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ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 11, 12, 13 Y 14

lunes, julio 8th, 2013

Perov Vasily - Hunters in camp
Imagen: Cazadores en el campo – Vasily Perov.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 11

Cuando Levin y Oblonsky entraron en casa del aldeano donde Levin solía parar, ya se hallaba allí Veselovsky.

Sentado en el centro de la habitación y asiéndose con ambas manos al banco en que se sentaba, reía con su risa contagiosa, mientras el hermano de la dueña, un soldado, tiraba de sus botas llenas de cieno tratando de quitárselas.

–He llegado ahora mismo. Ils ont été charmants. Me han dado de beber, de comer… ¡Y qué pan! Délicieux! Tienen un vodka tan bueno como nunca lo he bebido. ¡No quisieron aceptarme dinero! Y no cesaban de decirme que no me ofendiera.

–¿Por qué iban a aceptarle dinero? ¿No le han convidado? ¿Acaso tienen el vodka para venderlo? –dijo el soldado, logrando al fin sacar la bota ennegrecida.

A pesar de la suciedad de la vivienda, manchada por las botas de los cazadores y por los perros enfangados, que se lamían mutuamente; a pesar del olor mixto de ciénaga y pólvora que llenó la casa; a pesar de la falta de cuchillos y tenedores, los amigos tomaron el té y cenaron con el agrado con que sólo se come cuando se está de caza.

Una vez aseados, se dirigieron al pajar, ya bien barrido, donde los cocheros les habían improvisado camas.

Después de fluctuar sobre perros, escopetas y recuerdos e historias de caza, la conversación se centró en un tema interesante para todos.

Vaseñka exteriorizó su entusiasmo sobre aquella noche pasada en un pajar, entre el olor del heno, el encanto del carro roto –que así lo parecía, porque le habían bajado la delantera para convertirlo en lecho–, entre los simpáticos campesinos que le invitaran vodka y los perros que se tendían cada uno al pie de la cama de su amo. Oblonsky contó después la deliciosa cacería en que participara el verano anterior en las tierras de Maltus.

Maltus era una conocida personalidad de las compañías de ferrocarriles que poseía una gran fortuna.

Esteban Arkadievich habló de las marismas que el tal personaje tenía arrendadas en la provincia del Tver, de cómo aguardó a los invitados, de los dogcarts en que les llevó y de la tienda cercana al pantano en que estaba preparado el almuerzo.

–Yo no comprendo –dijo Levin, incorporándose sobre su montón de heno– cómo no te repugna toda esa gente. Reconozco que la comida con vino Laffitte es muy grata pero, ¿no te disgusta ese lujo en tales personas? Toda esa gente gana el dinero como lo ganaban en otro tiempo nuestros arrendatarios de aguardientes y se burlan del desprecio público porque saben que sus riquezas mal adquiridas los salvarán, al fin y al cabo, de este desprecio.

–Tiene usted razón. ¡Mucha razón! –exclamó Veselovsky– Cierto que Oblonsky va a sitios así por bonhomie pero no falta quien diga: Puesto que Oblonsky va…

–No es eso. –y Levin adivinaba en la oscuridad que Oblonsky sonreía al hablar de aquello– No considero ese medio de ganar dinero menos honrado que el de nuestros campesinos, comerciantes o nobles. Unos y otros se han hecho ricos con su trabajo y su inteligencia…

–¿Qué trabajo? ¿El de obtener una concesión y revenderla?

–Trabajo es, ya que, si no existieran personas como Maltus y otros parecidos, no tendríamos aún ferrocarriles.

–Pero no es un trabajo comparable con el de un campesino o el de un sabio.

–Admitámoslo; pero es un trabajo, puesto que su actividad produce frutos: los ferrocarriles. Claro, que tú crees que los ferrocarriles son inútiles.

–Eso es otra cosa. Estoy dispuesto a reconocer su utilidad. Pero toda ganancia desproporcionada al trabajo hecho es deshonrosa.

–¿Quién puede definir en eso las proporciones justas?

–La ganancia por trabajos deshonrosos, lograda con malas artes –repuso Levin, comprendiendo que no podía marcar el límite entre lo honrado y lo no honrado –como, por ejemplo, la de los bancos, es injusta. Es parecida a las enormes fortunas que se hacían cuando existía el sistema de los arrendamientos, sólo que ha variado de forma. Le roi est mort, vive le roi! Apenas desaparecidos los arrendamientos, surgieron los bancos y los ferrocarriles, modos análogos de ganar dinero sin trabajar.

–Quizá sea así pero, en todo caso, es muy ingeniosa… ¡Quieto «Krak»! –gritó Oblonsky a su perro, que se rascaba y se agitaba en el heno. Y continuó serenamente, sin precipitarse, convencido de la verdad de lo que decía: –No hay una línea divisoria entre el trabajo honroso y el deshonroso. ¿Es honrado que gane yo más sueldo que mi jefe de sección, que entiende más que yo del trabajo?

–No lo sé.

–Te lo explicaré mejor. Supongamos que lo que tú recibes de beneficio por trabajar tu propiedad son cinco mil rubios y que el aldeano que nos alberga, dueño de su finca, no saca de ella, a pesar de todo su trabajo, más que cincuenta rubios. Esto es tan poco honrado como que yo gane más que el jefe de sección de mi departamento y como que Maltus gane más que un obrero ferroviario. A mi parecer, la hostilidad que existe en la sociedad contra esa gente no tiene fundamento y creo que procede de celos, de envidia…

–Eso no es verdad. –repuso Veselovsky– Aquí no cabe envidia. Es que se trata de algo poco limpio…

–Perdonen. –interrumpió Levin –Dices que no es honrado que este aldeano gane cincuenta rubios y yo cinco mil. Eso no es justo, lo confieso y…

–Verdaderamente; nosotros pasamos el tiempo comiendo, bebiendo, cazando y sin hacer nada de provecho, mientras los campesinos se matan trabajando –dijo Veselovsky, quien se notaba que pensaba en ello por primera vez en su vida y que por eso hablaba con tanta sinceridad.

–Ya sé que tú piensas y sientes así, pero no por eso les darás tus propiedades. –agregó Oblonsky, con intención deliberada de molestar a Levin. Últimamente había surgido cierta hostilidad entre los dos cuñados. Dijérase que desde que cada uno estaba casado con una hermana, existía cierta rivalidad sobre quién había organizado mejor su vida.

Y ahora esta rivalidad se traslucía en la conversación, que derivaba a aspectos personales.

–No les doy mis tierras porque no me las piden y, de querer hacerlo, no habría podido, no tengo a quien regalarlas –dijo Levin.

–Ofréceselas a este labriego. Verás cómo las acepta.

–¡Cómo? ¿Buscándole y firmando un acta de venta?

–No sé cómo, pero si estás convencido de que no tienes derecho a…

–No estoy convencido. Al contrario: considero que a lo que no tengo derecho es a regalarlas, que me debo a mi propiedad, a mi familia…

–Perdona. Si consideras que tal desigualdad es injusta, ¿por qué no obras en consecuencia?

–Ya lo hago, en el sentido negativo de procurar no hacer mayor la diferencia que existe entre el campesino y yo.

–Dispensa que te diga que eso es un sofisma.

–Realmente, es una explicación algo sofística. –apoyó Veselovsky– ¿Cómo? ¿No duermes todavía? –dijo al campesino, que entraba en el pajar.

–¡Qué voy a dormir! Creía que los señores estaban durmiendo, pero como les oigo charlar… Tengo que sacar el garabato. ¿No me morderán los perros? –preguntó, andando con cautela sobre sus pies descalzos.

–¿Y dónde vas a dormir tú?

–Hoy pernoctamos en el campo.

–¡Qué magnífica noche! –dijo Vaseñka, contemplando por la puerta, abierta ahora, de la casa, el charabán desenganchado y el paisaje iluminado por la luz crepuscular. ¿Oyen esas voces de mujeres que cantan…? ¡Y, en verdad, que no lo hacen nada mal! ¿Quiénes cantan? –preguntó al labriego.

–Las muchachas de la propiedad cercana.

–Vamos a pasear. No podremos dormir… Anda, Oblonsky.

–¡Si pudiéramos ir y descansar a la vez! –suspiró Esteban Arkadievich, estirándose sobre su lecho –¡Pero se reposa tan a gusto aquí!

–Entonces iré solo. –dijo Vesolovsky, levantándose con presteza y poniéndose las botas– Hasta luego, señores. Si me divierto, los llamaré. Me han invitado ustedes a cazar y no los olvidaré ahora…

–Es un muchacho muy simpático –dijo Oblonsky, cuando su amigo se marchó y el campesino cerró la puerta.

–Sí, muy simpático –convino Levin, pensando en su reciente conversación.

Le parecía haber expresado lo más claramente posible sus pensamientos e ideas y sin embargo los otros dos, hombres inteligentes y sinceros, le habían contestado al unísono que se consolaba con sofismas. Esto lo desconcertaba.

–Sí, amigo mío. –siguió Oblonsky– Una de dos: o reconocemos que la sociedad actual está bien organizada y, entonces, hemos de defender nuestros derechos o reconocemos que gozamos de ventajas injustas, como hago yo y las aprovechamos con placer.

–No, si sintieses la injusticia de estos bienes, no podrías aprovecharlos con placer… o al menos no podría yo. Lo esencial para mí es no sentirme culpable.

–Oye: ¿y si nos fuéramos con Vaseñka? –dijo Oblonsky, visiblemente cansado por el esfuerzo mental que exigía la discusión– Me parece que ya no dormiremos. ¡Ea, vamos allá!

Levin no contestó. Le preocupaba la expresión que había empleado de que él obraba con justicia aunque en sentido negativo.

«¿Cabe ser justo sólo negativamente?», se preguntaba.

–¡Qué aroma exhala el heno fresco! –dijo su cuñado levantándose– No podré dormir… Vaseñka debe de hacer de las suyas. ¿No oyes su voz y cómo ríen? ¿Qué, vamos? ¡Anda!

–No, no voy –respondió Levin.

–¿Acaso lo haces también por principios? –dijo Oblonsky, buscando su gorra en la obscuridad.

–No es por principios pero, ¿a qué voy a ir?

–Vas a tener muchas contrariedades en la vida… –dijo Esteban Arkadievich, incorporándose, después de haber encontrado la gorra.

–¿Por qué?

–¿Crees que no he notado los términos en que estás con tu mujer? Me parece haber oído que entre vosotros es importantísima la cuestión de si te vas dos días de caza o no… Eso en la luna de miel está bien pero para toda la vida sería insoportable. El hombre tiene sus propios intereses como tal y debe ser independiente. El hombre ha de ser enérgico –concluyó, abriendo las puertas del pajar.

–¿Quieres decir con eso que debo cortejar a las criadas? –preguntó Levin.

–¿Por qué no, si es divertido? Ça ne tire pas à conséquence… A mi mujer eso no le perjudica y a mí me divierte. Lo importante es que se guarde respeto a la casa, que en ella no suceda nada. Pero no hay que atarse las manos.

–Acaso aciertes… –repuso secamente Levin, volviéndose hacia otro lado– Bueno: mañana hay que levantarse temprano. Yo no despertaré a ninguno. Al amanecer, saldré a cazar.

–Messieurs, venez–vite! –gritó la voz de Vaseñka, que llegaba a buscarles– Charmante! ¡La he descubierto yo! Charmante! Es una verdadera Gretchen… Y ya somos amigos… Les aseguro que es una preciosidad –continuó diciendo, en un tono de voz con el que parecía dar a entender que aquella encantadora criatura había sido creada especialmente para él y se sentía satisfecho de que se la hubieran creado tan a su gusto.

Levin fingió dormir.

Oblonsky, poniéndose las pantuflas y encendiendo un cigarro, salió del pajar y sus voces se fueron perdiendo.

Levin tardó mucho en dormirse. Oía a los caballos masticar el heno y luego sintió al dueño de la casa y a su hijo mayor marcharse al campo. Finalmente, percibió cómo el soldado se arreglaba para dormir al otro lado del pajar, con su sobrino, hijo menor del amo.

Oyó al niño explicar a su tío la impresión que le habían causado los perros, que le parecieron enormes y terribles, y preguntarle que a quién iban a coger aquellos animales. El soldado, con voz ronca y soñolienta, contestó que los cazadores se irían por la mañana al carrizal y harían fuego con sus escopetas y al final, para librarse de las preguntas del chiquillo, le dijo:

–Duerme, Vasika, duerme. Si no, ya verás lo que te pasa…

A poco el soldado empezó a roncar; todo estaba en calma. Sólo se oía el relinchar de los caballos y el graznar de las chochas en las marismas.

Levin se preguntaba: «¿Es posible que yo no sea más que un ser negativo? Y si es así, ¿qué culpa tengo?».

Comenzó a pensar en el día siguiente. «Saldré muy temprano y procuraré serenarme. Hay muchas chochas y también fúlicas. Al volver, encontraré la cartita de Kitty. Quizá Stiva tenga razón. Me muestro poco enérgico con ella. Pero, ¿qué puedo hacer? Otra vez lo negativo…»

Entre sus sueños oyó la risa y el animado charlar de sus amigos. Abrió los ojos por un momento. En la puerta del pajar charlaban los dos, a la luz de la luna, muy alta ya. Esteban Arkadievich comentaba la lozanía de la muchacha, comparándola con una avellanita recién sacada de la cáscara y Veselovsky, con su risa alegre, repetía unas palabras probablemente dichas por el labriego: «Usted procure salirse con la suya…».

Levin repitió, medio dormido:

–Mañana al amanecer, señores…

Y se durmió.

SEXTA PARTE – Capítulo 12

Al despertarse, a la aurora, Levin trató de hacer levantar a sus compañeros.

Vaseñka de bruces, con las medias puestas y las piernas estiradas, dormía tan profundamente que fue imposible obtener de él respuesta alguna.

Oblonsky, entre sueños, se negó a salir tan temprano. Incluso «Laska», que dormía enroscada en el extremo del heno, se levantó, perezosa y desganada, estirando y enderezando a disgusto las patas traseras.

Levin se calzó, cogió el arma, abrió la puerta con cuidado y salió.

Los cocheros dormían junto a los coches; los caballos dormitaban también. Sólo uno de ellos comía, indolentemente, su ración de avena. Aún se sentía mucha humedad.

–¿Por qué te has levantado tan pronto, hijo? –preguntó la vieja casera, con tono amistoso, como a un viejo conocido.

–Voy a cazar tiíta. ¿Por dónde he de ir para salir al carrizal? –preguntó él.

–Llegarás en seguida por detrás de casa, cruzando nuestras eras, buen hombre y luego por los cáñamos, donde hallarás un sendero, que es el que debes seguir.

Pisando con cuidado, con los pies descalzos, la vieja acompañó a Levin, a través de las eras, hasta el camino que había indicado y, una vez en él, habló:

–Siguiendo este sendero, llegarás derechito al carrizal. Nuestros mozos ayer llevaron allí los caballos.

«Laska» corría alegre por el camino. Levin la seguía con paso ligero, rápido, siempre mirando hacia el cielo. Quería llegar a los pantanos antes de la salida del sol. Pero el sol no perdía el tiempo. La media luna, que aún iluminaba el paisaje cuando Levin salió de la casa, ya no brillaba mas que como un trozo de mercurio. Apuntaba la aurora. Las manchas indefinidas sobre el campo vecino aparecían ya claramente como montones de centeno. El rocío, invisible aún en la penumbra matinal y que llenaba los altos cáñamos, mojaba a Levin los pies y el cuerpo hasta más arriba de la cintura. En el silencio diáfano de la campiña dormida se oían los más tenues sonidos. Una abeja pasó, volando, al lado mismo de una de sus orejas. Levin miró con atención y vio otras muchas. Todas salían desde el seto del colmenar, volaban por encima del cáñamo y desaparecían en dirección del carrizal. El camino, como había indicado la vieja, llevó a Levin directamente a los pantanos. Se adivinaban éstos desde lejos por el vapor que despedían y bajo el cual aparecían indefinidos como islas los juncos y las matas de sauce.

Al borde de las marismas y a ambos lados del camino, se veían hombres y chiquillos que habían pernoctado allí. Estaban echados, durmiendo, abrigados con sus caftanes. No lejos de ellos, distinguíanse tres caballos trabados, uno de los cuales hacía resonar las cadenas que lo sujetaban. «Laska» iba al lado de su amo, mirándolo de cuando en cuando, como pidiéndole permiso para alejarse.

Al llegar al primer montículo del carrizal, Levin revisó los pistones de la escopeta y dejó marchar al perro. Uno de los caballos –un robusto potro de tres años– al ver a «Laska» se espantó y, levantando la cola y relinchando, trató de huir. Los otros caballos se asustaron también y, a saltos, con las patas trabadas, salieron del carrizal, produciendo con sus cascos, en el agua y la tierra arenosa, un ruido como de latigazos.

«Laska» se paró, miró a los caballos y luego a Levin como preguntándole qué había de hacer. Éste la acarició y, con un silbido, dio la señal de que podía comenzar la caza. La perra corrió alegremente por la tierra blanda, penetró en los aguazales y no tardó en percibir el olor a ave que, ente los otros mil de hierbas pantanosas, raíces, moho y estiércol de caballos, era el que la excitaba más. Ahora este olor se extendía por todas partes sobre las tierras pantanosas, sin que fuera fácil precisar de dónde salía. «Laska» corría de un lado para otro, venteando, muy abiertas sus narices. El olor se percibió, de pronto, más fuerte.

