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Categoria: Té Literario ~ Aguas de primavera | Fecha: septiembre 15th, 2013 | Publicado por Gabriela Carina Chromoy

TÉ LITERARIO – IVÁN TURGUÉNIEV – AGUAS PRIMAVERALES

17-Libros. Te. Tarde.

Largamos!!! Prepararon sus teteras? Aquí nos trajimos a la cama unos vasos de Dunas del Magreb, para empezar a leer juntos. Vamos con una brevísima biografía del autor para ubicarnos en época y mañana, sí, damos comienzo a la obrita que nos convoca.

Nacido en Spaskoi-Lutóvinov (Oriol), inmensa propiedad territorial regida con mano férrea por su madre, Varvara Turguéniev, el joven Iván se educó libre de la opresión de su padre, un coronel de húsares que había abandonado el hogar conyugal. Allí tuvo ocasión de establecer los primeros contactos con el campesinado ruso que constituía la servidumbre rígidamente sometida a la severidad de su madre.

En 1827 se trasladó a Moscú para iniciar sus estudios, y en 1833 ingresó en la universidad de San Petersburgo, donde cursó la carrera de Filosofía. Muy influido por la literatura de sus contemporáneos (especialmente, Pushkin y Gógol), comenzó a introducirse en el mundo de las Letras con la difusión de sus primeros poemas, netamente románticos. Era Turguéniev, por aquel entonces, un joven liberal que, por reacción contra la familia terrateniente de la que procedía, se había proclamado republicano.

A partir de 1838 continuó su formación universitaria en Berlín, donde quedó fascinado por la escuela idealista hegeliana y los pensadores rusos que mejor la defendían en aquellos años: Alexandr Herzen, T. Granovski y N. Stankevich. Cada vez más próximo al anarquismo, trabó amistad con Bakunin (con cuya hermana Tatiana sostuvo una apasionada relación amorosa) y acentuó sus discrepancias con el régimen absolutista de los zares. Sin embargo, el suyo era un idealismo más pendiente de la palabra que de la acción.

Entre 1841 y 1843 trabajó para la administración pública, al paso que desarrollaba una intensa actividad poética que culminó en Parasha (1843), su primer libro de poesía. También estrenó durante aquel año su primera obra teatral (Una imprudencia). En 1844 se inició en la aventura narrativa con la publicación de Andréi Kólosov, novela corta que mereció los elogios de Vissarión Grigórievich Belinski. Paralelamente, su relación con su madre se fue deteriorando, al tiempo que crecía su devoción por la cantante gala Pauline Viardot, por quien abandonaría Rusia, en 1847, para establecerse en Francia y por cuyo amor estuvo preso hasta el fin de sus días. Turguéniev se instaló con ella en su castillo de Courtavenel, y de allí pasó a París, donde se estableció en un hotel, se entregó de lleno a la literatura y entabló relaciones con figuras tan destacadas como George Sand, Chopin y Merimée.

Turguéniev participó en el enfrentamiento ideológico que surgió entre dos grupos de intelectuales, llamados respectivamente occidentalizantes y eslavófilos. Los primeros animaban a los rusos a que se incorporaran a Europa Occidental, con el fin de que pudieran participar de las mejoras en su nivel de vida que ello conllevaría. Los segundos, en cambio, extremadamente ortodoxos, reivindicaban las tradiciones más arraigadas de Rusia y pensaban que debían permanecer a salvo de cualquier influencia externa.

Sus primeros escritos parisinos, dominados por la melancolía de su país natal, narran escenas rurales entre el campesinado y los propietarios rusos. Se trata de relatos que, como Jor y Kalinich, fueron publicados en el volumen de cuentos titulado Relatos de un cazador (1852), dentro de la revista rusa El contemporáneo. Huyendo de una retórica excesivamente recargada, Turguéniev presenta unas estampas campestres descritas con un estilo realista simple, donde la dureza de la vida campesina queda tamizada por el tenue lirismo de la voz narradora. Según Dostoievsky, estos Relatos de un cazador sólo muestran «la literatura de un propietario territorial», en la medida en que reflejan la visión tibia de un hombre poco comprometido con la realidad política de su país. Y es que, en efecto, a pesar de sus ideas, Turguéniev no deja de ser un miembro de una familia terrateniente, un hombre acomodado que sólo ve el lado poético y la atmósfera lírica del entorno rural ruso.

En 1852, la muerte de su madre le obligó a retornar a Rusia y a hacerse cargo de sus provechosas posesiones latifundistas. Heredero de una inmensa fortuna, Turguéniev sufrió las primeras consecuencias de su indecisa ideología: por una parte, se preocupó por mejorar la situación de sus siervos; pero, por otra, no se decidió a liberarlos. Confinado en su hacienda, tras haber sido procesado por un artículo necrológico dedicado a Gógol (autor considerado subversivo), continuó escribiendo relatos -Mumú (1854), Un rincón tranquilo (1855)- y obras dramáticas. En 1856 publicó su primera novela, Rudin, en la que brota la semilla de todo su posterior entramado narrativo; allí desarrolla extensamente su teoría de los «hombres superfluos», jóvenes intelectuales formados en la universidad e inflamados de ideas revolucionarias, incapaces, sin embargo, de operar en la sociedad. El protagonista es uno de esos «hombres superfluos» que abundan en toda su obra, un intelectual inflamado en ideas y palabras, pero carente de voluntad y capacidad de acción.

