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ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 12

martes, agosto 13th, 2013

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Tolstoy atrevido, que se guardó el final del libro para volcar sus más íntimos pensamientos a través de Levin. Hoy pensaba que «Kostia Levin» no hubiera sido un título muy ganchero para una novela, para un drama y, entonces, nuestro querido Lev, se vuelve Lev-in y nos cuenta su vida interior bajo el título Anna Karenina. ¿Vamos con el Capítulo 12 de la Octava Parte? ¿Ya tienen listo su té?
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 12

Levin iba por el camino andando a grandes pasos, atento, no tanto a sus pensamientos, que todavía no había logrado ordenar, cuanto a aquel estado de ánimo que hasta entonces no había experimentado.

Las palabras del campesino Feódor produjeron en su alma el efecto de una chispa eléctrica que en un momento fundió y transformó un enjambre de pensamientos hasta entonces vagos y desordenados que no habían dejado de atormentarlo. Hasta en el momento en que hablaba del arriendo de las tierras, habían estado preocupándolo.

Sentía brotar en su alma algo nuevo y, sin saber todavía lo que era, experimentaba con ello una gran alegría.

«Hay que vivir, no para nuestras propias necesidades, sino para Dios. Pero, ¿para qué Dios? ¿Es posible decir una cosa más privada de sentido común? Feódor ha dicho que hay que vivir, no sólo para nuestras propias necesidades, esto es, para lo que comprendemos, lo que nos atrae y deseamos, sino para algo incomprensible, para ese Dios al cual nadie puede comprender ni definir… ¿Qué es esto? ¿Acaso no habré comprendido las palabras sin sentido de Feódor? Y si no he comprendido lo que decía, ¿he dudado por ventura de que fuese justo? ¿Lo he encontrado necio, impreciso y vago? No; lo he comprendido por completo, tal como él lo comprende. Lo he comprendido tan bien y tan claramente como lo que mejor pueda comprender en la vida, y jamás en mi existencia he dudado de ello ni puedo dudar. Y, no sólo yo, sino todos lo comprenden perfectamente; no dudan de ello y todos están de acuerdo en aceptarlo. ¡Y yo que buscaba, deplorando no ver un milagro! Un milagro material me habría convencido. ¡Y, no obstante, el único milagro posible, el que existe siempre y nos rodea por todas partes, no lo observaba, no lo veía!

Feódor dice que el guarda Kirilov vive sólo para su vientre. Eso es claro y comprensible. Todos nosotros, como seres racionales, no podemos vivir de otro modo sino para el vientre. Y de pronto Feódor dice que no se debe vivir para el vientre y que se debe vivir para la verdad y para Dios, y yo, con una sola palabra, lo comprendo. Y yo, y millones de seres que vivieron siglos antes y viven ahora, sabios, labriegos y pobres de espíritu –los sabios que han escrito sobre esto, lo dicen en forma incomprensible– coinciden en lo mismo: en cuál es el fin de la vida y qué es el bien. Sólo tengo, común con todos los hombres, un conocimiento firme y claro que no puede ser explicado por la razón, que está fuera de la razón y no tiene causas ni puede tener consecuencias.

Si el bien tiene una causa, ya no es bien, y si tiene consecuencias (recompensa) tampoco lo es. De modo que el bien está fuera del encadenamiento de causas y efectos. Y conozco el bien y lo conocemos todos. ¿Puede haber milagro mayor? ¿Es posible que yo haya encontrado la solución de todo? ¿Es posible que hayan terminado todos mis sufrimientos?», pensaba Levin, avanzando por el camino polvoriento, sin sentir ni calor ni cansancio y experimentando la impresión de que cesaba para él un largo padecer.

Aquella impresión despertaba en su espíritu una paz tan honda que apenas osaba creer en ella. La emoción lo ahogaba, le flaqueaban las rodillas y le faltaban las fuerzas para seguir andando. Salió del camino, se internó en el bosque y se sentó a la sombra de los olmos, sobre la hierba no segada aún. Se quitó el sombrero que cubría su cabeza empapada de sudor y, apoyándose en un brazo, se tendió en la jugosa y blanda hierba del bosque.

«Es preciso reflexionar y comprender», pensaba, con los ojos fijos en la hierba que se erguía ante él, mientras seguía con la mirada los movimientos de un insecto verde que trepaba por un tallo de sanguinaria y se detenía retenido por una hoja de borraja. «Pero, ¿qué he descubierto?», se preguntó, apartando la hoja de borraja para que no obstaculizara al insecto y acercando otra hierba para que el animalillo pasara por ella. «¿Por qué esta alegría? ¿Qué he descubierto en resumen? Nada. Sólo me he enterado de lo que ya sabía. He comprendido la calidad de la fuerza que me dio la vida en el pasado y me la da ahora también. Me libré del engaño, conocí a mi señor… Antes yo decía que mi cuerpo, como el cuerpo de esta planta y de ese insecto –a la sazón el insecto, sin querer escalar la hierba, había abierto las alas y volaba a otro lugar- seguía las transformaciones de la materia según las leyes físicas, químicas y fisiológicas. Y que en todos nosotros, como en los álamos, las nubes y las nebulosas se produce una evolución. ¿Evolución de qué? ¿En qué? Una evolución infinita, una lucha…

¿Cómo es posible una dirección y una lucha en el infinito? Y yo me extrañaba de que, a pesar de mi constante tensión mental en tal dirección, no se me aclaraba el sentido de la vida, el sentido de mis deseos, de mis aspiraciones… Pero ahora declaro que conozco el sentido de mi vida; vivir para Dios, para el alma…

Y este sentido, a pesar de su claridad, es misterioso y milagroso. Éste es también el sentido de cuanto existe. Y el orgullo… –se tendió de bruces y comenzó a atar entre sí los tallos de hierba procurando no romperlos–. No sólo existe el orgullo de la inteligencia, sino la estupidez de la inteligencia. Pero lo peor es la malicia… eso, la malicia del espíritu, la truhanería del espíritu», se repitió.

Y en seguida recorrió todo el camino de sus ideas durante aquellos dos años, cuyo principio fue un pensamiento claro y evidente sobre la muerte al ver a su hermano querido enfermo, sin esperanzas de curación.

En aquellos días había comprendido claramente que para él, y para todos, no existía nada en adelante sino sufrimiento, muerte, olvido eterno; pero a la vez había reconocido que así era imposible vivir, que precisaba explicarse su vida de otro modo que como una ironía diabólica o, de lo contrario, pegarse un tiro.

Él no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que continuó viviendo, sintiendo y pensando e incluso en aquella época se casó y experimentó muchas alegrías y fue feliz entonces que no pensaba para nada en el sentido de la vida.

¿Qué significaba, pues, aquello? Que vivía bien y pensaba mal.