La perra se paró en seco y miró atentamente, vacilante, como sin poder precisar todavía dónde se hallarían las aves pero seguro que estaban cerca y debían de ser en gran número. «Laska» avanzó cautelosamente, husmeando todas las matas, cuando la distrajo la voz de su dueño:

–¡«Laska» allí! –dijo Levin indicando al otro lado.

La perra miró a Levin como preguntándole si no sería mejor que continuase la búsqueda que estaba llevando a cabo pero el amo repitió la orden con voz severa. «Laska» corrió al orilla de tierra cubierta de agua que le indicaba su dueño. Sabía que allí no podía haber nada pero tenía que obedecer. Lo recorrió todo, segura de no encontrar nada y volvió al lugar que había dejado. Ahora, cuando Levin no la estorbaba, sabía bien lo que tenía que hacer y, sin mirar a sus pies, tropezando con los montoncillos de tierra que encontraba en su camino y hundiéndose en el agua pero levantándose al instante con un fuerte impulso de sus patas elásticas y fuertes, comenzó a describir círculos en torno a un punto determinado.

El olor de los pájaros se percibía cada vez más fuerte y definido. De repente, la perra pareció comprender con claridad que una de las aves estaba allí, a cinco pasos, detrás de una saliente de tierra y quedó inmóvil. Sus cortas patas no le permitían ver nada frente a ella pero el olfato no la engañaba. Inmóvil, la boca y las narices muy abiertas, el oído alerta y la cola tensa, agitada sólo en su extremidad, respiraba penosamente; pero, con cautela, gozábase en la espera y, con más cautela aún, miraba a su dueño, volviéndose más con los ojos que con la cabeza. Levin, con el semblante que el perro conocía, pero con una mirada que le parecía terrible, avanzaba tropezando y con una lentitud extraordinaria, según le parecía al animal.

Al advertir que «Laska» se bajaba al suelo y entreabría la boca, comprendió Levin que las chochas estaban allí y, rogando a Dios que no le fallase la caza, sobre todo en aquel primer pájaro, se dirigió corriendo, aunque con precaución, hacia donde se encontraba el perro. Subió la pequeña loma y, al mirar entre dos montecillos de tierra, descubrió con los ojos lo que «Laska» había olfateado: una chocha bastante grande, que en aquel momento volvió la cabeza hacia ellos, alargó el cuello y permaneció en actitud de escuchar. Luego abrió ligeramente las alas, las volvió a cerrar y, moviendo pesadamente la cola, se alejó, desapareciendo detrás de uno de los montecillos.

–¡Busca, «Laska»! ¡Busca! –gritó Levin, azuzando al perro.

«Pero, si no puedo ir! », pensaba el animal. «¿Adónde iré? Desde aquí las olfateo y si avanzo no sabré dónde están ni qué son.» Pero el dueño la empujó con la rodilla y con voz excitada le volvió a gritar:

–¡Busca, «Laska»! ¡Busca!

«Bueno, lo haré como quieres», pareció pensar aún el animal, «pero no respondo del éxito». Y salió disparada hacia adelante. Ahora ya no olfateaba nada, no seguía rastro alguno; sólo veía y sentía sin comprender.

A diez pasos del lugar donde se encontraba antes se levantó una fúlica. Su agudo chillido y su ruido de alas característico estremeció el aire. Se oyó un disparo y el pájaro se desplomó en la hondonada húmeda.

Otro pájaro se levantó detrás de él, sin que el perro interviniese. Cuando Levin lo vio estaba ya lejos. Pero el disparo lo alcanzó. El pájaro voló unos veinte pasos más, se levantó como una pelota y, luego, dando vueltas, cayó pesadamente en el carrizal.

«Laska» trajo a Levin las dos aves y aquél las metió en el zurrón, pensando: «Vaya, hoy ya es otra cosa».

–Tendremos buena caza, «Laska», ¿verdad?

Levin volvió a cargar su escopeta y se puso de nuevo en camino.

El sol había salido ya por completo. La luna había perdido su brillo, si bien blanqueaba aún sobre el ciclo. No se veía ni una estrella. Los montoncillos de tierra, que antes relucían cubiertos por el rocío plateado, ahora estaban como dorados. El azul nocturno de las hierbas se había convertido en un verdor amarillento. Las avecillas del pantano buscaban las sombras de los arbustos, cerca del arroyo. Un buitre estaba posado sobre un montón de centeno, mirando a un lado y otro del carrizal. Las chochas volaban en todas direcciones. Un chiquillo, descalzo, hacía correr a los caballos, trabados aún, riéndose de sus torpes movimientos. Un viejo, sentado, se rascaba bajo el caftán. Otro chiquillo corrió hacia Levin y le dijo:

–Señor, ayer había aquí muchos patos.

Levin continuó su cacería, seguido de lejos por el pequeño.

De un solo disparo, afortunado, mató tres chochas ante el chiquillo, que expresó su entusiasmo haciendo varias cabriolas.

SEXTA PARTE – Capítulo 13

El proverbio de los cazadores que dice que si se mata la primera pieza, la caza será feliz, resultó cierto.

Levin tuvo una cacería afortunada.

A las diez de la mañana regresó a la casa, fatigado y hambriento pero feliz, después de haber andado unas treinta verstas, con diecinueve piezas y un grueso pato que llevaba atado a la cintura porque no cabía ya en el morral.

Sus compañeros se habían levantado ya y hasta habían comido.

Levin entró gritando alegre y jactanciosamente:

–¡Eh! ¡Mirad! ¡Diecinueve piezas! ¡Traigo diecinueve!

Y se puso a contarlas ante ellos, gozando con la admiración y gozando también con la envidia de Esteban Arkadievich. Las aves no tenían el hermoso aspecto de cuando iban volando o se movían graciosamente sobre el suelo, sino que estaban ya con las plumas lacias y muchas apelmazadas y cubiertas de negruzca sangre; pero representaban, efectivamente, una buena caza.

Levin se sintió todavía más feliz al recibir una carta de su esposa, que le había traído un hombre.

Kitty le decía:

Estoy completamente bien y alegre. No te preocupes por mí; puedes estar más tranquilo que antes, pues tengo otro ángel guardián. Vlasievna (era la comadrona, un nuevo e importante personaje en la vida de Levin) vino a verme y la hemos hecho quedarse aquí hasta que vuelvas. Me encontró completamente bien. Todos los demás están también contentos y sanos. No te apresures por volver y, si la caza es buena, quédate un día más.

Las dos alegrías que había recibido –la buena caza y la carta de Kitty– eran tan grandes, que le pasaron casi inadvertidos dos contratiempos. Uno era que el caballo rojo, que al parecer había trabajado demasiado el día antes, no comía y tenía un aspecto abatido. El cochero decía que estaba reventado.

–Ayer lo fatigaron demasiado, Constantino Dmitrievich. Recuerde usted que lo hicieron correr durante diez verstas sin ningún miramiento.

Otra circunstancia le produjo de momento un disgusto: de las provisiones que Kitty había preparado, con tal abundancia que creían que habían de tener víveres para una semana, no quedaba nada ya. Levin regresaba de la caza, como antes dijimos, con intenso apetito y, recordando con tal precisión las ricas empanadillas que les había cocinado su mujer que, al acercarse a la casa, percibía ya el olor y el gusto en la boca, de igual modo que su perra percibía el olfato de la caza. En cuanto se hubo despojado de sus arreos, gritó, pues, a Filip:

–¡Eh! A ver esas empanadillas, que tengo un hambre canina.

La decepción fue grande cuando le dijeron que no sólo no quedaban empanadillas, sino que tampoco quedaban pollos.

–¡Vaya un apetito! ––comentó Esteban Arkadievich, riéndose e indicando a Vaseñka–Yo no sufro por falta de apetito pero lo que es ése… Parece imposible lo que come.

–¡Qué le vamos a hacer! –exclamó Levin, mirando sombríamente a Veselovsky. Y pidió:

–Filip, tráeme carne, pues.

–La carne se la han comido y los huesos los han echado a los perros –contestó Filip.

–¡Hubieran podido, al menos, dejarme algo! –lamentó, casi llorando, el hambriento Levin– Entonces, prepara un ave –añadió– y pide para mí, aunque sea, sólo un poco de leche.

Cuando se hubo bebido la leche, en buena cantidad, se le pasó el enojo y hasta se sintió avergonzado de haberlo mostrado ante un extraño y rió el trance.

Por la tarde, salieron de nuevo al campo a cazar y hasta Veselovsky mató algunas piezas.

Ya de noche, regresaron a la casa.

Tanto la ida como la vuelta la pasaron divertidísimos. Veselovsky cantaba alegremente; refería su estancia entre los campesinos que le ofrecieron vodka y constantemente le imploraban «que no ofendiese»; el fracaso que tuvo al querer coger avellanas; su plática picaresca con la chica de la propiedad vecina y la sentencia de otro labriego, que le preguntó si era casado y, al contestarle que no, le dijo: «pues más que mirar a las mujeres de otros, deberías procurarte una propia». Todo lo cual le divertía de tal modo que, recordándolo, no cesaba de reír.

–En general, estoy muy contento con nuestro viaje. –decía– ¿Y usted, Levin? –preguntó.

–Yo lo estoy también, mucho –contestó Levin sinceramente, pues ya no sentía animosidad contra Vaseñka, sino que, por el contrario, comenzaba a cobrarle afecto.

SEXTA PARTE – Capítulo 14

Al día siguiente, a las diez de la mañana, habiendo ya recorrido toda su finca, Levin llamó a la habitación donde dormía Vaseñka.

–Entrez! –gritó aquél.

Levin entró y le halló en paños menores.

–Perdóneme, –se disculpó Veselovsky– estaba acabando mis ablutions.

–No se apresure –contestó Levin, sentándose en el alféizar de la ventana. ¿Ha dormido usted bien?

–Como un tronco. No me he despertado ni una sola vez.

–¿Qué toma usted, té o café?

–Ni una cosa ni otra: almuerzo sólido. Créame que estoy avergonzado de esto, pero es mi costumbre. También desearía dar antes un paseíto. Ha de enseñarme usted los caballos.

Habiendo Levin y su huésped paseado por el jardín y hasta hecho gimnasia en el trapecio, volvieron a la casa y entraron en el salón, donde estaban ya las señoras.

–¡Qué magnífica cacería! ¡Cuántas y qué agradables impresiones! –dijo Veselovsky al saludar a Kitty, que se hallaba sentada ante el samovar– ¡Qué lástima que las señoras estén privadas de estos placeres!

Otra vez le pareció a Levin ver algo humillante en la sonrisa, en la expresión de triunfo con que Veselovsky se dirigió a su mujer.

La Princesa, que estaba sentada al extremo opuesto de la mesa, junto a María Vlasievna y Esteban Arkadievich, hablaba de la necesidad de trasladar a Kitty a Moscú para la época del parto y Oblonsky llamó cerca de sí a Levin para hablarle de la cuestión. A Levin, que en los días que precedieron a su casamiento le disgustaban los preparativos que, por su insignificancia, ofendían la grandeza de lo que se iba a realizar, le disgustaban todavía más los que se hacían para el parto que se acercaba, cuya llegada contaban todos con los dedos. Hacía cuanto podía para no oír las conversaciones sobre la manera de envolver al niño, volvía el rostro para no ver las vendas infinitas y misteriosas, los pedazos triangulares de tela, a los que Dolly daba gran importancia y otras cosas semejantes.

El acontecimiento del nacimiento del hijo (pues no le cabía duda de que sería niño), que se le había prometido pero en el cual, a pesar de todo, no podía creer –tan extraordinario le parecía–, se le presentaba por un lado como una inmensa felicidad, tan inmensa, que le parecía imposible; y, por el otro, como un suceso tan misterioso, que aquel supuesto conocimiento de lo que había de venir y, como consecuencia, los preparativos que se hacían, como si se tratara de un acontecimiento ordinario producido por los hombres, despertaba en él un sentimiento de ira y de humillación.

La Princesa no comprendía, sin embargo, estos sentimientos y atribuía a ligereza y a indiferencia los escasos deseos que mostraba su yerno de pensar en las cosas que a ella tanto le interesaban y de hablar de ellas. Así que no lo dejaba tranquilo. Insistía continuamente en sus consultas, en explicarle lo que había hecho, que había encargado a Esteban Arkadievich buscar el piso, cómo pensaba arreglarlo…

Levin rehuía:

–No sé nada de eso, Princesa… Hagan lo que quieran…

–Pues hay que decidir. Si no, ¿cuándo se va a hacer la mudanza?

–No sé… No sé… Sólo sé que nacen millones de niños sin ser llevados a Moscú, hasta sin médicos… Pero hagan como quiera Kitty.

–Con Kitty es imposible hablar de esto. ¿Quieres que la asustemos? Esta primavera, Natalia Galizina murió a consecuencia de un mal parto.

–Bien, bien. Como usted diga, así se hará.

Y mostraba un gesto sombrío.

Pero lo que le tenía así no era la conversación con la Princesa, por mucho que le desagradara, sino la que sostenían Vaseñka y Kitty.

Veselovsky estaba inclinado hacia su mujer, hablándole casi al oído con su sonrisa sarcástica, de dominador y ella le escuchaba ruborizada y con emoción bien visible. Había algo impuro en la actitud de ambos.

«No, esto no es posible», se decía Levin.

Y de nuevo se le oscurecieron los ojos; de nuevo, sin la más leve transición, descendió de la altura de su felicidad, de la calma y la dignidad, y se hundió en el abismo de la desesperación, la humillación y la ira y sintió asco de todo y de todos.

–Obren ustedes como quieran, Princesa –dijo, volviendo a mirar hacia su mujer.

–¡Qué pesada eres, corona de Monomaj (1)! –le dijo Esteban Arkadievich, en tono de broma y aludiendo, no sólo a la conversación con la Princesa, sino a la actitud que tenía Levin y que aquél había advertido bien.

Entró Daria Alejandrovna y todos se levantaron para saludarla.

Vaseñka se levantó sólo un instante y, con la falta de cortesía propia de los jóvenes modernos, se limitó a hacer una leve inclinación de cabeza y volvió junto a Kitty, continuando su conversación con ella sin dejar de reír.

–¡Qué tarde te has levantado hoy, Dolly! –dijo Levin.

–Masha me ha dado muy mala noche. Ha dormido muy mal y hoy está de un pésimo humor –explicó Dolly.

Vaseñka hablaba con Kitty de lo mismo que el día anterior: de Anna. Afirmaba que el amor debe ser puesto por encima de las conveniencias sociales.

Esta conversación era desagradable a Kitty por su fondo y por el tono en que era llevada y, sobre todo, porque sabía que el verla así con Veselovsky molestaba a su marido.

Habría querido cortarla. Pero Kitty era demasiado sencilla e inocente para saber lo que había de hacer a fin de conseguirlo y hasta para ocultar el pequeño e inocente placer que le causaban –mujer al fin– las atenciones de Veselovsky. Pensaba, incluso, que acaso lo que hiciera con tal fin sería mal interpretado.

Efectivamente, cuando preguntó a Dolly «qué tenía Masha» y Vaseñka, al ser cortada su conversación, se puso a mirar a Dolly con indiferencia, a Levin la pregunta le pareció una astucia falta de naturalidad y repugnante.

–¿Qué, pues? ¿Iremos hoy a buscar setas? –preguntó Dolly.

–Vamos… Yo también iré ––dijo Kitty.

Kitty habría preguntado a Vaseñka si él iba también. No hizo la pregunta pero sólo con pensarlo se ruborizó.

En aquel momento Levin pasó a su lado con andar decidido.

–¿Adónde vas, Kostia? –le preguntó, intranquila, a su marido.

La expresión culpable de Kitty confirmó a Levin sus sospechas. Contestó desabridamente, sin mirar siquiera a su esposa.

–En mi ausencia llegó el mecánico alemán y todavía no lo he visto.

Bajó al piso inferior y aún no había salido de su gabinete, cuando oyó los pasos, tan conocidos por él, de Kitty, que iba rápidamente a su encuentro.

–¿Qué quieres? –preguntó Levin– Este señor y yo estamos ocupados.

–Perdone usted, –dijo ella al mecánico– necesito decir algunas palabras a mi marido.

El alemán quiso salir, pero Levin le contuvo:

–No se moleste.

–El tren sale a las tres. –objetó el otro– Temo no poder llegar a tiempo.

Levin no le contestó y salió de la estancia en unión de Kitty.

–¿Qué tienes que decirme? –preguntó a ésta en francés y sin mirarla.

Kitty sentía un temblor irresistible en todo su cuerpo; tenía lívido el semblante; y en general, un aspecto lamentable de abatimiento.

Levin lo presentía y no quería verlo.

–Quiero decir… quiero decirte –balbuceó ella– Quiero decir que así… así es imposible… imposible vivir. Que esto es un martirio…

–No hagas escenas aquí –le atajó Levin con irritación–. Puede venir gente…

Estaban, efectivamente, en una habitación de paso. Kitty quiso entrar en la contigua, pero allí estaba la inglesa dando lección a Tania.

–Salgamos al jardín –propuso, en vista de ello.

En el jardín hallaron al campesino que cuidaba de él y que estaba limpiando el sendero. Sin tener en cuenta ya que el jardinero la veía, que ella lloraba y él estaba conmovido y los dos tenían aspecto de sufrir una gran desgracia, siguieron adelante, rápidos. Sólo pensaban en que necesitaban darse explicaciones, de disuadirse mutuamente y de este modo librarse del martirio que ambos experimentaban.

–Así es imposible vivir. Yo sufro, tú sufres… ¿Y por qué? ––dijo Kitty cuando, al fin, se hubieron sentado en un banco solitario, en un rincón del paseo de los tilos.

