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ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 16

sábado, agosto 17th, 2013

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Un poco de Historia en el Capítulo 16 de la Octava Parte de Anna Karenina. La imagen que elegí es «Invitados del extranjero», de Nicholas Roerich (1899) que representa a los Varegos en la Rus de Kiev (y aquí me adivinan el Alma de noruega y el Invierno en Kiev). Vamos llegando a las últimas páginas de esta novela. Recuerden que el Gran Finale se hace el 31 de Agosto en La Biblioteca Café, en el marco de un Chaepítie al mejor estilo ruso, con debate incluído.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 16

Experto en dialéctica, Sergio Ivanovich, sin replicar a la última objeción de Levin, llevó la conversación a otro punto de vista.

–Si quieres averiguar, –dijo– por un medio aritmético, el espíritu del pueblo, es claro que será muy difícil que llegues a conocerlo. En nuestro país no está aún implantado el sufragio, y no puede ser introducido, porque no expresaría la voluntad popular; pero para saber cuál es ésta existen otros caminos: se percibe en el ambiente, se siente en el corazón. Ya no hablo de aquellas corrientes bajo el agua que se mueven en el mar muerto del pueblo y que son claras para toda persona que no tenga prevención, miras particulares en el estricto sentido de la palabra. Todos los partidos del mundo intelectual, antes enemigos irreconciliables, ahora se han fundido en una sola idea, las discordias se han terminado. Toda la prensa dice lo mismo; todos han sentido una fuerza titánica que los empuja en la misma dirección.

–Sí, lo dicen todos los periódicos. –repuso el Príncipe– Esto es verdad. Pero de tal modo dicen todos lo mismo, que semejan las ranas en el pantano antes de la tempestad. Hacen tanto ruido, que no se oye ningún otro…

–Si son ranas o no lo son, no lo discuto. Yo no edito periódicos y no quiero defenderlos. Pero sí he de señalar la unidad de opiniones en el mundo intelectual –digo Sergio Ivanovich, dirigiéndose a su hermano.

Levin iba a contestar, pero el viejo Príncipe se le adelantó.

–En cuanto a esa unidad de opiniones se puede decir otra cosa. –dijo– Tengo un yerno –Esteban Arkadievich, ustedes ya lo conocen–. Ahora se le nombra miembro de no sé qué comisión y algo más que ahora no recuerdo. En este puesto no hay nada que hacer, pero Dolly –esto no es un secreto– percibirá un sueldo de ocho mil rublos. Vayan ustedes a preguntarle si ese cargo tiene alguna utilidad; él les demostrará que no hay otro más necesario. Y no es un hombre embustero; pero le es imposible no creer en la utilidad de los ocho mil rublos.

–Sí, es verdad, Stiva me ha pedido que diga a Daria Alejandrovna que obtuvo el puesto –dijo Sergio Ivanovich, con visible desagrado, producido por las palabras del Príncipe.

–Pues así es, también, la unanimidad en las opiniones de los periódicos. Me han explicado que cuando hay guerra, duplican la tirada. Entonces, ¿cómo pueden dejar de considerar trascendentales la suerte del pueblo, la situación de los eslavos, etcétera, etcétera, etcétera?

–Confieso que no tengo demasiada afición a los periódicos, pero hablar así me parece injusto –dijo Sergio Ivanovich.

–Yo les pondría una sola condición. –continuó el Príncipe -Alfonso Karr lo dijo muy bien antes de la guerra con Prusia: «¿Usted piensa que la guerra es necesaria? Muy bien. Quien predica la guerra, que vaya en una legión especial, delante de todos, en los ataques, en los asaltos».

–¡Estarían muy bien los redactores de los periódicos en esa posición!–comentó Katavasov, riéndose a carcajadas porque se imaginaba a los periodistas conocidos suyos en aquella legión escogida.

–Como que huirían al primer disparo, no servirían más que de estorbo –dijo Dolly.

–Si trataran de huir –completó el Príncipe– se les colocarían detrás las ametralladoras o los cosacos con látigos.

–Eso es una broma, y una broma de dudoso gusto, perdonadme que os lo diga, Príncipe –dijo Sergio Ivanovich con acritud.

–No veo que sea una broma… –empezó Levin. Pero Sergio Ivanovich lo interrumpió:

–Cada miembro de la sociedad está llamado a cumplir la obra que le corresponde y los intelectuales cumplen la suya orientando a la opinión pública, y la unánime y completa expresión de la opinión pública es lo que honra a la prensa y al mismo tiempo es un hecho que ha de llenarnos de alegría. Hace veinte años habríamos callado; pero ahora se oye la voz del pueblo ruso, que está pronto a levantarse como un hombre y a sacrificarse por sus hermanos oprimidos. Es un gran paso y una patente demostración de la fuerza de…

–Pero es que no se trata de sacrificarse, sino también de matar turcos. –insinuó tímidamente Levin– El pueblo está presto a sacrificarse por su alma, pero no a matar –añadió con firmeza, relacionando esta conversación con los pensamientos que le preocupaban.

–¿Cómo por su alma? Explíqueme esto. Comprenda que para un especialista en ciencias naturales esta expresión ofrece algunas dificultades –dijo Katavasov con sonrisa irónica.

–Ya sabe usted muy bien lo que quiero decir.

–Pues le juro que no tengo ni la más mínima idea –contestó con risa sonora Katavasov.

–«No traigo la paz, sino la espada», dijo Cristo –replicó por su parte, Sergio Ivanovich, citando, como cosa clara, aquella parte del Evangelio que más confundía a Levin.