Vivía, sin comprenderlo, a base de las verdades espirituales que mamara con leche de su madre, pero pensaba, no sólo no reconociendo tales verdades, sino apartándose de ellas deliberadamente.

Y ahora veía claramente que sólo podía vivir merced a las creencias en que fuera educado.

«¿Qué habría sido de mí y cómo habría vivido de no tener esas creencias, si no supiese que hay que vivir para Dios y no sólo para mis necesidades? Hubiese robado, matado, mentido. Nada de lo que constituyen las mayores alegrías de mi vida habría existido para mí.»

Y aun con los máximos esfuerzos mentales no podía imaginar el ser bestial que hubiese sido de no saber para qué vivía.

«Buscaba contestación a mi pregunta. El pensamiento no podía contestarla, porque el pensamiento no puede medirse con la magnitud de la interrogación. La respuesta me la dio la misma vida con el conocimiento de lo que es el bien y lo que es el mal.

Y ese saber no me ha sido proporcionado por nada; me ha sido dado a la vez que a los demás, puesto que no pude encontrarlo en ninguna parte.

¿Dónde lo he recogido? ¿He llegado, por el razonamiento, a la conclusión de que hay que amar al prójimo y no causarle daño? Me lo dijeron en mi infancia y lo creí, feliz al confirmarme los demás lo que yo sentía en mi alma. ¿Y quién me lo descubrió? No lo descubrió la razón. La razón ha descubierto la lucha por la vida y la necesidad de aplastar a cuantos me estorban la satisfacción de mis necesidades. Tal es la deducción de la razón. La razón no ha descubierto que se amase al prójimo, porque eso no es razonable.»

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 11

lunes, agosto 12th, 2013

campesinado ruso
Hermoso Capítulo, el 11 de la Octava Parte de Anna Karenina. No hace falta otro, por hoy. Sólo quisiera compartir con ustedes, lo que era el campesinado ruso en esa época, última mitad del S XIX: el campesinado constituía 4/5 de la población en situación legal y 3/4 por su ocupación -casi idéntica a la de la Francia revolucionaria en 1789-. El campesino «típico» de Rusia era analfabeto, pobre, relegado a la agricultura de subsistencia y era muy conservador y tradicionalista en sus puntos de vista. Utilizaba tecnología muy primitiva para trabajar, vivía al día y sufría de hambrunas periódicas. Su vida era durísima y corta y aún así, la agricultura fue, por lejos, la mayor fuente de riqueza nacional, siendo los alimentos la principal materia de exportación de Rusia. Tras la trascendental ley de reforma de Alejandro II (Emancipación de los Siervos de la gleba) en 1861, los campesinos libres pudieron abandonar sus tierras y migrar a las ciudades en busca de trabajo. Ni Alexander ni nadie tenía idea de qué fuerzas se estaban desatando en este acto que, en primer lugar, marcó el comienzo de un período sin precedentes de desarrollo industrial y, en segundo lugar, creó un nuevo grupo social: la clase obrera.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 11

El día en que Sergio Ivanovich llegó a Pokrovskoie había sido uno de los días más llenos de emociones para Levin.

Era la temporada activa de los trabajos del campo, la que exige del campesino un esfuerzo mayor, un espíritu de sacrificio desconocido en otras profesiones; esfuerzo que rendiría más si los mismos que lo realizan tuvieran conciencia de ello y lo supieran valorar, si no se repitiese anualmente y sus resultados no fueran tan simples.

Segar y recoger el centeno y la avena, apilarlos en las eras, trillar y separar los granos para semilla y hacer la sementera en otoño, todo esto parece sencillo, corriente y hacedero; pero, para hacerlo en las tres o cuatro semanas que concede la Naturaleza, es necesario que todos, empezando por los más viejos y hasta los chiquillos, toda la gente labriega, trabaje sin parar un momento, tres veces más que de ordinario, alimentándose con kvas con cebolla y pan moreno, aprovechando para el trabajo las noches y no durmiendo sino tres o cuatro horas al día. Y esto se hace cada año en toda Rusia.

Habiendo pasado la mayor parte de su vida en su propiedad y en relaciones estrechas con el pueblo, Levin sentía siempre en esta temporada el contagio de aquella animación general.

Al amanecer, en los carros de transporte, iba a las primeras labores del centeno o a los campos de avena.

Volvía a su casa cuando calculaba que su mujer y su cuñada estarían levantándose; tomaba con ellas su desayuno y se dirigía a pie a la granja, donde estarían trabajando con la nueva trilladora para preparar las semillas.

Y durante todo este día, hablando con el encargado y los campesinos, charlando, en su casa, con su mujer, con Dolly, con los hijos de ésta o con su suegro, Levin pensaba, además, relacionándolo todo con esta cuestión, en las preguntas que lo inquietaban: «¿Qué soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Para qué estoy aquí?»

En pie, sintiendo la agradable frescura del hórreo cubierto de olorosas ramas de avellano o apoyado contra las vigas de álamo recién cortado que sostenían el techo de paja, Levin, miraba a través de las puertas abiertas, ante las cuales danzaba el polvo, seco y acre, de la trilladora, o contemplaba la hierba de la era bañada por el ardiente sol, y la paja fresca, recién sacada del almiar, o seguía el vuelo de las golondrinas de pecho blanco y cabecitas abigarradas que se refugiaban chillando bajo el alero y se detenían agitando las alas sobre el ancho portal abierto; y, mientras, continuaba con sus extraños pensamientos.

«¿Para qué se hace todo esto? ¿Por qué estoy aquí, obligándolos a trabajar? ¿Por qué todos se matan trabajando y queriendo mostrarme su celo? ¿Por qué trabaja tanto esa vieja Matriona, mi antigua conocida?» (Levin la había curado, cuando, en un incendio, le había caído encima una viga), se dijo, mirando a una mujer delgada que, apoyando firmemente sus pies, quemados por el sol, contra el suelo duro y desigual, removía con su rastrillo las mieses.

« En algún tiempo», pensó Levin, «esta mujer fue hermosa pero, si no hoy, mañana, o dentro de diez años, cualquier día, acabará de todos modos bajo tierra y no quedará nada de ella. Como tampoco quedará nada de esa muchacha presumida, de vestido rojo, que con movimientos hábiles y delicados separa la espiga de la paja. También a ésa la enterrarán, y muy pronto harán los mismo con esa pobre bestia», pensó, mirando a un caballo que, con el vientre hinchado y respirando con dificultad, arrastraba un pesado carro. Y a Feódor, que echa ahora el trigo a la trilladora, con su barbita llena de paja y su camisa rota, también lo enterrarán. Y, sin embargo, él deshace las gavillas y da las órdenes, grita a las mujeres, arregla la correa del volante. Y, no sólo a ellos los enterrarán, sino que a mí, también. Nada ni nadie de lo que hay aquí permanecerá. ¿Para qué, pues, todo?»