–Dime una cosa, –replicó Levin, poniéndose delante de ella en la misma forma que la noche anterior: los puños crispados, apretados contra el pecho, las piernas abiertas, erguidos el torso y la cabeza, la mirada muy fija en los ojos de su mujer– ¿No había en su postura, en su tono, algo inconveniente, impuro, humillante para mí? Dime la verdad.

–Había. –confesó Kitty, con voz temblorosa– Pero Kostia, –se disculpó– ¿qué puedo hacer yo? Esta mañana quise tomar otro tono; pero ese hombre… ¿Para qué habrá venido? –añadió entre sollozos que sacudían todo su cuerpo, que ya iba abultándose por el embarazo– ¡Tan felices que éramos!

El jardinero pudo observar, con sorpresa, cómo primero iban los dos presurosos, aunque nadie los perseguía y cariacontecidos y que, luego, cuando nada particularmente alegre podían haber encontrado en aquel banco, volvían con rostros tranquilos y hasta radiantes.

(1) Corona de Monomaj: o gorro monómaco (en ruso, Шапка Мономахa) es la más antigua de las coronas que se encuentran actualmente en la Armería del Kremlin de Moscú y es uno de los símbolos de la autocracia rusa. Es un gorro de oro compuesto de ocho sectores esmeradamente ornamentados con un revestimiento desplazado de filigrana en oro y bordeados con piel negra. Fue la insignia de coronación de los príncipes de Moscú, zares y emperadores, desde Dmitri Donskói hasta Iván V de Rusia. Durante la simultánea coronación de este último y su hermanastro, el futuro Pedro I de Rusia, Pedro portaba una pequeña corona elaborada específicamente para la ceremonia y que asimismo se conserva en la Armería.

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 9 Y 10

domingo, julio 7th, 2013

anna tapa libro
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 9

–Dinos qué itinerario vamos a seguir –preguntó Oblonsky. –El plan es éste: ahora nos dirigiremos a las tierras pantanosas donde abundan las fúlicas. Después de Grozdevo empiezan magníficas marismas llenas de chochas y también de fúlicas. Ahora hace calor pero como hay unas veinte verstas, llegaremos cuando oscurezca y a esa hora podremos cazar… Pasaremos la noche allí y mañana seguiremos hacia los grandes pantanos.
–¿No hay nada por el camino?
–Sí; pero tendríamos que detenernos y hace tanto calor… Hay dos lugares excelentes, pero dudo que hallemos algo en ellos.
Levin sentía deseos de pararse en aquellos lugares pero como distaban poco de casa, podía ir a ellos siempre que quisiera. Además eran sitios reducidos y había poco espacio para los tres. Por esta causa les mintió diciéndoles que allí había poca caza. Mas, al pasar ante una de las pequeñas marismas, ante las cuales Levin trataba de pasar de largo, el experto ojo de cazador de Oblonsky distinguió en seguida la hierba del pantano.
–¿Y si nos detuviéramos ahí? –exclamó señalando el lugar.
–¡Vayamos, Levin! ¡Es un lugar magnífico! –gritó Vaseñka. Y Levin tuvo que acceder.
Apenas se detuvieron, los perros, corriendo a porfía, se dirigieron hacia el pantano.
–¡«Krak», «Laska»!
Los perros regresaron.
–Para los tres habrá poco espacio. Me quedaré aquí dijo Levin, confiando en que sus amigos no hallarían más que las cercetas que se habían remontado asustadas por los perros, y volaban, con su vuelo balanceante, graznando lúgubremente sobre las marismas.
–No, Levin, vayamos juntos –insistió Veselovsky.
–Les aseguro que estaremos aprestados. ¡Ven, «Laska»! ¿Necesitan el otro perro?
Levin permaneció junto al charabán, mirando con envidia a los cazadores. Uno y otro recorrieron todo el cazadero pero excepto una fúlica y varias cercetas, una de las cuales mató Vaseñka, no había nada.
–Ya han visto que no trataba de ocultarles el lugar. –dijo Levin– Ya sabía yo que era perder el tiempo.
–De todos modos nos hemos divertido. –repuso Vaseñka, subiendo torpemente al charabán, con el arma y la cerceta en la mano– ¿La he alcanzado bien, verdad? ¿Falta todavía mucho para llegar al pantano?
De pronto los caballos se encabritaron, lanzándose a correr; Levin dio con la cabeza contra el cañón de una de las escopetas y en aquel momento le pareció oír un disparo. Pero, en realidad, el disparo se había producido antes.
Lo sucedido fue que Vaseñka, había olvidado bajar uno de los gatillos, que se disparó. La carga fue, afortunadamente, a dar en tierra sin herir a nadie.
Oblonsky meneó la cabeza y miro con reproche a Veselovsky, aunque riendo, pero Levin no tuvo valor para decirle nada, especialmente porque cualquier reproche habría parecido motivado por el riesgo que había corrido y por el bulto que el choque con el arma le había producido en la frente.
Veselovsky se mostró al principio sinceramente disgustado pero luego rió de la alarma de tan buena gana y tan contagiosamente, que Levin no pudo tampoco contener la risa.
Al llegar a las marismas de más allá, que por ser bastante grandes debían entretenerles cierto tiempo, Levin trató de nuevo de persuadirles de que no pero Veselovsky se empeñó en detenerse también aquí.
El lugar era angosto y Levin, como buen huésped, volvió a quedarse con los coches.
Apenas llegaron, «Krak» corrió hacia unos pequeños montículos de tierra. Veselovsky fue el primero en seguir al perro. Aún no había llegado Oblonsky, cuando salió volando una fúlica.
Oblonsky falló el tiro y el ave se ocultó en un prado no segado. Entonces se la dejó a su compañero.
«Krak» volvió a encontrarla, la hizo levantar y Veselovsky la mató, regresando después a los coches.
–Ahora vaya usted y yo cuidaré de los caballos ––dijo.
Levin empezaba a sentir la envidia natural en un cazador. Entregó las riendas a Veselovsky y se dirigió hacia las marismas.
«Laska» ladraba hacía tiempo, quejándose de su injusta preterición. Ahora corrió rectamente al sitio donde había caza, paraje ya conocido por Levin, entre los montículos, a los que aún no había llegado «Krak».
–¿Por qué no detienes a tu perro? –gritó Oblonsky.
–No espantará la caza –respondió Levin alegremente, mirando a su perra y siguiéndola.
«Laska», a medida que se aproximaba, buscaba con mayor interés. Un pajarillo de las marismas la distrajo por un momento. El perro describió un círculo ante los montículos, luego otro y, de repente, se estremeció y se quedó parado.
–¡Ven Stiva! –llamó Levin, sintiendo que su corazón latía con más fuerza.
Dijérase que en su oído se había descorrido un cerrojo y que todos los sonidos comenzaban a impresionarlo desmesuradamente y en desorden pero de un modo preciso. Oía los pasos de Esteban Arkadievich, confundiéndolos con el lejano pisar de los caballos, sintió un crujido en el montículo de tierra que pisó y lo tomó por el vuelo de un pájaro y, más lejos, percibió un chapoteo que no podía explicarse.
Eligiendo sitio donde apostarse, se acercó al perro.
–¡Listo! ––ordenó a «Laska».
Se levantó una chocha. Levin apuntó, pero en aquel momento el sonido del chapoteo, que había oído antes, se hizo más fuerte, uniéndosele, ahora, la voz de Vaseñka, que gritaba de un modo extraño.
Levin, aunque veía que apuntaba a la chocha un poco bajo, disparó. Una vez convencido de que había fallado el tiro, miró a sus espaldas y vio que los caballos del charabán, que estaban en el camino, se habían internado en el terreno pantanoso, donde se hallaban atascados. Veselovsky, para presenciar la caza, los había hecho entrar allí.
«¡Parece que lo impulsa el mismísimo diablo!», gruñó Levin dirigiéndose al carruaje.
–¿Por qué diablos los ha hecho entrar? –le preguntó secamente. Y llamó al cochero para que lo ayudase a sacar los caballos.
A Levin le disgustaba que le hubieran estorbado el disparo, que le empantanaran los animales y, sobre todo, que ni Veselovsky ni Oblonsky les ayudaran al cochero y a él; aunque, a decir verdad, ni uno ni otro tenían la menor idea de cómo habían de desengancharse.
Sin contestar palabra a las afirmaciones de Vaseñka de que allí todo estaba seco, Levin trabajaba junto al cochero, tratando de sacar los caballos. Pero, luego, enardecido ya por el esfuerzo y viendo que Veselovsky se esforzaba con tanto ardor en tirar del charabán que hasta rompió un guardabarros, Levin se reprochó su actitud, debida en gran parte a su resentimiento del día anterior y procuró suavizar su trato con especial amabilidad.
Cuando todo estuvo arreglado y los coches volvieron a la carretera, Levin ordenó sacar el almuerzo.
–Bon appétit, bonne conscience! Ce poulet va tomber jusqu’aufond de mes bottes! –dijo Vaseñka, ya alegre de nuevo, al concluir el segundo pollo– Nuestras desventuras han terminado y todo marchará por buen camino. Pero, como debo ser castigado por mis culpas, me sentaré en el pescante. ¿Verdad? Aunque no soy Automedonte, verá qué bien los llevo. –insistió, cuando Levin le pidió que dejara las riendas al cochero–No, no. Debo pagar mi culpa. ¡Voy muy bien en el pescante!
Y lanzó los caballos al galope.
Levin temía que Vaseñka fatigase a los caballos, sobre todo al rojizo de la izquierda, al que el joven no sabía guiar pero, involuntariamente, se plegó a su jovialidad, escuchando las canciones que, en el pescante, fue cantando durante todo el camino, oyéndole contar cosas divertidas, escuchando sus explicaciones sobre la manera de guiar, a la inglesa four–in–hand.
Sintiéndose en la mejor disposición de ánimo deseable, llegaron los cuatro a las grandes marismas de Grozdevo.

SEXTA PARTE – Capítulo 10
Vaseñka apresuró tanto a los caballos, que llegaron a las marismas demasiado pronto, con mucho calor aún.
Al acercarse a los grandes pantanos objetivo principal de los cazadores, Levin pensó, inconscientemente, en el modo de deshacerse de Vaseñka y cazar solo, sin estorbos. Oblonsky parecía desear lo mismo. En su rostro, Levin leyó la preocupación propia de todo verdadero cazador antes de empezar la caza, así como cierta expresión de bondad maliciosa peculiar en él.
–¿Cómo nos distribuimos? –preguntó Esteban Arkadievich– El lugar es magnífico y veo que hasta hay buitres en él. –añadió señalando varias grandes aves que volaban en círculo sobre las marismas– Donde hay buitres, hay caza.
–Escuchen. ––dijo Levin con gravedad, arreglándose las altas botas y repasando los gatillos de su escopeta– ¿Ven aquel islote?
Señalaba uno que destacaba por su oscuro verdor sobre el vasto prado húmedo, a medio segar, que se veía a la derecha del río.
–Las marismas empiezan ante nosotros, aquí mismo, ¿ven?, donde se ve ese verdor y se extienden hacia la derecha, allí donde están los caballos. Allí, en aquellos montículos de tierra, hay fúlicas y también en torno al islote, junto a aquellos álamos y hasta en las cercanías del molino, ¿ven?, allí donde forma como una pequeña ensenada… Ese sitio es el mejor. Allí cacé una vez diecisiete fúlicas. Nos encontraremos junto al molino.
–¿Quién sigue la derecha y quién la izquierda? –preguntó Oblonsky– Puesto que el lado derecho es más ancho, id los dos por él y yo seguiré el izquierdo –dijo con tono indiferente en apariencia.
–¡Muy bien! Vayamos por aquí y cazaremos a gusto. ¡Vamos, vamos! –exclamó Vaseñka.
Levin no tuvo más remedio que acceder y ambos se separaron de Oblonsky.
Apenas entraron en las marismas, los dos perros comenzaron a correr y buscar ahí donde los matorrales eran más espesos. Por el modo de husmear de «Laska», lenta e indecisa, Levin comprendió que no tardarían en ver levantarse una bandada de aves.
–Veselovsky: vaya a mi lado ––dijo en voz baja, al compañero que chapoteaba detrás, y cuya dirección del arma, después del disparo involuntario en el pantano de Kolpensoe, era natural que interesara a Levin.
–No tema que dispare sobre usted…
Pero Levin lo pensaba así sin poder evitarlo y recordaba las palabras de Kitty al despedirse:
–No vayáis a mataros uno a otro sin querer…
Los perros se acercában cada vez más, muy apartados entre sí y cada uno en una dirección.
La espera era tan intensa que Levin confundió con el graznar de un ave el chapoteo de su propio tacón al sacarlo del barro y apretó el cañón del arma.
«¡Cua, cua!», sintió encima de su cabeza.
Vaseñka disparó contra un grupo de patos silvestres que revoloteaban sobre las marismas y que se acercaron de repente a los cazadores.
Apenas Levin tuvo tiempo de volver la cabeza cuando se levantó una chocha, luego otra, después una tercera y, en fin, hasta ocho piezas que se elevaron sucesivamente.
Oblonsky mató una al vuelo, cuando el animal iba a describir su zigzag, y el ave cayó como un bulto informe en el barrizal.
Sin precipitarse, Esteban Arkadievich apuntó a otra que volaba bajo hacia el islote. Sonó el tiro y el ave cayó. Se la veía saltar entre la hierba segada, agitando el ala, blanca por debajo, que no había sido alcanzada por el disparo.
Levin no fue tan afortunado. Disparó sobre la primera chocha demasiado cerca y erró el tiro. La encajonó cuando volaba más alta pero en aquel momento otra chocha saltó a sus pies y Levin se distrajo y erró nuevamente el tiro.
Mientras cargaban las escopetas, surgió otra chocha y Veselovsky, que ya había cargado, disparó y la descarga fue a dar en el agua. Oblonsky recogió las aves que había matado y miró a Levin con los ojos brillantes de alegría.
–Separémonos ahora ––dijo Oblonsky.
Silbó a su perro, preparó el arma y, cojeando ligeramente, se alejó en una dirección, mientras sus compañeros seguían la opuesta.
Con Levin pasaba siempre lo mismo: que cuando marraba los primeros tiros, se ponía nervioso, se irritaba y no acertaba ya ni uno en todo el día. Así sucedió también esta vez. Había gran números de chochas, que volaban a cada momento a los pies de los cazadores y a ambos lados del perro. Levin, pues, podía resarcirse pero cuando más disparaba, más avergonzado se sentía ante Veselovsky, que tiraba como Dios le daba a entender, alegremente, sin hacer blanco casi nunca, pero sin desconcertarse por ello ni perder su calma.
Levin, impaciente, se precipitaba, estaba cada vez más nervioso y disparaba con la certeza de no matar ave alguna.
«Laska» parecía comprenderlo también. Buscaba con menos interés y se habría dicho que miraba a los cazadores con reproche y sorpresa. Los disparos se seguían unos a otros. Los cazadores estaban envueltos en humo de pólvora y, sin embargo, en el morral no había más que tres chochas.
Una de ellas había sido cazada por Veselovsky y las otras dos pertenecían a ambos.
Mientras tanto, al otro lado de las marismas sonaban disparos menos frecuentes, pero a juicio de Levin, más eficaces. Casi siempre, tras cada disparo de Oblonsky, se oía su voz, gritando:
–¡«Krak», «Krak»!
Y Levin, oyéndolo, se sentía cada vez más excitado.
Las chochas volaban ahora en bandadas. Constantemente se percibían sus chapoteos en el cieno y en el aire se escuchaban sus graznidos. Se levantaban, giraban y luego volvían a posarse, a la vista de los cazadores. Los buitres no se veían ya por parejas, sino a docenas, que volaban sin cesar sobre las marismas.
Llegados hacia la mitad de los terrenos pantanosos, Levin y Veselovsky se encontraron en el límite de un prado perteneciente a unos campesinos. Largas franjas que arrancaban del lado mismo del carrizal dividían el prado, la mitad del cual estaba ya segado.
Aunque en la parte sin guadañar había menos probabilidades de hallar caza que en la segada, Levin, habiendo convenido con Oblonsky en encontrarse, siguió adelante con su compañero.
–¡Eh! ¡Cazadores! –gritó un campesino que se sentaba junto a un carro desenganchado– ¡Vengan a comer con nosotros, que tenemos buen vino!
Levin volvió la cabeza.
–¡Vengan! ¡Vengan! –gritó alegremente otro labriego barbudo, de colorado rostro, mostrando al sonreír sus blancos dientes y alzando en el aire una verdosa botella que brillaba al sol.
–Qu’est–ce qu’ils disent? –preguntó Veselovsky.
–Nos convidan a beber vodka. Seguramente han hecho hoy el reparto del heno… Yo bebería con gusto – dijo Levin no sin malicia, mirando a su compañero y esperando que éste se sintiera seducido por el vodka y quisiera ir.
–¿Y por qué nos convidan?
–Ya ve: son buena gente… Vaya, vaya. Le divertirá.
–Allons, c’est curieux…
–Vaya; encontrará allí el sendero que lleva al molino exclamó Levin.
Y al volverse vio con placer que Vaseñka, encorvándose y tropezando con sus cansados pies y llevando el fusil a brazo, salía del carrizal para acercarse a los labriegos.
–¡Ven tú también! –llamó el campesino a Levin–. Te daremos empanada.
Levin dudó por un momento. Comenzó a andar hundiendo los pies en el fango, pues se sentía fatigado y apenas los podía levantar. Con gusto se habría comido, sin embargo, un pedazo de pan y se habría bebido detrás un vaso de vodka. Pero en aquel momento su perro se detuvo y Levin sintió que su cansancio desaparecía de repente y a paso ligero se dirigió a su encuentro.
A sus pies se alzó una chocha. Disparó y la mató, pero el perro seguía inmóvil. Apenas tuvo tiempo de azuzarle, cuando de los mismos pies del animal voló otra chocha. Levin hizo fuego. Pero el día era poco afortunado. Erró el tiro y al ir a buscar el ave muerta tampoco la halló.
Recorrió el carrizal de arriba abajo pero sin fruto. «Laska» no creía que su amo hubiese matado al animal y, cuando le mandaba que lo buscase, fingía hacerlo, pero en realidad no buscaba nada.
De modo que tampoco sin Vaseñka, al que Levin achacaba su mala suerte, iba la cosa mejor. Aunque aquí había también muchas becadas, Levin erraba lastimosamente tiro tras tiro.
Los rayos oblicuos del sol poniente eran muy calurosos aún. El traje, chorreante de sudor, se le pegaba al cuerpo. La bota izquierda, llena de agua, le pesaba enormemente. Las gotas de sudor le corrían por el rostro manchado de pólvora; se notaba la boca amarga, sentía el olor de pólvora y de cieno y a sus oídos llegaba el incesante chapoteo de las chochas.
Los cañones de la escopeta estaban tan recalentados que era imposible tocarlos; el corazón de Levin palpitaba en breves y rápidos latidos; sus manos temblaban de emoción, y sus pies cansados tropezaban y se enredaban en hoyos y montículos. Pero seguía andando y disparando.
Por fin, tras un tiro errado vergonzosamente, Levin arrojó al suelo la escopeta y el sombrero.
«Necesito serenarme», se dijo.
Cogió de nuevo el arma y el sombrero, llamó a «Laska» y salió del carrizal.
Ya en un sitio seco, se sentó en una prominencia del terreno, se descalzó, quitó el agua de la bota, se acercó al pantano, bebió de aquel agua que sabía a moho, humedeció los cañones calientes del arma y se lavó las manos y la cara.
Una vez fresco y animado con el firme propósito de no perder su sangre fría, volvió a un lugar donde había visto posarse un ave.
Mas, aunque se esforzaba en estar tranquilo, sucedía lo mismo de antes. Su dedo oprimía el gatillo antes de apuntar bien. Todo iba de peor en peor.
Sólo tenía cinco piezas en el morral cuando salió de las marismas para dirigirse al álamo donde debía encontrar a Esteban Arkadievich.
Antes de divisarlo, Levin vio a su perro, «Krak», que salió corriendo de entre las raíces de un álamo, sucio del barro negro y pestilente de la ciénaga. Con aspecto triunfante, olfateó a «Laska».
Detrás de «Krak», surgió, a la sombra del álamo, la gallarda figura de Oblonsky. Avanzaba rojo, sudoroso, con el cuello desabrochado, cojeando como antes.
–¡Qué! ¿Habéis disparado mucho? –––dijo, sonriendo alegremente.
–¿Y tú? –preguntó Levin.
La pregunta era superflua, porque su amigo llevaba el morral rebosante.
–No me ha ido mal.
Llevaba catorce piezas.
–Es un excelente cazadero. A ti seguramente te ha estorbado Veselovsky. Es muy molesto cazar dos con un solo perro –––dijo Esteban Arkadievich, para atenuar el efecto de su triunfo.