–Eso es… Sí, señor –dijo el viejo criado Mijailich, contestando a la mirada que casualmente le había dirigido Sergio.

Levin se ruborizó de enojo, no porque se sintiera vencido, sino porque no había podido contenerse y evitar la discusión.

«No, no debo discutir con ellos», pensó. « Ellos están protegidos por una coraza impenetrable, y yo estoy desnudo. Habría debido callarme.»

Comprendía que le era imposible persuadir a su hermano y a Katavasov, y aún menos veía la posibilidad de estar de acuerdo con ellos. Lo que ellos predicaban era aquel orgullo de espíritu que casi le había hecho perecer a él. No podía estar conforme con que ellos, tomando en consideración lo que decían los charlatanes voluntarios que venían de las capitales, dijeran que éstos, junto con los periódicos, expresaban la voluntad y el pensamiento populares, pensamiento y voluntad que se basaban en la venganza y en la muerte. No podía estar conforme con esto porque no veía la expresión de tales pensamientos en el pueblo, entre el cual vivía, ni tampoco encontraba estos pensamientos en sí mismo (y no podía considerarse de otro modo sino como uno más entre los miembros que constituían el pueblo ruso) y, sobre todo, porque, junto con el pueblo, no podía comprender en qué consiste el bien general; pero sí creía firmemente que alcanzar este bien general era posible solamente cumpliendo severamente la ley del Bien. Y por ello, no podía desear la guerra ni hablar en su favor. Levin veía su opinión junto a la de Mijailich y el verdadero pueblo, cuyo pensamiento había quedado plasmado en la leyenda de la llamada a los Varegos (1): «Venid sobre nosotros y gobernadnos. En cambio os prometemos obediencia. Todo el trabajo, todas las humillaciones, todos los sacrificios, los tomamos sobre nosotros; vosotros juzgad y decidid». Y ahora, según Sergio Ivanovich, el pueblo renunciaba a este derecho comprado a un precio tan elevado.

Levin habría querido decir también que si la opinión pública es un juez impecable, ¿por qué la revolución no era igualmente tan legal como el movimiento en pro de los eslavos?

Pero todo esto no eran más que pensamientos que no podían decidir nada. Una sola cosa se veía palpable: que la discusión sobre este punto irritaba a Sergio Ivanovich y que era mejor, por lo tanto, no discutir. Y Levin calló y atrajo la atención de sus huéspedes hacia las oscuras nubes que habían acabado de cubrir amenazadoramente todo el cielo. Y comprendiendo que la lluvia no iba a tardar, se dirigieron todos a la casa.

(1) Varegos: Los varegos (variâgi, en eslavo antiguo) constituyen el primer pueblo mencionado en la Crónica de Néstor (la Primera crónica rusa –ucraniana-) que exigió por el año 859 el pago de tributos (el llamado danegeld u ‘oro de los daneses’ en las crónicas británicas) a las tribus eslavas y fino-ugrias del centro y norte de la actual Rusia. En 862 estas tribus se rebelaron contra los varegos, pero enseguida empezaron las luchas intestinas, lo que los llevó a invitar a los nórdicos a gobernarlos y traer la paz a la región. Dirigidos por Rúrik/Riúrik y sus hermanos Sineus y Truvor, se asentaron alrededor de la ciudad de Nóvgorod, Beloozero e Izborsk respectivamente. A la muerte de sus hermanos, Rúrik dominó la región como único caudillo en jefe y delegó el gobierno local de los asentamientos de Polotsk, Rostov y Beloozero entre sus seguidores.
Estos varegos era también conocidos como Rus’ o Rhos y cuyo origen se menciona en las crónicas contemporáneas como Svie (suecos), Normane (noruegos), Angliane (anglos) y Gote (gotlandeses).

UN TÉ PUEDE SALVARNOS EL ALMA

sábado, agosto 17th, 2013

«Hay que hacer una distinción entre erotismo y pornografía; los medios de comunicación han difuminado esta disparidad hasta un grado imperdonable…» David Hamilton.

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Es sábado a la noche, los chamanes del invierno danzan alrededor del fuego, dejándonos mostrar la piel. Más arriba les dejé una frase y una imagen del genial fotógrafo inglés y abajo, un bellísimo poema del escritor mansi -siberiano- Yuvan Shestálov, que no hubiera podido traducir sin la ayuda de mi estimado Vitaliy Nesterenko.

Fuego dorado, crepita,
¡calienta nuestro corazón!
Más blancos que el pescado congelado,
sin tí podríamos desaparecer!
Sálvanos, sálvanos,
¡hierve omnipotente té!
Desde la primera gota, ¡con sólo tocarla!,
vamos a arder con el fuego;
con la segunda, supongamos,
nos levantaremos fuertes como alces;
a partir de la tercera, ¡milagros!,
volaremos sobre los bosques;
dejaremos caer la cuarta,
bailando, para hacer feliz al pueblo;
con la quinta, en la noche de invierno,
desearemos besarnos;
en la sexta, se enciende la sangre,
¡el amor cantará en el pecho!
Y en la séptima gota caliente
viviremos por siempre, ¿no es cierto?
Oye, crepita, fuego, crepita,
¡apasiona nuestro corazón!
Sálvanos, sálvanos,
¡hierve omnipotente té!