Así pensaba Levin y al mismo tiempo miraba al reloj, calculando cuánto se podía trillar en una hora, para señalar la faena que debían realizar durante el día.

« Pronto hará una hora que han empezado el trabajo y no han hecho más que comenzar la tercera pila», pensó. Y se acercó a Feódor y, levantando la voz para dominar el ruido de la trilladora, le ordenó que pusiera menos trigo en la máquina.

–Echas demasiado Feódor. ¿Ves? La máquina se para. Échalo más igual…

Feódor, ennegrecido por el polvo que se le pegaba al rostro cubierto de sudor, replicó algo que no pudo oírse por el ruido de la máquina. Pero pareció no haber comprendido lo que el dueño le decía. Éste se acercó a la trilladora, apartó a Feódor y se puso él en su lugar.

Después de trabajar así hasta casi la hora de ir a comer, Levin saltó del hórreo en unión del echador y al lado de un montón de amarillento centeno preparado ya para trillarlo y separar la semilla, se puso a discutir con él.

El echador era de aquel lugar donde Levin, hacía ya tiempo, había cedido la tierra según el principio cooperativo. Ahora estas tierras las llevaba el guarda en arriendo. Levin habló de ellas con Feódor y le preguntó si no las arrendería el año próximo Platon, un campesino rico del mismo lugar.

–La tierra es muy cara, Constantino Dmitrievich. A Platon no le resultaría –contestó Feódor, sacando de debajo de la camisa sudada las espigas que se le habían introducido allí.

–¿Y cómo es que Kirilov saca provecho?

–A Mitiuja –así llamaba Feódor, despectivamente, al guarda–, a Mitiuja le es muy fácil sacar provecho: va apretando y sacará lo suyo. Éste no tiene compasión de alma cristiana, mientras que el tío Fokanich –así llamaba al viejo Platon– no quita el pellejo a nadie. Aquí dará en préstamo y en otra parte perdonará una deuda. Así resulta que recibe todo lo que le pertenece. Es un buen hombre.

–¿Y por qué perdona tanto a los demás?

–Porque las personas no son todas iguales. Hay hombres que sólo viven para sí mismos, como, por ejemplo, Mitiuja. Ese se preocupa sólo de su barriga. Fokanich, en cambio, es un viejo muy recto: vive para su alma y no se olvida de Dios.

–¿Qué quieres decir «no se olvida de Dios»? ¿Y qué es eso de que «vive para su alma»? –preguntó Levin con extrañeza.

–Ya se sabe: lo justo es lo que Dios manda. Hay gente muy distinta: unos que lo hacen y otros que no. Usted, por ejemplo, no trata mal a la gente.

–Sí, sí. Adiós –se despidió Levin sofocado por la emoción.

Y, volviendo al hórreo, tomó su bastón y se dirigió a su casa.

Al oír que Fokanich «vivía para su alma, siendo justo, como Dios manda», pensamientos vagos, pero fecundos, habían acudido en tropel a su mente, dirigidos todos a un único fin, cegándole el entendimiento.

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULOS 9 Y 10

domingo, agosto 11th, 2013

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Capítulos 9 y 10 de la Octava Parte de Anna Karenina. Levin contradictorio; Levin adorable; Levin conservador; Levin progresista; Levin presa de la moral y las costumbres de su tiempo… habrá alguien que no se haga estos planteos? Y, si tuviéramos que elegirlo, no nos gustaría saber qué piensa y siente íntimamente? Una cosa clara: Levin con contradicciones pero sincero. Vamos, con una tacita de té.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 9

Semejantes pensamientos lo torturaban con mayor o menor intensidad pero no lo abandonaban nunca.

Leía y meditaba y cuanto más lo hacía, más se alejaba del fin perseguido.

En los últimos tiempos, en Moscú y en el pueblo, persuadido de que no podía hallar la solución en los materialistas, leyó y releyó a Platón, Espinoza, Kant, Schelling, Hegel y Schopenhauer, los filósofos que explican la vida según un criterio no materialista.

Sus ideas le parecían fecundas cuando las leía o cuando buscaba él mismo refutaciones de otras doctrinas, en especial contra el materialismo. Pero cuando leía o afrontaba la resolución de problemas, le sucedía siempre lo mismo. Los términos imprecisos tales como «espíritu», «voluntad», «libertad», «sustancia», ofrecían, en cierto modo, a su inteligencia, un determinado sentido sólo en la medida en que él se dejaba prender en la sutil red que le tendían con sus explicaciones. Pero apenas olvidaba la marcha artificial del pensamiento y volvía a la vida real, para buscar en ella la confirmación de sus ideas, toda aquella construcción artificiosa se derrumbaba como un castillo de naipes y le era forzoso reconocer que se le había deslumbrado por medio de una perpetua transposición de las mismas palabras, sin recurrir a ese «algo» que, en la práctica de la existencia, importa más que la razón.

Durante una época, leyendo a Schopenhauer, Levin substituyó la palabra «voluntad» por «amor», y esta nueva filosofía le resultó satisfactoria durante un par de días mientras no se alejaba de ella. Pero luego, también ésta decayó al enfrentarla con la vida y la vio revestida de unos ropajes de muselina que no calentaban el cuerpo.

Su hermano le aconsejó que leyera las obras teológicas de Jomiakov.

Levin leyó el segundo tomo y, pese a su estilo polémico, elegante e ingenioso, se sintió sorprendido por sus ideas sobre la Iglesia. Le asombró al principio la manifestación de que la comprensión de las verdades teológicas no está concedida al hombre, sino a la unión de hombres reunidos por el amor, esto es, a la Iglesia.

Esta teoría reanimó a Levin: primero la Iglesia, institución viva que une en una todas las esencias humanas, que tiene a Dios a su cabeza y que, por este motivo, es sagrada e indiscutible; luego aceptar sus enseñanzas sobre Dios, la creación, la caída, la redención, le pareció mucho más fácil que empezar por Dios, lejano y misterioso y pasar luego a la creación, etc. Pero después, leyendo la historia de la Iglesia por un escritor católico y la historia de la Iglesia por un escritor ortodoxo, y viendo cómo las dos Iglesias combatían entre sí, Levin perdió la confianza en la doctrina de Jomiakov sobre la Iglesia, y también aquella construcción se derrumbó ante él como las filosóficas.

Vivió aquella primavera momentos terribles y no parecía el mismo.

«No puedo vivir sin saber lo que soy y por qué estoy aquí. Y puesto que no puedo saberlo, no puedo vivir», se decía.

« En el tiempo infinito, en la infinidad de la materia, en el infnito espacio, una burbuja se desprende de un organismo, dura algún tiempo y luego estalla. Y esa burbuja humana soy yo…»

Se trataba de una ficción atormentadora, pero en ella consistía el último y único resultado de todos los trabajos realizados durante siglos por el pensamiento humano en aquella dirección; era ésta la última doctrina que se encuentra en la base de casi todas las actividades científicas. Era ésta la convicción dominante y Levin la adoptó –sin que él mismo supiese explicarse ni cuándo ni cómo–, como la interpretación más clara.

