o sentados a una de las mesitas; otros se paseaban por la sala o charlaban con sus amigos a quienes hacía tiempo que no habían visto.

Levin no tenía ganas de comer; no era fumador. No quería juntarse con los suyos, es decir, con Sergio lvanovich, Esteban Arkadievich, Sviajsky y otros, que mantenían animada conversación, porque con ellos estaba Vronsky, vestido con su uniforme de caballerizo del Zar. El día anterior, Levin lo había visto en las elecciones y había rehuido su encuentro, evitando saludarlo.

(más…)

UN ABEDUL EN EL CAMPO – JAZZARELLA.

martes, julio 16th, 2013

Buenas tardes.
Desde esta dacha del sur, un poquito de Rusia para maridar con el té de la tarde.
Para completar nuestro tríptico musical, que comenzó con la Canción folclórica rusa y continuó, luego, con el Tema principal del cuarto movimiento de la 4ta Sinfonía de Tchaikovsky, les dejo la tradicional «En el campo había un abedul» en las variaciones de jazz del magnífico Johansson y este ejemplar del Tríptico «Abedules», de Kira Mamontova, acuarelista argentina, contemporánea, brillante.
Una merienda de lujo.

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Para ver el video y escuchar la música, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.

TÉ Y DEPRESIÓN

martes, julio 16th, 2013

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Para todos aquéllos que me preguntan si hay algún buen té para la depresión.
Muchas personas están interesadas en los remedios naturales o a base de hierbas para una variedad de enfermedades y existen probados beneficios de muchos de estos remedios. Sin embargo, la depresión es una enfermedad seria que requiere la atención de un médico/a y el uso de cualquier remedio herbal debe discutirse, primero, con él/ella.
De todos modos, aquí van algunas hierbas y tés que pueden ayudar a levantar el ánimo:

TÉ BLANCO
El té blanco tiene un componente que aumenta los niveles de GABA (ácido gamma aminobutírico), serotonina y dopamina en el cerebro. El efecto de esto es que la persona se siente más feliz y menos ansiosa.

TÉ VERDE
Muchos de los taninos y antioxidantes que se encuentran en el té verde han demostrado reducir el estrés y combatir la depresión y el té verde también puede ayudar a reducir la ansiedad que, a menudo, acompaña a muchas formas de depresión.
[En los otros tipos de té, al aumentar la oxidación y, en algunos casos, realizarse un proceso de fermentado, el contenido de GABA del té disminuye notoriamente – NdeR].

HIERBA DE SAN JUAN (Hipérico o hipéricum)
Ésta ha sido promocionada como una alternativa a los antidepresivos (y es aún más eficaz que algunos de ellos), ya que tiene menos efectos secundarios que los productos farmacéuticos. Muchos fabricantes de estos remedios ofrecen ahora esta hierba en forma de té.

GINGKO BILOBA
Además de estimular la memoria, ahora se cree que aumenta neurotransmisores que pueden ayudar a combatir la depresión.

REGALIZ
Al menos ocho de los diferentes compuestos que se encuentran en el regaliz, actúan como inhibidores de la monoamino oxidasa (IMAO), que son antidepresivos químicos, por lo que beber té de regaliz puede ayudar a tratar efectivamente la depresión.

Fuente: Carolyn Kay Neeley
Redacción e investigación: Gabriela Chromoy
Foto: Stay on top – coping with depression.

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 27 Y 28

lunes, julio 15th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 27

Al sexto día debían celebrarse las elecciones de Presidente provincial de la Nobleza. Las salas grandes y las pequeñas estaban llenas de nobles vestidos de diferentes uniformes. Muchos de ellos habían llegado allí aquel mismo día. Conocidos y amigos que no se habían visto desde hacía mucho tiempo, unos, venidos de Crimea, otros, de San Petersburgo, otros, del extranjero, se encontraban en las salas.

Los debates se celebrarían cerca de la mesa presidencial, bajo el retrato del Emperador.

Los nobles se agrupaban en dos partidos.

Por la animosidad y desconfianza de las miradas, por las conversaciones, interrumpidas cuando se aproximaba gente del otro bando y porque algunos se iban entonces, hablando en voz baja, hasta el pasillo lejano, se veía que cada partido ocultaba secretos al otro.

Por su aspecto exterior, los nobles se dividían en dos clases: los viejos llevaban sus antiguos uniformes de nobleza, con espadas y sombreros o los uniformes correspondientes a sus empleos en la marina, la caballería o la infantería. Los uniformes de los viejos nobles estaban hechos al estilo antiguo: con pliegues sobre las hombreras. A muchos les quedaban pequeños, cortos de talla o estrechos, como si sus portadores hubieran crecido desde que les habían sido confeccionados.