Yuvan Shestálov (1937-2011)

Золотой огонь, трещи,
Сердце нам разгорячи!
Мы, белее мерзлой рыбы,
Без тебя пропасть могли бы!
Выручай, выручай,
Кипяти всесильный чай!
С первой каплей – только тронь! –
Будем жечься, как огонь;
Со второй-то мы небось
Станем быстрыми, как лось;
С третьей капли – чудеса! –
Полетим через леса;
Мы с четвертой капли будем
Танцевать на радость людям;
С пятой капли ночью зимней
Целоваться захотим мы,
А с шестой – вспыхнет кровь,
Запоет в груди любовь!
А с седьмой горячей капли
Будем вечно жить, не так ли?
Эй, трещи, огонь, трещи,
Сердце нам разгорячи!
Выручай, выручай,
Кипяти всесильный чай!

Шесталов Юван (1937-2011)

UNA CANCIÓN DE MEDIANOCHE

viernes, agosto 16th, 2013

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Las sirenas del mar toman el té de la tarde,
flotando entre corales, por el claro de luna.
Las sirenas del mar toman el té a grandes tragos,
inhalando y exhalando olas de algas perfumadas.

Flotan entre sedas de ahogados amantes sensibleros,
en pasillos de arena y glorietas de corteza salada.
Cantan en lo hondo y sacuden sus pestañas,
aquí, chasquea una cola al destellar ojos de ámbar.

Encienden pipas de agua de los fuegos que emergen
de ladrillos de marinos encantados por su voz.
Su rescate es ruso, su destino es el verde
que enmohece la sal y aparece en las juntas.

Cotillean de buques, y de conchas y esquisto,
susurran sobre amantes, de duramen y velas.
cuchichean de robles tallados que los llevan lejos,
a ahogarse en las olas bajo cantos de estrellas.

Por caños y grifos, aprietan los labios,
pintados de verde en la noche de mar,
vistiendo sus sedas, con escamas pegadas,
bajo las glorietas de sus tronos de azar.

No tengo el autor ni el nombre de este poema. Sólo lo traduje lo mejor posible, desde mi intuición.
El bellísimo dibujo, «Sandwich-Eating Mermaid», fue realizado por Himmapaan

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 15

viernes, agosto 16th, 2013

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Vaso de Mandarín Imperial muy caliente y una tentada de risa para un Capítulo 15 que no tiene nada de gracioso. Es que esta noche, demasiado cansada para leer y tipear, le pedí al padre de mis niños que me leyera. Y el leyó. Con intención y cambiando la voz en la línea de cada personaje (sí, en los femeninos también). Yo me reía tanto que no podía escribir. Casi tiro el té cuando me dijo: -Si el evento pinta «bajón»… leo yo!
Vamos:
OCTAVA PARTE – Capítulo 15

–¿Sabes a quién ha encontrado tu hermano en el tren, Kostia? –preguntó Dolly, después de repartir a los niños pepinos y miel– ¡A Vronsky! Se va a Servia.

–¡Y además se lleva un escuadrón que paga de su propio bolsillo! –añadió Katavasov.

–Muy propio de él –dijo Levin–.Pero, ¿es que todavía siguen marchándose voluntarios? –preguntó, mirando a su hermano.

Sergey Ivanovich, ocupado en sacar del trozo de panal que tenía en su plato una abeja aún viva, que se había quedado pegada a la miel, con la punta de un cuchillo, no le contestó.

-¡Cómo no! ¡Si viera usted los que había ayer en la estación! -exclamó Katavasov, mordiendo ruidosamente su pepino.

-Pero, ¿cómo es eso? Explíqueme, Sergey Ivanovich. ¿Adónde van todos esos voluntarios y contra quién combaten? -preguntó el viejo Príncipe, con el deseo evidente de prolongar una conversación iniciada, al parecer, en ausencia de Levin.

-Contra los turcos -contestó Kosnichev, sonriente y tranquilo logrando librar a la abeja aún viva y ennegrecida de miel que agitaba las pequeñas patas, y pasándola con cuidado de la punta del cuchillo a una hoja de álamo.

-¿Y quién ha declarado la guerra a los turcos? ¿Iván Ivanovich Ragozov y la condesa Lidia Ivanovna, en compañía de la señora Stal?

-Nadie ha declarado la guerra; pero la gente se compadece de los padecimientos de sus hermanos de raza y quiere ayudarlos -dijo Sergio Ivanovich.

-El Principe no dice que no se les ayude -intervino Levin-, defendiendo a su suegro- Se refiere a la guerra. El Príncipe sostiene que los particulares no pueden intervenir en la guerra sin autorización del Gobierno.

-Mira, Kostia. Una abeja volando. ¡Nos va a picar! -exclamó Dolly defendiéndose del insecto.

-No es una abeja, sino una avispa -aclaró Levin.

-Veamos, explíquenos su teoría. -dijo Katavasov, sonriente, a Levin, a fin de provocar una discusión-¿Por qué los particulares no han de poder ir a la guerra?

-Mi contestación es la siguiente: la guerra es una cosa tan brutal, feroz y terrible, que no digo ya un cristiano, sino ningún hombre puede asumir la responsabilidad de iniciarla. Es algo que compete al gobierno, que está para eso y que a veces se ve abocado a tomar decisiones así. Además, tanto la ciencia como el sentido común, cuando se trata de asuntos de Estado, y sobre todo de guerras, todos los ciudadanos deben abdicar de su voluntad personal.

Sergey Ivanovich y Katavasov hablaron a la vez, exponiendo sus objeciones, que ya tenían preparadas.

-Hay casos en que el Gobierno no cumple la voluntad de los ciudadanos, y entonces el pueblo declara espontáneamente su voluntad -dijo Katavasov.

