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ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPITULOS 2 Y 3

domingo, abril 21st, 2013

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ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY

PRIMERA PARTE – Capítulo 2

Esteban Arkadievich era leal consigo mismo. No podía, pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había hecho.

No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas; ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él.

De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar mejor el caso a su esposa. Con todo, comprendía la gravedad de la situación y compadecía a Dolly, a los niños y a sí mismo.

Tal vez habría tomado más precauciones para ocultar el hecho mejor si hubiese imaginado que aquello tenía que causar a Dolly tanto efecto.

Aunque no solía pensar seriamente en el caso, venía suponiendo desde tiempo atrás que su esposa sospechaba que no le era fiel, pero quitando importancia al asunto. Creía, además, que una mujer agotada, envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo particular alguno, buena madre de familia y nada más, debía ser indulgente con él, hasta por equidad.

¡Y he aquí que resultaba todo lo contrario!

«¡Es terrible, terrible! », se repetía Esteban Arkadievich, sin hallar solución. «¡Con lo bien que iba todo, con lo a gusto que vivíamos! Ella era feliz rodeada de los niños, yo no la estorbaba en nada, la dejaba en entera libertad para que se ocupase de la casa y de los pequeños. Claro que no estaba bien que ella fuese precisamente la institutriz de la casa. ¡Verdaderamente, hay algo feo, vulgar, en hacer la corte a la institutriz de nuestros propios hijos!… ¡Pero, qué institutriz! (Oblonsky recordó con deleite los negros y ardientes ojos de mademoiselle Roland y su encantadora sonrisa.) ¡Pero mientras estuvo en casa no me tomé libertad alguna! Y lo peor del caso es que… ¡Todo eso parece hecho adrede! ¡Ay, ay! ¿Qué haré? ¿Qué haré?»

Tal pregunta no tenía otra respuesta que la que la vida da a todas las preguntas irresolubles: vivir al día y procurar olvidar. Pero hasta la noche siguiente Esteban Arkadievich no podría refugiarse en el sueño, en las alegres visiones de los frascos convertidos en mujeres. Era preciso, pues, buscar el olvido en el sueño de la vida.

«Ya veremos», se dijo, mientras se ponía la bata gris con forro de seda azul celeste y se anudaba el cordón a la cintura. Luego aspiró el aire a pleno pulmón, llenando su amplio pecho, y, con el habitual paso decidido de sus piernas ligeramente torcidas sobre las que tan hábilmente se movía su corpulenta figura, se acercó a la ventana, descorrió los visillos y tocó el timbre.

El viejo Mateo, su ayuda de cámara y casi su amigo, apareció inmediatamente llevándole el traje, los zapatos y un telegrama.

Detrás de Mateo entró el barbero, con los útiles de afeitar.

–¿Han traído unos papeles de la oficina? –preguntó el Príncipe, tomando el telegrama y sentándose ante el espejo.

–Están sobre la mesa –contestó Mateo, mirando con aire inquisitivo y lleno de simpatía a su señor.

Y, tras un breve silencio, añadió, con astuta sonrisa:

–Han venido de parte del dueño de la cochera…

Esteban Arkadievich, sin contestar, miró a Mateo en el espejo. Sus miradas se cruzaron en el cristal: se notaba que se comprendían. La mirada de Esteban parecía preguntar: «¿Por qué me lo dices? ¿No sabes a qué vienen?».

Mateo metió las manos en los bolsillos, abrió las piernas, miró a su señor sonriendo de un modo casi imperceptible y añadió con sinceridad:

–Les he dicho que pasen el domingo, y que, hasta esa fecha, no molesten al señor ni se molesten.

Era una frase que llevaba evidentemente preparada.

Esteban Arkadievich comprendió que el criado bromeaba y no quería sino que se le prestase atención.

Abrió el telegrama, lo leyó, procurando subsanar las habituales equivocaciones en las palabras, y su rostro se iluminó.

–Mi hermana Ana Arkadievna llega mañana, Mateo –dijo, deteniendo un instante la mano del barbero, que ya trazaba un camino rosado entre las largas y rizadas patillas.

–¡Loado sea Dios! –exclamó Mateo, dando a entender con esta exclamación que, como a su dueño, no se le escapaba la importancia de aquella visita en el sentido de que Ana Arkadievna, la hermana queridísima, había de contribuir a la reconciliación de los dos esposos.

–¿La señora viene sola o con su marido? –preguntó Mateo.

Esteban Arkadievich no podía contestar, porque en aquel momento el barbero le afeitaba el labio superior; pero hizo un ademán significativo levantando un dedo. Mateo aprobó con un movimiento de cabeza ante el espejo.

–Sola, ¿eh? ¿Preparo la habitación de arriba?

–Consulta a Daria Alejandrovna y haz lo que te diga.

–¿A Daria Alejandrovna? –preguntó, indeciso, el ayuda de cámara.

–Sí. Y llévale el telegrama. Ya me dirás lo que te ordena.

Mateo comprendió que Esteban quería hacer una prueba, y se limitó a decir:

–Bien, señor- Ya el barbero se había marchado y Esteban Arkadievich, afeitado, peinado y lavado, empezaba a vestirse, cuando, lento sobre sus botas crujientes y llevando el telegrama en la mano, penetró Mateo en la habitación.

–Me ha ordenado deciros que se va. «Que haga lo que le parezca», me ha dicho. –Y el buen criado miraba a su señor, riendo con los ojos, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada.

Esteban Arkadievich callaba. Después, una bondadosa y triste sonrisa iluminó su hermoso semblante.

–Y bien, Mateo, ¿qué te parece? –dijo moviendo la cabeza.

–Todo se arreglará, señor –opinó optimista el ayuda de cámara.