Los jóvenes llevaban uniformes desabrochados con el talle bajo, anchos los hombros, chalecos blancos o bien, los uniformes con cuellos negros y laureles bordados, distintivo del ministerio de Justicia. Los uniformes de la Corte que aquí y allá adornaban la sala pertenecían al partido joven.

Pero la división en jóvenes y viejos no coincidía con la agrupación en partidos. Como observó Levin, algunos de los clasificados como jóvenes por su vestir, pertenecían al partido «viejo»; y, al contrario, algunos de los nobles más viejos hablaban en voz baja con Sviajsky y se veía que eran partidarios de éste, de los más decididos partidarios del partido nuevo.

Levin había seguido a su hermano hasta una sala pequeña, donde los de su grupo fumaban, bebían, tomaban bocadillos y charlaban. Se había acercado a uno de los corros y escuchaba su conversación, y ponía en tensión todas sus fuerzas tratando de comprender lo que decían.

Sergio Ivanovich estaba en el centro del grupo.

Ahora escuchaba a Sviajsky y a Kliustov, el presidente de otra comarca, que pertenecía, también, a su partido.

Kliustov no quería ir a pedir a Snetkov que se presentara a la elección y Sviajsky trataba de convencerlo, explicándole la conveniencia de hacerlo. Sergio Ivanovich, por su parte, dio su aprobación a aquel plan.

Levin no comprendía para qué querían pedir al partido enemigo que presentase a la elección a aquél a quien querían derrotar.

Esteban Arkadievich, que acababa de tomar un bocadillo y beber, secando su boca con un pañuelo perfumado, de batista, con rayas en el borde y que vestía uniforme de gentilhombre, se acercó a ellos.

–Estamos en nuestro puesto, Sergio Ivanovich –dijo, alisándose las patillas.

Y, escuchando lo que hablaban, apoyó la opinión de Sviajsky.

–Basta tener una comarca: la de Sviajsky, que pertenece abiertamente a la oposición –dijo, en palabras bien comprensibles para todos menos para Levin.

–¿Qué, Kostia? Parece que vas tomando gusto a estas cosas –añadió Sergio Ivanovich, dirigiéndose a Levin y tomándole el brazo.

Levin, en efecto, se habría alegrado de tomar gusto a aquella cuestión pero no pudo comprender de qué se trataba y, separándose unos pasos de los que hablaban, expresó a Esteban Arkadievich su sorpresa de que pidieran al Presidente provincial que presentase su candidatura.

–Oh, sancta simplicitas! –dijo Esteban Arkadievich. Y explicó a Levin claramente y en pocas palabras de qué se trataba– ¿No comprendes que con las medidas que hemos tomado es preciso que Snetkov se presente? Si Snetkov renunciara a presentarse, el partido viejo podría escoger otro candidato y desbaratar nuestros propósitos. Si el distrito de Sviajsky es el único que se abstiene de pedir que se presente, habrá empate y entonces, nosotros lo aprovecharemos para proponer un candidato de los nuestros.

Levin no comprendió bien lo que le explicaba su cuñado y quiso pedir algunas aclaraciones.

Pero en aquel momento, entre ruidosas conversaciones, se dirigieron todos a la sala grande.

–¿Qué? –¿Qué pasa? –¿A quién? –¿La confianza? –¿A quién? –¿Qué? –¿Deniegan? –No es confianza; es que niegan a Flerov. –¿Qué es esto de que está juzgado? –Así nadie tendrá derecho. –¡Es una vileza! ¡La ley! –oyó Levin gritar por todas partes y, junto con todos, que se apresuraban no sabía hacia dónde y que al parecer tenían que oír algo y no sabía qué, se dirigió al gran salón y, casi llevado en vilo por los otros nobles, se acercó a la mesa de las elecciones provinciales, junto a la cual discutían el Presidente de los nobles, Sviajsky y otros cabecillas.

SEXTA PARTE – Capítulo 28

Levin se hallaba bastante lejos de la mesa electoral. Un noble, que estaba a su lado y respiraba fatigosamente y otro, que metía gran ruido con sus zapatos, le impedían oír lo que se decía.

De lejos le llegaba la voz suave del Presidente. Luego oyó la voz agria del señor batallador y también la de Sviajsky.

Fue cuanto Levin pudo comprender que estaban discutiendo sobre el espíritu de un artículo de la ley y sobre la significación que había de darse a las palabras «hacer objeto de una encuesta».