Pero Kosnichev no parecía apoyar el criterio de Katavasov. Frunció las cejas y dijo:

-No debe usted plantear así la cuestión. Aquí no hay declaración de guerra, sino la expresión de un sentimiento humanitario, cristiano. Están matando a nuestros hermanos, a gente de nuestra raza y fe. Y no ya a nuestros hermanos y correligionarios, sino simplemente a mujeres, ancianos y niños. El sentimiento grita y los rusos corren a ayudar a terminar con esos horrores. Figúrate que vas por la calle y ves unos borrachos golpeando a una mujer o a un niño. No creo que te detuvieras a preguntar si se ha declarado la guerra a ese hombre o no, sino que te lanzarías en defensa del ofendido.

-Pero no mataría al otro -atajó Levin.

-Sí lo matarías.

-No lo sé. De ver un caso así, me entregaría al sentimiento del momento. No puedo decirlo de antemano. Pero semejante sentimiento repentino no existe ni puede existir respecto a la opresión de los eslavos.

-Quizá no exista para ti, pero existe para los demás. -contestó, frunciendo el entrecejo involuntariamente, Sergey Ivanovich- Aún viven en el pueblo las leyendas de los cristianos ortodoxos que gimen bajo el yugo del «infiel agareno». El pueblo ha oído hablar de los sufrimientos de sus hermanos y ha levantado la voz.

-Puede ser. -dijo Levin evasivamente- Pero no lo veo. Yo también soy pueblo y no siento eso.

-Tampoco yo. -añadió el Príncipe- He vivido en el extranjero, he leído la prensa y confieso que ni siquiera antes, cuando los horrores búlgaros, entendía la causa de que los rusos, de repente, comenzaran a amar a sus hermanos eslavos mientras yo no sentía por ellos amor alguno. Me entristecí mucho, pensando ser un monstruo o atribuyéndolo a la influencia de las aguas de Carlsbad… Pero al llegar aquí me tranquilicé viendo que hay mucha gente que sólo se preocupa por Rusia y no por sus hermanos eslavos. También Constantino Dmitrievich piensa así ––dijo señalándole.

–En este caso, las opiniones personales no significan nada; –respondió Kosnichev–las opiniones personales no tienen ningún valor ante la voluntad de toda Rusia expresada con unanimidad.

–Perdone, pero no lo veo así. El pueblo es ajeno a todo eso –repuso el Príncipe.

–No papá. Acuérdate del domingo en la iglesia. –dijo Dolly, que escuchaba la conversación– Dame la servilleta, haz el favor. ––dijo al anciano, que contemplaba, sonriendo, a los niños– Es imposible que todos…

–¿Qué pasó el domingo en la iglesia? –preguntó el Príncipe– Al cura le ordenaron leer y leyó. Los campesinos no comprendieron nada. Suspiraban como cuando oyen un sermón. Luego se les dijo que se iba a hacer una colecta en pro de una buena obra de la Iglesia y cada uno sacó un cópec, sin saber ellos mismos para qué.

–El pueblo no puede ignorarlo. El pueblo tiene siempre conciencia de su destino y en momentos como los de ahora ve las cosas con claridad –declaró Sergey Ivanovich categóricamente, mirando al viejo encargado del colmenar, como interrogándole.

El viejo, arrogante, de negra barba canosa y espesos cabellos de plata, permanecía inmóvil sosteniendo el pote de miel y mirando dulcemente a los señores desde la elevación de su estatura, sin entender ni querer entender lo que trataban, según se evidenciaba en todo su aspecto.

–Sí, señor –afirmó el viejo, moviendo la cabeza, como contestando a las palabras de Sergey Ivanovich.

–Pregúntenle y verán que no sabe ni entiende nada de eso –dijo Levin. Y añadió, dirigiéndose al viejo:– ¿Has oído hablar de la guerra, Mijailich? ¿Oíste lo que decían en la iglesia? ¿Qué opinas? ¿Piensas que debemos hacer la guerra en defensa de los cristianos?

–¿Por qué hemos de pensar en eso? Alejandro Nicolaevich, el Emperador, piensa por nosotros en este asunto y pensará por nosotros en todos los demás que se presenten… Él sabe mejor… ¿Traigo más pan? ¿Hay que dar más a los chiquillos? –se dirigió a Daria Alejandrovna, indicando a Grisha que terminaba su corteza de pan.

–No necesito preguntar –dijo Sergey Ivanovich– Vemos centenares y millares de hombres que lo dejan todo para ayudar a esa obra justa. Llegan de todas las partes de Rusia y expresan claramente su pensamiento y su deseo. Traen sus pobres groches y van por sí mismos a la guerra y dicen rectamente por qué lo hacen. ¿Qué significa esto?

–Eso significa, a mi juicio, ––dijo Levin que comenzaba a irritarse otra vez– que en un país de ochenta millones de habitantes se encuentran, no ya centenares, sino decenas de miles de hombres que han perdido su posición social, gente temeraria, pronta a todo, que siempre está dispuesta a enrolarse en las bandas de Pugachev o cualquier otra de su especie, y que lo mismo va a Serbia que a la China…

–Te digo que no se trata de centenares ni de gente perdida, sino que son los mejores representantes del pueblo ––dijo Sergey Ivanovich con tanta irritación como si estuviera defendiendo sus últimos recursos– ¿Y los dineros recogidos? ¡Aquí sí que el pueblo expresa directa y claramente su voluntad!