–¿Lo crees así?

–Sí, señor.

–¿Por qué te lo figuras? ¿Quién va? –agregó el Principe al sentir detrás de la puerta el roce de una falda.

–Yo, señor –repuso una voz firme y agradable.

Y en la puerta apareció el rostro picado de viruelas del aya, Matena Filimonovna.

–¿Qué hay, Matrecha? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo a la puerta.

Aunque pasase por muy culpable a los ojos de su mujer y a los suyos propios, casi todos los de la casa, incluso Matrecha, la más íntima de Daria Alejandrovna, estaban de su parte.

–¿Qué hay? –repitió el Principe, con tristeza.

–Vaya usted a verla, señor, pídale perdón otra vez… ¡Acaso Dios se apiade de nosotros! Ella sufre mucho y da lástima de mirar… Y luego, toda la casa anda revuelta. Debe usted tener compasión de los niños. Pídale perdón, señor… ¡Qué quiere usted! Al fin y al cabo no haría mas que pagar sus culpas. Vaya a verla…

–No me recibirá…

–Pero usted habrá hecho lo que debe. ¡Dios es misericordioso! Ruegue a Dios, señor, ruegue a Dios…

–En fin, iré… –dijo Esteban Arkadievich, poniéndose encarnado. Y, quitándose la bata, indicó a Mateo–:

Ayúdame a vestirme.

Mateo, que tenía ya en sus manos la camisa de su señor, sopló en ella como limpiándola de un polvo invisible y la ajustó al cuerpo bien cuidado de Esteban Arkadievich con evidente satisfacción.

PRIMERA PARTE – Capítulo 3

Esteban Arkadievich, ya vestido, se perfumó con un pulverizador, se ajustó los puños de la camisa y, con su ademán habitual, guardó en los bolsillos los cigarros, la cartera, el reloj de doble cadena…

Se sacudió ligeramente con el pañuelo y, sintiéndose limpio, perfumado, sano y materialmente alegre a pesar de su disgusto, salió con redo paso y se dirigió al comedor, donde le aguardaban el café y, al lado, las camas y los expedientes de la oficina.

Leyó las cartas. Una era muy desagradable, porque procedía del comerciante que compraba la madera de las propiedades de su mujer y, como sin reconciliarse con ella no era posible realizar la operación, parecía que se mezclase un interés material con su deseo de restablecer la armonía en su casa. La posibilidad de que se pensase que el interés de aquella venta le inducía a buscar la reconciliación le disgustaba.

Leído el correo, Esteban Arkadievich tomó los documentos de la oficina, hojeó con rapidez un par de expedientes, hizo unas observaciones en los márgenes con un enorme lápiz, y luego comenzó a tomarse el café, a la vez que leía el periódico de la mañana, húmeda aún la tinta de imprenta.

Recibía a diario un periódico liberal no extremista, sino partidario de las orientaciones de la mayoría.

Aunque no le interesaban el arte, la política ni la ciencia, Esteban Arkadievich profesaba firmemente las opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstos variaban o, dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modificaban por sí solas en él sin que ni él mismo se diese cuenta.

No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar, antes dejaba que las orientaciones y modos de pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida.

El partido liberal aseguraba que todo iba mal en Rusia y en efecto, Esteban Arkadievich tenía muchas deudas y sufría siempre de una grave penuria de dinero. Agregaban los liberales que el matrimonio era una institución caduca, necesitada de urgente reforma, y Esteban Arkadievich encontraba, en efecto, escaso interés en la vida familiar, por lo que tenía que fingir contrariando fuertemente sus inclinaciones.

Finalmente, el partido liberal sostenía o daba a entender que la religión no es más que un freno para la parte inculta de la población, y Esteban Arkadievich estaba de acuerdo, ya que no podía asistir al más breve oficio religioso sin que le dolieran las piernas. Tampoco comprendía por qué se inquietaba a los fieles con tantas palabras terribles y solemnes relativas al otro mundo cuando en éste se podía vivir tan bien y tan a gusto. Añádase a esto que Esteban Arkadievich no desaprovechaba nunca la ocasión de una buena broma y se divertía con gusto escandalizando a las gentes tranquilas, sosteniendo que ya que querían envanecerse de su origen, era preciso no detenerse en Rurik (1) y renegar del mono, que era el antepasado más antiguo.

De este modo, el liberalismo se convirtió para Esteban Arkadievich en una costumbre; y le gustaba el periódico, como el cigarro después de las comidas, por la ligera bruma con que envolvía su cerebro.

Leyó el artículo de fondo, que afirmaba que es absurdo que en nuestros tiempos se levante el grito aseverando que el radicalismo amenaza con devorar todo lo tradicional y que urge adoptar medidas para aplastar la hidra revolucionaria, ya que, «muy al contrario, nuestra opinión es que el mal no está en esta supuesta hidra revolucionaria, sino en el terco tradicionalismo que retarda el progreso…» .

Luego repasó otro artículo, éste sobre finanzas, en el que se citaba a Bentham y a Mill, y se atacaba de una manera velada al Ministerio. Gracias a la claridad de su juicio comprendía en seguida todas las alusiones, de dónde partían y contra quién iban dirigidas, y el comprobarlo le producía cierta satisfacción.

Pero hoy estas satisfacciones estaban acibaradas por el recuerdo de los consejos de Matrena Filimonovna y por la idea del desorden que reinaba en su casa.

Leyó después que, según se decía, el conde Beist había partido para Wiesbaden, que no habría ya nunca más canas, que se vendía un cochecillo ligero y que una joven ofrecía sus servicios.

Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras veces.

Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach (2) con mantequilla, Esteban Arkadievich se levantó, se limpió las migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no como reflejo de su estado de espíritu, sino con el optimismo de una buena digestión.

Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó.

Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de Tania, su hija de más edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa.

–¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! –gritaba la niña en inglés–. ¿Ves? Ahora tienes que levantarlos.

«Todo anda revuelto –pensó Esteban Arkadievich–. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide de ellos.»

Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren, entraron en el comedor.

Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó a su cuello, feliz de poder respirar el característico perfume de sus patillas. Después de haber besado el rostro de su padre, que la ternura y la posición inclinada en que estaba habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo.

–¿Qué hace mamá? –preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija–. ¡Hola! –añadió, sonriendo, dirigiéndose al niño, que le había saludado.

Reconocía que quería menos a su hijo y procuraba disimularlo y mostrarse igualmente amable con los dos, pero el pequeño se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa fría de su padre.

–Mamá ya está levantada –contestó la niña.

Esteban Arkadievich suspiró.

«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó.

–¿Y está contenta?

La pequeña sabía que entre sus padres había sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá debía constarle y no había de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indiferente. Se ruborizó, pues, por la mentira de su padre. Él, a su vez, adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también.

–No sé –repuso la pequeña–: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver a la abuelita.

–Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento –dijo, reteniéndola y acariciando la manita suave y delicada de su hija.

Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allí el día antes y ofreció dos a Tania, eligiendo uno de chocolate y otro de azúcar, que sabía que eran los que más le gustaban.

–Uno es para Gricha, ¿no, papá? –preguntó la pequeña, señalando el de chocolate.

–Sí, sí…

Volvió a acariciarla en los hombros, le besó la nuca y la dejó marchar.

–El coche está listo, señor –dijo Mateo–. Y le está esperando un visitante que quiere pedirle no sé qué…

–¿Hace rato que está ahí?

–Una media horita.

–¿Cuántas veces te he dicho que anuncies las visitas en seguida?

–¡Lo menos que puedo hacer es dejarle tomar tranquilo su café, señor –replicó el criado con aquel tono entre amistoso y grosero que no admitía réplica.

–Vaya, pues que entre –dijo Oblonsky, con un gesto de desagrado.

La solicitante, la esposa del teniente Kalinin, pedía una cosa estúpida a imposible. Pero Esteban Arkadievich, según su costumbre, la hizo entrar, la escuchó con atención y, sin interrumpirla, le dijo a quién debía dirigirse para obtener lo que deseaba y hasta escribió, con su letra grande, hermosa y clara, una carta de presentación para aquel personaje.

Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el sombrero y se detuvo un momento, haciendo memoria para recordar si olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer.

«Eso es. ¡Ah, sí!» , se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?»

En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible volver a convertir a su esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle a él en un viejo incapaz de sentirse atraído por las mujeres hermosas.

Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter.

«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse.

Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y luego, con paso rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer.

(1) Rurik: nórdico del este Rørik, significa «famoso líder» (h. 830-h. 879), fue un jefe varego que ganó el control del Ládoga en 862 y construyó el asentamiento de Holmgard (Rúrikovo Gorodische) cerca de Nóvgorod, y fundó la dinastía Rúrika que gobernó la Rus de Kiev y luego Moscovia hasta el siglo XVI.
(2) Kalach: tipo de bollo en forma de rosca, era una forma tìpica del pan blanco.

ANNA KARENINA – PRIMERA PARTE – CAPÍTULO 1

sábado, abril 20th, 2013

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¿Teteras y tazas preparadas en las dachas? Empecemos por el principio y miren con qué epígrafe arranca este tren! Que disfruten el viaje ♥

ANNA KARENINA – LEV TOLSTOY

«Mía es la venganza; yo daré el pago merecido -dice el Señor» (Epístola a los Romanos – 12:19)

PRIMERA PARTE – Capítulo 1

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa de enterarse de que su marido mantenía relaciones con la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir viviendo con él.

Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.

La mujer no salía de sus habitaciones; el marido no comía en casa desde hacía tres días; los niños corrían libremente de un lado a otro sin que nadie les molestara. La institutriz inglesa había tenido una disputa con el ama de llaves y escribió a una amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había ido dos días antes, precisamente a la hora de comer; y el cochero y la ayudante de cocina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que les saldasen sus haberes para irse.

El tercer día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky –Stiva, como le llamaban en sociedad–, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las ocho de la mañana, se halló, no en el dormitorio conyugal, sino en su despacho, tendido sobre el diván de cuero.

Volvió su cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del diván, como si se dispusiera a dormir de nuevo, a la vez que abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla.

De repente se incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos.

«¿Cómo era», pensó, recordando su sueño. «¡A ver, a ver! Alabin daba una comida en Darmstadt…

Sonaba una música americana… El caso es que Darmstadt estaba en América… ¡Eso es! Alabin daba un banquete, servido en mesas de cristal… Y las mesas cantaban: «Il mio tesoro»..: Y si do era eso, era algo más bonito todavía.

» Había también unos frascos, que luego resultaron ser mujeres…»

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel sueño. Luego quedó pensativo y sonrió.

«¡Qué bien estaba todo!» Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto, no sabía expresar ni con palabras ni con pensamientos.

Observó que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana, alargó los pies, alcanzó sus zapatillas de tafilete bordado en oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su cumpleaños, y, como desde hacía nueve años tenía por costumbre, extendió la mano hacia el lugar donde, en el dormitorio conyugal, acostumbraba tener colocada la bata.

Sólo entonces se acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la alcoba con su mujer; la sonrisa desapareció de su rostro y arrugó el entrecejo.

–¡Ay, ay, ay! –se lamentó, acordándose de lo que había sucedido.