Mas no sólo le pareció que no podía ser verdad, sino que constituía una ironía cruel de una fuerza malévola y abominable a la que resultaba imposible someterse.

Era preciso liberarse de aquella fuerza. Y la liberación estaba en manos de cada uno. Había que cortar tal dependencia del mal y no había sino un medio: la muerte.

Y Levin, aquel hombre feliz en su hogar, fuerte y sano, se sentía muchas veces tan cerca del suicidio que hasta llegó a ocultar las cuerdas para no estrangularse y temió salir a cazar por miedo a que le acometiese la idea de dispararse contra sí mismo con la escopeta.

Pero ni se estranguló ni se disparó un tiro, sino que continuó viviendo.

OCTAVA PARTE – Capítulo 10

Cuando Levin pensaba qué cosa era él y por qué vivía, no encontraba contestación y se desesperaba; mas cuando dejaba de hacerse estas preguntas, sabía quién era él y para qué vivía, porque su vida era recta y sus fines estaban bien definidos, e incluso en los últimos tiempos, su vida era más firme y decidida que nunca.

Al regresar al campo en los primeros días del mes de junio, Levin volvió a sus habituales ocupaciones; y los trabajos agrícolas, sus tratos con los labriegos, sus relaciones con familiares, amigos y conocidos, los pequeños problemas de su casa, los asuntos que sus hermanos le tenían encargados, la educación de su hijo, la nueva obra en el colmenar que había comenzado aquella primavera, todo esto ocupaba totalmente su tiempo.

Se interesaba en tales ocupaciones, no porque las justificara con puntos de vista sobre el bien común como lo hacía antes; al contrario, desengañado, por una parte, por el fracaso de sus empresas anteriores en favor de la comunidad, y demasiado ocupado, por la otra, por sus pensamientos y por la gran cantidad de asuntos que llovían sobre él de todos lados, Levin dejaba a un lado todas sus antiguas ideas sobre el bien general y se dedicaba por completo a aquellos asuntos simplemente porque le parecía que debía hacerlo así y que no podía obrar de otro modo.

En otros tiempos (es decir, en su infancia, y ahora estaba ya en plena madurez) cuando hacía o procuraba hacer algo que fuera un bien para el pueblo, para Rusia, e incluso para la Humanidad, Levin sentía que aquel impulso lo llenaba de satisfacción; pero la misma actividad que antes le parecía tan grande, útil y hermosa, ahora se le figuraba empequeñecida y aun a punto de desaparecer.

Después de su casamiento, que empezó a limitar sus actividades a los asuntos o cuestiones particulares suyas o de sus allegados, no sentía aquella satisfacción, pero sí la de saber que su obra era necesaria y ver que sus intereses o los que le confiaban iban bien y mejoraban constantemente.

Ahora, incluso contra su voluntad, penetraba cada vez más en los problemas de la tierra, pensando que, como el arado, no podía librarse del surco.

Indudablemente, era necesario que la familia viviera como lo hicieran los padres y los abuelos y educar en los mismos principios a los hijos. Esto lo consideraba Levin tan necesario como el comer cuando se siente hambre, y era igualmente tan preciso como preparar la comida, o llevar la máquina económica de la propiedad que tenía en Pokrovskoie de modo que produjera beneficios.

Así, consideraba un deber indiscutible el pagar sus deudas, y no menos que éste el de mantener la tierra recibida de los padres en tal estado que el hijo, al heredarla, sintiera agradecimiento hacia su padre por ello, como Levin lo había sentido hacia el suyo por todo lo que había plantado y edificado.

Y para esto no había que dar en arriendo las tierras, sino ocuparse por sí mismo del cultivo, abono de los campos, cuidar los bosques y plantar nuevos árboles, criar animales…

Creía también un deber suyo cuidar de los asuntos de Sergio Ivanovich y de su hermana; ayudar a los campesinos que acudían a él en busca de consejo, siguiendo la antigua costumbre; cosas todas estas que no podía dejar de hacer, como no puede dejarse caer a un niño que se tiene en los brazos.

Tenía que ocuparse de preparar un cómodo alojamiento a su cuñada, con sus niños a quienes habían invitado a pasar con ellos el verano. Tenía también que atender a las necesidades de su mujer y de su hijo y pasar algún rato con ellos, cosa que, por otra parte, no requería de él esfuerzo alguno, ya que cada día le costaba más pasar mucho tiempo alejado de aquellos seres queridos.

Y todo esto, junto con la caza y el cuidado de las abejas, llenaba por completo la vida de Levin, aquella vida que él consideraba a veces sin sentido.

Pero, además de que Levin conocía perfectamente lo que debía hacer, sabía también cómo había que hacerlo, cuál asunto era el más importante y cómo debía atenderlo y desarrollarlo.

Sabía que tenía que contratar la mano de obra cuanto más barata mejor, pero no debía esclavizar a los obreros adelantándoles dinero y pagándoles jornales inferiores al precio normal, como sabía que podía hacerse. Podía venderse paja a los campesinos en los años malos, aunque inspirasen piedad; pero era preciso suprimir la posada y la taberna, aunque diesen ganancias, para evitarles gastos que contribuían a su ruina. Había que castigar severamente la tala de árboles; pero le era imposible imponer una multa porque los animales ajenos entraran en sus prados o labrantíos; y, aunque eso irritaba a los guardias y hacía desaparecer el miedo a las multas, Levin dejaba marchar tranquilamente a los animales ajenos que penetraban en su propiedad.

Prestaba dinero a Pedro para librarlo de las garras de un usurero que le exigía un rédito del diez por ciento mensual, pero no cancelaba ni aplazaba el pago del arrendamiento a los campesinos que se resistían a satisfacerlo en su día. No perdonaba al encargado que no se hubiese segado una pradera a tiempo, perdiéndose la hierba, pero comprendía y disculpaba que no se hubiese segado antes la hierba del nuevo bosque, que era muy extenso y presentaba grandes dificultades para aquella labor. Era imposible condonar al obrero los jornales que perdía no yendo al trabajo. La muerte del padre le parecía una causa muy justificada y la lamentaba; pero había que hacer el descuento correspondiente a los días no trabajados.

Ahora bien, no se podía dejar de pagar su mensualidad a los viejos criados de la casa aunque no fuesen ya útiles para ningún trabajo.

Levin sabía, también, que al volver a su casa encontraría en su despacho a muchos campesinos que estaban esperándolo desde hacía varias horas para consultarle sus asuntos, pero sentía que su primer deber era ver a su esposa, que se encontraba mal de salud, aunque aquellos campesinos hubieran de esperar algún tiempo más. En cambio, si acudían a verlo en el momento de instalar las abejas, que era la ocupación que más le gustaba, la dejaba en manos del viejo criado y los atendía aunque no le interesase en lo más mínimo su conversación.