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 7 Y 8

sábado, julio 6th, 2013

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Маковский — «В избе лесника»

SEXTA PARTE – Capítulo 7
Levin no volvió hasta que lo llamaron para la cena.
En la escalera, Kitty hablaba con Agafia Mijailovna de los vinos necesarios para cenar.
–¿A qué tantos remilgos? Que sirvan el de siempre.
–No, a Stiva no le gusta ése… ¿Qué te pasa, Kostia? –dijo Kitty, dirigiéndose a él.
Pero Levin, fríamente, sin esperarla, entró en el comedor a grandes pasos y se unió a la conversación que mantenían Oblonsky y Veselovsky.
–¿Vamos de caza mañana? –preguntó Esteban Arkadievich.
–Vayamos, sí –dijo Veselovsky, sentándose de lado en una silla y poniendo una de sus robustas piernas sobre la otra.
–Por mi parte, con mucho gusto. ¿Ha ido usted de caza ya este año? –preguntó Levin a Vaseñka, mirando con atención sus piernas y desplegando una fingida amabilidad que Kitty conocía y que la disgustó.
–No sé si hallaremos chochas; –siguió– pero fúlicas hay muchísimas. Tendremos que salir temprano. ¿No se fatigará usted? Y tú, Stiva, ¿no estás cansado?
–¿Cansado yo? ¡Aún no me he sentido cansado nunca! Si queréis, esta noche, en vez de dormir, salimos a pasear…
–Muy bien… ¡Esta noche no se duerme! –apoyó Veselovsky.
–¡Oh, ya estamos bien seguros de que tú eres muy capaz de no dormir y de no dejar dormir al prójimo! – afirmó Dolly, con la ligera ironía con la que ahora trataba siempre a su marido– Pero a mí me parece que es hora ya de acostarse y me voy. No quiero cenar.
–¡Quédate, Dolleñka! –exclamó su esposo, pasando a su lado, en la mesa– Tengo muchas cosas que contarte.
–Seguramente no serán más que tonterías.
–Mira; Veselovsky ha estado en casa de Anna y va a ir otra vez. Viven sólo a setenta verstas de aquí. También yo me propongo visitarles. Ven, Veselovsky.
Veselovsky, aproximándose a las señoras, se sentó junto a Kitty.
–Puesto que ha pasado usted por su casa, cuéntenos qué tal está –le dijo Dolly.
Levin quedó al otro extremo de la mesa y, mientras hablaba con la Princesa y Vareñka, veía cómo entre Oblonsky, Dolly, Kitty y Veselovsky se mantenía una charla animada y misteriosa. Y notaba, además, en el rostro de su mujer, la expresión de un sentimiento serio, mientras, sin apartar los ojos, miraba el agradable semblante de Veselovsky, quien hablaba animadamente.
–Están muy bien. –decía Veselovsky, refiriéndose a Vronsky y Anna– No soy quién para juzgar, pero en su casa se siente la impresión de vivir como en una verdadera familia.
–¿Y qué piensan hacer?
–Parece que se proponen pasar el invierno en Moscú.
–Me gustaría que nos encontráramos en su casa. ¿Cuándo piensas ir? –preguntó Oblonsky a Vaseñka.
–Pasaré el mes de julio con ellos.
–¿Tú irás? –preguntó Esteban Arkadievich a su mujer.
–Hace tiempo que me lo proponía y no dejaré de hacerlo. –repuso Dolly– Conozco a Anna y la compadezco. Es una mujer excelente. Iré sola, cuando tú te marches, para no estorbar a nadie. Sí, es mejor que vaya cuando tú no estés allí.
–¡Magnífico! –aprobó Esteban– ¿Y tú, Kitty?
–¿Para qué voy a ir yo? –repuso ella, ruborizándose y mirando a su marido.
–¿Conoce usted a Anna Arkadievna? –preguntó Veselovsky– Es una mujer admirable.
–Sí –dijo Kitty, ruborizándose más aún.
Se levantó y se acercó a su marido.
–¿De modo que mañana vas de caza?
Durante aquellos breves instantes en que Kitty había estado con Veselovsky, ruborizándose, los celos de Levin habían ido creciendo con rapidez.
Ahora, al escuchar las palabras que ella le dirigía, las interpretó de un modo especial. Por extraño que luego al recordarlo le pareciese, a la sazón pensaba que, al preguntarle Kitty si iba a cazar, sólo le interesaba saber si esto sería del agrado de Veselovsky, de quien Kitty, a su juicio, estaba ya enamorada.
–Iré –contestó Levin con voz forzada, que hasta a él le sonó desagradablemente.
–Más vale que paséis aquí el día de mañana, porque si no, Dolly no tendrá tiempo de estar ni un momento con su marido. Podéis salir de caza pasado… –propuso Kitty.
Levin traducía así tales palabras: «No me separes de él. No me importa que te vayas tú, pero déjame disfrutar del trato de este muchacho tan agradable».
–Si quieres, esperaremos hasta pasado mañana –contestó Levin con exagerada amabilidad.
Entre tanto y sin sospechar las torturas que producía su presencia, Vaseñka se levantó de la mesa y siguió a Kitty, mirándola, sonriente y afectuoso.
Levin sorprendió su mirada, palideció y por un momento se le cortó la respiración. Su corazón hervía de ira.
«¿Cómo se permite mirar así a mi mujer?» , se decía.
–Entonces, ¿vamos mañana? –preguntó Vaseñka, sentándose junto a Levin y cruzando las piernas, como tenía por costumbre.
Los celos de Levin aumentaron. Ya se veía convertido en un marido engañado, al que la mujer y el amante sólo necesitan para que les procure placeres y vida cómoda.
Y, sin embargo, como buen anfitrión, interrogó amablemente a Veselovsky sobre cuestiones de caza; le habló de su escopeta y sus botas y consintió en ir a cazar al siguiente día.
Afortunadamente para Levin, la Princesa acabó con sus sufrimientos, aconsejando a Kitty que se acostara.
Pero aun esto le proporcionó un nuevo motivo de tormento. Al despedirse de la joven, Vaseñka fue a besarle de nuevo la mano. Mas Kitty, con ingenua brusquedad –que su madre le reprochó luego–– retiró la mano, diciendo:
–En nuestra casa no existe esta costumbre…
A juicio de Levin, la culpa era de ella, por haber consentido en que la tratara de aquel modo y también por la poca destreza con que le demostró, después, que aquel trato no le placía.
–¿Quién puede tener deseos de ir a la cama con este tiempo? –comenzó Oblonsky, que ahora, después de los vasos de vino bebidos en la cena, se hallaba en un estado del alma dulce y poético– Mira, Kitty. –dijo, mostrándole la luna que asomaba entre los tilos– ¡Qué maravilla! Veselovsky, éste es el momento adecuado para una serenata. ¿Sabéis que tiene una voz estupenda? Por el camino hemos cantado mucho los dos… Además, trae unas magníficas romanzas nuevas… Podría cantar con Bárbara Andrievna.
Cuando todos se hubieron acostado, Oblonsky pasó bastante tiempo aún paseando con Veselovsky.
Desde la casa se oían sus voces tratando de cantar a dúo una nueva pieza.
Levin, sentado en el dormitorio conyugal, les oía cantar, frunciendo las cejas y escuchaba, sin contestar, las preguntas que Kitty le dirigía a propósito de su actitud, que la tenía preocupada.
Al fin le preguntó, sonriendo tímidamente:
–¿Quizá te ha molestado alguna cosa de Veselovsky?
Entonces, sin poder contenerse, él se lo dijo todo y como lo que decía le ofendía a él mismo, ello no hacía sino aumentar su irritación.
Permanecía ante Kitty con un terrible brillo en los ojos bajo el arrugado entrecejo y oprimiéndose el pecho con sus manos vigorosas, como para contenerse. La expresión de su rostro hubiera resultado severa y hasta feroz si, a la vez, no hubiera expresado un sufrimiento que conmovió a Kitty. Los pómulos le temblaban, se le entrecortaba la voz.
–Como supondrás, no tengo celos, ni puedo tenerlos. Esa palabra es detestable. No es que crea que… En fin, no puedo decir lo que siento, pero es terrible. No tengo celos pero me siento ofendido, afrentado por el hombre que osa mirarte de ese modo.
–Pero, ¿de qué modo me ha mirado? –preguntaba Kitty, tratando de recordar todas las palabras y ademanes de aquella noche en sus menores detalles.
En el fondo, reconocía que hubo algo inconveniente en el modo con que Veselovsky la había seguido al otro extremo de la mesa, pero no se atrevía a confesárselo y menos aún a decírselo a Levin, por no acrecentar sus sufrimientos.
–¿Qué atractivos puedo tener para…?
–¡Oh! –exclamó Levin, llevándose las manos a la cabeza– ¡Más valdría que callases! ¡De modo que si fueras atractiva…!
–Óyeme, Kostia, no seas así… –dijo Kitty, mirándole con expresión compasiva– ¿Cómo puedes pensar…? ¡Si para mí los hombres no existen, no existen, no existen! ¿O es que quieres que no me trate con nadie?
Al principio le habían ofendido sus celos, disgustada de que hasta la más pequeña e inocente diversión le fuera prohibida, pero ahora habría sacrificado con gusto, no tales pequeñeces, sino todo, por devolverle la tranquilidad y librarlo de la pena que experimentaba.
–¿Comprendes lo cómico y horrible de mi situación? –seguía él en voz baja, desesperado– Está en mi casa, no ha hecho nada malo en realidad, aparte de esa costumbre suya de cruzar las piernas, que él considera como un detalle más de elegancia y tengo que ser amable con él…
–¡Cómo exageras, Kostia! –exclamó Kitty, contenta en el fondo del amor inmenso que Levin le demostraba con sus celos.
–Lo horrible es que ahora, cuando eras más que nunca sagrada para mí, cuando éramos tan felices, tan infinitamente felices, llega ese hombre insignificante y… ¿Y qué puedo decir contra él? ¡No tengo nada que ver con hombre semejante! ¡Pero mi felicidad, tu felicidad…!
–Ya sé por qué ha pasado todo esto –dijo Kitty.
–¿Por qué? Dímelo…
–He notado cómo nos mirabas mientras hablábamos durante la cena.
–¡Ah! –exclamó Levin, inquieto.
Ella le explicó de lo que hablaban. Al contarlo, le sofocaba la emoción.
Levin calló. Luego miró el rostro pálido y disgustado de su esposa y se llevó las manos a la cabeza.
–¡Qué dolor te he causado! Perdóname, Katia. Ha sido una locura. ¡Qué mal me he portado, Katia! ¿Es posible que me haya torturado semejante tontería?
–No sabes cuánto lo siento. ¡Te compadezco con toda mi alma!
–¿A mí, a mí? ¡Si estoy loco! Pero, ¡que hayas sufrido tú! Es horrible pensar que un extraño pueda destruir así nuestra felicidad.
–Claro, esto es lo que ofende…
–Bien, para castigo de mi culpa, le invitaré a pasar con nosotros todo el verano y le colmaré de amabilidades. –dijo Levin, besándole las manos– Ya verás… Mañana… ¡Ah, es verdad que mañana vamos de caza!