Y de nuevo se presentaron a su imaginación los detalles de la escena terrible; pensó en la violenta situación en que se encontraba y pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía con claridad.

–No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no soy culpable. Eso es lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! –se repitió con desesperación, evocando de nuevo la escena en todos sus detalles.

Lo peor había sido aquel primer momento, cuando al regreso del teatro, alegre y satisfecho con una manzana en las manos para su mujer, no la había hallado en el salón; asustado, la había buscado en su gabinete, para encontrarla al fin en su dormitorio examinando aquella malhadada carta que lo había descubierto todo.

Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de preocupaciones, tan poco inteligente, según opinaba él, se hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una expresión de horror, de desesperación y de ira.

–¿Qué es esto? ¿Qué me dices de esto? –preguntó, señalando la carta.

Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en sí, sino la manera como había contestado entonces a su esposa.

Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una situación demasiado vergonzosa: no supo adaptar su aspecto a la situación en que se encontraba.

Así, en vez de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso permanecer indiferente ––cualquiera de aquellas actitudes habría sido preferible–, hizo una cosa ajena a su voluntad («reflejos cerebrales» , juzgó Esteban Arkadievich, que se interesaba mucho por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa habitual, benévola y en aquel caso necia.

Aquella necia sonrisa era imperdonable. Al verla, Dolly se había estremecido como bajo el efecto de un dolor físico, y, según su costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de palabras duras y apenas hubo terminado, huyó a refugiarse en su habitación.

Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido.

«¡Todo por aquella necia sonrisa!», pensaba Esteban Arkadievich. Y se repetía, desesperado, sin hallar respuesta a su pregunta: «¿Qué hacer, qué hacer?».

Anna Karenina – Té Literario (todas las noches, en DaCha, desde el 20 de Abril hasta el 20 de Agosto).

sábado, abril 20th, 2013

Leo Tolstoy con su esposa en Yasnaya Polyana
¡Qué hermosa tarde de abril! ¿Tomamos un MAIA Y KOLYA, les cuento una historia y les hago una propuesta?
La pintura que elegí hoy, es de Ilya Repín, uno de los pintores realistas más extraordinarios de su generación (1844-1930). En ella, vemos a Leo Tolstoy junto a su esposa, Sofia Andreevna, en Yasnaya Polyana. Ruso, de origen ucraniano, Repín fue conocido por sus escenas de gente corriente, a modo de crítica contra el régimen zarista (de él ya vimos la obra «Los sirgadores del Volga»).
Y aquí vienen la pequeña historia y la gran propuesta.
Yasnaya Polyana fue la casa de Tolstoy. En ella nació, vivió, escribió sus novelas, tuvo a sus hijos y allí, también, está su tumba. Por ella pasaron casi todas las figuras culturales y artísticas rusas importantes de su tiempo; entre sus invitados se encontraban Anton Chéjov, Ivan Turguénev, Máximo Gorky, Valentín Serov, Ilya Repín y muchos otros.
Tolstoy escribía las novelas en su estudio, a mano, en letra muy pequeña, con muchos agregados, tachaduras y notas, y le entregaba el borrador a su esposa, quien lo pasaba en limpio durante la noche para que él lo reescribiera al día siguiente. Cada capítulo atravesaba entre cinco y seis borradores hasta ser aceptado como definitivo.
Un día de abril, de 1877, Tolstoy y Sofía -por qué negarle a ella este derecho- terminaron de escribir Anna Karenina, novela que había empezado a aparecer como folletín en la revista Ruskiy Véstnik (El mensajero ruso), a partir de enero de 1875 y que se editó como libro en el ’77. La novela es una de las obras más importantes del realismo literario; está escrita en ocho partes, divididas, a su vez, en capítulos.
Les propongo preparar sus teteras para hacer un viaje en el tiempo e ir leyendo, juntos, cada uno en su dacha, esta maravillosa pieza, analizando cada parte, una vez concluída. Todas las noches publicaré uno o dos Capítulos. Los espero.
-Si hay interesados, podemos tomar nuestro té y leer online, vía Skype.-

Cumplir años: el lugar en donde confluyen Pasado, Presente y Futuro

viernes, abril 19th, 2013

Anna Silivonchik Tetera y dacha

Toda la noche, dando vueltas entre las sábanas, un hombre por fin apoya su cabeza sobre el pecho de su más querida. Escucha la oscuridad total, escucha la respiración de ella y se imagina que es el primer viento de la temporada. Incapaz de dormir, su cuerpo es el bosque a través del cual ese viento se arremolina. Pronto toma conciencia del corazón. Su latido lento evoca a alguien que emprende un viaje. Piensa en pasos, luego en el lento giro rítmico de ruedas sobre una autopista. Si sigue por ese camino, podría llevarlo a un abismo enorme, un lugar seco de buitres y rocas rotas. O, tal vez, continúa, se extiende a través de los años, conduce a una gran pradera. Del otro lado, hay una pequeña dacha donde él y su esposa son muy viejos. Se sientan juntos en el porche, bebiendo té y la luna se mece, como una linterna de papel, sobre la casita.
Pero, por ahora, el hombre se ha dormido. Ese camino desaparece ya y uno nuevo se va formando.
O esto ya pasó. O pasará.
(Lo que sabemos del futuro – Mathew Olzmann)

Cumpleaños de Kolya, listo. Compras, torta, artesanías, té, todo a tiempo. Duele el cuerpo pero se regociga con la satisfacción del deber cumplido, sabiendo que mañana, el príncipe de 7 años, festejará la vida, su vida. Y nosotros también. Me despido de ustedes, por hoy, para sumergirme en el profundo descanso que nos lleva a los mundos y las dimensiones paralelas, con mi vaso de té blanco y LO QUE SABEMOS DEL FUTURO, un relato de Mathew Olzmann.
Perlita: no se pierdan las ilustraciones de Anna Silivonchik, que son pura imagen onírica. ♥ Buenas noches, dachas del mundo.