Si obrando así hacía bien o mal no quería saberlo, y hasta huía las conversaciones y pensamientos sobre estos temas. Sabía que las discusiones le llevaban a la duda y que ésta entorpecía la labor que había de realizar. No obstante, cuando no pensaba, vivía y sentía constantemente en su alma la presencia de un juez implacable que le señalaba cuándo obraba bien y qué era lo que hacía mal; y en este caso su conciencia se lo advertía en seguida.

Sin embargo, Levin continuamente, muchas veces, se preguntaba qué era él y por qué y para qué estaba en el mundo; y el no hallar una contestación concreta lo atormentaba hasta tal punto que pensaba en el suicidio. Pero, a pesar de ello, continuaba firme en su camino.

TORRE DE TÉ PARA ELEGIR o De puros y blends

domingo, agosto 11th, 2013

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Anochece este Domingo. Regreso de ejercer mi derecho/deber ciudadano, un poco desilusionada pero feliz, de todos modos, por poder transitar mi adultez en democracia. Me hubiera gustado un poco menos de mezcla rara. Me hubiera gustado que mi elección histórica del corazón hubiera estado presente en las boletas…

¿Preparamos un samovar de tres chaĭniki (teteras)? Una con Keemun, una con Lapsang y una con Matsesta rojo, todos bien concentrados para diluirlos con el agua caliente. Si vertemos un poquito de cada en una tetera de porcelana y completamos con kipyatok (agua a punto de ebullición), tendremos un blend de tipo Russian Caravan. Quien no guste de tomar blends, puede servirse sólo la variedad deseada.

Esta forma de preparación puede requerir azúcar, miel o jaleas para endulzar. Los resultados que esperamos, también.

La imagen que elijo hoy: чаепитие в Париже Эдуард Улан/ Chaepítie en París – Eduard Ulan

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULOS 7 Y 8

sábado, agosto 10th, 2013

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Las contradicciones de los agnósticos… ¡Cómo lo quiero a Levin, realmente! Prepárense una teterita para esta noche y recuerden que la promo de 10 de nuestros blends está en vigencia hasta el final del evento. Les dejo los Capítulos 7 y 8 de la Octava Parte de Anna Karenina, junto al anuncio de nuestro Té Literario del 31 de Agosto.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 7

Agafia Mijailovna salió de puntillas. El aya bajó la cortina, ahuyentó las moscas que se habían introducido bajo el velo de muselina de la camita, logró expulsar a un moscardón que se debatía contra los vidrios de la ventana y se sentó, agitando una rama de álamo blanco medio marchita sobre la madre y el niño.

–¡Qué calor hace! –comentó– ¡Si al menos mandara Dios una lluvia!

–Sí. ¡Chist! –repuso Kitty, meciéndose suavemente y oprimiendo con cariño la manita regordeta –que parecía atada con un hilo a la muñeca–, que Mitia movía sin cesar, abriendo y cerrando los ojos.

Aquella manita atraía a Kitty; habría querido besarla pero se contenía por temor de despertar al pequeño.

Al fin la mano dejó de moverse y los ojos del niño se cerraron. Sólo de vez en cuando Mitia, sin dejar de mamar, alzaba sus largas y curvas pestañas y miraba a su madre con ojos que, a media luz, parecían negros y húmedos.

El aya dejó de mover la rama y se adormeció.

Arriba sonaba la voz del Príncipe y se oía a Kosnichev reír a carcajadas.

«Hablan animadamente ahora que yo no estoy», pensaba Kitty. «Siento que Kostia no esté. Debe de haber ido a visitar las colmenas. Aunque me entristece que se vaya con tanta frecuencia, no me parece mal, puesto que lo distrae. Está más animado y mejor que en primavera. ¡Se lo veía tan concentrado en sí mismo, sufría tanto! Me daba miedo, temía por él… ¡Qué tonto es!» pensó riendo.

Sabía que lo que atormentaba a su marido era su incredulidad. Pero, a pesar de que ella, en su fe ingenua, creía que no había salvación para el incrédulo, y que, por lo tanto, su marido estaba condenado, la falta de fe de aquel cuya alma le era más cara que cuanto existía en el mundo, no le producía la menor inquietud.

Cada vez que pensaba en ello sonreía y se repetía para sí misma: «Es un tonto».

« ¿Por qué pasará el año leyendo libros filosóficos?», pensaba. «Si todo está explicado en esos libros, puede comprenderlo rápidamente. Y si no lo está, ¿para qué los lee? Él mismo afirma que desearía creer. Pues, ¿por qué no cree? Seguramente porque piensa demasiado. Y piensa tanto porque está mucho a solas.

Siempre a solas, siempre… Con nosotros no puede hablar de todo. Estos huéspedes le agradarán, sobre todo Katavasov. Le gustará discutir con él», se dijo.

Y en seguida se puso a pensar en dónde sería más cómodo preparar el lecho para Katavasov, bien solo o con Sergio Ivanovich.

De pronto la asaltó una idea que la estremeció de inquietud, desasosegando incluso a Mitia, que la miró con severidad.

«Me parece que la lavandera no ha traído aún la ropa. Si no lo advierto, Agafia Mijailovna es capaz de poner a Sergio Ivanovich ropa ya usada sin lavar…»

Aquel pensamiento hizo afluir la sangre al rostro de Kitty.

«Voy a dar órdenes», decidió.

Y, volviendo a sus pensamientos de un momento antes, recordó que se referían a algo sobre el alma, en lo que no había acabado de reflexionar. Trató de concretar sus ideas.

«¡Ah! Kostia es un incrédulo», se dijo con una sonrisa.

«Pues que se quede sin fe, ya que no la tiene… Es mejór que ser como la señora Stal, o como yo fui en el extranjero. El no es capaz de fingir.» Y a su imaginación se presentó un rasgo de la bondad de su esposo.

Dos semanas antes Dolly había recibido una carta de su marido en la que, pidiéndole disculpas, le rogaba que salvase su honor, vendiendo su parte en la propiedad para pagar las deudas que él tenía contraídas.

Dolly se desesperó. Sentía hacia su marido odio, desprecio y compasión; resolvió separarse de él y negarse a lo pedido, pero al fin consintió en vender parte de la propiedad.

Fue entonces cuando Levin se acercó a su mujer y le propuso, lleno de confusión, y no sin grandes precauciones, cuyo recuerdo la hacía sonreír conmovida, un medio, en el que ella no había pensado, de ayudar a Dolly sin ofenderla y que consistía en ceder a su hermana la parte de la propiedad que correspondía a Kitty.