La gente dejó pasar a Sergio Ivanovich, que se dirigía a la mesa.

Éste, después de haber escuchado el discurso del señor batallador, dijo que lo mejor era consultar el artículo de la ley y pidió al secretario que lo buscase.

Sergio Ivanovich lo leyó y se puso a explicar su significación pero entonces le interrumpió un propietario de tierras alto, grueso, encorvado, con los bigotes teñidos, vestido con un uniforme estrecho que le levantaba el cuello por detrás. Éste se acercó a la mesa y, dando un golpe sobre ella con su sortija, gritó:

–¡A votar! ¡En seguida a votar! No hay por qué hablar más.

De pronto, se levantaron varias voces a la vez.

El noble alto, el de la sortija, gritaba más que ninguno, poniéndose más y más irritado. Era imposible en aquel barullo apreciar lo que unos y otros decían.

Aquel señor opinaba lo mismo que Sergio Ivanovich pero, por lo que se veía, odiaba a éste y su partido y este sentimiento se lo comunicó a los de su bando y despertó en ellos una resistencia muy tenaz, aunque de carácter menos agresivo. Hablaban a gritos, con gran irritación y, por un momento, se produjo un terrible alboroto, que obligó al Presidente provincial a gritar también, reclamando orden.

–¡A votar! ¡A votar! El que sea noble lo comprenderá. Nosotros vertimos nuestra sangre… La confianza del Monarca… ¡No hay que escuchar al Presidente!… No puede mandarnos… No se trata de eso. ¡A votar en seguida! ¡Qué asco!… –decían gritos irascibles que sonaban por todas partes. Las miradas y los rostros estaban aún más irritados e inflamados que las palabras y expresaban un odio irreconciliable.

Levin seguía sin comprender de qué se trataba y le pareció imposible que se pusiera tanta pasión en discutir si se debía o no votar la opinión referente a Flerov.

Como después le explicó Sergio Ivanovich, Levin había olvidado aquel silogismo según el cual, para el bien general, era preciso que se destituyera al Presidente; para destituir al Presidente necesitaban la mayoría de votos; para tener mayoría de votos, debían dar el derecho de votar a Flerov; y por otorgar o no a Flerov este derecho a votar se había discutido el artículo de la ley.

–Un voto puede decidirlo todo y, cuando se quiere ser útil a la causa común, –dijo Sergio Ivanovich– hay que ser serio y consecuente.

Pero Levin había olvidado la explicación y estaba apesadumbrado de ver en tal estado de irritación a aquellos hombres, todos simpáticos, buenos y todos respetables. Y para librarse de aquel sentimiento, salió de la sala sin esperar el final y se dirigió a otra, donde no había más que los camareros cerca de los mostradores.

Al ver a los criados que, con rostros tranquilos y animados, se ocupaban en secar y disponer la vajilla, experimentó un sentimiento de alivio, como si hubiera dejado una habitación de olor sofocante y pestilente para pasar al aire puro.

Levin se puso a pasear por la sala, mirando a todos ellos con placer.

Le divirtió el ver a un criado, de patillas canosas que, para mostrar desdén a otros que se mofaban de él, les enseñaba de qué forma habían de plegar las servilletas.

Estaba a punto de entablar conversación con el viejo lacayo, cuando el secretario del tutelaje de la Nobleza –un viejecillo que poseía la facultad de conocer completos los nombres de todos los nobles de la provincia– le distrajo de aquella idea.

–Haga el favor de venir Constantino Dmitrievich. –le dijo– Lo está buscando su hermano. Se vota la opinión…

Levin entró otra vez en la sala, recibió una bolita blanca y, siguiendo a su hermano, se acercó a la mesa, cerca de la cual, con rostro significativo, irónico, pasándose continuamente la mano derecha por la barba y oliéndola luego, estaba Sviajsky.

Sergio Ivanovich puso la mano en el cajón y metió su bolita procurando ocultar dónde lo hacía. Hecho esto, dejó paso a Levin, quedándose allí mismo.

–¿Dónde la he de meter?

Lo dijo en voz baja, mientras que a su lado estaban hablando y esperaba que su pregunta no fuera oída por los demás; pero los que hablaban callaron de súbito y su pregunta, tan inconveniente, fue oída por los que estaban allí.

Sergio Ivanovich frunció las cejas y le contestó muy serio y secamente:

–Allí donde le dicten sus convicciones.

Algunos sonrieron. Levin se sonrojó y, precipitadamente, metió una mano bajo el paño (la derecha, que era donde tenía la bolita). Luego recordó que debía meter también la otra mano (la izquierda) y la metió.