Su segunda novela, Nido de hidalgos, en la que defiende ideas eslavófilas, vio la luz en 1859. Un año después publicó En vigilia, y, en 1860, Vísperas. En 1862, en parte como respuesta a las acusaciones recibidas por esta última, de no crear héroes positivos, escribió Padres e hijos, en la que retoma sus ideas sobre los nuevos hombres progresistas, que él denominó «nihilistas», y con la que le llegó el reproche de los críticos sobre su condición de rentista que alienta de forma prudente, y sólo con la pluma, ideologías reformistas.

A partir de la década de los sesenta, alternó su vida en Rusia con largas estancias en el extranjero. En Baden-Baden, donde volvió a encontrarse con Pauline Viardot, escribió Humo (1867), novela en la que denunciaba las falsas promesas de los jóvenes revolucionarios rusos. En París, donde se le consideraba un maestro consagrado, alternó con Maupassant, Gustave Flaubert, Émile Zola y Henry James, y publicó otra novela, Tierras vírgenes (1877), que irritó tanto a los conservadores de su país como a las fuerzas bolcheviques emergentes. Turguéniev pretendía ahora, con esta última obra, presentar al nuevo hombre ruso que abandona la ciudad y va al campo a preparar la revolución. Sin embargo, el tono artificioso de Tierras vírgenes -sujeta, por lo demás, a una evidente intención ideológica que la hace excesivamente esquemática- constituyó un rotundo fracaso.

Alternándolos con estas grandes novelas, Turguéniev escribió relatos cortos magistrales, como Primer amor (1860), El canto del amor triunfante (1881) y Clara Milic (1882). Entre sus piezas dramáticas, destacan sus comedias ligeras y sentimentales -Donde el hilo es fino se corta (1847), Una canción del mariscal de la nobleza (1849) y El soltero (1849)- y sus obras de tipo realista e introspección psicológica -Panes ajenos (1848), Un mes en el campo (1850) y La provinciana (1851)-. Y entre su producción poética, además de su obra primeriza -ya reseñada-, sobresalen sus Poemas sin rima (1882), breves composiciones líricas escritas en las postrimerías de su vida (por lo que, en un principio, el libro recibió el título de Senilia).

El 3 de septiembre de 1883, víctima de una angina de pecho, falleció en Bougival (Francia).

Turguéniev lejos de ser profeta en su tierra, fue incomprendido por sus congéneres y por su pueblo. El crítico francés Téodor de Wyzewa escribió sobre él: Era uno de los más grandes escritores de su raza. Su obra parecía escrita para nosotros. Entre todas las de autores rusos era, a la vez, la más rusa y la más francesa, pues diríase que Turguéniev veía mejor su patria desde que la contemplaba de lejos, y cuanto mejor la veía, más claridad, precisión y elegancia daba a sus descripciones. Ninguno de sus compatriotas ha creado tipos tan esencialmente rusos; ninguno tampoco, en cuanto a composición y estilo, se ha aproximado tanto al viejo ideal clásico del espíritu francés.
Y no es, en su obra literaria, poco meritorio, el haber descubierto, en un joven debutante, a otro de los más grandes escritores contemporáneos, Lev Tolstoy, de quien ya en 1855 escribía a su amigo Aksakof: “¿Ha leído usted en el Contemporain el artículo de Tolstoy sobre Sebastopol? Lo leí en la mesa, grité ¡hurra! y bebí una copa de champaña a la salud del autor. Y pocos meses después escribía al mismo corresponsal: Tolstoy acaba de escribir una novela corta: La tormenta de nieve. La leerá usted en el número de marzo del Contemporain. Es una verdadera obra maestra.” Este detalle importa mucho para conocer el espíritu generoso y entusiasta del escritor, de quien decía el mismo Wyzewa, parafraseándolo: “El alma ajena es una selva profunda, dijo Turguéniev.” El alma de Turguéniev también era una selva profunda; por extraño fenómeno psicológico que parezca, nadie lo advirtió hasta su muerte… Pero apenas murió, a través del claro jardín, se vió la selva, una de esas negras y misteriosas selvas del Norte, en la que se trata, en vano, de penetrar.
Aguas primaverales, de 1873, es una de sus piezas cortas más valiosas y, en ella podremos ver, claramente, en el alma de sus personajes, la evocación a sus propios amores de juventud.

Hasta mañana.
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Fuentes:
Biografías y vidas
Lecturalia
El poder de la palabra
Mujeres de leyenda
André Maurois
J.R. Fernández de Cano.

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