–Esa palabra «pueblo» es tan indefinida… –dijo Levin– Sólo los escribanos de las comarcas, los maestros y el uno por mil de los campesinos y obreros saben de qué se trata. Y el resto de los ochenta millones de rusos, como Mijailich, no sólo no expresan su voluntad, sino que no tienen ni idea siquiera de sobre qué cuestión deben expresarla. ¿Qué derecho tenemos, pues, a decir que se expresa la voluntad del pueblo?

TÉ DE LA TARDE COMO EN DACHA

viernes, agosto 16th, 2013

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¡Fin de semana largo! ¿Te quedás en Buenos Aires? No te podés perder el Té de la tarde con blends de DaCha Russkiĭ Sekret en Home Hotel Buenos Aires, al solcito, en el jardín.
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ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 14

jueves, agosto 15th, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 14

Levin miraba frente a sí y veía el rebaño de ovejas que pastaba guardado por el mastín y el pastor. Luego vio su tílburi tirado por « Voronoy» y cómo el cochero, al llegar al rebaño, hablaba algo con el pastor. Poco después, oía cerca de él el ruido de las ruedas y los resoplidos del caballo.

Estaba, sin embargo, tan absorto en sus pensamientos, que ni siquiera se le ocurrió que el coche se dirigía hacia él. Únicamente lo advirtió cuando el cochero, hallándose ya a su lado, le habló:

–Me manda la señora. Han llegado su hermano y otro señor.

Levin se sentó en el cochecito y tomó las riendas.

Estaba aún como acabado de despertar de un sueño y durante mucho rato apenas se dio cuenta de lo que hacía o de dónde estaba. Miraba a su caballo, al que sujetaba por las riendas, cubiertos de espuma las patas y el cuello; miraba al cochero Iván, sentado a su lado; recordaba que le esperaba su hermano; pensaba que su mujer estaría inquieta por su larga ausencia y procuraba adivinar quién era aquel señor que había llegado con su hermano. Y el hermano, y su mujer, y el desconocido se le presentaban ahora en su imaginación de modo distinto a como los veía antes; le parecía que ahora sus relaciones con todos habrían de ser muy diferentes.

«Ahora no habría entre mi hermano y yo la separación que ha habido siempre entre nosotros; ahora no disputaremos ya nunca. Nunca más tendré riñas con Kitty. Con el huésped que ha llegado, quienquiera que sea, estaré amable, seré bueno; lo mismo que con los criados y con Iván. Con todos seré un hombre distinto.»

Reteniendo con las riendas tensas al caballo, que resoplaba impaciente, como pidiendo que le dejaran correr en libertad Levin miraba a Iván, sentado a su lado, el cual sin tener nada que hacer con las manos las ocupaba en sujetarse la camisa, que se le levantaba a hinchaba con el viento.

Levin buscaba pretexto para entablar conversación con él. Quiso decirle que había apretado demasiado la barriguera. Pensó en seguida que esto le parecería un reproche y quería tener una conversación amable; pero ningún otro tema sobre el cual conversar le acudía a la imaginación.

–Señor, haga el favor de guiar a la derecha. Allí hay un tronco –le dijo Iván, con ademán de coger las riendas.

–Te ruego que no toques las riendas y no me des lecciones –contestó Levin ásperamente.

La intervención del cochero lo irritó como de costumbre. Y en seguida pensó, con tristeza, que estaba equivocado al creer que su estado de ánimo podía cambiar fácilmente.

A un cuarto de versta de la casa, Levin vio a Grisha y a Tania que corrían a su encuentro.

–Tío Kostia, allí vienen mamá y el abuelito, y Sergio Ivanovich y un señor –decían los niños subiendo al coche.

–¿Y quién es ese señor?

–Un hombre muy terrible que no cesa de mover los brazos. Así –dijo Tania, levantándose del asiento a imitando el gesto habitual de Katavasov.

–¿Es viejo o joven? –preguntó Levin, al cual el ademán de Tania le recordaba a alguien, pero sin poder precisar a quién.

«¡Ah», se dijo, «al menos que no sea una persona desagradable!».

Sólo al dar vuelta al camino y ver a los que iban a su encuentro, Levin recordó a Katavasov, con su sombrero de paja, moviendo los brazos como había indicado Tania.

A Katavasov le gustaba mucho hablar de filosofía, aunque la comprendía mal, como un especialista de ciencias naturales que era que nunca estudiaba filosofía. Durante su estancia en Moscú, Levin había discutido mucho con él sobre estas cuestiones. Lo primero que recordó Levin al verle fueron aquellas discusiones en las que aquél ponía siempre un gran empeño en quedar vencedor.

«No, no voy a discutir, ni a exponer a la ligera mis pensamientos por nada del mundo», se dijo aún.

Saltando del tílburi y, tras saludar a su hermano y a Katavasov, Levin preguntó por Kitty.

–Se llevó a Mitia a Kolok. –así se llamaba el bosque que había cerca de la casa– Ha querido arreglarlo allí porque en la casa hace demasiado calor –explicó Dolly.

Levin aconsejaba a su mujer que no llevase el niño al bosque, porque lo consideraba peligroso, por lo cual esta noticia le desagradó.

–Siempre anda llevando al pequeño de un lugar a otro. –dijo el viejo Príncipe– Le he aconsejado que lo llevase a la nevera.

–Kitty pensaba ir luego al colmenar, suponiendo que estarías allí. Podríamos ir hacia allá –dijo Dolly.

–¿Y qué estabas haciendo tú? –preguntó Sergio Ivanovich a su hermano, al quedarse atrás con él.

–Nada en particular. Me ocupo, como siempre, de los asuntos de la propiedad. –contestó Levin– ¿Y por cuánto tiempo has venido? –preguntó, a su vez, a Sergio Ivanovich– Te esperaba hace ya días.