LA CAMELIA DE ULTRAMAR

martes, abril 9th, 2013

Camelia

Quiero compartir con ustedes este regalo inesperado de uno de los pintores contemporáneos más divinos de Noruega, Jørgen Holen. Hace unos días, el cartero tocó a mi puerta con un tubo que cruzó el océano. Dentro del tubo, envuelta en papel de seda, esta litografía que se llama «Camelia», una representación conmovedora de nuestra planta de té, bajo el tibio sol. Lloré de emoción al verla y saber que uno puede compartir las pasiones de la vida aunque esté a miles de kilómetros de distancia.
Es abril y mis pensamientos andan volando por el fiordo de Oslo, Bærum, Stabekk, el viejo puente del río Lysaker, Bygdøy, Aker… con el alma de noruega más a flor de piel que nunca.
Para ver algo de la obra de Jørgen, les dejo estos dos links:
http://www.fineart.no/kunstner/jorgen-holen
http://www.guldenkunstverk.com/sider/tekst.asp?side=280
Para probar el «Alma de noruega»:
http://www.dachablends.com.ar/blends/alma-de-noruega/

Jeg ønsker å dele denne uventede gaven av et (en?) av de mest guddommelig moderne malere i Norge, Jørgen Holen. For noen dager siden, banket postmannen på døren med et rør som krysset havet. Inne i røret, innpakket i silkepapir, denne litografi, kalt «Camelia», en intens fremstilling av vår te busk, under den varme solen. Jeg gråt av glede for å se det, og å vite at man kan dele lidenskaper i livet, kanskje tusenvis av miles unna.
Det er april og mine tanker flyr gjennom Oslofjorden, Bærum, Stabekk, den gamle Lysakerelva bro, Bygdøy, Aker… med min norske sjel nær overflaten mer enn noensinne.
Å se noen Jørgen arbeid, deler jeg disse to linkene:
http://www.fineart.no/kunstner/jorgen-holen
http://www.guldenkunstverk.com/sider/tekst.asp?side=280
Å prøve «Sjel av norsk»:
http://www.dachablends.com.ar/blends/alma-de-noruega/

GUNPOWDER

martes, abril 2nd, 2013


Té verde GUNPOWDER: un nombre lamentablemente violento para una bebida caliente y agradable (los caracteres chinos, en realidad, nos dicen que se llama «té Perla»). Este té verde chino sufre los procesos de marchitado, fijación con vapor, enrulado y después secado. Las hojas verde plateadas son enruladas, a mano, una a una, durante la leve oxidación, en muy apretadas y pequeñas bolitas, que se asemejan a pellets de pólvora del s XVIII: de ahí el nombre. Gracias a ese tipo de enrulado, las hebras son menos susceptibles a sufrir daño o quebrarse y retienen mejor el sabor y el aroma. Debido a su forma única, soportaba muy bien los largos viajes en barco y fue el primer té verde en llegar a occidente, en grandes cantidades.
El Pingshui (Templo del Cielo) es considerado el original y de más alto grado, proveniente de la provincia de Zhejiang; al comprarlo, debemos observar que los pellets sean brillantes, lo cual es indicador de frescura y que sean pequeños, lo que indica que es de mejor calidad.
Una vez hidratados, los pellets se despliegan en grandes hojas de color verde oliva; el color del licor puede ir de un ámbar claro a un cobrizo con un fuerte tinte verde o un brillante verde oliva; su aroma, en comparación con otros verdes, es bastante impactante y robusto, pero aún así, el licor es sutil, suave y seco como ningún otro. Éste es un excelente té verde para beber todos los días, incluso helado. Blendeado con menta, al estilo moruno, ayuda a limpiar el paladar durante una rica comida fuerte y especiada.

Encontralo en el DUNAS DEL MAGREB, deDaCha ~Russkiĭ Sekret~ y tomalo caliente o heladísimo en verano! Ideal para acompañar pastelería mediooriental (muy dulce o con almíbar), masitas de almendra o nuez, tortas de chocolate amargo o semiamargo, torta de miel, tartas frutales, postres con yogur o muslix con yogur, postres y tortas con ricotta, Cordero o ciervo, sándwiches de pepino, sándwiches de carnes rojas o especiadas.

COSTUMBRES INCLUSIVAS: MIMONA

lunes, abril 1st, 2013

Aprender de las costumbres bellas de los pueblos; esas que se llevan con ellos, hombres y mujeres, cuando tienen que partir. Si tienen DUNAS DEL MAGREB, prepárense unos ricos vasos; si no, prepárense un té a la menta con unas masitas y siéntense a leer la Historia, con el corazón lleno de deseos de Paz.

La Mimona – Nessim Sibony

Mimona (Mimuna, Mimouna, Timimona) es una celebración judía de origen maghrebí, que empieza en la noche del último día de Pésaj y marca el fin de la prohibición de comer pan y otros productos que contienen masa fermentada, prohibidos durante toda la semana de Pésaj. El objetivo central de esta celebración es compartir la experiencia de la hospitalidad, una tradición que fue arraigada profundamente en la cultura africana del norte y que la comunidad marroquí llevó consigo a todos los países a donde, por diversas razones, debió emigar, como Francia, Canadá, Estados Unidos, España y países de América del Sur. Mimona representa, además de una observancia religiosa y redentora, un factor socializante e integrador en el seno de la comunidad judía y también en el marco de la población en general. En la Mimona es costumbre comer dulces y pastas rellenas, y festejar hasta la madrugada, pasando de casa en casa visitando a la familia y a los amigos.