SEXTA PARTE – Capítulo 8
Al día siguiente, muy de mañana, antes de que los niños se levantasen, los vehículos en que iban a cazar, el charabán y un carro, estaban ante la entrada.
«Laska», adivinando que había cacería, después de ladrar y saltar a su antojo, estaba ahora en el charabán al lado del cochero, mirando con inquietud y reproche la puerta, por la que tanto tardaban en aparecer los cazadores.
El primero en salir fue Veselovsky, con flamantes botas altas que le llegaban hasta la mitad de sus robustas piernas, con camisa verde de cazador, tocado con una gorra con cintas, ciñendo una canana nueva, que olía a cuero, y empuñando su escopeta inglesa, nueva también, sin cordón ni correa.
«Laska» corrió a su encuentro, festejándole y preguntándole a su modo, con sus saltos, si los demás saldrían en breve pero, no recibiendo contestación, volvió a su puesto de espera y allí aguardó de nuevo, con la cabeza de lado y una oreja aguzada.
Al fin, la puerta se abrió con estrépito y salió, dando saltos y cabriolas, «Krak», el pointer de Oblonsky y tras él el propio Oblonsky, con un cigarro en la boca y la escopeta en la mano.
–¡Calla, «Krak», calla! –ordenó afectuosamente a su perro, que le ponía las patas sobre el vientre y el pecho, aferrándose a su morral.
Esteban Arkadievich llevaba botas viejas, bandas hechas de ropa usada, unos calzones rotos y una zamarra. En la cabeza ostentaba los restos de un sombrero. En cambio, su escopeta de nuevo sistema era un verdadero primor y su morral y canana, aunque gastados, eran de cuero de primera calidad.
Veselovsky, hasta entonces, no había comprendido la verdadera elegancia del cazador, consistente en llevar ropa y zapatos viejos y en cambio efectos de caza inmejorables. Ahora, mirando a Oblonsky, esplendoroso entre aquellos andrajos, con su figura distinguida y jovial de verdadero señor, decidió que para la próxima cacería se vestiría del mismo modo.
–Veo que nuestro anfitrión se retrasa–dijo Vaseñka Veselovsky.
–Hombre, piense en su joven esposa… –repuso Oblonsky, sonriendo.
–Por cierto que es encantadora.
–Ya estaba vestido. Debe de ser que ha ido otra vez a verla.
Esteban Arkadievich acertaba. Levin había vuelto a despedirse de nuevo de su mujer y a preguntarle, otra vez, si le perdonaba la sandez de la noche anterior, así como para rogarle que hiciese el menor ejercicio posible. Sobre todo, debía apartarse de los niños, que podían empujarla y hacerle daño. Además, quería saber una vez más, de labios de Kitty, que no la disgustaba que él se fuera por un par de días; y, finalmente, le hizo prometer que al día siguiente y por un hombre a caballo, le mandaría una nota, aunque fuesen sólo dos líneas, para informarle de cómo seguía.
Kitty, como siempre, sentía separarse por aquellos dos días de su marido pero, al ver su figura corpulenta y vigorosa, con sus botas de cazador y su blusa blanca, irradiando esa animación peculiar de los cazadores que ella no podía comprender, olvidó su tristeza, compensada por la alegría de él y lo despidió con jovialidad.
–Perdonen, señores. –dijo Levin, corriendo al encuentro de sus compañeros– ¿Han puesto ahí el almuerzo? ¿Y cómo es que han enganchado al «Rojo» a la derecha? En fin, es igual. ¡Cállate, «Laska»! Anda, acuéstate. Llévalos al rebaño de becerros –agregó, dirigiéndose al vaquero, que le esperaba al pie de la escalera para preguntarle lo que debía hacer con los ternerillos –Perdonen. ––concluyó– Allí viene otro a fastidiarme.
Saltó del charabán en que ya se había acomodado y saltó al encuentro del maestro carpintero, quien, con una vara de medir en la mano, se acercaba a él.
–Ayer no pasaste por el despacho y hoy vienes a entretenerme… ¿Qué quieres?…
–Permítanos añadir unos peldaños a la escalera. Con tres más habrá bastante. Así lo arreglaremos bien. Será mucho más descansado…
–¡Más valdría que me hubieses obedecido! –contestó Levin con enfado– Te dije que pusieras los soportes y luego colocaras los peldaños. Ahora ya no hay arreglo. Haz lo que te he ordenado y construye una escalera nueva.
Ocurría que el maestro carpintero había estropeado una escalera, que construía para el pabellón, haciendo los soportes por separado sin calcular la pendiente. Los peldaños quedaron demasiado inclinados, y ahora el carpintero quería agregar tres más, dejando el mismo armazón.
–Esto sería mejor ––dijo.
–¿Cómo vas a arreglarte con tus tres escalones?
–No se preocupe; ––contestó el otro, con sonrisa desdeñosa– ya cuidaré yo de que quede bien. La iremos montando desde abajo y llegará arriba –añadió con gesto persuasivo -precisamente donde ha de llegar.
–Pero los tres peldaños la alargarán. ¿Hasta dónde va a llegar?
–La pondremos desde abajo y ya verá cómo queda bien –repitió el carpintero con persuasión y terquedad.
–¡Llegará al techo!
–No llegará. La subiremos de modo que quede justa.
Levin, con la baqueta del arma, empezó a dibujar la escalera en el polvo del camino.
–¿Lo ves? –preguntó al carpintero.
–Como usted quiera. –repuso el hombre, cambiando de expresión repentinamente y mostrando que había comprendido al fin– Ya veo que hay que hacer una escalera nueva.
–Pues hazlo como te mando. –exclamó Levin, sentándose en el charabán– ¡Vamos! –ordenó al cochero –Felipe: sujeta los perros.
Ahora que dejaba tras sí todas las preocupaciones familiares y domésticas, experimentaba tan viva alegría de vivir que no tenía ni deseos de hablar. Sentía la emoción concentrada que experimenta todo cazador acercándose al cazadero.
Lo único que le interesaba era pensar en si hallarían piezas en las marismas de Volpino, si «Laska» se portaría bien o no en comparación con «Krak» y si él mismo tendría buena puntería. ¿Cómo arreglarse para quedar bien ante un invitado nuevo? ¿Se mostraría Oblonsky mejor cazador que él? Tales eran los pensamientos que le ocupaban en aquel momento.
Oblonsky, sintiendo lo mismo, iba taciturno también. Sólo Veselovsky hablaba alegremente sin cesar.
Escuchándole, Levin se avergonzaba de lo injusto que había sido el día antes con él. Vaseñka era un buen muchacho, sencillo, bondadoso y muy jovial. Si Levin le hubiera conocido de soltero, de seguro que los dos habrían sido buenos amigos.
Cierto que a Levin le contrariaba algo su modo despreocupado de considerar la vida y su elegancia un poco desenvuelta. Parecía concederse una especial importancia por el hecho de tener largas uñas y llevar una gorrita escocesa y por lo demás que le distinguía. Pero todo podía perdonársele por su simplicidad y honradez.
Levin admiraba además su buena educación, su excelente pronunciación francesa e inglesa y su elegancia mundana.
Vaseñka, entusiasmado con el caballo del Don que corría al lado izquierdo, lo elogiaba sin cesar.
–¡Qué hermoso sería montar un caballo de la estepa y galopar por ella! ¿Verdad? –decía.
Y, aunque de manera imprecisa, se veía ya cabalgando por la estepa sobre aquel caballo, en una carrera salvaje y poética.
Además de su buen porte, agradable presencia y de la gracia de sus ademanes, resultaba atractiva su ingenuidad. Bien porque su carácter fuera realmente simpático a Levin o porque éste quisiera hoy encontrarlo todo bueno en Vaseñka para redimir su falta de anoche, el caso era que Levin esta mañana se sentía a gusto con él.
Cuando habían recorrido unas tres verstas, Vaseñka reparó en que no tenía sus cigarros ni su billetera; ignoraba si los había dejado sobre la mesa o los había perdido. La billetera contenía trescientos setenta rublos y, dada la importancia de la suma, Vaseñka deseaba asegurarse de que no lo había perdido.
–Oiga, Levin. ¿Podría llegarme a casa en un momento montando en ese caballo de la izquierda? ¡Sería admirable! –dijo, preparándose ya a cabalgar.
–No. ¿Para qué? –repuso Levin, calculando que Vaseñka debía pesar lo menos seis puds– Que vaya el cochero.
El cochero se fue montado a buscar la billetera y los cigarros y Levin tomó en sus manos las riendas.

CEREMONIA DE TÉ

sábado, julio 6th, 2013

Chaĭnaya tseremoniya - Vladimir Fedotko
Dense una vuelta por la obra de Vladimir Fedotko. Vale la pena. Ésta pieza se llama «Ceremonia de té» (Chaĭnaya tseremoniya) y, personalmente, me parece maravillosa la metáfora de la mujer como samovar, fuente de agua y calor.
Nos dice el autor: cada nación tiene su propia cultura del té; Rusia decidió hervir agua en un samovar para conseguir un «hilo de plata» de 85 a 90°C; el samovar era una cosa muy valiosa en la familia y se heredaba, era tratado con mucho cuidado y respeto y hasta adornado y decorado; toda la familia se reunía alrededor de la mesa y se tomaban entre 6 y 8 rondas de té.

AL SAMOVAR (Leonid Utesov – 1920)

sábado, julio 6th, 2013

Leonid Osipovich Utyosov (o Utesov) fue un artista ucraniano, legendario en la cultura soviética. Notablemente polifacético, fue un brillante actor, cantante, conductor, organizador y narrador extraordinario.
El Jazz es un género que está abierto a todas las influencias, ya sea al impacto del folclore, la música académica o las bellas artes. Como las personas que, a menudo, se convierten en descubridores de nuevos caminos en las arte y las ciencias, Utyosov que era un dotado en muchos campos, se las arregló para no sólo crear, sino también preservar para los años por venir el precoz jazz soviético. La adorada banda «Tea-jazz» no podía aparecer sin su líder, quien ya había logrado un gran éxito como actor a la edad de 30 años. Esta banda ostentaba todas las características de una representación teatral; el teatro en sí es una profunda síntesis de literatura, plástica y pintura; la Ópera y opereta añaden música a estas artes; pero la orquesta de Utyosov, donde los músicos se convertían en actores, acrecentando la «penetración mutua» de las artes, era un nuevo tipo de expresión artística, un experimento nunca antes visto.
Durante los años de guerra Utyosov condujo numerosas actuaciones para los soldados en el frente, así como para los heridos en los hospitales. También, como muchos otros artistas, donó dinero para construir aviones para luchar contra los nazis. La mayoría de los clásicos de la época heroica, como «Noche Oscura», «Barón von der Pschick» y «Bombers» se tocaron por primera vez por la orquesta de Utyosov. El gran concierto de la banda, el 9 de mayo de 1945, marcó el final de la guerra.
A principios de los 50 muchos artistas en la Unión Soviética fueron atacados por el Partido Comunista durante la dictadura de Joseph Stalin. Utyosov fue censurado se le prohibió actuar en espectáculos públicos. Su canción «Shalandy» y otras fueron prohibidas hasta 1956, cuando Nikita Jruschov inicio el «deshielo».
Durante los años 50, 60 y 70, Utyosov dio cientos de conciertos a través de la Unión Soviética y en el extranjero. Su banda de jazz se convirtió en una escuela para muchos músicos jóvenes. En 1965, recibió el título de Artista del Pueblo de la URSS.
Murió en 1982.
Les dejo esta pieza bellísima, de 1920, que se llama Al samovar, con una traducción que puede mejorarse (quien pueda ayudar, será bienvenido, como siempre).

Para ver el video y escuchar la música, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.

Л Утесов У самовара я и моя Маша

AL SAMOVAR (Leonid Utesov – 1920)

Al samovar, mi Masha y yo
y ya oscureció completamente.
Y como en el samovar, nuestra pasión bulle!
Ella sonríe contenta, cada mes, por la ventana.

Masha me sirve té
y sus ojos prometen tanto:
al samovar, mi Masha y yo,
como un poquito de azúcar al té, será la noche.
(mientras «tomamos té» hasta el amanecer).

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 5 Y 6

viernes, julio 5th, 2013

anna tapa libro
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 5
«Bárbara Andrievna: cuando yo era muy joven aún, forjé un ideal de mujer a quien amar y a quien hacer mi esposa. Después de largos años de vida, he hallado en usted lo que buscaba. La amo y le ofrezco mi nombre.»
Así se preparaba a hablar Sergio Ivanovich cuando estaba a diez pasos de Vareñka, la cual, arrodillada y defendiendo una seta de los asaltos de Grisha, llamaba a la pequeña Masha.
–Ven, ven, pequeña, ven. ¡Aquí hay muchas! ––decía con su agradable voz.
Viendo acercarse a Sergio Ivanovich no cambió de postura pero él advirtió en todo su aspecto que sentía su proximidad y se alegraba.
–¿Ha encontrado usted muchas? –preguntó –volviendo hacia él su hermoso rostro, que sonreía con dulzura enmarcado en el blanco pañuelo.
–Ninguna. ¿Y usted? –repuso Sergio Ivanovich.
Vareñka, ocupada con los niños que la rodeaban, no contestó.
–¡Otro! –dijo, mostrando a la pequeña Masha un hongo minúsculo sobre un delgado tallo cortado en la mitad de su esponjosa cabeza rosada por una brizna de hierba seca que había crecido bajo el hongo.
Vareñka se incorporó cuando Masha cogió el honguito, rompiéndolo en dos frescos pedazos.
–Esto me recuerda mi infancia –dijo Vareñka, dejando a los niños para aproximarse a Sergio Ivanovich.
Anduvieron unos pasos en silencio.
Vareñka adivinaba que él quería hablar; sabía ya de qué y la alegría y el temor le oprimían el alma.
Se alejaron tanto, que todos los perdieron de vista; pero él seguía callando. Vareñka optó por callar también. Después de un silencio, resultaba más fácil hablar de lo que les interesaba que a raíz de unas palabras sobre las setas.
Pero, como involuntariamente, Vareñka dijo de improviso:
–¿De modo que usted no ha encontrado nada? Claro… En el bosque siempre hay menos setas que en los linderos.
Sergio Ivanovich suspiró sin contestar. Le desagradaba que ella hablara de las setas. Habría querido hacerla volver a sus primeras palabras sobre su infancia; pero, también como a la fuerza, tras una pausa le contestó:
–He oído decir que los hongos blancos crecen en los linderos del bosque pero no sé distinguirlos.
Pasaron otros varios minutos. Se alejaron más de los niños y ahora estaban completamente solos.
El corazón de Vareñka latía de tal modo que ella percibía sus latidos. Se daba cuenta de que se ruborizaba, palidecía y volvía a ruborizarse.
Ser esposa de un hombre como Kosnichev después de la posición en que viviera con la señora Stal, le parecía que era más de lo que podía desear. Estaba, por otra parte, convencida de que lo amaba.
Sentía que ahora iba a decidirse todo y se asustaba de lo que le diría y de lo que le dejaría de decir.
Sergio Ivanovich comprendía, también, que había que explicarse ahora o no lo harían nunca. Todo en la mirada, el rubor y los ojos de Vareñka delataba una fuerte emoción. Kosnichev la compadecía.
Pensaba aun que no decirle nada ahora, sería ofenderla. Se repitió mentalmente todo lo aducido en pro de su decisión; se repitió incluso las palabras con las que quería expresársela.
Pero, por una inesperada asociación de ideas, en vez de decirle lo que pensaba, le preguntó:
–¿Qué diferencia hay entre el hongo blanco y el hongo de álamo?
Los labios de Vareñka temblaron de emoción al contestar:
–La cabeza no difiere casi, pero el tallo sí.
Y, después de pronunciar estas palabras, comprendieron ambos que todo había terminado, que lo que debía decirse no se diría. Y su mutua emoción, que había alcanzado su punto máximo, empezó a calmarse.
–El tallo del hongo de álamo recuerda la barba de un hombre moreno sin afeitar –dijo, ya completamente tranquilo, Sergio Ivanovich.
–Es cierto –repuso Vareñka sonriente.
Y, sin darse cuenta, cambiaron el rumbo de su paseo y se acercaron a los niños.
Vareñka sentía dolor y vergüenza pero a la vez experimentaba cierta sensación de alivio.
De vuelta a casa y repasando todos los motivos que podía tener para casarse, Sergio Ivanovich halló que había pensado equivocadamente. No podía traicionar la memoria de María.
–¡Calma, calma, calma, niños! –gritó Levin, casi irritado, poniéndose ante su mujer para defenderla cuando los chiquillos, entre gritos de alegría, venían corriendo a su encuentro.
Detrás de los niños salieron del bosque Sergio Ivanovich y Vareñka.
Kitty no necesitó preguntar nada. En los rostros serenos y como avergonzados de los dos, la joven comprendió que sus esperanzas no se habían realizado.
–¿Y qué? –preguntó su marido cuando volvían a casa.
–No toma –dijo Kitty, recordando a su padre en el modo de reír y hablar, lo que Levin observaba a menudo en ella con placer.
–¿Qué quiere decir «no toma»?
–Esto; mira lo que hacen. –repuso Kitty, cogiendo la mano de su marido, llevándosela a la boca y tocándola con sus labios cerrados– Le besa la mano como se le besa a un obispo.
–Pero, ¿quién es el que «no toma»? –preguntó Levin riendo.
–Ni el uno ni el otro. Mira, es así como debe hacerse.
Y Kitty besó la mano de su marido.
–Cuidado. Ahí vienen unos aldeanos.
–No, no han visto nada…