–Por un par de semanas. –contestó Sergio– Tengo mucho que hacer en Moscú.

En esto, los ojos de los dos se encontraron, y no obstante su deseo de estar afectuoso con Sergio y amable y sencillo con el Príncipe, Levin sintió que lo irritaba mirar a su hermano y bajó la vista sin saber qué decir.

Buscando temas de conversación que fueran agradables a Sergio Ivanovich, aparte de la guerra serbia y la cuestión eslava, a las cuales había aludido de manera velada al hablar de sus ocupaciones en Moscú, se puso a hablarle de la obra que había publicado últimamente.

–¿Y las críticas de tu libro? –le preguntó– ¿Qué tal te tratan?

Sergio Ivanovich sonrió comprendiendo que no era espontánea la pregunta.

–Nadie se ocupa de él y yo menos que nadie –contestó con displicencia. Y, cambiando de conversación, se dirigió a Dolly:

–Daria Alejandrovna, mire… Va a llover–dijo, indicando con su paraguas unas nubes blancas que corrían sobre las copas de los álamos.

Y bastaron estas palabras para que aquella frialdad que quería evitar Levin en sus relaciones con su hermano se estableciera entre los dos.

Levin se acercó a Katavasov.

–¡Qué acertado ha estado usted decidiéndose a venir!

–Ya hace tiempo que quería haberlo hecho. Ahora podremos discutir con más calma… ¿Ha leído usted a Spencer?

–No lo he terminado. –dijo Levin– De todos modos, ahora no lo necesito.

–¡Cómo! Es interesante… ¿Por qué no lo necesita?

–Quiero decir que la solución de las cuestiones que me interesan en la actualidad no la encontraría en él ni en sus semejantes. Ahora…

Levin iba a decir que le interesaban otras cuestiones más que los temas filosóficos, pero observó la expresión tranquila y alegre que tenía el rostro de Katavasov y, acordándose de sus propósitos, no quiso destruir su buen humor contrariándolo con sus nuevas ideas.

–De todos modos, ya hablaremos después. –añadió, condescendiente– Si vamos al colmenar, es por aquí, por este sendero ––dijo, dirigiéndose a los demás.

Al llegar, por el camino estrecho, a una explanada rodeada de brillantes flores de «Juan–María» y donde crecían también espesos arbustos de verde oscuro chenusitza, Levin hizo sentar a sus acompañantes en los bancos y troncos instalados allí para los visitantes del colmenar a la sombra fresca y agradable de unos álamos tiernos, y él se dirigió al colmenar para traer pan, pepinos y miel fresca.

Con gran cuidado y atento al zumbido de las abejas que cruzaban el aire ininterrumpidamente, llegó por un sendero hasta el colmenar.

Al entrar, una abeja se lanzó hacia él zumbando y se le enredó en la barba. Se deshizo de ella y pasó al patio, cogió una redecilla que estaba colgada en una pared, se la puso, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y siguió hacia las colmenas.

En filas regulares, atadas a estaquitas, estaban las colmenas viejas, cada una con su historia, que él conocía; a lo largo de la cerca que rodeaba el colmenar se veían las nuevas instaladas aquel año.

A la entrada de las colmenas revoloteaban nubes de abejas y de zánganos, mientras las obreras volaban hacia el bosque atraídas por los tilos en flor, y regresaban cargadas del dulce néctar. Y todo el enjambre, obreras diligentes, zánganos ociosos, guardianas despiertas dispuestas a lanzarse sobre cualquier extraño al colmenar que tratara de acercarse allí, dejaban oír las notas más diversas en el aire calmo, que se confundían en un continuo y bronco zumbido.

En la otra parte de la cerca, el encargado del colmenar cepillaba una tabla.

El viejo campesino no vio a Levin y éste no lo llamó.

Estaba contento de quedarse solo para recobrar la tranquilidad de su ánimo, que ya se había alterado en aquel corto contacto con la realidad.

Recordó, con pesar, que se había enfadado contra Iván, que había demostrado frialdad a su hermano y hablado con ligereza a Katavasov.

«¿Es posible que todo aquello haya sido cosa de momento y que pase todo sin dejar huella?», se dijo.

Y en aquel mismo instante sintió con alegría que algo nuevo e importante acaecía en su alma. Sólo por unos instantes la realidad había hecho desaparecer, como cubriéndola por un negro velo, aquella calma espiritual hallada por él y que ahora recobraba de nuevo, porque sólo había permanecido oculta en el interior de su alma.

Así como las abejas que volaban alrededor suyo y amenazaban picarlo lo distraían, le hacían perder la tranquilidad material, obligándolo a encogerse, a resguardarse, del mismo modo las preocupaciones que lo habían asaltado a partir del momento en que montara en el tílburi con el cochero, habían privado de tranquilidad a su alma; pero esto había durado tan sólo mientras estuvo entre Iván, el Príncipe, Katavasov y Sergio Ivanovich. Lo mismo que, a pesar de las abejas, conservaba su fuerza física, así sentía de nuevo dentro de él la fuerza espiritual que había recibido.

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 13

miércoles, agosto 14th, 2013

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Es duro comprender, en esta hora, que Tolstoy condena al personaje de Anna al suicidio pero cuida del suicidio a Levin, no a través del amor a los hombres per se sino a través de la fe, la religión, el perfeccionamiento moral… De todos modos, amamos a Tolstoy, que nos pintó el retrato perfecto de la época en la que vivió. Vamos con el Capítulo 13 de la Octava Parte de Anna Karenina. Recuerden, los que quieren asistir al evento, comunicarse conmigo vía mail para hacer efectiva la inscripción, por favor.

ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 13

Levin recordó una escena que había presenciado poco antes entre Dolly y sus hijos.

Los niños, habiendo quedado solos, comenzaron a cocer frambuesas a la llama de unas velas y a lanzar la leche por la boca como un surtidor. Dolly, al sorprenderlos, comenzó a explicarles, en presencia de Levin, el mucho trabajo que a las personas mayores les costaba preparar aquello que destruían, y que tal trabajo se hacía por ellos; que si rompían las tazas, no tendrían donde tomar el té, y si arrojaban la leche al suelo, se quedarían sin comer y morirían de hambre.

A Levin lo sorprendió la tranquila incredulidad con que los niños parecían escuchar las palabras de su madre. Sólo se sentían descontentos de ver interrumpido su interesante juego; de lo que su madre les decía no creían una palabra. Y no lo creían porque no podían comprender el conjunto de todo aquello de que gozaban y les era imposible, por tanto, imaginar que estaban destruyendo lo que necesitaban para vivir.

«Todo esto está bien», pensaban; «pero, ¿acaso lo que nos dan tiene tanto valor? Siempre es lo mismo, hoy como ayer y como mañana, y nosotros no tenemos que pensar en ello. Pero ahora hemos querido inventar algo nuevo, personal. Y así hemos metido las frambuesas en las tazas y las hemos cocido a la llama de la vela, y nos hemos llenado la boca de leche y la hemos lanzado como un surtidor. Esto es divertido y nuevo.»

¿Y acaso no hacemos nosotros lo mismo? ¿No lo he hecho yo buscando, mediante la razón, la significación de las fuerzas de la Naturaleza y el sentido de la vida humana?, continuaba pensando Levin.

«¿No hacen lo mismo todas las teorías filosóficas, llevándonos, mediante el razonamiento, de un modo extraño a la vida humana, a la revelación de verdades que el hombre sabe ya desde hace mucho tiempo y sin las cuales no podría vivir? ¿No se ve claramente en el desarrollo de la teoría de cada filósofo que él sabe de antemano, como el labriego Feódor y no más claramente, el verdadero sentido de la vida, y que tiende sólo a demostrar por caminos equívocos verdades universalmente reconocidas?

Que se deje a los niños solos, para que ellos mismos adquieran lo que les hace falta, construyan las tazas, ordeñen la leche, etc. ¿Realizarían travesuras? Se morirían de hambre.

Que se nos deje a nosotros, entregados a nuestras pasiones y pensamientos, sin la idea del Dios único y creador. ¿Qué haríamos, sin tener noción del bien y el mal, sin explicamos el mal moral?

¡Probemos sin esas ideas a construir algo! Lo destruiríamos todo, porque nuestras almas están saciadas. ¡Somos niños, nada más que niños!

¿De dónde procede ese alegre conocimiento que tengo y me es común con el aldeano, y que me produce la paz del espíritu? ¿De dónde lo he sacado?

Yo, educado como cristiano en la idea de Dios, habiendo llenado mi vida con los bienes espirituales que me dio el cristianismo, pletórico y rebosante de esos bienes, yo, como esos niños, destruyo, es decir, quiero destruir lo que me sustenta. Pero en las horas graves de mi vida, como los niños al sentir hambre y frío, acudo a Él y, no menos que los niños a quienes la madre riñe por sus travesuras infantiles, siento que el exceso a que me llevaron mis anhelos de niño no han sido castigados. Y lo que sé, no lo sé por la razón, sino que ha sido concedido directamente a mi alma, lo siento por mi corazón, por mi fe en lo que dice la Iglesia.

¿La Iglesia? ¡La Iglesia!», repitió Levin.

Cambió de postura y, apoyándose en el codo, miró a lo lejos, más allá del rebaño que, en la otra orilla, bajaba hacia el río.

«¿Puedo creer en cuanto profesa la Iglesia?», se dijo, buscando, para probarse, cuanto pudiera destruir la tranquilidad de espíritu de que gozaba en aquel momento.

Y comenzó a meditar en las doctrinas de la Iglesia que más extrañas le parecían y más lo turbaban.

« ¿La creación? ¿Cómo explicaba yo la existencia? ¿Por la existencia misma? ¡Con nada! ¿Y el diablo y el pecado? ¿Cómo explicar el mal? ¿Y el Redentor? No sé nada, absolutamente nada, ni puedo saberlo. Nada excepto lo que se me ha comunicado a la vez que a los demás.»

Y ahora encontraba que no existía doctrina eclesiástica alguna que destruyera lo esencial: la fe en Dios y en el bien como único destino del hombre.

Cada una de las creencias de la Iglesia podía ser explicada por la creencia en el servicio de la verdad en vez del servicio de las necesidades. Y no sólo cada dogma no la destruía, sino que estaba hecho para cumplir el milagro fundamental que constantemente se presenta en la tierra y que consiste en que es posible a todos los hombres y a cada uno, a millones de personas diferentes, sabios y necios, niños y ancianos, reyes y mendigos, a todos, a Lvov, a Kitty y a los demás, comprender sin dudas la misma cosa y crear la vida del alma sin la cual no vale la pena vivir y que es lo único que apreciamos.

Levin, tumbado ahora de espaldas, miraba el cielo alto sin nubes.