El origen de la fiesta es discutido, pero posiblemente tiene que ver con el nombre Maimon, padre de Maimónides, el gran filosofo judío que murió en la fecha de la Mimona. Otra teoría es que el origen de la palabra deriva del árabe, «mimun», que significa «suerte». También marca el inicio de la primavera, de manera parecida a la fiesta persa-turcomana del Navruz y a la fiesta bereber de Yennayer.
En Israel, la Mimuna se ha popularizado, no sólo entre los judíos marroquíes, sino también entre los judíos orientales y adquirió carácter de fiesta nacional, imponiéndose entre el resto de los judíos. Algunos no marroquíes de Israel, dicen que Mimona “es el festival de la unidad entre las distintas culturas judías, la amistad, la fraternidad y la hospitalidad, un regalo hermoso de los Judíos del Norte de África”

La Noche de la Mimona – Daniel Quintero

Desde hace muchos siglos, los judíos de Marruecos acostumbran celebrar la “Noche de Mimona, Mimuna, Mimouna o Timimona”, denominación que varía de acuerdo a la ciudad en que se desarrolla. Esta antigua celebración se lleva a cabo el 23 Nisán, último día de Pesaj, después del servicio de Minjá, cuando ya en las casas se está permitido introducir el “jametz”, es decir los alimentos con levadura.

Existen diferentes versiones acerca de la etimología con que se designa el término Mimona o Mimuna o Mimouna, cada una de ellas desde un aspecto diferente, aunque todas basadas en un origen religioso:

a) De acuerdo al significado Rabínico, existe relación entre el término Mimuna con “Maaminim” o “Emuná”, es decir “Fe y Creencia” en la futura liberación, en el final del exilio y la llegada del Mesías. Por este motivo en los últimos días de Pesaj se incluye la lectura del cántico que Moisés cantó junto con los judíos liberados al atravesar el Mar Rojo, reafirmando que pronto llegara la redención.

b) Según el aspecto religioso, se percibe una liturgia especial del cierre de Pesaj que incluye textos del Talmud, de Proverbios y de la Mishna, enmarcados en el ritual que le sigue al rezo de la mañana (birkat ha’ilanot – Bendición de los árboles). Este ritual se basa en la tradición talmúdica que recomienda ir al campo en el mes de Nisan, para recitar plegarias en agradecimiento por los árboles y sus frutos

c) En Pesaj el Tribunal Celestial decide cuánto trigo y cuánto alimento crecerá hasta el próximo Pesaj, por lo tanto en esta noche se bendicen todos los alimentos provenientes del trigo y otros cereales para que Dios bendiga estas especies y haya abundancia en el mundo.

d) El día siguiente a la finalización de Pesaj, falleció Rabí Mimón, el padre de Rambam-Maimónides; por este motivo se dice que la Noche de Mimona sería una celebración en su honor.

Algunos autores señalan que esta celebración no tiene orígenes religiosos, sino que se le puede adjudicar una tradición socio-cultural del Norte de África, comparándola con el resto de los festejos populares y costumbres, donde judíos y musulmanes se unen, en un nuevo intento de tolerancia y de reafirmación de su convivencia en común desde tiempos muy remotos.

El último día de Pesaj es Isrú Jag, es decir “día siguiente de las fiestas”, que a los efectos litúrgicos es semifestivo y que los judíos marroquíes conocen como ”Salida de pascua”. Se cree que en este día los cielos están abiertos a todos nuestros rezos.

La festividad de Pesaj y particularmente la noche de Mimona simbolizan la felicidad y la abundancia, augurando una nueva creación del mundo, una renovación. Esencialmente, la Noche de Mimona es un puente entre la gloria y el esplendor de Pesaj y el resto del año.

Mimona en Marruecos

Uno de los motivos del festejo de Mimona es la entrada de jametz nuevamente a la casa, costumbre ésta especialmente de Tánger y Tetuán. Allí, los gentiles vendían, a los habitantes de la judería, ramas de trigo y flores para adornar la casa y también durante el último día de Pesaj elaboraban especialmente la zebda, manteca apenas amarilla y la leche fermentada (aleben), bien frescas para comer esa misma noche.

El procedimiento que realizaban consistía en colocar la leche de vaca en una “chekua” -cacerola- y revolverla constantemente hasta que se formara por un lado la manteca y por otro la leche fermentada. Esta actividad no podía ser realizada, en esos días, por los judíos, por la prohibición de hacer cualquier procedimiento de leudado o fermentación en la semana de la festividad de Pesaj. Se acostumbraba ir a los campos para recoger espigas de trigo verdes y muy tiernas y también granos muy grandes.

La festividad de Mimona comenzaba, básicamente, con la ceremonia familiar de amasar el pan, para lo cual todos los miembros de la familia trataban de estar presentes, una vez finalizada la prohibición de comer jametz.

En la víspera de Mimona, se acostumbraba dejar las puertas de las casa abiertas, de modo tal que todas las personas se sintieran muy bienvenidas y pudieran compartir este evento familiar y comunitario tan especial y tradicional. La costumbre de visitar amigos y familiares se mantiene vigente aun en estos días. La gente suele saludarse con una bendición marroquí tradicional, “Tisado we’ Tirbacho”, una bendición de “abundancia, prosperidad y felicidad”.

La fabricación de una nueva levadura, a partir de la mezcla de harina y agua, que se deja levar durante varios días y que se utilizará en la elaboración de pan, representa la re-creación, un nuevo comienzo, poniendo en escena la necesidad y el deseo del pueblo judío de la Teshuva, “el retorno” puesto en evidencia por la harina leudada.