SEXTA PARTE – Capítulo 6
Mientras los niños tomaban el té, los mayores, sentados en el balcón, hablaban como si nada hubiera sucedido, a pesar de que todos, en especial Sergio Ivanovich y Vareñka, sabían que se había producido un hecho muy importante, aunque negativo.
Tanto él como ella experimentaban un sentimiento análogo al de un alumno después de un examen desfavorable, cuando queda en la misma clase o lo hacen salir del colegio.
Todos los presentes, comprendiendo, también, que había sucedido algo, hablaban con animación de cosas indiferentes.
Levin y Kitty esta tarde se sentían particularmente felices y enamorados. El que ellos fueran felices con su amor, parecía una desagradable alusión a los que querían serlo y no podían, por lo que experimentaban un sentimiento de pesar.
–Acuérdense de lo que les digo. Alexandre no vendrá hoy –aseguró la Princesa.
Aguardaban para aquella tarde la llegada de Oblonsky y el anciano príncipe había escrito que quizá fuera él también.
–Y sé muy bien por qué; –continuó la anciana señora– según él a los recién casados hay que dejarlos solos durante los primeros tiempos.
–Papá nos tiene abandonados. Hace mucho que no lo vemos. –dijo Kitty– Además, ¿acaso somos recién casados? ¡Si somos veteranos ya!
–Pues si él no viene, yo os dejaré, hijas ––dijo la Princesa suspirando melancólicamente.
–¿Por qué, mamá? ––exclamaron ellas.
–Pensad en lo triste que se sentirá él ahora…
Insólitamente, la voz de la anciana tembló.
Sus hijas callaron y cruzaron una mirada, con la que querían significar:
«Mama siempre encuentra algún motivo de tristeza.»
Ignoraban que, por bien que ella se hallara en casa de Kitty y por útil que se considerara allí, sufría y estaba apenada por sí misma y por su esposo desde que su hija menor, la preferida, se había casado, dejando su hogar tan vacío.
–¿Qué quiere usted? –preguntó Kitty a Agafia Mijailovna, que se acercaba con aire de importancia y de misterio.
–Es que la cena…
–Anda, ve a dar órdenes mientras yo le tomo la lección a Grisha. Hoy no ha estudiado nada –dijo Dolly.
–Esa lección debo darla yo. Ya voy, Dolly –repuso Levin levantándose de un salto.
Grisha había ingresado ya en el instituto y tenía que preparar sus lecciones durante el estío. Dolly, que en Moscú estudiaba hasta latín con su hijo, al llegar al campo se impuso la norma de repetir con él al menos las lecciones más difíciles de aritmética y latín.
Levin se ofreció a hacerlo en su lugar pero ella, viendo una vez cómo Levin tomaba la lección al niño y notando que no lo hacía como el profesor repasador en Moscú, se disgustó y, procurando no ofender a su cuñado, le dijo resueltamente que había que repasar las lecciones tal como estaban en el libro, según hacía el profesor de Moscú y que por ello prefería dar ella misma las lecciones a su hijo.
Levin se sentía enojado contra Esteban Arkadievich, que en su despreocupación descuidaba la vigilancia de los estudios de sus hijos, dejando a la madre aquel cuidado del que ella no entendía nada y lo estaba también contra los profesores que enseñaban tan mal a los niños.
No obstante, prometió a su cuñada dirigir los estudios de su hijo como ella quería y seguía dando clase a Grisha, pero no por su método propio, sino por el del libro, motivo por el cual no lo hacía de buena gana y a menudo, como había sucedido hoy, olvidaba la hora de la clase.
–Iré yo, Dolly quédate aquí. –dijo– Lo repasaremos todo de acuerdo al libro. Únicamente cuando venga Stiva y salgamos de caza dejaremos un poco las lecciones.
Y Levin se dirigió al cuarto de Grisha.
Vareñka, a su vez, se ofreció a cumplir el trabajo de Kitty. También allí, en la casa feliz y bien administrada de los Levin, había sabido hacerse útil.
–Yo cuidaré de la cena. Usted siéntese –dijo.
Y se dirigió a Agafia Mijailovna.
–Seguramente no han encontrado pollos y tendremos que apelar a los nuestros –dijo Kitty.
–Ya lo veremos Agafia Mijailovna y yo.
Y Vareñka desapareció con el ama de llaves.
–¡Qué muchacha tan simpática! –dijo la Princesa.
–No es simpática, mamá, sino, encantadora como pocas.
–¿De modo que viene Esteban Arkadievich? –preguntó Sergio Ivanovich, que al parecer no quería continuar la charla sobre Vareñka– Es difícil hallar dos cuñados menos semejantes. –agregó con fina sonrisa– El uno es animadísimo, vive en sociedad como pez en el agua, y el otro, nuestro Kostia, es entusiasta, sensible pero, en sociedad, o permanece extático o se agita sin ton ni son como un pez fuera de su elemento.
–Sí, es muy poco prudente. –dijo la Princesa, dirigiéndose a él– Precisamente quería decirle que a ella –e indicó a Kitty– le es imposible permanecer aquí y tendrá que trasladarse a Moscú. Él dice que más vale mandar venir al médico.
–Kostia hará todo lo necesario, mamá, está conforme con todo –atajó Kitty, molesta al ver que su madre hacía a Sergio Ivanovich juez en aquel asunto.
Mientras hablaban, en el camino se oyeron relinchos de caballos y ruido de ruedas sobre la arena.
Aún no había tenido tiempo Dolly de levantarse a ir al encuentro de su marido, cuando Levin saltó del piso de abajo, donde Grisha estudiaba y ayudó a bajar al chiquillo.
–¡Es Stiva! –gritó Levin bajo el balcón– No te apures, Dolly; ya hemos terminado.
Y como un niño, echó a correr hacia el coche.
–¡Hola, bola, hola! –gritaba Grisha, dando saltos por el camino.
–Viene otro… ¡Debe de ser papá! –gritó Levin, deteniéndose– Kitty, no bajes la escalera. Es muy empinada. Más vale que des la vuelta.
Pero Levin se equivocó tomando por su suegro al que venía en el landolé (1).
Al llegar al carruaje, vio junto a Oblonsky, no al Príncipe, sino a un joven, guapo, grueso, tocado con una gorra escocesa de la que pendían largas cintas.
Era Vaseñka Veselovsky, primo de los Scherbazky, brillante joven tan petersburgués como moscovita, «muchacho excelente y apasionado cazador», según le presentó Esteban Arkadievich.
Nada turbado por la decepción que produjo al aparecer sustituyendo al anciano príncipe, Veselovsky saludó alegremente a Levin, recordándole que se habían conocido en otra ocasión y cogió a Grisha al vuelo, levantándolo sobre el perdiguero que traía consigo Esteban Arkadievich.
Levin no subió al landolé y lo siguió a pie por el camino.
Se sentía algo disgustado por el hecho de que no hubiese acudido su suegro, a quien apreciaba más cuanto más trataba, y disgustado también por la llegada de aquel Veselovsky, hombre extraño a la familia, que, a su juicio, no hacía otra cosa que estorbar.
Y aún le pareció más ajeno y superfluo cuando, al llegar a la escalinata donde estaban todos, observó que Veselovsky besaba la mano de Kitty con especial afecto y galantería.
–Su esposa y yo somos cousins y, además, viejos amigos –afirmó Vaseñka, apretando de nuevo con fuerza la mano de Levin.
–¿Cómo estamos de caza? –preguntó Esteban Arkadievich a su amigo.
A Oblonsky casi no le quedaba tiempo de decir una palabra amable a cada uno de los presentes.
–Vaseñka y yo –añadió– venimos con intenciones infernales… ¿Sabe, mamá, que él, desde hace no sé cuánto, no estaba en Moscú? Allí tienes una cosa para ti, Tania. Sácala de la zaga del landolé.
Y Esteban Arkadievich se volvía a todos lados.
–Estás mucho mejor, Doleñka –dijo a su mujer, besándole la mano una vez más, reteniéndosela en una de las suyas y acariciándosela con la otra.
Levin, un momento antes de excelente humor, miraba ahora a todos sombríamente, encontrándolo todo mal.
«¿A quién besaría ayer con esos mismos labios?» , se dijo, observando el cariño con que Oblonsky trataba a su mujer. Y, contemplando a Dolly, experimentó la misma sensación de desagrado.
«Puesto que ella no cree en su amor, ¿por qué está tan alegre? ¡Es abominable!», pensó.
Miró a la Princesa, a quien tanta simpatía tuviera unos momentos antes, y se sintió vejado por el modo cómo saludaba a aquel Vaseñka con su gorra de cintas, tratándolo como si estuviera en su propia casa.
Incluso su hermano, que salió a la escalera, le desagradó, al observar la fingida amistad con que saludaba a Oblonsky, ya que Levin sabía que no lo apreciaba ni sentía ningún respeto por él.
También Vareñka le disgustó, viéndola saludar a aquel hombre, con su aspecto de sainte–nitouche, cuando no pensaba en el fondo más que en casarse lo antes posible.
Pero lo que llevó al colmo su despecho fue el ver a Kitty que, dejándose arrastrar por el entusiasmo general, contestaba con una sonrisa, que a él le pareció llena de significación, a la sonrisa feliz de aquel individuo que consideraba su llegada al pueblo como una fiesta para él y para los demás.
Todos entraron en la casa hablando ruidosamente. Pero apenas se hubieron sentado, Levin volvió la espalda y salió.
Kitty comprendió que a su marido le pasaba algo. Trató de hallar un momento para hablarle a solas, pero él la dejó, pretextando tener que trabajar en el despacho. Hacía tiempo que los asuntos de la finca no le parecían tan importantes como hoy.
«Ellos están de fiesta, pero yo debo atender a cosas que no tienen nada de festivas, que no pueden esperar y sin las que es imposible vivir», pensaba.
(1) Landolé: palabra que se usa para versiones reducidas de landaus, con asientos para dos pasajeros mirando hacia delante y cubierto por una capucha plegable; por extensión, también se usa para designar los automóviles que tienen una cubierta convertible sobre el asiento trasero, puediendo ser el asiento delantero o cubierto o abierto.

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 3 Y 4

jueves, julio 4th, 2013

17-Libros. Te. Tarde.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 3

Kitty se alegró de quedar sola con su marido, porque en el rostro de él, que reflejaba tan vivamente todos sus sentimientos, vio una sombra de tristeza en el momento en que, entrando en la terraza, le preguntó de qué habían hablado y ella no contestó.
Cuando, marchándose ante todos, a pie, perdieron de vista la casa y salieron al camino polvoriento, llano, cubierto de espigas y granos de centeno, ella se apoyó más en el brazo de su esposo y lo apretó contra sí.
Levin olvidó la reciente impresión desagradable y, a solas con Kitty y el recuerdo de cuyo estado no lo abandonaba jamás, experimentó una vez más el sentimiento, alegre y puro, de hallarse próximo a la mujer querida.
No tenía de qué hablarle, pero deseaba oír el sonido de su voz, que había cambiado durante su embarazo.
En su voz y en sus ojos había ahora la dulzura y la gravedad de las personas concentradas en una ocupación que les es grata.
–¿No te cansarás? Apóyate más en mi brazo –dijo Levin.
–No me canso. Me alegro de estar a solas contigo. Aunque me siento a gusto con los demás, añoro nuestras veladas invernales en que quedábamos los dos solos…
–Entonces estábamos bien y ahora mejor. Las dos cosas son excelentes –repuso Levin apretándole el brazo.
–¿Sabes de lo que hablábamos cuando llegaste?
–¿De la confitura?
–De eso y de cómo suelen declararse los hombres.
–Ya –dijo Levin.
Escuchaba más el sonido de la voz de Kitty que las palabras que le decía, pensando siempre en el camino que iba al bosque y evitando los sitios en que Kitty pudiera dar un mal paso.
–Hablábamos de Sergio Ivanovich y de Vareñka. ¿Te has dado cuenta de que… Yo deseo vivamente… – continuó ella– ¿Qué te parece?
Y Kitty le miró a la cara.
–No sé qué pensar. Sergio, en ese sentido, me resulta muy raro. Ya lo he referido…
–Sí, que estuvo enamorado de una muchacha que murió.
–Cierto. Eso sucedió siendo yo niño. Y lo sé porque me lo contaron. Me acuerdo bien de cómo era en aquella época: un hombre apuesto y atrayente. Desde entonces lo veo cómo procede con las mujeres. Se muestra amable con ellas, incluso le gustan algunas… pero las considera personas, no mujeres, concretamente. Ya me entiendes…
–Ahora, con Vareñka, parece, sin embargo, que es diferente…
–Quizá. Pero es preciso conocerlo. Es un hombre muy extraño. Sólo vive una vida espiritual. Tiene un alma demasiado pura y elevada.
–¿En qué puede rebajarlo ese sentimiento?
–No lo rebajaría. Pero él está habituado a llevar una existencia puramente espiritual; no sabría reconciliarse con la realidad y Vareñka, al fin y al cabo, es una realidad…
Levin se había acostumbrado ahora a expresar directamente sus pensamientos sin tomarse el trabajo de revestirlos de palabras precisas. Sabía que su mujer, en momentos como éste, lo entendía con medias palabras.
Y Kitty, en efecto, lo comprendió.
–Oh, no, Vareñka pertenece más a la vida espiritual que a la real. No es como yo. Comprendo que una mujer como yo no puede gustarle a tu hermano.
–No, él te quiere mucho y a mí me es muy grato que los míos te quieran.
–Sí, es muy bueno conmigo, pero…
–Pero no como el difunto Nikoleñka. Llegasteis a quereros mucho –concluyó Levin. Y añadió–: ¿Por qué no confesarlo? A veces me reprocho al pensar que acabaré olvidándolo. ¡Qué hombre tan admirable y tan terrible era mi hermano Nicolás! Sí… Y ¿de qué hablábamos? –preguntó tras un silencio.
–Entonces, ¿crees que él no puede enamorarse? –insistió Kitty, traduciendo a su idioma las palabras de Levin.
–No es que no pueda enamorarse. –repuso él sonriendo– Pero no es lo bastante débil para… Siempre lo he envidiado; hasta ahora, que soy feliz, lo envidio.
–¿Le envidias que no sea capaz de enamorarse?
–Lo envidio porque vale más que yo. –contestó Levin, sonriendo– No vive más que para sí. Toda su vida obedece al deber. Y por eso puede estar siempre tranquilo y contento
–¿Y tú no? –dijo Kitty con sonrisa irónica y afectuosa. No habría podido decir qué camino seguían sus pensamientos para llevarla a sonreír, pero consideraba que su marido, al elogiar de aquel modo a su hermano y rebajarse tanto él, no era sincero. Sabía que esta falta de sinceridad procedía del cariño a su hermano, de una especie de vergüenza de ser demasiado feliz y, sobre todo, de su deseo constante de ser mejor.–¿Así que tú estás descontento? –insistió, con la misma sonrisa, feliz de descubrir en él aquellos sentimientos.
La incredulidad de ella respecto a su satisfacción alegraba a Levin, porque involuntariamente lo obligaba a exponer las causas de su descontento.
–Soy feliz, pero no estoy contento de mí mismo.
–¿Cómo puedes estar descontento si eres feliz?
–No sé cómo explicarlo. Ahora no siento en mi alma otro interés sino el que tú, por ejemplo, no des un paso en falso. ¡No saltes así! ––exclamó, interrumpiendo el diálogo, para reprocharle al verla que realizaba un movimiento demasiado vivo para pasar sobre una gruesa rama seca caída en el camino– Pero cuando pienso en mí y me comparo con otros, sobre todo con mi hermano, siento que no valgo nada…
–¿Por qué? ––exclamó Kitty con la misma sonrisa– ¿No haces lo mismo que los demás? ¿Y tu granja y tu propiedad y tu libro?
–No… Ahora lo noto sobre todo por culpa tuya. ––dijo él, apretándole el brazo– Sí, es por culpa tuya… Todo lo hago de cualquier manera. Si pudiese apasionarme por esas cosas como por ti… Pero, últimamente, lo hago todo como una lección que me obligaran a aprender de memoria…
–Entonces, ¿qué dirás de papá? –preguntó Kitty– No debe de valer nada tampoco, puesto que no ha hecho nada en beneficio de la Humanidad.
–¿Él? ¿Pero acaso tengo yo la bondad, la sencillez, la claridad de ideas de tu padre? Yo, al no hacer nada, me atormento. ¡Y todo eso te lo debo a ti! Cuando tú no estabas, cuando no existía esto, –dijo Levin, indicando con una mirada el vientre de Kitty, lo que ella comprendió en seguida– todas mis fuerzas se empleaban en mi actividad, pero ahora no puedo hacerlo y me avergüenzo de ello. Lo hago todo como quien recita una lección, finjo…
–Entonces, ¿querrías cambiarte por Sergio Ivanovich? –preguntó Kitty– ¿Habrías querido ocuparte del bien colectivo y dedicarte a esta tarea señalada y nada más?
–Claro que no. –repuso Levin– En cualquier caso, soy tan feliz, que no sé nada de nada… ¿Crees que se declarará hoy mi hermano? –interrogó, después de un silencio.
–Sí y no. Pero me agradaría mucho que sucediese. Espera…
Kitty se inclinó para coger una margarita silvestre que crecía al borde del camino.
–Mira a ver si se declarará o no –dijo, dándole la flor.
–Sí, no… –empezó Levin, deshojando los blancos y recios pétalos de la flor.
–¡Alto! –exclamó Kitty, que seguía con afán el movimiento de sus dedos, cogiéndole la mano– ¡Has arrancado dos de una vez!
–Entonces este pequeño no se cuenta. –dijo él, arrancando un pequeño pétalo apenas crecido– Mira, la tartana: ¡nos ha alcanzado!
–¿Estás cansada, Kitty? –gritó su madre.
–En modo alguno.
–Si lo estás, siéntate aquí. Los caballos son mansos y andan despacio.
Pero no valía la pena subir; estaban ya cerca del lugar y continuaron el camino, todos a pie.