«¿Cómo puede ser un incrédulo, si posee ese corazón, ese temor de ofender a nadie, ni siquiera a un niño? Lo hace todo para los demás y nada para sí mismo. Sergio Ivanovich considera deber de mi marido ser su administrador, Dolly con sus hijos está bajo su protección. Y luego, los campesinos que acuden diariamente a él, como si Kostia estuviera obligado a servirlos… ¡Ojalá seas como tu padre!», murmuró para sí, entregando el niño al aya y rozando con los labios su mejilla.

OCTAVA PARTE – Capítulo 8

Desde que, viendo morir a su hermano predilecto, Levin examinó los conceptos de la vida y la muerte, a través de aquéllas que él llamaba nuevas ideas, es decir, aquéllas que desde los veinte a los treinta y cuatro años suplieron a sus opiniones infantiles y de adolescente, quedó horrorizado, no tanto ante la muerte como ante la vida, de la cual no conocía ni en lo más mínimo lo que era, por qué existe y de dónde procede.

El organismo, su descomposición, la indestructibilidad de la materia, la ley de la conservación de la energía, la evolución, eran las expresiones que sustituían a su fe de antes.

Aquellas palabras y las concepciones que expresaban eran, sin duda, interesantes desde el punto de vista intelectual, pero en la realidad de la vida no acababan nada.

Levin se sintió como un hombre al que hubieran reemplazado su gabán de invierno por un traje de muselina y el cual, al notar frío, sintiera, no en virtud de razonamientos, sino por la sensación física de todo su ser, que se hallaba desnudo y condenado a sucumbir.

Desde entonces, aunque casi inconscientemente y continuando su vida de antes, Levin no dejó un momento de experimentar aquel temor de su ignorancia. Reconocía, además, vagamente, que las que él llamaba «sus convicciones» no sólo eran producto de la ignorancia, sino que le hacían, además, inaccesibles los conocimientos que tan imperiosamente necesitaba.

Al principio su matrimonio y las obligaciones y alegrías inherentes a él, ahogaron sus meditaciones; pero últimamente, después del parto de su mujer, cuando vivía ocioso en Moscú, aquella cuestión que requería ser resuelta se presentaba ante Levin con redoblada insistencia y cada vez más a menudo.

El problema se planteaba así para él: «Si no admito las explicaciones que da el cristianismo a las cuestiones de mi vida, ¿qué admito?».

Y en todo el arsenal de sus ideas no hallaba ni remotamente la respuesta.

Era como un hombre que en tiendas de juguetes y almacenes de armas buscase alimentos.

Involuntariamente, inconscientemente, buscaba en sus lecturas, en sus conversaciones, en los hombres que lo rodeaban, una relación con aquellos problemas y su resolución.

Lo que más le extrañaba y afligía era que la mayoría de los hombres de su ambiente y edad, después de cambiar, como él, sus antiguas creencias por las nuevas ideas, iguales a las suyas, no veían mal alguno en tal cambio y vivían completamente tranquilos y contentos.

De modo que a la cuestión principal se unían otras dudas para atormentar todavía más. ¿Sería sincera aquella gente o fingiría? ¿Acaso ellos comprendían mejor y más claramente que él las respuestas que da la ciencia a las preguntas que lo preocupaban? Y Levin se ponía a estudiar con interés las ideas de aquella gente y los libros que podían contener las soluciones tan deseadas.

Lo único que encontró desde que empezó a ocuparse de aquello, fue que se engañaba al suponer, a través de los recuerdos de su época universitaria y juvenil, que la religión no existía y que su época había pasado.

Todos los hombres buenos que conocía y con quienes mantenía relaciones, eran creyentes. El anciano Príncipe, Lvov, a quien tanto estimaba, Sergio Ivanovich, todas las mujeres y hasta su propia esposa, creían lo que él creyera en su infancia y adolescencia, y lo mismo el noventa y nueve por ciento del pueblo ruso, aquel pueblo cuya vida le inspiraba tanto respeto y que era creyente casi en su totalidad.

Después de haber leído muchos libros, Levin se convenció de que los materialistas, cuyas ideas compartía, no daban a éstas ninguna significación particular, y en lugar de explicar estas cuestiones –sin cuya solución él no podía vivir–, se aplicaban a resolver otros problemas que no ofrecían para él el menor interés, como la evolución de los organismos, la explicación mecánica del alma y otras cosas por el estilo.

Además, durante el parto de su mujer, le había sucedido una cosa extraordinaria. El incrédulo se había puesto a rezar y entonces rezaba con fe. Pero pasado aquel momento, su estado de ánimo de entonces no consiguió hallar lugar alguno en su vida.

No podía reconocer que entonces había alcanzado la verdad y que ahora se equivocaba, porque en cuanto comenzaba a reflexionar serenamente, todo se le desmoronaba. Tampoco podía reconocer que había errado al rezar, porque el recuerdo de aquel estado de ánimo le era querido y, considerándolo como una prueba de debilidad, le habría parecido que profanaba la emoción de aquellos instantes.

Esta lucha interior pesaba dolorosamente en su ánimo y Levin buscaba con todas sus fuerzas la solución.

KATYUSHA

sábado, agosto 10th, 2013

Katyusha (Катюша) es una canción rusa de tiempos de guerra, sobre una chica que añoraba a su amado, que estaba en el servicio militar. La música fue compuesta en 1938 por Matvey Blanter y la letra fue escrita por Mijaíl Isakovski. Fue interpretada por la célebre cantante folclórica Lidiya Ruslanova. Algunos críticos creen que Katyusha no fue una composición de Blanter, apuntando que una tonada similar fue usada por Ígor Stravinski en su ópera Mavra (1922), que más tarde adaptó a Chanson Russe (1937).

Para ver el video y escuchar la música, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.

Katyusha es un diminutivo tierno del nombre femenino Yekaterina (Catalina). En ruso, muchos nombres tienen diminutivos (aparte de los apodos). Por ejemplo, el diminutivo de Natalia es Natasha, y el hipocorístico de Natasha es Natashenka. En el caso de Yekaterina (Catalina), Katia es el apodo y Katyusha, el hipocorístico.

La canción rusa también dio nombre a los lanzacohetes BM-8, BM-13, y BM-31 «Katyusha», que se construyeron y usaron por el Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial.

KATYUSHA

Manzano y peral ofrecían sus flores,
y la niebla matinal suspendía sobre el río,
cuando la joven Katyusha subió la alta ribera,
también nebulosa y empinada…

Y caminando comenzó a cantar,
del águila azul de la estepa,
y de su Amor tan profundo
del que guardaba las cartas.

¡Oh, brillante canción de la doncella,
vuela sobre el sol radiante
hacia el soldado en el lejano frente,
y llévale el saludo de Katyusha!

Que recuerde una humilde muchacha,
y que escuche su claro cantar,
pues guardará la tierra de su cara patria
y su fuerte amor mantendrá.