Al volver del templo, el más anciano de la familia o, en caso que no viviera ninguno de ellos, el padre de la familia bendice a cada uno de los miembros, colocándole su mano izquierda en la cabeza y ofreciéndole con la derecha una hoja de lechuga remojada en miel y luego dándole de beber un trago de leche, precedida de la oración correspondiente.

Las casas se decoran con ramas, flores y plantas, especialmente la atarcha, con flores similares al geranio y a la malvarrosa, especial para adornar y dar buen aroma. Las mesas se tienden de una forma muy especial, con un mantel para la ocasión, generalmente herencia de la familia, y con una variedad de comidas casi exclusiva para este día.
Cada uno de los elementos dispuestos en la mesa para la celebración de Mimona tiene un significado simbólico particular, con un deseo especial, que se resume en “prosperidad y fortuna”:

1) Pescados fresco, como símbolo de fertilidad y “el bien de todos”, colocados en una fuente sobre hojas de lechuga y vegetales (al día siguiente se acostumbra guisar el pescado con habas).
2) Un plato de harina adornada con cinco o siete habas verdes, que simboliza la abundancia.
3) Una bandeja con harina y sobre ella siete monedas de oro y, en su centro, una taza llena de aceite, como señal de buena fortuna.
4) Una fuente con harina y, en medio, un vaso con levadura que servirá al día siguiente para ” levar” el pan de la casa. Se lo identifica con el sustento diario.
5) Jarros de leche -alrededor de ellos están la lechuga y los vegetales-.
6) Espigas de trigo y centeno dispersas en la mesa, simbolizando también lo abundante y la abundancia.
7) Bandejas de fruta: naranjas, manzanas, almendras y nueces, como símbolo de una vida dulce.
8)Potes con miel y con manteca.
9) Vasijas llenas de aceite puro, en las que brillan objetos de oro, plata y joyas, como recuerdo del cruce del Mar Rojo.
10) Zaben -turrón blanco de almendras-.
11) Marozia -pasas fritas adornadas con nueces-.
12) Platos con dulce de pomelo, naranjas y membrillos.
13) Dátiles rellenos con nueces y mazapán.
14) Terit (Mufleta, mofleta, chridsa o mesemmas) que es una masa fina elaborada con harina, agua y aceite, cocida en una cazuela (terrada) y que se sumerge en miel y manteca, como símbolo de bendición y un año dulce.

En el Marruecos antiguo, hasta fines del siglo XIX, se acostumbraba que la mujer dentro de la casa vistiera ropa festiva tradicional, generalmente su traje de berberisca, y las más jóvenes sus mejores vestidos. Recibían a sus invitados con el tradicional té de menta, junto con las mofletas sumergidas en miel y manteca, como así también pasteles de almendras y pasas, mazapán y halvá. Mientras la mujer se quedaba en la casa recibiendo a parientes y amigos, el cabeza de familia hacía su ronda de visitas, costumbre que se mantiene hasta estos días.

Los hombres cantaban cánticos en hebreo, árabe, castellano, bereber y haquetía. Cuando finalizaban sus cantos, las mujeres lanzaban gritos de alegría y proferían el “yu yu” (zgharit) típico para estas ocasiones, a la vez que tomaban en su mano las monedas de oro que estaban en la mesan en la fuente con harinan y se las ofrecían a cada una de las hijas de la familia solteras y casadas , diciéndoles: “Esta moneda es para (nombre), quien durante el año que viene recibirá la Bendición de Dios para su buen mazal –suerte-”.
Una particularidad de la noche de Mimona, también denominada noche del destino y de Mazal-Tov, es que era día preferido para las promesas de matrimonio.
Era una noche de alegría completa. Se cantaba y se bailaba según las costumbres de cada familia, aunque lo común era el cántico tradicional ”Bibaruenya”, canto exclusivo para las bodas.

Al son de esta música tradicional, todos, tanto la familia como sus invitados, se sentaban alrededor de la mesa para disfrutar de las delicias especialmente elaboradas para esta ocasión. Hoy día, en algunas ciudades de Marruecos, la cena incluye el cuscusú (cous-cous) tal como se estilaba hacerlo en Tetuán, con canela y azúcar, espolvoreado con almendras.

Al finalizar la “seudá” (cena festiva), los jóvenes iban a visitar a su familia, tíos, tías, abuelos, primos y, de a poco, ya las familias se iban integrando a una gran fiesta que se instalaba en las calles de la judería, con gran entusiasmo, algarabía y amistad. La fiesta continuaba en esa noche hasta muy tarde y al día siguiente, muy temprano, se retomaba organizando paseos a los parques, al campo y a la playa, especialmente en las ciudades del Norte de Marruecos, donde se almorzaba, se cantaba y se bailaba.

A este día se lo vincula con el día del milagro del cruce del Mar Rojo. También se lo interpreta como una forma de celebrar la renovación, es decir, pasar de la condiciones existentes de una vida cerrada en el Mellah (judería) al contacto con la naturaleza y la libre expresión de apego a la tierra, así como la voluntad de la comunidad de relacionarse e integrarse con el entorno socio-cultural de los musulmanes, con quienes compartían su existencia.