«¿Acaso no sé que eso es el espacio infinito y no una bóveda? Pero por más esfuerzos que haga, por más que aguce la mirada, no puedo dejar de ver este espacio como una bóveda y como algo limitado y, a pesar de mis conocimientos sobre el espacio infinito, tengo indudable razón cuando veo una bóveda azul y sólida; y más aún que cuando me esfuerzo para ver más allá.»

Levin había ya dejado de pensar. Ahora tenía sólo el oído atento a las voces misteriosas que resonaban en su alma con un eco de alegría y de entusiasmo.

«¿Acaso será esto la fe?», se dijo, no osando creer en su felicidad. «¡Gracias, Dios mío!», murmuró, ahogando los sollozos que le subían a la garganta y secándose con ambas manos las lágrimas que llenaban sus ojos.

COMO TÉ PARA ACUARELA

miércoles, agosto 14th, 2013

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Carne Griffiths pinta con tintas, bebidas alcoholicas y té. Esta obra, «Flower of life», es una acuarela realizada con nuestra querida camellia sinensis. Esencial darse una vueltita por su obra. www.carnegriffiths.com

Nadadores - Acuarela de té - Paz Mari
Otro ejemplo de acuarela de té, «Nadadores», pintada por la artista argentina Paz Mari. Vale la pena bucear en su obra, orgullosamente teñida de género femenino.

ARTE CON T

miércoles, agosto 14th, 2013

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TÉCNICAS PARA PINTAR CON TÉ
La tintura de té es una forma innovadora de colorear muchos artículos, desde telas a superficies. Es una alternativa ecológica a las tinturas y pinturas para madera tradicionales, puede otorgar un aspecto antiguo a distintas prendas de ropa (sobre todo a la ropa interior) o un tono cálido y natural a las superficies, y es mucho más barata y más segura para el medio ambiente.

TIPOS DE TINTURA DE TÉ
El color y la tonalidad de una tintura de té depende de muchos factores, tales como qué tipo de té se utiliza, el tiempo que el té haya estado en infusión y la cantidad de aplicaciones. El té rojo (que es el que nosotros conocemos como negro) produce un marrón suave, de color crema o trigo; en cambio, el té verde produce tonos rojizos. El té será más concentrado cuanto más tiempo haya estado en infusión y, en consecuencia, la tintura será más oscura. Al secarse, dará un tono más claro de lo que parece cuando está mojada, por lo que, generalmente, se requieren varias aplicaciones para lograr una tinta oscura.

TELAS TEÑIDAS CON TÉ
Ésta es una manera fácil de crear un aspecto antiguo. Se puede teñir con té casi cualquier tela de algodón, y existen dos técnicas para hacer esto:
-para teñir todo el tejido, hay que colocarlo en un bowl o palangana con té y dejarlo reposar durante 20 a 30 minutos; luego, retirar la tela, escurrirla y colgarla hasta que se seque.
-para obtener un look salpicado, hay que verter el té en un pulverizador y rociar una niebla sobre la tela.
Se pueden utilizar diferentes tipos y concentraciones de té para crear salpicaduras con contraste. Almohadones, remeras, enaguas, ropa interior y toallas, son todos tejidos ideales para teñir con té (¿sekret?: la ropa interior de seda queda divina).

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SUPERFICIES TEÑIDAS CON TÉ
Las paredes y los armarios son superficies ideales para colorear con té, si se quiere un estilo cálido. Para hacerlo hay que hervir el té y pintar la superficie con cualquier pincel normal, con movimientos variados para crear una apariencia de textura; incluso pueden rociarse los muebles con el té para darles una apariencia de salpicado o de pátina antigua.

Pero OJO: pintar con té puede ser un proceso muy complicado y pegajoso que requiere de mucha atención. ¡A practicar!

FOTOS
Tintura en tela: http://lillyslace.blogspot.com.ar/2011/01/how-to-tea-stain-wedding-dress.html
Tintura sobre madera: http://dans-woodshop.blogspot.com.ar/2012/03/staining-with-tea.html

EL ESPÍRITU DEL TÉ Y EL SAMOVAR EXTRANJERO

miércoles, agosto 14th, 2013

Андрей Кленин Чужой самовар
La obra que elegí hoy, «Samovar extranjero», es del artista ruso Andrey Klenin .
El samovar es un artefacto que se usa para calentar agua. Su nombre proviene de sam (sí mismo – auto) y varit (hervir – cocinar). El samovar contiene en sí a la madre del té, el agua, y a la fuente de energía que la calienta, así como al surtidor que vierte el agua caliente sobre el té para que éste exprese sus mejores cualidades. El samovar es un aparato extranjero… y yo, a veces, en este mundo pequeño, también me siento un aparato extranjero.

Cuando recién empezaba a materializar mi sueño de esta dacha propia desde mi fuego interior y mi océano de ganas, un conocido empresario del mundo del té me dijo en casa, una mañana: «No sé si esto te va a dar de comer pero vas a vivir de esto». Realmente es así.

El tiempo que pasó desde que empecé es muy poco o mucho, según como se mire, y DaCha no es «un buen negocio». No sé si el verdadero espíritu del té nos permite hacer con él/de él un buen negocio. Y está bueno que así sea, porque de esa manera, los que respetamos esas plantas, esas hebras, esas manos curtidas de trabajadores que puntean las 3 o 2 hojas y 1 brote en los jardines, podemos darnos el lujo de elegir lo más sano, lo justo, lo bueno y no prostituirnos, no vendernos al mejor postor, no bastardear ni envilecer nuestro trabajo, el oficio que vamos perfeccionando a través de largas jornadas, el producto que elaboramos.

No todo se compra, no todo se vende. La vida es buena. ♥

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