Manzano y peral ofrecían sus flores,
y la niebla matinal suspendía sobre el río,
cuando la joven Katyusha subió la alta ribera,
también nebulosa y empinada…

A LO LARGO DEL CAMINO… UNA DACHA

sábado, agosto 10th, 2013

Jørgen Holen - Langs Veien
© Jørgen Holen – «Langs Veien» (A lo largo del camino) – Óleo 80×60

Conocer a Jørgen Holen. Artista noruego, pintor ecléctico, investigador de la textura, los colores, todos los materiales. Tuve el honor de estar en su casa, ver su atelier, oler sus óleos, disfrutar de su obra. Yo no sé si aquí fue su intención pintar una dacha (él dice que es justo llamarla así) pero mi alma de noruega se acaba de mudar a esa tela ♥ con un vaso de té, por supuesto!

http://www.fineart.no/kunstner/jorgen-holen

http://www.guldenkunstverk.com/sider/tekst.asp?side=280

Moete Jørgen Holen. Norsk artist, eklektisk maler, forsker ved tekstur, fargene, alle materialer. Jeg var en aere aa vaere i hans hjem, aa se hans atelier, aa lukte hans oljer, aa nyte hans arbeid. Jeg vet ikke om det var hans intensjon, her, for aa male en dacha men min norske sjel har nettopp flyttet til det canvas ♥ med et glass te, naturligvis!

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 6

viernes, agosto 9th, 2013

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¡Tolstoy, Tolstoy, genial traductor de las almas! Si a alguna madre no le ha pasado esto que él tan bien muestra aquí, en relación a las mujeres que la rodeaban cuando, primeriza, trataba de criar a su bebé, me lo cuenta. Cuenco de rojo té en mano, vamos con el Capítulo 6 de la Octava Parte de Anna Karenina.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 6

Como ignoraba cuándo saldría de Moscú, Sergey Ivanovich no había telegrafiado a su hermano para que le mandase el coche a la estación.

Levin no se hallaba en casa cuando su hermano y Katavasov, negros de polvo, llegaron, sobre el mediodía, en el coche alquilado en la estación, a la entrada de la casa de Pokrovskoie.

Kitty, sentada en el balcón con su padre y su hermana, reconoció a su cuñado y bajó corriendo a recibirlo.

–¿No le da vergüenza no habernos avisado de su llegada? ––dijo, dando la mano a su cuñado y presentándole la frente para que se la besase.

Así les hemos ahorrado molestias y de todos modos hemos llegado bien. –respondió Sergey Ivanovich –Pero estoy tan cubierto de polvo, que me asusta tocarla. Andaba muy ocupado y no sabía cuándo podría marcharme… Sigue usted como siempre –añadió sonriendo: –gozando de su tranquila felicidad, fuera de las corrientes vertiginosas, en este sereno remanso. Nuestro amigo Teodoro Vassilievich se ha decidido también a venir al fin…

–Pero conste que no soy un negro. –indicó Katavasov– Voy a lavarme para ver si me convierto en algo semejante a un hombre. –Hablaba con su humor habitual. Tendió la mano a Kitty y sonrió con sus dientes que brillaban en su rostro ennegrecido por el polvo.

–Kostia se alegrará mucho. Ha ido a la granja. Ya debía estar de vuelta.

–Él siempre ocupado en las cosas de su propiedad… Claro, en este tranquilo rincón –dijo Katavasov –En cambio, nosotros, en la ciudad, no vemos nada fuera de la guerra serbia. ¿Qué opina de eso nuestro amigo? Seguramente de un modo distinto a los demás.

–No… Opina como todos. –repuso, confusa, Kitty, mirando a su cuñado– Voy a mandar a buscarlo. Papá está aquí con nosotros. Ha llegado hace poco del extranjero.

Dio orden de que fuesen a buscar a Levin y de que condujeran a los recién llegados a lavarse, uno en el gabinete y otro en la habitación de Dolly. Luego, una vez dadas instrucciones para preparar el desayuno de los huéspedes, Kitty, aprovechando la libertad de movimientos de que había estado privada durante su embarazo, se dirigió, corriendo, al balcón.

–Son Sergey Ivanovich y el profesor Katavasov –dijo. –Sólo ellos nos faltaban con este calor… –respondió el anciano Príncipe.

–No, papá. Son muy simpáticos y Kostia los quiere mucho –afirmó Kitty, sonriente, con aire implorador, al observar la expresión irónica del rostro de su padre.

–Si no digo nada…

–Vete con ellos, querida –rogó Kitty a su hermana– y hazles compañía. Han visto a tu marido en la estación y dicen que está bien. Voy corriendo a ver a Mitia. No le he dado de mamar desde la hora del té. Ahora habrá despertado y estará llorando.

Y Kitty, sintiendo que a su pecho afluía abundante la leche, se dirigió rápidamente al cuarto del pequeño.

El lazo que unía a la madre con el niño era todavía tan íntimo, que por el solo aumento de la leche conocía Kitty cuando su hijo tenía necesidad de alimento. Antes de entrar en el cuarto, sabía ya que el pequeño estaría llorando. Y así era, en efecto. Al oírlo, Kitty apresuró el paso. Cuanto más deprisa iba, más gritaba el niño. Su voz era sana pero impaciente, famélica.

–¿Hace mucho que está gritando? –preguntó Kitty al aya, sentándose y disponiéndose a amamantarlo –Démelo ¡Pronto! ¡Oh, qué lenta es usted! ¡Traiga! Ya le anudará el gorro después.

El niño se ahogaba llorando.

–No, no, querida señora –intervino Agafia Mijailovna, que apenas se movía del cuarto del niño– Hay que arreglarlo bien… «¡Ahaaa, ahaaa!» –decía tratando de calmar al pequeño, casi sin mirar a la madre. El aya llevó al niño a Kitty, mientras Agafia la seguía con el rostro enternecido.

–Me conoce, me conoce. Créame, madrecita Catalina Alejandrovna… Tan cierto como hay Dios que me ha conocido –aseguraba la anciana refiriéndose al niño.

Kitty no la atendía. Su impaciencia aumentaba al compás de la impaciencia del niño. Con las prisas todo se hacía más difícil y el pequeño no lograba encontrar lo que buscaba y se desesperaba.

Al fin, tras unos ruidos sofocados, que demostraban que había chupado en falso, consiguió lo que quería y la madre y el hijo, sintiéndose calmados, callaron.

–El pobre está completamente sudado –dijo Kitty, en voz baja, tocándolo– Y, ¿por qué dice usted que la reconoce? –preguntó mirando al niño de reojo.

Y le parecía que su mirada, bajo el gorrito que le caía sobre los ojos, evidenciaba cierta malicia, mientras sus mejillas se hinchaban rítmicamente y sus manitas de palmas rojizas describían movimientos circulares.

–No es posible. De conocer a alguien, habría sido primero a mí –siguió Kitty, contestando a Agafia Mijailovna.

Y sonrió.