SEXTA PARTE – Capítulo 4

Vareñka estaba muy atractiva, con su pañuelo blanco sobre la negra cabellera, rodeada de niños, ocupándose alegremente de ellos y visiblemente conmovida por la posibilidad de que el hombre que le gustaba se le declarase.
Sergio Ivanovich, a su lado, la miraba sin cesar, recordando las agradables conversaciones que había mantenido con ella y comprendiendo, cada vez más claramente, que experimentaba por la joven un sentimiento especial, que ya sintiera otra vez, mucho tiempo atrás, en su primera juventud. Sí, sólo una vez…
La impresión de alegría que le causaba su proximidad fue creciendo sin cesar hasta el momento en que, al darle una seta, una enorme seta de tallo delgado, con los bordes vueltos hacia afuera, la miró a los ojos y observó el rubor que su emoción tímida y alborozada hacía subir a su rostro. Él mismo se turbó y le sonrió con una de aquellas sonrisas que dicen tantas cosas.
«De ser así», se dijo, «debo pensarlo antes de resolverme, sin dejarme llevar, como un chiquillo, de la influencia del momento».
–Voy a separarme de todos para buscar setas por mi cuenta, –pronunció en voz alta Sergio Ivanovich– porque, si no, mis hallazgos van a pasar inadvertidos.
Y se alejó del lindero del bosque por cuya suave alfombra pasaban, entre los viejos álamos poco frondosos, hacia el interior, donde a los troncos blancos de los álamos se unían los grises de los olmos y los oscuros de los avellanos.
Habiéndose apartado unos cuarenta pasos, Sergio Ivanovich se encontró detrás de un avellano en pleno florecimiento, cuyas ramas con sus racimos de un rojo rosado lo ocultaban a los ojos de sus acompañantes y se detuvo.
Todo estaba en calma en tomo suyo. Sólo en torno de los álamos a cuya sombra se encontraba, zumbadoras moscas volaban como un enjambre de abejas y, a lo lejos, se oían, de vez en cuando, las voces de los niños.
De pronto, muy cerca, en el lindero del bosque, sonó la voz de contralto de Vareñka llamando a Gricha.
Una sonrisa alegre iluminó el rostro de Sergio Ivanovich y, al tener conciencia de su sonrisa, movió la cabeza en señal de desaprobación y, sacando un cigarro del bolsillo, se dispuso a fumar.
Estuvo mucho rato sin conseguir inflamar el fósforo que frotaba en el tronco de un abedul. La suave pelusa de la blanca corteza se pegaba al fósforo y apagaba la llama.
Al fin, consiguió encender uno y el aromático humo del cigarro se elevó ante él como un ondulante velo hacia las ramas colgantes del abedul.
Siguiendo con la vista las volutas del humo, Sergio Ivanovich continuó su camino pensando en su situación.
«¿Por qué no?», se decía. «Si esto fuera una explosión de sentimientos, una pasión, si hubiera sentido esta inclinación, que ya puedo llamar recíproca y notara, a la vez, que ello iba contra mi modo de vivir; si, entregándome a esta inclinación observara que traiciono mi vocación y mi deber… Pero no hay nada de eso… Sólo puedo alegar en contra que, al perder a María, prometí ser fiel a su memoria. Sólo esto puedo oponer a mi sentimiento y, desde luego, comprendo que es importante.»
Pero mientras se hacía estas reflexiones, advertía, a la vez, que para él no podían tener ninguna importancia, salvo, tal vez, la de que estropearía a los ojos de los demás su papel de fiel enamorado.
«Aparte de esto, por mucho que busque, no encontraré nada contra mi sentimiento. Si hubiera escogido sólo ateniéndome a la razón, no habría hallado nada mejor.»
Pensando en cuantas mujeres conocía, no lograba recordar ninguna que reuniese aquellas cualidades que él, reflexionando fríamente, había siempre deseado para su esposa.
Vareñka tenía el encanto y lozanía de la juventud pero no era una niña y si lo amaba, era conscientemente, como debe amar una mujer.
Pero había algo todavía mejor y era que ella no sólo estaba apartada de las opiniones del gran mundo, sino que, evidentemente, el gran mundo le repugnaba, sin perjuicio de conocerlo y de saberse mover en él dignamente, sin lo cual Sergio Ivanovich no podía concebir a la compañera de su vida.
Además, Vareñka era religiosa, pero no como una niña, al modo de Kitty, religiosa y buena por instinto, sino con conocimiento de causa, ordenando su vida según los principios religiosos.
Incluso en otros detalles, Sergio Ivanovich hallaba en ella cuanto pudiera desear en su esposa: Vareñka era pobre y vivía sola en el mundo y no traería con ella una caterva de parientes y su influencia en casa del marido, como sucedía con Kitty, y estaría obligada en todo a su marido, cosa que había deseado también siempre para su futura vida conyugal.
Y la joven que reunía todas aquellas condiciones lo amaba, lo que él, aunque modesto, no podía dejar de observar. Y Sergio Ivanovich la amaba también.
Había un obstáculo: su edad. Pero en su familia eran todos fuertes y vivían muchos años. No representaba apenas cuarenta y recordaba que sólo en Rusia se considera viejos a los hombres cincuentones.
En Francia un cincuentón está dans la force de l’âge y un cuarentón es un jeune homme. ¿Qué significaba la edad si él se sentía tan joven de espíritu como veinte años atrás? ¿Acaso no era juvenil el sentimiento que experimentaba ahora cuando, al salir desde el centro del bosque a su límite, veía bajo los oblicuos rayos del sol, inundada en su luz, la graciosa figura de Vareñka, con su vestidito amarillo?
Ella, con el cesto al brazo, pasó con rápido andar ante el tronco de un abedul. La impresión que le causara Vareñka se unió en él a una perspectiva que le sorprendió por su belleza: el campo de avena que empezaba a amarillear, anegado en los rayos oblicuos del sol y, más allá, el añoso bosque, también salpicado de manchas amarillas, que desaparecía en la lejanía azul…
Su corazón se estremeció de alegría, su alma se llenó de ternura y Sergio Ivanovich se decidió.
En aquel momento, Vareñka, que se había inclinado para coger una seta, se erguía con gentil ademán.
Sergio Ivanovich tiró el cigarro con un rápido movimiento y se dirigió hacia ella.

TÉ NEGRO O PU ERH (7ma parte)

jueves, julio 4th, 2013

Fábrica de Pu Erh
AÑEJAMIENTO Y ALMACENAMIENTO
Los Pu-erh de todas las variedades, formas y tipo de cultivo pueden ser añejarse para mejorar su sabor, pero las propiedades físicas del té afectarán a la velocidad de envejecimiento, así como a su calidad. Estas propiedades incluyen:

CALIDAD DE LA HOJA:
El factor más importante, sin duda, es la calidad de la hoja. Un MáoChá que se ha procesado incorrectamente no evolucionará al mismo nivel de delicadeza que uno correctamente procesado. El grado y la forma de cultivo de la hoja también afectan la calidad en gran medida y, por lo tanto, su envejecimiento.

COMPRESIÓN:
Cuanto más apretado se comprima un té, más lentamente añejará. En este sentido, aquéllos prensados de forma más suelta, a mano o piedra envejecerán más rápidamente que aquéllos más densos, comprimidos con la prensa hidráulica.

FORMA Y TAMAÑO:
A mayor superficie de contacto con el aire, más rápidamente envejecerá el té. Bǐngchá y Zhuanchá envejecen más rápidamente que el Melón de oro, Tuóchá o Jǐnchá. Los discos más grandes envejecen más lentamente que los más pequeños.

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Almacenamiento de ladrillos

Tan importantes como las propiedades del té son las condiciones ambientales de almacenamiento, que también influyen en la velocidad y el éxito del añejamiento. Éstas incluyen:

EL FLUJO DE AIRE:
Regula el contenido de oxígeno que rodea al té y elimina los olores del té que se añeja. El aire viciado, frío y húmedo, volverá al té rancio y con olor a humedad. Envolver al té en plástico detendrá el proceso de envejecimiento.

OLORES:
El té absorbe todos los olores y aromas con los que entra en contacto. Entonces, expuesto a la presencia de olores fuertes, adquirirá los mismos de por vida. Airear el pu-erh puede reducir estos olores, aunque, a menudo, no del todo.

HUMEDAD:
A mayor humedad, más rápida será el añejamiento. El agua que se acumule sobre el té puede acelerar el proceso de envejecimiento pero también puede causar el crecimiento de moho o arruinar el sabor del té. Se recomienda de 60 a 85% de humedad.

LUZ DE SOL:
El té que se expone a la luz del sol se seca antes de tiempo y, generalmente, se vuelve amargo.

TEMPERATURA:
Los tés no deben ser sometidos a altas temperaturas ya que desarrollaran sabores indeseables. Sin embargo, a bajas temperaturas, el envejecimiento del té Pu Erh se ralentizará drásticamente.

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Almacenamiento de tortas o discos

ENVASADO:
Cuando el té se conserva dentro de caña de bambú, el material de la envoltura del Tong, ya sea que esté hecho de hojas de bambú, brotes de bambú o papel grueso, también puede afectar a la calidad del proceso de envejecimiento.
Los métodos de envasado cambian los factores ambientales y pueden, incluso, contribuir al sabor del té.

Más allá de todo lo mencionado, hay que destacar que un buen Pu Erh añejo no se evalúa sólo por su edad. Llegará un momento en que una torta de Pu Erh alcance su pico de calidad antes de comenzar a decaer. Debido a las muchas recetas y distintos métodos de procesamiento utilizados en la producción de diferentes lotes de Pu Erh, el añejado óptimo para cada año variará. Algunos pueden tardar 10 años, mientras que otros 20 o 30 o más años. Es importante chequear el estado de envejecimiento de las tortas de té para saber cuando han alcanzado su máximo y así detener el proceso de añejamiento a tiempo.

Envoltorio de torta de Pu Erh

Packaging de torta de Pu Erh

Fuentes y fotos: Esgreen, Puerhshop, The tea urchin.

ANNA KARENINA – SEXTA PARTE – CAPÍTULOS 1 Y 2

miércoles, julio 3rd, 2013

Олег Сизоненко Чай с вареньем. 2006
Dos capítulos divinos, llenos de imágenes para traer desde nuestras memorias hasta nuestras retinas, recuerdos de infancia. Quién no disfrutó de ver a sus abuelas hacer dulces? Prepárense un riquísimo blend y tráiganse el frasco de jalea o mermelada a la cama, con una cuchara (como hace mi mamá). Listos? Bien! Vamos con los Capítulos 1 y 2 de la Sexta Parte de Anna Karenina.
La obra de hoy: Олег Сизоненко Чай с вареньем. 2006.

ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
SEXTA PARTE – Capítulo 1
Daria Alejandrovna pasaba el verano con sus hijos en Pokrovskoie, en casa de su hermana Kitty Levina.
Como la casa de los Oblonsky estaba completamente en ruinas, Kitty y Levin convencieron a Dolly de que se instalara allí con ellos, decisión que fue aprobada de buen grado por Esteban Arkadievich. Afirmaba éste que sentía mucho que el trabajo no le permitiera pasar el verano con su familia, lo que habría sido para él la máxima felicidad.
Quedó, pues, en Moscú y, de vez en cuando, iba al campo y pasaba allí un par de días.
Además de los Oblonsky, sus niños y la institutriz, también estaba allí, por aquellos días, la anciana princesa madre de Kitty, que consideraba deber suyo velar por la hija inexperta que se hallaba «en aquel estado».
Estaba también con ellos Vareñka, la amiguita de Kitty en el extranjero, la cual, cumpliendo su promesa de visitarla cuando se casase, había ido a pasar una temporada con ella. Todos eran parientes y amigos de la mujer de Levin. Y, aunque éste los quería a todos, lamentaba que se turbase su ambiente y orden habituales con aquel «elemento Scherbazky», como solía decir para sí.
De allegados propios sólo estaba en su casa, aquel verano, Sergio Ivanovich pero aun éste no tenía, en realidad, en su modo de ser, nada de los Levin, sino de los Kosnichev, de modo que el ambiente de los suyos desaparecía por completo.
En aquella casa, durante tanto tiempo desierta, había tanta gente, ahora, que casi todas las habitaciones estaban ocupadas y, a diario, la anciana princesa, al sentarse a la mesa, tenía que contar a todos y poner a comer en una mesita aparte a alguno de sus decimosegundo o decimotercero nietos.
Kitty, que se ocupaba activamente de la casa, tenía no poco trabajo en encontrar gallinas, pavos y patos, que se consumían en enormes cantidades, dado el apetito que mostraban los invitados y, en particular, los niños, aquel verano.
Durante la comida de aquel día, toda la familia estaba reunida a la mesa. Los hijos de Dolly, la institutriz y Vareñka trazaban planes sobre los sitios donde habían de ir a buscar setas. Sergio Ivanovich, a quien todos tenían, por su sabiduría e inteligencia, un respeto rayano en adoración, sorprendió a todos interviniendo en la charla sobre las setas.
–Permítanme que les acompañe. Me gusta mucho buscar setas. –dijo, mirando a Vareñka –Me parece una agradable ocupación.
–¿Por qué no? Con mucho gusto –repuso ella ruborizándose.
Kitty cambió con Dolly una significativa mirada. Aquella proposición de Sergio Ivanovich confirmaba ciertas sospechas que Kitty albergaba hacía algún tiempo.
Temiendo que advirtiesen su gesto, se puso a hablar en seguida con su madre.
Después de comer, Sergio Ivanovich se sentó ante su taza de café junto a la ventana del salón, continuando la charla iniciada con su hermano y mirando de vez en cuando hacia la puerta por la que habían de pasar los niños al salir de excursión. Levin se había instalado en el alféizar de la ventana, junto a él.
Kitty, de pie, cerca de su marido, esperaba el momento de que cesase aquella conversación, que le interesaba poco, para decirle unas palabras.
–Has mejorado mucho desde que te casaste –empezó Sergio Ivanovich, mirando a Kitty con una sonrisa y evidentemente poco interesado en el coloquio con su hermano, aunque siguiera fiel a su pasión de discutir las cosas más paradójicas.
–No te conviene para la salud estar de pie, Katia –le dijo su marido, acercándole una silla y mirándola significativamente.
–Es verdad. Mas yo debo dejaros –dijo Sergio Ivanovich, viendo que los niños salían corriendo, con gran algazara.
Tania, con sus medias muy estiradas, agitando el cesto y el sombrero de Sergio Ivanovich, se precipitó rápidamente hacia éste.
Una vez junto a él, con atrevimiento, brillándole los ojos, tan parecidos a los hermosos ojos de su padre, la niña alargó el sombrero a Sergio Ivanovich y fue a ponérselo ella misma, suavizando su audacia con una sonrisa tímida y dulce.
–Vareñka espera –dijo, poniéndole cuidadosamente el sombrero, al leer en la mirada de Sergio Ivanovich que se lo permitía.
Vareñka se hallaba en la puerta vistiendo un trajecito de algodón amarillo, con un pañuelo blanco en la cabeza.
–Ya voy, Bárbara Andrievna –––dijo Sergio, terminando la taza de café y echándose al bolsillo el pañuelo y la pitillera.
–¡Cuán encantadora es mi Vareñka! ––dijo Kitty a su marido, apenas se levantó Sergio Ivanovich y de modo que éste lo pudiese oír.
–¡Qué hermosa es, qué notablemente bella! ¡Vareñka! –llamó Kitty– ¿Estaréis en el bosque del molino? Iremos allí luego…
–Olvidas tu estado por completo, Kitty. –dijo la anciana princesa cruzando la puerta con precipitación –¡No grites tanto!
Vareñka, al oír la voz de Kitty y la reprensión de la madre, se acercó rápidamente a aquélla. La ligereza de sus movimientos, los colores que cubrían su animado rostro, todo denotaba en ella un estado de espíritu excepcional.
Kitty, que sabía bien la causa de ello y lo observaba con interés, no la había llamado ahora sino para bendecirla mentalmente por el importante hecho que, a su juicio, debía suceder hoy, después de comer, en el bosque.
Le dijo, pues, en voz baja:
–Vareñka, sería muy feliz si sucediera una cosa.
–¿Vendrá usted con nosotros? –dijo Vareñka a Levin, conmovida y fingiendo no haber oído a Kitty.
–Iré hasta la era y me quedaré allí.
–¿Para qué necesitas ir a la era? –preguntó su mujer.
–Para ver los furgones nuevos y revisarlos –dijo Levin–. Y tú, Kitty, ¿dónde estarás?
–En la terraza.