TÉ VERDE

lunes, abril 1st, 2013


Foto: © Dacha Russkiĭ Sekret/Gabriela Carina Chromoy

El Té Verde es, en cierta medida, el «más puro» de los tés habitualmente disponibles en mercado; las hojas son apenas marchitadas antes de fijarse, lo cual logra que el sabor de la hebra sea fiel al de la hoja fresca y mantenga sus cualidades (la epigalocatequina, que es un potente antioxidante, permanece intacta).
El té verde, al igual que el blanco y dorado, no sufre proceso de oxidación, por lo que sus colores son claros y su sabor muy natural. Muchos tés verdes tienen sabores suaves, ligeramente ácidos, de notas herbales o vegetales y la mayoría tiene final seco y levemente astringente: son más parangonables al vino blanco que cualquier otro té.
Debido a su delicada naturaleza, los tés verdes son realmente bastante difíciles de preparar correctamente pero ofrecen una amplia gama de sabores y colores, que bien vale la pena explorar, aunque puede requerir, para apreciarlos, cierta educación de nuestro paladar y, por supuesto, tiempo.
Como consejo inicial: respetar la temperatura del agua y tiempos de infusión que nos da el productor, para lo cual, como siempre debemos calentar el agua hasta el punto de ebullición, un termómetro de cocina es vital; la mayoría de los tés verdes requiere que el agua se enfríe hasta 70/72 °C antes de verterla sobre las hebras y que el tiempo de infusión sea de 1,5 a 2 minutos (aunque hay excepciones).

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LA CEREMONIA DEL TÉ EN SIBERIA

domingo, marzo 31st, 2013

Nenets family have a tea break on the migration south Yamal. Siberia. Russia. © Bryan & Cherry Alexander Photography ArcticPhoto

Los siberianos siempre consideraron al té más importante que la cena. El té después de una comida nutritiva era considerado una delicadeza y tomarlo era una acción sagrada. Tomar té no sólo era una parte importante de la vida social, era también parte de las negociaciones comerciales y tratos financieros.

La ceremonia del té en las familias tradicionales de Siberia seguía una etiqueta estricta. Después de la primera taza de té, se le ofrecía otra al invitado/a pero se esperaba de él/ella que la rechazara, por cortesía. Él o ella debían poner la taza boca abajo y colocar un terrón de azúcar en la parte superior. Después de varias ofertas más, por parte del anfitrión/a y la correspondiente negativa de cortesía, él/la huésped podría aceptar otra taza. Este intercambio formal se repetía después de cada taza. La costumbre de invitaciones a tomar té se extendió ampliamente en las zonas rurales de Siberia. Incluso las personas más pobres tenían un samovar.

«Na chai» (Dinero para el té) todavía significa «dar una propina» a alguien en la actual Rusia. Históricamente, los empleadores agregaban una pequeña cantidad de dinero a los salarios de los trabajadores cuando el trabajo estaba bien hecho. Este plus se denominaba «para el té».

La adquisición de una samovar se consideraba un paso importante en el establecimiento de un hogar. Como el azúcar era muy cara, la gente pobre e incluso la de clase media sólo se podían permitir mordisquear un terrón de azúcar mientras tomaban su té. También tomaban el té con miel, mermelada o dulces chinos con el fin de prescindir del azúcar. En las viejas recetas, nos encontramos con que la gente añadía harina, leche, aceite e incluso sal a su té. Si bien esto no suena muy sabroso para nosotros hoy día, estas adiciones eran un nutritivo sustituto de la comida.

A través de los siglos, el té se convirtió en una parte importante de la vida en Siberia y sigue siendo una bebida muy popular para cada ocasión.

YIN ZHEN – SILVER NEEDLE

sábado, marzo 30th, 2013


Volviendo al té blanco. Hoy: Yin Zhen – Silver Needle (Aguja de Plata).

El Aguja de Plata es uno de los tés más raros y espectaculares y su producción no representa, siquiera, el 0,1% del té producido en China. Este té en forma de aguja blanca se produce, principalmente, en la provincia china de Fujian, que es famosa por la Excelente calidad de su té blanco.

El origen de su nombre es bastante evidente: con una sola mirada notaremos la prominencia de delicados pelos blancos sobre los brotes.

Un buen Silver Needle no es de color blanco; el té blanco premium es de color jade, o sea, verde pálido. Si el proceso de marchitado no se realiza correctamente, porque el té se deshidrata o porque no se manipula con cuidado, el color de la hoja cambiará al grisáceo, amarillento o, a veces, marrón y su sabor se verá afectado.

En la recolección se toman, con la mano, un brote con su tallo, el cual se extraerá en fábrica para evitar dañar al brote. Debido a este intensivo cuidado en la manipulación, aún el más experto podrá recolectar sólo 500 gramos al día, de los cuales quedarán 100, después de su procesamiento.

Los cogollos se recolectan a principios de primavera y, a diferencia de los tés verdes, no se utiliza vapor ni sarteneado en su tratamiento. Para producir la aguja de plata, el té tiene que someterse a un marchitado durante horas, que provoca la levísima oxidación no enzimática que le da características únicas a esta variedad. Los brotes marchitos, se secan después en el ardiente fuego (文火 Wen-huo). Uno de los pasos de este proceso único es que este té se envasa inmediatamente después de secado, mientras aún está caliente. Esto es vital para preservar su forma de aguja, ya que si se enfría, es muy susceptible a la fractura durante el embalaje.

Cuando se prepara en vaso de vidrio, con agua caliente, los brotes se mantienen en la superficie y, en posición vertical, las yemas empapadas poco a poco se hunden hasta el fondo del vaso. ¡Parecen estalactitas!

El licor es de color amarillo muy claro y brillante, tiene aroma a hierba fresca, sabor amable y un final suavemente dulce que permanece en boca.
También puede ser preparado con agua fría: es necesario utilizar agua mineral o agua filtrada, para evitar el olor a cloro. Por cada 3g de hojas de té, se vierten 200 ml de agua y se deja durante más de 30 minutos; el sabor del té preparado con agua fría es más natural y fresco y su color, mucho más claro que el preparado con agua caliente.

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