Sonreía porque, a pesar de lo que decía, en el fondo de su corazón le constaba, no sólo que el niño conocía a Agafia Mijailovna, sino que conocía y comprendía muchas cosas que todos ignoraban y que ella, su propia madre, sólo había llegado a saber gracias a él. Para Agafia Mijailovna, para el aya, para el abuelo, para su padre, Mitia era simplemente un ser vivo, sólo necesitado de cuidados materiales, pero para su madre era ya un ente de razón con el que le unía una historia entera de relaciones espirituales.

–Ya lo verá usted, si Dios quiere, cuando despierte. Cuando yo le haga así, el rostro se le pondrá claro como la luz de Dios–dijo Agafia Mijailovna.

–Bien. Ya lo veremos entonce.s –repuso Kitty– Ahora váyase. El niño quiere dormir.

TÉ EN LA COCINA

jueves, agosto 8th, 2013

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¡Llegué! ¿Llegaron? ¡Buenas tardes, dachas del campo y la ciudad! ¡Preparen ricos tés para tomar la merienda con sus niños! Y, si pueden, salgan al jardín, al patio, al balcon que, por suerte, el sol se equivocó y pensó que era primavera 😉

La imagen que elegí hoy: En la cocina – Vladimir Makovsky – 1913

ANNA KARENINA – OCTAVA PARTE – CAPÍTULO 5

miércoles, agosto 7th, 2013

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Buenas noches! Tardísimo, ya sé. Vamos con el Capítulo 5 de la Octava Parte de Anna Karenina. De a uno? Sí. Es que nos falta tan poco! Vayan guardándose el 31 de agosto.
ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY
OCTAVA PARTE – Capítulo 5

En las largas sombras que a la luz del sol proyectaban las pilas de sacos sobre el andén, Vronsky paseaba con el largo abrigo puesto, el sombrero calado sobre los ojos y las manos metidas en los bolsillos. Cada veinte pasos se detenía y daba una rápida vuelta. Sergey Ivanovich, al aproximársele, creyó notar que Vronsky, aunque lo veía, fingía no reparar en él. Pero tal actitud lo dejó indiferente, porque ahora se sentía muy por encima de aquellas susceptibilidades.

A sus ojos, Vronsky, en aquellos momentos, era un hombre de importancia para las actividades de la causa y Sergey Ivanovich consideraba deber suyo animarlo y estimularlo. Así, se acercó a él sin vacilar.

Vronsky se detuvo, lo miró, lo reconoció y, avanzando unos pasos hacia él, le dio un fuerte apretón de manos con efusión.

–Tal vez no tenga usted deseos de ver a nadie. –dijo Kosnichev– ¿Podría serle útil en algo?

–A nadie me sería menos desagradable de ver que a usted.–repuso Vronsky– Perdone, pero es que no me queda nada agradable en la vida.

–Lo comprendo y por eso quería ofrecerle mi ayuda. ––dijo Sergey Ivanovich, escudriñando el rostro, visiblemente dolorido, de su interlocutor– ¿No necesita usted alguna carta de recomendación para Risich o Milán?

Vronsky pareció comprender con dificultad lo que le decía. Al fin contestó:

–¡Oh, no! Si no le importa, demos un paseo. En los coches el aire está muy cargado. ¿Una carta? No; gracias. Para morir no hacen falta recomendaciones. ¿Acaso me sirven para los turcos? –dijo, sonriendo sólo con los labios mientras sus ojos conservaban una expresión grave y dolorida.

–Quizá le facilitará las cosas al entrar en relaciones, necesarias en todo caso, con alguien ya preparado.
En fin, como guste… Celebré saber su decisión. Se critica tanto a los voluntarios, que la resolución de un hombre como usted influirá mucho en la opinión pública.

–Como hombre, sirvo, porque mi vida a mis ojos no vale nada. –dijo Vronsky– Y tengo bastante energía física para penetrar en las filas enemigas y matar o morir. Ya lo sé. Me alegra que exista algo a lo que poder ofrendar mi vida, esta vida que no deseo, que me pesa… Así, al menos, servirá para algo.

Y Vronsky hizo con la mandíbula un movimiento de impaciencia provocado por un dolor de muelas que lo atormentaba sin cesar, impidiéndole incluso hablar como quería.

–Renacerá usted a una vida nueva, se lo vaticino. –dijo Kosnichev, conmovido– Librar de la esclavitud a nuestros hermanos es una causa digna de dedicarle la vida y la muerte. ¡Que Dios le conceda un pleno éxito en esta empresa y que devuelva a su alma la paz que tanto necesita! –añadió. Y le tendió la mano.

Vronsky la estrechó con fuerza.

–Como instrumento, puedo servir de algo. Pero como hombre soy una ruina –contestó recalcando las palabras.

El tremendo dolor de una muela le llenaba la boca de saliva y le impedía hablar. Calló y examinó las ruedas del ténder, que se acercaba lentamente deslizándose por los railes.

Y de improviso, un malestar interno, más vivo aún que su dolor, lo hizo olvidarse de sus sufrimientos físicos. Mirando el ténder y la vía, bajo el influjo de la conversación con aquel conocido a quien no hallara desde su desgracia, Vronsky de repente la recordó a «ella» , es decir, lo que quedaba de ella cuando él, corriendo como un loco, había penetrado en la estación.

Allí, en la mesa del puesto de gendarmería, tendido, impúdicamente, entre desconocidos, estaba el ensangrentado cuerpo en el que poco antes palpitaba aún la vida. Tenía la cabeza inclinada hacia atrás, con sus pesadas trenzas y sus rizos sobre las sienes; y en el bello rostro, de roja boca entreabierta, había una expresión inmóvil, rígida, extraña, dolorosa sobre los labios y terrible en los ojos quietos, entornados. Se diría que estaba pronunciando las tremendas palabras que dirigiera a Vronsky en el curso de su última discusión: «¡Te arrepentirás de esto!» .

Y Vronsky procuraba recordarla tal como era cuando la encontró por primera vez, también en la estación, misteriosa, espléndida, enamorada, buscando y procurando felicidad, no ferozmente vengativa como la recordaba en el último momento.

Trataba de evocar sus más bellas horas con Anna pero aquellos momentos habían quedado envenenados para siempre. Ya no podía recordarla sino triunfante, cumpliendo su palabra, su amenaza de hacerlo sentir aquel arrepentimiento profundo e inútil ya. Y Vronsky había dejado de sentir el dolor de muelas y los sollozos desfiguraban ahora su cara.

Después de dar un par de paseos a lo largo de los montones de sacos, Vronsky, una vez sereno, dijo a Kosnichev:

–¿No tiene usted nuevas noticias desde ahora? Los turcos han sido batidos por tercera vez y se espera un encuentro decisivo.

Y después de discutir sobre la proclamación de Milan como rey y de las enormes consecuencias que podía acarrear semejante hecho, al sonar la segunda campanada se separaron y se dirigieron a sus coches.

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