Pero ya era tarde y, aún más confuso, se alejó, con precipitación, hasta las filas de atrás.

–Ciento veintiséis votos en pro y noventa y ocho en contra –se oyó decir al secretario que no pronunciaba nunca la erre.

En aquel momento estalló una carcajada general: en el cajón había encontrado un botón y dos nueces.

Estaba otorgado a Flerov el permiso para votar. El partido nuevo había ganado la lucha.

Pero el viejo no se daba por vencido. Levin oyó que pedían a Snetkov que presentara la candidatura; vio cómo los nobles le rodeaban y vio cómo él hablaba con los nobles sin entender lo que decían.

Snetkov les estaba diciendo, en efecto, que les agradecía mucho la confianza y el cariño que le mostraban y que él creía inmerecido, pues todo lo que había hecho era por afecto a la Nobleza, a la cual había consagrado doce años de trabajo. Repitió varias veces estas palabras:

«He trabajado con todas mis fuerzas, con todo mi corazón y los aprecio y les estoy agradecido», y, de repente, se detuvo porque las lágrimas lo sofocaban y salió de la sala.

Aquellas lágrimas provocadas por la conciencia de la injusticia que con él se cometía, por su amor a la Nobleza o bien, por la tirantez de la situación en la cual se encontraba, sintiéndose rodeado de enemigos, conmovieron a la mayoría de los nobles y también Levin experimentó hacia Snetkov un sentimiento de afecto y simpatía.

Al salir, el Presidente provincial tropezó con Levin en la puerta.

–Perdón, perdón –le dijo como a un desconocido. Pero, al reconocerlo, le sonrió tímidamente. A Levin le pareció que había querido decirle algo, pero no había podido por la emoción que experimentaba. La expresión de su rostro, toda su figura –vestía de uniforme, con medallas y pasamanería y con pantalones blancos–, le recordaron a Levin el animal perseguido que ve crecer el peligro en torno a él. Esta expresión del rostro del Presidente era más conmovedora para él, porque no más lejos que el día anterior había ido a casa de Snetkov para el asunto del tutelaje y lo había visto con toda su dignidad de hombre honrado, rodeado de toda su familia. Habitaba una casa espaciosa, con muebles antiguos de familia; los lacayos, algo sucios, pero muy correctos, eran antiguos siervos que, aunque liberados, no habían cambiado de señor.

Levin vio cómo Snetkov acariciaba dulcemente, con gran cariño, a su nietecita, una niña muy hermosa, hija de su hija. Recordó a la esposa del Presidente, una señora gruesa, bondadosa, que llevaba una cofia con puntillas y se abrigaba con un chal turco; recordó al hijo, un excelente muchacho, estudiante del sexto curso, el cual al volver del colegio, saludó a su padre besándole la mano con respeto y cariño y las frases afectuosas de aliento que el anciano le dirigió y sus ademanes, que habían despertado en Levin un vivo sentimiento de simpatía hacia Setkov. Ahora, conmovido por aquellos recuerdos, buscaba decir algo agradable al anciano.

–Así que será usted de nuevo nuestro Presidente –le dijo para animarlo.

–Lo dudo. –contestó Snetkov mirando de reojo alrededor suyo -Estoy cansado… Ya soy viejo… Hay gente más digna y joven que yo… Que trabajen ellos.

Y el Presidente desapareció por la puerta de al lado.

Llegó el momento más solemne. Iba a empezar la votación. Los cabecillas de uno y otro bando contaban las bolas blancas y negras con los dedos.

Las discusiones por causa de Flerov no sólo dieron al nuevo partido la ventaja del voto de éste, sino que, además, les permitió ganar tiempo y hacer venir a otros tres nobles más, los cuales, por los manejos de los del partido viejo, no habían asistido a la anterior votación. Para ello, los de este partido, habían emborrachado a dos de aquellos nobles, que tenían debilidad por el vino y al tercero le habían quitado el uniforme. Pero los del nuevo partido, al enterarse de esto, tuvieron tiempo durante las discusiones respecto a Flerov, para mandar vestir al noble dejado sin uniforme, recoger a los que se habían emborrachado y llevarlos a la votación.

–He traído a uno. Le he echado un cubo de agua encima y parece que podrá pasar –dijo el noble al que habían enviado a buscar al borracho, explicando el caso a Sviajsky.

–¿No está demasiado ebrio? ¿No se caerá? –preguntó Sviajsky meneando la cabeza.

–No. Está bastante bien. Sólo temo que aquí puedan darle más de beber. Ya he dado orden en la cantina de que de ningún modo le sirvan más bebida.

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