SEXTA PARTE – Capítulo 2
Toda la sociedad femenina estaba reunida en la terraza.
En general, les gustaba sentarse allí, pero hoy tenían, por otra parte, una tarea concreta. Además de la costura de las camisitas, faldones y mantillas en que estaban ocupadas todas, tenían que hervir la confitura por un método ignorado por Agafia Mijailovna, es decir, sin añadir agua.
Agafia Mijailovna, encargada hasta entonces de aquel menester, convencida de que lo que se hacía en casa de Levin no podía hacerse mejor, había, a escondidas, aguado las fresas y fresones, segura de que no podía prepararse de otro modo.
La habían sorprendido en esta operación y ahora se hacía la preparación en presencia de todos, a fin de que la vieja criada se convenciera de que también la confitura sin agua resultaba excelente.
Agafia Mijailovna, con el rostro encarnado y afligido, los cabellos revueltos y los delgados brazos descubiertos hasta el codo, hacía girar lentamente la cacerola sobre el hornillo y miraba tristemente las fresas, deseando con toda su alma que quedaran duras y no se pudiesen comer.
La anciana princesa, comprendiendo que en ella, autora principal de aquella innovación, se centraba el enojo de Agafia Mijailovna, fingía estar ocupada en otras cosas y no interesarse por las fresas y hablaba de asuntos sin importancia con sus hijos pero no apartaba la vista del fogón.
–Siempre compro yo misma los vestidos para las muchachas cuando hay saldos en las tiendas –decía la Princesa, continuando la conversación iniciada.
Y añadió, dirigiéndose a Agafia:
–¿No cree usted que conviene espumarlo ahora, querida? No lo hagas tú, Kitty; hace demasiado calor junto al hornillo.
–Yo lo haré –dijo Dolly.
Y, levantándose, comenzó a pasar la cuchara sobre la espuma del azúcar, dando de vez en cuando golpecitos con la cuchara y desprendiendo lo que se había pegado en ella en un plato, ya cubierto por una espuma de tono amarillo rosado, bajo la que corría la melaza color de sangre.
«¡Con cuánto gusto tomarán esto mis niños, después, a la hora del té!», pensaba Dolly, recordando que a ella, de niña, le extrañaba que a las personas mayores no les gustara lo mejor: lo que se espumaba al hacer las confituras.
–Stiva dice que lo mejor es regalarles dinero –manifestó en voz alta, siguiendo la interesante conversación acerca de lo que era mejor regalar a los criados.
–¿Es posible? ¡Dinero! ––exclamaron a la vez la Princesa y Kitty– Lo que ellos aprecian más es un regalo…
–Yo, por ejemplo, compré el año pasado a nuestra Matrena Semenovna un vestido que no era de poplín, pero sí muy parecido –añadió la Princesa.
–Ya me acuerdo. Lo llevaba el día del santo de usted.
–Un modelo encantador, con un dibujo sencillo y fino… De no llevarlo ella, me habría encargado uno igual para mí. Es bonito y no cuesta caro; es del estilo del de Vareñka.
–Creo que ya está –dijo Dolly, dejando deslizar el jarabe de la cuchara.
–Cuando empieza a caer en grumos, ya está a punto… Habrá que hervirlo un poco más, Agafia Mijailovna.
–¡Qué moscas tan pesadas! –exclamó Agafia–. Sí, sí, parece que resulta lo mismo…
–¡Qué bonito es; no lo espantéis! –exclamó de pronto Kitty, mirando un gorrión que se había posado en la balaustrada y que, alcanzando un fresón, había empezado a picarlo.
–No te acerques tanto al hornillo –insistió su madre.
À propos de Vareñka, –dijo Kitty, hablando en francés, como hacían siempre cuando querían que Agafia Mijailovna no las entendiese– no sé por qué me parece, mamá, que hoy va a decidirse algo. Ya sabe usted a lo que me refiero. ¡Cuánto me alegraría!
–¡Vaya casamentera. –dijo Dolly– ¡Y con cuánta habilidad y prudencia arregla sus entrevistas!
–Dígame lo que opina, mamá.
–¿Qué voy a opinar? Él –por «él» sobreentendían siempre a Sergio Ivanovich– puede aspirar al mejor partido de Rusia. Aunque ya no es muy joven, todavía muchas lo aceptarían con gusto. Vareñka es muy buena, pero él podría…
–Creo que es imposible imaginar una mejor que ella. Primero, porque es encantadora… –empezó Kitty, doblando un dedo.
–Desde luego a él le gusta mucho. Eso es verdad –confirmó Dolly.
–Además él goza en el gran mundo de una situación que le permite casarse con quien quiera, dejando de lado consideraciones de fortuna y de posición. Sólo necesita una cosa: una esposa buena, simpática, tranquila…
–Desde luego, con ella puede uno vivir muy tranquilo –afirmó Dolly.
–En tercer lugar, ella lo amará. No hay que olvidar esto. Así que todo irá bien. Espero que cuando vuelvan del bosque esté todo arreglado. Lo veré en seguida en sus ojos. ¡Cuánto me alegraré! ¿Qué piensas tú, Dolly?
–No te excites tanto; no te conviene –dijo su madre.
–No me excito, mamá. Me parece que él se declarará hoy.
–¡Es tan extraño el momento que suelen elegir los hombres para declararse! Siempre se atienen a un límite, que luego rompen de pronto ––dijo Dolly, pensativa, sonriendo al recordar sus relaciones con Esteban Arkadievich.
–¿Cómo se te declaró a ti papá? –preguntó, de repente, Kitty a su madre.
–No hubo nada de extraordinario. Fue la cosa más natural del mundo ––contestó la Princesa. Pero su rostro se iluminaba al recordarlo.
–Bien, pero ¿cómo? ¿Lo quería usted antes de que la dejaran hablar con él?
Kitty experimentaba un placer especial pudiendo hablar con su madre, de igual a igual, de estas cosas esenciales en la vida de una mujer.
–Claro que él me quería. Iba a vernos al pueblo donde teníamos la propiedad…
–Pero, ¿cómo se decidió la cosa, mamá?
–¿Creéis haber inventado vosotras algo nuevo? Siempre ha sido igual. La cosa se decide con miradas, con sonrisas.
–¡Qué bien se explica usted, mamá!
–Precisamente con miradas y sonrisas ––confirmó Dolly.
–¿Qué le decía él?
–¿Y qué te decía a ti Kostia?
–Me lo escribía con tiza. ¡Es maravilloso! ¡Oh, cuánto tiempo parece haber transcurrido ya, desde entonces!
Y las tres mujeres quedaron silenciosas pensando en lo mismo.
Kitty fue la primera en romper el silencio. Recordó el invierno anterior a su boda y su pasión por Vronsky.
–¡Aquel primer amor de Vareñka! –dijo, recordándolo por natural asociación de ideas– Quisiera hablar con Sergio Ivanovich, prepararle… Todos los hombres tienen tantos celos de nuestro pasado, que…
–No todos. –repuso Dolly– Tú lo crees así por tu marido. Estoy segura de que está todavía atormentado por el recuerdo de Vronsky.
–Cierto –contestó Kitty, con pensativa mirada, sonriendo.
–¡No sé en qué puede inquietarle tu pasado! –––exclamo la Princesa, pronta a la susceptibilidad, apenas su vigilancia maternal parecía ser puesta en duda– ¿Que Vronsky te hacía la corte? Eso les pasa a todas las jóvenes.
–No es eso a lo que nos referíamos –repuso Kitty, ruborizándose.
–Espera. –continuó su madre– Tú misma no quisiste dejarme hablar con Vronsky. ¿Te acuerdas?
–¡Oh, mamá! –––dijo Kitty con apenada expresión.
–¿Quién puede deteneros en estos tiempos?… Vuestras relaciones no podían pasar de ciertos límites. En caso contrario, yo misma lo habría detenido. Por otra parte, no debes excitarte… Haz el favor de recordar con calma y tranquilidad cómo pasaron las cosas…
–Estoy del todo tranquila, mamá.
Dolly sugirió:
–¡Qué conveniente fue para Kitty que Anna llegara entonces! ¡Y qué lamentable para Anna! Precisamente, pasó lo contrario de lo que parecía –añadió, sorprendida de su pensamiento– ¡Qué feliz se consideraba Anna entonces y qué desgraciada Kitty! Y todo ha resultado al revés… Yo pienso mucho en Anna.
–No se lo merece. Es una mujer perversa, odiosa, sin corazón –dijo la madre, incapaz de olvidar que Kitty, por culpa de ella, se había casado con Levin y no con Vronsky.
–¿A qué hablar de todo eso? –repuso Kitty, enojada––– Yo no pienso en ello, ni quiero pensar. No, no quiero pensar –repitió.
Y prestó oído a los pasos, tan conocidos, de su esposo, que subía la escalera.
–¿De qué hablaban y a qué viene ese «no quiero pensar»? –preguntó Levin, entrando en la terraza.
Pero nadie contestó y él no insistió en la pregunta.
–Siento haber perturbado este reino femenino –dijo Levin, mirándolas a todas, involuntariamente y comprendiendo que hablaban de algo de lo que no habrían hablado en su presencia.
Por un momento, pareció compartir los sentimientos de Agafia Mijailovna, su descontento porque no hiciesen la confitura con agua y, de un modo general, por la influencia de los Scherbazky.
No obstante, sonrió y se acercó a su mujer.
–¿Qué tal? –preguntó, mirándola con la misma expresión con que actualmente la miraban todos.
–Estoy muy bien –––contestó Kitty, sonriendo– ¿Y tú?
–Los furgones que han llegado cargan tres veces más que los carros. ¿Vamos a buscar a los niños? He ordenado que enganchen.
–¿Cómo quieres que Kitty vaya en la tartana? –dijo la madre con reproche.
–Iremos al paso, Princesa.
Levin nunca trataba a su suegra de mamá, como todos los yernos, lo que desagradaba a la Princesa. Pero él, aunque la quería y respetaba como ninguno, no podía decidirse a hacerlo, porque con ello le habría parecido profanar el recuerdo de su madre difunta.
–Venga con nosotros, mamá –dijo Kitty.
–No quiero ser testigo de esas imprudencias.
–Pues iré a pie. Me sentará bien –y Kitty, levantándose, se acercó a su esposo y tomó su brazo.
–Te sentará bien, pero todo tiene sus límites.
–¿Ya está hecha la confitura? –preguntó Levin, sonriendo, a Agafia Mijailovna y queriendo ponerla de buen humor– ¿Resulta bien por el nuevo método?
–Parece que sí. Para nosotros, está demasiado hervida.
–Así resulta mejor, Agafia Mijailovna, porque no se pondrá agria. Si no, como no tenemos hielo, no habría donde guardarla –dijo Kitty, comprendiendo en seguida el intento de su marido y procurando también calmar a la vieja– En cambio, sus conservas saladas son tan buenas que mamá dice que no las ha comido iguales en ninguna parte.
Y, sonriendo, arregló la pañoleta de la anciana.
Agafia Mijailovna miró a Kitty con cierto enfado.
–No trate de consolarme, señorita. Me basta verla a usted con él para sentirme contenta.
Aquella brusca expresión: «con él», conmovió a Kitty.
–Venga a buscar setas con nosotros y nos enseñará dónde las hay.
Agafia Mijailovna sonrió y movió la cabeza como diciendo: «Quisiera enfadarme con usted, pero es imposible».
–Haga el favor de hacer lo que voy a aconsejarle. –dijo la Princesa– Encima de cada pote ponga un papel empapado en ron. Así, aunque le falte hielo, nunca se echará a perder la confitura.

ANNA KARENINA – QUINTA PARTE – RESUMEN Y ANÁLISIS

martes, julio 2nd, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
QUINTA PARTE – RESUMEN
Torbellinos de preparaciones por la boda de Levin y Kitty. Para cumplir con los requisitos de la Iglesia para el matrimonio, Levin pasa por las situaciones de ayuno y comunión. La insistencia del sacerdote en la existencia de Dios le molesta, al punto de hacer un último intento de disuadir a Kitty de casarse con él pero la boda sigue adelante en toda su gloria. Durante la ceremonia, tanto Levin como Kitty están abrumados de alegría y amor, pero ciertos invitados inyectan una nota de seriedad en la escena, reflexionando acerca de matrimonios fallidos, incluso los propios.

Anna y Vronsky viajan por Italia durante tres meses para luego establecerse en un pequeño pueblo. Allí, Vronsky se encuentra con un viejo amigo, un intelectual ruso llamado Golenischev. Golenischev está escribiendo un libro llamado Dos principios, en el que afirma que la herencia secreta de Rusia es Bizancio. También anima a Vronsky en su nuevo interés por la pintura (éste ha comenzado a pintar un retrato de Anna) y lleva a la pareja a conocer a un famoso pintor llamado Mijailov. A pesar de que Golenischev desestima el trabajo del pintor, Vronsky y Anna están impresionados con él, aunque le dan más importancia a un bucólico estudio de dos niños pescando, en lugar de valorar la obra maestra de Mijailov, Cristo ante Pilatos. Comprometen a Mijailov a pintar un retrato de Anna pero, cuando el retrato de Mijailov resulta ser superior al de Vronsky, Vronsky decide abandonar la pintura. Y empieza a sentir tedio de toda esa vida y también de Anna. Deciden abandonar Italia y volver a Rusia para pasar el verano en la finca de Vronsky. Planean una parada en San Petersburgo para que Vronsky resuelva algunos asuntos de propiedades y para que Anna pueda ver a su hijo.

Después de tres meses de matrimonio, Levin y Kitty todavía luchan para acostumbrarse a compartir un hogar. Levin es feliz, pero está desilusionado de que su matrimonio parezca consistir en las pequeñas disputas de las que alguna vez él mismo se había reído al verlas en otras parejas casadas. Si bien están pendientes de los estados de ánimo del otro y continúan apasionadamente involucrados, no logran comprender las funciones y exigencias de cada uno. Las cosas no mejoran hasta que Levin recibe la noticia de que su hermano, Nicolás, está al borde de la muerte, en Moscú. Angustiado, él decide ir a su encuentro inmediatamente y Kitty insiste en seguirlo. En un principio molesto de que Kitty sea testigo de las privaciones en las que vive su hermano, Levin llega a abrigar un aprecio increíble por Kitty, después de verla reconfortar a Nicolás todos los días en su lecho de muerte. Nicolás sólo responde a Kitty y a nadie más. Verla a Ketty desde este punto de vista, ayuda a Levin a entender cuál será el futuro rol de ella en la vida. Y ese rol se inicia justo después de la muerte de Nicolás: Kitty anuncia que está embarazada.

Karenin, que sufre las humillaciones de la opinión pública y una carrera estancada, cae presa de la seducción de una mujer de sociedad, la condesa Lidia Ivanovna. Lydia cree en una especie de moda del cristianismo emocional y, aunque él percibe la tontería detrás de su postura, encuentra una especie de consuelo en sus palabras y sus atenciones. Lidia destila su venganza odiosa hacia Anna: le dice a Sergei que su padre es un santo y que su madre ha muerto y, cuando Anna envía un mensaje pidiendo permiso para ver a su hijo, convence a Karenin de rechazar el pedido.
A pesar de este mandato, Anna se cuela en la casa para ver a su hijo en la mañana de su cumpleaños. Sergei ha estado sufriendo terriblemente en ausencia de Anna, está haciendo mal sus tareas escolares, entiende inconscientemente la naturaleza forzada de los sentimientos de su padre para con él y extraña cada vez más a su madre. El reencuentro es muy emotivo pero es interrumpido por la llegada de Karenin. A pesar de que él le había negado el derecho de ver al niño, también se siente abrumado por la escena y simplemente inclina la cabeza y le permite pasar sin decir nada. Turbada, Anna deja a su hijo atrás. Regresa a su hotel y a su hija pequeña, a quien no ha sido capaz de amar con la misma pasión que siente por su hijo, ya casi adolescente.

Vronsky hace rondas sociales para tantear si la Sociedad de Petersburgo los van a aceptar a él y a Anna juntos. Recibe una fría acogida y le confirman que Anna es especialmente malvenida. Vronsky todavía puede disfrutar de la compañía de los hombres, como su viejo amigo Yachvin pero Anna está confinada a sus habitaciones y a la compañía de Vronsky. Celosa e irritada por esta falta de libertad, decide cometer suicidio social, asistiendo a la ópera. La escena se muestra a través de los ojos de Vronsky que mira hacia arriba, en donde está el palco de ella: Anna genera una escena y es insultada por los miembros de la sociedad. Aunque Vronsky le había aconsejado que no se presentara en el teatro, Anna lo culpa por su descenso social, lo que lo obliga a él a calmarla mostrándole y asegurándole, constantemente, su amor. Al día siguiente, parten hacia el campo.

ANÁLISIS

La quinta parte está dispuesta, a propósito, de manera tal de demostrar el contraste entre amor lícito y cristiano de Levin y Kitty y la pasión ilícita de Anna y Vronsky. El lento crecimiento de amor entre Levin y Kitty, florece, mientras que el amor de Anna y Vronsky se derrumba poco a poco entre celos y odio. También vemos el importante papel de la sociedad en esto: Levin y Kitty son capaces de crecer en el amor, al menos en parte, debido a que han sido aceptados en su papel de marido y mujer por toda la alta sociedad.
A Anna y Vronsky, en cambio, se los obliga a sostener una relación romántica altamente marginal, se les hace sentir el vacío y se los priva de sus roles en la sociedad y, entonces, comienzan a tambalearse. Este contraste sirve para subrayar la advertencia temática de Tolstoy acerca de la destructividad de la pasión que todo lo consume.
Esta privación de roles y de ocupaciones, se muestra claramente en el ejemplo del interés que desarrolla Vronsky en la pintura mientras que están en Italia, con Anna, de luna de miel. Tolstoy deja muy claro que, mientras Anna se contenta con poseer a Vronsky, Vronsky es inquieto y necesita estímulos o algo que hacer. Incursiona en la pintura pero la presentación del espartano pintor Mijailov muestra la futilidad de sus vagas ambiciones. El arte es un amante severo y Vronsky nunca tendría los recursos emocionales para complacer tanto al arte como a Anna.
La escena en la que Vronsky y Anna se pierden la obra maestra de Mijailov para admirar una breve semblanza de dos chicos jóvenes y guapos, es un claro ejemplo de la brillantez de Tolstoy. A pesar de ser una breve escena, se representa con tanta habilidad que ha habido múltiples lecturas críticas de su significado. Se apartan de una pintura de Pilatos condenando a Jesús a la cruz. Esto puede ser interpretado en el sentido de que ellos, como los que condenaron a Jesús, no son conscientes del impacto moral de sus acciones sobre los inocentes. Por otra parte, también puede interpretarse en el sentido de que Tolstoy sugiere que Anna debe dejar de vivir en un verano imaginario y asumir su propia cruz. Por último, puede ser interpretada en el sentido de que la sociedad debe dejar de juzgar a inocentes como Anna y dejar la decisión final a Dios. La razón de estas múltiples lecturas consiste en la calma sutileza de la escena y la habilidad de Tolstoy para manejarla con una mirada distante.
Toda la cólera del juicio de la sociedad se representa con mano dura en esta sección. La hipocresía de la gente como la princesa Betsy, quien inicialmente alentó la historia de amor entre Anna y Vronsky pero ahora se niega a ver a Anna en público, se muestra en toda su fealdad. Tolstoy arremente contra la hipocresía en general, en toda esta sección del libro; su retrato de la condesa Lidia (que es prácticamente una caricatura) también muestra desprecio por la postura cristiana. Aunque las acciones de Anna no son toleradas para nada, en este libro, es evidente que sus actos, si no honorables, al menos están libres de contradicciones. Ella sigue a sus emociones fuera de un matrimonio sin amor y soporta todo el peso de la sociedad hipócrita. El filósofo marxista Engels utilizó a Anna Karenina como un ejemplo de cómo los «engaños, fracasos y miserias» de los matrimonios burgueses son menos culpa de los individuos que de las formas en que las sociedades organizan la sexualidad. El rechazo de Anna de esta organización resulta en su caída.
Pero si bien es tentador defender el aplomo de Anna, los lectores no pueden perder de vista el efecto devastador de sus acciones. Su breve reunión con Seryozha es un buen ejemplo de esto. Esta escena altamente emotiva muestra cuán traumatizado ha sido Seroyzha por la ruptura de su familia, así como también alude a la pérdida a largo plazo con la que el niño tendrá que luchar el resto de su vida. Es difícil, además, no sentir lástima por Karenin, que pende de un hilo tanto en la sociedad como en su carrera.
La conducta amable y reflexiva de Kitty, hacia el moribundo Nicolás prefigura el cuidado y la atención que le dará a su papel de madre. El relato está dispuesto adrede para colocar a la muerte de Nicolás justo antes que el embarazo de Kitty, tal que Levin pueda notar cómo Kitty funcionará en el otro importante rol que sigue al matrimonio. Armado con este conocimiento, Levin será capaz de entenderla mejor a ella tanto como a su propia visión del matrimonio. Levin se vuelve más realista en esta sección: deja de idealizar al matrimonio como una institución potencialmente perfecta y comienza supeditarla a las reglas naturales de compromiso y el cambio.

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